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lunes, 15 de enero de 2024

FORDMANÍA 2

MOGAMBO (1953) de John Ford
 

       
A principios de los cincuenta, John Ford dirige esta obra maestra, injustamente considerada película de aventuras, cuyo verdadero eje central lo constituyen las peripecias amorosas del trío protagonista, un triángulo amoroso en el que una aventurera se enamora de un cazador de fieras, que a su vez se enamora de una mujer casada, que se enamora de él ante las narices de su inocente y enamorado marido. Ford aportó a este proyecto de encargo su particular visión sobre la escasa importancia que tienen las pasiones humanas frente a los amores tradicionales, basados en un profundo vínculo emocional de cariño, paciencia y respeto mutuo.
     
       Víctor Marswell (Clark Gable), cazador americano, regenta un negocio en África de safaris y caza de animales, en compañía de su amigo Brown-Pryce (Philip Stainton) y del desagradable y borrachuzo Boltchak (Eric Pohlmann). Cuando la aventurera Eloise Kelly (Ava Gardner) aterriza allí, plantada por el maharajá de Bangalore, Víctor se ve obligado a acogerla una semana hasta la llegada del siguiente barco. Aunque al principio, Kelly y Víctor no se llevan bien, a lo largo de la semana, llegan a entenderse e incluso inician un romance en el que ella se enamora sinceramente de él. Pero, no siendo correspondida, Víctor se deshace de ella al llegar el barco. Kelly parte con el corazón destrozado mientras él da la bienvenida al matrimonio Nordley, formado por el investigador Donald Nordley (Donald Sinden) y su joven esposa Linda (Grace Kelly), que pretenden hacer una expedición por el peligroso territorio de los gorilas. Nada más llegar, Donald sufre una ligera indisposición, durante la cual, Víctor y Linda se enamoran. El inesperado regreso de Kelly al campamento contraría a Víctor y sobre todo a Linda, poco acostumbrada a tratar con mujeres tan liberadas y atrevidas como ella. Kelly, al percibir la mutua atracción que existe entre el cazador y la dama, oculta su sufrimiento con ironía y sarcasmo. El propio Brown-Pryce, que también se ha dado cuenta, trata sin éxito de hacer desistir a su amigo de la Sra. Nordley. De manera que, durante el safari, Víctor y Linda coquetean de forma sutil mientras Donald, demasiado fascinado por la naturaleza africana, es el único en ignorar lo que está pasando. Al llegar a territorio Samburu, Kelly, dispuesta a cambiar de vida, se confiesa con el padre José (Denis O’Dea) y advierte a Linda que está poniendo su matrimoio en peligro por un hombre que no lo merece. Una vez instalado el campamento en el territorio de los gorilas, Linda y Víctor dan rienda suelta a su pasión mientras Donald, pese a estar concentrado en su investigación, comienza a notar que algo le ocurre a su mujer. Atormentados por la culpa, los amantes deciden confesar la verdad al marido. Sin embargo, llegado el momento, Víctor es incapaz de destrozarle el corazón a Donald y se emborracha para romper con Linda. Kelly apoya la nobleza de Víctor emborrachándose con él. Cuando Linda les descubre en ese estado se siente tan humillada que dispara contra Víctor hiriéndole sin consecuencias. Donald y Brown-Pryce acuden alertados por el disparo y Kelly improvisa una historia de acoso salvando la reputación de Linda ante su marido. Cuando los Nordley se marchan, Víctor trata de retener a Kelly a su lado, pero ella ya no es la misma aventurera que llegó a África.


       Ford eterno defensor de la familia, entendida como ese espacio emocional en el que los seres humanos aprenden el valor de apoyarse y cuidarse los unos a los otros, antepone en el film las relaciones matrimoniales, a las locas e irrefrenables pasiones románticas. El escenario de la salvaje selva africana, alejada de toda civilización, ambienta y justifica esa tendencia del trío protagonista a abandonarse a los propios impulsos sexuales, sin pensar en las consecuencias. Los personajes de Mogambo se debaten entre sus deseos más primitivos, sus ideales amorosos y la moral impuesta por la sociedad, para terminar persiguiendo la felicidad en el lugar equivocado. Sin embargo, siendo una película de Ford, todos serán capaces de redimirse al sacrificarse en pos de la preservación de la familia, institución enormemente frágil y pilar de toda comunidad.

       Aunque Ford aceptó esta película para poder visitar África, nunca lo hubiera hecho si no le hubiera interesado un guión lleno de humor, tolerancia y camaradería, tres elementos presentes en toda su filmografía. Era una época en la que los estudios abogaban por los remakes en color de sus éxitos en blanco y negro. En el caso de Mogambo, se trataba de renovar el film de Víctor Fleming Tierra de pasión (1932), una de las últimas películas que pudo saltarse el recién implantado Código Hays. Ambas películas compartían, no sólo a Clark Gable como el objetico romántico de dos mujeres antagónicas, sino también a John Lee Mahin como guionista adaptador de la obra de Wilson Collison, en que se basaban ambos films. El éxito de Mogambo, con una original banda sonora de música étnica grabada íntegramente en el Congo, superó con creces al de la obra teatral de Collison, que había sido un fracaso en los escenarios.

    
       En su manera de hacer cine, Ford siempre prefirió crear emociones a través de los sentimientos y las relaciones de los personajes, en lugar de recurrir a la técnica cinematográfica. Aún así, en Mogambo creó unos planos de gran belleza, con una composición de colores y formas capaces de ambientar los diferentes estados de ánimo de sus protagonistas, siempre en consonancia con la naturaleza. La historia de la película es una historia de personajes, confusos a causa de sus emociones, que se relacionan entre sí en un lugar salvaje, en el que terminan descubriéndose a sí mismos y comprendiendo a los demás. Ford daba tanta importancia a los personajes, que solía introducirlos sin preámbulos: Al cazador, cazando; a la aventurera, tomando una ducha desnuda al aire libre y al matrimonio, iniciando ilusionados una aventura por África.


       El vértice que siembra la discordia en el triángulo amoroso es el personaje interpretado por un maduro Clark Gable, que encarna en el film la típica exaltación fordiana de la masculinidad de la época, el héroe solitario, malhumorado y de rudas maneras, siempre dispuesto a entregarse a conquistas, borracheras y peleas. El mérito del actor fue salir airoso al repetir este personaje de Casanova aventurero cuando ya había pasado de los cincuenta y, hacerlo, sin caer en el más espantoso ridículo, con un personaje que en ocasiones más que parecer duro resulta gruñón y antipático. Sea como fuere Gable logra hacer que Marswell sea creíble, quizás porque sus maneras de gran estrella ante la cámara, su clásica sonrisa canalla frunciendo el entrecejo y los arrebatos indómitos de su personaje, le hacen parecer más atractivo de lo que es en realidad.


