jueves, 28 de mayo de 2020

LLOYDMANÍA 3

“EL ESTUDIANTE NOVATO” (1925) de Harold Lloyd

       Considerada la película más taquillera de Harold Lloyd y una de las mejores de su filmografía —siempre por detrás de “El hombre mosca”—, “El estudiante novato”, dirigida por Sam Taylor y Fred Newmeyer, nos presenta, una vez más, al “chico de las gafas” encarnando a uno de los personajes favoritos de Lloyd, el chico tímido e ingenuo que termina convirtiéndose en héroe.

     
       El joven Harold Lamb (Harold Lloyd) consigue ahorrar dinero para ir a la universidad Tate, donde espera convertirse en el hombre más popular del campus. En el tren, camino de la universidad, simpatiza con Peggy (Jobyna Ralston), una chica que trabaja en el hotel de la universidad, al tiempo que ayuda a su madre en la pensión. Recién llegado al campus, Harold se convierte, debido a su exceso de entusiasmo, en el blanco de las bromas del matón de la universidad (Brooks Benedict), que se las ingenia para que Harold haga el mayor de los ridículos ante sus compañeros. Pero Harold ignora que se ha convertido en el tonto del campus y continúa con su empeño de ser popular, para lo cual, trata de entrar en el equipo de fútbol aunque sólo consigue ser aguador— y se ofrece como anfitrión en la fiesta de otoño de la universidad. Durante la que Harold será totalmente feliz, pensando que todos quieren ser sus amigos y descubriendo que Peggy le ama. Pero, antes de que acabe la noche, todas sus ilusiones se desmoronan cuando el matón se propasa con Peggy y Harold tiene que darle un puñetazo; entonces, furioso, el matón le hace ver a Harold que todos se están burlando de él. Harold se derrumba y Peggy le consuela, animándole a ser él mismo y a demostrarles lo que vale. Malinterpretando las palabras de Peggy, Harold se convence de que su única oportunidad, para redimirse ante sus compañeros, es jugar en el próximo partido. Así que, el día del encuentro, se desespera en el banquillo, esperando a que el entrenador le dé una oportunidad. Al final, contra todo pronóstico, Harold convence al entrenador y entra en el campo y a pesar de que mete la pata varias veces, consigue salvar el partido en el último minuto. Convirtiéndose en ese hombre tan popular que tanto ansiaba ser, ese hombre al que, ahora, todos quieren parecerse.
     
     
       Los creadores de la historia, Sam Taylor, Ted Wilde, John Grey y Tim Whelan, construyeron una serie de secuencias cómicas, basándose en la importancia que conceden los jóvenes a la popularidad en el ámbito universitario, donde, los estudiantes, a menudo, adoptan una personalidad que no les corresponde, con tal de ser aceptados por el grupo, para sentirse más seguros de sí mismos. Este deseo de encajar es, en el fondo, el deseo de gustar, de caer bien, de contar con las simpatías de los que nos rodean. Pero, si nos aceptan por lo que aparentamos, y no por lo que somos, de alguna forma, estamos viviendo una mentira. Además, al actuar de una determinada manera, sólo por complacer a los demás, en lugar de complacernos a nosotros mismos, corremos un doble peligro, el de terminar rechazando a la persona que somos en realidad y el de tener que seguir fingiendo esa personalidad falsa eternamente. Esto es precisamente lo que le sucede a Harold Lamb y lo que Peggy trata de hacerle comprender.
    
       “Peggy: Harold, no has sido honesto contigo mismo. Has pretendido ser lo que creías que querían que fueras. Deja de fingir, Harold. Sé tú mismo. Sal y gústales por lo que realmente eres y lo que puedes hacer.”

     
       Persiguiendo la aceptación social, Harold procura convertirse en un héroe deportivo, aunque no sepa nada de fútbol; vestir a la moda, aunque sus medios sean escasos y tener muchos amigos, aunque no conozca bien a nadie. Y así, termina parando los placajes de todo el equipo de fútbol, con tal de complacer al entrenador; vistiendo un traje impecable, que se le cae a pedazos o invitando a helado a un montón de gente a la que no conoce de nada. El mismo padre de Harold, al principio de la película, pronostica el batacazo que se va a dar su hijo, cuando advierte que está tratando de hacerse pasar por alguien que no es:
      
       “Me temo, ma, que si Harold imita a ese actor de cine en la universidad, le romperán el corazón o el cuello.”
      
       Los guionistas de la película construyeron la comicidad del personaje de Harold, basándose en la diferencia que existe entre cómo nos percibimos a nosotros mismos y cómo nos perciben los demás. Harold se reinventa a sí mismo, creando una personalidad, que él, en su ingenuidad considera atrayente, porque la ha visto retratada en el cine:

       “Harold: Sólo soy un tipo normal. Dad un paso al frente y llamadme Speedy.”
      
       Pero, como es natural, sus compañeros de la universidad, perciben esa personalidad como algo absolutamente ridículo, y lo toman como un completo idiota, burlándose de él. El problema de Harold es que, en su ingenuidad, ha confundido la vida con el cine y cree que si imita al protagonista de una película, le pasaran las mismas cosas buenas que a él. Y es tanta su ceguera, que, cada vez que su personaje va a estrechar la mano a alguien, ejecuta un bailecillo absurdo que ha visto en la pantalla. Hay que señalar que este bailecillo constituye uno de los mejores y más desternillantes rasgos de personaje cómico, que se hayan perfilado jamás en una comedia.

     
       El dilema de todo estudiante, en sus años de universidad, cuando debe elegir entre “Ser o Aprender” ni siquiera llega a plantearse en el film, porque todos, en la universidad Tate, desean Ser —entiéndase “Ser popular”—. El mismo Harold sueña con la universidad para ser popular, no para estudiar o aprender algo en concreto, ni siquiera se nos informa de qué disciplina estudia Harold, porque es irrelevante para la historia. De hecho, la película refleja la vida estudiantil en lugares como la estación, los jardines, el campo de fútbol, el hotel y el salón de actos, y jamás se ve a los estudiantes en un aula o estudiando en la biblioteca. Porque, en la universidad Tate, tal y como suele suceder en la mayoría de las universidades americanas —donde valen más los logros deportivos que los académicos—, nadie parece interesado en los estudios y todos admiran a los mejores deportistas, a los que quieren imitar en todo. El ídolo de Harold es Chet Trask (James Anderson), el capitán del equipo de fútbol, al que admira tanto, que tiene su foto pegada en la pared. Más tarde, Harold recorta con orgullo su propia foto del periódico de la universidad y la pega bajo la foto de Chet; después, al lograr entrar en el equipo de fútbol, Harold pone su foto a la misma altura que la de Chet y, por último, cuando se convierte en el anfitrión de la fiesta de otoño, incluso la pone por encima de la de Chet. En su fantasía, Harold cree estar superando a su ídolo, hasta que, finalmente, al sufrir el desengaño de saber que es el hazmerreir del campus, la foto es arrancada de la pared por una ráfaga de viento y termina en la papelera. Mediante este ascenso y caída de la foto de Harold, los directores nos muestran, de forma harto elegante y cómica, la evolución interna del personaje a su paso por la universidad.
     
