Mostrando entradas con la etiqueta Gloria Grahame. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gloria Grahame. Mostrar todas las entradas

jueves, 12 de febrero de 2026


LANGMANÍA 3

LOS SOBORNADOS (1953) de Fritz Lang
   

       Lang nos ofrece un relato descarnado del precio que debe estar dispuesto a pagar un ser humano íntegro por enfrentarse a una sociedad corrupta. El director parece plantear al espectador la pregunta de si, realmente, merece la pena salir malparado por exponerse a la violencia de un sistema podrido, imposible de regenerar, o si es preferible mirar para otro lado. ¿Ser un conejo asustado o un héroe solitario?
     
       El policía Tom Duncan se suicida dejando una carta dirigida al fiscal del distrito con información sobre los negocios del gánster Mike Lagana (Alexander Scourby). Su mujer, Bertha (Jeanette Nolan), oculta la carta con la intención de chantajear a Lagana. El sargento Bannion (Glenn Ford), encargado de investigar el suicidio de Duncan, interroga, respectivamente, a su viuda y a su amante, Lucy Chapman (Dorothy Green), cuyas declaraciones se contradicen. Cuando Lucy aparece asesinada, al estilo de la mafia, Bannion sospecha que Duncan escondía algo turbio. Sobre todo cuando sus superiores le ordenan dejar el caso de Lucy en manos del Sheriff del condado. Como, pese a todo, Bannion continúa con la investigación, es amenazado por un matón que insulta a su mujer (Jocelyn Brando). Bannion, furioso, se presenta en casa de Lagana y le acusa del crimen de Lucy. A la noche siguiente, una bomba hace explotar su coche y su esposa muere. Destrozado por el dolor y lleno de odio, Bannion acusa al comisionado Higgins (Howard Wendell) de estar a las órdenes de Lagana y entrega su placa, dispuesto a investigar en solitario el crimen de su mujer. Lagana responsabiliza a su mano derecha Vince Stone (Lee Marvin) de que Bannion siga vivo, por haber delegado su muerte en el inútil de Larry Gordon (Adam Williams). Vince se ofrece a encargarse personalmente, pero, con las elecciones tan próximas, Lagana prefiere no llamar la atención. Las pesquisas de Bannion le conducen hasta el bar El Retiro, donde trabajaba Lucy Chapman, en busca de un tal Larry. Una vez allí, Bannion se enfrenta a Vince Stone por agredir a una chica. Y éste, obedeciendo la orden de Lagana de pasar desapercibido, se marcha dejando tirada a su novia, Debby March (Gloria Grahame). Ésta, fascinada por el coraje de Bannion, trata de seducirlo y termina marchándose con él a su hotel. Pero Bannion solo está interesado en sacarle información. Vince, al enterarse de que Debby ha estado con Bannion, le desfigura la cara con café hirviendo. Lagana ordena la muerte de Debby, pero ésta consigue huir y Bannion la oculta. Agradecida, Debby le dice dónde encontrar a Larry Gordon. Sorprendido por Bannion, Larry confiesa que fue Vince quien le ordenó matarlo y quien asesinó a Lucy Chapman. Inmediatamente después, Larry es asesinado y Vince recibe la orden de secuestrar a la hija de Bannion para neutralizarlo. Sin embargo, compañeros del ejército de su cuñado y sus colegas del departamento protegen a la niña. Mientras tanto, Bannion, convencido de que Duncan debió dejar a su esposa documentos que incriminan a Lagana, casi estrangula a la viuda para conseguirlos, pero se contiene. En cambio, Debby no duda en matar a la Sra. Duncan para que todos los delitos de Vince salgan a la luz. Después, le tiende a éste una emboscada para quemarle la cara y Vince le dispara. Bannion trata de arrestar a Vince y se produce un tiroteo; en el transcurso del cual, Dave tiene la oportunidad de matar a Stone. Pero el sacrificio de Debby le ha devuelto su fe en la humanidad y renuncia a la venganza.



       El guión de Sidney Boehm, periodista de sucesos, basado en la novela The big heat de William P. McGivern —inspirada, a su vez, en hechos reales ocurridos a finales de los cuarenta en Filadelfia—, recibió el Premio Edgar Allan Poe de 1954 al mejor guión de largometraje; premio que compartió con el citado autor de la novela.
       Poseedor de unos diálogos extraordinarios, un ritmo ágil lleno de intriga, giros inesperados, brutalidad, odio y venganza, el guión refleja la eterna lucha entre el mundo del crimen organizado —a menudo sostenido por la codicia de los estamentos públicos— y el deseo de justicia y la integridad de algunos ciudadanos, representados en la película por un honesto sargento de policía del departamento de homicidios. El empeño del protagonista por realizar su trabajo de una forma honrada, a pesar de la corrupción que le rodea, desata una oleada de crímenes, tras los cuales llega la calma con la caída de dicha organización. Sin embargo, mientras que la vida del policía ya nunca volverá a ser la misma, en la ciudad nada cambia, porque siempre habrá otros criminales dispuestos a transgredir la ley o la moral para enriquecerse. En ese sentido, el triunfo del policía sobre los gánsteres, obtenido a un precio tan lleno de pérdidas y daños, se convierte en una victoria pírrica, que en la práctica resulta casi una derrota.

       «Gus: Ningún hombre es una isla. No puede enfrentarse al mundo y salir bien librado.»

       Lang parece coincidir con la afirmación de esa famosa frase que dice: «Ninguna buena acción queda sin castigo», y es que a menudo un comportamiento honesto genera críticas, envidias y recelos, en lugar de agradecimiento y admiración. El sargento Dave Bannion es molesto porque se niega a mirar para otro lado, como hacen sus compañeros de departamento, y esa honestidad y esa tenacidad suya a la hora de combatir a los delincuentes les hace avergonzarse de sí mismos.


       «Bannion: ¿Se ha quejado ella?
       Wilks: Alguien lo hizo. No ha sido correcto molestar a la viuda de un policía por los amoríos de su esposo.
       Bannion: Correcto o no fue mi decisión.
       Wilks: Usted olvida una cosa, soy yo quien recibe las llamadas de arriba y quien debe dar explicaciones. No es posible dirigir esta oficina hiriendo los sentimientos de la gente.
       Bannion: ¿Quiere que suba yo a dar explicaciones?
       Wilks: Usted, no. Usted es molesto por instinto. »

       El alegato de Lang en Los sobornados se dirige contra el mundo del crimen y contra todos aquellos que miran hacia otro lado, que constituyen la mayoría de la sociedad. La gente se conforma con las imposiciones de los poderosos sin cuestionarlas, para no tener problemas, por miedo a perder lo que tienen o a salir malparados. Los inconformistas suponen un problema, ya que remueven las aguas y las aguas revueltas pueden salpicar a cualquiera.

       Lang con su eterno fatalismo nos muestra que el crimen siempre perdura y que, tras Lagana, vendrá otro gánster que ocupará su lugar. No obstante, también deja una puerta abierta a la esperanza, porque también habrá siempre otros Bannions, dispuestos a seguir luchando por la justicia, y, por supuesto, también ellos pagaran un alto precio. Pero no hay que olvidar que, aunque Bannion haya perdido a su esposa en su lucha contra Lagana, ha conseguido algo importante, limpiar la ciudad en la que crecerá y vivirá su hija. Y Lang se encarga de hacernos saber que, pase lo que pase, seguirá haciéndolo durante toda su vida.


       «Bannion: ¡Si tuviera juicio devolvería mi placa!
       Katie: Tu gran problema, cariño, es que te mortificas a ti mismo desde todas partes, como los mosquitos. Tú no deseas dejar el departamento en absoluto.
       Bannion: ¿Y qué debo hacer entonces? ¿Aferrarme a mi trabajo? ¿Limitarme a cumplir lo que se me ordena temiendo mirar a derecha o izquierda para no ver lo que ellos no quieren que vea?
       Katie: Si lo haces, vas a tener problemas conmigo. Sigue como hasta ahora y no aceptes ninguna imposición.
       Bannion: Eso quería oírte decir.»

