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miércoles, 29 de septiembre de 2021

WYLERMANÍA 2

CÓMO ROBAR UN MILLÓN (1966) de William Wyler
      

       Después de sorprender al mundillo cinematográfico con El coleccionista (1966), película que supuso para Wyler un auténtico renacimiento, el director regresó al género de la comedia con la historia de este divertido e ingenioso robo, que culmina con el romance de sus protagonistas.
     
       El guión, escrito por Harry Kurnitz (Hatari, Testigo de cargo y El nuevo caso del inspector Clouseau) a partir de una historia de George Bradshaw, se adentra en la capacidad del ser humano para realizar verdaderas hazañas cuando se trata de proteger a sus seres queridos, llegando incluso al extremo de cometer las más descabelladas locuras.


       Nicole Bonnet (Audrey Hepburn) trata de convencer al granuja de su padre, Charles Bonnet (Hugh Griffith), falsificador de obras maestras de la pintura, de que exponer en un museo su falsa Venus de Cellini es muy peligroso. Aún así, Bonnet cede la estatua y acude orgulloso a la inauguración, donde el millonario y coleccionista de arte, Davis Leland (Eli Wallach), queda prendado de la escultura. Esa misma noche, un intruso (Peter O’Toole) se cuela en la mansión familiar para tomar una muestra del último Van gogh pintado por Bonnet. Nicole lo sorprende y tomándolo por un ladrón que pretende llevarse el cuadro, le dispara por accidente causándole una herida superficial en el brazo. Como no se atreve llamar a la policía por temor a perjudicar a su padre, le desinfecta la herida, le lleva a su hotel y el caradura del ladrón, que se hace llamar Simon Dermott, se despide de ella con un beso. Más tarde, Simon en su habitación del Ritz analiza la muestra del cuadro comprobando que se trata de un Van gogh falso. Sin embargo, hace creer a Bernard DeSolnay (Charles Boyer), comerciante de arte que le ha contratado para desenmascarar a Bonnet, que el Van gogh es auténtico. Por su parte, Davis Leland se enamora de Nicole, tras contactar con ella para que le ayude a convencer a su padre de que le venda la Venus. Nicole, al saber que su padre acaba de firmar un documento para asegurar la Venus sin saber que también autorizaba un examen técnico de la misma, se desespera ante el temor de que se demuestre que la Venus es falsa y todas las falsificaciones de Bonnet salgan a la luz dando con él en la cárcel. Así que, le propone a Simon Dermott robar la Venus del museo. Éste se muestra reacio, pero se ha enamorado de Nicole y termina aceptando. De modo que, tras estudiar el terreno e investigar todos los aspectos y costumbres del personal y del propio museo, Simon traza un plan. Pero, justo antes del robo, el Sr. Leland retiene a Nicole con una propuesta de matrimonio tan insistente, que ella termina comprometiéndose sólo para llegar a tiempo al museo. Una vez allí, Simon y ella, mezclándose entre los visitantes, se esconden hasta que el museo queda vacío. A partir de ahí, Simon, sirviéndose de algunos artilugios que lleva consigo, logra hacerse con la Venus en un espectacular alarde de ingenio y destreza, que deja a Nicole totalmente fascinada; sobre todo al descubrir que Simon, aun sabiendo desde el principio que la Venus era falsa, la ha robado para ella. Tras el robo, Leland enloquece y pide a DeSolnay que le ayude a encontrar la Venus; DeSolnay le pone en contacto con Simon Dermott, que le obliga a renunciar a Nicole a cambio de la escultura. Charles Bonnet y su hija están felices por haberse librado de la cárcel, pero la pobre Nicole se lleva otro susto al descubrir que Simon no es un ladrón, sino un detective especializado en robos de obras de arte y en desenmascarar falsificadores.


       Aunque en ocasiones se ha tachado la película de comedia agradable e insustancial y sobre todo carente de ritmo, hay que decir en su favor que, si bien es cierto que el manejo del tiempo es fundamental para que una comedia funcione, eso no significa que todas las comedias deban tener un ritmo endiablado, sino el ritmo adecuado al tipo de historia que se está contando, de cómo se está contando y, por supuesto, del tipo de humor con el que se está contando. Y dicho esto, recordemos que el cine de Wyler es pausado, por tanto, sus comedias también lo son. El mismo guión de Kurnitz desarrolla un tipo de comedia que prioriza el humor verbal, por encima del humor físico, más propio de comedias disparatadas y de golpe y porrazo (slapstick), donde el bullicio es mucho mayor, comedias que no encajan, de ningún modo, con el estilo de Wyler. Sin embargo, una comedia bien hecha, elegante, con una comicidad cuidada al detalle y rebosante de ingenio, luz y romanticismo, esa sí es una comedia de Wyler y eso es Cómo robar un millón. Y si a todo eso, le sumamos una gran elección y dirección de actores, una sucesión de planos idóneos y una puesta en escena exquisita, tenemos una valiosa comedia, que no debemos caer en el error de menospreciar. De hecho, el film cuenta con momentos magistralmente realizados que demuestran el inmenso talento de Wyler como artesano del cine. El encuentro de los protagonistas, por ejemplo, está cargado de suspense, es interesante, divertido y romántico, una chica en camisón sorprende a un atractivo ladrón en su casa y, aunque decide dejarlo marchar, termina pegándole un tiro, sin proponérselo.


