jueves, 28 de enero de 2021

DONENMANÍA 2

“PÁGINA EN BLANCO” (1960) de Stanley Donen
    

       
Los condes de Rhyall, Víctor (Cary Grant) y Hilary (Deborah Kerr), aristócratas ingleses venidos a menos, se ven obligados a abrir al público parte de su palacio, situado en una población cercana a Londres, para poder mantener sus propiedades. Durante una de estas visitas turísticas, un turista norteamericano, Charles Delacro (Robert Mitchum), se cuela en las habitaciones privadas de la familia y queda prendado de Hilary, la bella condesa de Rhyall, a la que logra robarle un beso. Hilary, fascinada por la personalidad y el atractivo de Charles, que, además, es millonario, trata de disimular, ante su marido, la atracción que ejerce sobre ella, pero Víctor conoce demasiado bien a su mujer y nota enseguida que algo ha surgido entre los dos. Charles planea quedarse en Londres dos semanas y pide a Hilary volver a verla, ella se niega, pero, tras unos días en los que no ha podido dejar de pensar en él, se decide a ir a Londres, poniendo a su marido una excusa, que él finge creer. En Londres, Hilary se aloja en casa de su amiga y antigua novia de Víctor, Hattie Durant (Jane Simmons), aunque pasa todo el tiempo con Charles, con el que inicia un romance al poco de llegar. Hattie, por su parte, decide visitar a Víctor para saber cómo se ha tomado que su mujer se haya enamorado de otro hombre. Víctor no disimula que está destrozado y que se propone arrancar al americano del corazón de su mujer para salvar su matrimonio. Con este propósito, Víctor sorprende a todos invitando a Charles Delacro a pasar el fin de semana en palacio y pidiéndole, con toda desfachatez, que traiga en su coche a su mujer, que lleva toda la semana en Londres. Al día siguiente, cuando Hilary y Charles llegan, todos fingen que no ha pasado nada. Víctor se muestra genial, en su papel de perfecto anfitrión, pero las indirectas y las puyas salpican cada una de las conversaciones entre él y su invitado. El americano trata de convencer a Hilary de que a su marido no parece importarle mucho que ella se haya enamorado de otro, así que el divorcio no le afectaría demasiado. Sin embargo, Hilary no tiene tan claro que la aparente indiferencia de Víctor sea sincera y se siente confusa respecto a qué decisión tomar. Cuando las mujeres se retiran esa noche, Víctor reta a su rival a batirse en duelo con pistolas. Charles se resiste a aceptar, pero Víctor le asegura que si no acepta su desafío, no hablará del divorcio. Finalmente, el duelo tiene lugar y Víctor resulta herido en un brazo. Mientras Hattie y Charles se van al pueblo en busca del médico. Víctor y Hilary se quedan a solas, ella le cura la herida mientras beben champán y se sinceran el uno con el otro. Víctor le explica que el duelo era esencial para que su papel de marido complaciente no resultase tan innoble y para recordarle a ella que sigue enamorado y que la esperará el tiempo que sea necesario. Hilary, conmovida, se da cuenta de que, en realidad, lo que realmente quiere es quedarse con su marido y así se lo hace saber a Charles, en cuanto regresa. Delacro se lamenta de haber aceptado el duelo, porque cree que verle herido es lo que ha ablandado a Hilary y, convencido de que él no apuntó a Víctor, no tarda en comprender que, salir herido, era el plan de Víctor desde el principio y que debió ser el mayordomo, Sellers (Moray Watson), quien le hirió; por supuesto, obedeciendo las indicaciones de su señor.

    
       En “Página en blanco” —“The grass is greener” (La hierba es más verde) en original—, Stanley Donen vuelve a abordar el tema del adulterio, en una comedia sobre la crisis matrimonial de una pareja, felizmente casada, cuya plácida convivencia se ve alterada cuando uno de sus miembros cae en la tentación de dejarse deslumbrar por el brillo de la hierba que crece al otro lado de la valla. Para Donen la infidelidad, dentro de una relación estable, surge en el instante en que se deja de apreciar lo que se tiene y se empieza a pensar que se podría tener algo mejor, perdiendo así la perspectiva de lo que realmente se necesita para ser feliz. “Aprende a valorar lo que tienes”, parece aconsejarnos esta historia, basada en la obra teatral del matrimonio de dramaturgos formado por Hugh Williams y Margaret Vyner, que ellos mismos adaptaron para el cine.

       El tándem de escritores Williams – Vyner construyó unos diálogos elegantes y divertidos, que hacen avanzar la historia con un ritmo sosegado, al tiempo que nos transmiten las respectivas formas de concebir la vida y las relaciones de pareja de los protagonistas. Hay que señalar, sin ánimo de menospreciar la acertada composición musical de Noël Coward, que los diálogos son la verdadera banda sonora de esta película. Y es una banda sonora que una no se cansa de oír; sofisticada, ingeniosa y tierna, sabiendo aprovechar esa ironía y esa flema tan inglesas, que se han hecho famosas en el mundo entero, para componer un héroe romántico admirable y divertido, el conde de Rhyall, que se enfrenta a su rival enarbolando su arma más poderosa, la inteligencia.


       «Víctor: Y la carrera es para el rápido y la lucha para el fuerte, ¿eh?
       Charles: Seguro.
       Víctor: No estoy yo tan seguro. En teoría debo discrepar de usted. En la práctica puede que usted tenga razón. Es un poco primitivo, pero ¿qué tiene de malo?
       Hattie: ¿Qué es primitivo?
       Víctor: Tú, por ejemplo.
       Hattie: Oh, ¿lo dices en serio? ¿O es un insulto?
       Charles: Al contrario, yo diría que es el mejor cumplido.
       Víctor: Dice eso porque él también lo es.»

       Encarnar al protagonista dio la oportunidad a Cary Grant, británico de nacimiento, de mostrar ese caballero inglés que llevaba dentro y que le permitió, a lo largo de toda su carrera, abordar la comedia física con una elegancia y una naturalidad incomparables. También en este film protagoniza un momento slapstick, al caerse dentro de una poza del río en el que están pescando. Grant compone, en “Página en blanco” el personaje más flemático de toda su filmografía, un aristócrata despistado, educado y mordaz, que jamás pierde la compostura —ni siquiera en presencia del amante de su muje —, a pesar del ingrato papel de marido ultrajado que le ha tocado representar. Víctor Rhyall hace gala de un control absoluto sobre sus emociones, lo que obligó a Grant a realizar una interpretación contenida de este hombre enamorado que se está muriendo por dentro, aunque por fuera sepa dar la impresión, con su eterna sonrisa, de que todo le importa un bledo.


       «Víctor: Te diré cómo he reaccionado, me siento disgustado, muy disgustado, muy desdichado, estoy como perdido y muy solo.»

       La reacción de este marido ante la infidelidad de su esposa es sincera y conmovedora por la honestidad de sus convicciones y la desolación de sus sentimientos. En lugar de una respuesta violenta, vengativa u orgullosa, el conde de Rhyall nos da una lección de lucidez, al aceptar su desagradable situación, para sorprender a su rival con un contraataque inesperado y brillante, con el que reduce la traición de su esposa a un deslumbramiento pasajero y vacío, del que la pareja sabrá reponerse y dejar atrás.

       La relación laboral y amistosa de Cary Grant con Stanley Donen se prolongó a lo largo de los años dando como fruto cuatro películas y una productora, la Grandon productions, con la que Donen y Grant producirían dos de estos films, “Indiscreta” (1958) y “Página en blanco” (1960). Siendo “Bésalas por mí” (1957) y “Charada” (1963) la primera y última colaboración, respectivamente, entre actor y director. Relación que sería beneficiosa para ambos y que ayudaría a Donen a dar el salto del musical a la comedia.