       A través de Los sobornados, Lang analiza la integridad de las estructuras políticas, jurídicas y policiales, cuestionando la pureza de los ideales americanos. Para Lang, bajo los valores democráticos, se esconde toda una cultura del odio, que se manifiesta en aquellos momentos en los que, con la excusa de hacer justicia, se persigue la venganza. Esta actitud le generó fama de director conflictivo e incómodo ante los Estudios, lo que con el tiempo provocaría que Lang se marchara de Hollywood, a finales de los años cincuenta. Hecho que, para algunos, marcaría el comienzo del declive del cine negro americano.


       Para desarrollar este thriller policíaco de cine negro, Lang se apoyó en tres fuertes pilares: Por una parte, un intenso y dinámico ritmo narrativo con el que consigue atrapar al espectador durante todo el metraje mediante una acción incesante y cargada de dramatismo. Por otra parte, la identificación del espectador con el protagonista, lograda a través de la muerte de su mujer por una bomba que iba dirigida a él. Bannion tiene la simpatía del público desde ese momento y, haga lo que haga, ya nunca la perderá. El público percibe a Bannion como un héroe comprometido de forma personal contra una peligrosa e inhumana organización que merece ser destruida. Por último, el tercer punto de apoyo de la película lo constituyen las inolvidables mujeres del film, mujeres fuertes, perfiladas con maestría por Lang, mujeres que hacen de Los sobornados una película única, de gran dureza e impacto: La encantadora y malograda esposa de Bannion, la alocada Debby, transformada en ángel de venganza tras la desfiguración de su rostro, la fría y avariciosa Bertha Duncan y la valiente y solidaria Srta. Parker, dispuesta a jugárselo todo por ayudar al policía a encontrar al asesino de su esposa.

       Lang poseía un enorme talento para presentar las características principales de los personajes desde su aparición en pantalla, usando tan solo unos pocos planos. La indiferencia con la que reacciona Bertha Duncan al descubrir el cadáver de su esposo, de bruces sobre el escritorio cuando se acaba de volar la tapa de los sesos, es de una frialdad estremecedora. Lang sabe que no hace falta añadir nada más para que el espectador sepa que la Sra. Duncan es una mujer insensible y calculadora, que sólo se preocupa de sí misma. Todo lo contrario que la esposa de Bannion, llena de simpatía y complicidad hacia su marido en su primera aparición en pantalla.


       «Bannion: No sé cómo puedes comprar bistecs con mi sueldo. En el departamento no lo creen.
       Katie: Diles que te casaste con una rica heredera.
       Bannion (Riéndose): Eso es.
       Katie: El año que viene cuando Joyce vaya al jardín de infancia, tendrás que despedirte de los bistecs hasta que acabe la Universidad. A no ser que te hayas convertido en el jefe de la policía.
       Bannion: Será inevitable.
       Katie: Naturalmente…»

       En cuanto a Debby March, la supuesta mujer fatal de la película, en el primer plano en el que aparece ya se muestra bella y arrebatadora, al tiempo que poseedora de una traviesa ironía respecto a su novio, el matón Vince Stone, del que siempre se burla.

       «Debby (Hablando por teléfono): Claro, Sr. Lagana, siempre me divierte decirle a Vince que usted le llama. Me gusta verle pegar un brinco. ¡Vince!... ¡Es él! (Hace un especie de reverencia para indicar que se trata de su “alteza real”.)»


       De las mujeres que ayudan a Bannion, la Srta. Parker (Edith Evanson) quizás sea, por su vulnerable aspecto, la más conmovedora de todas. Se trata de una mujer coja y entrada en años, que da la impresión de estar sola e indefensa en el mundo y que, aunque teme perder su empleo, se niega a guardar silencio. Lang nos la presenta en un segundo plano, trabajando sobre su escritorio sin prestar atención a lo que están hablando Bannion y su jefe, pero cuando oye a Bannion hablar de la muerte de su esposa, la vemos reaccionar, incluso parece que vaya a decir algo, pero se calla. Luego va tras Bannion para decirle lo que sabe y con su pequeño acto de valor proporciona a nuestro héroe la primera pista que le llevará hasta los asesinos.


       «Srta. Parker: El Sr. Atkins podría verme… No es mala persona. No hay mucha gente que diera trabajo a alguien como yo. Es sólo que está asustado. Y yo también. Hubo un hombre que vino a ver a Sline hace más de dos semanas. Tuvieron una larga conversación en el patio.»

       Este tipo de mujer, físicamente débil, que se arriesga a hacer lo correcto, sirve a Lang para acentuar en el film la valentía de las mujeres frente a la cobardía de hombres hechos y derechos que deciden no hacer nada.

       «Bannion: Es usted un embustero.
       Atkins: No debe insultarme, amigo. He dicho que no sé nada y así es como son las cosas.
       Bannion: ¿Sabe? Yo conozco muy bien a los de su especie desde hace diez años. Conejitos asustados que nunca ven nada. No arriesgaría su gordo pescuezo por nadie, ¿verdad?
       Atkins: Exacto. Porque es mi gordo pescuezo.»

       Para su director, Los sobornados, que fue un éxito de taquilla en el año de su estreno, es una historia de odio, crimen y venganza. El sentimiento del odio es el motor que impulsa al protagonista a vengarse de los criminales que destruyeron su familia. El odio y la venganza son motores muy poderosos que estimulan la acción de la trama de una forma incesante, llena de una violencia física y verbal inusual para su época, pese a que el Código Hays de censura implantado por los Estudios siguiera vigente. Pero se trata de una violencia brutal expresada de forma elegante, creemos ver la explosión del coche de Bannion, pero no la vemos; creemos ver a Vince quemando con el café hirviendo el rostro de Debby, pero no lo vemos. Todo sucede fuera de plano. La violencia que se muestra es fría, incluso sádica en el caso de Vince Stone, pero nunca sangrienta ni desagradable de ver. Además es una violencia compartida tanto por el policía protagonista como por los delincuentes. Bannion es, desde el principio del film, violento e impulsivo ante las amenazas y las bravatas de los granujas a los que se enfrenta. Le mortifica tener que ceder ante sus provocaciones y le enfurece tener que bajar la cabeza por las imposiciones de sus superiores.


       «Bannion: ¿A quién llamaba?
       Tierney: A mi madre.
       Bannion: ¿Prefiere que vayamos a la comisaría?
       Tierney: No me asuste, sargento. Cinco minutos después de llegar allí, será usted quien conteste a unas preguntas.
       Bannion: Coja la chaqueta.
       Tierney: Claro… Sólo que alguien querrá saber por qué mete las narices en un caso del Condado. ¿Por qué no deja de molestar a la gente después de habérselo dicho ya una vez?
       Bannion: Usted recibe pronto las noticias, ¿no?
       Tierney: Paloma mensajera especial. ¿Quiere todavía que le acompañe?
       Bannion: No, hoy no. Cuando tenga las preguntas suficientes para cerrar este asunto. Dígaselo a su madre.»

