EL EXTRAÑO (1946) de Orson Welles
El extraño, tercera película de Orson Welles, pone de manifiesto la manera en la que el mal, como parte intrínseca del ser humano, puede infiltrarse en nuestro círculo más íntimo bajo una falsa apariencia y, una vez dentro, manipularnos, utilizarnos e intoxicar nuestro pensamiento con ideas nocivas. En ese sentido, ningún individuo, ninguna comunidad y ninguna nación están a salvo de las fuerzas del mal, encarnadas para Welles, en el fascismo.
El Sr. Wilson (Edward G. Robinson), miembro de la Comisión de Crímenes de Guerra de los Aliados, deja en libertad al nazi Konrad Meinike (Konstantin Shayne) con la esperanza de que les conduzca hasta su jefe Franz Kindler (Orson Welles), ideólogo del genocidio judío, desaparecido después de la guerra. Wilson sigue a Meinike hasta la ciudad de Harper, pero éste le descubre y le golpea en la cabeza dándolo por muerto. Después, se dirige a casa del profesor Charles Rankin, identidad bajo la que se esconde Franz Kindler. Allí conoce a Mary Longstreet (Loretta Young), hija del juez Longstreet (Philip Merivale), con la que Franz piensa casarse esa misma tarde. Mary le indica donde puede encontrar a Charles y Mainike le sale al encuentro. Al verlo, Franz le cita en el bosque para evitar que les vean juntos. Una vez allí, consciente de que sus perseguidores se han servido de Mainike para localizarle, Franz lo estrangula y lo entierra en el bosque. Luego, se casa con Mary. Recuperado del golpe y habiendo perdido a Mainike, Wilson investiga a los forasteros llegados a Harper en el último año. Entre ellos, encuentra a Charles Rankin, que comparte con Franz Kindler la afición por los relojes. Wilson consigue introducirse en casa del juez Longstreet y entra en contacto con Rankin y su esposa. Al saber que Wilson es el hombre que Mainike golpeó, Charles trata de mostrarse contrario a los alemanes y a Hitler en su presencia, pero se delata con un inconsciente comentario antisemita. Wilson consigue un aliado desvelando al hermano de Mary, Noah (Richard Long), que su cuñado podría ser un criminal nazi y que su hermana es la única que puede testificar que Mainike fue a Harper a encontrarse con él. Pero Charles convence a Mary de que Mainike le estaba chantajeando por un error de juventud y ella decide encubrirle. Incluso cuando encuentran el cadáver de Mainike y Charles le confiesa haberlo matado para evitar que chantajeara también a su padre, Mary se mantiene leal a su esposo. Ni siquiera Wilson y su padre logran convencerla de que Charles es un criminal nazi y que debe identificarlo. Wilson previene a la familia Longstreet del peligro de muerte en el que se encuentra Mary. Y, en efecto, en cuanto Mary sufre una crisis nerviosa, Rankin decide eliminarla. Para ello, le tiende una trampa para hacerla caer de la torre de la iglesia. Pero Sara, criada de Mary (Martha Wentworth), impide que ésta acuda a la iglesia y Mary envía a Noah en su lugar. Noah acude con Wilson y descubren la trampa de Charles. Éste, al ver a Mary con vida, cree que Noah ha muerto en su lugar y, enfurecido, le confiesa que es Franz Kindler y la responsabiliza de la muerte de su hermano. Mary, horrorizada, le pide que la mate a ella también; pero Wilson y Noah llegan a tiempo y Kindler huye. Esa noche, mientras las autoridades buscan a Kindler, Mary va a la torre de la iglesia, dispuesta a matar a su marido.
Tras la segunda guerra mundial, Orson Welles, al igual que otros muchos intelectuales, políticos y ciudadanos americanos, estaba convencido de que el nazismo, lejos de ser derrotado, seguía trabajando en la sombra para acabar con la democracia mundial. Comprometido activamente con la causa antifascista, Welles realizó una serie de programas de radio y escribió numerosos artículos en el New York Post alertando a la población del peligro que suponía la ideología fascista para la paz internacional. Por esa razón, la historia de El extraño, un nazi infiltrado en una pequeña ciudad americana bajo la apariencia de un profesor de Historia, interesó a Welles, como metáfora de la amenaza del avance del fascismo en el mundo.