       Donen fue un director humilde que nunca presumió de sus éxitos y que nunca estaba satisfecho de sus films, sin embargo, era un gran realizador capaz de crear instantes cinematográficos llenos de magia, ingenio y elegancia. Muestra de ello son los magníficos títulos de crédito, que Donen consiguió del diseñador gráfico Maurice Binder, donde, vemos, jugando sobre la hierba, a unos bebés que representan a cada uno de los profesionales que participaron en la película. Y es que Donen era un narrador meticuloso, siempre con el ojo puesto en los detalles que pudieran aportar humanismo a la película y ayudaran a contar el mensaje que se quería transmitir al público. Desde el planteamiento del film, Donen va anticipándonos, de forma sutil, el conflicto que se avecina, dejando que algo flote en el aire y que sean los mismos personajes, sin proponérselo, los que nos hagan sentir lo que se está cociendo. Por ejemplo, los versos de Henley que Hilary lee a su marido, antes de conocer a Charles, son toda una anticipación de la tormenta que se cierne sobre la pareja:


       «Hilary: Y es que nace la fuerte primavera, despertando los sueños. Corre la savia… Oh, esa agradable, impaciente y sedienta inquietud. Toda la vida brota y mi corazón, lleno de abril, brinca en mi pecho.»

       La respuesta a este poema parece toda una corazonada por parte del marido:

       «Víctor: Nace la primavera, ¿eh? Una turbulenta estación, todo un renacimiento…
       Hilary: Nidos nuevos, hierba reciente, qué poderosa inquietud…
       Víctor: Sí. Te advierto una cosa, cuanto mayor eres, mayor es la inquietud. Una época muy peligrosa. Ten cuidado.»

       Asimismo, las primeras palabras que Hilary dirige a Charles, cuando se cuela en su salón, son una anticipación de la intromisión, por parte de éste, en la privacidad de su matrimonio:


       «Hilary: Bueno, entrar por una puerta donde dice “privado” no es equivocación sino intrusión.»

       El mismo duelo se anticipa al espectador en una alusión del propio Víctor a Charles cuando le está hablando de un antepasado suyo que se batió en duelo con el amante de su mujer.

       «Víctor: Descubrió que su esposa estaba a punto de fugarse con un rico terrateniente de Carolina del Sur. Tengo entendido que es un territorio estupendo, pero usted no es del Sur, ¿verdad?
       Charles: No, del estado de Nueva York. ¿Y no le ahorcaron?
       Víctor: No, no, fue un duelo a pistola.»

       Y Víctor anticipa a Hilary que no piensa dejar que Charles le robe a su esposa, improvisando una cancioncilla con la melodía de la famosa canción americana «Yanquee Doodle»:

       «Víctor: “… Quería conquistar a todas las mujeres… Un yanqui vino a Londres, montado en un pollino, con plumas en el gorro y una libra de tocino. Era un yanqui muy audaz, un yanqui ladino, más se tuvo que marchar, corrido y mohíno…”»


       Pero el film no sólo está lleno de anticipaciones sino también de metáforas. Donen utiliza el canto de un cuco que merodea por los alrededores del palacio como analogía de la humillante posición de Víctor ante el romance de su esposa con otro hombre.

       «Víctor: ¡Ese pájaro es para volverse loco!
       Sellers: Por eso dice el refrán: está loco como un cuco.
       Víctor: ¿Quién está como un cuco?
       Sellers: Nadie, Milord. Usted ha dicho que era para volverse loco, imagino que así se originaría ese refrán.
       Víctor: Ah, ya, ya.»

       Incluso Hattie utiliza el canto del cuco para pinchar a Víctor:

       «Hattie: Ese pájaro es un tanto enfático, ¿no? ¿No dijo Shakespeare: “El cuco en cada árbol se burla de los casados?”»


       Y, después, justo antes de que llegue al palacio la pareja de adúlteros, vemos a Víctor con una escopeta tratando de cazar al cuco.

       Otro objeto dramático, empleado por Donen en el film como metáfora para representar la posición y la lucha interna librada por cada uno de los miembros de este triángulo amoroso, es el abrigo de visón que Charles regala a Hilary. Para Charles, el visón supone un símbolo de la maravillosa vida que podría proporcionarle a Hilary, gracias a su condición de millonario; para Hilary, es el símbolo de la atracción que Charles y sus millones ejercen sobre ella, significa la tentación de lo prohibido y para Víctor, es una humillación más, el objeto que representa todo lo que él hubiera querido ofrecer a su amada esposa, de haber podido.

       «Víctor: ¡He deseado regalarle un abrigo de visón desde que nos casamos y la próxima Navidad ya podría haberlo hecho! ¡Debería matarlo!
       Hattie: Creo que hemos de evitar el derramamiento de sangre. Está algo anticuado.
       Víctor: ¡Pues ya va siendo hora de actualizarlo!»

       En “Página en blanco”, Donen nos hace toda una demostración de cómo la alta sociedad hace de la hipocresía un arte. Para ello, nos muestra a los cuatro personajes principales comportándose como si ninguno de ellos estuviese al tanto de este secreto a voces que es el adulterio de la condesa, del que nadie habla directamente cuando están todos juntos, pero que todos comentan por separado. Quizás el momento más falso de todos sea aquel en el que Víctor invita a Charles a pasar el fin de semana a palacio, fingiendo que no sabe que él y su mujer están juntos. Donen se sirve de la técnica de la pantalla partida para mostrar las reacciones de Charles y de Hilary, ante la invitación de Víctor, al tiempo que muestra a Víctor y a Hattie, escuchando la respuesta de Charles, al otro lado del teléfono. Es una de las escenas más graciosas del film, por la sincronía de los movimientos y la coincidencia de las frases de ambas parejas, magníficamente interpretados por estos cuatro grandes intérpretes.


       La interpretación del romance adúltero recayó sobre la pareja formada por Deborah Kerr y Robert Mitchum, que ya habían coincidido antes en el film de John Huston “Sólo Dios lo sabe” (1957), dejando constancia de la química existente entre ellos, y que volverían a formar pareja cinematográfica un año después en “Tres vidas errantes” (1961) de Fred Zinnemann, en la que ambos nos sorprendían con una gran versatilidad, en este drama narrado en clave de humor. La crudeza que emanaba de Mitchum contrastaba a la perfección con la delicadeza y elegancia de Kerr, creando una mezcla extraña e interesante de pasión y fragilidad que daba excelentes resultados en la pantalla. El papel de Mitchum en este film es, sin embargo, algo ingrato. El actor borda la primera parte de la película, cuando seduce a Hilary con su firmeza y su enorme seguridad en sí mismo, pero cuando ha de medirse con Grant —el rey de la comedia— parece tan perdido y fuera de lugar como su personaje, Charles Delacro, en el palacio del aristócrata inglés. Pero Charles y Víctor no sólo rivalizan por el amor de Hilary, sino que Donen los hace ir más allá, estableciendo una divertida batalla de orgullo patriótico entre ingleses y americanos. El inglés, representa la educación, la cultura y la inteligencia y el americano, la fuerza, el dinero y la testarudez. Víctor lucha por conservar a su esposa y por expulsar al prepotente norteamericano que se ha colado en su hogar comportándose como si el mundo entero fuera su jardín de recreo. Asimismo, Hilary y Charles, en la secuencia en la que se enamoran, bromean sobre las diferencias existentes entre ambas culturas.


       «Charles: Soy norteamericano, digo lo que pienso.
       Hilary: Y vacila antes de decirlo. Un francés no hubiera vacilado.
       Charles: ¿Y un inglés?
       Hilary: Un inglés jamás lo hubiera dicho.
       Charles: ¿Dice que un inglés jamás le diría a una mujer casada que es muy guapa?
       Hilary: No, no quiero decir eso, pero, normalmente, se lo dice primero al marido.
       Charles: ¿Y con qué objeto?
       Hilary: Sabe que el marido se lo dirá a la esposa.»


