jueves, 12 de febrero de 2026


LANGMANÍA 3

LOS SOBORNADOS (1953) de Fritz Lang
   

       Lang nos ofrece un relato descarnado del precio que debe estar dispuesto a pagar un ser humano íntegro por enfrentarse a una sociedad corrupta. El director parece plantear al espectador la pregunta de si, realmente, merece la pena salir malparado por exponerse a la violencia de un sistema podrido, imposible de regenerar, o si es preferible mirar para otro lado. ¿Ser un conejo asustado o un héroe solitario?
     
       El policía Tom Duncan se suicida dejando una carta dirigida al fiscal del distrito con información sobre los negocios del gánster Mike Lagana (Alexander Scourby). Su mujer, Bertha (Jeanette Nolan), oculta la carta con la intención de chantajear a Lagana. El sargento Bannion (Glenn Ford), encargado de investigar el suicidio de Duncan, interroga, respectivamente, a su viuda y a su amante, Lucy Chapman (Dorothy Green), cuyas declaraciones se contradicen. Cuando Lucy aparece asesinada, al estilo de la mafia, Bannion sospecha que Duncan escondía algo turbio. Sobre todo cuando sus superiores le ordenan dejar el caso de Lucy en manos del Sheriff del condado. Como, pese a todo, Bannion continúa con la investigación, es amenazado por un matón que insulta a su mujer (Jocelyn Brando). Bannion, furioso, se presenta en casa de Lagana y le acusa del crimen de Lucy. A la noche siguiente, una bomba hace explotar su coche y su esposa muere. Destrozado por el dolor y lleno de odio, Bannion acusa al comisionado Higgins (Howard Wendell) de estar a las órdenes de Lagana y entrega su placa, dispuesto a investigar en solitario el crimen de su mujer. Lagana responsabiliza a su mano derecha Vince Stone (Lee Marvin) de que Bannion siga vivo, por haber delegado su muerte en el inútil de Larry Gordon (Adam Williams). Vince se ofrece a encargarse personalmente, pero, con las elecciones tan próximas, Lagana prefiere no llamar la atención. Las pesquisas de Bannion le conducen hasta el bar El Retiro, donde trabajaba Lucy Chapman, en busca de un tal Larry. Una vez allí, Bannion se enfrenta a Vince Stone por agredir a una chica. Y éste, obedeciendo la orden de Lagana de pasar desapercibido, se marcha dejando tirada a su novia, Debby March (Gloria Grahame). Ésta, fascinada por el coraje de Bannion, trata de seducirlo y termina marchándose con él a su hotel. Pero Bannion solo está interesado en sacarle información. Vince, al enterarse de que Debby ha estado con Bannion, le desfigura la cara con café hirviendo. Lagana ordena la muerte de Debby, pero ésta consigue huir y Bannion la oculta. Agradecida, Debby le dice dónde encontrar a Larry Gordon. Sorprendido por Bannion, Larry confiesa que fue Vince quien le ordenó matarlo y quien asesinó a Lucy Chapman. Inmediatamente después, Larry es asesinado y Vince recibe la orden de secuestrar a la hija de Bannion para neutralizarlo. Sin embargo, compañeros del ejército de su cuñado y sus colegas del departamento protegen a la niña. Mientras tanto, Bannion, convencido de que Duncan debió dejar a su esposa documentos que incriminan a Lagana, casi estrangula a la viuda para conseguirlos, pero se contiene. En cambio, Debby no duda en matar a la Sra. Duncan para que todos los delitos de Vince salgan a la luz. Después, le tiende a éste una emboscada para quemarle la cara y Vince le dispara. Bannion trata de arrestar a Vince y se produce un tiroteo; en el transcurso del cual, Dave tiene la oportunidad de matar a Stone. Pero el sacrificio de Debby le ha devuelto su fe en la humanidad y renuncia a la venganza.



       El guión de Sidney Boehm, periodista de sucesos, basado en la novela The big heat de William P. McGivern —inspirada, a su vez, en hechos reales ocurridos a finales de los cuarenta en Filadelfia—, recibió el Premio Edgar Allan Poe de 1954 al mejor guión de largometraje; premio que compartió con el citado autor de la novela.
       Poseedor de unos diálogos extraordinarios, un ritmo ágil lleno de intriga, giros inesperados, brutalidad, odio y venganza, el guión refleja la eterna lucha entre el mundo del crimen organizado —a menudo sostenido por la codicia de los estamentos públicos— y el deseo de justicia y la integridad de algunos ciudadanos, representados en la película por un honesto sargento de policía del departamento de homicidios. El empeño del protagonista por realizar su trabajo de una forma honrada, a pesar de la corrupción que le rodea, desata una oleada de crímenes, tras los cuales llega la calma con la caída de dicha organización. Sin embargo, mientras que la vida del policía ya nunca volverá a ser la misma, en la ciudad nada cambia, porque siempre habrá otros criminales dispuestos a transgredir la ley o la moral para enriquecerse. En ese sentido, el triunfo del policía sobre los gánsteres, obtenido a un precio tan lleno de pérdidas y daños, se convierte en una victoria pírrica, que en la práctica resulta casi una derrota.

       «Gus: Ningún hombre es una isla. No puede enfrentarse al mundo y salir bien librado.»

       Lang parece coincidir con la afirmación de esa famosa frase que dice: «Ninguna buena acción queda sin castigo», y es que a menudo un comportamiento honesto genera críticas, envidias y recelos, en lugar de agradecimiento y admiración. El sargento Dave Bannion es molesto porque se niega a mirar para otro lado, como hacen sus compañeros de departamento, y esa honestidad y esa tenacidad suya a la hora de combatir a los delincuentes les hace avergonzarse de sí mismos.


       «Bannion: ¿Se ha quejado ella?
       Wilks: Alguien lo hizo. No ha sido correcto molestar a la viuda de un policía por los amoríos de su esposo.
       Bannion: Correcto o no fue mi decisión.
       Wilks: Usted olvida una cosa, soy yo quien recibe las llamadas de arriba y quien debe dar explicaciones. No es posible dirigir esta oficina hiriendo los sentimientos de la gente.
       Bannion: ¿Quiere que suba yo a dar explicaciones?
       Wilks: Usted, no. Usted es molesto por instinto. »

       El alegato de Lang en Los sobornados se dirige contra el mundo del crimen y contra todos aquellos que miran hacia otro lado, que constituyen la mayoría de la sociedad. La gente se conforma con las imposiciones de los poderosos sin cuestionarlas, para no tener problemas, por miedo a perder lo que tienen o a salir malparados. Los inconformistas suponen un problema, ya que remueven las aguas y las aguas revueltas pueden salpicar a cualquiera.

       Lang con su eterno fatalismo nos muestra que el crimen siempre perdura y que, tras Lagana, vendrá otro gánster que ocupará su lugar. No obstante, también deja una puerta abierta a la esperanza, porque también habrá siempre otros Bannions, dispuestos a seguir luchando por la justicia, y, por supuesto, también ellos pagaran un alto precio. Pero no hay que olvidar que, aunque Bannion haya perdido a su esposa en su lucha contra Lagana, ha conseguido algo importante, limpiar la ciudad en la que crecerá y vivirá su hija. Y Lang se encarga de hacernos saber que, pase lo que pase, seguirá haciéndolo durante toda su vida.


       «Bannion: ¡Si tuviera juicio devolvería mi placa!
       Katie: Tu gran problema, cariño, es que te mortificas a ti mismo desde todas partes, como los mosquitos. Tú no deseas dejar el departamento en absoluto.
       Bannion: ¿Y qué debo hacer entonces? ¿Aferrarme a mi trabajo? ¿Limitarme a cumplir lo que se me ordena temiendo mirar a derecha o izquierda para no ver lo que ellos no quieren que vea?
       Katie: Si lo haces, vas a tener problemas conmigo. Sigue como hasta ahora y no aceptes ninguna imposición.
       Bannion: Eso quería oírte decir.»

