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jueves, 27 de febrero de 2020

KEATONMANÍA 3
  
“EL MAQUINISTA DE LA GENERAL” (1926) de Buster Keaton y Clyde Bruck


       La enorme presión que la sociedad suele ejercer sobre el varón, en tiempos de guerra, para que demuestre su coraje en el frente, sirve a Keaton para construir una comedia de acción, con escenas de gran realismo bélico, en la que ridiculizando el patriotismo, mal entendido e irracional, reduce el acto heroico a mero capricho del azar.
  
       Johnnie Gray (Buster Keaton), maquinista de la locomotora “La General”, corre a alistarse en el ejército confederado al estallar la guerra de secesión, para complacer a su novia Annabelle Lee (Marion Mack); pero al ser rechazado, pues resulta más útil a la causa sudista al frente de su tren, la novia le retira la palabra, por considerarlo un cobarde. Un año más tarde, cuando Annabelle viaja en “La General” para reunirse con su padre,  herido en el frente, un grupo de soldados de la unión al mando del capitán Anderson —jefe de los espías del general Thatcher—, penetra en el sur y secuestra la locomotora de Johnnie, haciendo prisionera a Annabelle.
Johnnie persigue sin descanso
a los secuestradores a bordo de otra locomotora, que consigue en Kingston, hasta que, al penetrar en territorio unionista, los secuestradores descubren que les sigue un solo hombre. Johnnie, al verse descubierto, abandona la locomotora y huye campo a través. Desesperado por el hambre y muerto de frío, se cuela en una casa a robar comida, ignorando que se trata del lugar elegido por el general Thatcher y el capitán Anderson para reunirse con sus oficiales. Escondido, dentro de la casa, Johnnie descubre que sus enemigos tienen a Annabelle en su poder y que planean una ofensiva contra el flanco izquierdo del ejército confederado, llevando dos trenes de abastecimiento al puente de Rock River, para apoyar al ejército del general Parker. Tras rescatar a Annabelle, Johnnie, decidido a alertar al ejército confederado de los planes del enemigo, consigue recuperar La General y huye con su chica rumbo a Rock River. Anderson y sus hombres persiguen a Johnnie en dos locomotoras de abastecimiento, pero Johnnie y Annabelle logran llegar a Rock River a tiempo de incendiar el puente y alertar al ejército del general Lee del inminente ataque. Al atravesar el puente quemado, uno de los trenes de abastecimiento de los unionistas cae al río y éstos son sorprendidos por el ejército sureño. Durante el combate, Johnnie se comporta como un inepto total, pero, el destino le convierte en héroe cuando, por azar, hace que el río se desborde sobre el ejército norteño y captura al general Thatcher.
     
       Basándose en una historia real, sucedida durante la guerra de secesión norteamericana y novelada por uno de sus protagonistas, en el libro: “Audacia y sufrimiento: Una historia de la gran aventura ferroviaria”, Clyde Bruckman y Buster Keaton elaboraron el primer tratamiento de lo que sería una versión, en clave de humor, del secuestro de la locomotora La General y de la reacción de su maquinista, William Fuller, que, tomándose el robo como una afrenta personal, salió en persecución de los secuestradores.
  
  
       En la época en la que estos hechos históricos tuvieron lugar, la hazaña de estos espías unionistas fue muy celebrada, una vez terminada la guerra, elevando a la categoría de héroes a sus protagonistas. Sin embargo, el héroe que interesó a Keaton y a Bruckman para protagonizar su película fue ese audaz maquinista que se negó a dejar su locomotora en manos de los secuestradores. De manera que, contaron la historia desde el punto de vista del bando confederado, al que pertenecía dicho maquinista. Y, de forma muy inteligente, Bruckman y Keaton supieron reforzar la motivación de este personaje, añadiendo al secuestro de su locomotora, el rapto de Annabelle, quien con su sola presencia impulsa a Gray a superarse a sí mismo para poner a salvo a la mujer que ama y demostrarle su valor. Ese valor que ella y sus parientes habían cuestionado sin motivo. Y es que, ante la sociedad sureña, no bastaba con ser valiente, sino que, también, había que parecerlo.
     
       Según la filosofía, este maquinista, interpretado por Keaton y llamado en la ficción Johnnie Gray, posee todas las cualidades que acompañan al verdadero héroe, es decir, a aquella persona capaz de arriesgar su vida por una causa noble. Para empezar, Johnnie demuestra una gran fortaleza de ánimo ante el peligro —característica que siempre acompañó a todos los personajes encarnados por Buster Keaton a lo largo de su filmografía—, que le lleva a tomar la resolución de avisar al ejército sureño de la ofensiva que los nordistas piensan lanzar sobre ellos:
    
       “Johnnie: Debemos conseguir reunirnos con los nuestros y avisarles de que van a atacar.”
    
       Y, a pesar del riesgo que supone vestir el uniforme enemigo, Johnnie demuestra una gran generosidad al asumir este papel de espía, que el destino le ha deparado y que él acepta por poseer un profundo sentido de la responsabilidad. Por otra parte, su fuerza de voluntad a prueba de bombas, le impulsa a perseguir el objetivo que se ha marcado, incluso en momentos en los que la esperanza de salir con vida es casi nula. Así, sin pensar en la posibilidad de rendirse, se refugia en la cabina de “La General” abrazando a Annabelle para protegerla de la lluvia de balas, que los unionistas están descargando sobre ellos. Pero Johnnie también sabe elegir la huida con la misma firmeza de ánimo con la que asume el combate, por ello, no duda en abandonar la locomotora, para escapar, a pie, por el bosque cuando los secuestradores de La General descubren la inferioridad numérica de su perseguidor:
   
       “¡Sólo queda un hombre en la locomotora!”
 
   
       Sin embargo, al tratarse de una comedia, nuestro héroe, además de todas esas cualidades positivas, asociadas al valor, también posee cualidades negativas —tales como la torpeza, el despiste y la incompetencia más absoluta— capaces de convertir todas y cada una de sus gestas, en el fruto de auténticas e hilarantes patochadas.
    
       Así, por ejemplo, logra poner en retirada al ejército nordista, gracias a la torpeza con la que al disparar un cañón, lanza la bala al aire y ésta cae de forma fortuita sobre una presa. El destino, siempre presente en el cine de Keaton, parece favorecer siempre a su personaje, proporcionándole todo lo que precisa en cada momento para sobrevivir y salir airoso de cualquier situación por desesperada que parezca. De esa forma, logra matar a un francotirador unionista, que estaba eliminando uno a uno a todos los artilleros confederados, cuando al sacar su sable de la funda con energía, la hoja se desprende del mango y va a caer por azar sobre el francotirador. Podríamos decir que Johnnie Gray termina convertido en héroe, no sólo por su valor, sino también por pura chiripa.
    