       «Kelly: Qué bonito está el río a la luz de la luna… (Víctor la agarra y la besa apasionadamente) Qué impulsivo, Sr. Marswell… El clima de África les hace ir muy deprisa.
       Víctor: Si le molesta, la dejo.
       Kelly: ¿Conque es capaz de ser amable y atento cuando quiere?
       Víctor: No se ilusione, puede equivocarse.»

       Pero aunque Víctor Marswell, cazador de animales y mujeres, pueda ser el protagonista de la película de aventuras que representa Mogambo, no lo es en absoluto de la historia amorosa que convierte esta película en obra maestra y de la que Marswell no es más que un mero comparsa en manos de las dos mujeres protagonistas que se lo disputan, Eloise Kelly y Linda Nordley. Esta rivalidad entre la aventurera y la dama constituye sin duda lo más interesante de esta historia de adulterio femenino, que escandalizó tanto a la censura franquista que prefirió eliminarlo  transformando al matrimonio Nordley en hermano —, aunque con ello hiciera planear la sombra del incesto sobre la película.


       Kelly, bohemia y vividora, es presentada por Ford con unas cualidades humanas de generosidad, sinceridad y compasión que la sitúan muy por encima de Linda, la dama elegante y culta que encarna el concepto de virtud femenina, pero que es arrogante, clasista e hipócrita. Linda se siente moralmente superior a Kelly, a la que desprecia por su absoluta falta de recato y por su frivolidad a la hora de hablar de los hombres. Por el contrario, Kelly comprende la debilidad de Linda y sabe reconocer en ella a ese tipo de mujer capaz de conseguir que los hombres hagan todo lo que desea.

       «Kelly: Oye, vaya chavala la rubia, es estupenda. De esas a las que los hombres les dais los planos de la mina.»

       La misma Linda reconoce con orgullo el poder que siempre ha tenido sobre su marido.

       «Linda: Donald es un marido que se ha creído todo lo que le he dicho desde que tenía cinco años.»

       La pasión que ambas sienten por Víctor, vuelve más humilde y taciturna a la alegre y descarada Kelly mientras que a Linda la vuelve más altiva e irritable. Y asimismo, el desengaño sufrido por ambas conduce a Kelly a la redención de una vida llena de excesos mientras que produce en Linda una violencia histérica, fruto de la incapacidad de su orgullo para sufrir la humillación de ser despreciada por el hombre al que ha entregado su amor y su reputación.

       Mogambo denuncia el modo en que las mujeres se veían obligadas a reprimir, disimular y negar sus pasiones, si no querían verse despreciadas por la sociedad. La fama de una mujer podía marcar en los años cincuenta la diferencia entre ser tratada con respeto o convertirse en una marginada social. Kelly, una mujer liberada sexualmente, sabe que ha perdido su reputación pero no se avergüenza y se muestra desafiante ante cualquiera que trate de juzgarla. Sin embargo, Linda no tiene el temperamento de Kelly, para ella perder la estimación de los demás supone una humillación demasiado dolorosa, por ello siente pánico ante la idea de que su adulterio salga a la luz.

       «Kelly: No se preocupe por mí, aunque me revolcara por el suelo, no podría perder más de lo que he perdido. Es a usted a quién hay que salvar. Compréndalo, no es un caballero, andante y romántico, es una boa constrictor en forma humana.»


       La pasión es simbolizada en el film por los animales salvajes que rodean a los 
personajes. Linda se encuentra con dos fieras en el transcurso de su aventura africana; primero, la pantera negra que la acecha cuando se pierde en la selva y más adelante, un joven gorila macho que se pone violento cuando su marido Donald trata de grabarlo. La reacción de Linda frente a estos animales es paralizarse y gritar de puro pavor pidiendo ayuda. La pasión sexual que Linda siente por Víctor la asusta tanto como estos animales, porque es tan incontrolable y peligrosa como ellos, lo que la convierte en presa fácil para el experto cazador. Por el contrario, Kelly se siente cómoda entre los animales de la selva, no siente por ellos ningún temor, incluso trata de hacer buenas migas con ellos.

       «Víctor: ¡Eh, Kelly, apártese del chimpancé! ¡Y haga el favor de no darle chicle!
       Kelly: ¿Es que no puedo hacer amistades en este palacio?
       Víctor: ¿Amistad con ese mono? Es capaz de arrancarle el dedo de un mordisco.
       Kelly: Pero si parece completamente…
       Víctor: Se lo advierto, tenga cuidado. Parece inofensivo, pero si sus dientes hacen presa en usted, no hay quien la libre.»


       Cuando un guepardo se cuela por la noche en su tienda, ella no grita ni se queda paralizada sino que espera con precaución a que el guepardo salga de su tienda tranquilamente. Y es que para Kelly la pasión es algo natural, la conoce bien y le inspira respeto, pero no miedo. Por su parte, Víctor es presentado como un animal más de la selva, idéntico a las fieras salvajes que colecciona y con las que se puede decir que se identifica. Se enfrenta a ellas en una batalla de iguales, mirándolas fijamente, sin dejar de apuntarlas con su arma hasta someterlas. Y con las mujeres se comporta igual, las domina físicamente, enseñándoles quién manda y luego se deshace de ellas cuando ya no le interesan. El joven gorila macho simboliza la pasión sexual de Víctor, por eso el mismo Víctor tiene que sacrificar al animal cuando va a atacar a Donald, el marido honesto y bueno. Víctor asesina su pasión por Linda, lo mismo que asesina al gorila, para proteger al leal marido, que forma con Linda una unidad familiar que todos los personajes del film terminan protegiendo.

       «Donald: Gracias, Víctor, me ha salvado la vida.
       Víctor: No creerá que lo tenía planeado, ¿verdad? Lo último que hubiera deseado es matar este animal.»


       De nuevo, la eterna búsqueda de una familia prevalece en el cine de Ford como meta inconsciente de cada personaje. Kelly ha estado a la deriva desde que perdió a su marido en el frente. Tratando de regresar al seno familiar por caminos equivocados, creyó haber encontrado en Víctor Marswell lo que andaba buscando. Sin embargo, al ser rechazada por éste, Kelly decide emprender una nueva vida, en la que poder ser respetada por los hombres.