       A través de Los sobornados, Lang analiza la integridad de las estructuras políticas, jurídicas y policiales, cuestionando la pureza de los ideales americanos. Para Lang, bajo los valores democráticos, se esconde toda una cultura del odio, que se manifiesta en aquellos momentos en los que, con la excusa de hacer justicia, se persigue la venganza. Esta actitud le generó fama de director conflictivo e incómodo ante los Estudios, lo que con el tiempo provocaría que Lang se marchara de Hollywood, a finales de los años cincuenta. Hecho que, para algunos, marcaría el comienzo del declive del cine negro americano.


       Para desarrollar este thriller policíaco de cine negro, Lang se apoyó en tres fuertes pilares: Por una parte, un intenso y dinámico ritmo narrativo con el que consigue atrapar al espectador durante todo el metraje mediante una acción incesante y cargada de dramatismo. Por otra parte, la identificación del espectador con el protagonista, lograda a través de la muerte de su mujer por una bomba que iba dirigida a él. Bannion tiene la simpatía del público desde ese momento y, haga lo que haga, ya nunca la perderá. El público percibe a Bannion como un héroe comprometido de forma personal contra una peligrosa e inhumana organización que merece ser destruida. Por último, el tercer punto de apoyo de la película lo constituyen las inolvidables mujeres del film, mujeres fuertes, perfiladas con maestría por Lang, mujeres que hacen de Los sobornados una película única, de gran dureza e impacto: La encantadora y malograda esposa de Bannion, la alocada Debby, transformada en ángel de venganza tras la desfiguración de su rostro, la fría y avariciosa Bertha Duncan y la valiente y solidaria Srta. Parker, dispuesta a jugárselo todo por ayudar al policía a encontrar al asesino de su esposa.

       Lang poseía un enorme talento para presentar las características principales de los personajes desde su aparición en pantalla, usando tan solo unos pocos planos. La indiferencia con la que reacciona Bertha Duncan al descubrir el cadáver de su esposo, de bruces sobre el escritorio cuando se acaba de volar la tapa de los sesos, es de una frialdad estremecedora. Lang sabe que no hace falta añadir nada más para que el espectador sepa que la Sra. Duncan es una mujer insensible y calculadora, que sólo se preocupa de sí misma. Todo lo contrario que la esposa de Bannion, llena de simpatía y complicidad hacia su marido en su primera aparición en pantalla.


       «Bannion: No sé cómo puedes comprar bistecs con mi sueldo. En el departamento no lo creen.
       Katie: Diles que te casaste con una rica heredera.
       Bannion (Riéndose): Eso es.
       Katie: El año que viene cuando Joyce vaya al jardín de infancia, tendrás que despedirte de los bistecs hasta que acabe la Universidad. A no ser que te hayas convertido en el jefe de la policía.
       Bannion: Será inevitable.
       Katie: Naturalmente…»

       En cuanto a Debby March, la supuesta mujer fatal de la película, en el primer plano en el que aparece ya se muestra bella y arrebatadora, al tiempo que poseedora de una traviesa ironía respecto a su novio, el matón Vince Stone, del que siempre se burla.

       «Debby (Hablando por teléfono): Claro, Sr. Lagana, siempre me divierte decirle a Vince que usted le llama. Me gusta verle pegar un brinco. ¡Vince!... ¡Es él! (Hace un especie de reverencia para indicar que se trata de su “alteza real”.)»


       De las mujeres que ayudan a Bannion, la Srta. Parker (Edith Evanson) quizás sea, por su vulnerable aspecto, la más conmovedora de todas. Se trata de una mujer coja y entrada en años, que da la impresión de estar sola e indefensa en el mundo y que, aunque teme perder su empleo, se niega a guardar silencio. Lang nos la presenta en un segundo plano, trabajando sobre su escritorio sin prestar atención a lo que están hablando Bannion y su jefe, pero cuando oye a Bannion hablar de la muerte de su esposa, la vemos reaccionar, incluso parece que vaya a decir algo, pero se calla. Luego va tras Bannion para decirle lo que sabe y con su pequeño acto de valor proporciona a nuestro héroe la primera pista que le llevará hasta los asesinos.


       «Srta. Parker: El Sr. Atkins podría verme… No es mala persona. No hay mucha gente que diera trabajo a alguien como yo. Es sólo que está asustado. Y yo también. Hubo un hombre que vino a ver a Sline hace más de dos semanas. Tuvieron una larga conversación en el patio.»

       Este tipo de mujer, físicamente débil, que se arriesga a hacer lo correcto, sirve a Lang para acentuar en el film la valentía de las mujeres frente a la cobardía de hombres hechos y derechos que deciden no hacer nada.

       «Bannion: Es usted un embustero.
       Atkins: No debe insultarme, amigo. He dicho que no sé nada y así es como son las cosas.
       Bannion: ¿Sabe? Yo conozco muy bien a los de su especie desde hace diez años. Conejitos asustados que nunca ven nada. No arriesgaría su gordo pescuezo por nadie, ¿verdad?
       Atkins: Exacto. Porque es mi gordo pescuezo.»

       Para su director, Los sobornados, que fue un éxito de taquilla en el año de su estreno, es una historia de odio, crimen y venganza. El sentimiento del odio es el motor que impulsa al protagonista a vengarse de los criminales que destruyeron su familia. El odio y la venganza son motores muy poderosos que estimulan la acción de la trama de una forma incesante, llena de una violencia física y verbal inusual para su época, pese a que el Código Hays de censura implantado por los Estudios siguiera vigente. Pero se trata de una violencia brutal expresada de forma elegante, creemos ver la explosión del coche de Bannion, pero no la vemos; creemos ver a Vince quemando con el café hirviendo el rostro de Debby, pero no lo vemos. Todo sucede fuera de plano. La violencia que se muestra es fría, incluso sádica en el caso de Vince Stone, pero nunca sangrienta ni desagradable de ver. Además es una violencia compartida tanto por el policía protagonista como por los delincuentes. Bannion es, desde el principio del film, violento e impulsivo ante las amenazas y las bravatas de los granujas a los que se enfrenta. Le mortifica tener que ceder ante sus provocaciones y le enfurece tener que bajar la cabeza por las imposiciones de sus superiores.


       «Bannion: ¿A quién llamaba?
       Tierney: A mi madre.
       Bannion: ¿Prefiere que vayamos a la comisaría?
       Tierney: No me asuste, sargento. Cinco minutos después de llegar allí, será usted quien conteste a unas preguntas.
       Bannion: Coja la chaqueta.
       Tierney: Claro… Sólo que alguien querrá saber por qué mete las narices en un caso del Condado. ¿Por qué no deja de molestar a la gente después de habérselo dicho ya una vez?
       Bannion: Usted recibe pronto las noticias, ¿no?
       Tierney: Paloma mensajera especial. ¿Quiere todavía que le acompañe?
       Bannion: No, hoy no. Cuando tenga las preguntas suficientes para cerrar este asunto. Dígaselo a su madre.»

       La película ilustra la manera en la que un policía, por muy íntegro que sea, se ve arrastrado a usar métodos poco escrupulosos a la hora de relacionarse con delincuentes desprovistos de toda humanidad. Lang, a través de la personalidad de su protagonista, dibuja secuencia a secuencia la fina línea que separa al policía del criminal. Bannion está a punto de traspasar esa línea en varias ocasiones, debido a su impulsividad, al odio que siente y a la violencia que le rodea. Bannion es un tipo duro ya desde el inicio de la película, antes de que su esposa muera, le vemos usar la violencia para mantener a raya al matón de Lagana cuando éste pretende echarle por la fuerza de la mansión del gánster; contestar con agresividad a su esposa porque se siente frustrado y despreciar a sus jefes por querer obligarle a mirar para otro lado. Bannion es un tipo duro intachable, pero temperamental y, ante el cinismo de los criminales, se exaspera y pierde los papeles. Por esa razón, casi estrangula a la viuda Duncan y casi dispara contra Vince cuando lo tiene a su merced. El riesgo de envilecerse y dejarse arrastrar por su deseo de venganza, traspasando la línea que le separa de aquéllos a los que debe encarcelar, planea sobre él durante buena parte del film.


