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sábado, 31 de agosto de 2019

CUKORMANÍA 3

“LA COSTILLA DE ADÁN” (1949) de George Cukor




       En 1949, recién terminada la segunda guerra mundial, George Cukor dirige esta película, supuestamente feminista, que defiende la igualdad de hombres y mujeres ante la ley, al mismo tiempo que nos presenta a la mujer feminista como a una especie de fanática capaz de cualquier cosa por defender su causa, frente a un hombre razonable, que trata de comprender la lucha de la mujer por la igualdad, aunque no esté dispuesto a admitir que el fin, de dicha causa, justifique los medios.


       El matrimonio Bonner, formado por la abogada Amanda (Katherine Hepburn) y el ayudante del fiscal Adán (Spencer Tracy), constituyen una pareja muy bien avenida, hasta que el intento de la señora Attinger (Judy Holliday) de asesinar a su infiel marido (Tom Ewell) los enfrenta en los tribunales. Adán, cuya opinión es que el crimen siempre debe ser castigado, es elegido por su jefe para representar a la acusación, y Amanda, convencida de que los tribunales castigan siempre más duramente a las mujeres que a los hombres, se hace con la defensa, con la intención de abogar ante el tribunal por la igualdad de las mujeres ante la ley. Adán pide a su mujer que abandone el caso, porque no quiere que convierta el tribunal de justicia en un teatro para la causa feminista y, ante la negativa de Amanda, la advierte de que la hará pedazos ante el jurado. Como era de esperar, el enfrentamiento en los tribunales termina por pasar factura a la relación de pareja de ambos letrados, que, sin poder evitarlo, trasladan al plano doméstico la rivalidad que mantienen en la sala. Para colmo, el pianista y compositor, Kip Lurie (David Wayne), vecino de los Bonner y cliente de Amanda, se empeña en coquetear con ella delante de su marido, al que no para de ridiculizar, creando en Adán una tensión adicional a la del juicio, que provoca en el hogar de los Bonner un ambiente cada vez más enrarecido. A medida que aumenta el estrés, el trabajo de Adán en la sala se ve afectado por pequeños despistes que le dejan en una posición muy desairada, ante el jurado y ante el juez, cosa que le pone de muy mal humor. Ese mal humor empieza a manifestarse en un cierto resentimiento hacia Amanda, que se vuelve más y más agresivo a medida que avanza el juicio, hasta manifestarse bajo la forma de una violenta falta de respeto, que ella le devuelve con la misma agresividad. Y, mientras el matrimonio se tira los trastos a la cabeza, Amanda sigue brillando con su defensa de la igualdad de hombres y mujeres, y está tan entusiasmada que termina por pasarse de la raya, ridiculizando al representante masculino de la acusación, es decir, a su marido. Entonces, Adán, dolido por la humillación recibida, decide marcharse de casa, a pesar de las disculpas y las súplicas de su mujer. Durante la última sesión del juicio, Adán está tan nervioso que, en su alegato final, pierde los papeles llegando a ponerse en evidencia, al tratar con toda crueldad a la señora Attinger, lo que provoca la compasión del público de la sala y del jurado, que empiezan a ver a la acusada como a una pobre víctima de la brutalidad masculina, tanto por parte de su marido, como del fiscal. El fracaso de Adán y el brillante alegato de Amanda dan como resultado un veredicto de inocencia para la señora Attinger. Amanda ha vencido, Adán ha fracasado y por el camino, ambos han perdido su matrimonio. Sin embargo, Adán aún no ha dicho la última palabra. Esa noche, se presenta en casa de Amanda y al sorprenderla con Kip, celebrando su éxito de una manera demasiado cariñosa, finge que va a disparar contra ellos. Horrorizada, Amanda le grita que no tiene derecho, que nadie tiene derecho a matar a otra persona, entonces, Adán, al oír en boca de su mujer lo mismo que él defendía en el juicio, se da por satisfecho y termina con la farsa. Amanda enfurece al comprender que su marido ha querido darle una lección y le echa de casa. Pero Adán no tarda en ingeniárselas para recuperar a su esposa.


       El guión, escrito por el matrimonio de guionistas formado por Ruth Gordon y Garson Kanin, consigue poner en pantalla una de las relaciones matrimoniales más creíbles de toda la historia del cine, gracias a unos diálogos cargados de complicidad y a la gran naturalidad de los actores, a la hora de representar la convivencia de la pareja en la intimidad. Resulta evidente que la pareja de guionistas debió inspirarse en su propio matrimonio para proporcionar mayor realismo, en el film, a la relación de sus protagonistas. Basta observar la enérgica interpretación de Katherine Hepburn, en la película, para reconocer, en sus maneras y en sus gestos, la inigualable personalidad de Ruth Gordon, quien, en sus trabajos como actriz, siempre supo captar, con su fascinante carácter, la atención del público en cada uno de los fotogramas en los que aparecía, logrando que sus personajes nunca pasaran desapercibidos y siempre dejaran huella. ¿Quién puede olvidar a la inquietante Minnie Castevet, la vecina satánica de Rosemary, en “La semilla del diablo” (1968) de Roman Polanski? La colaboración en el mundo del guión entre Ruth Gordon y Garson Kanin se dejó sentir, también, en otras películas de Cukor, como “Doble vida” (1947) o “La impetuosa” (1952), y siempre con la misma eficiencia, tanto en la comedia como en el drama.

       Es muy posible que los guionistas tuvieran entre ellos, durante la escritura de este guión basado en la guerra de sexos, batallas dialécticas sobre el feminismo, semejantes a las que sostienen los Bonner en el film. Y viendo el resultado final del guión, ―en el que, aunque Amanda ganara el juicio, se demostraba que Adán tenía razón― es muy posible que la última palabra sobre dicho tema la dijera Garson Kanin, lo cual es muy comprensible en el año 49, cuando superada la segunda guerra mundial, se instaba a las mujeres a que regresaran al hogar, abandonando los puestos de trabajo, que habían desempeñado durante la guerra, para devolvérselos a los hombres que volvían del frente. Y cuando el machismo era algo tan cotidiano que se percibía con naturalidad mientras que el feminismo, pese a llevar en activo desde el siglo XVIII, continuaba siendo considerado poco menos que una actitud molesta y poco femenina, que adoptaban algunas mujeres insatisfechas, que lo único que perseguían era competir con el varón. Aún así, se nota en el guión, que aunque Ruth Gordon perdiera la guerra, supo ganar alguna que otra batalla. Prueba de ello es, por ejemplo, el diálogo que mantiene Amanda con su secretaria sobre el caso Attinger, que constituye uno de los mayores aciertos del film, en relación al feminismo:

       “Amanda: Grace, ¿qué opinión tiene del hombre que le es infiel a su mujer?
       Grace: Es desagradable, pero...
       Amanda: Está bien. ¿Y qué le parece, en cambio, la mujer que le es infiel a su marido?
       Grace: Eso es horrible.
       Amanda: ¡Ajá!
       Grace: Ajá, ¿qué?
       Amanda: ¿Por qué esa diferencia? ¿Por qué esa diferencia? ¿Por qué sólo es desagradable si lo hace él y, en cambio, es horrible si lo hace ella?
       Grace: Yo no hago las leyes.
       Amanda: Claro que sí. Las hacemos todos.”

       Este diálogo pone de manifiesto dos de los problemas más importantes a los que se enfrentan las mujeres. Por una parte, el hecho de que la sociedad siempre juzgue, ante una misma falta, de manera más dura a una mujer que a un hombre; y por otra, la realidad de que el machismo no sólo está instaurado en la forma de pensar de muchos hombres, sino también en la de muchas mujeres ―como es el caso de esta tal Grace―. Y es, en última instancia, esta forma de pensar la que determina las leyes que se aprueban o se derogan, como, con toda lucidez, afirma Amanda.

       Otro de los aciertos del film, en relación al feminismo, es hacer desfilar ante el jurado y, por extensión, ante el espectador a varias mujeres exitosas en el terreno laboral, por sus logros intelectuales, su capacidad para el mando o, incluso, por su fuerza física. Puesto que el mero hecho de que se hable de ello, en una pantalla de cine, es ya, en sí, un paso a favor de la igualdad.

       Asimismo, el matrimonio Bonner, en el que la mujer desempeña el mismo trabajo que su marido, y con igual brillantez, y en el que ambos conyugues comparten las labores del hogar, es un excelente modelo de referencia para la igualdad.

       Pero, sin duda, es la respuesta de Amanda a la cachetada que le propina Adán cuando está furioso con ella, el discurso más feminista del film y uno de los más acertados que se han expuesto nunca en relación a la violencia machista:


       “Amanda: Lo has hecho en serio, ¿verdad? Con mala intención, ¿eh?
       Adán: No, mujer, no. Yo...
       Amanda: Sí, lo has hecho, lo he notado. Sé distinguir una palmada de un cachete.
       Adán: Está bien, está bien...
       Amanda: Estará bien para ti, pero yo no quiero tener que estar expuesta, en todo momento, a la típica e instintiva brutalidad masculina que...
       Adán: ¡Oh, ya apareció aquello...!
       Amanda: Y lo he sentido, no sólo por la intención, sino porque tú te creías con derecho a hacerlo y no lo tienes.”