       Aunque, en principio, la idea de realizar una comedia sobre la guerra civil no fue muy bien acogida por parte del público, que no comprendió que Keaton bromeara sobre cuestiones tan serias como el patriotismo, el ejército o la muerte de los soldados en el frente, con el paso del tiempo, “El maquinista de La General” se ha convertido en una comedia de culto, considerada, por muchos, la obra maestra de Keaton. Pero hay que señalar que el patriotismo del que Keaton se burla en el film se refiere, exclusivamente, a ese tipo de patriotismo que, confundiendo valor con temeridad, arrastra a los hombres a una muerte innecesaria. Tal es el caso del general unionista que, en la película, provoca la muerte de muchos de sus hombres, al ordenarles cruzar el tren por un puente en mal estado, que termina derrumbándose sobre el río:

    
       “General Parker: ¡Este puente aguantará a pesar de estar quemado! ¡Mis hombres vadearán el río!”
     
       Keaton se burla, también, de la ceremoniosidad con la que los militares ejecutan cada uno de sus actos protocolarios; pero lo hace sin ninguna inquina, como un niño que se limpia las manos sucias en el mantel. Ejemplo de este tipo de gags es la escena en que Johnnie pincha, sin querer, con su sable, el trasero de un oficial que está recibiendo órdenes del general Lee o aquélla en la que se le dispara su pistola de forma accidental en el momento en el que el general Parker está entregando su sable para rendirse o cuando, ya convertido en teniente, saluda de forma mecánica con la mano a todos los soldados que pasan junto a él mientras besa a Annabelle.
 
  
       En “El maquinista de La General”, Keaton pasa la mayor parte del metraje subido a un tren, manejando la locomotora —réplica exacta de la auténtica La General— con la pericia propia de un verdadero profesional del ferrocarril, gracias a la preparación como maquinista y fogonero a la que se sometió antes de comenzar el rodaje. Conocida la afición de Keaton por los trenes, debió disfrutar de lo lindo manejando la locomotora y convirtiéndola en un personaje más de la película. Keaton consigue humanizar la máquina, al integrarse en ella como un engranaje más, y así, hombre y máquina, fundidos como un todo, atraviesan una guerra, como si el peligro que les rodeara no pudiera alcanzarles.
    
Es todo un espectáculo verle saltar de un vagón a otro a toda velocidad con la agilidad de un acróbata, observarle otear el horizonte sobre el techo de un vagón en movimiento o contemplarle mientras se sienta o se tumba sobre el “apartavacas” con toda naturalidad. Keaton logra crear la ilusión de que su personaje se mueve por la locomotora con una desenvoltura absoluta, que la conoce palmo a palmo y que sabe cómo utilizarla para sacar el máximo partido de ella. Todo lo que Johnnie Gray necesita lo obtiene de su máquina y él le proporciona a ella todo lo que requiere para seguir su avance hacia la victoria. Johnnie termina convertido en un héroe, pero él sabe que solo es un maquinista y que su sitio está junto a su tren. Tanto es así que, cuando el ejército sureño, al mando del general Lee, tras ganar la batalla en Rock River, regresa victorioso a la ciudad, Johnnie, que camina junto al caballo del general Lee, abandona la comitiva con toda humildad, para sentarse en la parte trasera de su locomotora a ver pasar el desfile.
    
       En cuanto al personaje de Annabelle Lee, parodia de las heroínas de los seriales de la época, comienza siendo todo un ejemplo de una verdadera dama sureña, para terminar por convertirse en una réplica en femenino de la ineptitud y el despiste de Johnnie Gray; hasta el punto de que, en algunos momentos, ambos parecen competir en estupidez cuando viajan en La General al encuentro de los suyos, perseguidos por los unionistas. Y, aunque Annabelle se esfuerza por ayudar a Johnnie en todo lo que puede, parece que la mayoría de las veces no consigue más que estorbarle con sus tonterías. Resulta especialmente divertido el momento en el que pone en marcha la locomotora dejando a Johnnie en tierra y, luego, siendo incapaz de detener la máquina, Johnnie se ve obligado a correr colina abajo para tratar de alcanzar el tren en la siguiente curva, pero, cuando está a punto de hacerlo, Annabelle logra detener la locomotora y la hace andar marcha atrás para recoger a Johnnie, que tiene que desandar lo andado, trepando por la colina a toda prisa para volver al lugar en el que la chica le dejó tirado.
    
También es hilarante ver a Johnnie desesperarse por la manera en la que Annabelle alimenta el fogón con trozos ridículamente pequeños de madera, en lugar de hacerlo con buenos troncos, o ver cómo ella se pone a barrer la cabina de la locomotora cuando ambos se están jugando la vida. De cualquier forma, Annabelle, como toda buena heroína de acción que se precie, sabe convertirse en una intrépida compañera para Johnnie en su misión de espía accidental y, olvidándose de sus maneras de damisela, termina siendo capaz de trepar a la cabina de la locomotora casi con la misma rapidez que Johnnie.
     
       Las dos persecuciones ferroviarias protagonizadas por Johnnie Gray, una persiguiendo a Anderson y otra siendo perseguido por éste, ocupan la mayor parte de la película con una sucesión interminable de originales y divertidos gags, relacionados con el manejo de la locomotora de vapor y con la guerra civil. Siendo, quizás, el del vagón que aparece y desaparece, como un fantasma, ante la locomotora con la que Johnnie persigue a La General, el gag que mejor muestra ese típico y desternillante desconcierto que solía expresar el rostro de Keaton, en sus films, ante hechos que él no puede explicarse, porque no sabe lo que estaba pasando. Y el gag más famoso, posiblemente, sea el del cañón que, debido a su ineptitud, Johnnie está a punto de dispararse a sí mismo. Hay otro gag destacable, que demuestra la gran habilidad de Keaton a la hora de elaborar un número físico, casi circense, y ejecutarlo con gran precisión; se trata de una escena en la que los secuestradores arrojan dos enormes troncos a las vías para frenar el avance de la locomotora de Johnnie y, entonces, éste reduce la velocidad, se baja del tren y corre a retirar el primero de los maderos, pero se le atasca y su locomotora le alcanza por detrás, quedando Johnnie sentado en el “apartavacas” con el madero sobre las rodillas.
   