       Linda, casada con su amigo de la infancia, ha olvidado su amor por él cegada por una salvaje y turbadora pasión a la que ha tratado de resistirse inútilmente. Grace Kelly supo ilustrar con una emotiva y temblorosa interpretación la inexperiencia e ingenuidad de Linda ante el deseo sexual. Ella sufre unos terribles remordimientos por traicionar a Donald, pero no puede resistirse a lo que siente por Víctor, porque nunca había sentido nada igual. Grace Kelly nos transmite con gran sensibilidad el enorme sufrimiento psicológico y emocional al que está sometido su personaje, reflejando en su hermoso rostro todo un desfile de sentimientos encontrados, dolor, dicha, pasión y celos. La forma en que Grace Kelly escenifica esa rabia infinita casi histérica, con la que Linda reacciona al sentirse menospreciada por Víctor, bastan para justificar su nominación al Oscar, pero lo que la hizo ganar el Globo de oro, sin duda fue la manera en la que logró que la pasión sexual de Linda por Víctor desbordara la pantalla a través de sus ojos en llamas, sin necesidad de pronunciar una sola palabra.


       Por último, también el solitario Víctor necesita una familia, aunque no quiera reconocerlo ante sí mismo.

       «Linda: ¿Ha estado usted casado, Sr. Marswell?
       Víctor: No. No tuve la suerte de encontrar una mujer a quién le interesara.
       Linda: Esa podría ser la respuesta de un cínico.
       Víctor: ¿Por qué habría de ser cínico? Aporto mi contribución a esta comunidad revuelta que es el mundo. ¿Qué debo esperar?
       Linda: Esa podría ser la respuesta de un solitario.
       Víctor. Es posible.»

       En realidad, Víctor, a pesar de sentir una considerable simpatía y atracción hacia Kelly, no la contempla como opción para formar una familia por considerar que no está a la altura de un vínculo semejante.

       «Víctor: Je, es una actriz barata, Brown-Pryce, las he visto en Londres, París, Roma… Empiezan en un cabaret de mala muerte y acaban en cualquier sitio cuando son viejas. No hay ni una pizca de honestidad en ella.»

       Por el contrario, al conocer a Linda, se convence de que ella es lo que ha estado buscando toda su vida.

       «Víctor: … porque no está usted enamorada de su marido…
       Linda: ¡Cállese!
       Víctor: Aunque lo dijera esta tarde en el coche. Y yo sé por qué lo dijo.
       Linda: Lo dije porque es cierto, estoy enamorada de Donald.
       Víctor: Me preguntó que por qué no me había casado, puede que usted sea la respuesta, Linda.»


       Sin embargo, para Ford, Marswell sólo es un elemento de desarmonía que amenaza el matrimonio de los Nordley. En realidad, Víctor se enamora de Linda porque representa su ideal de mujer, está tan confundido que incluso por primera vez se plantea formar una familia; pero comprende a tiempo que Linda ya tiene una familia: Donald, el confiado marido que siente una tierna devoción por su esposa, un hombre bueno que no merece una traición y al que todos compadecen. El actor Donald Sinden lo interpreta con tanta inocencia que resulta incómodo considerar el desengaño tan tremendo que va a llevarse al descubrir la verdad. El público casi llega a desear que la descubra y abra los ojos de una maldita vez. Pero Ford se apiada de su bondad y opta por dejar intacta su inocencia, que tampoco es tan grande como para llegar al extremo de no apreciar el atractivo sexual y la simpatía de Kelly.

       «Donald: Esa Kelly es una chica muy distinta de las que solemos tratar. Tiene sentido del humor, me agrada. Aunque está perfectamente claro, desde luego.
       Linda: ¿El qué?
       Donald: Pues que había algo entre ella y Víctor antes de nuestra llegada. Somos los malos de la comedia, les hemos estropeado el plan. Yo la comprendo a ella, Víctor es un tipo muy atractivo.»

       Ford siempre sintió predilección por las mujeres fuertes, cuya dignidad siempre exaltaba en su cine, mujeres capaces de afrontar el peligro y las penalidades con total entereza. Kelly es un claro ejemplo de la mujer fordiana por excelencia, una mujer dura y con clase, que disimula su sufrimiento con un divertido y afilado sentido del humor que la ayuda a mantener la cabeza bien alta frente al desprecio de los demás.


       «Kelly: ¿Quieres convertirme en una mujer honesta?
       Víctor: Me gustaría, Kelly.
       Kelly: ¡Me gustaría! Oye, camarada, tú y tus cambios de humor no me cubrirán de flores de azahar sólo porque llega el frío del invierno. ¡No, gracias! Seré como soy, pero donde nadie me eche nada en cara. »

       El personaje de Kelly podríamos decir que delata un inesperado feminismo en Ford, al que siempre se acusó de cierta misoginia, y lo hace además con las frases más irónicas y el humor más corrosivo del guión. Ava Gardner encarna a esta mujer de carácter con una naturalidad, una pasión y una gracia que llenan la pantalla convirtiendo a su personaje en el más sobresaliente del film. La actriz refleja en su mirada el dolor de Kelly al verse siempre utilizada sexualmente por hombres que son incapaces de tomarla en serio, pero lo hace con un aplomo y una ironía que se ganan el corazón del espectador. La frescura y el desparpajo con los que Gardner se expresa físicamente crean la ilusión de que Kelly es tan natural y salvaje como el leopardo cazado por Víctor que viaja en el barco con ella rumbo a la civilización.

Ford rueda a la Gardner caminando 
por la cubierta del barco de un lado a otro, lo mismo que el leopardo dentro de su jaula, nerviosa y magnética a un tiempo. Ninguno de los dos está en ese barco por decisión propia, los dos han sido expulsados por Víctor y de alguna manera los dos han caído en su trampa. Pero incluso cuando Marswell la rechaza, hay un coraje y un orgullo dentro de Kelly —que Ava Gardner encarna de forma admirable— que nos garantiza que ella saldrá adelante. Quizás por esa fortaleza que emana de Kelly es por lo que la interpretación de Ava Gardner resulta tan conmovedora en los momentos en los que su personaje se derrumba y la vemos llorar, pero eso sí, siempre llena de rabia. Pero lo que realmente nos conquista de ella es su generosa humanidad, capaz de comprender a los demás hasta el extremo de ofrecer su amistad y apoyo a su rival, en un momento en que ya se siente vencida e incluso despreciada por ella. Y lo hace para proteger la familia que tiene con su marido y que Víctor está amenazando.