       La película ilustra la manera en la que un policía, por muy íntegro que sea, se ve arrastrado a usar métodos poco escrupulosos a la hora de relacionarse con delincuentes desprovistos de toda humanidad. Lang, a través de la personalidad de su protagonista, dibuja secuencia a secuencia la fina línea que separa al policía del criminal. Bannion está a punto de traspasar esa línea en varias ocasiones, debido a su impulsividad, al odio que siente y a la violencia que le rodea. Bannion es un tipo duro ya desde el inicio de la película, antes de que su esposa muera, le vemos usar la violencia para mantener a raya al matón de Lagana cuando éste pretende echarle por la fuerza de la mansión del gánster; contestar con agresividad a su esposa porque se siente frustrado y despreciar a sus jefes por querer obligarle a mirar para otro lado. Bannion es un tipo duro intachable, pero temperamental y, ante el cinismo de los criminales, se exaspera y pierde los papeles. Por esa razón, casi estrangula a la viuda Duncan y casi dispara contra Vince cuando lo tiene a su merced. El riesgo de envilecerse y dejarse arrastrar por su deseo de venganza, traspasando la línea que le separa de aquéllos a los que debe encarcelar, planea sobre él durante buena parte del film.


       «Bannion: Una ciudad está siendo estrangulada por una banda de criminales y usted protege a Lagana y a Stone en su afán de una vida más cómoda y agradable.
       Bertha: Los próximos años van a ser muy buenos, Sr. Bannion.
       Bannion: No habrá próximos años para usted en absoluto.
       Bertha: Yo no me asusto fácilmente.
       Bannion (Cogiéndola por los hombros y levantándola del sillón) Si algo le ocurre a usted, saldrá a la luz pública la evidencia. Es así como lo ha dispuesto, ¿verdad, astuta señora? Usted lo ha escondido todo en lugar seguro y eso es lo que mantiene quieto a Lagana. (La arroja contra la chimenea y la sujeta por el cuello) Pero yo no soy Lagana. Con su muerte se vendrá todo abajo, caerá para siempre Lagana. También Stone y el resto de las sanguijuelas.»

       Dave Bannion es un héroe, mitad épico mitad trágico, un personaje complejo con profundos conflictos internos, desea restablecer el orden social, pero al mismo tiempo se ve arrastrado a un destino trágico por un error de juicio, al cometer la imprudencia de provocar a Lagana, sin prever que las consecuencias de esa provocación podrían recaer sobre su esposa. El espectador desea que Bannion cumpla su misión, pero teme que, al hacerlo, pierda su integridad y se convierta en un asesino.

       «Higgins: Entregue su placa y su revólver. ¡Ahora!
       Bannion: Puede quedársela para siempre. (Arroja la placa sobre el escritorio y se dirige hacia la puerta.)
       Higgins: ¡Un momento! También le he pedido su revólver.
       Bannion: No pertenece al departamento. Es mío. Yo lo compré y lo pagué.
       Higgins: Se lo advierto oficialmente, no trate de utilizarlo.
       Bannion: No lo haré. A menos que me tropiece con la gente que asesinó a mi esposa.»

       En el transcurso de la película Bannion se va pareciendo a aquéllos que persigue, pero nunca permite que el odio lo domine por completo. Para Lang todos somos criminales en potencia, es el hecho de dejarnos llevar por nuestras pulsiones destructivas o resistirnos a ellas, lo que diferencia a los criminales de los que no lo son.


       De ese modo, la reflexión de Lang sobre la venganza como mecanismo psicológico de respuesta ante un daño recibido, parece concluir con la convicción de que, pese a proporcionar un alivio momentáneo a la persona que se venga, de ningún modo consigue sanar la herida emocional que ha recibido. Impulsado por la ira y la humillación, Bannion pretende equilibrar la balanza infligiendo a los asesinos de su esposa un daño similar al que ellos le han provocado. Con ello, pretende asimismo restablecer el orden y la justicia que Lagana y sus matones le han arrebatado a la ficticia ciudad de Kemport —en la que Lang situó la acción para no herir sensibilidades y para ahorrar posibles demandas a los Estudios—. Pero Bannion comprende a tiempo que la venganza no le devolverá a su esposa. Bannion siente que su salud emocional y la de su hija han sido vulneradas, pero no llega a consumar su venganza de forma violenta, sino que logra sobreponerse al odio que siente controlando sus impulsos violentos para conservar su honestidad personal.

       «Bannion: Escuche, estoy harto del departamento, de Wilks y de usted.
       Gus: Dave, quisiera que hablara con el padre Masterson.
       Bannion: ¿Por qué?
       Gus: Porque está usted lleno de odio. Ha decidido que todo el mundo es un conejo asustado y usted los desprecia.»


       Pero no será un sacerdote quien impida que Bannion se convierta en un criminal, debido a sus ansias de venganza, sino una chica arribista y alocada, que, sin nada que perder, será quien derrumbe la organización criminal de Lagana, manchándose las manos de sangre y evitando así que Bannion pierda su honestidad. La colaboración del policía y la novia del gánster resultará letal para los criminales. Pero será la chica quién se sacrifique para acabar con ellos. Bannion investiga e interroga hasta descubrir la verdad, pero Debby resuelve y ejecuta. Debby March, esa chica demasiado joven para ser la novia de un gánster y demasiado joven para morir es la auténtica heroína del film. Ella, fascinada con la integridad de Bannion, se encarga de realizar el trabajo sucio en su lugar para que él pueda seguir con su vida.

       «Bannion: Tropecé con un muro de piedra: Bertha Duncan.
       Debby: ¿La viuda del policía?
       Bannion: Duncan le dejó una herencia de un millón de dólares. Anotó todo lo que sabía sobre el sindicato.
       Debby: Vince debe odiarla a muerte. Nunca le gustó perder o verse presionado.
       Bannion: Tiene que aceptarlo. Si ella muere, la carta irá a los periódicos. Por poco la mato hace una hora. Debí hacerlo.
       Debby: No creo que pudiera. Si fuera así, no habría mucha diferencia entre usted y Vince Stone.»

       Debby añora un amor como el de Bannion y su mujer, algo que ella no ha conocido y sabe que nunca tendrá. Siente un gran interés por saber cómo era la mujer que Bannion amaba, quiere averiguar si tenían algo en común, si hay alguna cualidad que ella comparta con Katie, porque, de ser así, tal vez, algún día Bannion podría sentir por ella lo que sentía por su esposa.


       «Debby: ¿Cómo era su esposa, Dave?
       Bannion: Veintisiete años, pelo rubio, ojos grises…
       Debby: Oh, es una descripción policíaca… ¿Le gustaba cocinar, que la sorprendieran con regalos…? ¿Qué es lo que la hacía reír? Eso es lo que… (Bannion, incómodo, se levanta y se asoma a la ventana) Lo siento… Usted no quiere hablar de ella. Al menos conmigo.
       Bannion: Con nadie.»

       Lang muestra a Debby bebiendo del vaso de Vince, como Katie bebía del vaso de Bannion, como si quisiera mostrarnos que ambas mujeres sí que tenían algo en común; aunque en el caso de Debby, ese gesto de confianza no fuera fruto del amor. Para ella Vince sólo es un medio con el que huir de la pobreza, sabe que es un sinvergüenza y un matón, pero prefiere soportarlo a no tener dinero. Debby se sirve de su belleza para sobrevivir, por eso cuando la pierde, ya todo le da igual.


       «Debby: Es curioso, a veces, yo siento hacia Vince lo mismo que usted sentía esta noche. Es un tipo muy agradable y, en cambio, de repente… Ah, ¿qué más da? Hay que tomar lo malo y lo bueno.
       Bannion: ¿Es lo bueno bastante bueno?
       Debby: Joyas, pieles, diversiones caras… ¿Qué hay de malo en ello?
       Bannion: Nada, si a uno no le importa de dónde sale el dinero.
       Debby: Lo importante es tener el dinero. Yo he sido rica y he sido pobre, y créame, ser rica es mucho mejor. ¿Piensa usted acaso que yo era una rica heredera antes de conocer a Vince?»

       Debby no se avergüenza de sí misma, pero el rechazo de Bannion le duele, porque ella lo admira y deseaba poder seducirlo.