       Por su parte, Deborah Kerr compone un personaje con tanta clase y tanta sensibilidad, que consigue que resulte normal que su marido esté dispuesto a tomarse su infidelidad con deportividad, sin perder ni un ápice de la devoción que siente por ella. La Kerr se pasea por el adulterio, desprovista de cualquier viso de inmoralidad; inmaculada, como si su personaje estuviese por encima de las pulsiones sexuales mundanas y sólo estuviese reaccionando ante un sentimiento elevado y puro, que nadie le puede reprochar. Sólo se permite un arrebato pasional cuando ve que Hattie lleva puesto el abrigo de visón que le ha regalado Charles y la obliga a quitárselo a punta de pistola, pero, eso sí, sin despeinarse. Se podría decir que Hilary, a su manera también termina batiéndose en duelo con Hattie, por andar siempre mariposeando alrededor de su marido, algo que la pone muy celosa.



       «Hilary: No me fío cuando estás con Víctor. ¿Por qué no cenasteis aquí?
       Hattie: Dijo que le gustaría tomar el aire.
       Hilary: ¿Dijo eso? ¿A qué hora volvisteis?
       Hattie: Pues a eso de las doce y media, creo.
       Hilary: ¿Bebió mucho, Víctor?
       Hattie: Muy poco, si no recuerdo mal.
       Hilary: Pero sólo jugando a las cartas os aburriríais muchísimo…
       Hattie: No, porque yo hago trampas.»

       El cuarto personaje de este tour de force interpretativo, recae sobre una bellísima Jane Simmons, en un personaje cómico, que equilibra con su presencia humorística el tenso triángulo amoroso formado por los condes de Rhyall y Charles Delacro. Simmons está graciosa y sexi en este rol de divorciada inglesa de clase alta, superficial y cínica, que finge fantasear con la idea de recuperar a Víctor Rhyall, su antiguo novio, aunque, en el fondo, sabe perfectamente que eso no va a ocurrir. Simmons aporta con sus simpáticas réplicas el toque de humor a una situación, tensa y dolorosa para el resto de los personajes, pero que a ella la saca de la rutina y la divierte en extremo. Hattie Durant se pasa todo el tiempo que aparece ante la cámara bebiendo sin parar, quien sabe si por puro hedonismo o en un intento de silenciar su soledad tras un matrimonio fallido.


       «Hattie: Todo es la suerte. Recuerda la mala suerte que tuve el día que te presenté a Hilary en las carreras. Conseguí la doble y te perdí a ti. Y si tú te hubieses casado conmigo en vez de con Hilary, yo no me hubiera casado con ese enano con el que me casé ni me habría gastado tanto para divorciarme. Y encima se pagó muy poco la doble.»

       A pesar del carácter superficial de Hattie, ésta nos sorprende, en ocasiones, con comentarios que denotan una gran claridad mental e incluso cierto viso de feminismo muy interesante para la época:

       «Hattie: Como la mayoría de los hombres que tienen éxito con las mujeres, tú te jactas de que las conoces. No seas imbécil, cariño, no tienes ni idea.»

       La frivolidad de Hattie es tan chispeante que resulta contagiosa y su pueril malicia contrasta con la madura honestidad de sus amigos los Rhyall, que afrontan el adulterio de uno de ellos con una calma absoluta, considerándolo un sencillo traspié emocional, algo bastante natural en una relación de doce años.


       «Víctor: La fórmula actual de casi todos es decir, bien, la mejor parte ya ha pasado y nos queda la peor, despidámonos, querida, gracias por todo, ha sido muy divertido. Vete con tu amigo, recupero mi libertad y estaré en la Riviera antes que tú. Yo creo que eso está mal. Si tu amante te es infiel, debes rechazarla, si lo es tu mujer debes acogerla.»

       El estoicismo del conde de Rhyall ante el hecho de que su mujer se haya enamorado de otro hombre es irritante y envidiable al mismo tiempo, puesto que donde otros se desesperan, gritan, insultan e incluso golpean, él charla educadamente, maldice un poquito y reta en duelo. Desde luego, no se puede ser más inglés ni más caballero. Y como a todo buen caballero inglés que se precie, no podía faltarle su leal mayordomo, Trevor Sellers (Moray Watson), que acompaña a su señoría en todas sus tareas diarias, sean de la clase que sean, compartiendo con él su Biblia y el crucigrama del Times. El excéntrico y aburrido mayordomo Sellers es el secundario cómico que revolotea por el film, aportando humor, y se pasea por el palacio, proporcionando abolengo. Sellers ayuda a dibujar el temperamento distraído y tradicional del conde de Rhyall, al que sirve de escudero en sus momentos más duros y solitarios y, lo mismo que un Sancho Panza británico, secunda a su señor en todas sus locas ideas —como la de batirse en duel —, al tiempo que mantiene con él conversaciones de lo más absurdas. Como cuando comparte con su señor el descubrimiento de que carece de lo esencial para triunfar como escritor.


       «Sellers: Creo que el problema básico soy yo mismo. Estoy demasiado feliz y contento, y, por si esto fuera poco, presumo que soy normal. Eso es fatal.
       Víctor: ¿Debo entender que prefiere ser desventurado y anormal?
    Sellers: Pues claro. Mire, yo deseo triunfar y para triunfar es preciso por lo menos ser moderno. Y, al igual que milord, no lo soy. No tengo esa sensación de inseguridad o desesperación o angustia.
       Víctor: ¿Y es esencial?
   Sellers: Lo más esencial. Y yo me siento dichoso, nada me remueve, no tengo ningún resentimiento.
       Víctor: Se encuentra en un aprieto, ¿eh?»

       Uno de los temas recurrentes en la filmografía de Stanley Donen era su creencia de que aunque las relaciones de pareja pierdan su brillo y se deterioren con el transcurso de los años, si hay verdadero amor, la unión resiste todos los obstáculos. Es el tema central de su película “Dos en la carretera” (1967), considerada por muchos como su obra maestra, y es la idea que subyace en la historia de “Página en blanco”, aunque en este film, Donen, romántico por excelencia, parece, como el cuco, reírse de los casados, siempre expuestos al temor de la infidelidad. El canto del cuco como precursor de la primavera, llevaba a afirmar a Shakespeare: “¡Oh, mundo de miedo, desagradable para un oído casado!”. Donen se burla, sí, pero desde la convicción, que comparte con Víctor, de que una infidelidad es sólo un error de perspectiva —ya que el infiel cae en la trampa de creer que lo que desea es mejor que lo que posee—, y por tanto, no es motivo suficiente para acabar con una pareja.

       «Víctor: A no ser que sea propensa a ello, en cuyo caso la situación queda fuera de control.»


      

miércoles, 30 de diciembre de 2020

DONENMANÍA 1

“INDISCRETA” (1958) de Stanley Donen
   
     
       Cuando, al aproximarse la década de los sesenta, el público empezó a perder el interés por el género musical, Stanley Donen —conocido por entonces como “el rey del musical”—, se reinventó a sí mismo en director de comedias románticas, entre las que destaca, por su tierno romanticismo, “Indiscreta”, una comedia en la que dos personajes, emocionalmente fuertes, se enamoran perdidamente, con un amor puro, que enturbia la mentira de uno de ellos, creando un enredo de mil pares de narices. Para Donen, el cine representaba un nivel de verdad más profundo que el del mundo real, el de los sentimientos, y es justo de eso de lo que trata esta comedia, de unos sentimientos profundos, donde el miedo a entregarse al otro, sin reservas, no supone más que un estorbo hacia la felicidad.
   