       En la película de Buster Keaton, “El colegial” (1927), este dilema del que hablábamos, entre “Ser o Aprender”, sí que se plantea, al principio del film, cuando el protagonista, recién graduado con honores, pronuncia un discurso sobre “la maldición del atletismo”, afirmando que: “El estudiante que pierde su tiempo en el atletismo, en lugar de estudiar, solo evidencia ignorancia.” Aún así, este mismo personaje terminará claudicando y descuidará los estudios por el deporte, para conquistar a la chica que ama.

    
       Los directores de “El estudiante novato”, Sam Taylor y Fred Newmeyer, plantearon el conflicto del film, desde el primer instante en que Harold llega al campus y lo hicieron de una forma sencilla y desternillante. Harold quiere ser popular, así que ellos le ponen sobre un escenario ante una sala llena de estudiantes, para que tenga su oportunidad de deslumbrarles con su simpatía y su personalidad, pero el drama de Harold comienza cuando su timidez le traiciona y termina convirtiéndose en el tonto del campus, por obra y gracia del inevitable matón de turno, que le juega una mala pasada.
     
       Este matón —encarnado de forma convincente y socarrona por Brooks Benedict— es un personaje imprescindible en el film, es el vehículo a través del cual Harold termina dándose cuenta de lo importante que es ser uno mismo. Desde el momento en que aparece en pantalla, gastando novatadas a los nuevos estudiantes, este matón de clase alta se define como lo que es: “El peligro de los estudiantes de primer año”. El típico estudiante ocioso que fastidia y ridiculiza a los demás para hacerse el gracioso. Acosa a Harold por ser el novato más ingenuo y, por tanto, el más fácil de manipular. Y acosa a Peggy por ser una chica trabajadora, a la que considera que no tiene por qué respetar, al pertenecer a una clase inferior. Como todos los matones, es un cobarde, que en cuanto Harold le planta cara, tumbándolo de un puñetazo, se achanta, incapaz de devolverle el golpe. Demostrando que Peggy tenía razón:
     
       “Peggy: Harold Lamb tiene más agallas en su dedo meñique, de las que tienes tú en toda tu cara de engreído.”
      
       En realidad, el matón persigue lo mismo que Harold, ser popular y ganarse la simpatía de la gente, a costa de sus víctimas. Siempre aparece alegre y rodeado de sus amigos, pero también él está fingiendo ser un gallito para ser aceptado. En el fondo, Harold es alguien a quien el matón necesita para demostrar a los demás lo gracioso que es y lo mucho que vale, comparado con el tonto de Harold. Sin embargo, el “tonto de Harold”, durante la fiesta en el hotel, consigue engañarle cuando, tras prestarle diez dólares, se los quita del bolsillo sin que el matón se dé cuenta. Después, vemos al matón, muy extrañado buscándose los diez dólares por todos los rincones de su traje. En realidad, a Harold, el matón ni siquiera le cae bien, desde que, por su culpa, tuvo que invitar a helado a una muchedumbre de estudiantes. Invitación que le hizo ganarse el apodo de “Speedy, el espléndido”.
     
       Speedy era el apodo de Harold Lloyd cuando era joven, su padre se lo puso porque era un chico muy inquieto y a Lloyd debió gustarle, porque este apodo, que significa en español “relámpago”, no sólo aparece en “El estudiante novato”, sino que también vuelve a ser el apodo de Harold en la película llamada, precisamente, “Speedy” en 1928.
     
       Peggy representa a la única amiga verdadera de Harold, la que le conoce y le ama tal como es. Desde el principio, Peggy descubre que todos se están burlando de Harold y trata de advertirle, pero el entusiasmo y la ilusión de Harold terminan sellando sus labios. Frente a las alocadas y superficiales chicas del campus, que revolotean alrededor de Harold para pitorrearse y aprovecharse de su generosidad, Peggy encarna a la chica trabajadora, que no tiene tiempo para divertirse ni dinero para estudiar. Aún así, como cualquier chica joven, también tiene sus sueños. Es conmovedora la escena en la que Peggy observa, a través de un espejo, desde el mostrador del guardarropa, cómo se divierte la gente de su edad en la fiesta de otoño, a la que ella no puede acudir. Jobyna Ralston interpreta a esta chica sensata y dulce, con una sensibilidad y un romanticismo, que la hacen entrañable. En la escena en la que Harold se estremece al descubrir a Peggy besando con pasión el ramo, que él le ha regalado, la efusividad de Jobyna Ralston hace comprensible, para el espectador, que el inocente Harold quede completamente erotizado. La historia de amor, entre Peggy y Harold, es tratada en el film con mimo y dedicación, brindándonos momentos llenos de ternura y poesía. 

Cabe mencionar la escena en la que Peggy cose el botón de la camisa que Harold lleva puesta mientras él la mira extasiado y va cortando con unas tijeras los botones de su chaqueta, para retenerla a su lado un poco más. El personaje del sastre (Joseph Harrington), cuyo poderoso motor cómico consiste en que se desmaya cada dos por tres y hay que reanimarlo con brandy, se encariña con Harold, del mismo modo en que lo hace Peggy, porque ve en él a un chico de buen corazón, comprensivo y paciente, que confía en los demás y que, a su vez, es confiable. El sastre hace un traje a Harold, que, como el mismo Harold, tampoco es lo que parece. Con apariencia de traje impecable, es un traje hilvanado, sin terminar, cogido por los pelos, lo mismo que la personalidad que Harold adopta ante los demás. Un traje que, al igual que las imposturas de su dueño, se deshace, ante el menor contratiempo, demostrando lo temporal de sus hechuras. Los numerosos gags a que dan lugar las continuas roturas del traje, con el sastre escondido tras las cortinas para coserlo sin que nadie se dé cuenta, son a cada cual más hilarante. El mismo hecho de que Harold termine desnudo ante sus compañeros encierra un gran simbolismo, se trata de una clara anticipación del desnudo emocional al que tendrá que enfrentarse el personaje, al descubrir que todos se están burlando de él a escondidas.