   
Entonces, antes de que la locomotora choque con el segundo madero, Johnnie lanza, en vertical, el que tiene en sus rodillas sobre el extremo del segundo tronco, que, al estar apoyado sobre los rieles, salta fuera de las vías. Otro de los gags digno de mención, aunque no suceda en el tren, es aquel en que Johnnie, escondido debajo de una enorme mesa de comedor, escucha los planes del enemigo mientras soporta sus patadas, golpes y quemaduras de cigarrillo, sin rechistar. Escena hartamente utilizada, con posterioridad, en la ficción humorística. El mismo Billy Wilder la utilizaría en “Con faldas y a lo loco” (1959), escondiendo a Toni Curtis y a Jack Lemmon bajo la mesa donde están cenando los gánsteres que quieren asesinarles.
    
       Keaton supo transmitirnos, a través de esta película, que un hombre valiente es aquel que demuestra dedicación exclusiva y constante en situaciones difíciles que exigen esfuerzo y capacidad de adaptación, y lo hace por propia convicción, no por vestir un uniforme, que es algo que puede hacer cualquiera. Annabelle le espeta, al principio del film: “No vuelvas a hablarme mientras no lleves uniforme.” Y Johnnie termina vistiendo no sólo el uniforme confederado, sino también el de la unión, demostrando a su amada ser más valiente que nadie. Y es que, “El maquinista de La General”, parece confirmar la opinión expresada por Virgilio de que: “La fortuna favorece a los valientes”; aunque, tratándose de una película de Keaton, habría que añadir… “por muy tontos que éstos sean”. El mismo Keaton afirmó en una ocasión, refiriéndose al rol que solía encarnar en sus películas: “Yo era un incompetente, pero nunca cejaba. Siempre intentaba hacer las cosas, aunque no supiera hacerlas… Naturalmente, armaba un jaleo enorme, pero quería hacerlo y lo hacía.” Su personaje en “El maquinista de La General” representa el triunfo de un incompetente, gracias a su determinación y, sobre todo, a su buena suerte.

   

jueves, 30 de enero de 2020

KEATONMANÍA 2
   
“EL CAMERAMAN” (1928) de Buster Keaton

   

       “Cuando aclamemos a nuestros héroes modernos, no olvidemos al camarógrafo de los Noticiarios, ese atrevido que desafía la muerte para darnos imágenes de los acontecimientos del mundo.”
     
       Con esta solicitud, los guionistas Clyde Bruckman, Lew Lipton, Richard Schayer y Joseph Farnham, junto a la inagotable creatividad de Buster Keaton y bajo la dirección de Edward Sedgwick, convirtieron esta película en un claro homenaje a los reporteros gráficos de principios del siglo XX, a los que consideraban auténticos héroes, cuyas hazañas equipararon —aunque en clave de humor— a la proeza llevada a cabo por el aviador Charles Lindbergh, al cruzar el Atlántico en su aeroplano. Buster Keaton, el cómico imperturbable, era el hombre idóneo para mostrar esa impasibilidad con la que los camarógrafos continúan filmando, en situaciones de verdadero peligro, exponiendo sus propias vidas. Y la razón que les impulsa a hacerlo no es otra que el amor. En el caso del film, el amor a una mujer, y en la vida real, el amor a la verdad y a la humanidad. Estos hombres filman para dar testimonio a los demás de lo que pasa en el mundo.
     
       Buster (Buster Keaton), un fotógrafo que trabaja haciendo ferrotipos en las calles de Nueva York, se enamora de Sally (Marceline Day), una secretaria del Noticiero de la Metro Goldwyn Mayer (MGM), y, para estar más cerca de ella, se propone convertirse en camarógrafo de dicha agencia. La chica le aconseja que filme cualquier cosa interesante para poder mostrar su trabajo al editor. Y, aunque en la MGM se burlan de sus primeras grabaciones de novato, Sally le anima a seguir intentándolo.
    
       Buster, además de filmar, debe arreglárselas para espantar a todos los moscones que revolotean alrededor de la chica, incluido un tal Stagg (Harold Goodwin), que trabaja como camarógrafo en la MGM y que también está románticamente interesado en ella. Con el propósito de ayudar a Buster, Sally le envía a cubrir una noticia en el barrio chino y, por el camino, Buster arrolla a un mono, que, a partir de ese momento, se convertirá en su fiel ayudante de cámara. En el barrio chino, Buster se juega la vida filmando una verdadera batalla campal entre dos familias rivales; pero, al llegar a la MGM para entregar la filmación, vuelve a hacer el ridículo, porque la cinta no está en la cámara y todos creen que olvidó cargar la película. El editor (Sidney Bracy) reprende a Sally por haberle pasado la exclusiva a Buster y éste se compromete a no volver por la oficina. A pesar de su fracaso, Buster acude a la Regata del club de navegación Westport para seguir filmando. Allí, encuentra, en su bolsa, la grabación de la guerra china que el mono sacó de la cámara sin que Buster lo viera. Justo en ese momento, la lancha en la que participan Sally y Stagg sufre un espectacular accidente y sus ocupantes caen al agua. Stagg abandona a Sally para salvarse y Buster corre a auxiliarla. Pero, al recobrarse, la chica cree que ha sido Stagg quien la ha salvado y se marcha con él, dejando a Buster desolado mientras el mono no para de filmar.
    
    
       Finalmente, Buster, perdida ya toda esperanza de conquistar a Sally y resuelto a volver a su antigua profesión de fotógrafo, envía la cinta, con las grabaciones de la guerra china y de la regata, a la MGM. Sin embargo, la película de Buster logrará impresionar al editor de la MGM y abrirá los ojos a Sally, respecto a su verdadero salvador.
     
       Como no podía ser de otro modo, el cameraman encarnado por Keaton, en esta película, es algo peculiar, ya que a diferencia del periodista profesional que se limita a dar testimonio, sin intervenir en la noticia, Buster no sólo interviene, sino que manipula la noticia sin ningún tipo de escrúpulos. Recordemos que su objetivo primordial no es dar testimonio, sino conseguir trabajo en la MGM para estar junto a su amada, y para eso, debe obtener una filmación interesante. Buster es fotógrafo, no periodista, por tanto, él prepara lo que va a filmar, lo mismo que antes preparaba a la gente que iba a retratar. Él es un hombre de acción, así que no duda en intervenir en la noticia para salvar a la chica o para que la batalla no decaiga ante su cámara, en la guerra del barrio chino —ya sea alcanzando un cuchillo a alguien que lo necesita o calentando los ánimos para provocar un nuevo enfrentamiento entre ambos bandos—. Todo esto puede que no sea muy ético, pero resulta de lo más divertido.
     
