SED DE MAL (1958) de Orson Welles
En su última película americana, Welles nos enseña que cuando en un país libre el trabajo de la policía se vuelve fácil, es decir, cuando las autoridades ejercen un control excesivo y estricto sobre los ciudadanos sin respetar sus derechos civiles, es que el Estado de derecho está siendo atacado y la democracia corre peligro.
El agente mexicano de narcóticos Mike Vargas (Charlton Heston), tras arrestar al cabecilla de la familia Grandi por traficar en la frontera entre México y Estados Unidos, inicia su viaje de novios con su mujer americana Susan Vargas (Janet Leigh). Pero cuando el coche del empresario Rudy Linnekar procedente de México explota cerca de ellos matando a su dueño y a su amante, Vargas se ve obligado a interrumpir su viaje para supervisar, como representante del gobierno mexicano, la investigación del capitán norteamericano de homicidios Hank Quinlan (Orson Welles). Ambos hombres de diferentes nacionalidades y distintas formas de entender la ley y el trabajo policial, chocan desde el principio. No obstante, Quinlan cuenta con el apoyo incondicional del fiscal del distrito Adair (Ray Collins), del jefe de policía Gould (Harry Shannon) y del sargento de policía Pete Menzies (Joseph Calleia), su mano derecha y amigo, desde que recibió un balazo en su lugar que le obliga a caminar con bastón. La familia Grandi, liderada ahora por el tío Joe (Akim Tamiroff), resuelve acosar a la mujer de Vargas para que éste ponga en libertad a su jefe, por lo que Susan decide esperar a su marido en un motel del lado americano de la frontera, ignorando que pertenece a los Grandi. Quinlan interroga al sospechoso del atentado, Manolo Sánchez (Víctor Millán), casado en secreto con la hija de Linnekar y despedido del trabajo por el supuesto robo de dinamita. Al registrar la casa de Sánchez, aparecen en el baño dos cartuchos de dinamita y Quinlan da por resuelto el caso. Sin embargo, Vargas, que recuerda haber estado en el baño y no haber visto nada, acusa a Quinlan de haber puesto una prueba falsa para incriminarlo y Al Schwartz (Mort Mills), ayudante del fiscal, decide ayudar a Vargas a probarlo. Entonces Joe Grandi propone a Quinlan unir fuerzas para desprestigiar a Vargas. Quinlan se resiste a aliarse con un delincuente, pero cuando Schwartz y Vargas presentan una prueba que demuestra que él tenía en su rancho la dinamita que luego apareció en casa de Sánchez, el capitán decide jugar sucio. Quinlan pretende hacer pasar a los Vargas por drogadictos para implicarlos en el tráfico de drogas, de modo que Grandi droga y secuestra a Susan, haciéndose también con el revólver de Vargas. Pero Quinlan, tras servirse de Grandi, le arrebata el arma de Vargas y lo estrangula. Mientras tanto, Vargas, enloquecido, busca a su mujer, y cuando Schwartz le informa de que la han detenido, por tráfico de drogas y por el asesinato del tío Joe, comprende que Quinlan les ha tendido una trampa. El sargento Menzies encuentra el bastón de Quinlan junto al cadáver de Grandi y decide ayudar a Vargas. Para ello, se pone un micrófono y trata de sonsacarle una confesión, pero Quinlan se da cuenta y le dispara con el revólver de Vargas. Sin embargo, Menzies aún vive y sigue siendo un buen policía.
Esta película de intriga criminal, desarrollada en la frontera entre Estados Unidos y México, supuso el regreso de Orson Welles al cine de Hollywood (tras diez años de ausencia rodando por Europa) y se convirtió, según la crítica, en el último gran film del período clásico del cine negro americano. Después de Sed de mal los códigos puros del género negro evolucionaron hacia un tipo de cine negro diferente (neo-noir), con una estética centrada en las posibilidades del color, unos personajes atormentados por conflictos internos de gran complejidad, que los convierten en auténticos antihéroes, y unas temáticas sociales cargadas de abundante contenido de violencia y erotismo explícitos.
Basado en la novela Badge of Evil (1956) de Whit Masterson (seudónimo usado por los escritores Robert Allison Wade y H. William Miller en muchas de sus colaboraciones literarias), el guión fue reescrito por el propio Orson Welles para la Universal, que perseguía un vehículo de lucimiento para su estrella del momento, Charlton Heston, que fue quien introdujo a Welles en el proyecto. Heston admiraba a Welles, porque consideraba que era un director que tenía la capacidad de crear arte.