     
       Otro personaje secundario de gran relevancia en la historia es el fiero entrenador del equipo de fútbol, que según el intertítulo: “… es tan duro que se afeita con un soplete”. Magníficamente interpretado por Pat Harmon, pasa a formar parte de esa larga tradición de apasionados entrenadores cinematográficos, que se tiran de los pelos y de la ropa con impotencia, al ver perder a su equipo, o que bailan como posesos cuando lo ven apuntarse un tanto.
       El entrenador, igual que Peggy y el sastre, reconoce las cualidades de Harold, pero, a diferencia de ellos, no sabe valorarlo, y lo único que hace es aprovecharse de toda esa energía para entrenar al resto del equipo.
     
       “Entrenador: Ese chico tiene un gran espíritu. Odio tener que decirle que no puede formar parte del equipo.”
     
       La sucesión de gags ideados por Lloyd y su equipo de gagmen para el partido de fútbol, fueron la idea matriz de la que brotó la historia de la película. Al parecer, la secuencia del partido fue lo que se grabó en primer lugar, incluso antes de que hubiera un protagonista bien definido o un argumento consolidado. Sin embargo, la secuencia tuvo que volver a rodarse, al carecer de emoción. Lloyd necesitaba conocer la motivación del personaje y el clímax de la historia para conseguir que la secuencia funcionara de forma cómica y tuviera interés para el público. Rodada por segunda vez, formando ya parte de una trama bien construida, la secuencia es emocionante, divertida y espectacular. Y, aunque el partido quedó relegado al tercer acto, no por eso deja de ser una de las secuencias más inolvidables del film. 
      
       Finalmente, convertido en un triunfador, gracias al fútbol, Harold comprende que lo importante son las relaciones sinceras y, por eso, lo único que desea es que le dejen en paz para poder leer la nota de Peggy. Buscando intimidad, se refugia en los baños, donde, se queda tan extasiado, leyendo la declaración de amor de su chica, que se apoya sobre la llave de la ducha y, con una sonrisa en el rostro, permanece impertérrito mientras el agua empapa su ropa. El agua, símbolo de vida, purificación y esperanza, supone para Harold un nuevo comienzo, el inicio del camino hacia la madurez, una vez superadas las inseguridades de la juventud.

    
       “El estudiante novato” termina sin que lleguemos a saber quién es el vyerdadero Harold Lamb. Sabemos que es un chico soñador y lleno de recursos, que tiene un corazón tierno y un gran empuje, pero no sabemos qué espera de la vida. Preston Sturges, admirador de Harold Lloyd y de otros genios del cine mudo, nos mostró, en su película de 1947 “El pecado de Harold Diddlebock”, su particular enfoque sobre la evolución del personaje de Harold Lamb en el futuro —aunque en su film, incomprensiblemente, se llamara Harold Diddlebock—. En la versión de Sturges, vemos a un Harold —interpretado por un Lloyd ya maduro, en su última aparición como actor de cine—, cuyo espíritu incombustible se ha marchitado, en una oficinucha, a la espera de una oportunidad para prosperar, pero aún podemos reconocer en él la misma bondad, el mismo brío y la misma inclinación a llamar la atención y a hacer el ridículo, que demostraba en “El estudiante novato”. De manera, que el personaje apodado “Speedy, el espléndido”, pasa a ser conocido como “el lunático del león”.

sábado, 25 de abril de 2020

LLOYDMANÍA 2
      
“EL HOMBRE MOSCA” (1923) de Harold Lloyd



       La dureza del camino que debe emprender todo ser humano para ascender en la escala social queda reflejada, de manera metafórica, por Harold Lloyd, en este film, en el que le vemos escalar doce plantas de un edificio, enfrentándose a un sinfín de obstáculos en su ascenso, hasta alcanzar la tan ansiada cumbre. Lloyd encarna al joven de origen humilde, que emigra a la gran ciudad en pos de sus sueños, dispuesto a trabajar duro, con energía y optimismo, haciendo frente, con diligencia, a todo lo que se interponga entre él y el éxito. El personaje de Lloyd camina, durante todo el film, por la fina línea que separa el éxito del fracaso, viéndose obligado a realizar verdaderas acrobacias de ingenio para conservar su empleo y, más adelante, —cuando el destino le ponga delante la tan ansiada oportunidad de medrar—deberá, además, llevar a cabo una auténtica proeza física para lograr la riqueza que tanto anhela.
          
       El sueño americano, encarnado con tesón por Harold Lloyd en esta película —dirigida por Fred Newmeyer y Sam Taylor— garantizaba el éxito final a su protagonista. Puesto que, en la mentalidad americana de la época, un hombre emprendedor, dispuesto a afrontarlo todo, con su incansable voluntad, no podía obtener más resultado que el triunfo. El mismo Lloyd afirmaba que “todo es posible para el que quiere emprenderlo”. Lloyd representaba a ese chico que todos hubieran querido ser en los años veinte, de ahí el enorme éxito del cómico entre el público americano de su tiempo.

       Harold (Harold Lloyd), joven pueblerino de Great Bend, marcha a New York con la esperanza de hacer fortuna para casarse con su novia Mildred (Mildred Davis). Pasados unos meses, Harold sólo ha conseguido un empleo de dependiente en unos grandes almacenes, que apenas le da para pagar el alquiler del apartamento que comparte con su amigo Bill (Bill Strother), un trabajador de la construcción, habituado a las alturas.   

Sin embargo, Harold, a pesar de las estrecheces económicas, gasta todo lo que gana en enviar regalos a su novia, haciéndola creer que está teniendo mucho éxito. Por lo que Mildred, convencida de que Harold tiene un buen puesto y gana bastante dinero, decide ir a la ciudad a reunirse con él. La inesperada llegada de Mildred sorprende a Harold, que tiene que servirse de todo su ingenio para que ella no se dé cuenta de que es un simple empleado, al que pueden despedir en cualquier momento. De manera que, cuando, por casualidad, escucha a su jefe decir que daría mil dólares a cualquiera que tuviera una idea para atraer a una gran muchedumbre a la tienda, piensa que podría conseguir los mil dólares, aprovechando la habilidad de Bill para trepar por los edificios, como reclamo publicitario. Harold ofrece a su amigo la mitad del dinero, por realizar la hazaña, y promete a Mildred que se casarán al día siguiente. Pero, antes de que Mildred llegara a la ciudad, Harold había gastado a Bill una broma que le había metido en problemas con un policía (Noah Young), del que Bill tuvo que huir trepando por la fachada de un edificio; así que el policía, en cuanto ve en el periódico el anuncio del evento, decide ir allí a comprobar si el hombre misterioso que va a realizar la proeza es el mismo tipo que se le escapó.
Cuando Bill ve al policía se esconde mientras Harold trata, inútilmente, de alejarlo del edificio. Finalmente, Harold deberá iniciar el ascenso, en lugar de Bill, con la intención de que éste le sustituya en la segunda planta. Por desgracia, el policía sigue a Bill, al interior del edificio, y, a partir de ese momento, ya no podrá despistarlo. Harold tendrá que continuar el ascenso, planta a planta, jugándose la vida una y otra vez, hasta lograr alcanzar la azotea, donde Mildred le estará esperando, vestida de blanco, para recibirle en sus brazos.
       