       “El cameraman” fue la primera película que Keaton realizó para la Metro y la primera de sus películas en la que no tuvo el control absoluto sobre la producción, viéndose obligado a improvisar menos y a protagonizar un número menor de esas escenas peligrosas a las que estaba acostumbrado y eran el sello de su filmografía. Trabajar para un gran estudio obligó a Keaton a tener el rodaje mucho más planificado de lo habitual y eso es algo que se puede apreciar en el mismo guión, más estructurado y elaborado que el de sus películas anteriores.
 
       En relación a los gags cómicos de esta película, podemos señalar que, como en cualquier película de Buster Keaton, también en “El cameraman” hay una serie de gags que destacan por su elegancia, su sencillez y su chispa. Son gags cuya estela continúa resplandeciendo a través de la historia del cine hasta nuestros días, pues han sido imitados en numerosas ocasiones y han inspirado a otros comediógrafos para crear gags similares. Quizás el más clásico de todos ellos sea el gag del minúsculo vestuario de la piscina, que Buster se ve obligado a compartir con otro nadador más fuerte y musculoso que él. Gag claustrofóbico y genial que constituye uno de los momentos más hilarantes del film. Primero, el tipo se cuela en la caseta de Buster sin ningún tipo de consideración:
   
       “Buster: ¡Este es mi vestuario!
       Forzudo: ¡Cállese o será su ataúd!”
   
       Y después, se dedica a darle empujones, codazos, a pisotearle, a tirar su ropa por el suelo y a desquiciarle con su prepotencia física. Ambos protagonizan una verdadera lucha por el espacio personal, en una secuencia angustiosa y tronchante en la que sentimos tal compasión por el pobre Buster, que casi podemos sentir su sudor, su impotencia y su rabia mientras trata de mantener a salvo su dignidad en una situación injusta, en la que él lleva la peor parte, por ser el más canijo y pequeño de los dos, y en la que logra marcar su territorio, sin dejarse amedrentar por el abusón, que, al final, terminará tan crispado como el propio Buster. Esta disparatada escena nos recuerda al clásico “camarote de los hermanos Marx”, de la película “Una noche en la ópera” (1935) de Sam Wood y Edmund Goulding, donde, en un pequeño camarote, se reúne una increíble multitud de personas que terminan saliendo disparadas como una tromba de agua cuando se abre la puerta. Y, precisamente en “El cameraman” también hay una escena en la que Buster abre la puerta de un transporte público y salen disparadas del interior muchas más personas de las que cabría esperar que cupieran dentro, personas que después tienen que volver a acomodarse en el vehículo a empujones. Sabiendo que Buster Keaton trabajó, de forma anónima, creando gags en varias de las películas de los hermanos Marx, no es difícil descubrir, tras visionar “El cameraman”, dónde se esconde la sombra sin acreditar de Keaton en las películas de este famoso trío.
         
      También es un gag clásico, en la historia del cine, el gag del salto del trampolín, en la secuencia de la piscina, cuando Buster salta para impresionar a la chica y termina cayendo al agua de forma patética. En “Me siento rejuvenecer” (1952) de Howard Hawks, por ejemplo, veíamos a Cary Grant haciendo el ridículo al saltar de un trampolín, para impresionar a la mismísima Marilyn Monroe.
   
       El gag de la hucha que el protagonista trata de abrir una y otra vez, sufriendo continuos descalabros en el intento, es otro ejemplo de gag clásico donde los haya, al igual que el gag del bañista que pierde su bañador en el agua, quedando desnudo entre la gente. Todos hemos visto ambos gags, desde nuestra más tierna infancia, repetidos en cientos de comedias de ficción, de todos los formatos habidos y por haber —y siempre con resultados tronchantes—.
   
       En cuanto a la trama romántica se refiere, ésta, adquiere una importancia superior, en este film, pues constituye el motor principal del protagonista para convertirse en camarógrafo profesional. Enamorarse de Sally no es algo que Buster tuviera previsto, sino, más bien, algo a lo que el destino le empuja con la fuerza de un océano. Mientras hace sus fotos en la calle, una oleada de gente arrastra a Buster hasta situarlo junto a Sally, quedando los dos muy apretujados en medio de una multitud, que, después, se retira dejándolos solos, uno al lado del otro, como si estuvieran en una playa desierta.
       
    
       Buster se enamora de ella de inmediato y, aunque ella no parece fijarse en él, poco a poco se va encariñando de ese hombre que la deslumbra con sus miradas tiernas, sus demostraciones de afecto y su incondicional entrega. Es el hombre tímido al que el amor vuelve osado, el hombre que atraviesa la ciudad como un cohete para no hacerla esperar ni un segundo, el que la protege, la respeta y vela por ella. Es el héroe romántico que lucha por ganar el amor de su dama y, por ella, es capaz de afrontar cualquier peligro, ningún fracaso le detiene, ninguna humillación le afecta, ningún obstáculo le frena. No importa lo mal que lleguen a ponerse las cosas ni lo mucho que los demás se burlen de él, su voluntad está hecha de hierro, como el soporte de las fotografías que hacía en la calle, y su inteligencia creativa, puesta en todo momento al servicio de su amada, no se rinde jamás. Buster es el héroe incansable y su interpretación física así lo pone de manifiesto, al desplegar en la pantalla toda la potencia de su juventud, en pos de un objetivo, y lo hace con toda naturalidad y toda humildad, corriendo, saltando, trepando, peleando, nadando y todo ello sin alardes de ninguna clase, Keaton simplemente se vale de lo que tiene a su alcance para hacer frente a cualquier obstáculo o a cualquier rival que se interponga en su camino. Y es tanta la energía que desprende, este Keaton enamorado, que llega a parecer un auténtico loco. Tanto es así, que el policía que le observa a distancia, en sus correrías por la ciudad, termina por convencerse de su desequilibrio mental hasta el extremo de querer encerrarle en un manicomio.