       Anna Kalman (Ingrid Bergman), famosa actriz, decepcionada con el amor y con los hombres, se enamora al primer vistazo de Philip Adams (Cary Grant), un hombre de negocios al que su cuñado, el ministro Alfred Munson (Cecil Parker), quiere captar para la OTAN. Philip siente lo mismo que Anna, pero, al ver el interés de ella, la advierte, como un caballero, de que está casado, aunque está tramitando el divorcio. Ella decide confiar en él e inician un romance que los hace tan felices, que Philip acepta el trabajo en la OTAN sólo para quedarse en Europa y poder ver a Anna los fines de semana. Todo va sobre ruedas hasta que a Philip le envían a Nueva York en una misión que le ocupará unos cinco meses. Anna se desespera ante la inminente separación y, en un momento de debilidad, le pide que trate de acelerar el divorcio para poder casarse y viajar juntos, pero enseguida se arrepiente de haberle presionado así y le suplica, entre lágrimas, que la perdone. Aún así, incapaz de resignarse con su partida, Anna proyecta sorprender a Philip, llegando antes que él a Nueva York para recibirle allí. Ante la resolución de su cuñada, Alfred no tiene más remedio que ponerla al tanto de que Philip, a su vez, planea sorprenderla a ella, apareciendo en su apartamento el día de su cumpleaños, cuando se suponía que ya debía estar en Nueva York. Anna llora de emoción y su hermana Margaret (Phyllis Calvert), indignada por la ciega confianza que su hermanita tiene depositada en el Sr. Adams, le desvela que Philip no es tan maravilloso como ella cree, porque, en realidad, es soltero y ha mentido para evitar el matrimonio. Anna enloquece de rabia y decide vengarse de él por haberse burlado de ella. Primero, le pone celoso con David, un antiguo admirador suyo, que continúa asediándola y después, cita a éste en su apartamento, para que cuando Philip aparezca, en su cumpleaños, los descubra juntos. En el último momento, el plan de Anna está a punto de irse al garete cuando David sufre un ataque de apendicitis, pero Anna, con ayuda de su ama de llaves, Doris Banks (Megs Jenkins), convence a su chófer Carl Banks (David Kossoff), marido de Doris, de que interprete el papel de admirador y se esconda en su dormitorio, para que Philip crea que es David. Sin embargo, la farsa ideada por Anna termina volviéndose contra ella, cuando Philip aparece anunciando que ya tiene el divorcio y pidiéndole que se case con él. Antes de que Anna pueda impedirlo, su chófer aparece para representar el papel de amante y Philip, picando el anzuelo, se marcha muy indignado. Destrozada, Anna se arrepiente de haber arruinado su felicidad por su loco afán de venganza; pero Philip aún no ha dicho la última palabra… Y Anna, tampoco.


       “Hacer cine es como enamorarse”, afirmaba Donen, y puesto que él era un maestro en eso de hacer cine, no es de extrañar que supiera narrar con tanta delicadeza y credibilidad el proceso de enamoramiento de los dos protagonistas de esta película. Los detalles constituían el arma más poderosa de este director, a la hora de transmitir al público lo que la película quería contar, por ello, esta historia de amor está plagada de trocitos de realidad, que logran conmovernos, sin caer nunca en el sentimentalismo, a pesar de rezumar una infinita ternura. Un ejemplo de ello es el detalle del color de las rosas que aparecen en la película. Las rosas amarillas, que simbolizan la alegría de vivir, el optimismo y la celebración de un encuentro, son precisamente las favoritas de Philip y representan la presencia de éste en el apartamento de Anna, mientras que las rosas rojas, símbolo de fuego y de pasión, son las que Anna emplea para poner celoso a Philip, porque representan la presencia de David en el apartamento de ella. Y es que Donen se identificaba al cien por cien con la conocida frase de Flaubert “Dios está en los detalles” o, en versión patria, también podríamos recurrir a la famosa “entre los pucheros, anda Dios” de nuestra Santa Teresa de Jesús. De esa forma, mezclando unos detalles sencillos y otros ampulosos, de la vida cotidiana de la pareja, tanto en privado como en sociedad, Donen dota a la trama de una gran veracidad. Y, asimismo, intercalando drama y comedia, proporciona una gran profundidad a la historia romántica, logrando que todo lo ajeno a dicha relación resulte superfluo, lejano y gris.


       El secreto para que una comedia funcione —al margen del ingenio y la comicidad— es el dominio del tempo, y nadie puede poseer un sentido más completo y desarrollado del ritmo que un director de musicales. Si, además, éste cuenta con un reparto de la calidad interpretativa de Grant y Bergman, la categoría del film está garantizada. Cary Grant, amigo personal de Donen e imbatible actor de comedias, borda su rol de hombre perfecto, atractivo, encantador y adinerado que, por ser absolutamente contrario al matrimonio, no es del todo sincero con la mujer amada.

       “Philip: Aunque te parezca mentira, quiero a Anna, la quiero como no había querido a ninguna mujer, pero no me casaría, aunque me apuntaras con una pistola.
       Alfred: Aquí no tengo pistola. Además, un cuñado no debe mezclarse en eso. No somos de la misma sangre.”

       Las sonrisas de Philip, al contemplar con arrobo el objeto de su amor, esconden cierta falsedad en la mirada, con la que Grant anticipa al espectador su falta de sinceridad con Anna. Ingrid Bergman, la actriz que supo transmitir cualquier emoción femenina en la pantalla con extremada sensibilidad, compone un personaje inteligente, sensible y de una fortaleza impetuosa, que conquista al público de inmediato con su elegante presencia y su férrea determinación.

       “Margaret: Anna, quiero hablarte en serio. Siempre te he querido como una madre, pero hay algo en tu carácter que no me gusta. Eres muy vehemente.”


       Desde la película “Encadenados” (1946) de Hitchcock, Grant y Bergman no habían 
vuelto a coincidir en un film, y fue por expreso deseo de Cary Grant, que Donen contara con Ingrid Bergman para encarnar a su partenaire. El director dudaba de si la actriz aceptaría, pero ésta lo hizo de inmediato, deseosa de volver al cine, tras su matrimonio con Rossellini. Stanley Donen no podía imaginar una pareja de amantes adultos más románticos que la formada por Bergman y Grant, quienes demostraron, una vez más, su gran complicidad interpretativa y esa química magnética y sugerente, con la que inundaban la pantalla de sensualidad. Para cumplir su deseo de mostrar a la pareja en la cama, Donen tuvo que ingeniárselas para burlar la censura, usando la técnica de la pantalla partida, de manera que los dos personajes, cada uno en su cama y en lugares distintos, charlaban por teléfono, dando la impresión de estar acostados en el mismo lecho, a pesar de la distancia que los separaba. Donen dirigía sus comedias dando libertad a sus actores, sin interponerse en su camino, pero dejándose ver, es decir, haciendo sentir a los actores su presencia vigilante sobre ellos. Y el resultado, en cualquiera de sus films, demuestra que, con el método de “no intervención”, el director sabía sacar de sus intérpretes todo lo que esperaba de ellos.


       La trascendencia de los personajes protagonistas en la historia era de tal envergadura, que exigía un tratamiento dramático y al mismo tiempo cómico de los mismos, que el guionista Norman Krasna supo construir con inteligencia y sofisticación. El guión es una adaptación de la obra teatral “Kind sir” del propio Krasna, que éste ya había estrenado con éxito en Broadway. Y que, a finales de los ochenta, volvería a reescribir para un remake de “Indiscreta” que Richard Michaels dirigiría para la televisión, con Robert Wagner y Leslie-Anne Down en el reparto.

       Es cierto que el romanticismo prima, en el film, sobre el humor durante todo el metraje, pero la agudeza de los diálogos y la comicidad de algunas secuencias hacen de “Indiscreta” una película sumamente simpática y conmovedora a partes iguales, en la que podemos apreciar el inconfundible estilo de Stanley Donen en cada plano —destacando los expresivos primeros  planos de los protagonistas—. El maestro del musical no pudo resistirse a incluir una divertida danza escocesa, para lucimiento del humor físico de Cary Grant y de su propio talento a la hora de filmar un baile de la mejor manera posible, algo que aprendió en sus tiempos de bailarín y coreógrafo.


       Aunque los diálogos de Krasna son más lentos de los que solemos encontrar habitualmente en una comedia, resultan idóneos para el ritmo pausado que Donen eligió para esta comedia romántica y fastuosa, que se desarrolla en una recreación hollywoodiense del Londres de finales de los cincuenta. Aún así, las conversaciones son interesantes, sofisticadas al tiempo que sencillas e inteligentes a la par que tiernas. El origen teatral de la historia se deja sentir, a lo largo de todo el film, en el hecho de que sean las palabras, en lugar de las imágenes, las que hagan avanzar la trama, es decir que, los hechos básicos de la historia se nos dan a conocer mediante los diálogos de los personajes. Por ejemplo, Margaret cuenta como averiguó que Philip era soltero leyendo el informe sobre Philip que Alfred tenía en su despacho, cuando, cinematográficamente hablando, habría sido más efectivo mostrar al espectador ese momento en imágenes. Sin embargo, los irónicos comentarios de Alfred, entrometiéndose en la conversación de las dos hermanas, proporcionan a la escena el dinamismo perdido al prescindir de la acción, para sustituirla por palabras.