El guión escrito por Welles rezuma maldad, suspense y una trama veloz, que se entrelaza con cada una de las subtramas de manera prodigiosa para hacer avanzar la historia sin descanso. El relato transcurre en poco más de veinticuatro horas, sin que los personajes puedan llegar a dormir, ya que la urgencia con la que transcurre la acción no permite el descanso.
«Menzies: Vamos, Hank, va a amanecer. Necesitas descansar.
Quinlan: Imposible, compañero. Nos espera un día muy ajetreado».
Welles quería que todo sucediera deprisa, porque temía resultar aburrido y que se muriesen las escenas. Los personajes van de un lado a otro de la frontera en coche o caminando, pero siempre a toda prisa, idean planes sin tiempo para meditarlos, toman decisiones de forma impulsiva y, se equivoquen o no, siguen adelante con sus objetivos arrastrándose los unos a los otros a actuar con celeridad y, mientras lo hacen, un aire de fatalidad los envuelve, algo malsano que se respira en la frontera. Esta historia limítrofe muestra el lado oscuro de ambos países, México y Estados Unidos, donde abundan los bares, los burdeles y las drogas, lugares donde la justicia puede ser caprichosa y ambigua, lugares que Welles retrata tanto con calles repletas de gente bulliciosa como con zonas solitarias y oscuras, casi fantasmales. Y es que los opuestos se dan cita en la frontera retratada en el film, una frontera física, moral y ética, que separa México de Estados Unidos, el bien del mal, el esplendor de la decadencia, la vida de la muerte. La frontera aparece como una fina línea por la que caminan los personajes a toda prisa, entre la luz y las tinieblas de su propia existencia, una línea difusa, irreal, que los sumerge en una atmósfera de pesadilla, procedente de un desasosiego interior, en el caso de Hank Quinlan.
«Menzies: Es usted un asesino, Hank.
Quinlan: Amigo, soy policía.
Menzies: Sí, sí, sí. Borracho, enloquecido, le estranguló usted. Quizás pensó en ese momento en su esposa. Así es como murió ella.
Quinlan: Yo siempre pienso en ella, sereno o borracho. ¿En qué quiere que piense? ¿En mi trabajo? ¿En mi sucio trabajo?
Menzies: No tenía por qué haberlo hecho tan sucio».
O procedente de un medio hostil y angustiosamente degenerado, en el caso de Susie Vargas, que se ve convertida en la víctima inocente de los depravados cachorros que se crían en la frontera y quieren acabar con su marido.
«Sobrina de Grandi (hablando con Susie a través de la pared): Sabes lo que los muchachos intentan hacer, ¿verdad? Intentan entrar en tu habitación. Buscan la llave maestra. Sabes lo que es la marihuana, ¿verdad?
Susie: Sí.
Chica: ¿Sabes lo que es un cigarrillo de marihuana? ¿Sabes lo que es la heroína?
Susie: Creo que sí. Pero ¿qué tiene que ver eso conmigo?
Chica: Te la inyectas en la vena.
Susie: ¿Me está diciendo que están drogados? ¿Y por eso…?».
En Sed de mal, Welles explora las fronteras de la ley, a través del trabajo policial de dos funcionarios con distintos puntos de vista, y concluye que no es lícito transgredir la normativa vigente ni siquiera para atrapar al culpable de un crimen, puesto que para el director el fin no justifica los medios.
«Quinlan: Nuestro amigo Vargas parece creer que no importa que se cuelgue o no a un criminal con tal de que sigamos al pie de la letra las instrucciones del manual sobre el buen policía.
Vargas: También considero que un buen policía no debe actuar como un perro para detener a los criminales.
Quinlan: ¿No?
Vargas: ¡No! En cualquier país libre, un policía tiene la obligación de respaldar la ley. Y la ley protege al culpable lo mismo que al inocente.
Quinlan: Bastante difícil es ya nuestra misión.
Vargas: Es natural que lo sea, precisamente debe serlo. La tarea de un policía es fácil solamente dentro de un estado policial. Ahí está todo, capitán. ¿Quién es el que manda? ¿El policía o la ley?».
