jueves, 23 de abril de 2026

WELLESMANÍA 1

EL EXTRAÑO (1946) de Orson Welles
    

       
El extraño, tercera película de Orson Welles, pone de manifiesto la manera en la que el mal, como parte intrínseca del ser humano, puede infiltrarse en nuestro círculo más íntimo bajo una falsa apariencia y, una vez dentro, manipularnos, utilizarnos e intoxicar nuestro pensamiento con ideas nocivas. En ese sentido, ningún individuo, ninguna comunidad y ninguna nación están a salvo de las fuerzas del mal, encarnadas para Welles, en el fascismo.
    
       El Sr. Wilson (Edward G. Robinson), miembro de la Comisión de Crímenes de Guerra de los Aliados, deja en libertad al nazi Konrad Meinike (Konstantin Shayne) con la esperanza de que les conduzca hasta su jefe Franz Kindler (Orson Welles), ideólogo del genocidio judío, desaparecido después de la guerra. Wilson sigue a Meinike hasta la ciudad de Harper, pero éste le descubre y le golpea en la cabeza dándolo por muerto. Después, se dirige a casa del profesor Charles Rankin, identidad bajo la que se esconde Franz Kindler. Allí conoce a Mary Longstreet (Loretta Young), hija del juez Longstreet (Philip Merivale), con la que Franz piensa casarse esa misma tarde. Mary le indica donde puede encontrar a Charles y Mainike le sale al encuentro. Al verlo, Franz le cita en el bosque para evitar que les vean juntos. Una vez allí, consciente de que sus perseguidores se han servido de Mainike para localizarle, Franz lo estrangula y lo entierra en el bosque. Luego, se casa con Mary. Recuperado del golpe y habiendo perdido a Mainike, Wilson investiga a los forasteros llegados a Harper en el último año. Entre ellos, encuentra a Charles Rankin, que comparte con Franz Kindler la afición por los relojes. Wilson consigue introducirse en casa del juez Longstreet y entra en contacto con Rankin y su esposa. Al saber que Wilson es el hombre que Mainike golpeó, Charles trata de mostrarse contrario a los alemanes y a Hitler en su presencia, pero se delata con un inconsciente comentario antisemita. Wilson consigue un aliado desvelando al hermano de Mary, Noah (Richard Long), que su cuñado podría ser un criminal nazi y que su hermana es la única que puede testificar que Mainike fue a Harper a encontrarse con él. Pero Charles convence a Mary de que Mainike le estaba chantajeando por un error de juventud y ella decide encubrirle. Incluso cuando encuentran el cadáver de Mainike y Charles le confiesa haberlo matado para evitar que chantajeara también a su padre, Mary se mantiene leal a su esposo. Ni siquiera Wilson y su padre logran convencerla de que Charles es un criminal nazi y que debe identificarlo. Wilson previene a la familia Longstreet del peligro de muerte en el que se encuentra Mary. Y, en efecto, en cuanto Mary sufre una crisis nerviosa, Rankin decide eliminarla. Para ello, le tiende una trampa para hacerla caer de la torre de la iglesia. Pero Sara, criada de Mary (Martha Wentworth), impide que ésta acuda a la iglesia y Mary envía a Noah en su lugar. Noah acude con Wilson y descubren la trampa de Charles. Éste, al ver a Mary con vida, cree que Noah ha muerto en su lugar y, enfurecido, le confiesa que es Franz Kindler y la responsabiliza de la muerte de su hermano. Mary, horrorizada, le pide que la mate a ella también; pero Wilson y Noah llegan a tiempo y Kindler huye. Esa noche, mientras las autoridades buscan a Kindler, Mary va a la torre de la iglesia, dispuesta a matar a su marido.


       Tras la segunda guerra mundial, Orson Welles, al igual que otros muchos intelectuales, políticos y ciudadanos americanos, estaba convencido de que el nazismo, lejos de ser derrotado, seguía trabajando en la sombra para acabar con la democracia mundial. Comprometido activamente con la causa antifascista, Welles realizó una serie de programas de radio y escribió numerosos artículos en el New York Post alertando a la población del peligro que suponía la ideología fascista para la paz internacional. Por esa razón, la historia de El extraño, un nazi infiltrado en una pequeña ciudad americana bajo la apariencia de un profesor de Historia, interesó a Welles, como metáfora de la amenaza del avance del fascismo en el mundo.

       Basado en una historia original de Víctor Trivas, que él mismo adaptó para la pantalla junto a Decla Dunning, el guión fue desarrollado finalmente por Anthony Veiller, John Huston (sin acreditar) y el mismo Welles, aunque fueron los productores los que decidieron la versión definitiva del mismo. Versión que no satisfizo a Welles, pero que se vio obligado a aceptar.

       Producida por la International Pictures, la producción fue realizada por Sam Spiegel, que aparece en los títulos de crédito como S. P. Eagle, quien en principio solo ofreció a Welles interpretar al protagonista, pero éste logró convencerle de que le diera también la dirección. En ese momento, pese a que Welles ya había dirigido dos películas grandiosas, Ciudadano Kane (1941) y El cuarto mandamiento (1942), Hollywood le consideraba un director maldito, en parte debido a sus escritos políticos y en parte por su carácter controvertido, pero aún así Spiegel le dejó dirigir a cambio de comprometerse a finalizar en un plazo determinado y sin salirse del presupuesto establecido. Welles aceptó las condiciones, porque pasaba por un momento difícil de su carrera, sobreviviendo gracias a la radio y al teatro, y quería volver a dirigir. Sin embargo, no tuvo la libertad creativa que él esperaba, por lo que El extraño ha sido siempre la película menos personal del director, considerada por algunos como la obra frustrada de un genio. Welles sufrió la intromisión de los productores no solo en el guión sino también en el montaje final, lo cual impidió que el film reflejara el verdadero estilo del director convirtiéndose en su película más convencional y, por otra parte, la de mayor éxito comercial. Para Welles la película: «No es buena ni mala. No puede decirse que sea una obra mía en el sentido que lo son las otras. Sólo la hice para demostrar que podía trabajar como un director comercial».


       Pese a las limitaciones impuestas por el estudio y pese a que algunas peticiones de Welles fueron desatendidas por Spiegel, el director sí que gozó de cierta libertad en el rodaje, de ahí que El extraño contenga momentos de verdadera genialidad Wellesiana. La película posee un ritmo perfecto, una altura narrativa incomparable, un dominio absoluto del lenguaje cinematográfico, un suspense notable, unos personajes de gran complejidad moral y psicológica, unas imágenes de considerable belleza estética y por si todo esto fuera poco, Welles hizo gala de un excelente control de la cámara moviéndola con agilidad y desplazándola con precisión. Prueba de ello es el bonito plano secuencia del encuentro de Mainike y Kindler en el bosque, que culmina con el estrangulamiento. Asimismo, el barroquismo visual de las escenas filmadas en la torre del reloj, el impresionante juego pos expresionista de luces y sombras, el uso de planos extraños o contrapicados que magnifican el poder maligno de los nazis  véase la inquietante escena de Mainike con el fotógrafo— o la abundancia de símbolos que representan la constante lucha del bien y del mal a lo largo de todo el metraje sirven a Welles para escenificar el tema central de la película, la inquietante presencia del mal en el mundo. La magnífica fotografía en blanco y negro de Russell Metty permitió a Welles mostrar la dualidad entre el bien y el mal a través de los distintos personajes, acentuando, por una parte, la oscuridad del personaje de Kindler, siempre en sombras, frente a la pureza e inocencia de Mary, siempre luminosa e incluso resplandeciente en algunas ocasiones y, por otra parte, resaltando la transparencia de la personalidad de Wilson, iluminándolo de una forma natural, cotidiana y casi anodina —como al resto de los habitantes del pueblo—, frente a los impenetrables temperamentos de Kindler o de Mainike, fotografiados a contraluz o en semioscuridad para reflejar su falsedad.


       «Wilson: ¡Son los ciudadanos de Harper! ¡Vienen por usted! Son gente corriente a la que usted siempre ha despreciado, Herr Franz Kindler. Pero ya no podrá burlarse más de ellos.»

       Welles puso especial cuidado en señalar la gran distancia emocional y psicológica que existía entre Kindler y los habitantes de Harper: Mientras éstos se mueven a la luz del día y llevan existencias pacíficas, amigables y sencillas, Kindler lo hace en la noche y su existencia es combativa, reservada y compleja. El clima opresivo y enrarecido, propio del cine negro, cae sobre la ciudad de Harper de forma amenazadora a través de la transformación sufrida por Kindler, tras la llegada de Mainike al pueblo. Kindler deja de ser un profesor de historia, venido de fuera, para convertirse en una figura oscura y tenebrosa que se vuelve cada vez más peligrosa a medida que Wilson lo va acorralando. Welles supo recrear esta contaminación llegada a Harper con una atmósfera de peligro que pretendía concienciar al pueblo americano del riesgo de los tentáculos del fascismo en la sociedad de la época. El hecho de que Kindler sea profesor de los jóvenes de Harper pone de manifiesto el poder de adoctrinamiento de esta ideología totalitarista, capaz de envenenar los ideales juveniles de todo un país.