       “Margaret: ¡Es soltero! ¡Soltero! Ha mentido.
       Alfred: ¡Canastos! Sí que va a ser un gran día, sí.
       Anna: ¿Por qué dices eso?
       Margaret: ¡Porque es cierto! Estoy segura.
       Anna: ¿Cómo lo sabes?
       Margaret: Vi el informe de Scotland Yard en el despacho de Alfred.
       Alfred: ¡¿Quién te ha autorizado a fisgar los papeles de mi despacho?! ¡No tienes derecho a aprovecharte de tu condición de esposa para jugar con la seguridad del gobierno! ¡Te prohíbo que entres en mi despacho, si no te anuncias y estoy yo presente!
       Margaret: ¡Cállate, Alfred!”

       Este hábil manejo de los diálogos, junto a la brillante reacción de Ingrid Bergman, poniéndose como una furia, gritando y gesticulando encolerizada, sin atender a razones, hasta encerrarse en su habitación con un portazo, hacen que la secuencia funcione a la perfección como punto medio del desarrollo.



       El matrimonio formado por los Munson, Margaret y Alfred, prestan un doble servicio a la estructura del film; por una parte, funcionan como contrapunto a la pareja protagonista, el romance de Anna y Philip acaba de empezar y se están descubriendo el uno al otro, mientras que los Munson son un matrimonio veterano, acomodado en su rutina diaria y en la complicidad que proporcionan los años de convivencia; por otra parte, los Munson también permiten mostrar al espectador los sentimientos, los miedos y las convicciones de los protagonistas, al ejercer, con ellos, sus roles de confidentes. Anna comparte confidencias con Margaret mientras Philip lo hace con Alfred, ello permite mostrar al público de una forma más profunda cómo son los dos protagonistas en realidad. Algo que también sucede cuando Anna y Philip se cuentan, el uno al otro, en su primera cita, episodios de sus respectivas infancias que les marcaron y prepararon para la vida adulta.

       “Philip: Salí con un traje azul nuevo, me acerqué el violín a la barbilla y todos empezaron a reír. Al principio, sonrisas y después, carcajadas.
       Anna: ¿Se reían antes de que empezaras a tocar?
       Philip: Sí, antes.
       Anna: ¿Por qué?
       Philip: Porque soy zurdo. Parece ser que un violinista zurdo provoca la risa.”

       Posteriormente, Donen nos muestra una divertida escena en la que Anna regala a Philip un violín por Navidad y cuando éste se pone a tocarlo, ella se parte de risa.


       En la película aparece una tercera pareja, formada por los sirvientes de Anna, Doris y Carl Banks, ama de llaves y chófer, respectivamente. Los dos parecen respetar y sentir tanto cariño por su jefa, que no dudan en colaborar en la farsa que ella prepara para vengarse de Philip. Aunque ellos creen que se trata sólo de una broma inocente, el pobre Carl protagoniza un divertido momento, al resistirse a participar en la burla por miedo a que el Sr. Adams reaccione de forma violenta.

       “Carl: En mi juventud, he visto muchas comedias y los enamorados, en las escenas de celos, llevan un cuchillo o un revólver o un hierro de atizar el fuego. Al final, el más infeliz queda tendido en el suelo.
       Doris: Carl, eres un cobarde.
       Carl: Lo sé, siempre he sido cobarde.
       Doris: Yo me avergonzaría de confesarlo.
       Carl: Y me avergüenzo…”

       La relación entre Philip y Anna permite a Donen abordar con entera libertad la cuestión del adulterio —tema tabú en la Norteamérica de finales de los cincuenta—, porque, como en realidad Philip es soltero, dicho adulterio es falso, por lo tanto, no está teniendo lugar. De esa manera, el film puede hacernos llegar el mensaje de que, si el matrimonio está muerto y en vías de extinción, o sea, en proceso de divorcio, el adulterio es lícito. Postura que supondría un escándalo, si Philip estuviera verdaderamente casado. Cuando la película se estrenó en España, la censura no admitió este subterfugio y algunas escenas del romance de la pareja fueron directamente eliminadas, algo fácilmente reconocible, hoy en día, gracias a las diferencias en el doblaje.


       Respecto al tema del falso adulterio, hay que decir que resulta despreciable y cobarde la manera en la que Philip manipula a Anna desde el comienzo de sus relaciones.

       “Philip: Puesto que no tengo la menor intención de casarme, creo que lo más correcto es hacérselo saber desde el principio.
       Alfred: ¿Antes de que se enamoren?
       Philip: Sí, naturalmente, antes. Lo contrario no estaría bien. ¿Y cómo se lo hago saber? Si digo: no me casaré nunca. ¿Qué mujer cree que eso es verdad? Al contrario, es un desafío para ellas.
       Alfred: Entonces, ¿qué haces?
       Philip: Les digo que soy casado, aunque estoy tramitando el divorcio. Queda aclarada la situación y no puede haber ningún malentendido.”

       Poniendo de manifiesto que la aparente integridad de la que el personaje masculino presume es pura fachada, sólo los sentimientos de Anna son absolutamente sinceros. Además, Alfred tiene razón, el sistema de Philip es poco acertado para burlar el matrimonio, pues tarde o temprano el engaño terminará saliendo a la luz y no necesariamente cuando a él le convenga.

       “Alfred: Tiene que haber algún fallo en tu sistema, no acabo de saber qué es, pero, forzosamente, tiene que haberlo.
       Philip: ¿Por qué tiene que haberlo?
       Alfred: Puedes equivocarte. Crees que eres una excepción y la mayoría de los hombres se casan.”


       De hecho, en cuanto Philip cree tener un rival, no duda en rectificar y proponerle matrimonio a Anna. En la secuencia en la que Anna lo pone celoso, hablándole de David, y luego, lo rechaza sexualmente con la típica excusa del dolor de cabeza, el desconcierto, la confusión y la irritación del listillo de Philip, seguro que hacen reír a todas las mujeres del mundo y, en general, a todas aquellas personas que hayan sido burladas, como Anna, alguna vez.

       “Philip: Y demuestra poca delicadeza llamar a estas horas de la noche.
       Anna: Él sabe que no me acuesto hasta más tarde. ¡Uh!, perdona, he dicho una tontería, ¿verdad? Debes olvidarlo. Bórralo de tu mente.
       Philip: ¡Una noche que empezó tan bien y se ha convertido, de repente, en la más exasperante de mi vida!
       Anna: Tu vida no ha acabado aún.”

       Anna juega con él usando todas sus armas de mujer de mundo y de actriz consagrada, y lo hace con todo el derecho, puesto que fue él quien empezó a mentir. En realidad, si la historia se llama “Indiscreta” es por estar contada desde un punto de vista masculino, que hace responsable a Margaret de la crisis de la pareja, por haber fisgado en los papeles de su marido; cuando, lo cierto es que, si hubiera sido contada desde un punto de vista femenino, la cinta se habría llamado, algo así como, “Embustero”, y habría responsabilizado a Philip de haber puesto en peligro la relación. Aunque, hay que reconocer, en descargo de Philip, que el descarado empeño de Margaret en que su hermana y él se quedaran a solas, cuando acababan de conocerse, podría haber despertado en Philip el recelo de estar ante una “caza-maridos” y haber mentido para protegerse. Pero, aún así, es jugar sucio, puesto que no es justo culpar a Anna de las indiscreciones de su hermana.