       Amanda pone de manifiesto la esencia del problema que se esconde bajo la violencia machista, que el hombre que maltrata a su mujer se cree con derecho a hacerlo y no es así.

       Por desgracia, hay algunos aspectos de la película que adoptan una actitud diametralmente opuesta al feminismo. Por ejemplo:

       Se muestra a la protagonista conduciendo como una loca y se hace un chiste sobre ello, dando a entender que, no solo es Amanda, sino que todas las mujeres conducen mal ―dando por supuesto que los hombres son todos unos magníficos conductores―:


       “Taxista: ¡Ah, las mujeres que conducen van a acabar conmigo!”

       O cuando la misma señora Attinger expresa su opinión sobre que las mujeres no deben fumar, porque eso no es femenino, como si fumar fuera un rasgo de masculinidad, en lugar de una adicción.

       Por otra parte, la defensa de Amanda, ante el tribunal, pese a ser efectiva, es, al mismo tiempo, bastante absurda y poco seria, resultando poco verosímil el veredicto final del jurado, así como todo el proceso del juicio en general. Y presentando a Amanda como una abogada dotada de una imbatible oratoria, pero poco profesional y algo sensacionalista, frente al proceder de Adán en el tribunal, siempre más experimentado y sensato que su mujer. Como si todo lo que hacen las mujeres estuviera siempre impregnado de cierta frivolidad y ligereza.

       Otro punto antifeminista, que ya hemos mencionado, es que, al final de la película, se demuestra que Amanda estaba equivocada y su marido tenía razón, lo que nos transmite la idea de que, aunque las mujeres se salgan con la suya, saben que, en el fondo, sus opiniones son erróneas.

       También llama la atención que Adán se atreva a llamar “causa estúpida” al feminismo, a mediados del siglo XX, cuando incluso hoy en día, en pleno siglo XXI, las mujeres continúan siendo explotadas, humilladas y asesinadas por los hombres en todos los rincones del mundo, y que culpe a Amanda de que, su defensa por la igualdad de las mujeres, haya echado a perder el matrimonio de ambos, resulta una visión muy egoísta y superficial de la realidad:

       “Adán: Te has empeñado en defender una causa estúpida y la llevarás adelante sin reparar en nada. No te importa lo que ésta suponga para nosotros, para mí, para ti ni para nadie. Ni te importa lo que piense la gente de nosotros, ¿verdad? Pues te diré lo que piensan, que somos un par de imbéciles sin civilizar, ¿entiendes? ¡Sin civilizar! Lo que hayas podido conseguir a favor de los derechos de las mujeres, o como se llame eso, lo ignoro por completo; pero lo que has logrado, totalmente, es destrozar nuestro matrimonio. Nos has dividido en dos mitades.”

       Al menos, es un alivio poder escuchar la lúcida réplica de Amanda para equilibrar la balanza:

       “Amanda: No podías soportar que una mujer te aventajara, ¿eh?”

       Adán también osa culpar a la señora Attinger del fracaso de su matrimonio, aún teniendo ésta un marido egoísta, cruel y despreciable. Debe estar convencido de que es algo de lo que siempre tienen la culpa las mujeres:

       “Adán: Está bien, señora Attinger, puede usted seguir llorando todo cuanto quiera, pero, tal vez, en medio de esos sollozos, pueda usted encontrar un momento para decirnos por quién está llorando. Si es por Beryl Caighn, en este caso testigo inocente de su sórdido fracaso doméstico, o si es por su marido, a quién había hastiado con su mal genio. ¿O es por sus niños, castigados a tener una madre voluble e irresponsable? ¿O llora por usted misma señora?”


       Por si todo esto fuera poco, Adán considera que su mujer ha pasado de ser una esposa a ser un competidor ―y no dice competidora, sino competidor, dando a entender que al rivalizar con él, ella se masculiniza de algún modo―, sin darse cuenta de que él mismo también ha pasado de ser un marido, a ser un competidor para ella ―¿o quizás, siguiendo su ejemplo, deberíamos decir una competidora?―.

       Y, por último, cuando Adán consigue recuperar a su mujer lloriqueando, estima que se ha servido de una artimaña femenina, como si los hombres no llorasen o, lo que es peor, como si no usaran artimañas para manipular a sus esposas:

       “Amanda: Aquéllas lágrimas eran auténticas.
       Adán: Claro que sí, pero puedo provocarlas cuando quiera, también sabemos hacerlo, aunque nunca se nos ocurre.”

       En definitiva, la película como vemos de feminista nada, más bien todo lo contrario o si acaso un feminismo superficial y contraproducente para la causa de la mujer. La película se posiciona claramente en el punto de vista del hombre, para el cual el feminismo es algo molesto, estúpido y una amenaza para la paz conyugal y para el monopolio laboral de los hombres. Algo innecesario, que las mujeres se empeñan en llevar a cabo para fastidiar a los hombres y que termina por arruinar la armonía familiar y social. La escena final es de lo más reveladora a este respecto, cuando Adán se vanagloria ante su esposa de que va a ser nombrado juez comarcal.

       “Adán: Quieren que me presente candidato a juez comarcal por los republicanos. Es cosa segura, ¿comprendes?
       Amanda: ¡Pocholín!...
       Adán: Sí, sí, ese soy yo, el juez comarcal Pocholín.
       Amanda: Estoy muy orgullosa de ti.
       Adán: Eso me suena a gloria. Gracias.”

       Es decir, Amanda ha ganado el juicio, pero, al final, Adán la supera, porque va a ser nombrado juez, que es más que abogada. Así, aunque los dos ganen, él sigue estando por encima de ella, cuya obligación es admirar a su marido y sentirse orgullosa de él. Y cuando Amanda, en broma, insinúa que ella podría presentarse para el mismo puesto por el partido de la oposición, él deja claro que no lo consentirá.

       “Amanda: Adán, ¿sabes si al candidato demócrata lo han designado ya? Estaba pensando...
       Adán: Pensabas, ¿eh? Pues no puedes serlo.
       Amanda: ¿Quién te lo ha dicho?
       Adán: Porque lloraré y tú desistirás.”


       En cuanto a la respuesta a la que hace referencia la frase de venta de la película, que aparece en el cartel publicitario de la misma, “Es la respuesta hilarante a ¿quién lleva los pantalones?”, parece que el film prefiere no decantarse, del todo, ni por el hombre ni por la mujer, dejando que la lucha termine en tablas ―lo cual es un acierto―; eso sí, la película deja claro que la mujer ya no está dispuesta a que sea el hombre quien siga llevando los pantalones.

       “Amanda: Equilibrio, igualdad, responsabilidad mutua. Hoy día no hay lugar, en el matrimonio, para lo que se conocía como “la mujercita”. Ella debe estar a la altura del marido.
       Kip: ¿Y si él es un “hombrecito”?
       Amanda: Compartir, esto es lo que forma un matrimonio y lo que evita que el matrimonio acabe asqueado de deberes y responsabilidades.”

       En esta guerra de sexos, Spencer Tracy y la brillante Katherine Hepburn jugaban con la ventaja de ser pareja en la vida real, lo que dotaba a la relación de los Bonner de un gran realismo, además, en pantalla, existía, entre ellos, una química envidiable que aportaba un cierto tono de humor a sus intercambios de miradas, gestos y demás manifestaciones de comunicación no verbal, tan adecuadas para la comedia. Trabajaron juntos en más de una decena de películas, destacando en aquéllas en las que interpretaban a una pareja. Y si bien, ella siempre le aventajó a él como intérprete, él contaba con una presencia en pantalla que transmitía autenticidad por los cuatro costados. Por alguna razón, fuera lo que fuera lo que Tracy interpretara, aunque no lo hiciera de una manera brillante, siempre resultaba creíble. En definitiva, formaban uno de los tándems más prestigiosos y eficaces de la historia del cine; por lo cual, siempre es agradable verlos juntos en acción.


       “La costilla de Adán” forma parte de una larga lista de comedias que se desarrollan en un juzgado, tales como “El secreto de vivir” (1936) de Frank Capra, “Morena clara” (1936) de Florián Rey, “Crueldad intolerable” (2003) de los hermanos Coen y un largo etcétera. La sala de un tribunal ha demostrado ser, a lo largo de la historia del cine, un lugar abonado para la risa, para el gag, para la parodia y, sobre todo, para una batalla de ingenio dialéctico, donde ser un maestro en el arte de la retórica es fundamental para lograr un veredicto satisfactorio. Uno de los recursos cómicos más frecuentes en este tipo de películas es contar con personajes que resulten divertidos, por sus respuestas o comportamientos excéntricos, al ser interrogados en el banquillo. También suele recurrirse a un juez estrafalario, malhumorado o irónico, que vaya proporcionando momentos hilarantes a lo largo de todo el juicio. Y es obligatorio que haya un momento en el proceso en el que se arme un gran alboroto en la sala del tribunal, lugar serio y formal por excelencia, en el que ver a un personaje comportarse de forma inadecuada resulta siempre tronchante para el público.