La preocupación de Welles por erradicar cualquier amenaza que pudiera constituir un peligro para la democracia le llevaba a cuestionar en su cine todas las manifestaciones del poder americano. En el caso de Sed de mal, es el poder de la policía el que es analizado bajo su atenta mirada, que examina las implicaciones morales y políticas que se derivan de la acción policial. Y lo hace mediante la lucha que se desencadena entre el capitán Hank Quinlan y Mike Vargas, que es la lucha entre un policía corrupto y un policía honesto.
«Menzies: No sé ni dónde está. Eso le ha hecho usted.
Vargas: ¿Le he hecho yo?
Menzies: Sí. Está investigando un caso importante y ha desaparecido. Estará borracho… Después de doce años sin probar el alcohol. Eso es lo que le ha hecho.
Vargas: ¿Y Quinlan qué, sargento? ¿Qué ha hecho él? ¿Y todas esas personas que envió a la silla eléctrica? Guarde sus lágrimas para ellos».
Este enfrentamiento entre la corrupción y la integridad es subrayado por Welles con una fotografía de claroscuros expresionistas, en los que la luz y las sombras parecen competir por imponerse la una a la otra. Russell Metty fue el encargado de establecer en la pantalla la frontera perfecta entre esa luminosidad y esa oscuridad humana que perseguía Welles en el film y lo hizo de una forma bella e inolvidable. Recordemos el rostro aterrorizado y perfectamente iluminado de Janet Leigh sobre el que se proyectan las sombras amenazadoras de sus acosadores.
El sonido también era para el director una valiosa herramienta con la que reforzar las imágenes a la hora de ambientar una historia y él sabía usarlo con maestría. En el mítico plano secuencia con el que comienza Sed de mal, Welles quería que los sonidos de las calles adyacentes a la frontera, la gente, los bares y el tráfico, se mezclaran con la música compuesta por Henry Mancini, donde los ritmos latinos caracterizaban la intriga y el suspense que acompañaban a la pareja de recién casados en el momento de cruzar la aduana junto al coche en el que han colocado una bomba. Pero en el primer montaje de la película, la productora, sin el consentimiento de Welles, eliminó todos esos sonidos callejeros dejando que sonara únicamente la composición de Mancini. Al final de la película, cuando Menzies se pone un micrófono y le arranca una confesión a Quinlan, Welles utiliza un magnetófono como elemento dramático que desencadena la tragedia final: Quinlan escucha su propia voz como un eco que resuena bajo el puente en el que se esconde Vargas y comprende que le han tendido una trampa. Para la banda sonora, Mancini utilizó sólo instrumentos de viento, metal y percusión para conseguir un sonido más urbano, en el que combinó el jazz, el blues, ritmos latinos y rock and roll. El resultado fue realmente impactante y moderno.
Para Welles la forma de contar una historia en imágenes era tan importante como la misma trama, por eso trabajaba la puesta en escena con meticulosidad. En Sed de mal se esforzó en crear una atmósfera insidiosa y turbia con unos exteriores reales de soportales, calles sinuosas, carreteras desérticas, torres de petróleo abandonadas y puentes usados como vertederos, y unos interiores opresivos que reflejan la soledad, el miedo, la angustia y la decadencia moral de la ciudad y de los ciudadanos que protagonizan la historia, consiguiendo así transmitir la sensación de que se hallan perdidos dentro de un laberinto, tan intrincado como sus propias emociones, del que luchan por salir airosos. Mediante un uso magnífico de la luz en los paisajes, Welles fotografía los atardeceres, los anocheceres y los amaneceres para marcar el paso del tiempo, con la intención de que el espectador sepa cómo se suceden las horas en esas veinticuatro horas de vértigo que viven los personajes.
Haciendo alarde de un barroquismo cinematográfico muy del estilo de su director, Sed de mal supone toda una lección, no sólo en su puesta en escena sino sobre todo en su impresionante explosión de talento a la hora de imponer un ritmo constante a las imágenes a través de planos interminables, contrapicados imposibles o portentosos movimientos de cámara con la grúa Chapman y el travelling. Dando todo ello como resultado una película de una modernidad imperecedera. En el mismo cine de Hitchcock se puede apreciar la influencia de la técnica cinematográfica de Orson Welles en películas como Psicosis (1960) —la Susie Vargas de Janet Leigh, acosada en el motel por los Grandi, recuerda también a la Marion Crane de la misma actriz, asesinada en la película de Hitchcock por un encargado tan desequilibrado como el interpretado por Dennis Weaver en Sed de mal—.