       A pesar de que fuese realizado a finales de los cincuenta, el único aspecto del film que da la impresión de haber quedado demasiado obsoleto, en la actualidad, quizás sea la renuncia de Anna, por casarse con Philip, a todo aquello que conforma su vida —su trabajo en el teatro y su residencia en Londres—. Es difícil creer que una actriz famosa, admirada y envidiada por todos los que la conocen y que, como dice su hermana, es mucho más feliz cuando está trabajando, vaya a ser capaz de tomar una decisión tan drástica e injusta para ella, como es la de abandonarlo todo. Pero, claro, a finales de los cincuenta era algo natural y muy habitual que una mujer renunciara a su vida laboral para casarse. La misma Anna reconoce, en un momento del film, que casarse con Philip es la ilusión de su vida.

       En última instancia, la historia de amor narrada por Donen en “Indiscreta” parece querer alertarnos de que el amor es delicado como un bebé y, puesto que es lo único que nos hacer realmente felices, hay que cuidarlo con esmero. En un momento del film, Anna resume dicho mensaje, al afirmar: “… la felicidad es difícil de alcanzar”. Al enamorarnos, sentimos miedo a que nos rompan el corazón y tratamos de protegernos por todos los medios a nuestro alcance. Es una reacción natural, pero hay que tener cuidado y saber controlarla, porque supone jugar con fuego y poner en riesgo la relación. Los protagonistas románticos de esta película juegan al ratón y al gato durante toda la segunda parte del film, hasta que, por fortuna, logran que el éxito de sus recíprocos sentimientos, se imponga a todos los obstáculos que sus mutuos mecanismos de defensa han ido creando, ante un amor tan profundo que les desarma. El triunfo de los protagonistas es el triunfo de los sentimientos, algo inexorable tratándose de una comedia de Donen, y supone, además, el final más deseado por el público, en toda comedia romántica.

     

domingo, 29 de noviembre de 2020

SAKSMANÍA 3
     
“FLOR DE CACTUS” (1969) de Gene Saks
    

       Tercera película de Gene Saks, en la que vemos florecer a una Ingrid Bergman, en 
plena madurez, sorprendiendo y descolocando al cínico Walter Matthau, con un amor inesperado, que siempre estuvo ahí, aunque él no pudiera verlo. En esta comedia de enredo, Saks nos habla, una vez más, de las complejas relaciones humanas, esta vez, con  una historia de amor maduro, entre un mujeriego y una mujer encerrada en sí misma, que termina abriéndose como una flor, dispuesta a aprovechar el tiempo perdido.

       Julian Winston (Walter Matthau), un dentista con miedo al compromiso, tiene una relación con Toni Simmons (Goldie Hawn), una chica bastante más joven que él, a la que ha hecho creer que está casado y tiene tres hijos, para que no lo presione con el matrimonio. Sin embargo, cuando Toni, celosa de su mujer, intenta suicidarse —algo que no consigue, gracias a la rápida intervención de su joven vecino, Igor Sullivan (Rick Lenz)—, Julian, conmovido, decide casarse con ella. Y para tranquilizar los escrúpulos de conciencia de Toni, Julian persuade a su enfermera Estephanie Dickinson (Ingrid Bergman) para que se haga pasar por su mujer y la convenza de que ella también desea el divorcio. La Srta. Dickinson, enamorada en secreto de Julian, se mete tanto en el papel de Sra. Winston, que Toni termina creyendo que sigue enamorada de Julian. De manera que, Julian opta por seguir mintiendo y pide a su amigo y paciente, Harvey Greenfield (Jack Weston), que se haga pasar por el amante de su mujer. El plan de Julian es llevar a Toni a un local de moda, donde Harvey y Estephanie se harán los encontradizos con ellos; pero el irrespetuoso Harvey lo echa todo a perder, citándose allí, al mismo tiempo, con su verdadera novia y poniendo a Estephanie en una situación muy humillante. Toni, conmovida, pide a Julian que acompañe a su mujer a casa y éste, contrariado por no poder pasar la noche con Toni, paga su frustración con la pobre Estephanie, culpándola de haberlo estropeado todo con sus prejuicios contra los hombres y su miedo a vivir. Después de que Julian acompañase a casa a su mujer, Toni piensa que se acostó con ella, y, para quitarle esa idea de la cabeza, Julian inventa otra mentira, que Estephanie es ninfomaníaca y que su matrimonio siempre ha sido un infierno. Por su parte, la Srta. Dickinson, decidida a hacer caso a su jefe, atreviéndose a vivir, acepta salir con el Sr. Sánchez —paciente de la clínica— y lo lleva al mismo local de la noche anterior, donde se encuentran con Julian y Toni, que han salido en compañía de Igor. Éste y Estephanie hacen buenas migas en la pista de baile, lo que provoca los celos de Julian y de Toni, que abandonan el local muy molestos. Al día siguiente, ambos tratan de averiguar si Estephanie e Igor se han acostado. Indignada por el agresivo interrogatorio de su jefe, Estephanie termina renunciando a su puesto, pero, antes de desaparecer de la vida de Julian para siempre, decide aclararlo todo, contándole a Toni la verdad y pidiéndole que perdone a Julian. Sin embargo, Toni tiene sus propios planes con Igor, por lo que provoca la ruptura con Julian, haciéndole creer que Igor es su amante desde hace tiempo. Julian se emborracha y termina durmiendo la mona en el sillón dental. Y ahí se lo encuentra Estephanie cuando va a la clínica, por la mañana, a recoger su cactus.


       “Flor de cactus” fue la primera de las películas de Gene Saks cuyo argumento no se basaba en una obra de Neil Simon ni su guión estaba escrito por él. El guionista fue nada más y nada menos que uno de los grandes colaboradores de Billy Wilder, I. A. L. Diamond, quien realizó una divertida adaptación de la obra de teatro de Abe Burrows, a su vez, basada en una obra francesa de Pierre Barillet y Jean Pierre Grédy. Diamond había trabajado como escritor para varias de las majors de la época dorada de Hollywood, Paramount, Universal, Warner Brothers, Twenty Century Fox, antes de independizarse y de comenzar a trabajar, en 1957, con Billy Wilder, con quien colaboraría durante veinticinco años. La especialidad de Wilder y Diamond eran los diálogos entre personajes inteligentes e ingeniosos que se pasaban el tiempo peleando de una forma bastante educada. Es lo que les sucede, en la película, al dentista Julian y a su enfermera Estephanie, ambos trabajan juntos desde hace diez años, se llevan bien y, aunque no suelen ponerse de acuerdo en casi nada, no pueden pasar el uno sin el otro.


       “Julian: Es como una esposa, una buena esposa. Abnegada, competente, se ocupa de todas mis cosas durante el día. Y, por la noche, se va a casa. A su casa. Y yo, sin problemas ni cuidados, me voy con mi novia. Mi vida está arreglada como a mí me gusta.”

       Obsérvese que la descripción de una buena esposa, por parte de Julian, se corresponde exactamente con la que cualquiera haría de una madre, algo que él mismo corrobora, después, veladamente:

       “Harvey: ¿Te piensas casar?
       Julian: ¿Casarme? ¿Quién piensa en eso?
       Harvey: Hombre, si tu novia te hace sentir así…
       Julian: Mi novia me hace sentir así, porque es mi novia, pero nunca sentiría lo mismo por una esposa.”

       El humor de Diamond, inteligente y ambiguo, juega, durante toda la película, con el doble sentido y el subtexto en unos diálogos ocurrentes y sarcásticos, pronunciados por unos personajes que ocultan sus verdaderos sentimientos con tanta destreza que no solo logran engañar a los demás, sino también a sí mismos.



       “Estephanie: Que le quiera es lo principal, no deseo que termine desesperado o amargado.
       Toni: Oh, comprendo, sobre todo después de un matrimonio tan infeliz.
       Estephanie: ¡No fue tan infeliz nuestro matrimonio! Al fin y al cabo, ha durado diez años y hemos…
       Toni: Observo que no lleva anillo…
       Estephanie: Cuando una cosa ha terminado, ha terminado. Espero que tenga usted más suerte con Julián de la que tuve yo.”