       «Debby: ¿De veras quiere que me vaya?
       Bannion: Yo no tocaría nada de Vince Stone ni con una vara de diez metros.
       Debby: Jamás pensé que me dijera eso.»


       En repetidas ocasiones, vemos a Debby mirándose al espejo, retocándose los labios, arreglándose el pelo o la ropa, siempre coqueta, siempre alegre, sin que los desplantes de Vince la afecten lo más mínimo. Al insistir en mostrarnos a Debby contemplando su belleza ante un espejo, Lang consigue transmitirnos la terrible devastación que supone para ella haber quedado desfigurada. La pérdida de su belleza desencadena en Debby toda una transformación. Debby resplandecía de luz, de vida, de optimismo, tras la agresión de Vince, Debby se oscurece, se vuelve taciturna y melancólica, se oculta, se encierra en sí misma, evita los espejos y la luz y hace algo que nunca había hecho antes, reflexionar; sobre sí misma, sobre quién ha sido, quién es y quién será en el futuro; reflexiona sobre Vince Stone y, sobre todo, reflexiona sobre su futuro, ya no podrá ser la chica de nadie, ni ser rica ni casarse ni tener hijos.


       «Bannion (Entrando con una bandeja de comida): ¿Qué te parece un poco más de luz, eh?
       Debby: Supongo que tendré que acostumbrarme a ser vista alguna vez. (Bannion abre la persiana y pone la bandeja ante Debby) Me he estado sintiendo como algo que está cerrado porque nadie quiere verlo.
       Bannion: ¿No debes tomar esto antes de las comidas? Aquí tienes. (Le da un par de píldoras) ¿Un poco de agua? (Le da el vaso)
       Debby: Estar aquí sentada pensando resulta muy duro para quien no ha pensado nunca en nada.»


       La mujer hermosa con el rostro desfigurado por las quemaduras forma parte del imaginario de Lang como director, aparecía ya en Secreto tras la puerta (1943), en la persona de Miss Robey, que ocultaba su rostro con un pañuelo. El miedo al juicio de los demás planea sobre esta extraña obsesión del director, el temor a que los demás vean nuestra fealdad interior, nuestro lado oscuro. Cuando la cara de Debby queda dividida en dos por las quemaduras, refleja las huellas de su depravación y de su valía a un tiempo, convertida en una especie de Dorian Gray que se viera obligada a cargar con su envilecido retrato a la vista de todos. Pero Debby no pierde su optimismo ni tampoco su sentido del humor.

       «Debby: Una cicatriz no será tan grave siendo solo en un lado. Me queda el recurso de andar ladeada.»

       Y con su sacrificio final se redime a sí misma, lo mismo que ha salvado a Bannion de sus demonios, por eso muere mostrando a cámara solo la mitad hermosa de su rostro mientras su deformidad queda oculta bajo el visón. Ese visón, comprado con dinero sucio, que la hermana con Bertha Duncan como símbolo de la degradación moral a la que ambas se han sometido para conseguirlo, aunque en realidad sean mujeres muy diferentes, Debby mucho más humana y Bertha, fría como el hielo.


       «Debby: He estado pensando en usted y en mí. En lo parecidas que somos… con nuestros abrigos de visón.
       Bertha: No la comprendo. ¿Para qué ha venido, Srta. March?
       Debby: Debby. Usemos nuestros nombres propios, Bertha. Somos hermanas bajo el visón.
       Bertha: Está diciendo tonterías, Srta. March. Será mejor que llame al Sr. Stone y que venga a buscarla. Está usted enferma.
       Debby: Jamás en mi vida me he sentido mejor.»

       Bertha Duncan no comprende el peligro que supone para ella Debby March y eso le pasa factura. Y lo mismo le pasa a Vince, aunque a éste lo que le pierde es su soberbia, porque aun conociendo a Debby y sabiendo de lo que es capaz, cree que él podrá controlarla. Lagana es el único que de alguna manera intuye desde el principio que esa chica atrevida y cínica, que le planta cara desde la ironía y la broma, podría ser un problema para él y su organización.

       «Lagana: Es muy joven, Vince. No la dejes beber demasiado.
       Vince: Si ella quiere sabe cuidar de sí misma.»


       Debby no tiene miedo a nada ni a nadie. No teme vivir con un matón ni teme perseguir al enemigo de éste, del que se ha chiflado, y tampoco teme acabar con todos los corruptos de la organización, sólo tiene miedo a la pobreza y a la deformidad.

       Gloria Grahame interpretó a Debby March con enorme desparpajo y encanto. Supo ser divertida, sensual, cínica, emotiva e implacable y en todos esos aspectos que hacen de Debby un personaje tan fascinante y complejo, Gloria Grahame fue auténtica. Cuando Debby canturrea y baila preparando cócteles, Gloria parece una niña; cuando Debby interactúa con Vince, Gloria se convierte en una mujer fatal; cuando Debby habla con Bannion de su mujer, Gloria es una mujer dulce y enamorada y cuando Debby se vuelve letal, Gloria es toda crueldad y arrogancia.


       «Debby: Te dolerá durante mucho tiempo, Vince. Ahora no tiene mal aspecto, pero mañana tu cara estará como la mía. ¡Mírala! Es horrible, ¿verdad? Caminarás por calles apartadas y oscuras para que la gente no te vea. Pero tienes suerte, no durará mucho. Bertha Duncan está muerta. Se acabó el seguro de vida para ti y para Lagana. ¡Se ha destapado el cubo de la basura! ¡Y lo he hecho yo!»

       Dentro de este film negro, Lang establece un fuerte contraste entre ese mundo sombrío de personajes siniestros liderados por Lagana y el matrimonio feliz de los Bannions, que representa la típica familia americana, sencilla y honrada que vive con modestia y posee unos altos principios morales. Así, mediante algunas escenas hogareñas, algo sensibleras, que constituyen un remanso de humanidad dentro de tanta violencia y que desentonan con la vida de lujo, diversión y vicio que llevan los malvados de la película, el director hace notar al público la desigualdad económica entre las personas honestas y las corruptas. Lagana vive en una lujosa mansión con vigilancia policial en su puerta, Vince en un moderno apartamento con todas las comodidades y la viuda Duncan disfruta del lujo de una vivienda de recreo y un visón mientras el honesto policía vive con absoluta humildad. Sin embargo, la diferencia entre ambos mundos no se reduce a lo económico, se aprecia sobre todo en el tipo de relaciones que mantienen unos y otros. A diferencia de esas relaciones tóxicas, basadas en intereses personales y pulsiones sexuales, que mantienen entre sí los granujas del film, siempre alejados de la verdadera amistad o del sincero aprecio, Bannion, su esposa y su hija se relacionan con genuino cariño.


       «Vince: ¿Por qué no viniste antes a casa?
       Debby: Por la forma en que corrías no creí que te importara.
       Vince: ¿Qué significa “corrías”?
       Debby: No fue ningún paseo.
       Vince: Con las elecciones, encima no debo tener problemas con un ex policía loco.
       Debby: No está tan loco. Tengo noticias frescas, te odia a muerte.
       Vince: ¿Cómo lo sabes?
       Debby: Estaba allí, ¿recuerdas? Soy la chica que dejaste en el bar.»

       El amor de Bannion y Katie, antítesis de la relación mercantil sexual que mantienen Debby y Vince, será el que impulsará al protagonista a lograr la hazaña de acabar con una organización criminal tan poderosa. Por eso, Lang nos muestra la ternura de Bannion en diferentes momentos del film, no sólo con su familia, sino también con Debby, cuidándola después de que Vince la desfigure y acompañándola en sus últimos momentos. El carisma de Bannion como héroe insobornable y humano se basa en esa dicotomía entre hombre tierno y tipo duro, que Glenn Ford supo encarnar con gran acierto. Ese actor poco glamuroso, de aspecto sencillo, símbolo del americano medio y emblema de honestidad, realizó en Los sobornados una interpretación sobria, vigorosa y conmovedora demostrando ese gran talento, que nunca fue demasiado apreciado. Su contención a la hora de expresar el dolor de Bannion tras la muerte de su esposa o su odio hacia todos los responsables de dicha muerte es de una intensidad emocional que roza la perfección.