       La película que nos ocupa cuenta con un juez bastante razonable, de manera que la parte humorística recae sobre la acusada y su marido, el señor y la señora Attinger, que en sus declaraciones demuestran tener una forma muy particular de considerar los hechos ocurridos y una visión muy personal del matrimonio y de la vida.

       “Adán: ¿De qué otro modo le maltrató a usted?
       Sr. Attinger: En la cama, me pegaba mientras dormía.
       Adán: ¿Cómo?
       Sr. Attinger: ¿Cómo va a ser? ¡Con el puño!
       Adán: Bueno, ¿está usted seguro de que todo eso no es obra de su imaginación?
     Sr. Attinger: No creo que se pueda partir un labio con la imaginación. Ella esperaba a que estuviera dormido y... ¡Pam, pam! Entonces discutíamos. Luego volvía a dormirme y... ¡Pam, pam!
       Adán: Y eso le causaba un gran dolor...
       Sr. Attinger: Y no poder dormir.”


       Judy Holliday consigue, en su primer papel en el cine, una cómica interpretación de esta neurótica mujer, que pierde el norte al ver su hogar en peligro, destacando por su gracioso nerviosismo y por la absoluta credibilidad a la hora de encarnar la simplicidad de su personaje:

       “Sra. Attinger: Después compré unas tabletas de chocolate con avellanas y me puse a esperar delante de su oficina, durante toda la tarde. Y allí estuve, comiendo chocolate y esperando, hasta que salió. Le seguí los pasos y le disparé.
       Amanda: Y después de dispararle, ¿qué fue lo que sintió usted?
       Sra. Attinger: Hambre.”

       La actriz protagoniza, con total acierto, la divertida obertura de la película, que nos introduce, sin diálogos, en el tono humorístico del film, informándonos, además, de los hechos del caso Attinger. Holliday logra, desde el principio, con sus gimoteos, sus gestos y su expresión corporal transmitirnos el gran desequilibrio emocional que sufre su personaje, que aunque dispara contra su marido y su amante, lo hace con los ojos cerrados, porque no es una asesina sino una mujer débil, desesperada e ignorante.


       Tom Ewell, por su parte, representa a la perfección, con sus maneras de hombre hastiado, al típico marido odioso, egoísta y déspota, que se cree con derecho a tratar mal a su mujer, sólo por haber dejado de quererla. Y es tan desagradable e incivilizado, que resulta gracioso. Su personaje personifica todo lo negativo del matrimonio, poniendo de relieve la hipocresía de la sociedad con respecto al vínculo familiar cuando, tras el veredicto, se esfuerza por mostrarse cariñoso con su mujer y sus hijos ante la prensa, mientras su amante ―una vulgar y oportunista sinvergüenza, magníficamente interpretada por Jane Hagen― se pega a él, con total desfachatez, para salir en las fotos. Los guionistas eligieron a este antipático señor Attinger para poner en su boca el comentario más mordaz, de toda la película, acerca de la institución del matrimonio:

       “Sr. Attinger: Sencillamente que está loca, no existe otra explicación, loca perdida. Siempre lo estuvo. Esta es la verdad.
       Adán: ¿Incluso cuando se casó con ella?
       Sr. Attinger: Desde luego, como una cabra.
       Adán: ¿Y por qué se casó?
       Sr. Attinger: ¿Cómo lo voy a saber? Nadie lo sabe. ¿Por qué lo hizo usted? ¿Hay quién lo sepa?”


       Los Attinger, junto con la amante del señor Attinger, protagonizan uno de los momentos más hilarantes del film, con el que Amanda consigue convencer al jurado de que absuelvan a su clienta. Se trata de la petición que hace Amanda al jurado de que hagan el esfuerzo de imaginar que la Sra. Attinger es un hombre, un marido que sólo trataba de proteger su hogar, y que Beryl Caighn (Jean Hagen), la amante, también es un hombre, un intruso destructor de hogares, y, por último que imaginen que el Sr. Attinger es una mujer, la esposa culpable. A medida que Amanda habla vemos transformarse, ante nosotros, a Judy Holliday y a Jean Hagen en hombres y a Tom Ewell en mujer, lo cual, claro está, resulta muy divertido. De esa manera, Amanda logra que el jurado juzgue a la señora Attinger de la misma forma que juzgaría a un hombre que luchara por la defensa de su hogar. Este mismo recurso es utilizado, en el guión de la película “Tiempo de matar” (1996) de Joel Shumacher, escrito por Akiva Goldsman, cuando el abogado protagonista pide al jurado que imagine que la víctima es una niña blanca, en lugar de una niña de color, y que los agresores son hombres de color, en lugar de hombres blancos, y así consigue que juzguen a los acusados, hombres blancos, como lo harían si fueran hombres de color.

       El matrimonio formado por los letrados Bonner comparte con los Attinger la responsabilidad cómica de las sesiones del juicio, protagonizando momentos de gran hilaridad cada vez que dejan aflorar en la sala sus cuestiones domésticas. Siendo especialmente divertido Adán, cuando pierde la concentración, por la presencia en la sala de su esposa, y termina diciendo, con gran seriedad, alguna estupidez, o cuando pierde los estribos, porque su mujer le interrumpe para protestar por algo. Siendo, también él, el protagonista involuntario del momento más loco de todo el juicio, al ser levantado, en contra de su voluntad, por la mujer “forzuda”, provocando la ira del juez:

       “Juez: ¡Baje usted de ahí!
       Adán: Señoría, yo no...
       Juez: ¡Baje usted, caramba!”


       El personaje secundario del desvergonzado pianista, interpretado por el simpático David Wayne, aporta la nota de humor, fuera del juicio, al colarse con frecuencia en el hogar de los Bonner para irritar a Adán con sus bromas de mal gusto o con su repelente canción “Farewell Amanda” ―creación de Cole Porter―, compuesta para la señora Bonner.

       “Kip: Señora Bonner la amo. Amo a muchas chicas, señoras y mujeres y demás especies, pero sólo a usted sé por qué la quiero. ¿Y sabe por qué?
       Amanda: ¿Qué?
    Kip: Porque vive enfrente de mi piso. Usted es muy atractiva, en todos los aspectos, pero probablemente amaría a cualquier otra que viviera en mi mismo rellano. ¡Es tan práctico! ¿Hay nada peor que acompañar a una mujer a su casa y luego tener que volver a la nuestra solos?”

       Los objetos juegan un papel cómico muy importante en la película, a la hora de crear gags divertidos. Como el sombrerito de flores que Adán regala a su mujer y que, después, aparece en la cabeza de la señora Attinger durante el juicio, provocando la ira de Adán. O el inolvidable gag de la pistola de regaliz, con la que Adán, al metérsela en la boca, hace creer a Amanda y a Kip que se va a suicidar.


       Y, tal y como ocurre en otras comedias sobre juicios, en la estructura del guión de “La costilla de Adán” se alternan las sesiones del juicio, seguidas por el correspondiente titular sensacionalista en los periódicos, para terminar con las secuencias de la pareja protagonista sufriendo, en la intimidad, las consecuencias de lo sucedido durante las sesiones. Secuencias que, en el caso de los Bonner, siempre van precedidas por el título: “That evening” (“Esa tarde”), que anticipa un enfrentamiento de la pareja cada vez más acentuado, a medida que avanza el juicio. La relación empeora y lo hace al caer la tarde, cuando el sol se oculta, metáfora para indicar que el sol se pone en el paraíso que era el matrimonio de los protagonistas, antes del juicio. Pero es por una buena causa, la causa de la igualdad de hombres y mujeres ante la ley. Y es que la película, además de una divertidísima y bien engrasada comedia, parece una advertencia de que la lucha de las mujeres por la igualdad termina por afectar a sus relaciones de pareja. Aunque no quede demasiado claro si es una advertencia para las mujeres, para los hombres o para la sociedad en general.

martes, 30 de julio de 2019

CUKORMANÍA 2

“NACIDA AYER” (1950) de George Cukor


       
     George Cukor profundiza, en este film, de la mano del guionista Albert Mannheimer, en el peligro que supone la ignorancia, tanto para una persona como para una nación, pues del desconocimiento de los demás, siempre están dispuestos a aprovecharse los egoístas sin escrúpulos, que pululan por las sociedades de todo el mundo. Por tanto, hay que instruirse para ser libre y, también, para ser un buen ciudadano.