       «Kelly: Por favor… Nosotras no podemos engañarnos. Quiero hablarla como amiga y la única forma en que sé hacerlo es diciéndole que la comprendo. Es un granuja muy guapo y atractivo…
       Linda: Kelly, se lo ruego, perdóneme, tengo que hacer el equipaje.
       Kelly: De acuerdo, ya está; pero no pierda la cabeza. Usted lo tiene todo en la vida. Es usted bonita, muy distinguida y tiene un marido estupendo.
       Linda: Estoy pensando, Srta. Kelly, que todos estos consejos suyos son porque conoce al Sr. Marswell algo más íntimamente que yo.
       Kelly: Está más colada de lo que creía…»

       Precisamente, será esta generosidad de Kelly la que convenza a Víctor de que Kelly es más valiosa y más digna de su amor de lo que él había creído. Aunque a esa altura del metraje, todo el mundo se ha dado cuenta ya de que es Víctor quien no es digno de Kelly. Pero, claro, la moral de los años cincuenta tenía que condenar la liberalidad sexual de Kelly y la vida frívola a la que se había entregado desde la pérdida de su marido, es por ello que Ford para redimirla necesitaba mostrarla arrepentida y confesando sus pecados ante un sacerdote, como si en una mujer no fuera lícito tratar de sobrevivir a toda costa. Víctor también se redime al renunciar a Linda para no destrozar una familia, pero, en su caso, no hace falta una confesión ni un sacerdote, basta con emborracharse y encajar un disparo, como los machos. Discriminaciones sexistas aparte, para una mujer resulta espléndido ver a Kelly hacerse valer ante Víctor, después de que él se haya pasado toda la película menospreciándola.

       «Víctor: Oye, me voy a quedar aquí unos días, a ver si atrapo un par de gorilas jóvenes que compensen del viaje. ¿Por qué no te quedas conmigo?
       Kelly: ¿Para qué?
       Víctor: Bueno, después, quizás podríamos…
       Kelly (Riendo con ironía): No, ni tú ni nadie volverá a darme un chapuzón para ponerme a secar.»

       Por suerte, ha estado Brown-Pryce para mostrarnos que no todos los hombres son tan obtusos como Víctor Marswell y que, en efecto, John Ford tenía algo de feminista dentro de esa apariencia de hombre duro y conservador.
       «Kelly: Gracias, Brown-Pryce, ha sido usted muy amable.
       Brown-Pryce: Y usted es una gran chica, mis Kelly.
       Kelly: No crea que no le comprendo, yo sería un estorbo para su negocio.
       Brown-Pryce: A veces hay quien no ve un árbol, porque se lo tapa el bosque.
       Kelly: Y algún día, tropezará con el árbol que no es y se romperá la nariz. Cuídese, amigo Brown-Pryce. Y a él también. »

       Cuando Kelly pide a Brown-Pryce que cuide de Víctor demuestra sentir hacia él una responsabilidad afectiva que la hace desear su bienestar por encima de todo. Ford de forma harto inteligente, e incluso poética, vuelve a usar al final del film esta muestra de responsabilidad afectiva cuando Víctor pide a Brown-Pryce que cuide de Kelly, demostrando así que comienza a sentir algo más que atracción sexual por ella.

       En el cine de Ford es habitual encontrar parejas con carácter, como la formada por Kelly y Víctor. De ese modo, el conservador director reflejaba la conveniencia de formar pareja con alguien perteneciente a la misma clase social, con los mismos gustos y aficiones, para garantizar que la relación perdure. Ford nos presenta a Kelly y a Víctor como dos personas muy parecidas, desde el explosivo momento en que se conocen: los dos tienen un temperamento fuerte, los dos gritan y los dos son impertinentes llegando a resultar casi vulgares. Son tan parecidos que no pueden evitar odiarse, amarse o ambas cosas.

       «Kelly: ¡Escuche, amigo, no tiene usted por qué gritarme! Soy yo quién ha venido desde Nueva York a este lugar inmundo, al continente negro, donde me esperaba un hombre con una linterna.
       Víctor: Oiga, le aconsejo que no malgaste sus energías y que se vista. Le daré una habitación para usted sola.
       Kelly: Espere, ¿no… no podría proporcionarme una canoa, un camión o unos patines, algo para salir de aquí?
       Víctor: Este territorio no se puede atravesar de ninguna manera, así que tendrá que esperar el barco de la próxima semana.
       Kelly: Entonces, ¿no hay forma de largarse?
       Víctor: ¡No! ¡Y vaya a vestirse si no quiere que la lleve desnuda!
       Kelly: Uh… Qué tío… Vaya una semanita que me espera.»

       Si bien es cierto que, en Mogambo, Ford defiende la importancia de proteger y salvaguardar el amor conyugal frente al deseo, el verdadero mérito del director consiste en atreverse a mostrar la pasión sexual femenina sin condenarla, aceptando que las pulsiones sexuales son algo natural en cualquier ser humano adulto. Ni Kelly ni Linda son unas depravadas, son solo dos mujeres —con sus virtudes y defectos— reaccionando de forma natural ante un hombre más atractivo de lo normal.

domingo, 20 de agosto de 2023



HUSTONMANÍA 3

LA NOCHE DE LA IGUANA (1964) de John Huston
    

       
El reverendo T. Lawrence Shannon (Richard Burton), párroco de la iglesia episcopal de Saint James, tras ser sorprendido manteniendo relaciones con una joven feligresa, es expulsado temporalmente de la Iglesia. Shannon termina trabajando como guía turístico de viajes religiosos por México y durante uno de esos viajes, es acosado por una adolescente precoz, Charlotte Goodall (Sue Lyon), que viaja con un grupo de maestras puritanas, lideradas por la tutora de la niña, la Srta. Judith Fellowes (Grayson Hall). Shannon trata de resistirse, pero una noche cuando está a punto de caer en la tentación, la Srta. Fellowes los descubre y, escandalizada, pone un telegrama para denunciar a Shannon por estupro. Con la esperanza de ganar tiempo para calmar a la Srta. Fellowes, Shannon secuestra el autocar y conduce el grupo al hotel Mismaloya, propiedad de su amiga Maxine Faulk (Ava Gardner), donde retiene a las viajeras manteniendo una pieza del motor en su poder. Mientras Shannon se refugia en el alcohol, Maxine trata de interceptar la respuesta del telegrama y de contentar a las viajeras. En ese momento, llega al hotel una pareja de artistas ambulantes, formada por la pintora Hannah Jelkes (Deborah Kerr) y su abuelo Nonno (Cyrill Delevanti), el poeta más longevo en activo. Hannah y Shannon congenian de inmediato y ella, al reconocer en él los síntomas de una crisis emocional semejante a la que ella misma sufrió en el pasado, se esfuerza por ayudarle. Entre ellos surge una mutua comprensión y una complicidad que despiertan los celos de Maxine, enamorada del sacerdote. Sin embargo, también ella siente simpatía por Hannah y por su abuelo. La proximidad de Hannah y de Maxine proporciona a Shannon las fuerzas necesarias para rechazar a Charlotte de forma definitiva y ésta comienza, entonces, a interesarse por el joven chófer, Hank Prosner (Skip Ward). Finalmente, la Srta. Fellowes consigue que despidan a Shannon y aunque éste, completamente borracho, se niega a aceptar el despido, Hank y Charlotte logran arrebatarle la pieza del motor y las profesoras abandonan el hotel de inmediato. Shannon, desesperado, se arranca la cruz del cuello y se arroja al mar con la intención de suicidarse. Maxine lo impide lanzando a sus dos empleados tras él y atándolo a una hamaca para evitar que vuelva a intentarlo. Con su paciencia y su té de adormideras, Hannah logra calmar a Shannon, pero entonces, el abuelo Nonno muere y Maxine, convencida de que Shannon prefiere a Hannah, les propone quedarse en el local para regentarlo juntos mientras ella viaja por el mundo. Sin embargo, Hannah tiene sus propios planes.
 