       «Simon: Oiga, no llame a la policía, deme otra oportunidad. Sólo pensaba llevarme un cuadro y usted tiene muchísimos. Seguro que ni lo hubiera notado. Lo pondré en su sitio. Es precioso, qué lástima…
       Nicole: Sabía que mi padre y los criados no estaban, ¿cómo?
       Simon: En mi oficio hay que saber esas cosas. Si la he asustado, lo siento de veras. Creí que estaría en la inauguración con su padre, un gran acontecimiento… En realidad, usted también me asustó a mí, conque, estamos en paz.
       Nicole: ¡Es usted un fresco!»


       Por otra parte, la secuencia en que la pareja permanece encerrada durante horas en un minúsculo habitáculo del museo, a la espera de poder robar la Venus, plantea una situación claustrofóbicamente cómica, sugerente y divertida, que el realizador supo filmar de manera efectiva, tanto visual como emocionalmente. Esta situación supone una versión romántica de la secuencia del camarote de los hermanos Marx en Una noche en la ópera (1935) de Sam Wood o de la secuencia del vestuario de la piscina en El cameraman (1928) de Keaton y Edward Sedgwick; recordemos que ambas secuencias, narradas en crescendo, terminaban con una explosión de humor físico que en Cómo robar un millón se traduce en un apasionado beso entre los enamorados protagonistas.

       «Nicole (Tras besar a Simon): Es curioso, qué amplio se ha vuelto esto de repente.
       Simon: Es que nos estamos adaptando al ambiente.»

       El film de Wyler pertenece a ese tipo de comedias atrevidamente sensuales, que proliferaban en los años sesenta —sin que el sexo explícito hiciera acto de presencia en ellas—, en las que las frases con doble sentido jugaban un papel fundamental.


       «Simon: Bien, ahí está el cuarto de baño. Quítese la ropa.
       Nicole: ¿Seguro que pensamos en el mismo asunto?
       Simon: No tenga miedo. Es la hora del ensayo, por eso hemos comprado tanta cosa bonita. Vamos, en marcha.»

       Y, por supuesto, la partitura de carácter burlesco compuesta por un joven John Williams aportó un toque de frescura, gracia y dinamismo a la película, que fueron muy del agrado de Wyler, que supo sacarle el máximo partido. Recordemos esos primeros planos de algunos de los cuadros expuestos en el museo que, gracias al sonido de Williams, parecen reaccionar con sus rostros petrificados al robo que se está perpetrando ante ellos.


       Pero Cómo robar un millón también forma parte de un subgénero de comedia cuya trama principal gira en torno a la planificación y ejecución de un atraco, que se complica dando lugar a un sinfín de peripecias cómicas. Películas como Rufufú (1958) de Mario Monicelli, Atraco a las tres (1962) de José María Forqué, Topkapi (1964) de Jules Dassin o Un diamante al rojo vivo (1972) de Peter Yates, por citar algunas, supieron mezclar las características propias del humor y del crimen en un cóctel hilarante que mantiene el interés del público durante todo el metraje. Y todos los robos narrados en estas cintas son perpetrados gracias al ingenio y al desparpajo de un personaje, con una personalidad arrolladora, que despierta la simpatía y la admiración del espectador y que suele acaparar, además, las mejores réplicas del guión. En este caso, ese personaje es Simon Dermott, encarnado a la perfección por un divertido y elegante Peter O’Toole, que acababa de demostrar sus dotes para la comedia en la desternillante ¿Qué tal, pussycat? (1965) de Clive Donner, con guión de Woody Allen. El humor desplegado por O’Toole en Cómo robar un millón es básicamente británico en sus gestos irónicos y refinadas maneras, haciendo gala de una vis cómica de gran magnitud que, sin embargo, pasaría desapercibida en el conjunto de su carrera cinematográfica, donde el actor obtuvo sus mayores éxitos en dramas con personajes de honda complejidad psicológica.

       «Simon: Bonito, ¿eh? Hace más de doscientos por hora. Muy útil para las fugas.
       Nicole: El negocio del robo debe ir muy bien.  
       Simon: Es robado.
       Nicole: ¡Yo no conduzco un coche robado!
       Simon: Es como los otros, cuatro velocidades y una marcha atrás.»


       Uno de los mayores aciertos de la película reside en el trabajo de la simpática y estilosa pareja protagonista, la gran compenetración de los intérpretes, la química existente entre ellos y el atractivo de ambos desborda la pantalla. Audrey Hepburn, al igual que O’Toole, era ya una estrella y ésta sería su tercera y última colaboración con Wyler. La actriz, una vez más, se muestra dulce, encantadora y divertida, dándonos una lección de lo que es tener clase, incluso si se lleva sobre la cabeza un sombrero imposible o se va vestida con un simple camisón, unas botas de agua y un abrigo.

       La actriz supo compenetrarse a la perfección, no sólo con O’Toole, sino también con el veterano Hugh Griffith, que encarnaba a su padre en la ficción, logrando crear entre los tres un atípico triángulo amoroso, en el que la estrecha relación padre-hija se ve alterada con la llegada del inesperado ladrón, que como reza la canción de José Luis Perales, viene a robárselo todo; puesto que no sólo se lleva a Nicole, sino que también se hace con la Venus de Cellini y le obliga, en teoría, a colgar los pinceles de falsificador empedernido.


       «Simon: Usted es un falsificador, mi oficio es descubrir falsificadores y meterlos en la cárcel.
       Bonnet: Eso podría resultar violento.
       Simon: Uno de los dos tiene que retirarse.
       Bonnet: Muy justo. ¿Nos lo jugamos a cara o cruz? ¿Eh? ¿Qué me contesta?
       Simon: Ya lo he hecho yo primero, al venir para aquí.
       Bonnet: ¿Y?
       Simon: Ha perdido usted.
       Bonnet: Oh…
       Simon: Vamos, hombre, se ha divertido en grande y ha sido el mejor. Cuelgue los pinceles y retírese mientras está en plena forma.»