       «Bannion: Una ciudad está siendo estrangulada por una banda de criminales y usted protege a Lagana y a Stone en su afán de una vida más cómoda y agradable.
       Bertha: Los próximos años van a ser muy buenos, Sr. Bannion.
       Bannion: No habrá próximos años para usted en absoluto.
       Bertha: Yo no me asusto fácilmente.
       Bannion (Cogiéndola por los hombros y levantándola del sillón) Si algo le ocurre a usted, saldrá a la luz pública la evidencia. Es así como lo ha dispuesto, ¿verdad, astuta señora? Usted lo ha escondido todo en lugar seguro y eso es lo que mantiene quieto a Lagana. (La arroja contra la chimenea y la sujeta por el cuello) Pero yo no soy Lagana. Con su muerte se vendrá todo abajo, caerá para siempre Lagana. También Stone y el resto de las sanguijuelas.»

       Dave Bannion es un héroe, mitad épico mitad trágico, un personaje complejo con profundos conflictos internos, desea restablecer el orden social, pero al mismo tiempo se ve arrastrado a un destino trágico por un error de juicio, al cometer la imprudencia de provocar a Lagana, sin prever que las consecuencias de esa provocación podrían recaer sobre su esposa. El espectador desea que Bannion cumpla su misión, pero teme que, al hacerlo, pierda su integridad y se convierta en un asesino.

       «Higgins: Entregue su placa y su revólver. ¡Ahora!
       Bannion: Puede quedársela para siempre. (Arroja la placa sobre el escritorio y se dirige hacia la puerta.)
       Higgins: ¡Un momento! También le he pedido su revólver.
       Bannion: No pertenece al departamento. Es mío. Yo lo compré y lo pagué.
       Higgins: Se lo advierto oficialmente, no trate de utilizarlo.
       Bannion: No lo haré. A menos que me tropiece con la gente que asesinó a mi esposa.»

       En el transcurso de la película Bannion se va pareciendo a aquéllos que persigue, pero nunca permite que el odio lo domine por completo. Para Lang todos somos criminales en potencia, es el hecho de dejarnos llevar por nuestras pulsiones destructivas o resistirnos a ellas, lo que diferencia a los criminales de los que no lo son.


       De ese modo, la reflexión de Lang sobre la venganza como mecanismo psicológico de respuesta ante un daño recibido, parece concluir con la convicción de que, pese a proporcionar un alivio momentáneo a la persona que se venga, de ningún modo consigue sanar la herida emocional que ha recibido. Impulsado por la ira y la humillación, Bannion pretende equilibrar la balanza infligiendo a los asesinos de su esposa un daño similar al que ellos le han provocado. Con ello, pretende asimismo restablecer el orden y la justicia que Lagana y sus matones le han arrebatado a la ficticia ciudad de Kemport —en la que Lang situó la acción para no herir sensibilidades y para ahorrar posibles demandas a los Estudios—. Pero Bannion comprende a tiempo que la venganza no le devolverá a su esposa. Bannion siente que su salud emocional y la de su hija han sido vulneradas, pero no llega a consumar su venganza de forma violenta, sino que logra sobreponerse al odio que siente controlando sus impulsos violentos para conservar su honestidad personal.

       «Bannion: Escuche, estoy harto del departamento, de Wilks y de usted.
       Gus: Dave, quisiera que hablara con el padre Masterson.
       Bannion: ¿Por qué?
       Gus: Porque está usted lleno de odio. Ha decidido que todo el mundo es un conejo asustado y usted los desprecia.»


       Pero no será un sacerdote quien impida que Bannion se convierta en un criminal, debido a sus ansias de venganza, sino una chica arribista y alocada, que, sin nada que perder, será quien derrumbe la organización criminal de Lagana, manchándose las manos de sangre y evitando así que Bannion pierda su honestidad. La colaboración del policía y la novia del gánster resultará letal para los criminales. Pero será la chica quién se sacrifique para acabar con ellos. Bannion investiga e interroga hasta descubrir la verdad, pero Debby resuelve y ejecuta. Debby March, esa chica demasiado joven para ser la novia de un gánster y demasiado joven para morir es la auténtica heroína del film. Ella, fascinada con la integridad de Bannion, se encarga de realizar el trabajo sucio en su lugar para que él pueda seguir con su vida.

       «Bannion: Tropecé con un muro de piedra: Bertha Duncan.
       Debby: ¿La viuda del policía?
       Bannion: Duncan le dejó una herencia de un millón de dólares. Anotó todo lo que sabía sobre el sindicato.
       Debby: Vince debe odiarla a muerte. Nunca le gustó perder o verse presionado.
       Bannion: Tiene que aceptarlo. Si ella muere, la carta irá a los periódicos. Por poco la mato hace una hora. Debí hacerlo.
       Debby: No creo que pudiera. Si fuera así, no habría mucha diferencia entre usted y Vince Stone.»

       Debby añora un amor como el de Bannion y su mujer, algo que ella no ha conocido y sabe que nunca tendrá. Siente un gran interés por saber cómo era la mujer que Bannion amaba, quiere averiguar si tenían algo en común, si hay alguna cualidad que ella comparta con Katie, porque, de ser así, tal vez, algún día Bannion podría sentir por ella lo que sentía por su esposa.


       «Debby: ¿Cómo era su esposa, Dave?
       Bannion: Veintisiete años, pelo rubio, ojos grises…
       Debby: Oh, es una descripción policíaca… ¿Le gustaba cocinar, que la sorprendieran con regalos…? ¿Qué es lo que la hacía reír? Eso es lo que… (Bannion, incómodo, se levanta y se asoma a la ventana) Lo siento… Usted no quiere hablar de ella. Al menos conmigo.
       Bannion: Con nadie.»

       Lang muestra a Debby bebiendo del vaso de Vince, como Katie bebía del vaso de Bannion, como si quisiera mostrarnos que ambas mujeres sí que tenían algo en común; aunque en el caso de Debby, ese gesto de confianza no fuera fruto del amor. Para ella Vince sólo es un medio con el que huir de la pobreza, sabe que es un sinvergüenza y un matón, pero prefiere soportarlo a no tener dinero. Debby se sirve de su belleza para sobrevivir, por eso cuando la pierde, ya todo le da igual.


       «Debby: Es curioso, a veces, yo siento hacia Vince lo mismo que usted sentía esta noche. Es un tipo muy agradable y, en cambio, de repente… Ah, ¿qué más da? Hay que tomar lo malo y lo bueno.
       Bannion: ¿Es lo bueno bastante bueno?
       Debby: Joyas, pieles, diversiones caras… ¿Qué hay de malo en ello?
       Bannion: Nada, si a uno no le importa de dónde sale el dinero.
       Debby: Lo importante es tener el dinero. Yo he sido rica y he sido pobre, y créame, ser rica es mucho mejor. ¿Piensa usted acaso que yo era una rica heredera antes de conocer a Vince?»

       Debby no se avergüenza de sí misma, pero el rechazo de Bannion le duele, porque ella lo admira y deseaba poder seducirlo.

       «Debby: ¿De veras quiere que me vaya?
       Bannion: Yo no tocaría nada de Vince Stone ni con una vara de diez metros.
       Debby: Jamás pensé que me dijera eso.»


       En repetidas ocasiones, vemos a Debby mirándose al espejo, retocándose los labios, arreglándose el pelo o la ropa, siempre coqueta, siempre alegre, sin que los desplantes de Vince la afecten lo más mínimo. Al insistir en mostrarnos a Debby contemplando su belleza ante un espejo, Lang consigue transmitirnos la terrible devastación que supone para ella haber quedado desfigurada. La pérdida de su belleza desencadena en Debby toda una transformación. Debby resplandecía de luz, de vida, de optimismo, tras la agresión de Vince, Debby se oscurece, se vuelve taciturna y melancólica, se oculta, se encierra en sí misma, evita los espejos y la luz y hace algo que nunca había hecho antes, reflexionar; sobre sí misma, sobre quién ha sido, quién es y quién será en el futuro; reflexiona sobre Vince Stone y, sobre todo, reflexiona sobre su futuro, ya no podrá ser la chica de nadie, ni ser rica ni casarse ni tener hijos.