   
       Este receloso agente de policía, protagonizado por Harry Gribbon, constituye uno de los personajes cómicos más hilarantes de la cinta. Keaton se tropieza con el mismo policía hasta en cinco ocasiones y, en cada una de ellas, se comporta como un verdadero lunático ante él, lo que hace sospechar al agente que puede ser una persona potencialmente peligrosa. Primero, Buster sale a la calle gritando que hay un incendio y exigiendo al policía que le diga dónde; después, el policía le ve pasar corriendo, a través del tráfico de la ciudad, como alma que lleva el diablo; más tarde, lo descubre viajando por fuera de un autobús, sentado sobre la chapa de la rueda trasera; luego, se topa con él cuando va caminando sin sombrero bajo la lluvia, completamente feliz —escena que asociamos de inmediato con la mítica secuencia de “Cantando bajo la lluvia” (1952), en la que Gene Kelly se topa con un policía cuando está bailando bajo un chaparrón—. En este cuarto encuentro, el policía ya sospecha que Buster no está bien de la cabeza y le somete a un test para probar sus reflejos:
    
       “Policía: Le revisaré los reflejos para ver si es tonto.”
   
       Le golpea en la rodilla con la mano varias veces y, ante la ausencia de reflejos, termina golpeándole con la porra y entonces Buster se enfada y le da una patada en la espinilla. Por último, el quinto encuentro tiene lugar en el barrio chino, cuando Buster está en grave peligro y el policía llega, en compañía de sus compañeros, para terminar con la revuelta. Momento en que el policía agarra a Buster, decidido a mandarle a un manicomio; pero no lo consigue, ya que el personaje que Keaton solía encarnar en el cine, pese a representar a un hombre sensible y apocado, era alguien que siempre sabía cómo defenderse de los abusos, no desafiaba a la autoridad ni se burlaba de ella, pero tampoco dejaba que le pisotearan.
    
       Junto al aprensivo policía, hay que resaltar la presencia de otro personaje cómico divertidísimo e inolvidable en “El cameraman”: el mono con el que Buster se tropieza por casualidad y que termina convirtiéndose en su inseparable compañero. Y hay que reconocer que nunca un mono resultó tan desternillante actuando en una película, sus reacciones, sus gestos y la expresión de su cara no tienen desperdicio. Es el ayudante ideal, el compañero fiel, el incordio perfecto y, además, está tan loco como su dueño. Juntos constituyen un tándem cómico magistral. Este mono, que no parecía estar muy encariñado con su antiguo dueño, el organillero, en cuanto se ve libre de él, se abraza a Buster, reconociéndolo como su nuevo protector, y el solitario Buster le acepta de manera espontánea, sin plantearse demasiado la cuestión, como si fuera algo de lo más normal ir por ahí con un mono a cuestas. Y este inesperado ayudante de cámara resulta de lo más simpático para Buster, en el sentido etimológico de la palabra simpatía, “sentir con”, porque esto es lo que hace el mono durante todo el film, sentir con Buster cada una de las vivencias que éste experimenta. Si Buster filma, el mono filma; si Buster arriesga su vida, el mono arriesga la suya; si Buster llora, el mono, apenado, lo abraza con su rabo y si hay peligro, el mono se espanta con Buster o se defiende con él. Este mono, testigo de su alma tierna, se inquieta, se desespera, se emociona y aplaude con nerviosismo o con alegría la vida del protagonista, haciendo reír al espectador y contagiándole sus emociones.
      

       La bellísima actriz Marceline Day, protagonista femenina de esta película, representa a una chica independiente y trabajadora, que se interesa por el dulce fotógrafo, tratando de ayudarle siempre que puede y pasándolo mal cuando le ve fracasar, una y otra vez, en sus intentos por convertirse en cameraman. Y, aunque el destino parece haber provocado el encuentro de ambos jóvenes, Buster debe luchar, durante la mayor parte del metraje, por entrar en el mundo de Sally, por introducirse en la empresa para la que ella trabaja y por formar parte de su vida; pero, parece haber una pared invisible que los separa y mantiene a Buster lejos de la chica. Incluso cuando la invita a salir y van juntos a la piscina, él siempre queda fuera del vehículo en el que ella viaja. 
        
       A la ida, ella va sentada dentro del autobús y él fuera —ya sea en el piso de arriba o agarrado a la ventanilla—; a la vuelta, ella va dentro del coche de Stagg y él en el asiento exterior. De alguna manera, ella forma parte del “sistema” mientras que Buster siempre queda fuera de él. Sólo su perseverancia logrará el cambio que tanto desea, derribando todas las barreras que les separan hasta demostrarle que él es el hombre que le conviene, el héroe que ella necesita a su lado. En cualquier caso, Sally siempre parece haber intuido que Buster era uno de esos hombrecillos insignificantes capaces de hacer lo que nadie espera de él, por eso le ayuda. Tal y como afirmaba Alan Turing: “A veces la persona que nadie imagina capaz de nada, es la que hace cosas que nadie imagina”. Y, tal y como Sally sospecha, ese es Buster, el hombre apocado y torpe que logra su objetivo, deslumbrando a los que le menosprecian. Y esto es lo que más nos fascina de él, porque todos hemos metido la pata alguna vez, todos hemos hecho el ridículo, hemos fracasado y se han reído de nosotros, por ello, al ver a ese serio y tierno hombrecillo, empeñándose en su objetivo hasta triunfar, nos llena de optimismo y nos impide tirar la toalla.
   
       Precisamente, el éxito del personaje, encarnado por Keaton en el cine, radica en que representa siempre al héroe que fluye con la vida, aceptando los imprevistos y obstáculos, sin oponer resistencia, dejándose arrastrar por los acontecimientos, esperando el momento oportuno para alcanzar la meta. Keaton interactúa con la naturaleza, con el tráfico, con el riesgo, sin dejarse amedrentar, aceptando tanto lo bueno como lo malo, resistiendo y siendo siempre fiel a sí mismo, hasta el último minuto del metraje.
   