       No se puede negar que exista cierta comicidad en el hecho de que Nicole se enamore de un ladrón, es decir, de un delincuente como su padre y que después, al descubrir que es honrado, se sienta algo desilusionada. Y es que todos, de manera inconsciente e incluso peligrosa, tendemos a enamorarnos de aquellas personas en las que encontramos las características de nuestros padres, ya sean características negativas o positivas. Nicole tiene una relación muy amorosa con su padre y es normal que busque reproducir ese tipo de relación con su pareja, por eso, se siente atraída por el ladrón a pesar de que la actividad delictiva de su padre le provoca una gran preocupación e inseguridad.


       «Nicole: Pues todo estaba oscuro y ahí estaba: Alto, ojos azules, delgado… Muy guapo. Bueno…, a lo bruto, claro. Papá, un hombre terrible... Arrogante, sin escrúpulos, sin sentido de la responsabilidad ni… No sé…
       Bonnet: Conque hablasteis de todo eso, ¿eh?
       Nicole: Bueno, eso fue luego, cuando lo llevé al hotel. (Bonnet se atraganta) ¡Tuve que hacerlo porque le disparé en el brazo con tu pistolón! Pero fue un accidente, creo.»

       El personaje de Charles Bonnet está inspirado en todos aquellos falsificadores de cuadros que se hicieron famosos a lo largo del siglo XX y que, como Bonnet, se sentían sumamente orgullosos de sus obras falsas. El mismo Bonnet cita al más popular de todos, Han van Meegeren, que vendió sus falsificaciones de Johannes Vermeers incluso a los nazis, siendo acusado tras la guerra de alta traición por haber vendido parte del patrimonio artístico de su país a los invasores; aunque se libró de la condena a muerte pintando un Vermeers ante el tribunal y demostrando, así, que los cuadros vendidos eran falsos. Pero, antes de ser descubierto, van Meegeren ganó una fortuna con sus copias y se instaló en una mansión en Niza, donde fabricaba sus falsificaciones con depuradas técnicas, que daban una gran autenticidad a sus cuadros; lo mismo que Bonnet, que al principio del film, en su mansión en París, muestra a su hija con orgullo su técnica para hacer pasar su Van gogh por un verdadero Van gogh.

       «Bonnet: ¡No puede producirse un escándalo! ¡Que vengan los expertos, que traigan sus rayos X, sus microscopios, hasta sus armas nucleares, si quieren! ¿Te acuerdas de lo que pasó con Van Meegeren y todos sus Vermeers falsos? Volvió locos a todos los expertos, ganó todos los rounds, luchó hasta el fin y quedó vencedor.»

       Pero, sin duda, quien mejor comprende y define a Bonnet es el traficante de arte, Bernard DeSolnay, interpretado por Charles Boyer; actor que, con su acostumbrada distinción y naturalidad, da prestancia a un personaje secundario que apenas aparece en el film:

       «DeSolnay: Egocentrismo, vanidad, engañar a todo el mundo y divertirse de lo lindo así. Simon, imagino a Bonnet como un joven pintor… Como muchos otros, copia a los grandes maestros para aprender sus secretos; le gusta hacerlo, pero andando los años, se convierte en una obsesión. Aprende los matices de la luz, del color, de la sombra y de la forma; se identifica con ellos completamente. Cuando pinta a Van gogh es Van gogh y es Lautrec, Cézanne, cualquier pintor que quiera ser. Esa es la verdadera razón. Ah, y también su negocio.»

       En definitiva, Bonnet es un cínico estafador, cuyo mayor encanto reside en que se siente orgulloso de serlo y en que siente un profundo amor por su hija.

       «Bonnet: He dado al mundo la maravillosa oportunidad de estudiar y admirar la Venus de Cellini.
       Nicole: Que no es de Cellini.
       Bonnet: Ah, etiquetas… etiquetas… Tanto trabajar con americanos te ha dado esa obsesión por las etiquetas y las marcas registradas. Tienes que dejar ese ridículo empleo.»


       Nadie hubiera podido encarnar a Bonnet mejor que el excelente actor Hugh Griffith, con ese aspecto de simpático y maquiavélico caradura que tanta verosimilitud aportaba al personaje y que tanto contrastaba con el angelical aspecto de Audrey Hepburn, con la que consiguió crear esa fantasía de complicidad familiar que padre e hija transmitían en cada una de las escenas que compartían.

       En cuanto al peculiar millonario norteamericano Davis Leland, encaprichado cómicamente de la Venus de Cellini y de Nicole Bonnet a un tiempo —posiblemente por el parecido entre abuela y nieta—, cabe destacar la divertida composición que realizó de dicho personaje, el prolífico y gran actor Eli Wallach, que resulta hilarante, tanto en sus momentos de impaciencia infantil por conseguir lo que quiere de inmediato, como en sus momentos de tierna devoción por la estatua o por Nicole. En cada una de las secuencias en las que aparece el actor se come la pantalla y acapara la atención del público con la cómica simplicidad del excéntrico millonario.