       «Bannion (Entrando con una bandeja de comida): ¿Qué te parece un poco más de luz, eh?
       Debby: Supongo que tendré que acostumbrarme a ser vista alguna vez. (Bannion abre la persiana y pone la bandeja ante Debby) Me he estado sintiendo como algo que está cerrado porque nadie quiere verlo.
       Bannion: ¿No debes tomar esto antes de las comidas? Aquí tienes. (Le da un par de píldoras) ¿Un poco de agua? (Le da el vaso)
       Debby: Estar aquí sentada pensando resulta muy duro para quien no ha pensado nunca en nada.»


       La mujer hermosa con el rostro desfigurado por las quemaduras forma parte del imaginario de Lang como director, aparecía ya en Secreto tras la puerta (1943), en la persona de Miss Robey, que ocultaba su rostro con un pañuelo. El miedo al juicio de los demás planea sobre esta extraña obsesión del director, el temor a que los demás vean nuestra fealdad interior, nuestro lado oscuro. Cuando la cara de Debby queda dividida en dos por las quemaduras, refleja las huellas de su depravación y de su valía a un tiempo, convertida en una especie de Dorian Gray que se viera obligada a cargar con su envilecido retrato a la vista de todos. Pero Debby no pierde su optimismo ni tampoco su sentido del humor.

       «Debby: Una cicatriz no será tan grave siendo solo en un lado. Me queda el recurso de andar ladeada.»

       Y con su sacrificio final se redime a sí misma, lo mismo que ha salvado a Bannion de sus demonios, por eso muere mostrando a cámara solo la mitad hermosa de su rostro mientras su deformidad queda oculta bajo el visón. Ese visón, comprado con dinero sucio, que la hermana con Bertha Duncan como símbolo de la degradación moral a la que ambas se han sometido para conseguirlo, aunque en realidad sean mujeres muy diferentes, Debby mucho más humana y Bertha, fría como el hielo.


       «Debby: He estado pensando en usted y en mí. En lo parecidas que somos… con nuestros abrigos de visón.
       Bertha: No la comprendo. ¿Para qué ha venido, Srta. March?
       Debby: Debby. Usemos nuestros nombres propios, Bertha. Somos hermanas bajo el visón.
       Bertha: Está diciendo tonterías, Srta. March. Será mejor que llame al Sr. Stone y que venga a buscarla. Está usted enferma.
       Debby: Jamás en mi vida me he sentido mejor.»

       Bertha Duncan no comprende el peligro que supone para ella Debby March y eso le pasa factura. Y lo mismo le pasa a Vince, aunque a éste lo que le pierde es su soberbia, porque aun conociendo a Debby y sabiendo de lo que es capaz, cree que él podrá controlarla. Lagana es el único que de alguna manera intuye desde el principio que esa chica atrevida y cínica, que le planta cara desde la ironía y la broma, podría ser un problema para él y su organización.

       «Lagana: Es muy joven, Vince. No la dejes beber demasiado.
       Vince: Si ella quiere sabe cuidar de sí misma.»


       Debby no tiene miedo a nada ni a nadie. No teme vivir con un matón ni teme perseguir al enemigo de éste, del que se ha chiflado, y tampoco teme acabar con todos los corruptos de la organización, sólo tiene miedo a la pobreza y a la deformidad.

       Gloria Grahame interpretó a Debby March con enorme desparpajo y encanto. Supo ser divertida, sensual, cínica, emotiva e implacable y en todos esos aspectos que hacen de Debby un personaje tan fascinante y complejo, Gloria Grahame fue auténtica. Cuando Debby canturrea y baila preparando cócteles, Gloria parece una niña; cuando Debby interactúa con Vince, Gloria se convierte en una mujer fatal; cuando Debby habla con Bannion de su mujer, Gloria es una mujer dulce y enamorada y cuando Debby se vuelve letal, Gloria es toda crueldad y arrogancia.


       «Debby: Te dolerá durante mucho tiempo, Vince. Ahora no tiene mal aspecto, pero mañana tu cara estará como la mía. ¡Mírala! Es horrible, ¿verdad? Caminarás por calles apartadas y oscuras para que la gente no te vea. Pero tienes suerte, no durará mucho. Bertha Duncan está muerta. Se acabó el seguro de vida para ti y para Lagana. ¡Se ha destapado el cubo de la basura! ¡Y lo he hecho yo!»

       Dentro de este film negro, Lang establece un fuerte contraste entre ese mundo sombrío de personajes siniestros liderados por Lagana y el matrimonio feliz de los Bannions, que representa la típica familia americana, sencilla y honrada que vive con modestia y posee unos altos principios morales. Así, mediante algunas escenas hogareñas, algo sensibleras, que constituyen un remanso de humanidad dentro de tanta violencia y que desentonan con la vida de lujo, diversión y vicio que llevan los malvados de la película, el director hace notar al público la desigualdad económica entre las personas honestas y las corruptas. Lagana vive en una lujosa mansión con vigilancia policial en su puerta, Vince en un moderno apartamento con todas las comodidades y la viuda Duncan disfruta del lujo de una vivienda de recreo y un visón mientras el honesto policía vive con absoluta humildad. Sin embargo, la diferencia entre ambos mundos no se reduce a lo económico, se aprecia sobre todo en el tipo de relaciones que mantienen unos y otros. A diferencia de esas relaciones tóxicas, basadas en intereses personales y pulsiones sexuales, que mantienen entre sí los granujas del film, siempre alejados de la verdadera amistad o del sincero aprecio, Bannion, su esposa y su hija se relacionan con genuino cariño.


       «Vince: ¿Por qué no viniste antes a casa?
       Debby: Por la forma en que corrías no creí que te importara.
       Vince: ¿Qué significa “corrías”?
       Debby: No fue ningún paseo.
       Vince: Con las elecciones, encima no debo tener problemas con un ex policía loco.
       Debby: No está tan loco. Tengo noticias frescas, te odia a muerte.
       Vince: ¿Cómo lo sabes?
       Debby: Estaba allí, ¿recuerdas? Soy la chica que dejaste en el bar.»

       El amor de Bannion y Katie, antítesis de la relación mercantil sexual que mantienen Debby y Vince, será el que impulsará al protagonista a lograr la hazaña de acabar con una organización criminal tan poderosa. Por eso, Lang nos muestra la ternura de Bannion en diferentes momentos del film, no sólo con su familia, sino también con Debby, cuidándola después de que Vince la desfigure y acompañándola en sus últimos momentos. El carisma de Bannion como héroe insobornable y humano se basa en esa dicotomía entre hombre tierno y tipo duro, que Glenn Ford supo encarnar con gran acierto. Ese actor poco glamuroso, de aspecto sencillo, símbolo del americano medio y emblema de honestidad, realizó en Los sobornados una interpretación sobria, vigorosa y conmovedora demostrando ese gran talento, que nunca fue demasiado apreciado. Su contención a la hora de expresar el dolor de Bannion tras la muerte de su esposa o su odio hacia todos los responsables de dicha muerte es de una intensidad emocional que roza la perfección.


       Pese a que Vince Stone representa todo lo que Bannion odia y persigue, ambos hombres tienen algo en común, su atracción sexual por Debby. Bannion no puede evitar sentirse atraído por esa chica simpática y atrayente en un momento en que se siente tan vulnerable y aunque nunca podrá amarla como a su esposa, sí que llega a sentir verdadero aprecio por ella. En cambio, la pulsión sexual que el maltratador de Vince Stone siente hacia Debby, carece de cualquier sentimiento profundo, tan solo se trata de una atracción meramente carnal que le convierte en un animal salvaje cuando descubre que ella puede estar interesada por Bannion. Y para interpretar a esa fiera, Lang no podía haber encontrado a nadie más idóneo que a Lee Marvin, ese actor que desprende brutalidad y fiereza por cada poro de su piel, y que siempre consiguió brillar en los papeles de villano que solía encarnar.

Vince Stone fue uno de los primeros y más 
recordados villanos de Lee Marvin y el personaje con el que se consagraría dentro del cine como uno de los actores más convincentes a la hora de abordar una actuación.