       A principios de la década de los sesenta, John Huston decide viajar a Méjico para rodar en Puerto Vallarta la que sería una de sus películas psicológicamente más complejas, la adaptación de un texto de Tennessee Williams sobre la eterna lucha interior, entre lo carnal y lo espiritual, que mantiene cualquier ser humano que aspira a la virtud. Nuestros deseos nos dominan, inconsciente o conscientemente, convirtiéndose en demonios que nos atormentan y de los que sólo podemos liberarnos reconociéndolos y aceptándolos como parte de nosotros mismos. Sin embargo, los ocultamos, por miedo al rechazo de los demás.



       La noche de la iguana, metáfora cinematográfica de la llamada “noche oscura del alma”: período de confusión, tristeza, miedo, angustia y soledad necesario para renacer a nuestro verdadero yo y acercarnos a Dios, nos invita al autoconocimiento como forma de alcanzar la paz interior. El protagonista del film se debate entre su amor a la vida eclesiástica y su desprecio hacia la hipocresía, la intolerancia y el puritanismo de la Iglesia ante cualquier expresión emocional o carnal que se aparte de la moral establecida. Shannon se aferra a su identidad como sacerdote, heredada de sus antepasados, pero su amor por la verdad, por la compasión y por la libertad le impiden adaptarse a una institución donde todo es apariencia, fingimiento y represión.

       «Shannon: El plano fantástico y el plano real son los dos sobre los cuales vivimos. Pero ¿cuál es en verdad el real?
       Hannah: Yo diría que los dos, Sr. Shannon.
       Shannon: Pero cuando uno… Cuando uno vive en el plano fantástico, como he vivido yo, y tarde o temprano tiene que operar en el plano real, uno se siente aterrado. Y yo lo estoy, Srta. Jelkes.»

       Richard Burton encarna a este histriónico pastor del Evangelio, descendiente de un clérigo y nieto de dos obispos, con un patetismo que nos conmueve al mismo tiempo que nos incomoda. Esa acertada mezcla de cansancio y nerviosismo convierte a Shannon en un personaje histérico y grandilocuente, que parece disfrutar exhibiendo ante los demás su propio dolor. Este aspecto algo masoquista del personaje, que le lleva incluso a castigar su cuerpo para aliviar su sufrimiento psicológico, parece un intento desesperado de Shannon por alcanzar la compasión y el perdón de los demás. Sin embargo, Richard Burton, con su interpretación de este sacerdote atormentado, no busca despertar en el público ni la compasión ni la simpatía hacia su personaje sino poner de manifiesto sus debilidades como ser humano, y lo hace tan bien, que sus penosas salidas de tono —el agresivo sermón, las borracheras, el secuestro del autocar, la micción sobre la maleta de Fellowes o el intento de suicidio— nos resultan tremendamente desagradables por su agresiva afectación.


       «Maxine: Muchacho, tienes todos los diablos en el cuerpo. Nunca te había visto así.
       Shannon: ¡Desátame!
       Maxine: Tienes que seguir aquí. ¡Estate quieto! Tú sabes, y yo lo sé también, que la mitad de lo que haces es pura comedia. Lo malo es que los tiburones no lo saben.»

       Burton nos manifiesta con sus maneras arrogantes que Shannon no se muestra arrepentido de sus pecados, ni ante la iglesia ni ante la sociedad, sino desafiante, porque sabe que todos los que le juzgan son también unos pecadores. Por otra parte, la vulnerabilidad de Shannon al ser tentado por la irresistible Charlotte es expresada por el actor con una angustia tan temblorosa, que parecen intercambiarse los papeles, pasando a ser Shannon la víctima inocente, es decir, el menor, y Charlotte la seductora sin escrúpulos. Siendo evidente para el espectador actual que, pese a todo, no es así. Shannon está a punto de caer en la tentación, porque es corruptible y porque la castidad le desquicia.


       «Hannah: Hay cosas peores que la castidad, Sr. Shannon.
       Shannon: Sí, la locura y la muerte.»

       De hecho, en el diálogo se puede apreciar cierto machismo, propio de la época, que frivoliza la falta de autocontrol del sacerdote culpabilizando a la niña.

       «Shannon: Maxine, defiéndeme de ella. No sólo se ha propuesto que me despidan sino que además va a denunciarme por estupro, ni más ni menos que por estupro.
       Maxine: Oye, ¿y qué es estupro? Nunca he sabido qué es eso.
       Shannon: Pues es cuando una menor seduce a un hombre. (Maxine se ríe) No es para reírse, Maxine.»

       Maxine sabe que Shannon no está hecho para el sacerdocio, que es demasiado espontáneo y apasionado para ponerse la máscara que debe llevar ante la sociedad cualquier hombre de la Iglesia.

       «Maxine: ¿Cuándo dejarás de engañarte a ti mismo? Tú no estás pensando en volver a la Iglesia. Si no, no te asustaría perder ese insignificante empleo. Además, la gente no va a la Iglesia para oír sermones ateos.
       Shannon: ¡Maldito sea el demonio! No he pronunciado un sermón ateo en toda mi vida.
       Maxine: Está bien, hombre, está bien.»