       El personaje de Harold Lloyd en “El hombre mosca” es un chico astuto con cierta habilidad y malicia para salir airoso de cualquier situación usando su ingenio. Si de Ulises se decía, en la Ilíada, que era rico en ardides, del personaje de Lloyd en el film se podría afirmar exactamente lo mismo, porque encarna, en todo su esplendor, al pícaro norteamericano, que no tiene nada que envidiar ni a nuestro Lázaro de Tormes ni a nuestro Buscón. Su veloz imaginación todo lo resuelve, haciéndole salir airoso de cualquier situación peliaguda. Y aunque es un buen tipo, también es algo bromista y un caradura redomado, que no duda en aprovechar todos los medios a su alcance para lograr sus objetivos, ya sea sirviéndose de los demás o engañando al prójimo con todo descaro. Incluso, en una ocasión, llega a fingirse enfermo para llegar a tiempo al trabajo en una ambulancia. Es un personaje algo egoísta y, podría decirse que, poco escrupuloso, éticamente hablando, pero al mismo tiempo inofensivo, ya que en él no hay ni un ápice de crueldad o cinismo, y, por encima de todo, es un personaje absolutamente tronchante, que es lo más importante en una comedia.
Las continuas invenciones de Lloyd, en la primera parte de la película, no tienen fin, y cada una de estas ideas, que se le ocurren al personaje, trae consigo un golpe de humor, que hace que las carcajadas se sucedan sin parar. El conjunto de gags que se disparan, por ejemplo, a raíz de la inesperada visita a los almacenes de su novia es toda una demostración de gracia e ingenio por parte de Lloyd y de su equipo de gagmen, que nos hacen reír con las continuas improvisaciones del protagonista para que su chica no descubra que las cosas no le van bien. Esa chica adorable, interpretada por Mildred Davis, encarna la ingenuidad y la inocencia de una mujer – niña, a la que el hombre de la época sentía que debía proteger de todas las preocupaciones del mundo:
      
       “Harold: Oh, amigo, ella sólo tiene que creer que he tenido éxito, sea como sea.”
    
       Es precisamente en la relación que mantiene con la dulce Mildred, donde este pícaro personaje de Lloyd se revela, al mismo tiempo, como un chico tierno, protector e incluso algo vergonzoso, puesto que, cada vez que ella le da un beso o le dedica alguna palabra cariñosa, le deja como atontado. Es lo que le ocurre, cuando le está enseñando el despacho del director y, después de que ella le bese, él se pone tontorrón y aprieta, sin darse cuenta, el botón para llamar al mozo. También apreciamos la ternura y la inocencia del personaje de Harold en su actitud cariñosa con las ancianitas, en medio de la vorágine de las rebajas, donde vemos a Harold atendiendo con esmero a una dulce viejecita, que no consigue llegar al mostrador para recoger su paquete, porque toda una barrera de mujeres histéricas se lo impide; entonces, Harold pregunta con malicia: “¿A quién se le ha caído un billete de cincuenta dólares?” y en el momento en que todas se agachan para buscar el billete, él le entrega su paquete a la anciana sin ninguna dificultad. La presencia de ancianas entrañables en el cine de Lloyd es  una constante, como herramienta para definir al protagonista como un hombre bueno y sensible. En “El mimado de la abuelita” (1922) queda patente esta debilidad de Lloyd por las ancianitas, resultando de lo más conmovedora y simpática la relación del protagonista con su abuela, que lo mima y, a su vez, es mimada por él.
      
       El humor de Lloyd suele surgir de los aspectos cotidianos de la vida de su protagonista y de su forma poco corriente de resolver los problemas. De manera que por sorprendente que pueda parecer cualquier situación en la que se encuentre el personaje, la forma de salir de esa situación siempre será más sorprendente aún. Estos desternillantes golpes de efecto constituyen uno de los rasgos más habituales en el cine de Lloyd. Hay un momento muy divertido en la película, cuando Harold llega tarde a los almacenes y se agacha, para ocultarse de su jefe (Westcott B. Clarke), detrás de una gran caja de cartón que un empleado está arrastrando por el pasillo, pero, de pronto, el empleado cambia de rumbo y deja a Harold a la vista de todo el mundo, caminando en una graciosísima postura que recuerda a una rana. Su jefe lo ve y le sigue para ver qué hace. Harold nota la presencia de su jefe a su lado y sigue andando en cuclillas, hasta que pasan junto al ascensor y las puertas se abren, en ese momento, reacciona de improviso, saltando como una rana y mandando a su jefe al interior del ascensor de una patada, antes de que se cierren las puertas.
     
       Es justo aclarar que la perfección de los gags, en el cine de este genial cómico, no era algo aleatorio, pues Lloyd era tan exigente a la hora de crear sus gags, que no dudaba en utilizar los preestrenos de sus películas con el fin de sustituir aquellos gags, con los que el público no se hubiera reído, por otros mejores y más divertidos. Según Lloyd: “Si las ideas que utilizamos provocan la risa, entonces son gags. Si no producen nada, se tratan simplemente de errores y busquemos otra cosa.”
      
       Son también frecuentes en el film, los gags visuales —uno desternillante es aquél en que Bill y Harold se esconden de la casera, poniéndose los abrigos y colgándose con ellos del perchero, encogiendo la cabeza y las piernas—; los gags basados en equívocos —Harold confunde la cola de un gato con la estola de una mujer— y los gags de suspense —como cuando Harold está a cuatro patas bajo el medidor de viento, que no para de girar sobre su cabeza, y todos anticipamos el momento en que se incorporará y recibirá el golpe fatal—. Incluso podríamos hablar de la existencia de un gag psicológico, que tiene lugar cuando el joyero judío se frota las manos, ansioso por venderle a Harold la cadena, y éste, ansioso, a su vez, por comprársela para su novia, termina por contagiarse, frotándose las manos también.
Pero es el gag acrobático el que se impone en la segunda parte de la película, a partir del momento en el que Harold comienza a trepar por el Bolton building. Y a pesar de que Harold Lloyd gustaba de realizar él mismo las escenas de acción de sus películas, en “El hombre mosca” utilizó dos especialistas.   