El guión de Welles se asienta sobre una firme estructura llena de giros inesperados que hacen avanzar la historia a una velocidad de apariencia caótica, pero que conducen al espectador hacia la comprensión de un final justo y profundamente desconsolador. La tristeza de ese desconsuelo no se entendería sin todas esas secuencias que aportan ambigüedad a la eterna lucha entre el bien y el mal.
Mediante unos diálogos cargados de contenido moral —que alternan humor, rabia, intolerancia, despotismo y condescendencia— y que definen a la perfección el tono de la película y la forma de ser de cada uno de los protagonistas, Welles consigue interesar al espectador en los conflictos internos de sus personajes: Susie, la esposa que desea permanecer junto a su recién estrenado marido, pese a las incomodidades y al acoso de los Grandi.
«Vargas: Quinlan tiene una pista. Lo siento, debo reunirme con él. Debes decirme lo que vas a hacer. Si vas a Ciudad de México tengo tiempo de llevarte al aeropuerto. Quizás sea lo mejor. Sólo por unos días.
Susie: No lo creo.
Vargas: Pero hace un minuto…
Susie: Hace un minuto dije muchas cosas. Pero ahora creo que lo mejor es estar al lado de mi marido».
Menzies, el compañero leal y agradecido, que admira e idolatra a su capitán hasta que éste le decepciona.
«Menzies: ¿A cuántos hizo condenar con pruebas falsas?
Quinlan: A nadie.
Menzies: Vamos, Hank. ¿A cuántos?
Quinlan: Ya se lo he dicho, a nadie. A nadie que no fuera culpable. Culpables, criminales… Todos lo eran. Criminales…
Menzies: Hank, todos estos años me ha hecho pasar por tonto falsificando pruebas.
Quinlan: Ayudando a la justicia, amigo».
El jefe Gould y el fiscal Adair, tan serviles e ineptos y tan acostumbrados a que Quinlan les solucione todos los problemas, que se sienten perdidos cuando éste, en un arrebato de dignidad, entrega su placa.
«Gould (A Adair): ¿Se da cuenta de lo que ha hecho Vargas? Está desprestigiando la integridad del capitán y la de sus hombres. Hombres dignos, hombres capaces de dar su vida por los ciudadanos de este país.
Adair (A Vargas): ¿Qué le parece? ¿Ve la situación que ha creado? ¿Está satisfecho? ¡Quiero que se disculpe!
Vargas: ¿Ante Quinlan?
Adair: Y ante el jefe Gould.
Vargas: ¿Quiere que les pida perdón de rodillas?
Adair: ¡Si tuviera un mínimo de decencia, lo haría! ¡Se arrastraría!».
Sánchez, el criminal interesado e hipócrita, que consigue parecer la víctima inocente de Quinlan.
«Sánchez: Soy inocente, le juro que soy inocente.
Vargas: Tendrás que defenderte tú mismo.
Sánchez: Lo juro sobre la tumba de mi madre, sobre la tumba de mi madre.
Quinlan: A partir de ahora puede decir lo que quiera, no le servirá de nada.
Vargas: Jura sobre la tumba de su madre que nunca ha habido dinamita en este departamento.
Quinlan: Claro, claro».
Vargas, el íntegro funcionario, que desaprueba los métodos de Quinlan y que persigue el cumplimiento de la ley por encima de todo y de todos.
«Vargas: Yo he visto esa caja hace diez minutos, capitán.
Quinlan: Puede que no se diera usted cuenta.
Vargas: La tiré yo mismo, no podía dejar de ver los dos cartuchos de dinamita.
Quinlan: ¡Cuéntelo como quiera!
Vargas: ¡La caja estaba vacía!
Quinlan: Siga diciendo que estaba vacía. Lo comprenderán.
Vargas: Digo algo más que eso, capitán. Esa prueba es falsa. (Quinlan levanta el bastón para amenazar a Vargas) ¡Falsa!».
Y, por último, el mismo Quinlan, arrogante, intuitivo y acostumbrado a mandar, que, convencido de la culpabilidad de Sánchez, persigue su condena a cualquier precio mientras desprecia la integridad de Vargas.