       Diamond obtendría un gran éxito por su trabajo en solitario en este film, siendo nominado al premio de Writers Guild of America a la mejor comedia adaptada. No en balde, la película llegó a ser la séptima película más taquillera en 1970, en los Estados Unidos. La película escrita por Diamond es una comedia romántica, ambientada en los años sesenta, cuya estructura se basa en un enredo, provocado por las interminables mentiras del doctor Winston. La estética, la moda, la música de Quincy Jones e incluso la moral reflejada en el film evidencian la gran influencia sesentera en el guión de Diamond y en la dirección de Saks, quien disfrutaba recreándose en reflejar la vida de Nueva York en sus películas, casi tanto como Woody Allen. Los personajes de Saks, como los de Allen, van al cine, pasean por las calles de la ciudad, charlan mientras comen helados o perritos calientes y salen de copas o van a bailar a locales de moda. Y también Gene Saks, lo mismo que Allen, solía mostrar los conflictos emocionales de sus personajes plenamente integrados en la vida neoyorquina, sobre todo, en la vida nocturna.


       En el año 2011, el director Dennis Dugan realizó una versión, algo mediocre, de “Flor de cactus”, titulada en España, “Sígueme el rollo”, protagonizada por Jennifer Aniston y Adam Sandler. Esta versión apenas tiene nada que ver con el argumento original y renuncia a la elegancia de la película de Saks y a cualquier intento de diálogo ingenioso, para recurrir al humor fácil y al slapstick escatológico; por desgracia, tan habitual hoy en día, en la mayoría de comedias.

       La banda sonora de Quincy Jones fue nominada al Globo de Oro a la mejor canción por: “The times for love is anytimes” (El momento del amor es en cualquier momento), interpretada por la voz aterciopelada de Sarah Vaughan con una dulzura y un romanticismo conmovedores. La canción nos habla de la atemporalidad del amor, que puede surgir en cualquier etapa de la vida, si tu corazón está preparado. Según la canción de Jones, algunas flores tardan en florecer, pero son las que duran más tiempo, porque sólo se abren cuando alguien las hace despertar.

       Estephanie Dickinson florece, de repente, gracias a que Julian Winston comienza a prestarle atención. Estephanie ha cuidado su cactus con mimo durante mucho tiempo, hasta que al fin lo ha visto florecer y también ha cuidado de Julian durante diez años, hasta que al fin él ha reconocido sus sentimientos por ella.

       “Julian: Es una cosa curiosa, me parece que siempre ha sido mi mujer. Podemos evitar la molestia de casarnos.
       Estephanie: Bueno, es una cuestión de fórmula.”


       Julian y Toni creían amarse, pero descubrirán que a veces el amor nos juega malas pasadas, haciéndonos confundir con amor lo que no es más que una mera atracción. Curiosamente, serán las mentiras de Julian, las que consigan sacar a la luz los verdaderos sentimientos de los protagonistas. Con un efecto bola de nieve, cada mentira de Julian da lugar a una nueva mentira, hasta que la farsa llega a alcanzar tal dimensión que los arrastra a todos en una avalancha de emociones desatadas, que los obligará a enfrentarse con la verdad cara a cara.

       La diferencia de edad en las relaciones amorosas es tratada, en el film, como algo que no tiene importancia en sí misma, pero que termina cayendo por su propio peso. Julian le regala una estola de visón a la atolondrada Toni, que se muere por unos pantalones de cuero negro. Y Toni lleva a Julian a bailar música moderna, cuando él se muere por sentarse tranquilamente a tomar una copa.

       “Julian: Me han dejado tirado. Baile usted con ella.
       Igor: Anímese, cualquier día el foxtrot se vuelve a poner de moda.”

       Al ponerse la estola, Toni parece una niña pequeña jugando con el visón de su madre y Julian no sabe cómo hacer que su cuerpo encaje con una música que sólo le genera confusión. Cada generación tiene sus gustos y costumbres, es difícil adaptarse a una categoría social a la que no se pertenece, con ideas y experiencias diferentes y con una cultura que no se parece en nada a la nuestra. Esta distancia generacional irá enfriando los sentimientos entre Julian y Toni, hasta el punto, de que ya ninguno de los dos desea casarse con el otro, aunque ninguno lo declare abiertamente. Será Estephanie la que los libere a ambos, revelando la verdad para que puedan empezar de cero. Por supuesto, Julian y Toni terminarán rompiendo, como no podía ser de otro modo, con una nueva mentira.




       La elegante y natural vis cómica de Ingrid Bergman, cuyo talento no se prodigó 
demasiado en el género de la comedia, brilla en este personaje cómico de sufrida y apasionada mujer madura, enamorada de su jefe, que decide sacudirse el polvo y volver a experimentar la vida con intensidad, al descubrir que él va a casarse con una chica mucho más joven. El personaje de Estephanie Dickinson, que ya había sido interpretado en Broadway por Lauren Bacall, actriz elegante y divertida donde las haya, es el personaje más inteligente del film, pues sabe que todas esas mentiras, que ha ido hilvanando su jefe, son un error, pero, aún así, se presta a ellas para ayudar al hombre que ama, aunque eso suponga renunciar a él de forma definitiva. La interpretación de Bergman, siempre con sus maneras de gran dama, logra conmovernos y hacernos reír, al prestarse sin complejos a encarnar a esta mujer digna y eficiente, que decide soltarse la melena para demostrar al hombre que ama, que ella es mucho más que esa inflexible solterona que todos creen. Personaje inolvidable en la carrera de la actriz, por cuyo divertido trabajo sería nominada como mejor actriz de comedia al Globo de Oro. Premio que Ingrid Bergman ya había ganado en 1959, como mejor actriz principal, por la comedia “Indiscreta” (1958) del director Stanley Donen, donde la Bergman ya nos sorprendía con sus divertidas dotes para la comedia, y en la que su personaje también tendría que vérselas con un “maldito soltero casado” —forma en la que Toni se refiere a Julian—.

       Por su parte, Goldie Hawn realizó una impecable interpretación de la ingenua y cabezota, Toni Simmons, desplegando todo un abanico de simpáticas y encantadoras muecas que hacen que su personaje, en este film, nos recuerde al adorable canario Piolín de la serie de dibujos animados Looney Tunes. La jovencísima actriz ganó el Oscar, el Globo de Oro y el David de Donatello como mejor actriz secundaria por su trabajo en “Flor de cactus”, siendo nominada, además, al Bafta. Su aspecto de jovencita indefensa y sexi, unido a la espontaneidad y frescura que aporta a su personaje, resulta de lo más gracioso. El idealismo del que Toni presume constituye en sí mismo una herramienta para el humor, porque, aunque el personaje de Toni defienda la sinceridad por encima de todo, se engaña a sí misma, engaña a Igor, a Julian, e incluso a la supuesta mujer de éste, afirmando que desea casarse con Julian, pues lo cierto es que desde la obertura del film, Toni se siente atraída por Igor y esa atracción la lleva a poner un montón de impedimentos al matrimonio con Julian; negándose, además, a volver a mantener relaciones sexuales con él, aduciendo cada vez los motivos más absurdos.



       “Toni: No, ahora, no.
       Julian: ¿Por qué ahora no?
       Toni: Igor está ahí al lado, oye todo lo que pasa.
       Julian: Igor estaba ahí al lado siempre.
       Toni: Sí, pero yo no le conocía.”

       En cuanto a Walter Matthau, su personaje del dentista Julian Winston pertenece a esa larga lista de sinvergüenzas y cínicos farsantes encarnados a la perfección por el actor. Matthau se preparó el aspecto profesional del personaje con meticulosidad, dando la impresión de ser un auténtico dentista y ese rasgo profesional es lo único que da cierto toque de respetabilidad a un personaje con una conducta tan poco escrupulosa, moralmente, en lo que se refiere a las mujeres. Julian, aparte de ser un mujeriego canalla, es algo peor, es un hombre que posee una visión bastante sexista de la etapa de madurez del ser humano; para él, que un hombre en la plenitud de su desarrollo se relaciona con una chica mucho más joven, es algo normal; pero si es una mujer la que lo hace, entonces, es ridículo.