 Uno de ellos era Bill Strother, el verdadero “hombre mosca”, en el que Lloyd se inspiró para la película y que interpreta a su amigo Bill en el film. Y el otro era Harvey Parry, un especialista cuyo nombre ni siquiera aparece en los títulos de crédito. Lloyd contó con estos dos hombres para los planos más generales y realizó, él mismo, los planos medios, en los que se veía claramente su rostro, de modo que, aunque asumió grandes riesgos, lo hizo manteniendo una razonable seguridad, sirviéndose, para ello, de los recursos que el cine podía ofrecerle en aquellos momentos: trucajes ópticos, maquetas, diferentes ángulos de cámara, etc. Y es que, para la productora de Hal Roach, en contra de lo que se afirmaba en el título original de la película, “Safety Last!” (“Lo último la seguridad”), la seguridad de su estrella era lo primero.
     
       Estos gags acrobáticos de Lloyd colgado en las alturas, en realidad, comenzaron en su cortometraje “La caza del zorro” (1921) y tuvieron tanto éxito, que motivaron a su creador a perfeccionarlos para volver a utilizarlos en “El hombre mosca”, donde pasaron a ocupar gran parte del metraje del film. Tiempo después, volvería a emplearlos, de una forma mucho más angustiosa, en la película sonora de 1930 “¡Ay, que me caigo!”, donde Harold, metido dentro de un saco, vuelve a terminar colgado de la fachada de un rascacielos.
     
       En “El hombre mosca” esta impresionante escalada de los doce pisos de un edificio sirve a la narración para mostrar el penoso ascenso social del protagonista, al que vemos trepar, planta a planta, con un esfuerzo, un empuje y un valor inusitados, sorteando los obstáculos que se le presentan, sin prestar atención ni a las advertencias ni a las burlas ni a las críticas de todos aquellos que, desde las ventanas, observan su ascenso a la cumbre; al tiempo que se siente estimulado por todos los que aplauden y jalean su hazaña, animándole a continuar a pesar del peligro. Los creadores de la historia, Hal Roach, Sam Taylor y Tim Whelan, se aseguraron de que, tal y como sucede en la vida real, para progresar, el protagonista tuviera que hacer frente a un sinfín de dificultades que ponían en peligro su vida y le obligaban a frenar su ascenso, haciéndolo más y más difícil a medida que trataba de subir a una altura mayor. Un grupo de palomas picoteándole el cuello; una red que le cubre la cabeza; la tabla de unos pintores que asoma de improviso por una ventana haciéndole caer; un perro que le hace huir por un mástil; un ratón que se mete por la pernera de su pantalón haciéndole bailar sobre la cornisa—de forma hilarante—; un tipo que posa para un fotógrafo, revólver en mano, dándole un susto de muerte e incluso, un medidor de viento que le golpea en toda la cara, dejándole grogui. De todo ello, sale airoso Harold, cuyo destino era alcanzar el triunfo.
      
       Hay que destacar, dentro de ese ascenso, la famosa secuencia del reloj, que forma parte ya de la iconografía del séptimo arte y que representa al hombre moderno sometido a la dictadura del tiempo, esa terrible lucha contra reloj para alcanzar la estabilidad económica con la que fundar una familia. Ese hombre que pende de las agujas de un reloj simboliza también, de alguna manera, la mortalidad del ser humano. Nacemos con un tiempo limitado y vivimos, suspendidos del presente, sin saber cuánto futuro nos queda por delante. En ese gran reloj, que marca el tiempo de vida que se nos ha dado, el ser humano aparece como algo insignificante, el tiempo nos devora, nos consume, nos tiene atrapados. Y nos aferramos a él, como si no hubiera nada esperándonos en el más allá. No queremos soltarnos de él, porque supone un salto al vacío, a lo desconocido, a lo incierto. Quisiéramos detener el avance de esas manecillas para que nuestro tiempo se detuviera, pero no podemos hacerlo. Posiblemente, por eso, la imagen de ese hombrecillo suspendido en el aire, aferrándose con las dos manos a las agujas del reloj, logrando que el tiempo se detenga, siempre nos ha fascinado.
Y son muchos los directores que no han podido resistirse a repetir esa imagen, en sus películas, “Regreso al futuro” (1985) de Robert Zemeckis y “La invención de Hugo” (2011) de Martin Scorsese son algunas de ellas. El mismo Hitchcock se sirvió del reloj de una torre para acabar con la vida de su malvado protagonista en “El extraño” (1946), en el colmo del simbolismo de un reloj, para representar la mortalidad del ser humano.
      
       El personaje de Bill, compañero de fatigas de Harold en la ciudad, al verse impedido por el policía de realizar la proeza de trepar por el edificio, se convierte en el detonante que llevará a Harold a escalar esas doce plantas para publicitar los almacenes. Bill y el policía cumplen dentro de la historia, la función narrativa de obligar a Harold a emprender esa dura prueba, que tendrá que superar, para demostrar su valor, antes de obtener la recompensa económica y la chica. Cada vez que Bill anuncia a Harold que aún no puede reemplazarle y debe continuar subiendo, de alguna manera, se transforma en la voz de su destino, de Dios, del mundo o de su propio yo, gritándole que si quiere alcanzar el éxito tiene que seguir esforzándose, que aún no es suficiente, que tiene que darlo todo, sin guardarse nada para sí.
El policía, por su parte, se encarga de mantener a Bill apartado de Harold, para que éste, que siempre se ha servido de los demás para lograr sus fines, no reciba ninguna ayuda y tenga que hacerlo todo por sí mismo, demostrando que merece el premio. En esta segunda parte de la película, Harold ya no puede servirse de la picaresca, ha llegado la hora de la verdad, y ese ingenio, esa malicia y esa caradura, que le libraban de todos los apuros, en la primera parte del film, ya no le sirven para nada. Harold está solo y tiene que ascender con sus propias manos hasta la cima, enfrentándose a esa situación angustiosa y aterradora, en la que nadie puede auxiliarle, porque ya no puede seguir mintiendo a Mildred, tiene que demostrarle y demostrarse a sí mismo que es el hombre que ella necesita.
Y cuando Harold triunfa por sus propios medios y se halla a salvo en la cumbre, después de superar la prueba, se da cuenta de que ya no precisa de un compañero de fatigas para sobrevivir. Por eso, al oír a Bill a lo lejos, corriendo delante del policía por las azoteas colindantes, que le grita que va a regresar en cuanto se libre del poli, Harold sonríe y le dice adiós con la mano, porque ya no le necesita. Ahora puede afrontar lo que sea por sí mismo. 
       