       Hay, también, algo de niño pequeño en las maneras de este héroe, que nos divierten y enamoran. La forma en la que trata de llamar la atención de la chica haciéndole un torpe truco de magia, el modo en que se sienta con las piernas muy juntas y las manos en el regazo a esperar —como un niño bueno— la llamada de ella o la reacción que tiene al ponerse a saltar, enrabietado, cuando no consigue hacerse entender por el policía. Sin embargo, Buster Keaton no nos recuerda a un niño tan solo por sus maneras, sino también por su espontaneidad y su ingenuidad. El niño que Keaton lleva dentro es capaz de deshacerse de un rival empujándolo al agua de una patada, romper varias veces el cristal de una puerta con el trípode de su cámara o ponerse a jugar un partido de béisbol imaginario en un estadio vacío —como hiciera Jack Lemmon en “El apartamento” (1960) de Billy Wilder—, pero también puede, por falta de malicia, meter la pata hasta el fondo, por contestar con total sinceridad a una pregunta:

    
       “Editor: ¿Cómo se le ocurrió a usted cubrir la guerra Tong?
       Buster: La señorita Sally me lo dijo.”
    
       O, incluso, ser tan inocente como para creerse que la multitud —que ha salido a la calle para aclamar a Lindbergh—, está ahí para aplaudir su éxito como camarógrafo. El personaje de Keaton posee la fortaleza del héroe y la pureza del niño y esa mezcla le hace irresistible.
    
       Podemos concluir que “El cameraman” es una de las películas más románticas realizadas por Keaton, no sólo por su conmovedora historia de amor, sino también por reflejar una profesión profundamente romántica en su esencia. Esa persona que continúa grabando impertérrita ante cualquier peligro, siempre encierra, en su interior, algo de héroe rebelde.

lunes, 30 de diciembre de 2019

KEATONMANÍA 1

“LA LEY DE LA HOSPITALIDAD” (1923) de Buster Keaton



       
       Buster Keaton, el acróbata romántico del cine mudo, parodia, en esta película, el antiguo y absurdo código de honor de los estados sureños de Norteamérica. Y para ello se sirve de dos fuentes de inspiración; una de tipo histórico, el conflicto entre los clanes de los Hatfields y los McCoys (1863 - 1891) (en que también se basó la serie de televisión “Hatfields y McCoys”, estrenada en España en el 2012) y otra de tipo literario, la obra “Romeo y Julieta” de William Shakespeare, que narra el trágico amor entre dos amantes pertenecientes a familias rivales. Los jóvenes protagonistas de “La ley de la hospitalidad”, víctimas de este tipo de odio entre clanes transmitido de padres a hijos, se ven obligados a vivir en un estado de eterna venganza que les impide vivir su amor libremente. Pero, a diferencia de Romeo y Julieta, ellos no tendrán que morir para reconciliar a sus familias, el matrimonio de ambos será suficiente para poner punto y final al conflicto. Por desgracia, la vida no es como en las películas y en la vida real, Hatfields y McCoys no llegaron a resolver sus diferencias, a pesar de que fueron varios los enlaces que tuvieron lugar entre los miembros de ambos clanes, pasando a ser, esta disputa, en la historia de los Estados Unidos, una seria advertencia de las terribles consecuencias que puede acarrear tomarse la justicia por su mano; además de todo un símbolo de la defensa del honor familiar.


       Willie McKay (Buster Keaton), último miembro del clan de los McKay, se ha criado en Nueva York con su tía, ajeno a la antigua disputa, existente entre su familia y los Canfield, que terminó con la vida de su padre. Sin embargo, la llegada de una carta exhortándole a viajar a Rockville para tomar posesión de la propiedad familiar, le situará en el epicentro de esta disputa. Antes de partir, su tía le advierte del peligro que le acecha en Rockville, rogándole que no se acerque a los Canfield. Sin embargo, durante el viaje en tren, Willie coincide, en el vagón, con una encantadora muchacha, por la que enseguida se siente atraído y con la que, gracias a los sinsabores del viaje, inicia una tierna amistad, sin saber que se trata de Virginia Canfield (Natalie Talmadge), la hija pequeña del último de los Canfield. Al llegar al pueblo, uno de los hermanos de la chica descubre que Willie es un McKay y, sin pensárselo dos veces, trata de matarlo de inmediato, aunque no lo consigue.
Horas más tarde, invitado por Virginia a cenar a casa de su padre, Willie se mete en la boca del lobo, sentándose a la mesa con tres hombres Canfield, que aguardan impacientes a que el joven McKay abandone la casa para matarlo; pues su código de honor les impide asesinarlo mientras sea su invitado. Cuando Willie descubre que está en el hogar de los Canfield y que será hombre muerto en cuanto ponga un pie fuera de la casa, decide quedarse como invitado permanente bajo el techo de sus enemigos. Pero el señor Canfield advierte a su hija de que se está interesando por un enemigo mortal de la familia, un McKay, y la pobre chica, muy apenada, decide despedirse de su invitado. Desde el momento en que Willie abandona la casa, comienza una larga persecución de los tres Canfield tratando de cazar al pobre Willie a disparo limpio, mientras la joven Virginia persigue a sus hermanos y a su padre, para impedir que maten a su amigo. El destino hace que ambos jóvenes se reencuentren en el río, donde estarán a punto de perder la vida al tratar de salvarse el uno al otro de morir ahogados. Finalmente, será Willie quien consiga salvar a la chica y, una vez a salvo, el reverendo les casa en secreto en casa de los Canfield. De manera que cuando los hermanos y el padre regresan a casa, sin haber podido matar a Willie, descubren que éste ya ha pasado a formar parte de su familia y, por amor a Virginia, deciden enterrar el hacha de guerra.

       
       “La ley de la hospitalidad” es una comedia física, que podría considerarse una auténtica comedia de acción, puesto que Keaton protagoniza, en ella, verdaderas proezas, que cualquier especialista del cine actual no dejaría de admirar. De hecho, en el rodaje de esta película, incluso estuvo a punto de ahogarse en una ocasión. Es tal el riesgo que asumía en sus películas que solamente con verle colgado de un saliente montañoso a gran altura, con la única ayuda de sus manos, nos hace pensar en las primeras y escalofriantes imágenes de Tom Cruise en “Misión imposible 2” (2000) de John Woo. También es todo un espectáculo verle tratando de nadar, arrastrado por la corriente de un caudaloso río, mientras practica algunos números de acrobacia sobre las rocas que sobresalen del agua o emerge del fondo, saltando lo mismo que un salmón. Pero, quizás, el momento de acción más recordado del film sea aquél en que Keaton se lanza a una cascada, colgado de una cuerda por la cintura, para salvar a la chica, justo en el momento en que ésta cae por el borde; realizando una proeza sin truco ni cartón, en la que vemos a Keaton, doblado por la mitad, como si su cuerpo fuera de goma, sosteniendo a la chica (entiéndase al especialista que hacía de chica), en una postura imposible, que nos hace temer de inmediato por la salud de su columna. 