Basado en una historia original de Víctor Trivas, que él mismo adaptó para la pantalla junto a Decla Dunning, el guión fue desarrollado finalmente por Anthony Veiller, John Huston (sin acreditar) y el mismo Welles, aunque fueron los productores los que decidieron la versión definitiva del mismo. Versión que no satisfizo a Welles, pero que se vio obligado a aceptar.
Producida por la International Pictures, la producción fue realizada por Sam Spiegel, que aparece en los títulos de crédito como S. P. Eagle, quien en principio solo ofreció a Welles interpretar al protagonista, pero éste logró convencerle de que le diera también la dirección. En ese momento, pese a que Welles ya había dirigido dos películas grandiosas, Ciudadano Kane (1941) y El cuarto mandamiento (1942), Hollywood le consideraba un director maldito, en parte debido a sus escritos políticos y en parte por su carácter controvertido, pero aún así Spiegel le dejó dirigir a cambio de comprometerse a finalizar en un plazo determinado y sin salirse del presupuesto establecido. Welles aceptó las condiciones, porque pasaba por un momento difícil de su carrera, sobreviviendo gracias a la radio y al teatro, y quería volver a dirigir. Sin embargo, no tuvo la libertad creativa que él esperaba, por lo que El extraño ha sido siempre la película menos personal del director, considerada por algunos como la obra frustrada de un genio. Welles sufrió la intromisión de los productores no solo en el guión sino también en el montaje final, lo cual impidió que el film reflejara el verdadero estilo del director convirtiéndose en su película más convencional y, por otra parte, la de mayor éxito comercial. Para Welles la película: «No es buena ni mala. No puede decirse que sea una obra mía en el sentido que lo son las otras. Sólo la hice para demostrar que podía trabajar como un director comercial».
Pese a las limitaciones impuestas por el estudio y pese a que algunas peticiones de Welles fueron desatendidas por Spiegel, el director sí que gozó de cierta libertad en el rodaje, de ahí que El extraño contenga momentos de verdadera genialidad Wellesiana. La película posee un ritmo perfecto, una altura narrativa incomparable, un dominio absoluto del lenguaje cinematográfico, un suspense notable, unos personajes de gran complejidad moral y psicológica, unas imágenes de considerable belleza estética y por si todo esto fuera poco, Welles hizo gala de un excelente control de la cámara moviéndola con agilidad y desplazándola con precisión. Prueba de ello es el bonito plano secuencia del encuentro de Mainike y Kindler en el bosque, que culmina con el estrangulamiento. Asimismo, el barroquismo visual de las escenas filmadas en la torre del reloj, el impresionante juego pos expresionista de luces y sombras, el uso de planos extraños o contrapicados que magnifican el poder maligno de los nazis véase la inquietante escena de Mainike con el fotógrafo— o la abundancia de símbolos que representan la constante lucha del bien y del mal a lo largo de todo el metraje sirven a Welles para escenificar el tema central de la película, la inquietante presencia del mal en el mundo. La magnífica fotografía en blanco y negro de Russell Metty permitió a Welles mostrar la dualidad entre el bien y el mal a través de los distintos personajes, acentuando, por una parte, la oscuridad del personaje de Kindler, siempre en sombras, frente a la pureza e inocencia de Mary, siempre luminosa e incluso resplandeciente en algunas ocasiones y, por otra parte, resaltando la transparencia de la personalidad de Wilson, iluminándolo de una forma natural, cotidiana y casi anodina —como al resto de los habitantes del pueblo—, frente a los impenetrables temperamentos de Kindler o de Mainike, fotografiados a contraluz o en semioscuridad para reflejar su falsedad.
«Wilson: ¡Son los ciudadanos de Harper! ¡Vienen por usted! Son gente corriente a la que usted siempre ha despreciado, Herr Franz Kindler. Pero ya no podrá burlarse más de ellos.»
Welles puso especial cuidado en señalar la gran distancia emocional y psicológica que existía entre Kindler y los habitantes de Harper: Mientras éstos se mueven a la luz del día y llevan existencias pacíficas, amigables y sencillas, Kindler lo hace en la noche y su existencia es combativa, reservada y compleja. El clima opresivo y enrarecido, propio del cine negro, cae sobre la ciudad de Harper de forma amenazadora a través de la transformación sufrida por Kindler, tras la llegada de Mainike al pueblo. Kindler deja de ser un profesor de historia, venido de fuera, para convertirse en una figura oscura y tenebrosa que se vuelve cada vez más peligrosa a medida que Wilson lo va acorralando. Welles supo recrear esta contaminación llegada a Harper con una atmósfera de peligro que pretendía concienciar al pueblo americano del riesgo de los tentáculos del fascismo en la sociedad de la época. El hecho de que Kindler sea profesor de los jóvenes de Harper pone de manifiesto el poder de adoctrinamiento de esta ideología totalitarista, capaz de envenenar los ideales juveniles de todo un país.