       El gag final de la película, en el que Harold y a Mildred se alejan caminando, abrazados, por la azotea del edificio y, al pasar por encima de una capa de chapapote —que un operario está aplicando como impermeabilizante—, Harold pierde los zapatos y los calcetines, porque se le quedan pegados al suelo, es un gag que funciona, cómicamente, porque Harold está tan absorto en su novia, que no se entera de nada y sigue andando descalzo como si aún llevara los zapatos puestos. Sin embargo, si profundizamos un poco más en el significado de la escena, descubrimos que el acto de quedar descalzo es, en sí mismo, un símbolo de humildad, de pureza, de sumisión, de absoluta entrega; una renuncia al ego, que muestra la adoración que sentimos por el ser amado. Supongo que Lloyd y su equipo tan solo pretendían hacernos reír, pero el significado que implica el hecho de descalzarse está ahí, aunque sea de forma inconsciente, brilla con luz propia y constituye un hermoso final.
   


   

miércoles, 25 de marzo de 2020


LLOYDMANÍA 1
 
“¡VENGA ALEGRÍA!” (1923) de Harold Lloyd


     
   
      Después del enorme éxito obtenido con “El hombre mosca” (1923), Harold Lloyd estrena ese mismo año “¡Venga alegría!” —título poco afortunado en español del original “Why worry?” (“¿Por qué preocuparse?”)—, una película que narra la historia de un personaje tan obsesionado por su salud, que es incapaz de preocuparse por nada de lo que ocurre a su alrededor. Lloyd utiliza el trastorno hipocondríaco de su personaje para criticar, en clave de humor, el egocentrismo extremo de esa clase de millonarios ociosos, que centrados en sí mismos, permanecen totalmente ajenos al dolor o al sufrimiento de los demás.
     
       Harold Van Pelham (Harold Lloyd), joven millonario hipocondríaco, se retira a Paradiso, una tranquila república en el trópico, convencido de que está gravemente enfermo y necesita descansar. Le acompañan su enfermera (Jobyna Ralston), secretamente enamorada de él, y su mayordomo, el señor Pipps (Wallace Howe). Nada más llegar a la isla estalla una revolución, liderada por el renegado americano Jim Blake (Jim Mason), quien, secundado por su lugarteniente Hercúleo “el poderoso” (Leo White), ha conseguido rodearse de todo un ejército rebelde para derrocar al gobierno de la república y hacerse con el poder de la isla, con la única intención de lucrarse. Los “Banqueros Aliados del Mundo” advierten a Blake de que piensan defender sus intereses comerciales en Paradiso, enviando a un representante autorizado para controlar sus actividades. Cuando Blake se topa, en la isla, con el despreocupado Harold le toma por el representante de los banqueros y decide meterlo en prisión, donde conoce a Colosso (Johan Aasen), un gigantesco ermitaño de las montañas que se opone al ejército rebelde.
Con la ayuda de este imponente hombretón, Harold escapa de la cárcel y, una vez fuera, se gana el incondicional apoyo de Colosso para poner fin a una revolución que le está negando el descanso que tanto cree necesitar. Mientras la enfermera, huyendo del acoso sexual de los rebeldes y del propio Blake, se refugia en una casa, disfrazándose de hombre, y el pobre mayordomo se las arregla como puede para sobrevivir, Harold, sirviéndose de la increíble fuerza bruta de su fiel Colosso, consigue dispersar, él solito, al ejército rebelde. Y, después, preocupándose por su salud, se afana en buscar a su enfermera para que le cuide. Pero, cuando la encuentra, descubre que Blake se está propasando con ella y, entonces, se vuelve loco de furia y da al renegado la paliza de su vida, dejándolo completamente fuera de combate. Acto seguido, Harold, Colosso y la enfermera se enfrentan juntos a un nuevo ataque de los rebeldes, al tiempo que la chica obliga a Harold a tomar sus píldoras cada dos minutos, con la intención de que las aborrezca. Finalmente, Harold no sólo supera su hipocondría sino que descubre que está enamorado.
      
       “¡Venga alegría!” fue la última película que Harold Lloyd filmó para su amigo y productor Hal Roach, poniendo punto y final a años de fructífera colaboración, en el transcurso de los cuales Lloyd crearía su personaje de “el chico de las gafas”, tras experimentar antes con los personajes cómicos Willie Work y Lonesome Luke, inspirados en Chaplin. Con el personaje de Willie Work, Harold alcanzó su primer éxito como actor cómico, llamando la atención de Mack Sennet, que le contrató para trabajar a sus órdenes en los estudios Keystone. Junto a Sennet, Lloyd aprendió a caerse de forma cómica, tal y como lo demuestra en “¡Venga alegría!”; pero no se sentía satisfecho, por lo que terminó volviendo junto a Roach. Para el cual, crearía su segundo personaje de inspiración chaplinesca, Lonesome Luke, con el que obtendría cierto éxito para la productora de su amigo. Pero fue “el chico de las gafas” el personaje que le hizo inmortal, un personaje de inspiración propia, con el que Lloyd se sentiría totalmente identificado y con el que daría forma a su particular universo creativo, integrado por unos films llenos de optimismo y vitalidad, que constituían un fiel reflejo de los alegres años veinte. Este personaje, con gafas de concha y sombrero de paja —que empezó siendo una especie de versión cómica de Douglas Fairbanks— tenía una personalidad llena de contrastes, era tímido pero vivaz; solitario a la par que aventurero y encarnaba al tipo corriente, al americano medio, con cierto aspecto de intelectual, aunque no lo era en absoluto. Su éxito en la taquilla fue inmediato, ganándose el corazón del público con su optimismo, su valentía y su dinamismo. “El chico de las gafas” representaba a la perfección el personaje favorito de Lloyd, el hombre tímido que se convierte en héroe, a pesar de que, en casi todas sus películas, padece algún tipo de defecto físico o emocional. Defecto que siempre terminaba superando en el transcurso del film.