       «Kindler: Y a ver si adivinas qué voy a hacer esta tarde a las seis. Estaré delante de un sacerdote, al lado de la hija de un juez de la Corte Suprema de los Estados Unidos, un famoso liberal. Y la chica es hasta bonita. Sí, el camuflaje es perfecto. ¿Quién puede imaginarse que Franz Kindler se encuentra actualmente en la Escuela Superior de Harper dando clases a los hijos de notables familias americanas? Y me quedaré aquí hasta el día que volvamos a resurgir.»


       Este elemento subversivo, el líder nazi instruyendo a los hijos de los americanos, sirvió a Welles para sembrar en el espectador la inquietante posibilidad de que el enemigo pudiera introducirse entre ellos, bajo una máscara social políticamente correcta, y contaminarlos de forma subrepticia. La película muestra a Kindler, en su rol de profesor de historia, impartiendo una clase sobre Federico el Grande, rey de Prusia admirado por Hitler y usado por la propaganda nazi como modelo de disciplina y expansionismo militar. De ese modo, el director lograba despertar en el espectador la conciencia de que era responsabilidad de todos velar para que un nuevo holocausto no volviera a producirse.

       La vida en la apacible ciudad de Harper fue escenificada por Welles hasta el más mínimo detalle como un lugar tan idílico, en su sencillez e inocencia, que, por contraste, acentuaba aún más la existencia artificiosa y maquiavélica del nazi evadido. Welles se esforzó en familiarizar al espectador con los habitantes de Harper, con su bosque, su tienda-bar regentada por el Sr. Potter, su escuela con su gimnasio y su iglesia con la torre del reloj, para conectarlo a nivel emocional con la amenaza del nazi infiltrado en el pueblo. Por otra parte, la torre del reloj —con un ángel y un demonio (lo bueno y lo malo) y con una interminable escalera vertical como único medio de acceso al campanario— constituye en sí misma una fuente de suspense inagotable a la hora de enfatizar el dramatismo de la intriga, además de ser el lugar en el que el nazi evadido puede dejar de fingir y evadirse de su situación de infiltrado para dar rienda suelta a su afición por los relojes. Esta obsesión por reparar el reloj del pueblo revela, a nivel psicológico, la ansiedad de Kindler por salir del estancamiento vital en el que se encuentra y volver a ponerse a funcionar al mando de la «causa».


       «Charles: Oh, cariño, estoy terriblemente nervioso. Creo que trabajaré con el reloj esta noche. Solo. Yo solo. Eso me calmará. Lo comprendes, ¿verdad?
       Mary: Claro que lo comprendo.
       Charles: ¿Quieres que te acompañe a casa?
       Mary: No, cariño, no es necesario.
       Charles: Es muy tarde…
       Mary: No importa. En Harper no hay nada que temer.»

       Lo único temible en Harper es Franz Kindler, oculto bajo la identidad de Charles Rankin, un villano perverso y camaleónico de esos que Orson Welles interpretaba a la perfección. Como Rankin, vemos a un Welles reservado, evasivo, poco dado a intervenir en conversaciones o a intimar con la gente, que hasta con su mujer se muestra algo distante, considerando que se trata de un marido recién casado; como Kindler, Welles se transforma en un hombre seguro de sí mismo, cínico, narcisista, colérico cuando los planes le salen mal, patético al verse acorralado y asustado en su muerte. Welles desarrolla todo un abanico de matices interpretativos, gestos perversos, miradas furtivas, cínicas sonrisas e incluso una vulnerabilidad y una ternura fingidas que resultan estremecedoras por la máscara de calculada humanidad con que las envuelve.


       «Charles: Oh, Mary, tenía que haberme ido a un mundo desconocido y perderme yo solo. Pero, te quiero… Y soy débil.
       Mary: Cariño, si tú te vas, yo iré contigo. Tú también compartirías mis problemas.»

       Tras el visionado de la película, no podemos evitar preguntarnos quién es en realidad el extraño al que hace referencia el título, ¿Mainike o Kindler? Mainike es el extraño forastero que llega a Harper desconcertando a todos por su aspecto, su misterioso comportamiento y su posterior desaparición. Y es el extraño que desencadena con su llegada el desmoronamiento de la falsa identidad de Kindler.

       «Potter: Desde el primer momento en que vi a ese forastero no me gustó. Parecía un personaje del siglo XV. Presentí que acabaría mal.»

       Sin embargo, Kindler es el extraño que se oculta bajo la apariencia de Charles Rankin, un ciudadano plenamente integrado entre los habitantes del pueblo. Kindler es el extraño con el que Mary se casa sin saberlo, es el extraño que los alumnos respetan y aprecian, el extraño que la familia del juez Longstreet ha aceptado en su seno. Kindler, mimetizado con todos y todo lo que le rodea, forma ya parte del paisaje cotidiano de Harper, es el extraño en la sombra, el extraño que nadie percibe como tal. Por el contrario, Mainike es el extraño a la vista de todos. Incluso para el espectador es un personaje fuera de lo común desde que aparece en pantalla. Para empezar, ¿qué ha llevado a Mainike a ir en busca de Kindler? Cuando contacta con el fotógrafo, miembro del movimiento nazi en la sombra, le exige saber su paradero para transmitirle un mensaje del alto mando; sin embargo, cuando se encuentra con Kindler no parece tener ningún mensaje que darle, solo se muestra arrepentido y le habla de la necesidad de redimirse, de Dios y de milagros —aunque, minutos antes, él mismo haya tratado de eliminar a Wilson—. Mainike es un extraño camarada nazi y un extraño arrepentido. En cierto modo parece estar algo desequilibrado, como si sus remordimientos le hubieran conducido a un fanatismo religioso, que le ha nublado el juicio hasta el punto de confundir con un milagro la trampa que le ha tendido Wilson al dejarle escapar.

       «Mainike: Alguien debe llevarte a la salvación. Confiesa tus pecados como hice yo. Proclama tu culpabilidad. Sólo así podrás lograr la salvación.
       Kindler: ¿Realmente crees eso, camarada?
       Mainike: Necesitarás fuerzas, las fuerzas que sólo pueden venir de Dios. Arrodíllate conmigo, Franz y elevaremos juntos nuestras plegarias para que Él te de fuerzas. (Se arrodillan) He pecado, Señor, Dios todopoderoso. Pero no quiero seguir siendo un pecador. Repite conmigo: Me arrepiento de mis pecados.
       Kindler: Me arrepiento de mis pecados.
       Mainike: Dios misericordioso, ayúdame en estos momentos…
       Kindler: Dios misericordioso… (Coge a Mainike por el cuello y lo estrangula)»


       Obcecado con sus ideales nazis, Kindler se burla con cinismo de las palabras de su compañero, pero le sigue la corriente, se arrodilla y reza con él, tan solo con la intención de estrangularlo. Y lo hace en mitad de una oración y mientras sus alumnos juegan cerca de ellos a la caza del zorro, lo que constituye una anticipación, cargada de cierto humor negro, de la caza del nazi a la que Wilson jugará más tarde con él.

       «Alumno 1: ¡Hola, profesor Rankin!
       Charles: Hola, chicos, ¿a qué estáis jugando?
       Alumno 2: A la caza del zorro.
       Charles: ¿Y quién es el zorro?
       Alumno 1: Yo y voy dejando pistas.
       Alumno 2: Podría hacerlo usted, Sr. Rankin y rebajaría un poco de peso.»

       El sacrilegio de Kindler en el bosque resulta de lo más chocante después de que le hayamos visto alegrarse de una forma tan sincera al reencontrarse con su viejo camarada. Del mismo modo, hay momentos en los que Kindler da la impresión de estar extrañamente satisfecho con la esposa que ha conseguido como tapadera para convertirse en un respetable ciudadano de Harper: le observamos tratándola con ternura, le oímos decir que es maravillosa y que la quiere y parece tan franco, que no solo Mary sino también nosotros, los espectadores, aún sabiendo que es un impostor, nos preguntamos si realmente la quiere.


       Welles sentía cierta atracción por sumergirse en el lado oscuro de los personajes, la maldad siempre ejerció sobre él una gran fascinación, como director y como actor, y llegó a constituir una constante en todas sus películas. En El extraño, da la impresión de que Welles juega con la maldad del personaje de Kindler, como si algunas veces quisiera hacernos creer que no es tan malo como parece y otras veces, quisiera mostrarnos su perversidad de la forma más descarnada posible. Para Welles, el bien y el mal forman una dualidad inseparable dentro del ser humano, por eso Kindler, bajo su falsa identidad, alterna momentos de sincera humanidad, en los que da la impresión de ser tan solo una persona normal que se ha visto arrastrada a cometer atrocidades por su absoluta entrega a una causa política, con momentos de una frialdad que roza la psicopatía, en los que parece un ser carente de sentimientos, capaz de diseñar paso a paso un plan para eliminar a su esposa y de sentarse luego tranquilamente a jugar a las damas con Potter esperando a que ella muera.