       «Nicole: Pero esto es absurdo, ni siquiera nos conocemos. Por favor, vuelva mañana.
       Leland: No, no, decisión tomada. Soy hombre de acción, juicio rápido. Una vez compré así una flota de petroleros; uno de los mejores negocios de mi vida.
       Nicole: Pero yo no soy una flota de petroleros y no me caso con un hombre que apenas conozco.
       Leland: Ya me conocerás, figuro en el anuario financiero americano. (Le pone el anillo a la fuerza) Ya está. Así, cosa hecha, ¿de acuerdo?»

       Por último, es justo mencionar la breve aparición del secundario Jacques Marin en el papel del irascible Jefe de guardia del museo, cuya expresión al descubrir que la Venus ha desaparecido de su pedestal —y que en su lugar se alza desafiante una botella de vino— es sencillamente impagable, por la absoluta honestidad de su humor.


       Siguiendo la moda de la época de los sesenta de rodar en Europa, Wyler eligió la romántica y sofisticada capital francesa para ambientar la película. París, capital de las artes durante casi todo el siglo XX, era el lugar idóneo para situar una historia de personajes relacionados con ese mundo y con la práctica de todas aquellas actividades ilegales que lo rodeaban. Wyler nos muestra un París elegante, pero sin concederle demasiado protagonismo lo mantiene en un segundo plano, usándolo como mero escenario de su cuidada puesta en escena, dando, así, una mayor relevancia a los personajes que están narrando la historia a través de la acción. Una historia de personajes dispuestos a embarcarse en la más irracional de las aventuras para proteger a aquéllos que aman. Nicole decide asociarse con un ladrón, al que acaba de conocer, para cometer un delito con el que evitar que su padre termine sus días en la cárcel; a su vez, Simon se convierte en el ladrón de obras de arte que fingía ser, para que Nicole no se vea salpicada por la profesión ilegal de Bonnet. Ambos personajes, centrados en el bienestar de los demás, ponen en riesgo sus propias necesidades haciendo peligrar su libertad.

       «Simon: Quiero que eche un última y larga mirada a la hierba verde, al cielo azul, al río y los árboles, todo lo que personalmente detesto, por lo cual, una extensa estancia en una cómoda prisión francesa no me importa demasiado.»

       Simon trata de resistirse a dejarse arrastrar por Nicole a cometer un delito que podría arruinar su vida, pero, al final, se compadece de ella, porque sabe que necesita salvar a su padre; de manera que, aun sabiendo que está cometiendo un error, se embarca, por amor, en lo que él sabe que es una auténtica locura.


       «Simon: Oh, no, no, no se atreva a llorar.
       Nicole: Es que tengo una mota en el ojo.
       Simon: No tiene nada en el ojo. Está llorando, está intentando ablandarme.
       Nicole: Eso no es cierto.
       Simon: ¡No le servirá! ¡Yo no me ablando!
       Nicole: Lo sé. Y me voy.
       Simón: Dese prisa. Ande, márchese. Ande, ande. Y espéreme en el museo a las cinco y media en punto. ¡Y no me pregunte por qué o le tiro el cubo a la cabeza!
       Nicole: Sí, señor. Gracias, señor. (Cuando ella sale de la habitación, Simon se golpea la cabeza con el cubo)»

       La misma Nicole, enamorada finalmente de Simon, sufre por haberle puesto en peligro en un robo tan arriesgado y con tan pocas posibilidades de éxito; pero su arrepentimiento llega tarde, cuando ya no hay marcha atrás.

       «Nicole: Qué miedo tengo, me estalla el corazón. Me siento fatal…
       Simon: Mandaría a buscar un médico, pero, francamente, no creo que cupiera aquí.
       Nicole: También tengo miedo por usted, no debí complicarle en esto y si quiere marcharse ahora…
       Simon: Se lo agradezco, de veras. Es usted muy amable…»

       Este comportamiento suicida, en el amor, quizás no sea lo más recomendable en la vida real ni lo más saludable desde un punto de vista psicológico, pero en una comedia romántica resulta emocionante y funciona a la perfección, porque nos transmite de forma rotunda el profundo cariño que sienten los protagonistas el uno por el otro. ¿Y quién no ha soñado alguna vez con ser amado de ese modo?

sábado, 31 de julio de 2021


WYLERMANÍA 1

VACACIONES EN ROMA (1953) de William Wyler
      

       Wyler se inicia en el género de la comedia con esta romántica película, que nos invita a escapar de la rutina para vivir el amor, aunque sólo sea por unas pocas horas, porque nunca se sabe cuándo puede surgir ese momento feliz que recordaremos toda la vida.
       En el año cincuenta y tres, Wyler ya contaba con una carrera llena de éxitos, premios y reconocimientos cinematográficos, sin embargo, nunca había dirigido un film de corte humorístico. Considerado como el director invisible, por abarcar todo tipo de películas, sin adoptar un sello personal que lo distinguiera del resto de realizadores, a Wyler le faltaba una comedia para completar su variada filmografía y, con Vacaciones en Roma, demostró, una vez más, que no había género que se le resistiera.