     
       En el caso de “¡Venga alegría!” el personaje es un hipocondríaco, que cree estar muy enfermo y no puede pensar en otra cosa que en su salud, así que va por la vida sin enterarse de nada. Este despiste del personaje da lugar a numerosas situaciones cómicas. Como cuando estalla la revolución en la isla y Harold se pasea por las calles, tan tranquilo, sin darse cuenta de que ha comenzado una sublevación, hasta que su mayordomo se lo advierte:
                

       “Mr. Pipps: ¡Ha estallado una revolución, señor! ¡Una revolución terrible, señor!
       Harold: Pues dígales que cesen inmediatamente. He venido aquí a descansar.”
     
       Pero, sin duda, el despiste más exagerado que comete Harold en el film es cuando entra en la cárcel, pensando que es el hotel, y él mismo anota su nombre en la lista de los prisioneros que deben ser fusilados al amanecer, creyendo que se trata del libro de registros.
      
       Lloyd siempre empezaba sus films sin un guión propiamente dicho, partiendo de una idea sencilla, sobre la cual construía una situación cómica. Las películas eran desarrolladas por Harold y su equipo de gagmen, formado por expertos comediógrafos, como Fred Newmeyer, Tim Whelan, Clyde Bruckman (colaborador habitual de Buster Keaton), Ted Wilde y Sam Taylor —el favorito de Lloyd—. Estos gagmen calculaban minuciosamente las escenas, planeando minuto a minuto cada una de las acciones, sin dejar nada al azar. Sin embargo, como el estilo de cine de Lloyd era rápido, caótico y la acción de la película solía ir en crescendo, daba la impresión de que todo estaba improvisado. Nada más lejos de la realidad, pues Lloyd era un perfeccionista, que se esforzaba en hacer las cosas lo mejor posible y que, incluso, terminaba dirigiendo a sus directores, que, a menudo, salían de las mismas filas de su equipo de gagmen —“¡Venga alegría!”, por ejemplo, fue codirigida por Fred Newmeyer y San Taylor—, pero, en realidad, era Lloyd quien manejaba los hilos, por lo que, en el equipo de rodaje, todo el mundo tenía claro que el que tenía la última palabra era Lloyd.
     
       La historia se desarrolla en una isla imaginaria de Sudamérica, aunque su sospechoso parecido con Méjico es evidente para todo aquél que vea la película. De hecho, en la idea original, estaba previsto que Harold Van Pelham viajara a Méjico, pero Lloyd decidió utilizar un lugar ficticio para evitar una injusta parodia de los estereotipos mejicanos, que pudiera herir sensibilidades. La pereza del pueblo mejicano, por ejemplo, es uno de estos tópicos que se caricaturizan en el film:
     
       “Paradiso, una ciudad somnolienta, en una tierra de ensueño. Los veinte años de
sueño de Rip Van Winkle’s se considerarían aquí, sólo una corta siesta.”
     
       Después de estas palabras, aparecen los ciudadanos de la isla durmiendo la siesta por todas partes, incluso aparece un asno que se echa a dormir la siesta en plena faena. Asimismo, el tópico de la afición del pueblo mejicano por pasarse el día de fiesta queda reflejado al principio de dicha secuencia, donde se muestra a los habitantes bailando y tocando diversos instrumentos en medio de la calle, sin motivo aparente. Y también hay una escena en la que una mujer trata de sostener a un hombre que se tambalea, después de ser apaleado por los rebeldes, y cuando Harold Van Pelham se cruza con ellos, les aplaude creyendo que están interpretando un apasionado baile español.

   
       Los gags de Lloyd eran extraordinarios y solían provocar la risa del público jugando con equívocos visuales o de la propia trama, siendo el gag de suspense uno de los más celebrados en su cine. En el gag de suspense se ofrece una información al público que el personaje no posee, anticipando, así, su risa. Como cuando Harold, con una cuerda atada a la cintura, cuyo extremo ha sujetado a la muela picada de Colosso, está a punto de tirarse al vacío desde una azotea, sujetando una enorme maceta a modo de contrapeso; pero lo que él ignora —y el público sabe— es que la muela ya ha salido y, por tanto, al saltar, se estrella contra el suelo, dándose un tremendo porrazo. El gag físico que termina de forma sorpresiva es también una constante en el mundo cómico de Lloyd. Cuando Harold Van Pelham, sentado en una silla de ruedas, se precipita por la rampa del embarcadero a toda velocidad, nadie espera que termine deteniéndose, con toda delicadeza, ante la mesa donde están conspirando los oficiales rebeldes. Este gag de la silla de ruedas fuera de control terminaría convirtiéndose en todo un clásico en el mundo de la comedia. En “La misteriosa dama de negro” (1962) de Richard Quine, sería llevado hasta el extremo, en una divertida persecución en la que los protagonistas corren tras la silla de ruedas de una anciana, que se precipita colina abajo hacia un acantilado. Además de sus originales gags, Lloyd gustaba de introducir pequeños chistes en sus intertítulos, a modo de diálogos cómicos, adelantándose, así, a lo que serían las comedias sonoras que él mismo no tardaría en interpretar.
    
       “Harold: Sí, ya lo creo, tengo un médico excelente. Dice que lo tengo todo, menos la
viruela.
       Viejecillo: Vaya, no se preocupe. Eso lo tengo yo.”
      
       Harold Lloyd fue un actor cómico muy atlético, que, a pesar de no contar con un pasado en el mundo de vodevil, como Chaplin o Keaton, demostró en sus películas gozar de una excelente preparación física, fruto de su pasión por el teatro, el boxeo y los trucos de magia.
         
Por eso no es de extrañar que las caídas, los golpes y las persecuciones cómicas se sucedan en el film, al más puro estilo del slapstick. Buena muestra de su excelente agilidad son las dos palizas que Harold propina a los dos personajes malvados de la película, Blake y Hercúleo. Las coreografías cómicas de estas dos palizas son espectaculares y de lo más ingeniosas, constituyendo dos de los mejores momentos del film. La primera de estas palizas es la más violenta y también la más dinámica; en ella, Harold golpea a Blake con furia, por haberse atrevido a acosar a su chica, y lo hace en una sucesión de ataques sin tregua, en los que le golpea, le patea, le rompe objetos en la cabeza, le embiste, le salta encima y así sucesivamente. Siendo el momento más hilarante de todos, aquél en el que Blake, como resultado de un golpe, cae sobre una mecedora y Harold le da un puñetazo tras otro, aprovechando el vaivén de la mecedora.
      