       El machismo de los años cincuenta se deja sentir en el film a través de la violencia que los hombres ejercen sobre las mujeres. La mayoría de los personajes femeninos muere de forma violenta o son agredidas: Lucy Chapman, asesinada y torturada por Vince Stone; Katie, víctima de un coche bomba; Bertha Duncan, casi estrangulada por Bannion y Debby, tiroteada por Vince. Solo se salva la Srta. Parker, que, curiosamente, es la única mujer mayor y nada atractiva de la película. El patriarcado de la época también se aprecia en la abnegación con la que Katie se somete a ser la persona sobre la que Bannion pueda descargar las frustraciones que le provoca su trabajo.


       «Katie: Pareces preocupado.
       Bannion: Nada importante.
       Katie: ¿Algo grave?
       Bannion: Te he dicho que no es nada.
       Katie: Tendrás que utilizar otro tono si es que esperas que lo crea.
       Bannion: ¡Está bien, mañana te traeré un certificado! Oh, lo siento. Lo siento, cariño.
       Katie: No importa, tienes derecho a desahogarte.»

       En Los sobornados, Lang se manifiesta una vez más como un gran director de detalles, detalles que él sabía orquestar como nadie para conseguir un todo perfecto: la banda sonora de Daniele Amfitheatrof y Henry Vars que ayuda a acentuar la tensión, la violencia y el drama de la trama  obsérvese la versión instrumental de la canción Put the Blame on Mame de la película Gilda (1946) que suena de fondo en la secuencia del bar—; la fotografía nocturna de Charles Lang jugando con las sombras y los claroscuros llenos de peligro y violencia; el hábil uso de la voz en off y de los espejos empleado por Lang para añadir algo más a la imagen que está mostrando en el plano —espejos que muestran además una realidad invertida, una realidad que no es lo que parece— y, por último, ese estilo sencillo del director a base de planos que muestran solo lo necesario y de movimientos de cámara que se limitan a seguir a los personajes. Mediante un magistral uso de la imagen —que el director aprendió a utilizar desde sus inicios en el cine mudo—, Lang narra en Los sobornados todos los hechos esenciales de la trama, haciendo avanzar la acción visualmente de principio a fin, como si los diálogos no fueran necesarios.


       Presenciar la muerte de Lagana es la única imagen que Lang le niega al espectador. Ese genio del mal que es Lagana, capaz de edificar todo un sistema criminal con ramificaciones en todas las jerarquías de la sociedad, es vencido, pero no abatido. Heredero del mítico Dr. Mabuse, criminal sin escrúpulos protagonista de la saga de películas de Lang basadas en las novelas de Norbert Jacque —, Mike Lagana, menos impresionante, pero más realista que Mabuse, es el máximo responsable de toda la corrupción que asola la ciudad y el causante de la tragedia familiar de Bannion y, sin embargo, pese al baño de sangre final, Lagana sobrevive, ni siquiera vemos cómo es arrestado. No es casualidad que el malvado supremo sea el criminal que salga mejor parado, puesto que Fritz Lang sabía que los ricos y poderosos de cualquier sociedad siempre caen de pie.

       «Lagana: Ya hemos dado mucho que hablar. Las elecciones están muy próximas. Este país está cambiando, un hombre que no vea eso es que no tiene ojos. No aprietes demasiado a la gente, empieza a organizarse. Grandes jurados, investigaciones electorales, juicios de deportación… No quiero ir a parar a la misma cuneta que los Lucky Lucianos.»


       A pesar de la tendencia natural de Fritz Lang a considerar el predominio del mal sobre el bien en cualquier sociedad humana, y a percibir un cierto e ineludible destino en el sino de los personajes, en Los sobornados subyace un mensaje de esperanza, la unión de los buenos ciudadanos para lograr que las cosas mejoren. Por ello, aun cuando Bannion se aparte de la policía como entidad corrupta, no está solo ante el peligro, cuenta con la solidaridad de muchas buenas personas dispuestas a ayudarle, sus compañeros de departamento, los amigos del ejército de su cuñado y, las ya mencionadas, Debby y Selma Parker. La unión hace la fuerza, parece querer transmitirnos Lang, instándonos a no rendirnos ante las injusticias. Pero, eso sí, nos advierte de que tendremos que pagar un precio, quizás muy alto, antes de salir airosos en nuestro empeño de combatir el mal, algo que, a los ojos de los cínicos, siempre nos hará parecer ingenuos e incluso ridículos.

       «Lagana: Esta es mi casa y no me gusta que traigan basura a ella.
       Bannion: Entiendo. Y yo he violado su inmaculado hogar, ¿verdad?
       Lagana: Exactamente. Y mañana veré que no tenga usted la posibilidad de volver a hacerlo.
       Bannion: ¿Qué hará usted? ¿Otra llamada telefónica? ¿O mandará que la haga otro en su lugar?
       Lagana: He visto muchos fantoches en mi vida, pero usted es único en su clase.»

 

viernes, 28 de noviembre de 2025


LANGMANÍA 2

SECRETO TRAS LA PUERTA (1947) de FRITZ LANG
    
       Pese a un conflicto psicológico endeble, que hace tambalearse el desarrollo del guión, Secreto tras la puerta quizás sea una de las películas más fascinantes de Fritz Lang, tan solo por su inolvidable y sugestivo planteamiento, en el cual el director nos ofrece una visión algo retorcida del proceso de enamoramiento.


    
       La joven Celia Barrett (Joan Bennett), rica heredera, viaja a Méjico con su amiga Edith Potter y el marido de ésta para recuperarse de la muerte de su hermano Rick (Paul Cavanahg). El abogado de la familia, Bob Dwight (James Seay), espera casarse con ella a su regreso. Pero, durante sus vacaciones, Celia se enamora del misterioso Mark Lamphere (Michael Redgrave) y, pese al temor de unirse a un desconocido, se casa con él. En la luna de miel, Celia comienza a descubrir el lado oscuro de Mark cuando al gastarle una broma inocente, éste, frío y distante, improvisa una excusa laboral y la deja sola en Méjico. Su cuñada, Caroline (Anne Levere), la recibe en la mansión familiar de los Lamphere, donde Celia descubre que Mark ya estuvo casado y tiene un hijo adolescente, David (Mark Dennis). Éste fue rescatado de un incendio por la enigmática secretaria de Mark, Miss Robey (Barbara O’Neil), cuyo rostro quedó desfigurado. A su regreso a casa, Mark continúa experimentando extraños cambios de humor, tras los cuales se muestra hostil con Celia. En cambio, David, tan hipersensible y áspero como su padre, parece dispuesto a aceptarla como madrastra. Y aunque Mark justifica su malhumor atribuyéndolo a sus numerosas preocupaciones económicas, rechaza la ayuda financiera que Celia le ofrece. Días después, los recién casados dan una fiesta, en la cual, Mark muestra a los invitados su peculiar colección de habitaciones, estancias en las que se cometieron diferentes crímenes. Celia se asusta al observar la satisfacción con la que Mark habla de esos asesinatos. Y se asusta aún más cuando Mark se niega a enseñar la habitación número siete, prohibiéndole entrar en ella. Pero será el inquietante descubrimiento de que David cree que Mark mató a su madre, lo que empuje a Celia a averiguar qué hay en esa habitación. Tratando de hacerse con la llave, entra en el despacho de Mark y sorprende a Miss Robey con la cara al descubierto y sin cicatriz. Celia promete guardar su secreto para que no la despidan y logra hacer un molde de la llave para duplicarla. Finalmente, Celia entra en la habitación número siete y descubre que es una reproducción de su dormitorio. Por lo que, convencida de que Mark quiere matarla, huye con la ayuda de Miss Robey y de Bob. Al día siguiente, Mark despide a Miss Robey por su deslealtad y Celia, ignorando el peligro, regresa a casa dispuesta a salvar su matrimonio. Con la intención de que Mark se enfrente a sus problemas emocionales, le espera en la habitación número siete y cuando éste acude allí para matarla, ella logra sanar el trauma infantil que impulsaba a Mark a destruirla. Sin embargo, aún no están a salvo, alguien los ha encerrado en la habitación y ha incendiado la casa.