       Pese a que Vince Stone representa todo lo que Bannion odia y persigue, ambos hombres tienen algo en común, su atracción sexual por Debby. Bannion no puede evitar sentirse atraído por esa chica simpática y atrayente en un momento en que se siente tan vulnerable y aunque nunca podrá amarla como a su esposa, sí que llega a sentir verdadero aprecio por ella. En cambio, la pulsión sexual que el maltratador de Vince Stone siente hacia Debby, carece de cualquier sentimiento profundo, tan solo se trata de una atracción meramente carnal que le convierte en un animal salvaje cuando descubre que ella puede estar interesada por Bannion. Y para interpretar a esa fiera, Lang no podía haber encontrado a nadie más idóneo que a Lee Marvin, ese actor que desprende brutalidad y fiereza por cada poro de su piel, y que siempre consiguió brillar en los papeles de villano que solía encarnar.

Vince Stone fue uno de los primeros y más 
recordados villanos de Lee Marvin y el personaje con el que se consagraría dentro del cine como uno de los actores más convincentes a la hora de abordar una actuación.

       El machismo de los años cincuenta se deja sentir en el film a través de la violencia que los hombres ejercen sobre las mujeres. La mayoría de los personajes femeninos muere de forma violenta o son agredidas: Lucy Chapman, asesinada y torturada por Vince Stone; Katie, víctima de un coche bomba; Bertha Duncan, casi estrangulada por Bannion y Debby, tiroteada por Vince. Solo se salva la Srta. Parker, que, curiosamente, es la única mujer mayor y nada atractiva de la película. El patriarcado de la época también se aprecia en la abnegación con la que Katie se somete a ser la persona sobre la que Bannion pueda descargar las frustraciones que le provoca su trabajo.


       «Katie: Pareces preocupado.
       Bannion: Nada importante.
       Katie: ¿Algo grave?
       Bannion: Te he dicho que no es nada.
       Katie: Tendrás que utilizar otro tono si es que esperas que lo crea.
       Bannion: ¡Está bien, mañana te traeré un certificado! Oh, lo siento. Lo siento, cariño.
       Katie: No importa, tienes derecho a desahogarte.»

       En Los sobornados, Lang se manifiesta una vez más como un gran director de detalles, detalles que él sabía orquestar como nadie para conseguir un todo perfecto: la banda sonora de Daniele Amfitheatrof y Henry Vars que ayuda a acentuar la tensión, la violencia y el drama de la trama  obsérvese la versión instrumental de la canción Put the Blame on Mame de la película Gilda (1946) que suena de fondo en la secuencia del bar—; la fotografía nocturna de Charles Lang jugando con las sombras y los claroscuros llenos de peligro y violencia; el hábil uso de la voz en off y de los espejos empleado por Lang para añadir algo más a la imagen que está mostrando en el plano —espejos que muestran además una realidad invertida, una realidad que no es lo que parece— y, por último, ese estilo sencillo del director a base de planos que muestran solo lo necesario y de movimientos de cámara que se limitan a seguir a los personajes. Mediante un magistral uso de la imagen —que el director aprendió a utilizar desde sus inicios en el cine mudo—, Lang narra en Los sobornados todos los hechos esenciales de la trama, haciendo avanzar la acción visualmente de principio a fin, como si los diálogos no fueran necesarios.


       Presenciar la muerte de Lagana es la única imagen que Lang le niega al espectador. Ese genio del mal que es Lagana, capaz de edificar todo un sistema criminal con ramificaciones en todas las jerarquías de la sociedad, es vencido, pero no abatido. Heredero del mítico Dr. Mabuse, criminal sin escrúpulos protagonista de la saga de películas de Lang basadas en las novelas de Norbert Jacque —, Mike Lagana, menos impresionante, pero más realista que Mabuse, es el máximo responsable de toda la corrupción que asola la ciudad y el causante de la tragedia familiar de Bannion y, sin embargo, pese al baño de sangre final, Lagana sobrevive, ni siquiera vemos cómo es arrestado. No es casualidad que el malvado supremo sea el criminal que salga mejor parado, puesto que Fritz Lang sabía que los ricos y poderosos de cualquier sociedad siempre caen de pie.

       «Lagana: Ya hemos dado mucho que hablar. Las elecciones están muy próximas. Este país está cambiando, un hombre que no vea eso es que no tiene ojos. No aprietes demasiado a la gente, empieza a organizarse. Grandes jurados, investigaciones electorales, juicios de deportación… No quiero ir a parar a la misma cuneta que los Lucky Lucianos.»


       A pesar de la tendencia natural de Fritz Lang a considerar el predominio del mal sobre el bien en cualquier sociedad humana, y a percibir un cierto e ineludible destino en el sino de los personajes, en Los sobornados subyace un mensaje de esperanza, la unión de los buenos ciudadanos para lograr que las cosas mejoren. Por ello, aun cuando Bannion se aparte de la policía como entidad corrupta, no está solo ante el peligro, cuenta con la solidaridad de muchas buenas personas dispuestas a ayudarle, sus compañeros de departamento, los amigos del ejército de su cuñado y, las ya mencionadas, Debby y Selma Parker. La unión hace la fuerza, parece querer transmitirnos Lang, instándonos a no rendirnos ante las injusticias. Pero, eso sí, nos advierte de que tendremos que pagar un precio, quizás muy alto, antes de salir airosos en nuestro empeño de combatir el mal, algo que, a los ojos de los cínicos, siempre nos hará parecer ingenuos e incluso ridículos.

       «Lagana: Esta es mi casa y no me gusta que traigan basura a ella.
       Bannion: Entiendo. Y yo he violado su inmaculado hogar, ¿verdad?
       Lagana: Exactamente. Y mañana veré que no tenga usted la posibilidad de volver a hacerlo.
       Bannion: ¿Qué hará usted? ¿Otra llamada telefónica? ¿O mandará que la haga otro en su lugar?
       Lagana: He visto muchos fantoches en mi vida, pero usted es único en su clase.»

 

miércoles, 6 de abril de 2022

MINNELLIMANÍA 2

CAUTIVOS DEL MAL (1952) de Vincente Minnelli
      


       
En 1952, Minnelli dirige esta fábula de la industria de Hollywood, que ensalza la importancia de la figura del productor como creador, al tiempo que nos presenta el mundo del cine con una crudeza y un realismo inquietantes. Su cinismo, su inmoralidad, su atmósfera asfixiante de competitividad y mercantilismo, y sobre todo, ese amor por el cine que sienten todos los que trabajan en él, quedan reflejados en esta apasionante historia de ascenso y caída de un gran hombre: El productor Jonathan Shields, interpretado por un soberbio y temperamental Kirk Douglas, rebosante de carisma.
        
       El productor de cine Harry Pebbel (Walter Pidgeon) reúne al director Fred Amiel (Barry Sullivan), a la actriz Georgia Lorrison (Lana Turner) y al escritor James Lee Bartlow (Dick Powell), en el cénit de sus carreras, para convencerles de que vuelvan a trabajar con el productor, en declive, Jonathan Shields (Kirk Douglas). Harry sabe que ninguno de ellos desea hacerlo y que los tres tienen buenos motivos para negarse, pero les recuerda que Shields contribuyó al éxito de todos en gran medida y que, por ello, están en deuda con él.