       Para la segunda paliza, Harold usa la misma técnica de esconderse y golpear al último de la fila, que después usaría Cooper en “El sargento York” (1941) de Howard Hawks. Con la diferencia de que Lloyd golpea siempre al mismo hombre, el repelente Hercúleo, que cada vez está más maltrecho, hasta que finalmente hace con él un paquetillo humano, anudándole los pies detrás de la cabeza en una postura imposible, propia de un contorsionista. Gag que usaría Javier Fesser en su película “Mortadelo y Filemón contra Jimmy el Cachondo” (2014) cuando el Tronchamulas retuerce a Filemón haciendo con él un amasijo de brazos y piernas.

  
       Blake, el villano de la cinta, fue encarnado por Jim Mason siguiendo los estereotipos de la época a la perfección, personaje siniestro con rasgos afilados, sonrisa malvada y un arrogante exceso de confianza en sí mismo, que le hace sentirse superior a los demás. La manera en la que Blake imagina tener la isla de Paradiso en la palma de su mano para estrujarla, resulta de lo más reveladora a la hora de presentarnos al personaje como un ser malvado, ambicioso y ávido de poder. Asimismo, la forma perversa en la que mira a la enfermera es suficiente para que ésta comprenda que se haya en peligro y huya, despavorida.
     
       Por el contrario, el esbirro de Blake, Hercúleo “el poderoso”, es un personaje repelente, rastrero y ridículo —no sólo en el nombre—, que siempre aparece maltratando a algún ser indefenso, de forma vil y cobarde. Leo White interpreta a este desagradable personaje de una forma divertida y algo caricaturesca, más propia del vodevil que del cine, que nos recuerda al personaje Pierre Nodoyuna de los dibujos animados de Hanna – Barbera. Ambos actores supieron recrear con acierto a los dos malos de la película, haciéndolos tan antipáticos al espectador, que, éste, no puede evitar alegrarse cuando Harold les da su merecido o cuando Colosso los arroja a la calle, como si sacara la basura.
     
       La relación del gigante Colosso y Harold Van Pelham, que sostiene el humor de buena parte del metraje, representa una versión cómica de la fábula de Androcles y el león. Harold libera a Colosso de su dolor de muelas y éste se convierte en su perro fiel, lo mismo que Androcles arrancaba la espina de la pata del león, ganándose su eterna lealtad. Colosso, interpretado de manera tronchante por Johan Aasen, se convierte bajo las órdenes del enérgico millonario en un arma de destrucción masiva, totalmente natural y espontánea, capaz de lanzar los cañones rebeldes por los aires sin ningún esfuerzo, de jugar a los bolos con el ejército rebelde arrojándoles bolas de cañón a los pies o de azotar a los guerrilleros con una palmera como si fueran un enjambre de moscas molestas, y todo eso, cuando no está acabando con toda una guarnición a puñetazo limpio. La asociación simbiótica entre un gigante fortachón y simple, que aporta a la relación su extraordinaria fuerza física, y un personaje pequeño, inteligente y decidido, que toma las decisiones y piensa por los dos, ha dado siempre excelentes resultados en la comedia cinematográfica. Buena muestra de ello son “La princesa prometida” (1987) de Rob Reiner o “Aquí, mi gigante” (1998) de Michael Lehmann, entre otras muchas.
       
        
       En “¡Venga alegría!”, la fuerza bruta de Colosso bajo la imaginativa capacidad para el mando de Harold da lugar a una sucesión de divertidísimos gags, de entre los que cabe destacar aquél en el que Harold convierte a Colosso en un cañón humano o aquél otro en que Colosso arranca de la pared el balcón en el que está asomado Harold, para llevarlo hasta el balcón de enfrente en volandas. Y es justo decir que, de entre todos estos gigantes divertidos y algo entrañables que ha dado el cine, ninguno ha conseguido aún resultar más gracioso que Colosso, que con sus movimientos descontrolados, sus primitivas reacciones y la curiosa manera en la que sigue a Harold a todas partes, da la impresión de ser tan solo un bebé de enormes proporciones.

                       
       La actriz Jobyna Ralston, perteneciente al grupo de las Wampas Baby Stars (premio que otorgaba cada año la industria del cine a las actrices más prometedoras), encarna a la enfermera de Harold Van Pelham, en su primera colaboración con Harold Lloyd, con el que trabajaría en un total de siete películas. Esta expresiva actriz aportaba a sus personajes una ingenuidad algo pícara, que llenaba de encanto y gracia sus interpretaciones, en las que conseguía transmitir al público todas y cada una de las emociones de sus personajes, formando una gran pareja con el simpático Lloyd, con el que conseguía compenetrarse a la perfección. En “¡Venga alegría!” Jobyna protagoniza momentos conmovedores y muy graciosos, siendo en todo momento muy femenina. Cuando se enfada con Harold y le regaña de una forma en la que nunca nadie había regañado antes al millonario, resulta de lo más encantadora, por lo que no nos sorprende la reacción de Harold:

              

       “Harold: ¡Estoy sorprendido de ti! ¡Jugando así con ropas de hombre cuando deberías
estar cuidando de mi salud!
       Enfermera: ¡Pastillas, pastillas, pastillas! ¡Estoy harta y enferma de sus tontas
pastillas!...
       Harold: ¡Dios, tienes ojos hermosos!”
      
       También resulta adorable cuando sale en defensa de una anciana a la que está maltratando Blake y, tras darle a éste una bofetada, le golpea en el pecho con sus puñitos, como si fuera una niña pequeña con una rabieta, despertando en Harold un instinto de protección que él ignoraba poseer hacia ella.
     
       “Harold: No entiendo. ¿No es extraño cómo quise pelear apenas él te tocó? ¿Sabes?,
ahora que lo pienso, disfruté mucho protegiéndote.”
     

       Y es que el miedo y el hastío vital nos paralizan, nos convierten en seres insignificantes y egoístas, reduciéndonos a nuestra más mínima potencia y anulando nuestras capacidades. Sólo una revolución es capaz de despertar a Harold Van Pelham de su letargo de aprensión y manías, volviéndole osado y logrando que se descubra a sí
mismo como un hombre enamorado y un hombre de acción, capaz de afrontar cualquier dificultad con decisión. Harold descubre que posee una determinación enérgica, una gran capacidad para el mando y unos nervios de acero, que le permiten mantener la cabeza fría en medio de cualquier situación, ya sea una revolución, o los caprichosos altibajos de la bolsa. Así, el hipocondríaco e inútil millonario, después de su aventura en la isla, da paso a un eficiente y brillante hombre de negocios, que tiene claras sus prioridades familiares. Harold Van Pelham, al superar su hipocondría, se convierte en la mejor versión de sí mismo, en ese héroe que su enamorada enfermera siempre supo que dormía dentro de él.