       Pero, aunque Kindler se sienta inclinado a eliminar a Mary, por ser la única que puede relacionarlo con Mainike, vemos que se resiste a hacerlo hasta que ella se derrumba y se convierte en un riesgo demasiado grande para su seguridad. También vemos que se enoja al saber que podría haber matado al inocente Noah, su joven alumno. Esa es una muerte inútil que él no desea llevar sobre su conciencia.


       «Kindler: Cuando has cometido un asesinato, puedes cometer otros, hasta convertirlos en una cadena que te estrangula.»

       Estas palabras muestran sin duda alguna un rastro de humanidad en Franz Kindler. ¿Acaso Kindler lamenta ser un criminal? También Mary, al convencerse de que su marido es un nazi evadido, quiere saber si alguna vez la ha amado o si todo ha sido una farsa. Con esa intención se levanta al oír las campanas del reloj y se dirige a la torre para averiguarlo. Y, al comprobar que él la sostiene en el aire sin dejarla caer, cuando hubiera podido matarla, quiere creer que aún hay algo humano en él y que, precisamente, esa humanidad de Kindler fue lo que la enamoró.


       «Kindler: ¿Te ha seguido alguien?
       Mary: He venido por el atajo, por el cementerio. No me ha visto nadie. Ahora ya no necesito excusas. Temía que no me ayudaras a subir.
       Kindler: Dime, ¿qué quieres?
       Mary: He venido a matarte.
       Kindler (Riéndose): No… No, Mary, eres tú quién va a morir. Esa escalera estaba preparada para ti. Te vas a caer.
       Mary: No me importa si tú caes conmigo.
       Kindler: Te has vuelto loca.»

       Aún así, Mary termina disparando contra su marido, no sólo para librar de él a la humanidad, sino para liberarse ella misma de su presencia en el mundo. Mary sabe que la nulidad matrimonial no bastaría, porque ella le ama y seguiría sintiéndose unida a él. Mary le dispara para liberarse de esa cadena que la estrangula. Charles Rankin debe morir para que Mary Longstreet pueda enterrarle y seguir adelante, sin la sombra de su existencia planeando sobre ella.

       Desde el momento en que Mary conoce a Mainike intuye que alterará su vida de forma nefasta, siente que es una sombra oscura que se cierne sobre su felicidad, percibe que algo siniestro, relacionado con Charles, amenaza su felicidad.


       «Charles entra al dormitorio y observa a Mary durmiendo. Mary se despierta y se sobresalta al verlo.
       Charles: Soy yo, cariño.
       Mary: Oh, oh, lo siento. Me ha asustado aquel hombre.
       Charles: ¿Qué hombre?
       Mary: Aquel que… Ya te lo expliqué, el que vino el día en que nos casamos. Oh, no sé lo que me pasa, jamás había soñado nada parecido. He tenido miedo. (Charles le pasa su cigarrillo, ella le da una calada.) Gracias. Cuando cruzó la calle para ir en tu busca, él seguía andando, pero de pronto su sombra permanecía inmóvil. ¿Qué puede significar eso, Charles? ¡Él seguía andando y su sombra permanecía inmóvil! ¿Puede tener algún sentido?»

       El sueño de Mary revela una desconexión entre la imagen pública de ese hombre y su verdadera identidad. Pero en el inconsciente de Mary ese hombre no es Mainike sino el mismo Charles. La mente inconsciente de Mary la avisa a través de su sueño de que su marido no es lo que parece. Ella siente verdadero pavor ante este sueño y, al despertar, ve a Charles observándola en la oscuridad de forma inquietante. Welles había rodado la pesadilla de Mary, pero el productor decidió eliminarla en el montaje final, lo cual es una verdadera lástima, porque el elemento onírico seguro que permitió al director dar rienda suelta a todo su genio creativo. Por otra parte, después de ver la pesadilla, el espectador entendería mejor que Charles observara con recelo a Mary mientras duerme, como si pudiera adivinar la presencia de Mainike en sus sueños.


       Para Mary la lealtad a su marido es algo sagrado, romper esa lealtad es algo que la rompe a ella por dentro, quiere proteger a su marido, pero al mismo tiempo desearía ser una niña para correr a los brazos de su padre y huir de semejante infierno. Ella sabe que su inocencia se ha ido para siempre, pero no por haberse casado, sino por haberlo hecho con un criminal. «Ya no soy una niña, soy una mujer casada», repite Mary como un mantra para darse ánimos, pero es un mantra incapaz de ahuyentar la realidad de haber unido su vida a la de un monstruo. Pero Mary es más valiente de lo que ella cree, se queda junto a su marido defendiéndolo de todos, incluso de sí misma, porque siente que es lo que tiene que hacer como mujer casada.

       «Mary: ¡Era una trampa, Charles, era una trampa! El Sr. Wilson ha intentado convencerme de que eras un nazi. Pero yo no le he creído. Imagínate, tú un nazi evadido… Se cree muy listo el Sr. Wilson… Quería que le hablara de ese hombre que vino a verte.
       Charles: ¿Te ha dicho si sabía quién era yo?
       Mary: Un nazi, Franz Kindler. Me ha presionado, pero no le he dicho nada. Ni a papá tampoco. Me he enfrentado a los dos. He hecho exactamente lo que me dijiste y se lo han creído. Pero he venido enseguida para avisarte. No pueden hacerte nada, ¿verdad?
       Charles: No, no pueden hacerme nada. Estoy a salvo si tú no hablas.
       Mary: No diré nada. Te juro que no diré nada. Aunque me torturen, no diré nada.»


       Resulta conmovedora la forma en la que Mary se siente orgullosa de haber permanecido leal a su marido, frente a Wilson y a su padre, y cómo se lo relata a él con la inocencia de una niña que espera una recompensa por haberse portado bien. Aún no se da cuenta de que siendo leal a Charles, está traicionando la lealtad que se debe a sí misma, a sus principios y a su propia integridad.

       El mismo Charles parece lamentar haber traicionado el amor de Mary, haber mancillado algo puro e inocente que tenía el privilegio de poseer sin merecerlo.

       «Mary: ¿Tú lo mataste?
       Charles: Con estas manos, las mismas que te han abrazado a ti. ¿Comprendes ahora por qué debo marcharme?»

       Ella, más tarde, parece recordar las palabras de Charles cuando, convencida ya de su maldad, se muestra reacia a que él vuelva a tocarla.

       «Mary: ¡Ahora lo veo todo claro, Franz Kindler! ¡Mátame! ¡Mátame! ¡Lo estoy deseando! ¡No podría enfrentarme a la vida sabiendo lo que eres y lo que le has hecho a Noah! ¡Pero cuando me mates, no me pongas las manos encima!»

       El espanto de Mary es haber sido acariciada por las manos manchadas de sangre de un impostor que la enamoró con sus mentiras. Cuando Mary le ofrece un atizador a Charles para que la mate, Welles, una vez más, nos deja sin saber si Kindler hubiera sido capaz, o no, de matar a Mary con sus propias manos, ya que la precipitada aparición de Wilson y Noah le obliga a huir. Sólo vemos caer el atizador al suelo, no sabemos si Kindler llega a cogerlo para matar a Mary y no le da tiempo a hacerlo o si es Mary quien lo deja caer, al ver escapar a su marido.
       Justamente, lo que hace de esta cinta una película insólita y misteriosa es lo que no se cuenta, aquello que el espectador nunca llega a saber. Todas esas incógnitas acerca de los verdaderos sentimientos, motivaciones o medias verdades de los dos nazis evadidos inundan el film de una atmósfera impenetrable, tan insondable como la misma perversa ideología que hizo tambalearse la paz en el mundo.

       Si Wilson hubiese sido interpretado por una mujer —la actriz Agnes Moorehead, como sugirió Welles al productor—, quizás hubiera sido un personaje menos indiferente a la desesperación de Mary y ésta se hubiera sentido menos desamparada. Una mujer, sin duda, se hubiese sentido identificada con el dolor de Mary y se hubiese sentido indignada de que Kindler se hubiera aprovechado de su dulzura, de su lealtad, de sus ingenuos sentimientos y de sus ilusiones de recién casada. Por el contrario, a Wilson solo le preocupa cazar al líder nazi. Para él, Mary sólo es una víctima más, no empatiza con ella más que con el resto de cadáveres que Kindler ha ido dejando a su paso; por ello, no duda en utilizarla como cebo para cazarlo.


       «Wilson: No me interesa probar que no es Charles Rankin, sólo me interesa probar que es Franz Kindler.
       Juez Longstreet: ¿Y cómo se propone hacerlo?
       Wilson: A través de su hija. Si no me equivoco, va a sufrir una crisis nerviosa. Por experiencia sé que es lo más corriente en estos casos. Rankin se dará cuenta y eso es lo que espero.
       Juez Longstreet: ¿Qué quiere decir?
       Wilson: Pues que no podrá fiarse de una persona al borde de la histeria y tendrá que actuar.»