       En Secreto tras la puerta Fritz Lang pone en escena la hazaña de la protagonista al atravesar la puerta que la separa de lo más recóndito de la mente de su marido, un lugar al que él mismo le ha prohibido acceder y donde quizás le espere su propia muerte. Según el psicoanálisis, la puerta simboliza el paso de lo consciente a lo inconsciente, asociado con la transformación, la protección y el deseo. El secreto que, en la película, se esconde tras la puerta es el inconsciente de Mark, en el que se oculta el trauma infantil, provocado por el rechazado de su madre, que le impulsa a eliminar a su mujer antes de sufrir otro rechazo. Celia atraviesa esa puerta para sanar a Mark y dar una oportunidad a su matrimonio. Pero hay algo temerario y autodestructivo en la decisión de Celia de ayudar a su marido, sabiendo que éste necesita matarla, precisamente, por lo mucho que la ama. El amor que Mark siente por Celia es de la misma intensidad que el que sentía por su madre y amar de ese modo encierra para Mark una tortura de la que debe librarse.

       «Joven intelectual: Si hubiese podido decirle a un psicoanalista lo que le había ocurrido aquí, no hubiera necesitado matar a nadie.
       Mark: Salvo que su amor hacia la víctima lo hiciera necesario.»

       Celia intuye el peligro en Méjico incluso antes de conocer a Mark y cuando le ve por primera vez le parece estar viendo la propia muerte.

       «Edith: Cuando por fin saliste del trance parecía como si hubieras visto la muerte en persona.
       Celia: Así fue como él se me apareció.»

       Mark, en cambio, al ver a Celia siente que su belleza es la calma que anuncia la tormenta que conmocionará su equilibrio emocional.


       «Mark: Usted lleva eso en la cara, la calma antes de la tempestad. Y cuando sonríe es como el primer soplo de viento que dobla el trigo. Pero yo sé que hay algo más tras esa sonrisa.
       Celia (off): Oía su voz y luego dejé de oírla, porque resonaba más el latir de mi sangre. Esto era lo que yo había buscado durante aquellos años desperdiciados en Nueva York.»

       Ella presiente el peligro, pero lo ignora; él sabe que el amor lo desquicia, pero asume el riesgo. Ambos comparten una atracción irresistible y un amor que les une por encima del temor a la muerte o a la locura, y eso constituye el núcleo emocional de toda la historia.

       «Celia (off): Había una corriente fluyendo entre nosotros, cálida y dulce, y, al propio tiempo, que daba miedo.»


       De todos los comienzos de un enamoramiento que se han narrado en la historia del cine, puede que el de Secreto tras la puerta sea el más misterioso y fascinante de todos. El modo en que Mark y Celia se descubren y se desean entre la gente, mientras presencian una pelea callejera de dos hombres por una mujer, es tan hipnótico para el espectador como el trance en el que se sumergen los dos protagonistas al verse por primera vez. Pero incluso antes de verse, el deseo sexual, el peligro y la muerte flotan en esa calle de Méjico, debido a la pelea, y Celia queda fascinada por esa atmósfera cargada de pasión. De pronto, el cuchillo lanzado por uno de los hombres se clava en el mostrador junto a su mano y es entonces cuando Celia siente que alguien la observa y se estremece.

       «Celia (off): De pronto tuve la sensación de que alguien me estaba observando. Sentía en la nuca como una corriente de aire frío, sentía unos ojos que me tocaban como si fueran dedos.»

       El cuchillo anticipa la aparición de Mark en su vida, el hombre que la amará y deseará matarla. Lang utiliza la simbología psicoanalítica del cuchillo —como metáfora de peligro, pulsión, acto y herida psíquica— para expresar tanto el deseo sexual que sienten los dos al verse como el peligro que supone para Celia el trauma de Mark. La cercanía de la muerte despierta el deseo sexual en Celia como una forma de aferrarse a la vida, de vivirla con mayor intensidad.

       «Mark: Usted vivía la pelea, se había metido de lleno en ella. Amor, odio, pasión. Está hambrienta de sentimientos, de sentimientos verdaderos. Yo pensé en una Bella Durmiente de nuestro siglo. Una muchacha americana muy rica, que ha vivido su vida como envuelta en algodones, pero que quiere despertar. Y tal vez pueda.»


       Pero si Celia es una Bella Durmiente moderna, Mark es un Barba Azul actual, que 
presume de coleccionar habitaciones sangrientas y que oculta en una de ellas su tendencia homicida hacia la mujer que lo domina con su amor. En el cuento de Perrault, la esposa de Barba Azul es rescatada por sus hermanos antes de que su esposo la asesine; por desgracia para Celia, su único hermano muere justo al comienzo de la película y no hay nadie que pueda salvarla, salvo ella misma.

       «Celia (off): A casa… ¿Cuál es mi casa? La de Mark no, ya no. Ha sido un juego y he perdido. Se acabó. Me volveré a Nueva York. Pero ¿volver a qué? ¿A la misma vida vacía que llevaba antes de conocer a Mark? Si Rick estuviese vivo, podría irme a casa con él. ¿Qué me diría? No hay más que una pregunta. Me diría: ¿Le quieres o no le quieres? Olvídate de tu orgullo y de que pueda herir tus sentimientos.»

       Al imaginar el consejo que le daría su difunto hermano, Celia encuentra la respuesta a lo que ella misma desea hacer, estar con Mark.

       «Celia: Sabía que anoche deseabas matarme, Mark. Y sé por qué has vuelto ahora. Anoche deseabas matarme, pero ahora prefiero morir antes que tener que vivir sin ti. Eso sería una muerte lenta. Durante toda mi vida.»


       Se trata sin duda de un apego negativo hacia su marido y de una falta de valoración de su propia existencia, fruto de la influencia de la sociedad patriarcal de aquella época, en la que la vida de una mujer carecía de sentido sin un hombre al lado; por eso al morir su hermano, Celia siente que debe casarse cuanto antes. Reducir el valor intrínseco de una mujer a su relación con los hombres es uno más de los muchos males sociales retratados por Lang en su cinematografía. Este concepto tóxico de esposa abnegada resultaba muy romántico en aquellos años, hoy en día, se percibe como algo enfermizo, una señal de que la salud emocional de Celia no está muy equilibrada. En contraposición, Lang nos presenta la actitud absolutamente superficial que mantiene Edith Potter, amiga de la protagonista, con respecto a su marido, al que trata como un mero complemento mientras ella se dedica a vivir su vida.

       «Edith: ¡Ah! ¡Arthur…!
       Celia: ¿Qué ocurre, Edith?
       Edith: Cuando empezó la lluvia, Arthur estaba… ¡Cielos!
       Celia: ¿Qué pasa?
       Edith: Ya conoces a Arthur, una copa de más y el cataclismo. Estaba durmiendo en una de las hamacas que hay entre los arbustos, cerca del río. No me acordaba. Ya debe estar ahogado.»

       El guión, basado en la novela Pieza de museo número trece del escritor de novelas de misterio Rufus King, fue elaborado por Silvia Richards, por entonces pareja sentimental de Fritz Lang. La escritora compuso una narración en la que abría demasiadas puertas —se ve que andaba buscando el secreto al que hacía alusión el título— que luego se olvidó de cerrar o no lo consideró necesario. Despertar la curiosidad del público creando expectativas que no se van a satisfacer es un error de guión de esos que suelen pagarse en taquilla. La más llamativa de todas esas expectativas, relacionadas todas ellas con las controvertidas relaciones de los Lamphere, tiene lugar cuando David declara que Mark mató a su madre (Eleanor) sin que llegue a saberse si la mató literalmente o en sentido figurado. El espectador se pregunta, lo mismo que Celia, «¿Cómo murió Eleanor?» Pero nunca obtiene una respuesta clara.

       «Celia (off): Ella amaba a Mark, pero él a ella no. Se puede matar a una persona negándole deliberadamente el amor, arrebatándole así el deseo de vivir.»