       La comedia de acción, sin duda, tuvo en Buster Keaton a uno de sus pioneros más ingeniosos, por eso no es de extrañar que se prestara para protagonizar un cameo, hacia el final de su carrera, en una comedia de este tipo rodada por Stanley Kramer, “El mundo está loco, loco, loco” (1963), donde realiza una breve aparición muda en la que reconocemos su inigualable manera de moverse de un lado para otro, sin saber cómo reaccionar ante una situación desconcertante que le sobrepasa.

       Su formación como actor de vodevil, desde la infancia, le enseñó a actuar en el cine y a planificar sus gags con un ritmo perfecto y una coreografía acrobática en la que, derrochando una envidiable energía vital, expresaba con su cuerpo todo lo que su impasible rostro callaba. Del mismo modo, la estudiada sincronización de estos números circenses, que aprendió en el vodevil, sirvió a Keaton para la construcción de unos gags, brillantes e imaginativos, que, gracias a su engrasado mecanismo, constituían la esencia de su cine. Pero si hay algo que caracterice la filmografía de Keaton, aparte de sus gags, es la presencia de un protagonista que, zarandeado por el destino, por la naturaleza o por sus propios congéneres, persigue un objetivo de manera incansable, tratando de salvar un obstáculo tras otro, hasta alcanzar la ansiada victoria. Este hombre inmune al desaliento y en movimiento constante frente al mundo, encarnado por Keaton en sus películas, que tropieza, cae y siempre se levanta sin hacerse daño, será el germen del dibujo animado por excelencia. Algo natural, considerando que algunos de los llamados gagmen —equipo de guionistas que trabajaban, en los estudios, ideando gags para Chaplin, Keaton y Sennett— terminarían trabajando en el mundo de los dibujos animados. Ese coyote que persigue incansablemente al Correcaminos y que, víctima del destino, cae en sus propias trampas una y otra vez, nos recuerda, a pesar de su maldad, al bueno de Keaton, que aunque siempre encarnaba en sus films al héroe íntegro, tierno y sincero, era un personaje, que, como el Coyote, pasara lo que pasara, nunca se rendía. Pero, a diferencia del Coyote, Keaton siempre alcanzaba su objetivo, nunca fracasaba en ninguna de sus películas, era un hombrecillo incompetente y despistado, pero, al final, lograba triunfar y conquistaba a la chica.


       En “La ley de la hospitalidad”, esa ternura de Keaton se hace patente en numerosos momentos del film: Willie revisando las patitas de su perro, al descubrir que le ha seguido desde Nueva York; Willie protegiendo con su mano la cabeza de la chica, cuando atraviesan en el tren una zona llena de baches; Willie apoyando con toda delicadeza su mejilla sobre la cabeza de la chica, dormida sobre su hombro o Willie acariciando los dedos de la chica, mientras ésta toca el piano, son buena prueba de su sensibilidad y dulzura. Asimismo, la escena del film en la que Keaton defiende de su marido a una mujer maltratada, pone de manifiesto la integridad del personaje que representaba en sus películas. Que, después de ser defendida, la mujer maltratada agrediera a Keaton con una furia desmedida, no desmerece en nada la acción de éste. Esta escena podría dar la impresión de una actitud poco seria, por parte de Keaton, ante el problema del maltrato, pues presenta una imagen algo masoquista e irracional de la víctima; pero, desde un punto de vista objetivo, hay que reconocer que, como gag cómico, es hilarante, por lo inesperado, lo irracional y lo absurdo de la reacción de la mujer. Es más, resulta tan gracioso, que Keaton lo vuelve a utilizar haciendo que su personaje vuelva a encontrarse con la misma pareja y que la mujer, furiosa nada más verle, trate de agredirle de nuevo. 

       La primera parte de la película, ocupada en su mayoría por el penoso viaje en tren de los jóvenes protagonistas, nos muestra al personaje de Keaton haciendo frente a una máquina fruto del trabajo del hombre, “el monstruo de hierro”. El desastroso tren, formado por la locomotora, un vagón con leña para alimentar la máquina y un par de diligencias a modo de vagones, se convierte en una fuente inagotable de situaciones cómicas, que recrean con gracia las vicisitudes de los primeros viajes en tren, por la Norteamérica de mediados del XIX. El vagabundo que se esconde bajo los vagones para viajar sin billete; el pueblerino que, a fin de conseguir leña gratis, arroja piedras al maquinista para que éste se defienda tirándole los troncos que lleva como combustible; los animales que se paran en las vías; los baches que hacen que la locomotora se salga de los raíles o que las ruedas de los vagones se desprendan; las manchas de hollín en el rostro de los pasajeros tras atravesar un túnel o el operario que no logra hacer a tiempo el cambio de agujas —provocando que la locomotora llegue a la estación después de los vagones—, todo contribuye a crear una divertidísima e inolvidable secuencia, del más disparatado de los viajes en tren que se hayan visto jamás en una pantalla de cine.

       
       Keaton se sirve además de dos personajes secundarios para acentuar la comicidad de dicha travesía, el maquinista (interpretado por Joe Keaton, padre de Buster) y el viejecillo de la trompeta, líder de la locomotora, que viaja sentado en el pescante del vagón de cola (interpretado por el graciosísimo Jack Duffy). Ambos personajes aportan humor a todo el viaje en tren, protagonizando conductas absurdas e inapropiadas en unos profesionales del ferrocarril, tales como freírse unos huevos usando la caldera de la locomotora o echarse la siesta mientras la locomotora se sale de las vías. Incluso, al final del viaje, tras la catastrófica entrada en la estación, en la que son embestidos por la propia locomotora, estos dos trabajadores del ferrocarril se lían a golpes culpándose el uno al otro del accidente.
       Hay que señalar que no sólo el padre de Buster Keaton participó en este film, también lo hicieron su primera esposa (Natalie Talmadge) y su hijo, Buster Keaton junior, que encarnaba a Willie McKay a la edad de un año.