       “Paul: La Historia del mundo es una lucha entre altruistas y egoístas.
       Billie: Sigue.
       Paul: Lo malo que nos rodea lo cría el egoísmo. A veces el egoísmo se transforma en una causa. Incluso en un gobierno. Entonces se llama fascismo.”

       De la ignorancia del pueblo, que se deja arrastrar sin ser consciente de estar siendo utilizado, se alimenta la corrupción, que representa la peor de las amenazas para la democracia. El film toca de pasada este problema político, de candente actualidad, para centrarse en la situación de vulnerabilidad de la gente ignorante, sobre todo en el caso de las mujeres, frente a la ambición desmedida de algunos desaprensivos, que no dudan en utilizar las relaciones personales para sacar partido.

       El empresario de la chatarra Harry Brock (Broderick Crawford) llega a Washington, en compañía de su amante Billie Dawn (Judy Holliday), con la intención de sobornar al congresista Norval Hedges (Larry Oliver) para conseguir una enmienda que le garantice la estabilidad del precio del hierro. Para ello, Harry debe codearse, de la mano de su abogado Jim Devery (Howard St. John), con la élite política de la ciudad. Y para que su amante, y ex corista, no desentone en sociedad, Harry contrata al periodista, especializado en política, Paul Verrall (William Holden), para que la instruya. Harry y Billie se sienten atraídos el uno por el otro desde el principio y, aunque Paul prefiere no complicar las cosas y mantener con ella una relación profesor-alumna, ambos comienzan a enamorarse. 


Pero Paul enseña a Billie mucho más que a comportarse en sociedad, la enseña a pensar por sí misma, y esto termina por causar problemas a Harry, que no tardará en arrepentirse de haber querido formar a Billie. A lo largo de los siete años que llevan juntos, Harry, aconsejado por Jim, ha puesto gran parte de sus negocios a nombre de Billie, a la que obliga a firmar, periódicamente, un montón de documentos, sin darle ninguna explicación sobre el contenido de los mismos. A medida que Billie va creciendo intelectualmente, comienza a interesarse por los papeles que firma y no tarda en darse cuenta de que Harry está creando un monopolio para acaparar el mercado del hierro. Cuando Billie se niega a formar parte de ello, Harry la obliga a firmar haciendo uso de la violencia. Entonces Billie recurre a Paul y entre los dos traman un plan, para hacerse con los documentos del monopolio y obligar a Harry a desistir del proyecto, bajo la amenaza de acudir con ellos a la prensa y a la policía. Por su parte, Billie, se compromete a devolver a Harry, cada año, el control de uno de los depósitos puestos a su nombre, pero sólo si “se porta bien”.

       David, una vez más, consigue tumbar a Goliat, tan sólo con su inteligencia. Y, lo mismo que Goliat, Harry no ve venir el golpe y, una vez recibido, tampoco alcanza a comprender cómo ha podido ocurrir.

       “Harry: No me hagan reír. ¿Un don nadie y una rubia estúpida van a detenerme?”

       Jim no sólo lo comprende, sino que, además, no puede evitar celebrarlo.

       “Jim: Brindo por todos los estúpidos, pasados, presentes y futuros. Sedientos de conocimientos y de la verdad. Que luchan por la justicia y se educan los unos a los otros, poniéndoselo difícil a los ladrones como tú y como yo.”

       Desde que se dejó arrastrar por el camino de la corrupción, Jim se ha sentido muerto como abogado. Y, desde que se dejó comprar y pisotear por Harry, se ha sentido muerto, también, como ser humano.

       “Harry: ¿Enfadado?
       Jim: Enfadado no, Harry.
       Harry: Te noto raro.
       Jim: Lo sé.
       Harry: ¿Una aspirina?
       Jim: No, estoy bien. Considerando que llevo muerto dieciséis años, mi salud es extraordinaria.”

       El personaje de Jim Devery representa uno de los típicos personajes del cine de Hollywood, el americano talentoso, que renunciando a un futuro prometedor, a cambio de poder y riquezas, cae en una espiral de degeneración física y moral; justo castigo por atreverse a atentar contra los ideales sagrados sobre los que se sustenta la democracia americana. Jim es casi más culpable que Harry, porque sin su inteligencia, el patán de Harry Brock nunca habría podido llegar tan lejos.

       “Jim: Aquí buscamos algo grande. Mira, Harry, aquí hace falta poder, y alguno tienes. Dinero, y tienes un montón. Pero por encima de todo, hace falta inteligencia, y para eso me pagas cien mil al año.”

       El actor Howard St. John encarna a este abogado sin escrúpulos, de manera harto convincente, cubriendo con un velo de amargura sus cínicos comentarios y su creciente alcoholismo, para mostrarnos su decadencia y su desprecio hacia lo que Harry y él mismo representan.


       El congresista Norval Hedges, lo mismo que Jim, se nos muestra en todo momento avergonzado y deprimido, por haberse dejado arrastrar por el mal camino, y en ambos se puede apreciar un arrepentimiento y un profundo deseo de redimirse para recuperar la dignidad perdida. Interpretado por Larry Oliver, el congresista tiene la apariencia de un venerable anciano, de rostro confiable, que transmite una imagen de integridad, que justifica con creces el apoyo de sus votantes, por lo que resulta aún más lamentable el hecho de que se haya vendido al vil metal. Es conmovedora la manera en la que este actor refleja, con cansancio, la honda impresión que causan en él los ingenuos comentarios de Billie sobre la importancia del cargo, que él ha traicionado.

       “Billie: ¿Por qué se deja pisotear por Harry? Usted es más importante, es un congresista.
       Norval: Sí, y como tal, tengo muchos deberes y responsabilidades. El funcionamiento del gobierno es muy complejo.

       Y es que Harry Brock contamina todo lo que toca, a Jim, al congresista Norval e incluso a Billie, todos caen bajo la perversa influencia de Harry, tentados por la riqueza que les ofrece. El mismo Paul Verrall accede a trabajar para Harry, aunque no se fía de él, por los doscientos dólares a la semana. Todos saben la clase de persona que es Harry, pero, aún así, caen en sus redes. Y todos terminan pagando un precio por ello. En el caso de Billie, el distanciamiento con su padre, que no quiere verla mientras siga viviendo con Harry sin estar casada. Algo, moralmente, inaceptable para la época.
       Broderick Crawford interpreta a este empresario sin escrúpulos de manera magistral, con un abanico de matices, que van desde la prepotencia, la zafiedad y los malos modales, hasta el infantilismo de sus pataletas y de sus conversaciones con Billie. Hay momentos soberbios en los que el actor nos muestra, en su rostro, la gran confusión que experimenta su personaje, cuando no comprende lo que los demás personajes dicen o sienten. Algo que le ocurre muy a menudo, porque, en el fondo, es un hombre simple, incluso primitivo, cuya única virtud consiste en saber aprovecharse de los demás para sacar tajada. Para Harry un hombre vale lo que gana, por eso no entiende los remordimientos de Jim ni los reproches de Paul y, por supuesto, es incapaz de entender lo que le está ocurriendo a Billie, no comprende que ella está creciendo como persona y trata de contentarla con regalos, que para Billie ya no significan nada.


       “Harry: ¿Qué te pasa?
       Billie: No lo sé. Sólo sé que odio mi vida. Hay algo mejor. Si leyeras algún libro lo sabrías. Quizás tengas razón y sea idiota, pero una cosa sé, hay otra vida mejor que la mía o la tuya.”

       Billie ha progresado, pero él sigue siendo un bruto. Cree que la quiere, pero sólo quiere poseerla y sacar provecho de ella. No se preocupa por su felicidad ni quiere que sea libre ni que piense por sí misma. Cree que Billie es tonta, pero, en realidad es más inteligente que él, al menos ella sabe lo ignorante que es, pero Harry, siendo tan ignorante o más que Billie, se cree muy listo, aunque sólo es listo haciendo trampas. Billie le conoce bien, y aunque antes de estudiar pensaba que era un hombre importante, al instruirse, se ha dado cuenta de que es un imbécil, que nunca será feliz, a pesar de ser rico y poderoso, porque nunca tendrá bastante.

       “Billie: Te tomaba por un hombre importante, Harry. Y veo, ahora, que no lo eres. En la Historia los hubo más grandes y mejores. También ahora.
       Harry: ¿Quién?
       Billie: Miles.
       Harry: Dime uno.
       Billie: Mi padre.
       Harry: ¡Veinticinco dólares a la semana!... No te pongas así sólo porque ojeaste un libro. Sigues siendo igual de estúpida.”