       “Julian: Comprenda que es grotesco, una mujer de su edad salir con un jovenzuelo como ése...
       Estephanie: ¿Y qué me dice de sus paternales relaciones con esa cría? Si cree que no resulta ridículo…
       Julian: Un hombre es diferente. Si un hombre mayor sale con una mujer más joven no llama la atención, pero si la cosa es al revés…”

       Afortunadamente, la réplica de Estephanie, que defiende sus derechos sin ofender a nadie, zanja la cuestión con toda elegancia:

       “Estephanie: Usted tiene sus ideas y yo las mías.”



       Pero, aunque la opinión de Julian Winston resulte algo machista, el punto de vista de la película, respecto a esta cuestión, se posiciona claramente del lado de la mujer, tirando por tierra el arcaico concepto de “solterona”, que tradicionalmente solía aplicársele a cualquier mujer madura que no estuviera casada. Curiosamente, en el film el término peyorativo de “solterona” es usado sobre todo por mujeres —no por hombres—, incluso Toni, siendo una chica muy liberal, se refiere a la Srta. Dickinson como “una de esas típicas solteronas, probablemente enamorada de su jefe” y la misma Estephanie, con un profundo patetismo, se aplica a sí misma ese odioso apelativo, ante el hombre del que está enamorada, “francamente, no había proyectado quedarme solterona.”

       Precisamente, la película trata de reivindicar el derecho de las mujeres a vivir su madurez en plenitud y libertad, sin complejos ni represiones, floreciendo conforme a los propios sentimientos, sin importar la edad. La propia Estephanie, enamorada sin esperanzas de su jefe, decide florecer para disfrutar de su feminidad y vivir intensamente, antes de llegar al ocaso.

       “Julian: ¿Sabe lo que he hecho? He creado un monstruo, eso he hecho.
       Estephanie: No, doctor Frankenstein, esta no es creación suya. Esta soy yo, yo, experimentando cosas nuevas, cosas que nunca había hecho y divirtiéndome como una loca.”

       Bajo ese aspecto de eficiencia y frialdad, que mostraba la Srta. Dickinson en la clínica, se ocultaba una mujer divertida, apasionada e interesante pugnando por salir, una mujer que despierta de su letargo al representar el papel de señora de Julian Winston y descubre que le gusta divertirse, conocer gente, beber y bailar. Y no le importa lo que piensen los demás al respecto, porque no piensa parar.


       Los tres secundarios masculinos de la película contribuyen a ensalzar el atractivo de la Srta. Dickinson ante Julian, logrando despertar sus celos y haciéndole descubrir sus verdaderos sentimientos por ella. Por una parte, el morboso Harvey Greenfield, encarnado por el graciosísimo Jack Weston, que únicamente está interesado en meterle mano a Estephanie, a la que llama “Sargento”, porque siempre se muestra implacable ante sus alusiones de carácter sexual.

       “Harvey: El otro día leí en una revista que un dentista de Nueva Jersey tiene enfermeras sin uniforme por arriba.
       Estephanie: No sabía que le interesara la lectura.”


       Por otra parte, el Sr. Sánchez (Vito Scotti), diplomático sudamericano, que persigue con insistencia los favores sentimentales de Estephanie, con una clase y un respeto que despiertan en ella, si no la correspondencia a sus deseos, al menos, sí, su simpatía. La comicidad de Sánchez reside en la caradura con la que contempla el adulterio.

       “Estephanie: ¿Nos acompañará su mujer?
       Sánchez: ¿Mi mujer? No le gustaría a usted, a nadie le gusta. ¿Qué le parece el viernes, después de venir aquí?
       Estephanie: Sr. Sánchez, no puedo, usted es un hombre casado.
       Sánchez: Señorita, no lo entiendo. Si soy un hombre casado es asunto mío, eso no tiene nada que ver con usted. A mí no me importaría que usted estuviera casada.”


       Estephanie elige la mano que le tiende el Sr. Sánchez para florecer, cual Cenicienta tardía, pero saldrá huyendo con el joven Igor, más atractivo y simpático que el bajito Sr. Sánchez. Igor Sullivan, el joven escritor vecino de Toni, al que Julian no soporta por entrometerse constantemente en la vida de su novia —y, después, también en la de su mujer— y por recordarle ese vigor juvenil ya perdido. Julian siente celos de Igor por partida doble y sabe que es un chico muy desenvuelto y muy atrevido, lo que cual le enfurece. Igor es el que más consigue acercarse a Estephanie, a la que considera una mujer estupenda, con la que enseguida conecta, estableciéndose entre ellos, de forma espontánea, una simpatía mutua, nacida, quizás, del interés de ambos por despertar los celos de Toni y de Julian, respectivamente:


       “Igor: No nos pongamos neuróticos por la edad. Es usted una señora muy sexi.
       Estephanie: Soy una vieja sexi.
       Igor: Bien, escapémonos y vivamos de su pensión.”

       En cuanto Toni y Julian ven bailando juntos a Igor y a Estephanie se ponen tan celosos, que ni siquiera se molestan en disimular el uno con el otro.

       “Julian: La verdad es que tu célebre escritor me parece un bailarín muy ordinario.
       Toni: ¿Mi escritor? Es tu mujer la que se está incrustando contra él. Cuando pienso en todo lo que he hecho por ella…
       Julian: ¡Eh! ¿Te has fijado? Acaba de besarla en el cuello.
       Toni: Le gusta darte celos, ¿eh?
       Julian: ¡Claro! ¿Verdad que sí?”


       Estos tres secundarios protagonizan, cada uno por separado, situaciones cómicas en distintos momentos del film y aparecen al mismo tiempo en la hilarante secuencia de la sala de fiestas, en la que vemos a Ingrid Bergman bailando según la moda de los sesenta, con una gracia y una desenvoltura tales que, el eslogan de esta comedia, emulando al de “Ninotchka” —cuando anunciaba: “Garbo ríe”—, bien podría haber sido “Bergman baila”. En esta secuencia, coinciden, por azar, en la sala de fiestas, todos los personajes que han intervenido en la red de mentiras ideada por Julian e interpretada por Estephanie, que, en su ingrato rol de ninfomaníaca, provoca de forma inocente una situación sumamente cómica, escandalizando a Toni, a pesar de su falta de prejuicios e incluso a la desvergonzada novia de Harvey, que se asombra de la supuesta promiscuidad del matrimonio Winston:

       “Harvey: Es la mujer del dentista.
       Georgia: Entonces, la que está con el dentista…
       Harvey: Su novia.
       Georgia: ¡¿Tiene mujer y tiene novia?!
       Harvey: Es mejor que tener dos mujeres.
       Georgia: ¿Quién es el hombre que está con la Sra. Winston?
       Harvey: Su nuevo amigo.
       Georgia: ¿Y el que está con el Sr. Winston y su novia?
       Harvey: Será el amigo de su novia.
       Georgia: ¡Todo esto lo encuentro escandaloso!”


       Nuestro dentista, al ver florecer a su eficiente enfermera, termina por creerse sus propias mentiras y se siente como un marido celoso, que ve cómo su mujer lo pone en ridículo ante todo el mundo. Asimismo, Estephanie, enamorada de Julian, disfruta representando el rol de su esposa, porque, en el fondo, siempre se ha sentido un poco como si lo fuera.

       “Julian: ¿Qué pasó allí, en mi estola de visón, bueno, en la playa? ¡Quiero saberlo!
       Estephanie: ¿Con qué derecho?
       Julian: El de un marido. Permítame recordarle que aún es mi mujer.
       Estephanie: ¡Ya no! ¡Quiero el divorcio!”

       Podría decirse que, entre los dos, han creado, sin proponérselo, una mentira que es más auténtica, para ellos, que la verdad. Porque, como dice la canción de Quincy Jones, “cuando tu corazón esté listo, encontrarás esa primavera… Ésa es la maravilla atemporal del tiempo para el amor”.