«Kindler: Y a ver si adivinas qué voy a hacer esta tarde a las seis. Estaré delante de un sacerdote, al lado de la hija de un juez de la Corte Suprema de los Estados Unidos, un famoso liberal. Y la chica es hasta bonita. Sí, el camuflaje es perfecto. ¿Quién puede imaginarse que Franz Kindler se encuentra actualmente en la Escuela Superior de Harper dando clases a los hijos de notables familias americanas? Y me quedaré aquí hasta el día que volvamos a resurgir.»
Este elemento subversivo, el líder nazi instruyendo a los hijos de los americanos, sirvió a Welles para sembrar en el espectador la inquietante posibilidad de que el enemigo pudiera introducirse entre ellos, bajo una máscara social políticamente correcta, y contaminarlos de forma subrepticia. La película muestra a Kindler, en su rol de profesor de historia, impartiendo una clase sobre Federico el Grande, rey de Prusia admirado por Hitler y usado por la propaganda nazi como modelo de disciplina y expansionismo militar. De ese modo, el director lograba despertar en el espectador la conciencia de que era responsabilidad de todos velar para que un nuevo holocausto no volviera a producirse.
La vida en la apacible ciudad de Harper fue escenificada por Welles hasta el más mínimo detalle como un lugar tan idílico, en su sencillez e inocencia, que, por contraste, acentuaba aún más la existencia artificiosa y maquiavélica del nazi evadido. Welles se esforzó en familiarizar al espectador con los habitantes de Harper, con su bosque, su tienda-bar regentada por el Sr. Potter, su escuela con su gimnasio y su iglesia con la torre del reloj, para conectarlo a nivel emocional con la amenaza del nazi infiltrado en el pueblo. Por otra parte, la torre del reloj —con un ángel y un demonio (lo bueno y lo malo) y con una interminable escalera vertical como único medio de acceso al campanario— constituye en sí misma una fuente de suspense inagotable a la hora de enfatizar el dramatismo de la intriga, además de ser el lugar en el que el nazi evadido puede dejar de fingir y evadirse de su situación de infiltrado para dar rienda suelta a su afición por los relojes. Esta obsesión por reparar el reloj del pueblo revela, a nivel psicológico, la ansiedad de Kindler por salir del estancamiento vital en el que se encuentra y volver a ponerse a funcionar al mando de la «causa».
«Charles: Oh, cariño, estoy terriblemente nervioso. Creo que trabajaré con el reloj esta noche. Solo. Yo solo. Eso me calmará. Lo comprendes, ¿verdad?
Mary: Claro que lo comprendo.
Charles: ¿Quieres que te acompañe a casa?
Mary: No, cariño, no es necesario.
Charles: Es muy tarde…
Mary: No importa. En Harper no hay nada que temer.»
Lo único temible en Harper es Franz Kindler, oculto bajo la identidad de Charles Rankin, un villano perverso y camaleónico de esos que Orson Welles interpretaba a la perfección. Como Rankin, vemos a un Welles reservado, evasivo, poco dado a intervenir en conversaciones o a intimar con la gente, que hasta con su mujer se muestra algo distante, considerando que se trata de un marido recién casado; como Kindler, Welles se transforma en un hombre seguro de sí mismo, cínico, narcisista, colérico cuando los planes le salen mal, patético al verse acorralado y asustado en su muerte. Welles desarrolla todo un abanico de matices interpretativos, gestos perversos, miradas furtivas, cínicas sonrisas e incluso una vulnerabilidad y una ternura fingidas que resultan estremecedoras por la máscara de calculada humanidad con que las envuelve.
«Charles: Oh, Mary, tenía que haberme ido a un mundo desconocido y perderme yo solo. Pero, te quiero… Y soy débil.
Mary: Cariño, si tú te vas, yo iré contigo. Tú también compartirías mis problemas.»