       Al principio de la película, Cukor nos muestra el comportamiento de la pareja Harry-Billie como el de dos niños malcriados, que sólo se preocupan por satisfacer sus propios deseos en cada momento. Harry se esfuerza por impresionar a Billie con el lujo, pero Billie se muestra indiferente, y enseguida averiguamos por qué. El despotismo con el que Harry la trata, despierta en ella un hastío y una indiferencia emocional, de la que ni ella misma es consciente. Más tarde Billie inicia un proceso de maduración, que la conducirá a la libertad, mientras Harry, empeñado en negarse a crecer, continuará siendo un esclavo de su propia ambición.


       George Cukor supo fotografiar a Judy Holliday, en sus visitas por Washington, en planos muy generales, con los que resaltaba la pequeñez de Billie frente a la grandiosidad de los monumentos y su importancia en la historia americana, transmitiéndonos a la perfección, con estos planos, la enorme impresión que causan en Billie, que parece fascinada y absorta ante todo lo que está descubriendo acerca de su país.


       El personaje de Billie Dawn experimenta una gran evolución desde el principio hasta el final de la película. Billie comienza siendo una ignorante que se cree feliz porque tiene todo lo que quiere. Sin embargo, no se la ve feliz, sino aburrida, como si la vida para ella no tuviera sentido. Vive como una niña, no toma decisiones, no asume responsabilidades y deja que Harry la domine en todos los aspectos de su vida. Al empezar a leer, se da cuenta de que hay otra vida mejor que la que ella lleva y de que ha estado como aletargada, sin usar su cerebro. Pasa por un proceso que la hace infeliz, porque se plantea cuestiones que nunca se había planteado, cuestiones que la inquietan.

       “Billie: Nunca creí que me pasara algo parecido.
       Paul: ¿Como qué?
       Billie: Semejante lío en la cabeza. Preocuparme, pensar y cosas así. Anoche tardé más de diez minutos en dormirme por estar pensando. Y no sé si es bueno aprender tanto y tan deprisa.”

       Empieza a pensar y empieza a sentirse descontenta consigo misma y con los que la rodean. Abre los ojos y despierta a su realidad y no le gusta lo que ve. En la parte final de la película, Billie aún no sabe muy bien qué es lo que quiere, pero sí ha descubierto lo que no quiere.

       “Billie: Todo lo que he estudiado y lo que Paul me ha enseñado me confundió, pero cuando me pegaste... todo encajó en mi cabeza y cobró sentido. De golpe vi lo que significaba. Unos siempre dan y otros siempre cobran. No es justo. No dejaré que vuelvas a hacérmelo. Ni tú ni nadie.”


       Para Cukor los sentimientos, deseos y frustraciones de Billie son el eje central de la historia, su transformación la hace atravesar por diferentes estados de ánimos, la chica simple maltratada por su amante se descubre a sí misma como una persona más compleja de lo que ella misma podía imaginar y capaz de tomar decisiones y desarrollar estrategias para perseguir sus objetivos y su propia felicidad. Pero antes debe pasar por un periodo de confusión y tristeza, en el que no termina de entender lo que está sucediendo dentro de su cabeza y de su espíritu, una etapa de metamorfosis que la convertirá en una mariposa capaz de volar por sus propios medios. El despertar de Billie Dawn contribuye a destruir el mito de la “rubia tonta”, demostrando que la ignorancia no es lo mismo que la estupidez. Es cierto que Paul la educa, pero su ingenio y su avispada capacidad para darse cuenta de las cosas ya estaban ahí antes de que Paul llegara. Él se limita a sembrar en una tierra fértil, que no tarda en dar frutos. Como alguien dijo una vez: “Ni el mejor mago puede sacar un conejo de su chistera, si el conejo no se encuentra allí.” Y, paradójicamente, la misma Judy Holliday poseía un alto coeficiente intelectual.

       Una vez más, en el cine de Cukor, la liberación de una mujer se produce a través de la mano de un hombre. Para Cukor el amor hace libre a las mujeres, las salva y las conduce a la felicidad. Billie se interesa por aprender para complacer a Paul, por el que siente una gran atracción y, luego, durante el proceso, descubre que le gusta aprender.


       “Billie: Sentí deseos por ti enseguida.
       Paul: ¿Le pasa a menudo?
       Billie: De vez en cuando.
       Paul: Entonces, ¿qué hace?
       Billie: Quédate aquí y lo sabrás.”

       Lo mismo que le ocurría a la protagonista de “La dama boba” de Lope de Vega, el amor despierta la inteligencia de Billie. Y así, al enamorarse, la ignorante ex corista consigue obstaculizar los planes corruptos de su amante, el magnate de la chatarra, poniendo freno a su intento de atentar contra la democracia americana. Antes de que el amor la despertara de su simpleza, Billie no era capaz de valorarse a sí misma como ser humano ni era valorada tampoco por los demás. El amor la hace estudiar y al ir aprendiendo se reviste de una dignidad, que procede directamente de la elevación de la propia estima.

       Y, también como en “La dama boba”, el amor despierta a Paul de su excesivo intelectualismo. Billie enseña a Paul que, a veces, la sencillez es la mejor manera de expresar las ideas, si se desea que el mensaje llegue a más gente.

       “Paul: No habrás leído mi artículo, supongo.
       Billie: ¿Qué dices? Claro que sí, dos veces.
       Paul: ¿Qué te pareció?
       Billie: Es lo mejor que he leído en mi vida. No entendí una sola palabra.”


       Cuando Paul le explica, con palabras más sencillas, su pedante artículo, ella le espeta con toda naturalidad: “¿Por qué no lo dijiste así?”
Aunque el film nos muestra, al final de la película, a una Billie plena y feliz, después de abandonar a Harry, no podemos olvidar aquel momento de la película en el que Billie hablaba con nostalgia y orgullo de su trabajo como corista, porque no sólo bailaba y cantaba sino que también tenía cinco frases. Incluso la oímos fantasear con la idea de que, quizás de haber seguido, ahora sería una estrella. Luego, hay otro momento en el que también habla con nostalgia de su padre, al que admira y echa de menos. Harry le arrebató las dos cosas que la hacían feliz, su trabajo y su padre. Y esperamos que Paul sea capaz de ayudarla a recuperar todo eso, de lo contrario, sería como si Billie hubiese cambiado de vida, únicamente, cambiando de hombre, lo cual sería un cambio muy poco sustancioso para ella; además de ser algo machista y decepcionante, eso de reducir el proceso de maduración de una mujer, exclusivamente, al matrimonio.

       Tras el éxito obtenido a las órdenes de George Cukor, en su papel secundario en “La costilla de Adán”, Judy Holliday repitió rodaje con el director, protagonizando esta comedia, con la que ganó el Oscar a la mejor interpretación femenina de ese año. Un merecido galardón, a la trabajadísima interpretación de la divertida y convincente actriz, que ya había interpretado el papel en Broadway, donde la obra de Garson Kanim ―quien también supervisó el guión de la película― había obtenido un gran éxito. La cómica interpretación de Judy Holliday consiguió hacer inolvidable el personaje de Billie Dawn, dotándola de una gran humanidad y una sincera espontaneidad, que nos conmueve y nos hace reír al mismo tiempo. ¿Quién puede olvidar a Billie respondiendo a Harry a voces, desde el otro extremo de la suite, o cantando alegremente las cancioncillas de la radio? Al tratarse de un personaje tan transparente, la actriz debió hacer un gran esfuerzo por encarnarse completamente en la piel de Billie, sintiendo sus sentimientos, haciendo suyos sus impulsos y componiendo una forma acorde con su personalidad y con el tono de la comedia, para después, hacerla evolucionar, al tiempo que Billie evolucionaba. El encanto de Billie reside en que ella es auténtica, no trata de fingir, no aparenta ser algo que no es, por eso, le resulta tan difícil, al principio de la película, reprimir su verdadera forma de ser ante el congresista Hedges y su esposa. Judy Holliday supo captar a la perfección a Billie Dawn y, por su ejemplar interpretación, permanecerá unida, para siempre, en nuestra memoria, al entrañable personaje de esta magnífica comedia.

       William Holden también sorprende, en esta interpretación del escritor culto que se enamora de la atractiva e ignorante amante de un acaudalado palurdo, por su sobriedad a la hora de abordar esta comedia, en la que su personaje es un hombre íntegro y tranquilo, que a pesar de saberse superior, intelectualmente, al resto de personajes que aparecen en ella, no demuestra ni un ápice de arrogancia. Tan solo se permite algún comentario irónico en su trato con Harry, cuando éste pisotea a alguien, en su presencia. Holden supo componer, con toda naturalidad, un personaje sencillo y sensible, bastante alejado del hombre de acción, que tan bien supo representar en otras películas. Paul Verrall es un hombre que mantiene la calma y que no utiliza la fuerza física, sino el intelecto para vencer a su rival. Un hombre que se divierte en compañía de Billie, por la que siente una gran ternura y a la que trata con respeto, porque es capaz de apreciar sus virtudes, más allá de su atractivo físico, algo a lo que ella no parece muy acostumbrada. Paul la confunde mucho más que los libros que lee, y él sabe apreciar el ingenio de Billie a pesar de su simpleza.