       Al final de la película, Wilson se despide de Mary de una forma harto insensible: «Buenas noches, Mary, que duerma bien.» Mary no dormirá bien, ya sólo tendrá pesadillas. La herida de un amor traicionado no la dejará dormir bien en mucho tiempo. Wilson parece cruel y desagradable en su última frase. ¿Se burla de Mary o es tan indiferente a su dolor que solo es capaz de mostrar su autocomplacencia por haberla librado de Kindler? Hay algo en Wilson que nos resulta turbio, su forma de introducirse en la familia Longstreet con mentiras para investigar a Rankin o la manera en la que siempre logra llevar cualquier conversación a su terreno para hablar de lo que le interesa o ese aire de sabelotodo pagado de sí mismo que resulta insufrible aunque pretenda ser cordial. Sea lo que fuere, el detective Wilson no resulta simpático, al menos no como los detectives Marlowe, Harper, Sam Spade o Sherlock Holmes. Lo mismo que Welles se encarga de que el despreciable y siniestro Franz Kindler nos resulte carismático, atractivo y queramos creer que aún queda algo de humanidad en él, se asegura también de que el sagaz y corajudo Wilson nos resulte fastidioso y queramos pensar que algo malicioso se esconde en su persona.


       «Wilson (citando a Emerson de memoria): “Comete un crimen y el mundo se te convierte en cristal, comete un crimen… comete un crimen y parece que una capa de nieve cubra el suelo. Esto revelaría en el bosque las huellas de cada perdiz, ardilla, conejo… No se puede olvidar la palabra hablada, no se puede borrar la pisada, no se puede tirar de la escalera para no dejar nada.”
       Invitada: Oh, Sr. Wilson, ¿sabía que es usted el sospechoso número uno en nuestro caso de asesinato?
       Wilson: Oh…
       Invitada: De momento es el único. El Sr. Potter piensa que usted lo hizo para apoderarse de alguna valiosa antigüedad.
       Wilson: ¿Ah, sí?
       Invitada: Bueno, yo no quería decir nada, pero, si he de ser sincera, pienso lo mismo.»

       Wilson cita el ensayo Compensación de Emerson con la intención de presionar a Kindler para que cometa un error. Y hace bien en tratar de vencer a Kindler con su intelecto, porque está claro que esta especie de detective político no es el típico hombre de acción, es físicamente torpe y entrado en años. Se aprecia ya en la escena del gimnasio cuando se deja sorprender y atacar por Mainike y se ve también cuando se cae al salir corriendo con Noah para auxiliar a Mary o cuando se enfrenta a Kindler en la torre sin haber tenido la precaución de llevar un arma. No, Wilson no es un héroe al uso, es un tipo rechoncho, cargante y algo repelente, que se deja ganar por Potter a las damas para sonsacarle información, que fuma en pipa con la paciencia del cazador que aguarda a que la presa se ponga a tiro y que no duda en manipular, presionar o utilizar a los demás para conseguir su objetivo. No, Wilson no termina de caerle bien al espectador —pese a la buena interpretación de Edward G. Robinson— y nunca sabremos si Agnes Moorehead, fumando en pipa al estilo de la periodista Margarita Landi, hubiera logrado que una Sra. Wilson nos cayera mejor.


       A Welles le gustaba forzar los límites de los géneros cinematográficos para innovar, quizás por ese motivo El extraño sea una película difícil de etiquetar bajo un género determinado. Es cine negro, sí, pero también es un thriller de intriga política, que recrea la caza de un nazi por parte de los aliados, y un destacable drama psicológico, constituido por la lucha interna del personaje de Mary Longstreet resistiéndose a despertar de su sueño de amor para estrellarse contra una pesadilla. Mary se niega a aceptar la realidad de que el hombre al que ama es un verdadero extraño y culpa a todos los que la rodean de estar en su contra, en un intento desesperado por retener la felicidad que le había proporcionado su relación con Charles.

       «Mary: Él es bueno. Es bueno, no le haría daño… no le haría daño a nadie. Y mucho menos esas… esas monstruosidades.
       Juez: Entonces, la verdad no puede perjudicarle. Charles no estuvo contigo aquella tarde, ¿verdad? Recuerdo que me lo dijiste al regresar a casa.
       Mary: ¡Tú también estás en contra suya! ¡Jamás te ha caído bien! ¡Por eso no me crees ahora! ¡Pues déjanos en paz! ¡No es un nazi! ¡No es uno de ésos! ¡No lo es! ¡No!»


       El círculo social que rodea a Mary en Harper está formado sobre todo por personas más mayores que ella, salvo el médico, el resto de su grupo de amigos parecen de la edad de su padre o más jóvenes, por lo que podemos intuir que, antes de conocer a Charles, Mary debía sentirse muy sola y es normal que se resista a volver a caer en esa soledad. Por otra parte, el carisma erótico de Charles y su poder psicológico para manipularla impiden a Mary aceptar su culpabilidad o delatarle.

       «Charles: Escucha, Mary, el hecho de que no hables te convierte en encubridora del crimen.
       Mary: Pero debo encubrirte, formo parte de ti. (La besa.)
       Charles: Estás temblando en mis brazos como si estuvieras en contacto con la muerte.»


       La actriz Loretta Young realizó una sensible interpretación de Mary Longstreet, esa mujer encantadora y llena de buenos sentimientos que, incapaz de traicionar a su marido, termina sufriendo una crisis nerviosa. Loretta Young supo recrear el sufrimiento de Mary y su posterior temple y coraje a la hora de afrontar su espantoso desengaño. Mary pasa de ser una esposa sumisa a un ángel vengador y Loretta consiguió que ambas versiones de Mary estuviesen investidas de nobleza y dignidad.

       El extraño barroquismo artístico de Welles nos ofrece ese impactante final en el que el criminal termina atravesado por la espada de un ángel en un campanario, tras haber esquivado el tridente del demonio. El ángel y el demonio del reloj no sólo representan el bien y el mal, sino que representan también a Mary y a Charles. Mary, al dispararle, hace caer a Charles a la cornisa de la torre del reloj, donde el ángel le atraviesa con la espada arrebatándole la vida, es el mito de la bella matando a la bestia. Charles muere con gesto de sorpresa y dolor en su rostro. La sorpresa —y quizás también el dolor— de que Mary, que tanto lo amaba, haya sido capaz de volverse contra él. La pérdida del amor de Mary, a la que Kindler había subestimado, supone para Kindler la pérdida de su último refugio de humanidad.


       «Wilson: ¡Adelante! Puede matarme a mí y a Mary y a la mitad de esas personas, pero no tiene escapatoria. Después de la guerra, se refugió en la ciudad de Harper, pero esto se acabó. Sólo le queda esta torre. Y esto también se le está acabando.
       Charles: Las cosas que dicen que hice no son ciertas. Yo sólo cumplía órdenes.
       Wilson: ¡Usted daba las órdenes!
       Kindler: Solo… Solo cumplía con mi deber. Diga a esa gente que se marche de aquí. Yo no soy un criminal.
       Mary: Lo eres.»

       La maldad acechando en el seno de nuestro entorno más íntimo, la ceguera emocional y la eterna batalla entre el bien y el mal son los temas principales que aborda El extraño, la película menos personal de Welles, que fue también la más comercial, y la que le permitió, gracias a su éxito en taquilla, poder seguir trabajando como director en Hollywood. Pero, si bien, el resultado de la película no satisfizo al director, al menos le permitió expresar su compromiso político mostrando por primera vez imágenes reales del holocausto en una pantalla de cine a fin de convencer al pueblo americano del horror del que eran capaces los nazis y, por extensión, todos los seres humanos dispuestos a dejarse tentar por el autoritarismo.

jueves, 12 de febrero de 2026


LANGMANÍA 3

LOS SOBORNADOS (1953) de Fritz Lang
   

       Lang nos ofrece un relato descarnado del precio que debe estar dispuesto a pagar un ser humano íntegro por enfrentarse a una sociedad corrupta. El director parece plantear al espectador la pregunta de si, realmente, merece la pena salir malparado por exponerse a la violencia de un sistema podrido, imposible de regenerar, o si es preferible mirar para otro lado. ¿Ser un conejo asustado o un héroe solitario?
     