Tras el visionado de la película, no podemos evitar preguntarnos quién es en realidad el extraño al que hace referencia el título, ¿Mainike o Kindler? Mainike es el extraño forastero que llega a Harper desconcertando a todos por su aspecto, su misterioso comportamiento y su posterior desaparición. Y es el extraño que desencadena con su llegada el desmoronamiento de la falsa identidad de Kindler.
«Potter: Desde el primer momento en que vi a ese forastero no me gustó. Parecía un personaje del siglo XV. Presentí que acabaría mal.»
Sin embargo, Kindler es el extraño que se oculta bajo la apariencia de Charles Rankin, un ciudadano plenamente integrado entre los habitantes del pueblo. Kindler es el extraño con el que Mary se casa sin saberlo, es el extraño que los alumnos respetan y aprecian, el extraño que la familia del juez Longstreet ha aceptado en su seno. Kindler, mimetizado con todos y todo lo que le rodea, forma ya parte del paisaje cotidiano de Harper, es el extraño en la sombra, el extraño que nadie percibe como tal. Por el contrario, Mainike es el extraño a la vista de todos. Incluso para el espectador es un personaje fuera de lo común desde que aparece en pantalla. Para empezar, ¿qué ha llevado a Mainike a ir en busca de Kindler? Cuando contacta con el fotógrafo, miembro del movimiento nazi en la sombra, le exige saber su paradero para transmitirle un mensaje del alto mando; sin embargo, cuando se encuentra con Kindler no parece tener ningún mensaje que darle, solo se muestra arrepentido y le habla de la necesidad de redimirse, de Dios y de milagros —aunque, minutos antes, él mismo haya tratado de eliminar a Wilson—. Mainike es un extraño camarada nazi y un extraño arrepentido. En cierto modo parece estar algo desequilibrado, como si sus remordimientos le hubieran conducido a un fanatismo religioso, que le ha nublado el juicio hasta el punto de confundir con un milagro la trampa que le ha tendido Wilson al dejarle escapar.
«Mainike: Alguien debe llevarte a la salvación. Confiesa tus pecados como hice yo. Proclama tu culpabilidad. Sólo así podrás lograr la salvación.
Kindler: ¿Realmente crees eso, camarada?
Mainike: Necesitarás fuerzas, las fuerzas que sólo pueden venir de Dios. Arrodíllate conmigo, Franz y elevaremos juntos nuestras plegarias para que Él te de fuerzas. (Se arrodillan) He pecado, Señor, Dios todopoderoso. Pero no quiero seguir siendo un pecador. Repite conmigo: Me arrepiento de mis pecados.
Kindler: Me arrepiento de mis pecados.
Mainike: Dios misericordioso, ayúdame en estos momentos…
Kindler: Dios misericordioso… (Coge a Mainike por el cuello y lo estrangula)»
Obcecado con sus ideales nazis, Kindler se burla con cinismo de las palabras de su compañero, pero le sigue la corriente, se arrodilla y reza con él, tan solo con la intención de estrangularlo. Y lo hace en mitad de una oración y mientras sus alumnos juegan cerca de ellos a la caza del zorro, lo que constituye una anticipación, cargada de cierto humor negro, de la caza del nazi a la que Wilson jugará más tarde con él.
«Alumno 1: ¡Hola, profesor Rankin!
Charles: Hola, chicos, ¿a qué estáis jugando?
Alumno 2: A la caza del zorro.
Charles: ¿Y quién es el zorro?
Alumno 1: Yo y voy dejando pistas.
Alumno 2: Podría hacerlo usted, Sr. Rankin y rebajaría un poco de peso.»
El sacrilegio de Kindler en el bosque resulta de lo más chocante después de que le hayamos visto alegrarse de una forma tan sincera al reencontrarse con su viejo camarada. Del mismo modo, hay momentos en los que Kindler da la impresión de estar extrañamente satisfecho con la esposa que ha conseguido como tapadera para convertirse en un respetable ciudadano de Harper: le observamos tratándola con ternura, le oímos decir que es maravillosa y que la quiere y parece tan franco, que no solo Mary sino también nosotros, los espectadores, aún sabiendo que es un impostor, nos preguntamos si realmente la quiere.