       “Billie: ¿De qué te ríes? ¿De que estoy casi ciega?
       Paul: Casi ciega, sí.
       Billie: ¡¿Casi ciega?!
       Paul: Y maravillosa.
       Billie: Lamento parecerte graciosa.
       Paul: Estás más bella que nunca.
       Billie: Parece que estás anunciando una óptica.”

       Paul Verrall, en el film, también representa la figura del “cuarto poder”, al que se le atribuye el deber de informar al pueblo de lo que ocurre. Descubrir la corrupción y hacerla pública. Y, por tanto, es una amenaza para los planes de Harry.


       “Paul: ¡Presiones clandestinas, soborno, corrupción, gobierno entre compinches! Sí, sucede y cuesta eliminarlo. Llevo años intentándolo. Pero además de saberlo, se necesitan hechos, cifras y, sobre todo, nombres.
       Billie: Y ahora los tiene.”

       Jim supo, desde el principio, que Paul podría convertirse en un peligro para ellos y por eso aconsejó a Harry que intentara ganárselo, para no tenerlo en su contra. Pero Harry cometió el error de contratarle para que enseñara a Billie y, luego, no tardó en arrepentirse cuando comprendió que el periodista, al que había subestimado, se estaba convirtiendo en su rival, tanto en el plano sentimental, como en el político.

       “Harry: Diga que soy un patán. Es bueno, así la gente se asusta.
       Paul: No todos lo hacen.
       Harry: No puede dañarme. Elógieme o cierre el pico.”

       El guión divide la trama en tres claros bloques, que se corresponden a la perfección con el planteamiento (Billie se enamora del periodista que Harry contrata para que la instruya), el desarrollo (Billie descubre los valores del sistema americano y la amenaza que Harry supone para ellos) y la conclusión (Paul y Billie consiguen frenar los planes corruptos de Harry y se casan), dotando a la historia de una estructura firme sobre la que apoyar el peso de todo el metraje.

       Los diálogos son divertidos e inteligentes, capaces por sí solos de sostener el dinamismo de cualquier escena, pese al carácter fuertemente teatral de la historia ― obsérvese que, salvo las secuencias en las que Paul enseña a Billie la ciudad, la acción transcurre exclusivamente en las habitaciones del hotel―.

       Y junto a la solidez de la estructura y a la calidad de los diálogos, el tercer punto fuerte de la película lo constituyen los personajes y las interpretaciones que hicieron de ellos los actores y actrices que los encarnaron, y que supieron dar lo mejor de sí mismos bajo la dirección de Cukor. Entre todas estas brillantes interpretaciones destacan, como ya hemos dicho, la de Judy Holliday y la de Broderick Crawford. La primera consigue mostrarnos dos Billies distintas, la chica hastiada, que se relaciona con Harry, y la chica encantadora y llena de ilusión, que se enamora de Paul, y el segundo logra dar tanta credibilidad a su personaje, que consigue que lleguemos a comprender a un ser tan desagradable como Harry Brock, y seamos, incluso, capaces de reírnos con su brutalidad y compadecernos de su egoísmo.

       Pero “Nacida ayer” es mucho más que una comedia divertida, es una apología, en toda regla, del desarrollo del propio potencial y del empoderamiento de la mujer en la sociedad. Como dice el propio Jim:

       “Jim: Es un mundo nuevo. El poder ha cambiado de lugar.
       Harry: ¿Qué?
       Jim: El conocimiento es poder.”

       El único poder no lo constituye el dinero ―como cree Harry―, el conocimiento también es poder, y puesto que el amor engendra conocimientos, el amor es poder. Hay que amar y hay que formarse para mantener a salvo el control de la propia vida.


       Al conocer a Billie, tan ingenua, tan inculta y tan indefensa bajo el dominio de Harry, nadie podía imaginarse que terminaría siendo capaz de dar un cambio tan grande a su vida. Sin embargo, el guión ya nos iba dejando pistas, desde el principio, del carácter bien templado y de la férrea voluntad de Billie, en detalles, aparentemente insignificantes, pero que nos hacían sospechar que Billie era algo más que una “rubia tonta”. Por ejemplo, en algunas de sus réplicas a Harry:

       “Harry: ¿Quién eres tú para hablar?
       Billie: Yo soy yo.”

       “Harry: ¡Cierra el pico!
       Billie: ¿No puedo hablar?
       Harry: Vamos, sigue jugando.
       Billie: Este es un país libre.
       Harry: Eso es lo que tú te crees.”

       Cuando Harry trata mal a Jim o al congresista Hedges, éstos se muestran cabizbajos y adoptan una actitud sumisa. En cambio, cuando trata mal a Billie, ésta no baja la cabeza, no se muestra vencida ni humillada, sino desdeñosa y, con la cabeza muy alta, se da la vuelta con mucha dignidad y sale de la habitación sin decir una sola palabra. Aunque obedezca a Harry, jamás se muestra avergonzada, salvo en la escena en que la golpea para que firme los documentos, e incluso, entonces, lo que la avergüenza no es el golpe de Harry, sino haber firmado. Y también ahí le hace un desplante, antes de abandonar la habitación:


       “Harry: No tardes, si no quieres un ojo morado.
       Billie: ¿Me harías un favor, Harry?
       Harry: ¿Cuál?
       Billie: Muérete.”

       Y es justo en ese instante, cuando Harry desencadena su propia caída. Porque ese golpe hace que las palabras de Jefferson, “He jurado, ante el altar de Dios, lucha eterna ante toda forma de tiranía sobre la mente del hombre”, cobren sentido en la cabeza de Billie. ¿Rubia tonta, Billie? Ja, pues Harry, como muchos de los que menosprecian a las mujeres, acaba recibiendo una lección inolvidable de ella.

sábado, 29 de junio de 2019

CUKORMANÍA 1

“VIVIR PARA GOZAR” (1938) de George Cukor


       
    Anticipándose al pensamiento de Erich Fromm, expresado en sus libros “Tener o ser” (1976) o “El miedo a la libertad” (1941), George Cukor dirige en la década de los treinta esta comedia con tintes dramáticos ―o este drama en clave de humor―, que refleja la difícil elección a la que debe enfrentarse todo ser humano al llegar a la madurez: dedicarse a perseguir una seguridad económica, lo más lucrativa posible, o a desarrollar el verdadero ser para proyectarlo en el mundo.

       Tan alejada de las comedias alocadas de la época, a las que, sin embargo, parece querer emular en algunas aspectos, tales como el humor físico o el triángulo amoroso, “Vivir para gozar” trata, desde el marco del patriarcado más severo en el seno familiar, las dificultades a que se enfrenta el individuo que elige la opción de ser fiel a sí mismo, asumiendo el riesgo que supone seguir el camino de la libertad.

       Johnny Case (Cary Grant), joven de origen humilde dedicado al mundo financiero, se enamora, durante unas vacaciones, de Julia Seton (Doris Nolan), hija de uno de los hombres más ricos e influyentes de la ciudad, que necesita contar con la aprobación de su padre para casarse. El señor Seton (Henry Kolker) es un hombre intolerante, conservador y lleno de prejuicios, pero Johnny cuenta, para ablandarlo, con el apoyo de sus futuros cuñados, Ned Seton, músico frustrado forzado por su padre a trabajar de banquero, y Linda Seton (Katharine Hepburn), hermana mayor y oveja negra de la familia. Ésta última, gratamente impresionada por el hombre elegido por su hermana, entabla con él una sincera amistad. Johnny, a su vez, se encuentra tan a gusto con Linda que le confiesa que, después de trabajar sin descanso desde los diez años, aspira a reunir el dinero suficiente para tomarse unas vacaciones indefinidas, con el propósito de encontrarse a sí mismo y dar sentido a su existencia. Linda entiende y admira el proyecto de Johnny y le aconseja hablarlo con su hermana. Cuando, finalmente, el señor Seton da el visto bueno para la boda, se organiza una fiesta de etiqueta para anunciar el compromiso y Linda, a su vez, improvisa una fiesta más informal en el cuarto de juegos de la mansión, donde ella, Johnny, Ned y los Potter (mejores amigos de Johnny) se divierten a lo grande de una manera más alegre y desenfadada, hasta que el señor Seton y Julia hacen su aparición para exigirles que se reúnan abajo con el resto de invitados y les aguan la fiesta.