       Para Huston, son las cualidades de Maxine, su brutal sinceridad, su carnalidad y 
su gran corazón, las que consiguen salvar a Shannon de sí mismo, de su empeño en seguir los pasos de sus antepasados en un mundo que no es para él. Maxine posee una honestidad emocional que hace temblar a todos los que la rodean, dice lo que piensa y expresa lo que siente, no se engaña a sí misma ni engaña a los demás. Es fuerte, leal y de una generosidad inesperada. Cuando cree que Shannon ha encontrado en Hannah a la mujer que puede calmarle y hacerle feliz, se dispone a facilitarles la unión, a pesar de estar enamorada de él. El fogoso temperamento de Maxine trasciende la pantalla a través de la apasionada interpretación de Ava Gardner, su voluptuosidad, su salvaje carcajada, su mirada franca y su emotividad contenida hacen que el personaje sea como un río de aguas cristalinas, repleto de cascadas y remansos, un río orgulloso que siempre desemboca en el mar, «la cuna de la vida» según Nonno. La actriz inunda de vitalidad la pantalla hasta el punto de que siempre que aparece en un plano capta nuestra atención aunque permanezca en silencio. Ava consigue transformarse en la misma vida gritándole a Shannon que se sacuda el polvo de la Iglesia y comience a ser lo que es. La actriz ganaría, por su interpretación de Maxine Faulk, la Concha de Plata a la Mejor Actriz en el Festival de San Sebastián.


       Si Maxine representa la vida en todo su esplendor, Hannah representa la espiritualidad casi convertida en iluminación y bondad, una mujer, que ha hecho frente a sus propios demonios y los ha vencido, y por eso es capaz de ahuyentar los de Shannon. Una maestra absoluta en el control de sus emociones, capaz de mantener la dignidad incluso ante la escasez económica, una persona firme que posee la habilidad de expresarse sin hostilidad ni agresividad. Sólo la vemos tambalearse ante la muerte de su abuelo. Deborah Kerr la interpreta como a la misma reencarnación del príncipe Siddhartha hecho mujer, con una media sonrisa de paz interior y calma absoluta.

       «Hannah: Ha sido usted cruel, infantilmente cruel. No puedo aprobar que una persona a la cual respeto se conduzca con la crueldad de un chiquillo.
       Shannon: ¿Qué puede respetar en mí un hierático buda femenino como usted?
       Hannah: Yo respeto a cualquiera que haya tenido que luchar y clamar por su dignidad.»

       Aunque Shannon la acuse de hierática, la actriz transmite todo el océano de emociones que se agita en el alma de su personaje a través de su mirada y de su voz, cargadas de paciencia y firmeza. Una firmeza ante la que la misma Maxine tiene que claudicar. Shannon la llama «poema», en el sentido de que Hannah es una sublimación de las cualidades de la mujer que se le atribuyen a la Virgen María. Es una mujer tan espiritual que está por encima de la prosaica existencia del resto de los mortales. Sin embargo, a pesar de su virginidad, Hannah entiende la necesidad de todo ser humano de establecer contacto con los demás para aliviar el miedo y la soledad que atenazan su corazón, a fin de poder vencer sus demonios.


       «Shannon: ¿Y qué hizo? ¿Qué hizo para abatir a ese diablo azul?
       Hannah: Demostrarle que podía resistirle y hacerle respetar mi resistencia.
       Shannon: ¿Cómo?
       Hannah: Sencillamente resistiendo. La resistencia es algo que todos los diablos azules respetan y también respetan todos los trucos que las personas empavorecidas utilizan para ahuyentar su pánico.
       Shannon: ¿Como hacer respiraciones profundas?
       Hannah: O tomar mucho ron. Y hasta… Hasta nativos. Cualquier cosa, todo lo que hacemos para lograr ahuyentarlos y poder así seguir caminando.»

       La virginidad de Hannah contrasta con la sexualidad desbordante de Maxine y ambas mujeres representan los dos extremos de la lucha interna que mantiene el protagonista entre lo carnal y lo espiritual. Extremos en los que también se pueden situar las otras dos mujeres de la película, Charlotte y la Srta. Fellowes. Charlotte es la tentación, un irresistible y caprichoso demonio rubio que, impaciente por descubrir el amor e incapaz de distinguirlo de sus impulsos sexuales, se ofrece carnalmente a Shannon —y después a Han —, presa de una loca fantasía de romanticismo mal entendido. La perdición se esconde en los besos de esta atolondrada adolescente que juega a ser mujer. Sue Lyon, la aclamada Lolita (1962) de Kubrick, vuelve a encarnar en La noche de la iguana a una niña precoz que arrastra a la ruina a un hombre maduro. En este film, la actriz destaca por su capacidad para mostrar la inmadurez emocional de su personaje, a través de sus rabietas o de sus inconvenientes arranques, como la escena en la que Charlotte no parece darse cuenta de que está jugando con fuego al mostrarse sexualmente desinhibida, bebiendo y bailando, ante los indígenas de un bar del pueblo.

       «Tabernero: (Parando la música) Que se vaya le digo. Y llévese sus dólares, no me hacen falta. No quiero sus dólares ni quiero que baile con mi música.
       Charlotte: ¡Más música!
       Tabernero: ¡Se acabó! No quiero que nuestros hijos crean que todas las chicas son como usted.»



       El egoísmo y el infantilismo de Charlotte contrastan con la generosidad y la espléndida madurez de Maxine, de tal modo, que aunque ambas representen la carnalidad, una lo hace desde la inconsciencia y la devastación y la otra, desde el amor y la liberación.

       Por su parte, la Srta. Fellowes, físicamente tan virginal como Hannah, representa la represión, la intolerancia, la crueldad e incluso la agresividad. La virginidad que convierte a Hannah en una señora, convierte a Fellowes en una histérica. Y en esto, coincide con Shannon, al que también la castidad desquicia hasta convertirlo en un perturbado. Mientras Hannah lleva su castidad con absoluta serenidad y sin engañarse a sí misma, Fellowes reprime sus impulsos sexuales hacia Charlotte desestabilizándose y odiando a cualquier hombre que se acerque a la niña. La actriz Grayson Hall realizó una composición perfecta de este personaje monstruoso que representa en sí mismo toda la falsedad y la falta de compasión propias de la Iglesia. Incluso físicamente resultaba inquietante, una verdadera iguana. Su rostro anguloso, sudoroso y despeinado causa verdadera zozobra mientras en sus ojos asoma un atisbo de locura y de implacable intransigencia, sobre todo en las escenas en que cree perder el control sobre su pupila. La escena en que Fellowes se pone histérica llamando a gritos a la niña, que está bañándose con Shannon en el mar, y termina sollozando de rabia e impotencia, es de una maestría interpretativa sobrecogedora. Grayson fue nominada al Oscar y al Bafta a la mejor actriz de reparto, premios que, sin duda, mereció ganar.