     
       La princesa Anne (Audrey Hepburn) al llegar a Roma, en su viaje de buena voluntad por todas las capitales europeas, sufre una pequeña crisis nerviosa, a causa del agotamiento y de la opresión de una vida que no ha elegido. Tratando de calmarla, le administran un sedante, pero, antes de quedarse dormida, la princesa escapa de la embajada y se pasea de incógnito por las calles de la ciudad. Hasta que el sueño la vence y Joe Bradley (Gregory Peck), joven periodista, se la encuentra dormida sobre un banco y se compadece de ella creyendo que es una chica que ha bebido de más. La mete en un taxi, pero no consigue sacarle su dirección, así que, la lleva a su casa para evitar que el taxista avise a la policía. En el apartamento, Anne, desinhibida por la droga, no oculta que se siente atraída por Joe, pero éste se comporta como un caballero prestándole un pijama y dejándola dormir en un diván. Por la mañana, se va a trabajar y al ver en un periódico una foto de la princesa, descubre que se trata de la chica que está durmiendo en su habitación. Joe decide aprovechar la oportunidad y ofrece a su editor, el Sr. Hennessy (Hartley Power), una exclusiva con la princesa a cambio de cinco mil dólares, para lo cual, telefonea a su amigo Irving Radovich (Eddie Albert), periodista gráfico, para que realice las fotos. Cuando Anne se despierta, Joe finge que no sabe quién es, le presta algo de dinero y la deja marchar, siguiéndola a cierta distancia. Anne pasea por Roma, se compra unas sandalias, se corta el cabello y se toma un helado en la escalinata de la plaza de España, donde Joe se hace el encontradizo con ella y la convence para que se tome el día libre para visitar la ciudad. En cuanto Irving se reúne con ellos, comienza a hacer fotos a la princesa, sirviéndose de una cámara oculta en un mechero. La fotografía fumando su primer cigarrillo, montada en una Vespa detrás de Joe camino del Coliseoen la comisaría en la que terminan cuando Anne se pone a conducir la moto causando varios destrozos; pero Joe logra que los pongan en libertad y visitan La boca de la verdad, el Muro de los deseos y acuden a una fiesta en una barcaza, junto al Tíber, cerca del Castillo de Sant’Angelo, donde Anne planea terminar su escapada por Roma. Joe y Anne se han ido enamorando a lo largo del día, casi sin darse cuenta, de manera que, cuando los agentes secretos de la embajada descubren a la princesa en la fiesta, ésta se resiste a acompañarlos y Joe e Irving les plantan cara, desencadenando una verdadera batalla campal, durante la cual, Joe cae al río y Anne salta al agua tras él, nadando juntos hasta la orilla, donde se besan apasionadamente. Tras secarse en casa de Joe, Anne comprende que debe volver a la embajada para retomar sus obligaciones y la pareja se despide entre lágrimas, besos y abrazos. Después de la separación, Joe, muy abatido, renuncia al reportaje, asegurándole a su jefe que no consiguió ver a la princesa. Y aunque Irving le enseña las fotos para hacerle cambiar de opinión, Joe no puede traicionar la confianza de Anne.



       El guión de Dalton Trumbo, firmado por los guionistas británicos Ian Mclellan Hunter y John Dighton, está basado en una historia original del propio Trumbo, que no pudo acreditar su trabajo en la película por pertenecer a la lista negra de la llamada «caza de brujas» del Macarthismo. Su amigo Ian Mclelland Hunter consiguió vender el argumento de Trumbo por valor de cincuenta mil dólares a los estudios Paramountcantidad muy elevada para la época, y Wyler asumió el riesgo de contratar como guionista a Dalton Trumbo, porque sabía que le proporcionaría una historia de calidad. De hecho, consiguió el Oscar al mejor argumento, fue nominado al Oscar al mejor guión y ganaría el premio WGA del sindicato de guionistas de Estados Unidos, a la mejor comedia estadounidense escrita. El Oscar fue recogido por Ian Mclelland Hunter, aunque la Academia entregaría en 1993, a título póstumo, otra estatuilla a la viuda de Trumbo, reconociendo la injusticia cometida con el escritor.

       La historia de Trumbo es una especie de cuento de hadas en el que la princesa protagonista, cansada de las obligaciones de su rango y de la vida de la corte, sueña con ser una chica corriente y llevar una vida normal, por lo que escapa de palacio y termina enamorándose de un joven, que la trata de forma natural y espontánea, al margen de todo protocolo y consideración.

       «Anne: Soñé que estaba durmiendo en la calle y que, de pronto, se acercó un joven alto y fuerte y me trató bruscamente.
       Joe: Oh, ¿de veras?
       Anne: Un sueño maravilloso…»



       La comicidad de este cuento de hadas reside, principalmente, en que la princesa, al escapar de palacio, se encuentra fuera de su entorno, en un ambiente desconocido, en el que no sabe desenvolverse y en el que, por tanto, actúa con torpeza. Anne, al deambular sola e indefensa por la noche romana, se expone a multitud de peligros, sin ser consciente de ello; del mismo modo, su paseo en Vespa ocasiona un montón de daños y perjuicios a la gente con la que se va tropezando y, al resistirse a acompañar a los agentes secretos de su país, cuando la localizan en la fiesta, desencadena una pelea entre éstos y la policía italiana, que produce daños considerables. Y todo eso sin contar con el escándalo que su escapada furtiva podría haber supuesto para la casa real a la que pertenece, de haber salido a la luz.

       En este cuento, el príncipe azul es sustituido por un joven normal y corriente, que se convierte para la princesa es una especie de genio de la lámpara, dispuesto a satisfacer todos sus deseos.

       «Anne: Me ha dado la oportunidad de hacer lo que yo siempre deseé hacer. ¿Por qué?
       Joe: Pues, no sé, por complacerla.
       Anne: Es usted la persona más amable que he conocido.
       Joe: Lo he hecho muy a gusto.»


       Pero, claro, como todos los genios, Joe no carece de cierta malicia, que es la que aporta otra gran fuente de humor a la película, pues mientras la princesa confía plenamente en Joe, al que toma por un simple e inofensivo vendedor, el periodista sabe perfectamente quién es ella. La manera en la que los jóvenes protagonistas se enamoran, mientras se mienten el uno al otro ocultando sus verdaderas identidades para salvaguardar sus propios intereses, es divertida e interesante, porque convierte al espectador —que conoce la verdad— en cómplice de ambos protagonistas y en testigo de su amor.