«Quinlan: Cuidado. Vargas acabará convirtiéndole en uno de esos idealistas soñadores. Son los que crean al mundo las mayores complicaciones. Tenga cuidado. Son peores que los delincuentes. A ellos puedes arrestarlos.
Menzies: Es usted quien debería tener cuidado, haciendo tratos con delincuentes. Puede acabar convirtiéndose en uno de ellos, vea lo que le ha pasado con Grandi.
Quinlan: Compañero, a mí nadie me ha llamado nunca delincuente».
Welles sabía que no existía la justicia absoluta en el mundo, por lo que, según él, debíamos aceptar una justicia imperfecta y dejar que las instituciones trataran de gestionar el caos que se deriva de dicha imperfección. Tampoco el ser humano puede ser perfecto, toda buena persona tiene su lado oscuro y, del mismo modo, todo malvado tiene su parte de humanidad o grandeza. En ese sentido, Welles sentía debilidad por los personajes de villanos, su conciencia rechazaba sus acciones inmorales, pero su corazón no podía dejar de admirar el profundo valor humano que tenían. En el caso de Hank Quinlan, Welles se esfuerza primero en presentárnoslo —mediante un prodigioso contrapicado que lo hace parecer más grande, peligroso y dominante— como un monstruo rebosante de arrogancia, de grasas saturadas y de alcohol, pero termina por enseñarnos su parte más humana, su intuición como detective, su dolor por el asesinato de su esposa y el sufrimiento ante la traición y la muerte de su mejor amigo. La ambigüedad moral de Hank Quinlan, corrupto y humano, proporciona una gran profundidad al personaje y un mayor interés a la trama. Welles nos muestra a Quinlan tal como es y cómo ha llegado a ser así, sin juzgarlo, pero tampoco justificándolo, y después, con gran malicia, obliga a Vargas a ponerse en el lugar de Quinlan cuando Susie desaparece en manos de la pandilla de los Grandi. Y Vargas pierde el control dejándose arrastrar por una violencia brutal.
«Vargas (cogiendo por el cuello al sobrino de Grandi y arrojándolo sobre la barra del bar): ¡¿Dónde está mi mujer?! ¡¿Dónde?! ¡Contéstame! ¡Te pregunto que dónde está mi mujer!
Risto: ¡Yo no sé nada! ¡No sé nada!
Vargas: ¡Escucha, ahora no soy un policía, ¿me entiendes?! ¡Soy un marido! ¡¿Dónde está mi mujer?! ¡Mi mujer!».
Lo mismo que Vargas, también Quinlan dejó de ser un policía tras el asesinato de su mujer para convertirse en juez y jurado de los delincuentes que él sabía culpables, gracias a sus dotes detectivescas y a su legendaria intuición. Vargas tiene más suerte que Quinlan y puede recuperar a su mujer, pero ¿qué hubiera sido de él si a Susie le hubiera pasado algo grave? ¿En qué se hubiera convertido Vargas?
No obstante, Vargas representa para Welles el tipo de hombre que el mundo necesita y lo describía de esta manera: «Es un ser superior. Y no porque sea un buen mozo o esté en el candelero, no. Es debido a que es una persona civilizada y tiene una cultura más honda. No se trata sólo de que sea bueno e incapaz de hacer canalladas sino de que comprende qué significa ser bueno. Así, tenemos un hombre que puede responder al sinvergüenza sin tener siempre la palabra virtud en la boca, y los argumentos que opone al poder policial son aquellos que sólo un hombre cultivado puede ofrecer».
Todos estos personajes diseñados por Welles con tanta inteligencia no sólo resultan sumamente creíbles sino que reflejan su visión particular sobre la cultura, sobre la política y sobre la vida en general. Lo cual, unido a las notables interpretaciones que realizaron sus actores y actrices, convierten a Sed de mal en una de las mejores y más personales películas de cine negro que se hayan hecho jamás.
Orson Welles realiza uno de sus mejores trabajos como actor encarnando al desagradable capitán Hank Quinlan, inmerso en una caracterización que le avejentaba y le engordaba hasta convertirlo en un ser repulsivo, violento, racista, alcohólico, obeso, tramposo y pagado de sí mismo. La perversa mirada de Orson Welles inunda de maldad la pantalla en cada uno de los actos transgresores de Quinlan. Y en la implacable expresión de su desagradable rostro podemos apreciar el odio de su personaje hacia todo aquel que le recuerde lo que él era y en lo que se ha convertido.