       Shannon se debate entre estas cuatro mujeres que, cada una a su manera, lo atormentan y alteran. En el lado positivo de este ring, se encuentran Hannah y Maxine, que tratan de ayudarlo y protegerlo de las harpías, Charlotte y Fellowes, que tratan de destruirlo y constituyen una amenaza para su equilibrio mental.


       Y, en medio de toda esta batalla, el abuelo Nonno, un poeta nonagenario lucha con su propia decrepitud para poder terminar su último poema antes de morir. Un poema que termina con una plegaria que resume las necesidades de todos los protagonistas del film —y probablemente las de todos los seres humanos—: «Encontrar una morada para sus pobres corazones estremecidos». Nonno pasa los últimos instantes de su vida oscilando entre la vigilia y el sueño, concentrado únicamente en sus versos, ajeno a todo el torbellino de emociones que se desata a su alrededor. Es el único que está en paz con la vida y con Dios, al que dedica sus últimos pensamientos, lleno de gratitud. Nonno supone una luz de esperanza para todos los que se hallan perdidos, él ha logrado llegar al final del camino en absoluta armonía con el universo. La mirada hipnotizada del actor Cyrill Delevanti, cuando Nonno recita sus versos, nos transporta al interior del alma serena de este poeta errabundo que, consciente de que ha llegado al final del camino, contempla sin temor su próximo destino. El actor fue nominado por su composición al Globo de oro al mejor actor de reparto.

       La química entre Cyrill y Deborah Kerr resultó conmovedora, e hicieron de esta nieta y abuelo una «pareja de chiflados» absolutamente entrañable. Ellos juntos constituyen un remanso de paz, unos seres puros, dentro de las tensiones desatadas que han invadido el hotel Mismaloya, fuera de temporada.

       «Nonno: ¡Por fin terminado!
       Hannah: Sí, por fin terminado.
       Nonno: ¿Y es bueno?
       Hannah: Maravilloso, abuelo. Ay, abuelo, qué alegría me has dado. Gracias por haber escrito tan hermoso poema. Valió la pena esperar tanto.»


       Basado en la obra teatral homónima de Tennessee Williams, el guión escrito por Anthony Veiller, en colaboración con John Huston, fue nominado, por el Sindicato de Guionistas de América, al Mejor guión en la categoría de Drama. La adaptación de Veiller, de una profundidad psicológica inusual en el cine, se adentra en la psique de los personajes para explorar la parte más oscura y monstruosa de cada uno de ellos, representada en el film por la iguana, animal de apariencia horrenda, casi irreal, que los nativos persiguen, capturan y devoran. Lo mismo que la sociedad acorrala y persigue a todos aquellos individuos cuyo lado oscuro queda al descubierto. Lo imperdonable para la Iglesia, y para la sociedad en general, es que permitamos que nuestros demonios se muestren ante los demás, porque entonces ya no podemos seguir fingiendo que no existen. Shannon demuestra cierto grado de ingenuidad o de inocencia al tratar, mediante su sermón inicial, que su congregación comprenda su debilidad y la perdone. Por ello, al verse rechazado, se siente asqueado ante la hipocresía de todos aquellos pecadores que se niegan a aceptar al ser humano tal como es y los desafía a tirar la primera piedra.

       «Shannon: ¡Os desafío! ¡Shannon os desafía! ¡Coged vuestras hachas de guerra y vuestros cuchillos de desollar y arrancadme con esos cuchillos el cuero cabelludo!»


       T. Williams siempre supo retratar el alma humana sin tapujos y Huston nunca se arredró a la hora de plasmar en la pantalla la esencia de cualquier obra literaria, mostrando de la forma más honesta posible las luces y sombras de los personajes de dichas obras. Veiller y Huston crearon para el guión una primera parte, a modo de obertura, en la que nos mostraba a Shannon, antes de llegar al hotel Mismaloya, desentonando en el púlpito de su parroquia y desentonando también como guía turístico de un montón de viejas ñoñas y puritanas. En esa primera parte, Shannon parece incómodo, fuera de lugar y se refugia en el sarcasmo y en el alcohol para superar ese sentimiento de inadaptación que le genera tanto malestar. Esta primera parte resulta de vital importancia para comprender al protagonista, porque en cuanto llega al hotel, Shannon deja de desentonar. Son las viajeras puritanas las que desentonan allí y —salvo la Srta. Peebles (Mary Boylan)— todas se encuentran incómodas y tensas. Por el contrario, Shannon se siente integrado, junto a Maxine y a Hannah, su parte carnal y su parte espiritual están en armonía, se siente a gusto y puede ser él mismo. Y, curiosamente, es allí donde por primera vez es capaz de mantenerse firme ante los intentos de seducción de Charlotte rechazándola de forma tajante.


       El guión introduce algunos cambios con respecto a la obra teatral, algunos apoyados por el mismo Tennessee Williams (como la escena en que Shannon camina sobre vidrios rotos) y otros a los que se opuso inútilmente, como un final positivo para Shannon. Huston tenía su propia opinión sobre la historia y quiso salvar a Shannon mostrando su lado más humano, como el momento en que protege a Fellowes de la crueldad de Maxine.

       «Maxine: ¿Por qué me has hecho callar? Era el momento de cantárselo claro.
       Shannon: Es persona de elevada moralidad y si alguna vez descubriera su propia verdad, eso la destrozaría.
       Maxine. Pues ella ha hecho un bonito trabajo destrozándote a ti.
       Shannon: Maxine, no le restes valor a mis propios y cortos merecimientos.»

       Pero al margen de sus desacuerdos con Williams, Huston supo reflejar el tono crispado del relato y la conexión de las pasiones ocultas de sus personajes con el ambiente primitivo y salvaje en que se desenvuelve la acción. Huston era considerado como un director al que le gustaba reflexionar sobre el fracaso, de hecho, los protagonistas de sus films solían ser perdedores, soñadores e inadaptados en general, pero siempre defendía la humanidad de este tipo de personas resaltando sus aspectos positivos.

       «Maxine: Soy hábil en captar vibraciones y las ha habido entre ustedes. Vibraciones mutuas desde el momento en que llegó usted. Y eso, créame, eso basta para sacarme de mis casillas. Y no pregunte por qué. Mírelo: Hundido, desquiciado, casi despedido.
       Hannah: Todo eso es únicamente su circunstancia, Sra. Folk, no el hombre en sí.»