       El contrapunto cómico de la pareja lo aporta el fotógrafo Irving Radovich, joven 
simpático y amigo leal, interpretado con sumo encanto y desparpajo por Eddie Albert, que sería nominado, por su interpretación, al Oscar como mejor actor de reparto. Irving es un personaje despreocupado y algo distraído, que está a punto de meter la pata en varias ocasiones, en las que Joe tiene que impedir, como sea, que lo descubra como periodista. El personaje de Irving, a diferencia de Anne y de Joe, está satisfecho consigo mismo y con la vida que lleva en Roma, ganando a las cartas, rodeado de chicas bonitas, con un trabajo que le gusta y siendo económicamente solvente, al menos más que Joe, al que suele prestar dinero.

       «Joe: ¡Irving! ¡Cuánto me alegro de verte!
       Irving: ¿Por qué? ¿Olvidaste la cartera?»

       Irving carece de las preocupaciones de Joe, que, desencantado con el tipo de periodismo que desempeña en Roma, anhela dejar de trabajar como corresponsal en un país extranjero y volver a Nueva York.


       «Joe: Y cuando tenga el dinero, me compraré un pasaje de vuelta para Nueva York.
       Mr. Hennessy: Ja, ja, ja. Siga, siga, me divierte oír sus fantasías.
       Joe: Y cuando esté en un buen periódico disfrutaré pensando que está usted aquí aburrido, sin tener a nadie a quien poder abroncar.
       Mr. Hennessy: Adiós, iluso.»

       Irving tampoco vive esclavo de sus obligaciones, como le ocurre a Anne, él disfruta con su trabajo, no recibe presiones de nadie y vive su vida a su manera. Pero, aún así, él, como Joe y Anne, también se verá obligado, en el transcurso del film, a realizar un sacrificio en aras de la amistad, cuando comprende que su amigo no puede publicar el reportaje, porque se ha enamorado de la princesa. Los tres jóvenes amigos que aparecen en el film terminan renunciando a algo muy preciado para ellos y los tres lo hacen de forma desinteresada, pensando en los demás.

       «Embajador: Alteza, debéis comprender que tengo una obligación que cumplir, así como, vuestra alteza, tiene el deber de…
       Anne: Excelencia, confío en que no estimaréis necesario recordarme cuál es. Si no fuera porque considero que soy esclava del deber, de mi país y de mi rango esta noche no hubiese vuelto y, tal vez, nunca.»


       Renunciar a lo que uno desea por cumplir un deber supone un sacrificio de tal calibre que se necesita de una gran capacidad de amor y generosidad para llevarlo a cabo. La motivación que nos conduce a asumir esa obligación como algo ineludible puede ser de distinta índole, el amor hacia otra persona, la lealtad hacia un amigo o la aceptación de una responsabilidad patriótica, pero para llevarla a cabo se necesita un profundo sentido moral, un carácter noble y una gran madurez emocional, pues implica aceptar la pérdida como parte de la experiencia humana.

       «Sr. Hennessy: Son sorprendentes esas jóvenes princesas. Tienen mucho más en la cabeza de lo que creemos.»

       Vacaciones en Roma fue la primera película americana que se rodó por completo en una ciudad Europea, sentando las bases de una larga colaboración entre Hollywood y los estudios Cinecittà, que se convertirían en un segundo Hollywood. La película supuso una gran propaganda para la capital italiana como reclamo turístico y gracias al éxito mundial de la película, todo el mundo quería pasar el verano en Roma para enamorarse y tener una Vespa, y todas las chicas querían parecerse a Audrey Hepburn.

       Trumbo sabía lo que se hacía al ambientar su historia en Roma, porque soltar a una princesita inexperta, con unas enormes ganas de saborear la vida, por la ciudad de Roma, en verano, haciéndola beber y divertirse en compañía de dos caraduras y alocados periodistas norteamericanos, es asegurarse los conflictos más cómicos y los momentos más chispeante, y si la princesa, además, es tan bonita como Audrey Hepburn, por supuesto, también el romance está garantizado.


       Wyler exigió rodar en Roma, y no en decorados, y convirtió la ciudad en un personaje más del film, un personaje cómico, a causa del carácter espontáneo, vivaracho y apasionado de sus ciudadanos, que Wyler filmó inspirándose en el movimiento neorrealista italiano surgido en los cuarenta. El realizador logró reflejar el ambiente popular de las calles romanas con gran veracidad, haciendo sentir al espectador la vida que bullía por ellas, a pesar de la escasez propia de los años posteriores a la segunda guerra mundial, de la que la ciudad aún se estaba recuperando. Este realismo de las terrazas, los mercados y las fiestas al aire libre del verano romano contrasta con la historia de ficción romántica que se nos relata, pero la mezcla resulta encantadora y aporta a la historia de fantasía, de los dos enamorados, un importante toque de verosimilitud y modernidad. Rodada en blanco y negro, porque Wyler lo prefería al color, la película se rodea de un halo romántico que contribuye a idealizar el amor que surge entre estos dos jóvenes pertenecientes a mundos tan dispares. Un amor imposible, que, por no poder realizarse, nunca será deteriorado, ni por el paso del tiempo ni por la rutina ni por la convivencia y, por tanto, siempre permanecerá vivo y perfecto en el recuerdo de sus protagonistas, por eso la película es tan romántica, porque trata de un amor eterno, que no podía surgir más que en Roma, “la ciudad eterna”.