Welles sentía cierta atracción por sumergirse en el lado oscuro de los personajes, la maldad siempre ejerció sobre él una gran fascinación, como director y como actor, y llegó a constituir una constante en todas sus películas. En El extraño, da la impresión de que Welles juega con la maldad del personaje de Kindler, como si algunas veces quisiera hacernos creer que no es tan malo como parece y otras veces, quisiera mostrarnos su perversidad de la forma más descarnada posible. Para Welles, el bien y el mal forman una dualidad inseparable dentro del ser humano, por eso Kindler, bajo su falsa identidad, alterna momentos de sincera humanidad, en los que da la impresión de ser tan solo una persona normal que se ha visto arrastrada a cometer atrocidades por su absoluta entrega a una causa política, con momentos de una frialdad que roza la psicopatía, en los que parece un ser carente de sentimientos, capaz de diseñar paso a paso un plan para eliminar a su esposa y de sentarse luego tranquilamente a jugar a las damas con Potter esperando a que ella muera.
Pero, aunque Kindler se sienta inclinado a eliminar a Mary, por ser la única que puede relacionarlo con Mainike, vemos que se resiste a hacerlo hasta que ella se derrumba y se convierte en un riesgo demasiado grande para su seguridad. También vemos que se enoja al saber que podría haber matado al inocente Noah, su joven alumno. Esa es una muerte inútil que él no desea llevar sobre su conciencia.
«Kindler: Cuando has cometido un asesinato, puedes cometer otros, hasta convertirlos en una cadena que te estrangula.»
Estas palabras muestran sin duda alguna un rastro de humanidad en Franz Kindler. ¿Acaso Kindler lamenta ser un criminal? También Mary, al convencerse de que su marido es un nazi evadido, quiere saber si alguna vez la ha amado o si todo ha sido una farsa. Con esa intención se levanta al oír las campanas del reloj y se dirige a la torre para averiguarlo. Y, al comprobar que él la sostiene en el aire sin dejarla caer, cuando hubiera podido matarla, quiere creer que aún hay algo humano en él y que, precisamente, esa humanidad de Kindler fue lo que la enamoró.
«Kindler: ¿Te ha seguido alguien?
Mary: He venido por el atajo, por el cementerio. No me ha visto nadie. Ahora ya no necesito excusas. Temía que no me ayudaras a subir.
Kindler: Dime, ¿qué quieres?
Mary: He venido a matarte.
Kindler (Riéndose): No… No, Mary, eres tú quién va a morir. Esa escalera estaba preparada para ti. Te vas a caer.
Mary: No me importa si tú caes conmigo.
Kindler: Te has vuelto loca.»
Aún así, Mary termina disparando contra su marido, no sólo para librar de él a la humanidad, sino para liberarse ella misma de su presencia en el mundo. Mary sabe que la nulidad matrimonial no bastaría, porque ella le ama y seguiría sintiéndose unida a él. Mary le dispara para liberarse de esa cadena que la estrangula. Charles Rankin debe morir para que Mary Longstreet pueda enterrarle y seguir adelante, sin la sombra de su existencia planeando sobre ella.
Desde el momento en que Mary conoce a Mainike intuye que alterará su vida de forma nefasta, siente que es una sombra oscura que se cierne sobre su felicidad, percibe que algo siniestro, relacionado con Charles, amenaza su felicidad.
«Charles entra al dormitorio y observa a Mary durmiendo. Mary se despierta y se sobresalta al verlo.
Charles: Soy yo, cariño.
Mary: Oh, oh, lo siento. Me ha asustado aquel hombre.
Charles: ¿Qué hombre?
Mary: Aquel que… Ya te lo expliqué, el que vino el día en que nos casamos. Oh, no sé lo que me pasa, jamás había soñado nada parecido. He tenido miedo. (Charles le pasa su cigarrillo, ella le da una calada.) Gracias. Cuando cruzó la calle para ir en tu busca, él seguía andando, pero de pronto su sombra permanecía inmóvil. ¿Qué puede significar eso, Charles? ¡Él seguía andando y su sombra permanecía inmóvil! ¿Puede tener algún sentido?»
El sueño de Mary revela una desconexión entre la imagen pública de ese hombre y su verdadera identidad. Pero en el inconsciente de Mary ese hombre no es Mainike sino el mismo Charles. La mente inconsciente de Mary la avisa a través de su sueño de que su marido no es lo que parece. Ella siente verdadero pavor ante este sueño y, al despertar, ve a Charles observándola en la oscuridad de forma inquietante. Welles había rodado la pesadilla de Mary, pero el productor decidió eliminarla en el montaje final, lo cual es una verdadera lástima, porque el elemento onírico seguro que permitió al director dar rienda suelta a todo su genio creativo. Por otra parte, después de ver la pesadilla, el espectador entendería mejor que Charles observara con recelo a Mary mientras duerme, como si pudiera adivinar la presencia de Mainike en sus sueños.