«Vargas: Capitán, conmigo no tendrá usted ningún problema.
Quinlan: Puede usted apostar su vida a que no».
Welles compuso a este detective amargado y corrupto envolviéndolo de una nostalgia sombría que termina impregnando toda la película, una añoranza de un tiempo en que él era un buen policía felizmente casado, en lugar de un ser traumatizado por el asesinato de su mujer, abandonado a los excesos y frustrado por no ganar lo que merece. Lo mismo que la nostalgia, la violencia planea siempre sobre los personajes del film como una amenaza inminente que puede desatarse en cualquier momento, la de Quinlan sobre Sánchez o sobre el tío Joe Grandi; la de los sobrinos de Grandi sobre Susie para reducirla y drogarla; la de uno de los jóvenes Grandi al lanzarle a Vargas una botella de ácido o la del propio Vargas en el bar de los Grandi. Una violencia brutal, pero jamás del todo explícita sino insinuada, para que la imaginación del espectador haga el resto. También la sexualidad y el erotismo se respiran en el ambiente de la frontera en el que se desarrolla la película, ya sea como un constante peligro de violencia sexual alrededor de la mujer de Vargas o como una insinuación sensual en la seductora caída de ojos de Marlene Dietrich, en su rol de la pitonisa Tanya.
Por su parte, Charlton Heston realizó una interpretación veraz y de gran alarde físico, como se demuestra en la escena de la pelea de Vargas con los sobrinos Grandi en el bar. El actor supo mostrar los dos aspectos de este policía íntegro: por un lado, su fortaleza y seguridad en sí mismo, ante Adair, Gould, Menzies y Quinlan, y por otro, su vulnerabilidad ante su esposa. Estableciendo un interesante contraste entre la contundencia con la que Heston defiende los fuertes principios de su personaje y la sensible ternura que demuestra Vargas en brazos de su mujer.
Janet Leigh llevó a cabo la difícil tarea de interpretar a una norteamericana cabezota, valiente y segura de sí misma, que, orgullosa de estar recién casada con un importante oficial mexicano, comienza plantando cara a los delincuentes de la familia Grandi.
«Susie: ¿Sabe lo que le pasa? Ha visto demasiadas películas de gánsters. Mike quizás le esté aguando la fiesta.
Grandi: ¿Mike?
Susie: Mi marido, sí. Y si intenta intimidarme para que él le deje en paz… Déjeme de decirle algo, Sr. Grandi, puede que yo me asuste, pero mi marido, no».
Pero termina siendo victimizada y utilizada por ellos para desprestigiar a su marido. La actriz interpreta a Susie Vargas con gran desparpajo y dignidad y va mostrando con gran autenticidad el proceso de rabia, miedo y desesperación que tiene que atravesar su personaje al verse sola frente a toda esa pandilla de delincuentes, que terminan sometiendo su orgullo. Resulta conmovedora la absoluta fragilidad con que Leigh interpreta el momento en que Susie, drogada y muerta de miedo, se reencuentra con su marido en la cárcel y le ruega que no se separe de ella. Del mismo modo, la mirada de la actriz refleja con acierto el horror del momento en que Susie ve cómo esos delincuentes se disponen a entrar en su habitación en el motel, sin que ella pueda hacer nada para impedirlo.
Welles escribió para su amiga Marlene Dietrich el personaje de Tanya, esa especie de gitana mexicana que echa las cartas, cocina chile y aprecia y admira a Quinlan, pero que sabe que está acabado. La Dietrich aceptó aparecer en Sed de mal con este personaje secundario para apoyar el regreso de Orson Welles a Hollywood, y lo hizo con ese halo de misterio que siempre la envolvía y con una mirada intensa e imperturbable propia de una mujer que está de vuelta de todo. Welles utiliza al personaje de Tanya para anticipar al espectador el destino que le espera a Quinlan y para acentuar con su presencia esa triste nostalgia con la que el director cierra la película.
«Quinlan: Vamos, adivíname el porvenir.
Tanya: Ya no lo tienes.
Quinlan: ¿Qué quieres decir?
Tanya: Lo has agotado completamente. ¿Por qué no te vas a casa?».