       La historia de amor es tan sincera que provoca una profunda transformación en sus protagonistas, a pesar del breve espacio de tiempo que pasan juntos. Transformación que Wyler supo narrar de forma muy inteligente. Al conocer a Joe, la princesa experimenta un proceso de maduración, de tal calibre que, al regresar a palacio, ya no consiente que se le trate como a una niña, deja de acatar órdenes para empezar a darlas, convirtiéndose en una auténtica princesa. Descubrir y enamorarse de la pureza de Anne, también producen en Joe una rauda transformación, convirtiéndole en una persona más honesta, menos egoísta, porque, por primera vez, comprende que sus actos pueden tener graves consecuencias para los demás y, aunque parezca paradójico, al renunciar al reportaje de su vida, se convierte en un periodista más íntegro y, por consiguiente, mejor.

       «Anne: Tengo fe en la amistad entre las naciones, de igual modo que tengo fe en la amistad entre las personas»
       Joe: Puedo decir, en nombre de mi servicio de prensa, que sabemos que la fe de su alteza está plenamente justificada.
       Anne: Cuanto me alegra oír esas palabras.»


       El mundo del periodismo, representado en el film por Joe e Irving, aparece, por primera vez en el cine, haciendo gala de un código ético de conducta. Antes de Vacaciones en Roma, los miembros de la prensa solían mostrarse como sinvergüenzas sin escrúpulos, capaces de vender a sus propias madres por un reportaje. La renuncia de Joe y de Irving al que podría haber sido el reportaje de sus vidas llama la atención, porque refleja una honestidad y un romanticismo vitales que pocas veces se asociaba en la ficción con esa profesión de tunantes, incluso hoy en día, en que la prensa no respeta a nada ni a nadie, sorprende ese código ético en dos periodistas tan jóvenes y tan deseosos de ganar fama y fortuna. Tanto Joe como Irving tienen esa especie de instinto canalla que subyace en el fondo de todo periodista; después de todo, Irving, con su cámara camuflada de mechero, es un claro ejemplo de esos fotógrafos de prensa especializados en robar fotos a los famosos, que tras la película de Fellini, La dolce vita (1960), pasarían a llamarse paparazzi.

       «Joe: Escúchame, ¿de qué serías capaz por ganar cinco billetes grandes?
       Irving: ¿Cinco mil dólares?
       Joe: Sí. Oye, ella no sabe quién soy ni a qué me dedico. Éste puede ser mi gran artículo y, sea como sea, lo sacaré adelante.
       Irving: Luego ella es…
       Joe: ¡Shhh! Tu maquinita tiene que servir para que este reportaje valga el doble.
       Irving: “La princesa se divierte”…»

       Pero, en el fondo, Joe e Irving son buenos tipos, incluso emana de ellos cierta ternura que los hace irresistibles. Llevan una vida algo bohemia pero son periodistas de buenos sentimientos, no unos cínicos ni unos brutos insensibles, se puede decir que están a años luz de esos periodistas hijos de mala madre que aparecían en el film Primera  plana (1974) de Billy Wilder. Es conmovedora la escena en la que Joe, tras descubrir que la chica que está durmiendo en su casa es la princesa, se pone tan nervioso que, al llamar a su casero para asegurarse de que ella sigue allí, suda y se retuerce de pura excitación, se nota que lo está pasando mal al darse cuenta de que por primera vez podría tener algo grande entre manos. Y sumamente enternecedora también —y bien contada— es la escena en la que Joe e Irving, mirando las fotos que Irving acaba de revelar, se entusiasman imaginando, con todo lujo de detalle, cómo sería el reportaje que han decidido no sacar a la luz. Uno puede sentir el gran sacrificio que los dos reporteros están haciendo, al tener una gran noticia y no poder contarla.

       «Irving: Escucha, es juego limpio, Joe. No está vedado cazar princesas… ¡Tú debes estar chiflado!
       Joe: Sí, lo sé, pero… No te puedo prohibir que vendas las fotografías, si lo deseas. Seguro que te las pagarán bien.»


       Vacaciones en Roma, en principio, era una comedia pensada para Frank Capra, para ser protagonizada por Liz Taylor y Cary Grant, y no cabe duda de que todos ellos hubieran hecho un gran trabajo, pero, hoy en día, nadie puede imaginar la película sin Wylder, Hepburn o Peck y se puede decir que los tres eran primerizos, de alguna manera cuando abordaron el proyecto. Gregory Peck y William Wyler se estrenaban en el mundo de la comedia y para Audrey Hepburn era su primera aparición en una película de Hollywood, aún así, los tres superaron la prueba de forma airosa. Peck sorprendió con una vis cómica muy divertida, que se prodigó poco a lo largo de su carrera, aunque, gracias a Vacaciones en Roma pudimos volver a disfrutarla en la película británica El millonario (1954) de Ronald Neame, en la que Peck resulta tan divertido como en la comedia de Wylder. Sin embargo, sólo Audrey consiguió el Oscar, algo que Peck había augurado, pues desde que comenzó a trabajar con ella notó que su magnética presencia y su delicada emotividad trascenderían la pantalla. Y así fue. Pero no sólo ganaría el Oscar, también sería galardonada con el Globo de Oro y con el Premio Bafta. Premio al que también fueron candidatos tanto Gregory Peck, como Eddie Albert, en la categoría de mejor actor extranjero, y William Wyler en la de mejor director.