Para Mary la lealtad a su marido es algo sagrado, romper esa lealtad es algo que la rompe a ella por dentro, quiere proteger a su marido, pero al mismo tiempo desearía ser una niña para correr a los brazos de su padre y huir de semejante infierno. Ella sabe que su inocencia se ha ido para siempre, pero no por haberse casado, sino por haberlo hecho con un criminal. «Ya no soy una niña, soy una mujer casada», repite Mary como un mantra para darse ánimos, pero es un mantra incapaz de ahuyentar la realidad de haber unido su vida a la de un monstruo. Pero Mary es más valiente de lo que ella cree, se queda junto a su marido defendiéndolo de todos, incluso de sí misma, porque siente que es lo que tiene que hacer como mujer casada.
«Mary: ¡Era una trampa, Charles, era una trampa! El Sr. Wilson ha intentado convencerme de que eras un nazi. Pero yo no le he creído. Imagínate, tú un nazi evadido… Se cree muy listo el Sr. Wilson… Quería que le hablara de ese hombre que vino a verte.
Charles: ¿Te ha dicho si sabía quién era yo?
Mary: Un nazi, Franz Kindler. Me ha presionado, pero no le he dicho nada. Ni a papá tampoco. Me he enfrentado a los dos. He hecho exactamente lo que me dijiste y se lo han creído. Pero he venido enseguida para avisarte. No pueden hacerte nada, ¿verdad?
Charles: No, no pueden hacerme nada. Estoy a salvo si tú no hablas.
Mary: No diré nada. Te juro que no diré nada. Aunque me torturen, no diré nada.»
Resulta conmovedora la forma en la que Mary se siente orgullosa de haber permanecido leal a su marido, frente a Wilson y a su padre, y cómo se lo relata a él con la inocencia de una niña que espera una recompensa por haberse portado bien. Aún no se da cuenta de que siendo leal a Charles, está traicionando la lealtad que se debe a sí misma, a sus principios y a su propia integridad.
El mismo Charles parece lamentar haber traicionado el amor de Mary, haber mancillado algo puro e inocente que tenía el privilegio de poseer sin merecerlo.
«Mary: ¿Tú lo mataste?
Charles: Con estas manos, las mismas que te han abrazado a ti. ¿Comprendes ahora por qué debo marcharme?»
Ella, más tarde, parece recordar las palabras de Charles cuando, convencida ya de su maldad, se muestra reacia a que él vuelva a tocarla.
«Mary: ¡Ahora lo veo todo claro, Franz Kindler! ¡Mátame! ¡Mátame! ¡Lo estoy deseando! ¡No podría enfrentarme a la vida sabiendo lo que eres y lo que le has hecho a Noah! ¡Pero cuando me mates, no me pongas las manos encima!»
El espanto de Mary es haber sido acariciada por las manos manchadas de sangre de un impostor que la enamoró con sus mentiras. Cuando Mary le ofrece un atizador a Charles para que la mate, Welles, una vez más, nos deja sin saber si Kindler hubiera sido capaz, o no, de matar a Mary con sus propias manos, ya que la precipitada aparición de Wilson y Noah le obliga a huir. Sólo vemos caer el atizador al suelo, no sabemos si Kindler llega a cogerlo para matar a Mary y no le da tiempo a hacerlo o si es Mary quien lo deja caer, al ver escapar a su marido.
Justamente, lo que hace de esta cinta una película insólita y misteriosa es lo que no se cuenta, aquello que el espectador nunca llega a saber. Todas esas incógnitas acerca de los verdaderos sentimientos, motivaciones o medias verdades de los dos nazis evadidos inundan el film de una atmósfera impenetrable, tan insondable como la misma perversa ideología que hizo tambalearse la paz en el mundo.