       El policía Tom Duncan se suicida dejando una carta dirigida al fiscal del distrito con información sobre los negocios del gánster Mike Lagana (Alexander Scourby). Su mujer, Bertha (Jeanette Nolan), oculta la carta con la intención de chantajear a Lagana. El sargento Bannion (Glenn Ford), encargado de investigar el suicidio de Duncan, interroga, respectivamente, a su viuda y a su amante, Lucy Chapman (Dorothy Green), cuyas declaraciones se contradicen. Cuando Lucy aparece asesinada, al estilo de la mafia, Bannion sospecha que Duncan escondía algo turbio. Sobre todo cuando sus superiores le ordenan dejar el caso de Lucy en manos del Sheriff del condado. Como, pese a todo, Bannion continúa con la investigación, es amenazado por un matón que insulta a su mujer (Jocelyn Brando). Bannion, furioso, se presenta en casa de Lagana y le acusa del crimen de Lucy. A la noche siguiente, una bomba hace explotar su coche y su esposa muere. Destrozado por el dolor y lleno de odio, Bannion acusa al comisionado Higgins (Howard Wendell) de estar a las órdenes de Lagana y entrega su placa, dispuesto a investigar en solitario el crimen de su mujer. Lagana responsabiliza a su mano derecha Vince Stone (Lee Marvin) de que Bannion siga vivo, por haber delegado su muerte en el inútil de Larry Gordon (Adam Williams). Vince se ofrece a encargarse personalmente, pero, con las elecciones tan próximas, Lagana prefiere no llamar la atención. Las pesquisas de Bannion le conducen hasta el bar El Retiro, donde trabajaba Lucy Chapman, en busca de un tal Larry. Una vez allí, Bannion se enfrenta a Vince Stone por agredir a una chica. Y éste, obedeciendo la orden de Lagana de pasar desapercibido, se marcha dejando tirada a su novia, Debby March (Gloria Grahame). Ésta, fascinada por el coraje de Bannion, trata de seducirlo y termina marchándose con él a su hotel. Pero Bannion solo está interesado en sacarle información. Vince, al enterarse de que Debby ha estado con Bannion, le desfigura la cara con café hirviendo. Lagana ordena la muerte de Debby, pero ésta consigue huir y Bannion la oculta. Agradecida, Debby le dice dónde encontrar a Larry Gordon. Sorprendido por Bannion, Larry confiesa que fue Vince quien le ordenó matarlo y quien asesinó a Lucy Chapman. Inmediatamente después, Larry es asesinado y Vince recibe la orden de secuestrar a la hija de Bannion para neutralizarlo. Sin embargo, compañeros del ejército de su cuñado y sus colegas del departamento protegen a la niña. Mientras tanto, Bannion, convencido de que Duncan debió dejar a su esposa documentos que incriminan a Lagana, casi estrangula a la viuda para conseguirlos, pero se contiene. En cambio, Debby no duda en matar a la Sra. Duncan para que todos los delitos de Vince salgan a la luz. Después, le tiende a éste una emboscada para quemarle la cara y Vince le dispara. Bannion trata de arrestar a Vince y se produce un tiroteo; en el transcurso del cual, Dave tiene la oportunidad de matar a Stone. Pero el sacrificio de Debby le ha devuelto su fe en la humanidad y renuncia a la venganza.



       El guión de Sidney Boehm, periodista de sucesos, basado en la novela The big heat de William P. McGivern —inspirada, a su vez, en hechos reales ocurridos a finales de los cuarenta en Filadelfia—, recibió el Premio Edgar Allan Poe de 1954 al mejor guión de largometraje; premio que compartió con el citado autor de la novela.
       Poseedor de unos diálogos extraordinarios, un ritmo ágil lleno de intriga, giros inesperados, brutalidad, odio y venganza, el guión refleja la eterna lucha entre el mundo del crimen organizado —a menudo sostenido por la codicia de los estamentos públicos— y el deseo de justicia y la integridad de algunos ciudadanos, representados en la película por un honesto sargento de policía del departamento de homicidios. El empeño del protagonista por realizar su trabajo de una forma honrada, a pesar de la corrupción que le rodea, desata una oleada de crímenes, tras los cuales llega la calma con la caída de dicha organización. Sin embargo, mientras que la vida del policía ya nunca volverá a ser la misma, en la ciudad nada cambia, porque siempre habrá otros criminales dispuestos a transgredir la ley o la moral para enriquecerse. En ese sentido, el triunfo del policía sobre los gánsteres, obtenido a un precio tan lleno de pérdidas y daños, se convierte en una victoria pírrica, que en la práctica resulta casi una derrota.

       «Gus: Ningún hombre es una isla. No puede enfrentarse al mundo y salir bien librado.»

       Lang parece coincidir con la afirmación de esa famosa frase que dice: «Ninguna buena acción queda sin castigo», y es que a menudo un comportamiento honesto genera críticas, envidias y recelos, en lugar de agradecimiento y admiración. El sargento Dave Bannion es molesto porque se niega a mirar para otro lado, como hacen sus compañeros de departamento, y esa honestidad y esa tenacidad suya a la hora de combatir a los delincuentes les hace avergonzarse de sí mismos.


       «Bannion: ¿Se ha quejado ella?
       Wilks: Alguien lo hizo. No ha sido correcto molestar a la viuda de un policía por los amoríos de su esposo.
       Bannion: Correcto o no fue mi decisión.
       Wilks: Usted olvida una cosa, soy yo quien recibe las llamadas de arriba y quien debe dar explicaciones. No es posible dirigir esta oficina hiriendo los sentimientos de la gente.
       Bannion: ¿Quiere que suba yo a dar explicaciones?
       Wilks: Usted, no. Usted es molesto por instinto. »

       El alegato de Lang en Los sobornados se dirige contra el mundo del crimen y contra todos aquellos que miran hacia otro lado, que constituyen la mayoría de la sociedad. La gente se conforma con las imposiciones de los poderosos sin cuestionarlas, para no tener problemas, por miedo a perder lo que tienen o a salir malparados. Los inconformistas suponen un problema, ya que remueven las aguas y las aguas revueltas pueden salpicar a cualquiera.

       Lang con su eterno fatalismo nos muestra que el crimen siempre perdura y que, tras Lagana, vendrá otro gánster que ocupará su lugar. No obstante, también deja una puerta abierta a la esperanza, porque también habrá siempre otros Bannions, dispuestos a seguir luchando por la justicia, y, por supuesto, también ellos pagaran un alto precio. Pero no hay que olvidar que, aunque Bannion haya perdido a su esposa en su lucha contra Lagana, ha conseguido algo importante, limpiar la ciudad en la que crecerá y vivirá su hija. Y Lang se encarga de hacernos saber que, pase lo que pase, seguirá haciéndolo durante toda su vida.


       «Bannion: ¡Si tuviera juicio devolvería mi placa!
       Katie: Tu gran problema, cariño, es que te mortificas a ti mismo desde todas partes, como los mosquitos. Tú no deseas dejar el departamento en absoluto.
       Bannion: ¿Y qué debo hacer entonces? ¿Aferrarme a mi trabajo? ¿Limitarme a cumplir lo que se me ordena temiendo mirar a derecha o izquierda para no ver lo que ellos no quieren que vea?
       Katie: Si lo haces, vas a tener problemas conmigo. Sigue como hasta ahora y no aceptes ninguna imposición.
       Bannion: Eso quería oírte decir.»

       A través de Los sobornados, Lang analiza la integridad de las estructuras políticas, jurídicas y policiales, cuestionando la pureza de los ideales americanos. Para Lang, bajo los valores democráticos, se esconde toda una cultura del odio, que se manifiesta en aquellos momentos en los que, con la excusa de hacer justicia, se persigue la venganza. Esta actitud le generó fama de director conflictivo e incómodo ante los Estudios, lo que con el tiempo provocaría que Lang se marchara de Hollywood, a finales de los años cincuenta. Hecho que, para algunos, marcaría el comienzo del declive del cine negro americano.


       Para desarrollar este thriller policíaco de cine negro, Lang se apoyó en tres fuertes pilares: Por una parte, un intenso y dinámico ritmo narrativo con el que consigue atrapar al espectador durante todo el metraje mediante una acción incesante y cargada de dramatismo. Por otra parte, la identificación del espectador con el protagonista, lograda a través de la muerte de su mujer por una bomba que iba dirigida a él. Bannion tiene la simpatía del público desde ese momento y, haga lo que haga, ya nunca la perderá. El público percibe a Bannion como un héroe comprometido de forma personal contra una peligrosa e inhumana organización que merece ser destruida. Por último, el tercer punto de apoyo de la película lo constituyen las inolvidables mujeres del film, mujeres fuertes, perfiladas con maestría por Lang, mujeres que hacen de Los sobornados una película única, de gran dureza e impacto: La encantadora y malograda esposa de Bannion, la alocada Debby, transformada en ángel de venganza tras la desfiguración de su rostro, la fría y avariciosa Bertha Duncan y la valiente y solidaria Srta. Parker, dispuesta a jugárselo todo por ayudar al policía a encontrar al asesino de su esposa.

       Lang poseía un enorme talento para presentar las características principales de los personajes desde su aparición en pantalla, usando tan solo unos pocos planos. La indiferencia con la que reacciona Bertha Duncan al descubrir el cadáver de su esposo, de bruces sobre el escritorio cuando se acaba de volar la tapa de los sesos, es de una frialdad estremecedora. Lang sabe que no hace falta añadir nada más para que el espectador sepa que la Sra. Duncan es una mujer insensible y calculadora, que sólo se preocupa de sí misma. Todo lo contrario que la esposa de Bannion, llena de simpatía y complicidad hacia su marido en su primera aparición en pantalla.