       Gregory Peck, en su rol de Joe Bradley, realizó una composición llena de sutiles matices emocionales que hacen de su personaje un tipo entrañable. La facilidad con la que Peck hace creíble la compasión y la honestidad de este simpático caradura resulta admirable. Su adusta mirada de periodista curtido se suaviza en las escenas más románticas del film hasta humedecerse con un brillo de emoción, que alcanza su punto álgido en la secuencia de la despedida en el interior del coche, en la que logra transmitir el sufrimiento de su personaje, tan solo con la profunda desolación de su mirada. Peck se queda mirando con insistencia el lugar por el que ella ha desaparecido, como esperando que cambie de opinión y vuelva a su lado, hasta que comprende que eso no es posible y se marcha. En el inolvidable final de la película, volvemos a ver a Joe mirando fijamente el pasillo por el que ella ha desaparecido, tras la rueda de prensa, como si, en el fondo de su corazón, aún albergara la esperanza de que su amor pudiera realizarse y, una vez más, entiende que eso no puede ser y se aleja, con una sonrisa melancólica, caminando, con las manos metidas en los bolsillos, por el majestuoso hall de la embajada.


       Por su parte, Wylder, como gran artesano del cine que era, realizó un meticuloso trabajo, colmado de detalles, que hicieron de la película una obra en la que se pone de manifiesto la destreza y habilidad del director para narrar cualquier historia a través de imágenes en movimiento. Con su dominio sobre el uso de la profundidad de campo adecuada para cada plano, lograba hacer de cada escena algo valioso, bello y cargado de información. Trabajaba de forma meticulosa, haciendo decenas de tomas hasta que su olfato le decía cuándo estaba bien, cuándo era perfecta. Sabía ejercer un control absoluto sobre su película, supervisando la historia, las localizaciones, el reparto y el personal que participaba en cada producción, incluso sabía cómo lidiar con las imposiciones de los Estudios. Y todo le salía de forma natural, se podría decir que dirigía por instinto, hacía repetir las escenas a los actores pero apenas les daba indicaciones, porque le resultaba difícil explicar lo que quería, sólo sabía lo que quería cuando lo veía. Y es que Wyler no era un intelectual, sino más bien un hombre alocado, travieso y alegre. Y ese humor suyo está presente en toda la película en cientos de detalles cómicos, como los numerosos gags que salpican la cinta y que no sólo cumplen una función humorística, sino que también transmiten ideas sobre los personajes o la trama, anticipando las situaciones cómicas que se producirán más adelante.

       Por ejemplo, a lo largo de la película, Joe tiene que hacer callar varias veces a Irving para que no le delate y para ello, le empuja, le zancadillea, le tira el vino por encima o le hace caer de la silla en la que está sentado, hasta que Irving, cansado, le da un puñetazo. Este desternillante gag no sólo sirve para hacer reír, sino que nos muestra el carácter impulsivo de Joe y nos hace saber que, aunque Irving sea un tipo afable, su paciencia tiene un límite. O cuando Joe encuentra a Anne dormida en un banco de la calle y, al llevársela a casa, teme que sea una ladrona, así que, se pasa el tiempo preocupado por esconder su dinero, sin embargo, tras saber que es la princesa, no tiene ningún problema en darle la mitad de ese dinero y, como su casero ve cómo se lo da, piensa que la chica es una prostituta. O la famosa escena en La boca de la verdad, en la que, «Según la leyenda, si un embustero mete ahí la mano, la boca se la morderá», la escena funciona precisamente, porque el público sabe que los dos han mentido y por eso tienen miedo de meter la mano, así que, cuando Joe mete su mano y la saca escondida dentro de su manga, no sólo da un susto y hacer reír a Anne, sino también al espectador, que se siente partícipe de la historia.


       Todos estos momentos divertidos sumados a los instantes más emotivos hacen de Vacaciones en Roma una de las comedias románticas más bellas de la historia del cine. El beso raudo y viril que Joe le da a Anne, en la orilla del río, fruto de un impulso irresistible o los ya mencionados instantes en que Joe y Anne se separan, primero, en privado, en el interior del coche y después, en público, en la embajada, donde las miradas y las sonrisas de los protagonistas nos hacen sentir la pureza de sus sentimientos y lo mucho que les cuesta renunciar a ellos, constituyen instantes memorables de este cuento de hadas en el que nadie termina siendo feliz ni comiendo perdices, pero que, precisamente por eso, no defrauda al espectador, que contempla ese gran final con una triste sonrisa, de pura comprensión.


       Para Wyler hacer diferentes tipos de películas, sin ninguna preferencia por género o tema, era más desafiante y más divertido y quizás por eso se le consideraba un director sin sello propio, pero sus películas eran siempre elegantes y estaban bien hechas, ése era su sello y no importa que no tuviera un estilo propio que distinguiera sus filmes, supo hacer buen cine y eso es más que suficiente y más de lo que muchos han sido capaces de hacer. Con Vacaciones en Roma, Wyler superó con creces su objetivo de hacer una comedia romántica, realizando una de las películas más fascinante de la historia del cine. Una película que invita a vivir el momento presente, confiando en que todo irá bien, sin preocuparse demasiado por el futuro. Todos sabemos que la existencia no es fácil, pero, a veces, la vida nos sorprende con una felicidad efímera e inesperada, que hay que saber disfrutar, porque como dice Joe, «La vida no es siempre como a uno le gustaría», por eso cuando sí lo es, hay que saborearla en plenitud, aferrándose a ese instante, dure lo que dure.