Si Wilson hubiese sido interpretado por una mujer —la actriz Agnes Moorehead, como sugirió Welles al productor—, quizás hubiera sido un personaje menos indiferente a la desesperación de Mary y ésta se hubiera sentido menos desamparada. Una mujer, sin duda, se hubiese sentido identificada con el dolor de Mary y se hubiese sentido indignada de que Kindler se hubiera aprovechado de su dulzura, de su lealtad, de sus ingenuos sentimientos y de sus ilusiones de recién casada. Por el contrario, a Wilson solo le preocupa cazar al líder nazi. Para él, Mary sólo es una víctima más, no empatiza con ella más que con el resto de cadáveres que Kindler ha ido dejando a su paso; por ello, no duda en utilizarla como cebo para cazarlo.
«Wilson: No me interesa probar que no es Charles Rankin, sólo me interesa probar que es Franz Kindler.
Juez Longstreet: ¿Y cómo se propone hacerlo?
Wilson: A través de su hija. Si no me equivoco, va a sufrir una crisis nerviosa. Por experiencia sé que es lo más corriente en estos casos. Rankin se dará cuenta y eso es lo que espero.
Juez Longstreet: ¿Qué quiere decir?
Wilson: Pues que no podrá fiarse de una persona al borde de la histeria y tendrá que actuar.»
Al final de la película, Wilson se despide de Mary de una forma harto insensible: «Buenas noches, Mary, que duerma bien.» Mary no dormirá bien, ya sólo tendrá pesadillas. La herida de un amor traicionado no la dejará dormir bien en mucho tiempo. Wilson parece cruel y desagradable en su última frase. ¿Se burla de Mary o es tan indiferente a su dolor que solo es capaz de mostrar su autocomplacencia por haberla librado de Kindler? Hay algo en Wilson que nos resulta turbio, su forma de introducirse en la familia Longstreet con mentiras para investigar a Rankin o la manera en la que siempre logra llevar cualquier conversación a su terreno para hablar de lo que le interesa o ese aire de sabelotodo pagado de sí mismo que resulta insufrible aunque pretenda ser cordial. Sea lo que fuere, el detective Wilson no resulta simpático, al menos no como los detectives Marlowe, Harper, Sam Spade o Sherlock Holmes. Lo mismo que Welles se encarga de que el despreciable y siniestro Franz Kindler nos resulte carismático, atractivo y queramos creer que aún queda algo de humanidad en él, se asegura también de que el sagaz y corajudo Wilson nos resulte fastidioso y queramos pensar que algo malicioso se esconde en su persona.
«Wilson (citando a Emerson de memoria): “Comete un crimen y el mundo se te convierte en cristal, comete un crimen… comete un crimen y parece que una capa de nieve cubra el suelo. Esto revelaría en el bosque las huellas de cada perdiz, ardilla, conejo… No se puede olvidar la palabra hablada, no se puede borrar la pisada, no se puede tirar de la escalera para no dejar nada.”
Invitada: Oh, Sr. Wilson, ¿sabía que es usted el sospechoso número uno en nuestro caso de asesinato?
Wilson: Oh…
Invitada: De momento es el único. El Sr. Potter piensa que usted lo hizo para apoderarse de alguna valiosa antigüedad.
Wilson: ¿Ah, sí?
Invitada: Bueno, yo no quería decir nada, pero, si he de ser sincera, pienso lo mismo.»
Wilson cita el ensayo Compensación de Emerson con la intención de presionar a Kindler para que cometa un error. Y hace bien en tratar de vencer a Kindler con su intelecto, porque está claro que esta especie de detective político no es el típico hombre de acción, es físicamente torpe y entrado en años. Se aprecia ya en la escena del gimnasio cuando se deja sorprender y atacar por Mainike y se ve también cuando se cae al salir corriendo con Noah para auxiliar a Mary o cuando se enfrenta a Kindler en la torre sin haber tenido la precaución de llevar un arma. No, Wilson no es un héroe al uso, es un tipo rechoncho, cargante y algo repelente, que se deja ganar por Potter a las damas para sonsacarle información, que fuma en pipa con la paciencia del cazador que aguarda a que la presa se ponga a tiro y que no duda en manipular, presionar o utilizar a los demás para conseguir su objetivo. No, Wilson no termina de caerle bien al espectador —pese a la buena interpretación de Edward G. Robinson— y nunca sabremos si Agnes Moorehead, fumando en pipa al estilo de la periodista Margarita Landi, hubiera logrado que una Sra. Wilson nos cayera mejor.