       «Bannion: No sé cómo puedes comprar bistecs con mi sueldo. En el departamento no lo creen.
       Katie: Diles que te casaste con una rica heredera.
       Bannion (Riéndose): Eso es.
       Katie: El año que viene cuando Joyce vaya al jardín de infancia, tendrás que despedirte de los bistecs hasta que acabe la Universidad. A no ser que te hayas convertido en el jefe de la policía.
       Bannion: Será inevitable.
       Katie: Naturalmente…»

       En cuanto a Debby March, la supuesta mujer fatal de la película, en el primer plano en el que aparece ya se muestra bella y arrebatadora, al tiempo que poseedora de una traviesa ironía respecto a su novio, el matón Vince Stone, del que siempre se burla.

       «Debby (Hablando por teléfono): Claro, Sr. Lagana, siempre me divierte decirle a Vince que usted le llama. Me gusta verle pegar un brinco. ¡Vince!... ¡Es él! (Hace un especie de reverencia para indicar que se trata de su “alteza real”.)»


       De las mujeres que ayudan a Bannion, la Srta. Parker (Edith Evanson) quizás sea, por su vulnerable aspecto, la más conmovedora de todas. Se trata de una mujer coja y entrada en años, que da la impresión de estar sola e indefensa en el mundo y que, aunque teme perder su empleo, se niega a guardar silencio. Lang nos la presenta en un segundo plano, trabajando sobre su escritorio sin prestar atención a lo que están hablando Bannion y su jefe, pero cuando oye a Bannion hablar de la muerte de su esposa, la vemos reaccionar, incluso parece que vaya a decir algo, pero se calla. Luego va tras Bannion para decirle lo que sabe y con su pequeño acto de valor proporciona a nuestro héroe la primera pista que le llevará hasta los asesinos.


       «Srta. Parker: El Sr. Atkins podría verme… No es mala persona. No hay mucha gente que diera trabajo a alguien como yo. Es sólo que está asustado. Y yo también. Hubo un hombre que vino a ver a Sline hace más de dos semanas. Tuvieron una larga conversación en el patio.»

       Este tipo de mujer, físicamente débil, que se arriesga a hacer lo correcto, sirve a Lang para acentuar en el film la valentía de las mujeres frente a la cobardía de hombres hechos y derechos que deciden no hacer nada.

       «Bannion: Es usted un embustero.
       Atkins: No debe insultarme, amigo. He dicho que no sé nada y así es como son las cosas.
       Bannion: ¿Sabe? Yo conozco muy bien a los de su especie desde hace diez años. Conejitos asustados que nunca ven nada. No arriesgaría su gordo pescuezo por nadie, ¿verdad?
       Atkins: Exacto. Porque es mi gordo pescuezo.»

       Para su director, Los sobornados, que fue un éxito de taquilla en el año de su estreno, es una historia de odio, crimen y venganza. El sentimiento del odio es el motor que impulsa al protagonista a vengarse de los criminales que destruyeron su familia. El odio y la venganza son motores muy poderosos que estimulan la acción de la trama de una forma incesante, llena de una violencia física y verbal inusual para su época, pese a que el Código Hays de censura implantado por los Estudios siguiera vigente. Pero se trata de una violencia brutal expresada de forma elegante, creemos ver la explosión del coche de Bannion, pero no la vemos; creemos ver a Vince quemando con el café hirviendo el rostro de Debby, pero no lo vemos. Todo sucede fuera de plano. La violencia que se muestra es fría, incluso sádica en el caso de Vince Stone, pero nunca sangrienta ni desagradable de ver. Además es una violencia compartida tanto por el policía protagonista como por los delincuentes. Bannion es, desde el principio del film, violento e impulsivo ante las amenazas y las bravatas de los granujas a los que se enfrenta. Le mortifica tener que ceder ante sus provocaciones y le enfurece tener que bajar la cabeza por las imposiciones de sus superiores.


       «Bannion: ¿A quién llamaba?
       Tierney: A mi madre.
       Bannion: ¿Prefiere que vayamos a la comisaría?
       Tierney: No me asuste, sargento. Cinco minutos después de llegar allí, será usted quien conteste a unas preguntas.
       Bannion: Coja la chaqueta.
       Tierney: Claro… Sólo que alguien querrá saber por qué mete las narices en un caso del Condado. ¿Por qué no deja de molestar a la gente después de habérselo dicho ya una vez?
       Bannion: Usted recibe pronto las noticias, ¿no?
       Tierney: Paloma mensajera especial. ¿Quiere todavía que le acompañe?
       Bannion: No, hoy no. Cuando tenga las preguntas suficientes para cerrar este asunto. Dígaselo a su madre.»

       La película ilustra la manera en la que un policía, por muy íntegro que sea, se ve arrastrado a usar métodos poco escrupulosos a la hora de relacionarse con delincuentes desprovistos de toda humanidad. Lang, a través de la personalidad de su protagonista, dibuja secuencia a secuencia la fina línea que separa al policía del criminal. Bannion está a punto de traspasar esa línea en varias ocasiones, debido a su impulsividad, al odio que siente y a la violencia que le rodea. Bannion es un tipo duro ya desde el inicio de la película, antes de que su esposa muera, le vemos usar la violencia para mantener a raya al matón de Lagana cuando éste pretende echarle por la fuerza de la mansión del gánster; contestar con agresividad a su esposa porque se siente frustrado y despreciar a sus jefes por querer obligarle a mirar para otro lado. Bannion es un tipo duro intachable, pero temperamental y, ante el cinismo de los criminales, se exaspera y pierde los papeles. Por esa razón, casi estrangula a la viuda Duncan y casi dispara contra Vince cuando lo tiene a su merced. El riesgo de envilecerse y dejarse arrastrar por su deseo de venganza, traspasando la línea que le separa de aquéllos a los que debe encarcelar, planea sobre él durante buena parte del film.


       «Bannion: Una ciudad está siendo estrangulada por una banda de criminales y usted protege a Lagana y a Stone en su afán de una vida más cómoda y agradable.
       Bertha: Los próximos años van a ser muy buenos, Sr. Bannion.
       Bannion: No habrá próximos años para usted en absoluto.
       Bertha: Yo no me asusto fácilmente.
       Bannion (Cogiéndola por los hombros y levantándola del sillón) Si algo le ocurre a usted, saldrá a la luz pública la evidencia. Es así como lo ha dispuesto, ¿verdad, astuta señora? Usted lo ha escondido todo en lugar seguro y eso es lo que mantiene quieto a Lagana. (La arroja contra la chimenea y la sujeta por el cuello) Pero yo no soy Lagana. Con su muerte se vendrá todo abajo, caerá para siempre Lagana. También Stone y el resto de las sanguijuelas.»

       Dave Bannion es un héroe, mitad épico mitad trágico, un personaje complejo con profundos conflictos internos, desea restablecer el orden social, pero al mismo tiempo se ve arrastrado a un destino trágico por un error de juicio, al cometer la imprudencia de provocar a Lagana, sin prever que las consecuencias de esa provocación podrían recaer sobre su esposa. El espectador desea que Bannion cumpla su misión, pero teme que, al hacerlo, pierda su integridad y se convierta en un asesino.

       «Higgins: Entregue su placa y su revólver. ¡Ahora!
       Bannion: Puede quedársela para siempre. (Arroja la placa sobre el escritorio y se dirige hacia la puerta.)
       Higgins: ¡Un momento! También le he pedido su revólver.
       Bannion: No pertenece al departamento. Es mío. Yo lo compré y lo pagué.
       Higgins: Se lo advierto oficialmente, no trate de utilizarlo.
       Bannion: No lo haré. A menos que me tropiece con la gente que asesinó a mi esposa.»

       En el transcurso de la película Bannion se va pareciendo a aquéllos que persigue, pero nunca permite que el odio lo domine por completo. Para Lang todos somos criminales en potencia, es el hecho de dejarnos llevar por nuestras pulsiones destructivas o resistirnos a ellas, lo que diferencia a los criminales de los que no lo son.


       De ese modo, la reflexión de Lang sobre la venganza como mecanismo psicológico de respuesta ante un daño recibido, parece concluir con la convicción de que, pese a proporcionar un alivio momentáneo a la persona que se venga, de ningún modo consigue sanar la herida emocional que ha recibido. Impulsado por la ira y la humillación, Bannion pretende equilibrar la balanza infligiendo a los asesinos de su esposa un daño similar al que ellos le han provocado. Con ello, pretende asimismo restablecer el orden y la justicia que Lagana y sus matones le han arrebatado a la ficticia ciudad de Kemport —en la que Lang situó la acción para no herir sensibilidades y para ahorrar posibles demandas a los Estudios—. Pero Bannion comprende a tiempo que la venganza no le devolverá a su esposa. Bannion siente que su salud emocional y la de su hija han sido vulneradas, pero no llega a consumar su venganza de forma violenta, sino que logra sobreponerse al odio que siente controlando sus impulsos violentos para conservar su honestidad personal.