       Pero también ellos reciben un jarro de agua fría cuando Johnny les desvela sus planes de dejar de trabajar por un tiempo. Julia, que esperaba que Johnny se convirtiera en el rey de las finanzas, pide a Johnny que acepte el puesto que su padre le ofrece en el banco y espere un par de años para tomarse esas vacaciones. Johnny siente que Julia y su padre no le entienden y, por el contrario, se siente más en sintonía con Linda, por la que siente cada vez una mayor atracción. Linda, por su parte, está enamorada de Johnny desde el principio, pero adora a su hermana Julia y se avergüenza de sus sentimientos. Finalmente, Johnny decide aceptar los dos años de trabajo que le ofrece su suegro para complacer a Julia, pero en cuanto cede en este punto, su suegro comienza a organizarle toda la vida y Johnny no lo soporta. Explota y pide a Julia que se vaya con él, renunciando a todo lo que su padre les ofrece, pero Julia se niega y rompen el compromiso. Linda, una vez convencida de que Julia, en realidad, no está enamorada de Johnny, se siente libre de dar rienda a sus sentimientos y cuenta con Ned para escapar juntos de la opresiva mansión Seton; pero su hermano, completamente dominado por el padre, aún no está preparado para emprender el vuelo fuera del nido paterno.

       Basado en una comedia de Philip Barry, el guión de “Vivir para gozar” fue escrito para Cukor por el afamado dialoguista Donald Ogden Stewart y el prestigioso guionista Sidney Buchman. Y, aunque la película cuenta con momentos realmente divertidos, los diálogos son más representativos del drama que de la comedia, por estar diseñados, a pesar de su humor, para expresar el drama psicológico de la familia Seton, una familia dividida entre sus miembros más conservadores y los más liberales. Los primeros triunfan, tienen éxito en la sociedad y ejercen su poder sobre los segundos, que están condenados al ostracismo y en último término a la muerte por desesperación; caso de la difunta señora Seton, cuyo fantasma planea sobre el corazón de sus dos inadaptados hijos, Ned y Linda, que hablan de ella con nostalgia y con profundo dolor.

       “Ned: Brinda por mamá, Johnny, intentó ser una Seton una temporada, pero se dio por vencida y murió.”

       Identificándose con la figura de la madre, víctima del castrador patriarcado ejercido en el hogar por el señor Seton, Ned y Linda llevan una existencia acomodada pero infeliz, lo tienen todo pero les falta lo más importante, la libertad para ser ellos mismos. Atrapados en la fría mansión Seton, Ned se emborracha mientras Linda revolotea alocadamente, de un lado para otro, tratando de encontrar un agujero por el que escapar de esa jaula de oro en la que su padre los tiene encerrados.


       Julia, en cambio, es una chica feliz y encaja a la perfección en el modo de vida impuesto por el patriarca y por la alta sociedad a la que pertenecen. Julia quiere a sus hermanos, pero no es como ellos, ella ha salido a su padre. El drama está servido cuando se enamora de Johnny, un hombre que, aunque Julia no lo sepa, es como sus hermanos y completamente opuesto a su padre. Johnny está por encima de ese mundo de riquezas, de convencionalismos sociales y de hipocresía, en el que Julia se mueve como pez en el agua. Johnny es “un simple hombre del pueblo, empezando la vida con las manos vacías”, como él mismo se define o como lo describe su amigo Nick Potter (Edward Everett Horton), “Johnny, el campechano, el amigo del pueblo”. Julia es una mujer segura de sí misma, que sabe lo que quiere y está convencida de que Johnny, como su abuelo ―que también partió de la nada―, llegará a lo más alto, bajo su influencia y la de su padre. Sin embargo, su hermana Linda, que comprende mejor a Johnny, sabe que Johnny no cederá ante las presiones de Julia y del señor Seton para que entre a formar parte de ese mundo materialista y hueco.

       “Linda: Estáis convencidos de que al fin cederá, pues os equivocáis, no cederá ni un milímetro.
       Sr. Seton: ¿Obstinado?
       Linda: En absoluto. Sabe que tiene razón.”

       La película plantea el eterno dilema entre “tener o ser” y los personajes que aparecen en ella se dividen entre los que desean tener y los que desean ser. Y, curiosamente, los que se decantan por tener, se consideran a sí mismos personas maduras, realistas y responsables y están convencidos de que los del otro grupo son unos inmaduros, unos soñadores y unos inconscientes, que viven fuera de la realidad, negándose a crecer, bajo una especie de absurdo complejo de Peter Pan.

       “Sr. Seton: Linda, el otro día escuché atentamente a nuestro joven soñador y sigo confesando que vuestras opiniones me parecen las de un par de criaturas de quince años.
       Linda: Pues me alegro mucho. A los quince años todos somos sinceros, es después cuando nos contaminamos.
       Sr. Seton (Riéndose): Pues yo me encuentro muy bien...”

       Por el contrario, los que eligen la opción de ser se ven a sí mismos como individuos libres, idealistas y valientes, al tiempo que consideran a los del otro grupo unos aburridos, materialistas e hipócritas, aquejados de un complejo de rey Midas, que les obliga a llevar una vida vacía, centrada en la acumulación de riquezas y en el consumismo.


       Tal y como planteaba Aristóteles, en el punto medio está la virtud, pero el debate, entre los que piensan que caminar en pos del tener revela madurez frente a los que piensan que revela miedo a la libertad, nunca dejará de existir. En el caso de la película, los partidarios del tener aparentan ser muy felices, debe ser porque están siendo ellos mismos y han elegido ese camino en completa libertad.

       “Julia: No tienes ni idea de lo emocionantes que pueden ser los negocios. Por favor, inténtalo, te entusiasmará, estoy convencida. Hacer dinero es la mayor emoción del mundo.”

       Lo que no se entiende es por qué, entonces, hacen infelices a los demás imponiéndoles su modo de vida a la fuerza. El señor Seton necesita controlar la vida de todos los miembros de su familia, aun teniendo dinero suficiente como para dejar que cada uno siga su propio camino, parece tener miedo de que sus hijos elijan un camino diferente al suyo, como si hubieran nacido, no para ser ellos mismos, sino sólo para representar el rol de hijo o hija del señor Seton. Los partidarios del ser, en el film, sólo quieren ser libres, no pretenden controlar a los otros, sólo esperan de ellos que los dejen en paz. La libertad para el señor Seton es una ofensa, algo que no se puede tolerar, sobre todo en un hijo varón. Al menos Linda, a pesar de ser de naturaleza rebelde y sacar de quicio a su padre, al ser una chica en un mundo de hombres ―en el que el papel de la mujer se reducía al de esposa y madre―, disfruta de algo más de libertad que el pobre y sensible Ned, que se ve obligado a representar un papel que detesta, siendo una segunda versión de su padre y renunciando a su vocación musical para trabajar en algo que aborrece.

       Ned Seton es el personaje más interesante de la película, es como una sombra que se pasea por la mansión con una copa, siempre llena, en la mano, que parece indiferente a todo, pero que lo escucha todo, lo ve todo y lo comprende todo. Es el que mejor conoce y comprende a cada uno de sus familiares, el que ve con mayor lucidez lo que está ocurriendo entre las columnas de mármol de la casa familiar y por qué ocurre. Un joven elegante, solitario y amargado por el peso de ser el heredero Seton, destinado a continuar la saga familiar, amasando fortuna. Ned ha perdido el interés por la vida siendo aún demasiado joven, es el pequeño de la familia y el más triste, muy pocas veces sonríe, casi siempre cuando su padre no está presente o cuando está tocando algún instrumento. Ned protagoniza un diálogo escalofriante con su hermana Linda, en el que describe su alcoholismo como lo único que le hace soportable la vida.


       “Ned: ... entonces no te importa nada, nada en absoluto. Luego, te duermes.
       Linda: ¿Cuánto tiempo se puede estar así?
       Ned: Mucho tiempo, mientras lo resistas.
       Linda: ¡Oh, Ned, es horrible!
       Ned: ¿Tú crees? Hay cosas peores.
       Linda: ¿Cómo se termina?
       Ned: Como termina todo el mundo, muriéndose. Lo cual tampoco importa.”

       Probablemente el momento más triste de la película sea aquel en que Linda abre la puerta de la jaula y Ned es incapaz de salir por ella, como esos pájaros domesticados que tienen miedo a volar. Sabemos que Ned necesita salir de allí mucho más que Linda, pero se queda paralizado, algo le impide reaccionar, el miedo a la libertad. Su padre le ha arrebatado la fe en sí mismo que necesitaba para volar por su cuenta, se queda porque siente que es demasiado tarde para él. Ya no se ve capaz de dedicarse a la música, pero la huida de Linda le brinda nuevas esperanzas.

       Lew Ayres realiza un sentido y soberbio trabajo de interpretación dando vida a este desengañado y alcoholizado chico rico que busca su propia destrucción. A pesar de la amargura de su personaje, Ayres logra que Ned sea siempre un tipo simpático, cuya presencia anima la escena con sus desengañados e irónicos comentarios, o tocando alguna alegre pieza al piano o al banjo, y suele estar tan serio que cuando sonríe la pantalla se ilumina de esperanza. Ayres transmite al espectador la sensibilidad y la vulnerabilidad de su personaje, su inteligencia y su buen corazón. Si hay en “Vivir para gozar” un personaje al que el público coja cariño ese es Ned Seton, todos queremos salvarle de su padre y todos queremos verle terminar su “concierto Seton en fa mayor”. Lew Ayres representa al perfecto caballero, desengañado de la vida, que incluso estando borracho resulta elegante. Ayres capta el alma de Ned y nos la muestra para que podamos sentirla en todo su dolor, en toda su frustración y en toda su soledad.