       Pero puesto que Celia ocupa la misma habitación que ocupaba Eleanor y esa habitación es la que Mark ha reproducido en su colección de habitaciones de crímenes, según la teoría de Mark de que «en ciertas ocasiones una habitación influye o incluso determina las acciones de las personas que viven en ella», es normal que el espectador termine pensando que en ese dormitorio Mark asesinó a Eleanor y del mismo modo, influenciado por la habitación, podría asesinar allí a Celia.

       «Mark: Hay habitaciones que incitan a la violencia, incluso al crimen.
       Celia: Mark, vida mía, estás un poco loco.
       Mark: Sí, puede que sí.»


       Tampoco se llega a saber nada de la enigmática Miss Robey, quien, aunque parezca enamorada de Mark, en realidad, se muestra más preocupada por conservar su empleo. Hasta el punto de que uno se pregunta si ese incendio del que rescató a David en el pasado no sería también provocado por ella, como el incendio del final.

       «Miss Robey: Cuando salvé la vida a David, salvé la mía en cierto modo. Iban a despedirme. ¿Le resulta una palabra absurda, Sra. Lamphere? Pues es muy corriente para quien trabaja.
       Celia: ¿Mark había pensado…?
       Miss Robey: No, él no. Caroline y Eleanor no me querían en la casa. Luego, todos me estaban muy agradecidos. Y esta gratitud ha sido como mi seguridad social.
       Celia (Señalándose el rostro): Pero…
       Miss Robey: La cirugía plástica durante mis vacaciones. Quise decírselo a todos, pero cuando supe que él se había…
       Celia: ¿Se había casado conmigo? ¿Fue por eso, Miss Robey? ¿Esperaba que se casara con usted?»

       Respecto al último incendio, tampoco queda claro el motivo de Miss Robey, ¿vengarse de Celia porque cree que ha contado que no está desfigurada? ¿Librarse de ella para tener a Mark para ella sola? ¿O acaso Miss Robey es una pirómana?

       Otra incógnita que queda sin resolver, respecto a David, es el motivo que se esconde tras la dura discusión entre éste y su padre. ¿Qué buscaba David en la habitación de Mark? ¿Y qué teme tanto Mark que David pueda encontrar en su habitación como para ponerse hecho una fiera al sorprender allí a su hijo?


       «Mark: ¿Estás sordo? ¡Vamos, contéstame! ¡No seguiré aguantando tus impertinencias! ¿Qué creías que ibas a encontrar en mi habitación? ¡Deja el libro cuando hablo contigo! ¡No pongas esa cara y contéstame!
       David: ¿Qué temes que pudiera encontrar?
       Mark: ¡Miserable y repugnante mocoso! (Levanta la mano y le da una bofetada)»

       Puede que David se adentre en la habitación de Mark buscando respuestas a la muerte de su madre. También el hijo quiere penetrar en la psique de su padre, en sus secretos, y también desata su cólera. En cualquier caso, esta escena constituye una anticipación del momento en que Celia entrará en la habitación número siete.

       Tampoco se entiende la razón por la que Mark hace creer a Celia que su revista de arquitectura es una ruina económica. ¿Quizás para tener el control sobre el dinero de su mujer, aunque aparente no quererlo? Lo más probable es que se trate simplemente de un truco de la guionista para aumentar los motivos que tiene Celia para desconfiar de Mark y sospechar que desea su muerte.

       «Bob: Le has concedido poderes hace una semana, ¿te das cuenta de que esos poderes ponen tu fortuna a su disposición? Puede hacer con ella lo que él quiera.
       Celia: Necesitaba dinero para su revista.
       Bob: La revista deja buenos dividendos.
       Celia: Bob, estás celoso.
       Bob: Si lo crees así…
       Celia: Perdona… Conozco a Mark, no podría hacer nada incorrecto. (Se oyen unas risas en el pasillo, una pareja cruza por delante de la puerta sin verlos)
       Mujer: Dice que las mujeres son tacañas…
       Hombre: Mark es un tipo ce suerte. Se acaba el dinero de la primera mujer y ella muere. La segunda tiene mucho dinero… Buen trabajo si se hace con él.»

       En definitiva, todos los personajes secundarios, extraños y algo amargados, parecen tener como única finalidad hacer creer a Celia —y al espectador— que se ha casado con un asesino que planea matarla. Es más, que desde que se conocieron es lo que siempre ha querido; como Don Ignacio, el asesino de la habitación número tres, al que Mark admira tanto.

       «Mark: Para don Ignacio tanto el asesinato como el amor pertenecían a las Bellas Artes y en ambos era un maestro, un perfeccionista. Constanza, María, Isabel, todas fueron mujeres de gran belleza. Antes de enfrentarse al pelotón de ejecución, don Ignacio juró que nunca pensó en asesinar, solamente buscaba un último y perdurable amor, pero que algo, como un infernal efluvio de esta habitación, le llevaba inevitablemente al asesinato.»


       No obstante, lo interesante de todos estos personajes es que todos tienen una 
historia personal conflictiva que los atormenta. En el caso de David, la misteriosa muerte de su madre; en el de Miss Robey, la desfiguración de su rostro y en el de Caroline, haberse quedado soltera para cuidar de su hermano y de su sobrino. Y todos ellos, además, mantienen entre sí relaciones igualmente problemáticas. Caroline y Miss Robey no se soportan y ambas mujeres compiten por la educación y el cariño de David. Éste culpa a su padre de la infelicidad de su madre y parece más encariñado con Miss Robey que con su tía. Son personajes bien diseñados que despiertan la curiosidad y el interés del público, porque todos dan la impresión de ocultar una historia emocionante, pero no llega a conocerse la de ninguno de ellos. Todo queda en un mero bosquejo sin desarrollar.

       La película está narrada desde el punto de vista de Celia, narradora y protagonista del film, su voz en off nos introduce en la historia mezclando sus pensamientos y sentimientos con la acción que tiene lugar. Es una voz llena de ensoñación, de misterio y poesía, que nos habla del carácter supersticioso, intuitivo y romántico de Celia, sugestionada por pensamientos de peligro y muerte. Sin embargo, hay un momento en el film, en el que el punto de vista cambia de Celia a Mark y empezamos a escuchar la voz en off de Mark. Una voz oscura, casi lunática, que nos da a entender que Mark está algo perturbado y que sus pensamientos son como un reflejo de sus tendencias asesinas, que él trata de reprimir sin éxito.


       «Mark (off): Dentro de tres horas, cien millas nos separarán. Dentro de tres semanas, diez mil. He de irme lejos de ella. Lo más lejos posible. (El tren llega a la estación)
       Revisor: ¿Va a Nueva York?
       Mark (negando): Se me ha olvidado algo en casa.»

       Y ya no volvemos a oír la voz en off de Celia, como si Celia hubiera dejado de atormentarse con sus pensamientos y hubiera tomado la determinación de hacer frente a los problemas psicológicos de su marido, sin ningún tipo de temor. El espanto que experimentó la noche que huyó de la casa, ha dejado paso a una calma lúcida, Celia ha madurado, ha dejado de ser una joven romántica para ser una mujer segura de sí misma y de su amor por Mark, dispuesta a asumir los sinsabores de su relación. Si Mark ha llevado las riendas de la relación hasta ese momento, a partir de ahí, es Celia la que se hace con el control y Mark sólo puede dejarse conducir, por ella y por su amor, hacia la sanación, como un niño se deja cuidar por su madre. Visión, como vemos, muy injusta para la mujer de lo que debe ser su rol dentro del matrimonio. Mientras que la mujer debe cuidar de su marido, aun a riesgo de su propia vida, comprenderlo, perdonarlo, soportar sus gritos y sus imposiciones, el marido hace lo que quiere sin ningún tipo de consideración hacia la esposa.

       «Mark: Yo tengo que vivir mi vida. Desde que era un niño me he visto manejado por mujeres que querían vivirla por mí. Caroline, Eleanor y ahora tú también. No, gracias.
       Celia: Seguro que en esa habitación no hay nada para provocar que discutamos.
       Mark: Es que yo no quiero discutir. La habitación está cerrada y cerrada seguirá.»