       «Bannion: Escuche, estoy harto del departamento, de Wilks y de usted.
       Gus: Dave, quisiera que hablara con el padre Masterson.
       Bannion: ¿Por qué?
       Gus: Porque está usted lleno de odio. Ha decidido que todo el mundo es un conejo asustado y usted los desprecia.»


       Pero no será un sacerdote quien impida que Bannion se convierta en un criminal, debido a sus ansias de venganza, sino una chica arribista y alocada, que, sin nada que perder, será quien derrumbe la organización criminal de Lagana, manchándose las manos de sangre y evitando así que Bannion pierda su honestidad. La colaboración del policía y la novia del gánster resultará letal para los criminales. Pero será la chica quién se sacrifique para acabar con ellos. Bannion investiga e interroga hasta descubrir la verdad, pero Debby resuelve y ejecuta. Debby March, esa chica demasiado joven para ser la novia de un gánster y demasiado joven para morir es la auténtica heroína del film. Ella, fascinada con la integridad de Bannion, se encarga de realizar el trabajo sucio en su lugar para que él pueda seguir con su vida.

       «Bannion: Tropecé con un muro de piedra: Bertha Duncan.
       Debby: ¿La viuda del policía?
       Bannion: Duncan le dejó una herencia de un millón de dólares. Anotó todo lo que sabía sobre el sindicato.
       Debby: Vince debe odiarla a muerte. Nunca le gustó perder o verse presionado.
       Bannion: Tiene que aceptarlo. Si ella muere, la carta irá a los periódicos. Por poco la mato hace una hora. Debí hacerlo.
       Debby: No creo que pudiera. Si fuera así, no habría mucha diferencia entre usted y Vince Stone.»

       Debby añora un amor como el de Bannion y su mujer, algo que ella no ha conocido y sabe que nunca tendrá. Siente un gran interés por saber cómo era la mujer que Bannion amaba, quiere averiguar si tenían algo en común, si hay alguna cualidad que ella comparta con Katie, porque, de ser así, tal vez, algún día Bannion podría sentir por ella lo que sentía por su esposa.


       «Debby: ¿Cómo era su esposa, Dave?
       Bannion: Veintisiete años, pelo rubio, ojos grises…
       Debby: Oh, es una descripción policíaca… ¿Le gustaba cocinar, que la sorprendieran con regalos…? ¿Qué es lo que la hacía reír? Eso es lo que… (Bannion, incómodo, se levanta y se asoma a la ventana) Lo siento… Usted no quiere hablar de ella. Al menos conmigo.
       Bannion: Con nadie.»

       Lang muestra a Debby bebiendo del vaso de Vince, como Katie bebía del vaso de Bannion, como si quisiera mostrarnos que ambas mujeres sí que tenían algo en común; aunque en el caso de Debby, ese gesto de confianza no fuera fruto del amor. Para ella Vince sólo es un medio con el que huir de la pobreza, sabe que es un sinvergüenza y un matón, pero prefiere soportarlo a no tener dinero. Debby se sirve de su belleza para sobrevivir, por eso cuando la pierde, ya todo le da igual.


       «Debby: Es curioso, a veces, yo siento hacia Vince lo mismo que usted sentía esta noche. Es un tipo muy agradable y, en cambio, de repente… Ah, ¿qué más da? Hay que tomar lo malo y lo bueno.
       Bannion: ¿Es lo bueno bastante bueno?
       Debby: Joyas, pieles, diversiones caras… ¿Qué hay de malo en ello?
       Bannion: Nada, si a uno no le importa de dónde sale el dinero.
       Debby: Lo importante es tener el dinero. Yo he sido rica y he sido pobre, y créame, ser rica es mucho mejor. ¿Piensa usted acaso que yo era una rica heredera antes de conocer a Vince?»

       Debby no se avergüenza de sí misma, pero el rechazo de Bannion le duele, porque ella lo admira y deseaba poder seducirlo.

       «Debby: ¿De veras quiere que me vaya?
       Bannion: Yo no tocaría nada de Vince Stone ni con una vara de diez metros.
       Debby: Jamás pensé que me dijera eso.»


       En repetidas ocasiones, vemos a Debby mirándose al espejo, retocándose los labios, arreglándose el pelo o la ropa, siempre coqueta, siempre alegre, sin que los desplantes de Vince la afecten lo más mínimo. Al insistir en mostrarnos a Debby contemplando su belleza ante un espejo, Lang consigue transmitirnos la terrible devastación que supone para ella haber quedado desfigurada. La pérdida de su belleza desencadena en Debby toda una transformación. Debby resplandecía de luz, de vida, de optimismo, tras la agresión de Vince, Debby se oscurece, se vuelve taciturna y melancólica, se oculta, se encierra en sí misma, evita los espejos y la luz y hace algo que nunca había hecho antes, reflexionar; sobre sí misma, sobre quién ha sido, quién es y quién será en el futuro; reflexiona sobre Vince Stone y, sobre todo, reflexiona sobre su futuro, ya no podrá ser la chica de nadie, ni ser rica ni casarse ni tener hijos.


       «Bannion (Entrando con una bandeja de comida): ¿Qué te parece un poco más de luz, eh?
       Debby: Supongo que tendré que acostumbrarme a ser vista alguna vez. (Bannion abre la persiana y pone la bandeja ante Debby) Me he estado sintiendo como algo que está cerrado porque nadie quiere verlo.
       Bannion: ¿No debes tomar esto antes de las comidas? Aquí tienes. (Le da un par de píldoras) ¿Un poco de agua? (Le da el vaso)
       Debby: Estar aquí sentada pensando resulta muy duro para quien no ha pensado nunca en nada.»


       La mujer hermosa con el rostro desfigurado por las quemaduras forma parte del imaginario de Lang como director, aparecía ya en Secreto tras la puerta (1943), en la persona de Miss Robey, que ocultaba su rostro con un pañuelo. El miedo al juicio de los demás planea sobre esta extraña obsesión del director, el temor a que los demás vean nuestra fealdad interior, nuestro lado oscuro. Cuando la cara de Debby queda dividida en dos por las quemaduras, refleja las huellas de su depravación y de su valía a un tiempo, convertida en una especie de Dorian Gray que se viera obligada a cargar con su envilecido retrato a la vista de todos. Pero Debby no pierde su optimismo ni tampoco su sentido del humor.

       «Debby: Una cicatriz no será tan grave siendo solo en un lado. Me queda el recurso de andar ladeada.»

       Y con su sacrificio final se redime a sí misma, lo mismo que ha salvado a Bannion de sus demonios, por eso muere mostrando a cámara solo la mitad hermosa de su rostro mientras su deformidad queda oculta bajo el visón. Ese visón, comprado con dinero sucio, que la hermana con Bertha Duncan como símbolo de la degradación moral a la que ambas se han sometido para conseguirlo, aunque en realidad sean mujeres muy diferentes, Debby mucho más humana y Bertha, fría como el hielo.


       «Debby: He estado pensando en usted y en mí. En lo parecidas que somos… con nuestros abrigos de visón.
       Bertha: No la comprendo. ¿Para qué ha venido, Srta. March?
       Debby: Debby. Usemos nuestros nombres propios, Bertha. Somos hermanas bajo el visón.
       Bertha: Está diciendo tonterías, Srta. March. Será mejor que llame al Sr. Stone y que venga a buscarla. Está usted enferma.
       Debby: Jamás en mi vida me he sentido mejor.»

       Bertha Duncan no comprende el peligro que supone para ella Debby March y eso le pasa factura. Y lo mismo le pasa a Vince, aunque a éste lo que le pierde es su soberbia, porque aun conociendo a Debby y sabiendo de lo que es capaz, cree que él podrá controlarla. Lagana es el único que de alguna manera intuye desde el principio que esa chica atrevida y cínica, que le planta cara desde la ironía y la broma, podría ser un problema para él y su organización.

       «Lagana: Es muy joven, Vince. No la dejes beber demasiado.
       Vince: Si ella quiere sabe cuidar de sí misma.»


       Debby no tiene miedo a nada ni a nadie. No teme vivir con un matón ni teme perseguir al enemigo de éste, del que se ha chiflado, y tampoco teme acabar con todos los corruptos de la organización, sólo tiene miedo a la pobreza y a la deformidad.

       Gloria Grahame interpretó a Debby March con enorme desparpajo y encanto. Supo ser divertida, sensual, cínica, emotiva e implacable y en todos esos aspectos que hacen de Debby un personaje tan fascinante y complejo, Gloria Grahame fue auténtica. Cuando Debby canturrea y baila preparando cócteles, Gloria parece una niña; cuando Debby interactúa con Vince, Gloria se convierte en una mujer fatal; cuando Debby habla con Bannion de su mujer, Gloria es una mujer dulce y enamorada y cuando Debby se vuelve letal, Gloria es toda crueldad y arrogancia.