       Fred Amiel, el director, recuerda cómo conoció a Jonathan en el entierro de su 
padre, el productor Hugo Shields, y cómo, tras un primer desencuentro, no tardaron en hacerse buenos amigos. Fred deseaba ser director y Jonathan productor, así que, juntos, se pusieron manos a la obra y aprendieron el oficio haciendo películas de serie B para Harry Pebbel. Tras destacar con La maldición de los hombres pantera, Fred convence a Jonathan de que es el momento de hacer una película de verdad, le muestra su proyecto para llevar al cine La montaña lejana y logran que el actor de moda Víctor “Gaucho” Ribera (Gilbert Roland) se comprometa en el proyecto. Pebbel les entrega un millón de dólares de presupuesto, a condición de que la dirija el consagrado director Von Ellstein (Iván Triesault) en lugar de Fred. Jonathan acepta, gana un Oscar y funda su propio estudio contratando los servicios de Harry Pebbel. Fred, con el tiempo, se convierte en el director más solicitado de Hollywood. En cuanto a Georgia, alcoholizada y sin confianza en sí misma, vivía atormentada por los recuerdos de su difunto padre, el gran actor George Lorrison, cuando conoció a Jonathan y se enamoró de él. Jonathan consiguió que Georgia dejara la bebida y la convirtió en la protagonista de su próxima película, haciéndola creer que él también estaba enamorado de ella. Pero, tras el estreno de la película, Jonathan pone fin al romance de manera cruel, liándose con una mujer despreciable. Georgia jura no volver a trabajar con Jonathan y, después se convierte en una gran estrella trabajando para otras productoras. Por último, Shields, tras dos fracasos en taquilla, compra los derechos para el cine de la novela de James Lee Bartlow Tierra orgullosa y, aprovechándose de la fascinación que Hollywood ejerce sobre la frívola esposa del escritor, Rosemary (Gloria Grahame), convence a éste para que escriba el guión. Pero Rosemary distrae a su marido de la escritura, por lo que Jonathan pide a Gaucho que la seduzca para que los deje trabajar en paz. Gaucho y Rosemary, en pleno idilio, mueren en un accidente de avioneta, dejando a Jim totalmente hundido. Jonathan le ayuda a superarlo inundándolo de trabajo hasta que comienza el rodaje; pero, las diferencias con Von Ellstein, llevan a Jonathan a cometer el error de asumir la dirección, lo que se convierte en la ruina de Producciones Shields. Mientras Jim trata de animar a Jonathan, descubre que éste propició el romance entre Gaucho y Rosemary y rompe con Shields para siempre, ganando un Pulitzer.
       Harry, después de escuchar el relato de sus tres invitados, hace un último esfuerzo para convencerles de que ayuden a Jonathan a empezar de nuevo, y, aunque los tres se resisten a hacerlo, también parecen echar de menos ese entusiasmo con el que Jonathan abordaba cada proyecto.


       Basándose en el relato Tributo a un malvado de George Bradshaw, el guionista Charles Schnee, que también ejerció como productor en Hollywood, escribió el guión de esta historia formada por tres relatos diferentes, cuyas estructuras vertebran, a su vez, la historia del verdadero protagonista del film, un productor de cine déspota y manipulador, pero dotado de un magnetismo irresistible. Partiendo del presente, la película narra en flashback las peripecias del protagonista en Hollywood, a través de la mirada de tres personajes que le conocieron en profundidad (un director, una actriz y un escritor) y que juraron no volver a trabajar con él, después de que les arruinara la vida y les elevara a la cumbre del éxito. Se trata de una estructura similar a la empleada en la película de Orson Welles Ciudadano Kane (1941), cuyo guión, escrito por Herman J. Mankiewicz, con la colaboración de Orson Welles, narraba en flashback la vida de un magnate a través de los relatos de las personas que mejor le conocieron. Estructura que utilizaría también Akira Kurosawa para narrar, de forma análoga, en su película Rashomon (1950) las distintas versiones de una misma historia, a través de los diferentes personajes implicados en ella, poniendo de manifiesto, en este caso, la importancia de la subjetividad y la percepción personal a la hora de contar un hecho.
       Schnee ganaría, por su esmerado y riguroso guión, el Oscar al mejor guión adaptado. Guión, cuya historia fascinó a Minnelli por su despiadado cinismo y su extraño romanticismo, inspirándole para realizar esta obra maestra, acerca de la verdadera esencia del mundo del cine —con su luz y su oscuridad, su esplendor y su miseria—, que constituye uno de los mejores trabajos de Minnelli como director. Se puede decir que Minnelli logró con Cautivos del mal un retrato tan veraz de la industria cinematográfica, como el que había conseguido hacer Mankiewicz del mundo del teatro, con Eva al desnudo en 1950.


       En la cinta, el mundo del cine queda retratado como una profesión en la que el fin justifica los medios y el fin es siempre lograr la mejor película posible. Un mundo habitado por seres de grandes egos, que chocan y luchan entre sí de manera constante, hasta que el más grande de todos ellos, el ego dominante —que suele ser el del producto —, termina imponiéndose. Jonathan Shields sabe captar las debilidades y necesidades de los demás para utilizarlas a su favor. De ese modo, manipula y utiliza a todos los trabajadores que están bajo su mando, manejándolos con mano de hierro como a marionetas en un guiñol, exprimiéndoles para que den lo mejor de sí mismos, hasta dejarlos secos. Momento en que, si ya no les son útiles, no duda en deshacerse de ellos, sin ningún tipo de remordimiento, justificando su deslealtad con argumentos agresivos y crueles, pero de una capacidad de convicción tan grande, que les hace dudar de su propia valía, llegando incluso a sentirse responsables de la traición sufrida por parte del productor. Un mal bicho, un hijo de mala madre, con una capacidad de seducción y un encanto personal capaces de cautivar a todo aquel que le interesa, atrapándole en una trampa emocional, con la que les hace creer que le necesitan, tanto a nivel profesional como emocional. Este narcisista perverso, que sabe cómo seleccionar a sus víctimas porque es capaz de reconocer el talento incluso antes de que se manifieste, quiere imponer en Hollywood su marca, que no es otra cosa que él mismo, su orgullo y su soberbia. No en vano, el logo de Producciones Shields es un escudo de armas, con un yelmo —señal distintiva de nobleza— sobre el lema: «Non Sans Droict», «No sin derecho», que, curiosamente, también aparecía bajo el escudo de armas del mismísimo William Shakespeare.


       Kirk Douglas interpreta al productor Jonathan Shields con el desparpajo y la prestancia propias de su habitual manera de trabajar; pero sabiendo aportar, además, esa peligrosa dualidad, entre la calidez del hombre entregado a sus amigos y la impasibilidad del abyecto hombre de negocios, que conforma los dos extremos de comportamiento entre los que se balancea el protagonista a lo largo de todo el film. Hay momentos en los que nos conquista con su espontaneidad, llegando a parecernos el hombre más agradable del mundo, honesto consigo mismo y con los demás, para, al momento siguiente, pasar a dejarnos horrorizados con su gélido egoísmo y su cínica falsedad. Kirk Douglas, con detalles tan naturales como el acto de descalzarse en mitad de una reunión o sonreír con malicia ante las travesuras de un amigo, compone un personaje absolutamente natural y verosímil, haciéndolo tan cercano y auténtico que olvidamos al actor que le está dando vida. La apasionada energía de este genial intérprete transmite a la perfección esa dedicación incansable del productor creativo, que se ilusiona y cree en un proyecto hasta el punto de que todos los demás aspectos de su vida desaparecen para él hasta finalizarlo, momento en el que el personaje queda exhausto, lo mismo que si ya no le quedara nada dentro.