       Además de usar el tren como elemento de humor, Keaton emplea este medio de transporte como escenario romántico, en el que un hombre y una mujer se encuentran y se enamoran. Uniéndose, así, este film, a la larga lista de películas que siguen la tradición cinematográfica de mezclar tren y romance en una fórmula mágica que aporta a la historia del cine, tanto en color como en blanco y negro, un romanticismo poético sin igual. ¿Qué hace que el tren resulte tan romántico en el cine? Quizás sea que la imagen del tren avanzando por las vías constituye, en sí misma, una metáfora de cómo el amor se abre paso en el corazón de los personajes a gran velocidad. O puede que, simplemente, sea el hecho de que, en el interior de un tren, dos personas desconocidas, que se encuentran y se sienten atraídas, tienen la oportunidad y el tiempo necesarios para iniciar un acercamiento de tipo romántico, sin nada ni nadie que les interrumpa hasta llegar a su destino. Sea lo que sea, lo cierto es que si el chico y la chica se conocen en un tren, el romanticismo está asegurado.


       Tras el viaje en tren, a su llegada a Rockville, Keaton protagoniza unas divertidísimas escenas en las que los Canfield descubren que es un McKay y tratan de matarlo, pero su personaje, Willie McKay, no se entera de lo que está pasando ni sabe que esos amables caballeros con los que se tropieza son Canfields sedientos de venganza. El público sí lo sabe y por eso ríe sin parar, porque tiene la información que a Willie le falta, y observa, divertido, cómo éste se libra, una y otra vez, del peligro, gracias a su buena suerte o al destino. Exactamente lo mismo le ocurría al Correcaminos en los dibujos animados, cuando se libraba de las trampas del Coyote, la mayoría de las veces sin darse cuenta. La casualidad, la fatalidad o el destino están presentes en el cine de Buster Keaton, unas veces para librar al protagonista de una muerte segura y otras, para exponerle a sucesivos peligros. En el film que nos ocupa, la casualidad empuja a Willie McKay a encontrarse una y otra vez con uno u otro miembro de los Canfield, obligándole a hacer frente a un peligro que él se había propuesto evitar.
       Otro de los momentos más desternillantes de esta parte de la película, a pesar de su sencillez, es aquél gag, que comienza cuando Willie está en Nueva York y, al recibir la carta en la que le anuncian que es propietario de la finca de los McKay, se imagina que ha heredado una hermosa mansión. El gag termina cuando Willie, una vez en Rockville, descubre que la finca no es más que una cochambrosa cabaña, entonces, se imagina la hermosa mansión, con la que había soñado, explotando en mil pedazos dentro de su mente.

       La siguiente parte de la película transcurre en la finca de los Canfield, convertida en trampa y, al mismo tiempo, en santuario del protagonista. Sirviendo a Keaton para ridiculizar el código de honor de la época, que lleva a los Canfield a tratar con amabilidad a su invitado, dentro de su propio hogar, al tiempo que trata de matarlo en cuanto pone un solo pie fuera del umbral.

       “Esperad, muchachos, nuestro código de honor nos impide dispararle mientras sea un invitado en nuestra casa.”

       Como si cosas tan serias como la venganza o la hospitalidad no fueran más que un conjunto de normas aleatorias de un juego de mesa, semejante al parchís. Keaton juega a salir y a entrar de la casa convirtiendo la venganza de los Canfield en algo estúpido e infantil, carente de sentido. En cuanto sale de la casa sus anfitriones le persiguen a punta de pistola y en cuanto vuelve a entrar guardan sus pistolas y le tratan con toda cortesía. Keaton se mofa de la hipocresía de la sociedad sureña para demostrar al público lo absurdo de ese famoso y arcaico código de honor, en base al cual, tanta gente inocente perdió la vida. Al mismo tiempo, saca partido a lo estúpido de esta venganza heredada, para nutrir su película de momentos humorísticos de gran ingenio. Así, dentro de la finca de los Canfield, las situaciones cómicas se suceden de manera hilarante:

 las miradas asesinas que intercambian los Canfields con Willie mientras el reverendo bendice la mesa; las disimuladas cuchilladas que el señor Canfield le lanza a Willie mientras trincha la carne o la manera en la que los hermanos Canfield echan mano de sus pistolas en cuanto ven a Willie acercarse a la puerta de la casa. Y todo eso, para terminar con un Keaton travistiéndose para poder abandonar la casa sin ser descubierto por sus enemigos. Keaton aprovecha las ropas de mujer para crear nuevos gags, como cuando huye a galope tendido sobre un caballo y las faldas le tapan el rostro o cuando pone el vestido, el sombrerito y el paraguas al caballo para que los Canfield le sigan, creyendo que es él, y así poder huir en otra dirección. Como vemos, cualquier objeto servía a Keaton de inspiración para crear uno o varios gags.

       La última parte del film, como ya hemos señalado, es una trepidante persecución en la que el personaje de Keaton, luchando por escapar del pueblo, termina exponiéndose a los peligros de la naturaleza, con gran estupefacción por su parte. Sin embargo, pese a su desconcierto ante las cosas que le suceden y que él no se explica ni puede controlar, Keaton nunca deja de actuar, aunque todo le salga mal, su personaje sigue esforzándose, porque encarna, ante todo, al hombre de acción.
       Hay, en esta parte del film, unas imágenes de Keaton, ocupando el lugar del maquinista, al frente de la locomotora del penoso tren en el que llegó al pueblo y en el que trata de huir de sus perseguidores, que preconizan el personaje que, más tarde, encarnaría Keaton en su gran obra maestra “El maquinista de la General” (1926).

       Por último, la secuencia final contiene un gag repetido, después, en multitud de películas: Willie se casa, en secreto, con la chica, en la propia mansión de los Canfield, en un acto de valentía que resulta heroico, pues, sabiendo que sus cuñados y sus suegros desean su muerte por encima de todo, en lugar de huir con la chica, se queda allí para hacer frente a la reacción de sus nuevos parientes. Sin embargo, cuando el padre y los hermanos de la chica deciden olvidar la venganza y aceptarle en la familia, Willie, aliviado, comienza a sacarse pistolas de todos los rincones de su cuerpo mientras las va poniendo, una a una, sobre la mesa, ganándose, con esa maliciosa precaución, la aprobación de su suegro, que descubre, en él, a ese caballero valiente, protector y leal con su dama, que tanto se valora en el sur.


       En “La ley de la hospitalidad” Keaton es, una vez más, ese hombre menudo, decidido y de ojos desconcertados, que logra salir airoso de una situación desesperada —en la que se ha visto envuelto sin saber cómo—, gracias a su tesón y a su incansable determinación. Es el hombre sencillo y tierno que, espoleado por su amor, deslumbra a la chica, haciendo frente a todos los obstáculos hasta salir triunfante. Es el mito de David contra Goliat.