       «Debby: Te dolerá durante mucho tiempo, Vince. Ahora no tiene mal aspecto, pero mañana tu cara estará como la mía. ¡Mírala! Es horrible, ¿verdad? Caminarás por calles apartadas y oscuras para que la gente no te vea. Pero tienes suerte, no durará mucho. Bertha Duncan está muerta. Se acabó el seguro de vida para ti y para Lagana. ¡Se ha destapado el cubo de la basura! ¡Y lo he hecho yo!»

       Dentro de este film negro, Lang establece un fuerte contraste entre ese mundo sombrío de personajes siniestros liderados por Lagana y el matrimonio feliz de los Bannions, que representa la típica familia americana, sencilla y honrada que vive con modestia y posee unos altos principios morales. Así, mediante algunas escenas hogareñas, algo sensibleras, que constituyen un remanso de humanidad dentro de tanta violencia y que desentonan con la vida de lujo, diversión y vicio que llevan los malvados de la película, el director hace notar al público la desigualdad económica entre las personas honestas y las corruptas. Lagana vive en una lujosa mansión con vigilancia policial en su puerta, Vince en un moderno apartamento con todas las comodidades y la viuda Duncan disfruta del lujo de una vivienda de recreo y un visón mientras el honesto policía vive con absoluta humildad. Sin embargo, la diferencia entre ambos mundos no se reduce a lo económico, se aprecia sobre todo en el tipo de relaciones que mantienen unos y otros. A diferencia de esas relaciones tóxicas, basadas en intereses personales y pulsiones sexuales, que mantienen entre sí los granujas del film, siempre alejados de la verdadera amistad o del sincero aprecio, Bannion, su esposa y su hija se relacionan con genuino cariño.


       «Vince: ¿Por qué no viniste antes a casa?
       Debby: Por la forma en que corrías no creí que te importara.
       Vince: ¿Qué significa “corrías”?
       Debby: No fue ningún paseo.
       Vince: Con las elecciones, encima no debo tener problemas con un ex policía loco.
       Debby: No está tan loco. Tengo noticias frescas, te odia a muerte.
       Vince: ¿Cómo lo sabes?
       Debby: Estaba allí, ¿recuerdas? Soy la chica que dejaste en el bar.»

       El amor de Bannion y Katie, antítesis de la relación mercantil sexual que mantienen Debby y Vince, será el que impulsará al protagonista a lograr la hazaña de acabar con una organización criminal tan poderosa. Por eso, Lang nos muestra la ternura de Bannion en diferentes momentos del film, no sólo con su familia, sino también con Debby, cuidándola después de que Vince la desfigure y acompañándola en sus últimos momentos. El carisma de Bannion como héroe insobornable y humano se basa en esa dicotomía entre hombre tierno y tipo duro, que Glenn Ford supo encarnar con gran acierto. Ese actor poco glamuroso, de aspecto sencillo, símbolo del americano medio y emblema de honestidad, realizó en Los sobornados una interpretación sobria, vigorosa y conmovedora demostrando ese gran talento, que nunca fue demasiado apreciado. Su contención a la hora de expresar el dolor de Bannion tras la muerte de su esposa o su odio hacia todos los responsables de dicha muerte es de una intensidad emocional que roza la perfección.


       Pese a que Vince Stone representa todo lo que Bannion odia y persigue, ambos hombres tienen algo en común, su atracción sexual por Debby. Bannion no puede evitar sentirse atraído por esa chica simpática y atrayente en un momento en que se siente tan vulnerable y aunque nunca podrá amarla como a su esposa, sí que llega a sentir verdadero aprecio por ella. En cambio, la pulsión sexual que el maltratador de Vince Stone siente hacia Debby, carece de cualquier sentimiento profundo, tan solo se trata de una atracción meramente carnal que le convierte en un animal salvaje cuando descubre que ella puede estar interesada por Bannion. Y para interpretar a esa fiera, Lang no podía haber encontrado a nadie más idóneo que a Lee Marvin, ese actor que desprende brutalidad y fiereza por cada poro de su piel, y que siempre consiguió brillar en los papeles de villano que solía encarnar.

Vince Stone fue uno de los primeros y más 
recordados villanos de Lee Marvin y el personaje con el que se consagraría dentro del cine como uno de los actores más convincentes a la hora de abordar una actuación.

       El machismo de los años cincuenta se deja sentir en el film a través de la violencia que los hombres ejercen sobre las mujeres. La mayoría de los personajes femeninos muere de forma violenta o son agredidas: Lucy Chapman, asesinada y torturada por Vince Stone; Katie, víctima de un coche bomba; Bertha Duncan, casi estrangulada por Bannion y Debby, tiroteada por Vince. Solo se salva la Srta. Parker, que, curiosamente, es la única mujer mayor y nada atractiva de la película. El patriarcado de la época también se aprecia en la abnegación con la que Katie se somete a ser la persona sobre la que Bannion pueda descargar las frustraciones que le provoca su trabajo.


       «Katie: Pareces preocupado.
       Bannion: Nada importante.
       Katie: ¿Algo grave?
       Bannion: Te he dicho que no es nada.
       Katie: Tendrás que utilizar otro tono si es que esperas que lo crea.
       Bannion: ¡Está bien, mañana te traeré un certificado! Oh, lo siento. Lo siento, cariño.
       Katie: No importa, tienes derecho a desahogarte.»

       En Los sobornados, Lang se manifiesta una vez más como un gran director de detalles, detalles que él sabía orquestar como nadie para conseguir un todo perfecto: la banda sonora de Daniele Amfitheatrof y Henry Vars que ayuda a acentuar la tensión, la violencia y el drama de la trama  obsérvese la versión instrumental de la canción Put the Blame on Mame de la película Gilda (1946) que suena de fondo en la secuencia del bar—; la fotografía nocturna de Charles Lang jugando con las sombras y los claroscuros llenos de peligro y violencia; el hábil uso de la voz en off y de los espejos empleado por Lang para añadir algo más a la imagen que está mostrando en el plano —espejos que muestran además una realidad invertida, una realidad que no es lo que parece— y, por último, ese estilo sencillo del director a base de planos que muestran solo lo necesario y de movimientos de cámara que se limitan a seguir a los personajes. Mediante un magistral uso de la imagen —que el director aprendió a utilizar desde sus inicios en el cine mudo—, Lang narra en Los sobornados todos los hechos esenciales de la trama, haciendo avanzar la acción visualmente de principio a fin, como si los diálogos no fueran necesarios.


       Presenciar la muerte de Lagana es la única imagen que Lang le niega al espectador. Ese genio del mal que es Lagana, capaz de edificar todo un sistema criminal con ramificaciones en todas las jerarquías de la sociedad, es vencido, pero no abatido. Heredero del mítico Dr. Mabuse, criminal sin escrúpulos protagonista de la saga de películas de Lang basadas en las novelas de Norbert Jacque —, Mike Lagana, menos impresionante, pero más realista que Mabuse, es el máximo responsable de toda la corrupción que asola la ciudad y el causante de la tragedia familiar de Bannion y, sin embargo, pese al baño de sangre final, Lagana sobrevive, ni siquiera vemos cómo es arrestado. No es casualidad que el malvado supremo sea el criminal que salga mejor parado, puesto que Fritz Lang sabía que los ricos y poderosos de cualquier sociedad siempre caen de pie.

       «Lagana: Ya hemos dado mucho que hablar. Las elecciones están muy próximas. Este país está cambiando, un hombre que no vea eso es que no tiene ojos. No aprietes demasiado a la gente, empieza a organizarse. Grandes jurados, investigaciones electorales, juicios de deportación… No quiero ir a parar a la misma cuneta que los Lucky Lucianos.»


       A pesar de la tendencia natural de Fritz Lang a considerar el predominio del mal sobre el bien en cualquier sociedad humana, y a percibir un cierto e ineludible destino en el sino de los personajes, en Los sobornados subyace un mensaje de esperanza, la unión de los buenos ciudadanos para lograr que las cosas mejoren. Por ello, aun cuando Bannion se aparte de la policía como entidad corrupta, no está solo ante el peligro, cuenta con la solidaridad de muchas buenas personas dispuestas a ayudarle, sus compañeros de departamento, los amigos del ejército de su cuñado y, las ya mencionadas, Debby y Selma Parker. La unión hace la fuerza, parece querer transmitirnos Lang, instándonos a no rendirnos ante las injusticias. Pero, eso sí, nos advierte de que tendremos que pagar un precio, quizás muy alto, antes de salir airosos en nuestro empeño de combatir el mal, algo que, a los ojos de los cínicos, siempre nos hará parecer ingenuos e incluso ridículos.

       «Lagana: Esta es mi casa y no me gusta que traigan basura a ella.
       Bannion: Entiendo. Y yo he violado su inmaculado hogar, ¿verdad?
       Lagana: Exactamente. Y mañana veré que no tenga usted la posibilidad de volver a hacerlo.
       Bannion: ¿Qué hará usted? ¿Otra llamada telefónica? ¿O mandará que la haga otro en su lugar?
       Lagana: He visto muchos fantoches en mi vida, pero usted es único en su clase.»