       «Jonathan: Mira, Fred, cuando trabajo en una película es como si cortejara a una chica. Te gusta, la necesitas, vas tras ella, el gran momento y luego, se acabó. Es lo mismo en cada película. Te sientes triste al terminarla.»

       El entusiasmo de ese tipo de personas seguras de sí mismas y capaces de cualquier cosa por conseguir lo que quieren es tan contagioso como una enfermedad y tan adictivo como una droga. Pero si, además, se trata de una persona sin escrúpulos, como Jonathan Shields, su poderoso influjo puede arrastrar a los que le siguen por la dudosa senda del camino torcido.


       «Fred: Jonathan es algo más que un hombre, es una experiencia y crea hábito. Si pudiesen embotellarlo, se vendería más que la cerveza.»

       Cautivos del mal homenajea diferentes personajes y películas de la historia de Hollywood. El mismo protagonista, el productor Jonathan Shields está inspirado en rasgos de tres productores de Hollywood diferentes, David O. Selznick, que como Jonathan estaba obsesionado con el recuerdo de su padre; Orson Welles, con un entusiasmo y una simpatía semejantes a las de Shields y Val Lewton, productor que demostró su gran imaginación en numerosos films de terror. La misma película que hace que Shields comience a destacar como productor es un claro homenaje a La mujer pantera (1942) de Jacques Tourneur, producida por Val Lewton, que utilizaba el sonido de los rugidos en la oscuridad para asustar al público sin mostrar nunca a la mujer pantera, lo mismo que hace Jonathan en su película La maldición de los hombres pantera.

El personaje de Georgia Lorrison, interpretado por Lana Turner hace referencia 
a la alcoholizada actriz Diana Barrymore, hija del mítico actor John Barrymore, apodado «el perfil» (en Cautivos del mal, Georgia tiene en la pared un dibujo de su padre pintado de perfil), que terminó sucumbiendo bajo el peso de la enorme sombra de su padre. También el actor, juerguista y mujeriego, Errol Flynn puede verse retratado en las maneras y gestos del personaje de Gaucho, con esa sonrisa burlona de sinvergüenza redomado, que tan bien le sale a Gilbert Roland. Asimismo, se habla en la película del «toque Shields», en clara alusión al llamado «toque Lubitsch» del director Ernst Lubitsch.

       Fred (off): Siempre creí que el primer tratamiento de La montaña lejana era perfecto, pero después de tres semanas de trabajo con Jonathan, era dos veces mejor. Kate nos mantenía en pie a fuerza de café. A medida que Jonathan le iba dando forma a nuestro material, pude ver como nacía lo que Hollywood llamaría más tarde “el toque de Shields”. Jonathan era un mago.»

       El director de cine Erich Von Stroheim es emulado por el director Von Ellstein, con el que Jonathan termina teniendo ciertas diferencias que le hacen plantearse el paso a la dirección. Y el mítico Alfred Hitchcock, junto con su inseparable esposa Alma Reville, son retratados en el film por el director británico Henry Witfield (Leo G. Carroll) y su devota asistente Miss March (Kathleen Freeman).


       Lana Turner y Gloria Grahame se disputan el protagonismo femenino del film; si bien, en un principio, se pensó que la estrella absoluta debía ser Lana Turner —de ahí el desafortunado título original The bad and the beautiful (El malo y la bella)—, finalmente, Gloria Grahame triunfaría con su magnífica composición de la tierna y caprichosa dama del Sur, Rosemary Bartlow, con la que conseguiría el Oscar a la mejor actriz de reparto, arrebatando a Turner la exclusividad de su estrellato. Grahame había destacado anteriormente en la película En un lugar solitario (1950) de Nicholas Ray y, tras su merecido Oscar, pasaría a protagonizar numerosas películas de género negro y policíaco, encarnando a mujeres peligrosas, con cierto destino trágico y una mirada turbia cargada de erotismo. Pero en la memoria de los espectadores siempre será —con permiso de la Escarlata O’Hara de Vivien Leigh— «Un retrato sensible e inolvidable de una dama del Sur de hoy. Alegre, tonta, ingenua, astuta y despiadada a la vez.», tal como se describe a su personaje en el film. Esta chica del Sur, deslumbrada por el lujo y la bohemia de Hollywood, fue interpretado por Grahame con una malévola ingenuidad, no exenta de ternura, con la que su personaje lograba mantener a su marido totalmente encandilado, en una mezcla enloquecedora de desdén y pasión.


       «Rosemary: Oh, James Lee Bartlow, contempla bien tu imagen en ese espejo: Has cambiado desde que llegaste a Hollywood y tengo que confesar que el cambio no ha sido muy favorable. ¿He cambiado yo también? Creo que Hollywood se me ha subido a la cabeza.
       Jim: Te quiero tal como eres.
       Rosemary: James Lee ten paciencia conmigo. La tendrás, ¿verdad? (Jim va a besarla pero ella aparta la cara con coquetería y se aleja de él. Después, se gira con una sonrisa traviesa, camina hacia él de forma provocativa y, tomando su cabeza entre las manos, le besa con pasión.)»


       El personaje de Lana Turner representa la típica historia de aspirante a actriz, 
hija de un astro de Hollywood, que llega a convertirse en una gran estrella, tras una serie de vicisitudes emocionales y de extenuante trabajo. El personaje de Georgia constituye uno de los mejores logros de la Turner, que se interpreta a sí misma en ese rol de estrella de aspecto siempre impecable, marcada por una dolorosa historia de infancia solitaria y por una azarosa vida amorosa. Lana Turner resulta convincente en los momentos en los que su personaje aparece en avanzado estado de embriaguez y también sabe traspasar al público, en cada una de sus miradas, ese profundo amor que su personaje siente por Jonathan. Su interpretación muestra la vulnerabilidad de su personaje, sus miedos, sus dudas y su terrible soledad, al tiempo que impone, en la pantalla, el tremendo carisma de su belleza y glamur, el sello Turner.

       «Jonathan: Yo no te he ayudado en nada, la prueba ha sido horrible, pero nos ha demostrado una cosa: En la pantalla, estés como estés, hagas lo que hagas, el público te mira a ti. Ese es el sello de una estrella. El sello Lorrison.»

       Todo estudio que se precie tiene una estrella y Georgia Lorrison es la arcilla defectuosa, elegida por Jonathan Shields, para moldear a su estrella. Georgia capta su atención desde el primer momento en que la ve y el hecho de que sea la hija del desaparecido actor George Lorrison, reafirma su convicción de que puede hacer de ella una gran estrella, una estrella a su medida.

       «Jonathan: Yo quería hacer una película con ella. Convertir en estrella a una chica que Hollywood había tirado a la basura...»


       Jonathan Shields ve en Georgia repetirse la misma historia de su padre, despreciado por Hollywood al final de su carrera. Él se propuso volver a llevar el nombre de su padre a lo más alto y se propone hacer lo mismo con Georgia. Que se traguen el apellido Lorrison, como han tenido que tragarse el apellido Shields.

       «Jonathan: Oh, los abogados me han aconsejado que cambie de nombre.
       Fred: Es que su padre tenía mala reputación.
       Jonathan: No sólo la tenía. Se la merecía. No había manera de convivir con él, pero yo le quería mucho. Hizo buenas películas. También yo las haré.
       Fred: Pues no tiene gran cosa para empezar.
       Jonathan: No, sólo me enseñó a empezar desde arriba. Así que, ¿cómo se empieza desde abajo?
       Fred: ¿Quiere hacerlo? ¿Va a cambiar de nombre?
       Jonathan: ¿Cambiar? Voy a hacer que todos se traguen el nombre de mi padre.»

       Sin embargo, el amor de Georgia termina siendo para Shields un obstáculo en sus ansias de poder, algo que puede debilitarle y apartarle de su objetivo, por lo que, debe ser sacrificado.