       El uso de la voz en off de Celia nos narra la intriga aportando una gran profundidad narrativa, es una voz en off que nos desvela la ambivalencia de los sentimientos de Celia, perdidamente enamorada de Mark y atemorizada por él a un tiempo. Se ha hablado de que se abusa en el film del recurso de la voz en off, pero, en mi opinión, aporta a la acción la parte más íntima de Celia, lo que nadie escucha, lo que nadie sabe, lo que ella no dice, lo que su máscara social esconde y de ese modo Lang aumenta el suspense. Ella se casa sin que nadie llegue a enterarse de su deseo de huir de la iglesia, de su presentimiento de un peligro que se cierne sobre ella. Nadie, excepto el espectador.


       «Celia (off): De pronto, sentí miedo. Me casaba con un extraño, con un hombre al que no conocía en absoluto. Podía irme, podía huir, aún estaba a tiempo. Pero ¿qué diría la gente? No puedo irme, no se puede hacer eso. Pero tengo miedo.»

       Con un interesante juego de luces, sello inconfundible de Lang, se nos presenta a Celia el día de su boda, perfectamente iluminada, radiante y llena de luz mientras que Mark aparece entre sombras, como una amenaza que se cierne sobre ella. Así, el director nos expone de forma visual el tipo de matrimonio que va a celebrarse, una unión entre la luz y la oscuridad. El audio de los temores de Celia, narrados en off, hacen el resto.

       Secreto tras la puerta es un Thriller romántico - psicológico, que mezcla el misterio, el suspense y el terror de forma muy interesante y sugestiva, pero que naufraga a causa de una solución argumental poco creíble, casi ridícula en su simplicidad. Pese a que el desarrollo de la acción no decae en ningún momento del metraje, el descubrimiento del trauma infantil de Mark que le impulsa al asesinato de su esposa, resulta decepcionante. El mismo Mark que parecía tan interesante al principio de la película, con esa inteligencia y esa sensibilidad para captar la forma de ser de la gente, termina siendo un fiasco, al desvelarse como un adulto con un complejo de Edipo no resuelto en la infancia  probablemente debido a la separación de sus padre —, que es incapaz de soportar ningún tipo de rechazo. A los diez años, Mark era un niño susceptible que sentía una exacerbada dependencia emocional de su madre, por lo que al sentirse vetado por ella, cuando su hermana Caroline lo encerró en su cuarto, sufrió un trauma, insoportable para él, que le convirtió en un adulto con dificultad para relacionarse de forma amorosa. Sin embargo, resulta exagerado que la consecuencia de ese trauma le haya afectado tanto como para llegar al asesinato de su esposa. Tanto es así que, cuando vemos a Michael Redgrave encolerizarse con ojos de loco, retorciendo el pañuelo que don Ignacio usaba para matar a sus víctimas mientras Celia trata de calmarle con sus explicaciones, no podemos evitar que nos dé un poco de risa, en lugar del miedo que nos daba antes. Ya no vemos en él a esa figura masculina amenazante, que hemos visto a lo largo del film atemorizando a su esposa, sino que vemos a un niño mimado con una rabieta.


       «Mark: La oí echar la llave. La llamé, pero se fue al baile. Golpeé la puerta hasta que me sangraron las manos y se me rompieron todas las uñas. Corrí a la ventana y la vi marcharse con un hombre. La llamé a gritos y luego lloré. Cogí las lilas y las estrangulé, las aplasté, las destruí. (Retuerce el pañuelo) Quería destruirlo todo, pero no tenía más que diez años. La odiaba. Pero sabía que algún día… Algún día… (Mira a Celia retorciendo el pañuelo) Esta noche… »

       Lang sabía que la sanación meteórica y milagrosa de Mark no era creíble y que desvirtuaba el psicoanálisis como ciencia, y también sabía que la estructura del guión se veía resentida por ello, sin embargo, el drama psicológico estaba de moda y se dispuso a producir y a rodar esta película en la que pretendía emular al Hitchcock de Rebeca (1940), cuya visualización tanto le había inspirado. Pero si bien Lang no consiguió realizar la película con la que soñaba, sí que logró crear un ambiente onírico tan sugestivo como el de Rebeca; unas imágenes magnéticas a base de unos claroscuros evocadores y de una poética expresividad cargada de misterio; una puesta en escena barroca, algo tétrica, pero brillante, y una intriga constante que mantiene el interés de la trama hasta el final. Todos estos aciertos, elementos típicos del cine de Lang, dieron como resultado una película que contiene secuencias que son auténticas obras maestras del cine. Una de estas secuencias sobresalientes es aquella en la que Celia huye despavorida de la habitación número siete y la vemos correr reflejada en los espejos de la habitación, en un estremecedor plano fantasmagórico. La secuencia finaliza cuando Celia al salir de la casa se desorienta entre los árboles a causa de la niebla, ve acercarse la sombra de un hombre hacia ella y se escucha el grito de terror de Celia en la oscuridad. Una secuencia al más puro estilo Lang.


       De manera que si Secreto tras la puerta fracasó comercialmente, provocando la quiebra de su productora, Diana Production, fundada por el mismo Lang, Joan Bennett y su marido el productor Walter Wenger, quizás fuera por el error de haber querido hacer las cosas como las hacía Hitchcock, en lugar de hacerlas como las hacía Fritz Lang. Y, aunque la crítica y el mismo Lang consideraron Secreto tras la puerta una película de menor categoría, con el tiempo se la ha llegado a considerar una película de culto, junto a sus otros dos films protagonizados por Joan Bennett, La mujer del cuadro (1944) y Perversidad (1945).


       Joan Bennett, magníficamente fotografiada por Stanley Cortez, interpreta el personaje de Celia con la elegancia y la naturalidad propias de una mujer de mundo, en contraste con esa morbosa tendencia del personaje a experimentar el amor de un modo más intenso cuando se mezclan muerte y sexo. La fascinante belleza de la actriz inunda cada plano de la película de una femineidad sublimada, a la que solo las estrellas del Hollywood de los cuarenta podían aspirar. El sufrimiento y el miedo de Celia, así como su coraje, se reflejan en el rostro de Bennett con sencillez, sin ningún tipo de exageración o histrionismo, con la moderación suficiente de esa mujer de clase alta que estaba interpretando. La actriz también supo aportar cierta malicia a esa simpatía burlona de Celia, la única que bromea en toda la película, si exceptuamos a su amiga Edith.

       «Celia (abriendo la puerta para recibir a Mark): ¿Te cojo en brazos para cruzar la puerta? (Mark corre hacia ella y se besan)
       Mark: ¿No estás enfadada?
       Celia: Si te acepté como eres, ahora tengo que aguantarte.»


       Diez años después de su primer éxito cinematográfico con Alarma en el expreso (1938) de Hitchcock, Michael Redgrave realiza su primera incursión en el cine americano de la mano de Fritz Lang con la película que nos ocupa. El actor realiza una composición inquietante de este Barba Azul psicoanalizado por su esposa, pasando del misterio y el atractivo de un hombre oscuro y enigmático al agresivo desequilibrio de un neurótico con tendencias asesinas.

       «Mark: El crimen es consecuencia de una gran emoción, más directa que el amor.»

       Redgrave nos muestra el ensimismamiento en el que cae Mark, cada vez que algo le hace recordar su trauma infantil, con una tensión física y una mirada perdida que transmiten esa ira contenida que el personaje oculta con frialdad y distanciamiento, pero que amenaza con manifestarse en cualquier momento de forma violenta. Esos ojos enloquecidos de Redgrave son capaces de provocar tanto espanto como risa nerviosa.

       Fritz Lang, considerado como un maestro del estudio del crimen, realizó una película que explora los límites de la responsabilidad criminal cuando el sujeto no se halla en situación de pleno equilibrio psíquico. El resultado de esa exploración es la historia de una purificación emocional, llevada a cabo por una esposa, en el marco de un romanticismo oscuro y redentor, que considera que una mujer enamorada debe sacrificarlo todo por el hombre al que ama.


       «Mark: ¿Por qué? ¿Por qué razón has vuelto?
       Celia: Porque te quiero. Porque me casé contigo hasta que la muerte nos separe.»