A Welles le gustaba forzar los límites de los géneros cinematográficos para innovar, quizás por ese motivo El extraño sea una película difícil de etiquetar bajo un género determinado. Es cine negro, sí, pero también es un thriller de intriga política, que recrea la caza de un nazi por parte de los aliados, y un destacable drama psicológico, constituido por la lucha interna del personaje de Mary Longstreet resistiéndose a despertar de su sueño de amor para estrellarse contra una pesadilla. Mary se niega a aceptar la realidad de que el hombre al que ama es un verdadero extraño y culpa a todos los que la rodean de estar en su contra, en un intento desesperado por retener la felicidad que le había proporcionado su relación con Charles.
«Mary: Él es bueno. Es bueno, no le haría daño… no le haría daño a nadie. Y mucho menos esas… esas monstruosidades.
Juez: Entonces, la verdad no puede perjudicarle. Charles no estuvo contigo aquella tarde, ¿verdad? Recuerdo que me lo dijiste al regresar a casa.
Mary: ¡Tú también estás en contra suya! ¡Jamás te ha caído bien! ¡Por eso no me crees ahora! ¡Pues déjanos en paz! ¡No es un nazi! ¡No es uno de ésos! ¡No lo es! ¡No!»
El círculo social que rodea a Mary en Harper está formado sobre todo por personas más mayores que ella, salvo el médico, el resto de su grupo de amigos parecen de la edad de su padre o más jóvenes, por lo que podemos intuir que, antes de conocer a Charles, Mary debía sentirse muy sola y es normal que se resista a volver a caer en esa soledad. Por otra parte, el carisma erótico de Charles y su poder psicológico para manipularla impiden a Mary aceptar su culpabilidad o delatarle.
«Charles: Escucha, Mary, el hecho de que no hables te convierte en encubridora del crimen.
Mary: Pero debo encubrirte, formo parte de ti. (La besa.)
Charles: Estás temblando en mis brazos como si estuvieras en contacto con la muerte.»
La actriz Loretta Young realizó una sensible interpretación de Mary Longstreet, esa mujer encantadora y llena de buenos sentimientos que, incapaz de traicionar a su marido, termina sufriendo una crisis nerviosa. Loretta Young supo recrear el sufrimiento de Mary y su posterior temple y coraje a la hora de afrontar su espantoso desengaño. Mary pasa de ser una esposa sumisa a un ángel vengador y Loretta consiguió que ambas versiones de Mary estuviesen investidas de nobleza y dignidad.
El extraño barroquismo artístico de Welles nos ofrece ese impactante final en el que el criminal termina atravesado por la espada de un ángel en un campanario, tras haber esquivado el tridente del demonio. El ángel y el demonio del reloj no sólo representan el bien y el mal, sino que representan también a Mary y a Charles. Mary, al dispararle, hace caer a Charles a la cornisa de la torre del reloj, donde el ángel le atraviesa con la espada arrebatándole la vida, es el mito de la bella matando a la bestia. Charles muere con gesto de sorpresa y dolor en su rostro. La sorpresa —y quizás también el dolor— de que Mary, que tanto lo amaba, haya sido capaz de volverse contra él. La pérdida del amor de Mary, a la que Kindler había subestimado, supone para Kindler la pérdida de su último refugio de humanidad.
«Wilson: ¡Adelante! Puede matarme a mí y a Mary y a la mitad de esas personas, pero no tiene escapatoria. Después de la guerra, se refugió en la ciudad de Harper, pero esto se acabó. Sólo le queda esta torre. Y esto también se le está acabando.
Charles: Las cosas que dicen que hice no son ciertas. Yo sólo cumplía órdenes.
Wilson: ¡Usted daba las órdenes!
Kindler: Solo… Solo cumplía con mi deber. Diga a esa gente que se marche de aquí. Yo no soy un criminal.
Mary: Lo eres.»
La maldad acechando en el seno de nuestro entorno más íntimo, la ceguera emocional y la eterna batalla entre el bien y el mal son los temas principales que aborda El extraño, la película menos personal de Welles, que fue también la más comercial, y la que le permitió, gracias a su éxito en taquilla, poder seguir trabajando como director en Hollywood. Pero, si bien, el resultado de la película no satisfizo al director, al menos le permitió expresar su compromiso político mostrando por primera vez imágenes reales del holocausto en una pantalla de cine a fin de convencer al pueblo americano del horror del que eran capaces los nazis y, por extensión, todos los seres humanos dispuestos a dejarse tentar por el autoritarismo.






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