       Las diferencias y enfrentamientos entre aquellos que asumen las normas impuestas por las sociedad y aquellos que se rebelan a acatar dichas normas, se plantea, en el film, a través del drama de dos enamorados, que pertenecen a mundos opuestos y cometen el error de esperar que el otro cambie. El problema que comparten Johnny y Julia es haberse enamorado de una persona a la que no comprenden ni les comprende. Nick Potter, mejor amigo de Johnny, es el que entiende con mayor lucidez la cuestión:

       “Nick: ¿No crees que a lo mejor las cosas que a nosotros nos gustan de Johnny son, precisamente, las que ella no puede soportar? ¿Y no crees, también, que la vida de la que él quiere arrancarla es, precisamente, la que ella prefiere?”


       Los dos tienen un problema de difícil solución, y ninguno de ellos tiene la culpa de ser como es, y los dos tienen derecho a vivir su vida como mejor les parezca. Sin embargo, la película ―que pretende ser liberal―, parece culpar a Julia, de su resistencia a renunciar a lo que ella desea para seguir ciegamente los planes de su novio, tachándola de egoísta y de ser incapaz de amar a nadie que no sea ella misma, cuando lo cierto es que tampoco Johnny está dispuesto a hacer lo propio por ella, y a todo el mundo le parece que hace muy bien. Incluso en la secuencia en que Johnny está a punto de ceder, tanto Linda como los Potter lo consideran un terrible error y se alegran cuando recapacita y cambia de opinión.

       “Nick: Es que no puedo, Susan, no puedo, me da mucha rabia cuando pienso que ha vuelto a esa casa arrastrándose.”

       El machismo de la época, que consideraba que el colmo de la felicidad, para una mujer, pasaba por apoyar a su hombre en todo, se impone en el film y por eso, a pesar de que Julia sea una mujer fría y apegada a lo material, nos indigna esa actitud de Linda, de los Potter y del mismo Johnny, al dar por sentado que Julia debe ser la que ceda, porque, claro, la obligación de toda mujercita que se precie es la de complacer a su hombre. Pues no, y Julia será una repelente pero está en su derecho. Qué demonios, ¿por qué si Johnny cede comete un error, pero si la que cede es ella es estupendo? Bien por Julia. Nadie tiene la culpa de nada, ambos se han equivocado al elegir pareja, eso es todo. Ned es el único que sabe que su hermana Julia es como su padre y nunca aceptará la forma de ser de Johnny:

       “Ned: La mayoría de la gente, entre ellos Johnny y tú misma, os equivocáis respecto a Julia. Os fiáis de las apariencias. En el fondo, es una mujer vacía y la vida a la que aspira es la que se merece.”

       Esta claro que los autores toman partido por los miembros del “club anti camisas almidonadas y del trapecio volante de la quinta avenida”, como llama Nick a ese grupo fundado por Linda en el cuarto de juegos, junto a Ned, Johnny y los Potter, el club de los que eligen vivir la vida para gozar.

Cukor también nos muestra su simpatía por la autenticidad y el valor humano de este grupo de personas, que ríen, discuten, se enfadan, se enamoran y se emborrachan con pasión, sin miedo a mostrar sus debilidades, personas que no se avergüenzan de su propia humanidad, frente a ese otro grupo formado por la gente importante de la ciudad, que haciendo alarde de su buena educación, siempre actúan con decoro, como robots, que ni sienten ni padecen. Julia y el señor Seton nunca pierden la compostura, pase lo que pase, porque los arrebatos emocionales son para ellos una debilidad y ésa es la razón de que Linda y Ned sean la pesadilla de su padre, con sus habituales salidas de tono y sus “escenitas”.

       El director, que siempre tuvo fama de dirigir bien a los actores, logra sacar de todos y cada uno de sus intérpretes una profunda y sincera actuación. Katharine Hepburn, que era muy amiga del director, logra una magnífica interpretación, fusionando sus grandes dotes para el drama con su simpática vis cómica; y Cary Grant, que siempre brillaba en la comedia, demuestra, en esta película, que también era capaz, como intérprete, de asumir con corrección los momento de mayor tensión dramática.


       Cukor parece disfrutar dirigiendo este complicado triángulo amoroso, cargado de connotaciones morales, entre las dos hermanas Seton y Johnny. Pero ¿hasta qué punto es lícito fugarse con el novio de una hermana, aunque ella haya roto con él? La película justifica a Linda, dando a entender que ella es mejor compañera que su hermana para Johnny, pero qué duda cabe de que esta decisión arruinará la relación de ambas hermanas de por vida. “Horizontes de grandeza” (1958) de William Wyler planteaba un triángulo similar entre dos amigas y el prometido de una de ellas. Y también se exoneraba a la usurpadora, por ser la novia ―como Julia en “Vivir para gozar”― una mujer superficial y caprichosa, indigna de un hombre tan honesto y noble como el protagonista. De cualquier modo, sea lícito o no, hacer eso a una hermana es feo. Para justificar la elección final de Johnny, el campechano, por la oveja negra de la familia, Cukor nos muestra las enormes diferencias entre las hermanas Seton, mientras Julia ve a Johnny como un hombre capaz de llegar a lo más alto; Linda se siente atraída por su forma de ser, que para ella es como la primavera, la luz y el aire fresco. Y mientras Julia toma partido por su padre, frente a Johnny, Linda se rebela y planta cara a su progenitor. Cukor nos presenta la relación de Linda con Johnny como la de dos almas gemelas que se sienten felices de haberse encontrado, dejando fuera de la ecuación a Julia.


       “Johnny: Hay una conspiración contra ti y contra mi, Linda.
       Linda: ¿De quiénes?
       Johnny: Intereses e inversiones. No nos dejan divertirnos ni nos dan tiempo para pensar.”

       Otra cuestión, planteada por Cukor a través de este triángulo amoroso, es la de la liberación de la mujer por el amor. Linda siempre ha llevado dentro de sí una gran rebeldía, pero nunca ha tenido el valor necesario para escapar de su padre, hasta enamorarse de Johnny. Sólo inspirada por él, consigue sacar fuera todas esas ansias de libertad que lleva dentro. La historia parece decirnos que el amor libera a la mujer y, al mismo tiempo, puede suponer un peligro para libertad de cualquier hombre que se equivoque al elegir esposa. O viceversa.

       Existe, además, un segundo triángulo amoroso en el film, el formado por Johnny, Julia y el señor Seton. Cuando Johnny comprende que al casarse con Julia, también se casa con el señor Seton, es cuando decide salir huyendo. Cukor trata aquí un tema eterno, el de las intromisiones de la familia política en nuestras relaciones personales y, lo mismo que sucede en la vida real, todos tenemos un límite para este tipo de interferencias. El director nos presenta la relación de Julia con su padre como la de dos enamorados, se cogen de la mano, se hacen confidencias al final del día, hacen planes de futuro y se compenetran a la perfección; así queda patente que el tercero en discordia no es otro que Johnny.


       La gran influencia del mundo del teatro, del cual procede la historia original, se deja sentir en la película por la escasez de exteriores y por transcurrir gran parte del metraje en el cuarto de juegos, donde los hermanos Seton pasaban el tiempo con su difunta madre. Lugar, con gran significado dramático para Linda y Ned, en el que ambos renacen, se sienten felices y son capaces de comportarse de manera espontánea.

       “Linda: ... esta habitación es mi hogar. Es el único hogar que he tenido, aquí hay algo que yo comprendo, y que me comprende. Tal vez sea mamá.”

       Es el sitio en el que Linda se enfrenta a su padre, reprochándole la muerte de su madre, y el lugar en el que toma la decisión de marcharse lejos para enfrentarse al mundo, como pretende hacer Johnny. En el cuarto de juegos, Linda vuelve a jugar, se enamora, y recupera las ganas de vivir y Ned vuelve a la música.

       Las largas conversaciones son asimismo herederas del origen teatral de “Vivir para gozar”, diálogos de gran belleza, ingenio y emoción, que dibujan a la perfección el carácter de cada personaje, proporcionando a cada uno de ellos su momento de absoluta sinceridad, el momento de la verdad, en el que se expresan mostrando su ser más íntimo y desvelando el papel que juega en la historia, ya sea a favor o en contra de perseguir la realización personal, sin miedo a equivocarse. Se podría decir que el mensaje final de la película es animar al espectador a perseguir los sueños, viviendo la vida con intensidad y alegría, y respondiendo, como Johnny, ante las preocupaciones, con una cabriola.