       «Jonathan: ¿Quién eres tú para meterte en mi interior, volverme del revés y decidir cómo he de ser? ¿Cómo puedes saber lo que siento por ti y hasta dónde llega? ¡Puede que no quiera pertenecer a nadie! ¡Ni a ti ni a nadie! ¡Fuera! ¡Fuera! ¡¡Fuera!!»


       Como contrapunto al personaje de Georgia, hay que mencionar a la arribista Lila 
(Elaine Stewart), que representa a ese otro tipo de aspirante a actriz que trata de abrirse camino en el cine comerciando con sus encantos. Elaine Stewart realiza un magnífico, aunque breve, trabajo encarnando a esta deslenguada y explosiva morena sin escrúpulos, que envidia y desprecia a Georgia por tener, lo que ella tanto ansía.

       «Lila: Creo que todo depende de con quién vaya a cenar una chica por ahí, ¿no crees?
       Gaucho: Shhh… Bombón…
       Lila: Je, ella va a ser una estrella, y yo voy a aparcar descapotables.
       Gaucho: No hables así de Georgia. Ni de Jonathan, es un gran hombre.
       Lila: Je, no existen grandes hombres, amigo. Solamente, hombres.»

       El actor Barry Sullivan protagoniza con corrección la primera de las historias, interpretando al director Fred Amiel, amigo y cómplice de Jonathan Shields en sus comienzos. Y también será el primero al que Shields traicionará para sacar adelante el proyecto que sabe que le abrirá todas las puertas, demostrando que, para Shields, la amistad tiene menos valor que la ambición.

       «Jonathan: Fred, prefiero herirte ahora a hundirte para siempre. No estás preparado para dirigir una película de un millón.
       Fred: Y en cambio, tú si lo estás para producirla.
       Jonathan: Con Von Ellstein, desde luego.
       Fred: Me estás robando la película. Fue idea mía, yo te la di.
       Jonathan: Sin mí, seguiría siendo una idea.»


       Por último, Dick Powell encarna con una calma envidiable al tranquilo, irónico y 
enamorado escritor, James Lee Bartlow, que supone la víctima más terrible de todas, porque Jonathan no sólo le utiliza a él, sino que también manipula a su esposa, arrojándola en brazos del mujeriego Gaucho, interpretado con perfección milimétrica por un inspirado Gilbert Roland. Powell realiza una sobria composición de este escritor paciente, sincero y de pocas palabras, con una sonrisa satisfecha y beatífica que nos informa de su envidiable actitud contemplativa ante la vida. Razón por la que sorprende que sea él, precisamente, el único que le propina a Jonathan ese puñetazo que nadie le ha dado y que se ha estado ganando desde el principio de la película.

       «Jonathan: Jim… Yo no maté a Rose Mary. Gaucho no la mató. Se mató a sí misma. (Jim le da un puñetazo.) ¡Te guste o no, sin ella estás mejor! ¡Era una estúpida! ¡Se interponía en tu camino, en tu trabajo! ¡Te hacía perder el tiempo, te estropeaba! ¡Estás mejor sin ella!»


       Minnelli, fascinado por la estética del cine de Max Ophüls y su habilidad en el 
manejo de la cámara, consigue, en Cautivos del mal, la elegancia formal de una puesta en escena, cargada de miles de detalles, que recuerda ese barroquismo europeo de principios del siglo XX del que estaba repleto el cine de Ophüls. Asimismo, emula el glorioso trabajo de cámara de su admirado director, haciendo que la cámara se deslice con delicadeza por cada uno de los rincones de los suntuosos decorados de su película y por cada uno de los aspectos sentimentales de sus personajes, captando hasta los detalles más insignificantes de la historia. Minnelli utiliza el travelling, la grúa y el movimiento de cámara, a lo largo de toda la película, para alcanzar una disposición espacial totalmente eficaz, a la hora de conseguir el máximo de emoción en cada escena, sobre todo, en las secuencias en que aparecen escenas de rodaje —no olvidemos que se trata de una historia de cine dentro del cine—. El director, acostumbrado a los musicales, supo situar con inteligencia, en un mismo plano, a los personajes que interpretaban una escena y al equipo que los estaba filmando. Resulta conmovedor el momento en que todo el equipo de filmación se queda fascinado y absorto contemplando la sentida interpretación de Georgia Lorrison, convertida ya en una auténtica actriz.

Minnelli hace un barrido por las emocionadas caras de todos los 
miembros del equipo hasta terminar en el operario de un enorme foco; y de ahí, realiza una bella elipsis pasando del foco que está iluminando a Georgia en el rodaje, al foco que la ilumina la noche del estreno, cuando es aclamada por el público. También destaca el plano secuencia de la fiesta de Harry Pebbel, con la cámara siguiendo a Jonathan y a Fred en su recorrido por el gran salón mientras caminan entre los invitados, cuyas conversaciones sobre la industria vamos escuchando a medida que los dos personajes atraviesan la estancia. Otro recurso muy empleado por Minnelli, en el film, consiste en enfocar una acción mientras un personaje habla fuera de plano, poniendo, así, el foco de atención en lo que realmente le interesa para hacer avanzar la historia. También, en lo que se refiere al guión, Minnelli aportó al personaje de Shields, colaborando con Douglas, un mayor encanto y algo de integridad, para que no resultara tan odioso, haciéndolo más humano y por tanto más cercano al espectador. Todos estos aciertos hacen de Cautivos del mal la obra maestra que su humilde director supo construir plano a plano, reflejando con maestría la época dorada del cine norteamericano.

       «Von Ellstein: Los grandes momentos hay que construirlos y, a veces, muy lentamente.
       Jonathan: Mire, cuando quiera que me dé una conferencia sobre la estética del cine, se la pediré. Y no será durante mi trabajo ni será para disimular una pobre e inepta interpretación de una gran escena. Para ser director hay que tener imaginación.
       Von Ellstein: ¿Qué imaginación, Sr. Shields? ¿La suya o la mía? A eso no se puede contestar más que de una forma, usted ve esta película de un modo y yo de otro. Se puede rodar como usted quiere, pero no lo haré yo, ni ningún otro director que se respete a sí mismo. ¿Sabe lo que debe hacer para conseguir exactamente lo que quiere, Sr. Shields? Debe dirigir la película usted mismo. Para dirigir una película hay que tener humildad. ¿Es usted humilde, Sr. Shields?»


       Con este Tributo a un malvado, Minnelli parece empeñado en defender, ante la audiencia, la parte humana de este tipo de personas capaces de cualquier cosa por imponer su voluntad a los demás, con tal de alcanzar sus metas. Para lo cual, están dispuestos a sacrificar la amistad, el amor o cualquier otro vínculo socio-emocional que pueda constituir una rémora en la realización de ese objetivo que se han propuesto y que consideran superior a todo lo demás —en el caso de Shields la creación de una película—. Estos sujetos sólo se guardan lealtad a sí mismos, se aceptan como son —con sus defectos y sus virtudes— y, libres de la necesidad de complacer a otros, se realizan en el mundo en absoluta plenitud.

       «Jonathan: En este momento, la verdad está penetrando en tu mente: “Nunca me ha querido, me estaba mintiendo. Todos esos momentos agradables, esas dulces palabras eran mentira. Es malvado y cruel. Y con esa mujer rastrera, con Lila.” ¡Bueno, puede que me gusten las mujeres como ella, puede que algunas veces me guste ser rastrero!»

       Shields demuestra vivir entregado completamente al cine y Minnelli justifica la conducta del protagonista como un mal necesario para el funcionamiento de Hollywood o, quizás, se trate simplemente de reconocer que los malos también son capaces de hacer cosas buenas. El modo de alcanzar sus objetivos seguramente no es el correcto, pero el objetivo se cumple. Luego, el fin —según Hollywood— justifica los medios.