       El guión, abundante en metáforas, logra proporcionar al film un cierto halo de lirismo: El agua, cuna de la vida, se convierte en símbolo de la sexualidad. Shannon se baña con Charlotte en una escena en la que la niña trata de seducirlo mientras la Srta. Fellowes, histérica desde la orilla, huye asustada de las olas que mojan sus pies y su falda. El contacto con el mar la hace perder el control de sí misma, ni siquiera cuando sorprende a Charlotte en la habitación de Shannon parece tan desquiciada como en ese instante. También los encuentros sexuales de Maxine con los dos muchachos nativos tienen lugar por la noche entre las olas. Incluso, al final, Maxine propone a Shannon ir a bañarse juntos.
       Por otra parte, la liberación de la ya mencionada iguana –metáfora del lado monstruoso del ser humano— simboliza, no sólo la propia liberación de Shannon, sino también la recomendación de respetar a cualquier ser humano por terrible que nos parezca.
       Y, por último, la tormenta y la lluvia como símbolos de la condenación divina a los pecados del hombre: Cuando Shannon hace huir a su congregación del templo, cae una lluvia abundante sobre los pecadores que han condenado al pecador Shannon; pero la lluvia también posee una simbología de purificación, de renovación. La noche en que Shannon hace frente a sus demonios llueve. Y también esa noche, Maxine, que ha bajado a la playa con los dos muchachos, se siente incapaz de mantener relaciones sexuales con ellos y huye bajo la tormenta, redimiéndose de su lujuria.

       Huston decidió recrear el film en blanco y negro para que la luminosidad del entorno mexicano no distrajera la atención de la historia, y, aunque luego dijo haberse equivocado en no fotografiar la belleza y el colorido del lugar, en mi opinión su elección fue un gran acierto. La noche oscura del alma, aquélla en la que hacemos frente a nuestros peores demonios, es mucho más oscura si se la representa en blanco y negro, y mucho más poética también. La luminosidad de Puerto Vallarta se aprecia perfectamente en blanco y negro, pero la oscuridad de nuestro yo interior no quedaría representada con la misma profundidad e indulgencia si se hubiera mostrado en color. La expresionista fotografía, llena de claroscuros, por la que Gabriel Figueroa fue nominado al Oscar a la Mejor fotografía en blanco y negro, retrata de forma sumamente evocadora las luces y las sombras del alma humana, gracias al experto manejo de la luz que poseía el fotógrafo. El misterioso influjo de la fotografía de Figueroa sobre la historia quedó potenciado además con la música llena de contrastes de Benjamin Frankel, que logró una composición en la que la compasión y la perversión, la desesperación y la calma, la alegría y la tristeza se suceden y acompañan a los personajes en sus diferentes estados de ánimo.


       Huston ya había dirigido más de veinte películas cuando dirigió La noche de la iguana, el oficio de director ya no tenía secretos para él, como lo demuestran el eficiente uso que hizo de la cámara: Planos llenos de picados y contrapicados para implicar tensión emocional, conflicto y crispación; primeros planos de rostros sudorosos o angustiados que elevan sus ojos al cielo buscando a Dios; gran angular para escenas de grupo con la intención de mostrar mucho más amenazadores y retorcidos los rostros intransigentes de los feligreses y de las puritanas profesoras que juzgan a Shannon; primeros planos de la iguana durante la noche tratando de soltarse de la cuerda, con sus ojos fijos en el espectador, despertando su inquietud, como si lo peor de nosotros mismos estuviese desafiándonos a hacerle frente.


       Asimismo, gracias a su experiencia a la hora de narrar una historia en imágenes, Huston no tuvo ningún problema para liberar al relato de su origen teatral. Siendo así que el aspecto más teatral de la película lo constituye la caracterización de los dos muchachos nativos que trabajan en el hotel y que satisfacen las necesidades fisiológicas de Maxine, que siempre aparecen en pantalla bailando al son de sus maracas. Por lo demás, Huston supo aportar dinamismo a la acción mediante los exteriores en la playa, en la carretera, los planos del cielo, el seguimiento que hace la cámara de los personajes moviéndose por el hotel y subiendo o bajando la cuesta que conduce hasta el Mismaloya. Hotel que Huston sitúa a cierta altura para simbolizar que se encuentra en un plano superior, como si se tratase de un templo. Pero para llegar al paraíso, hay que pasar primero por el infierno. Para Huston nadie alcanza la verdadera madurez hasta que consigue reírse de sí mismo. Y para reírnos de nosotros mismos tenemos que conocer nuestro lado oscuro, aunque sea difícil de aceptar. Por ello, vemos a los personajes subir la cuesta con dificultad, cargados con sus respectivos demonios, y bajar de allí ligeros, una vez que se han liberado de ellos.

       «Maxine: No hace demasiado calor aún. ¿Por qué no bajamos a la playa?
       Shannon: Yo puedo bajar la cuesta, pero no sé si podré volver a subir.
       Maxine: Ah, con mi ayuda te haré volver, siempre te he hecho volver.»

       Huston tampoco tuvo ningún problema a la hora de lidiar con un reparto de actores y actrices en pleno estrellato, su modo de dirigirlos consistía en dejar que fueran ellos mismos los que descubrieran a sus personajes. Él daba indicaciones pero dejándoles explorar su propia creatividad. Y para que dieran lo mejor de sí, los aislaba en lugares exóticos y solitarios donde podían sentirse ellos mismos. Puerto Vallarta se convertiría en destino turístico sólo después del estreno del film.

       En definitiva, Huston logró orquestar todos los elementos que conforman una producción cinematográfica para conseguir una obra maestra de una de las mejores obras de Tennessee Williams. Una obra que refleja la necesidad de todo ser humano de vivir en contacto con los demás.

       «Maxine: ¿Por qué siempre las deseas jovencitas?
       Shannon: No quiero a ninguna. A ninguna, ni joven ni vieja.
       Maxine: Entonces, ¿por qué las tomas?
       Shannon: Porque todas las personas necesitan el contacto humano.»

       La incomunicación reinante en la sociedad nos convierte en seres atormentados, pero en La noche de la iguana se produce el milagro de que dos desconocidos conecten y se comprendan, y juntos sean capaces de hacer frente a sus respectivos miedos. El film nos recuerda que pase lo que pase, siempre nos tenemos los unos a los otros para salir de la oscuridad.


       «Hannah: En realidad, yo he descubierto algo en que se puede creer.
       Shannon: ¿En qué?
       Hannah: En que se rompan las barreras que nos separan a unos de otros. En que nos ayudemos mutuamente en noches como ésta.
       Shannon: ¿Basta una noche?
       Hannah: Una noche que permita el contacto, la intimidad entre las personas, fuera de sus celdas aherrojadas.»