Sobre el actor Akim Tamiroff recayó la mayor parte del humor, siempre presente en cualquier película de Welles. Pero la comicidad del tío Joe Grandi, distorsionada por su maldad, convierten al personaje en un ser grotesco, con ese peluquín que al conducir su descapotable se le levanta de un modo ridículo. Incluso en su muerte, Tamiroff consigue que Grandi resulte grotesco, componiendo una máscara espantosa que refleja a la perfección el alma abyecta y llena de vileza de su personaje. El estrangulamiento del tío Joe Grandi en presencia de Susie, cuando ésta yace desnuda e inconsciente en la misma habitación, posiblemente sea el acto más depravado de Quinlan y Welles lo narra con una gran fuerza y violencia, pero sin caer en el mal gusto, de forma sutil, pero contundente. Las interpretaciones de Welles y de Tamiroff dotaron a esta terrible escena de una realidad cruda y escalofriante.
«Susie: ¡Será descarado!
Grandi: ¿De quién está hablando?
Susie: ¡Hablo de usted, tirano de poca monta, enano cabezón, orejudo y anticuado!
Grandi: No la entiendo, señora. Tendrá que hablar más despacio.
Susie: Estoy hablando despacio, pero dentro de un momento, empezaré a gritar.
Grandi: Yo no haría eso, Sra.».
Por último, hay una interpretación que destaca por su conmovedora naturalidad y su amplio registro, la del actor Joseph Calleia, que muestra sólo con su apesadumbrada mirada la enorme decepción que se lleva su personaje, el sargento Menzies, al ver a Quinlan haciendo tratos con el delincuente Grandi. Antes el actor, únicamente había mostrado la lealtad, la admiración y la obediencia que siente por su apreciado capitán, una devoción exagerada que parece peloteo, pero que nos hace intuir —antes de saber que Quinlan le salvó la vida— que oculta algo más que admiración. Sobre Joseph Calleia recayó el peso de interpretar al traidor que hará caer al corrupto capitán y lo hizo con una dignidad y una tristeza tan sinceras que revistieron a su personaje, ese sargento humilde, servicial y agradecido que parece tan poca cosa, de una enorme grandeza como ser humano.
«Vargas: Odio esta máquina. Espiar a la gente de esta manera…
Menzies: ¿Cómo cree que me siento yo? Hank es el mejor amigo que jamás he tenido.
Vargas: Es una de las razones por las que me quedo.
Menzies: Ah, no se fía de mí, ¿eh? No olvide que le enseñé el bastón. No tenía por qué hacerlo.
Vargas: Claro que sí, sargento.
Menzies: Alguien pudo haberlo dejado ahí, al lado del cuerpo de Grandi.
Vargas: Es más listo que eso.
Menzies: Dijo que pusieron la marihuana, ¿por qué no el bastón?
Vargas: Usted es un policía honrado.
Menzies: Claro que lo soy. ¿Y quién me enseñó a serlo? Hank Quinlan.
Vargas: Vamos, Menzies.
Menzies: Soy lo que soy gracias a él».
La película es una historia de corrupción policial, de traición y de defensa de la ley como único medio de evitar la barbarie. Esto último es lo que lleva al sargento Menzies a traicionar a Quinlan. Menzies decide traicionar a su amigo antes que traicionarse a sí mismo yendo en contra de todo lo que ha jurado defender. Esa traición rompe el corazón de Menzies. La película es una película de corazones rotos, el de Menzies, el de Quinlan, roto por el asesinato de su esposa y por su propia degeneración; el de Vargas, al ver sufrir a Susie por su causa; el de Susie, al comprobar que su importante marido no está ahí para protegerla y el de Tanya, al descubrir en qué se ha convertido su viejo amigo y tener que presenciar su decadencia. Quinlan considera que siguiendo la ley nunca se atrapa a los culpables, hay que dejarse llevar por la intuición y actuar sin prejuicios antes de que sea tarde. Pero Welles demuestra que el método de Quinlan, aunque efectivo, también corrompe. Una vez que se traspasa la ley, no hay vuelta atrás, uno se enfanga y termina actuando como los criminales a los que persigue. La ley tiene sus fallos y sus limitaciones, pero hay que respetarla, porque de lo contrario se termina cayendo en la barbarie. Quinlan comienza poniendo pruebas falsas para incriminar a todos aquellos que él, por intuición y por experiencia, considera culpables y termina convertido en un asesino, capaz incluso de matar a su mejor amigo con tal de seguir adelante.
«Menzies: Fue en un tiroteo, Sra. Vargas. Así es como acabó lisiado, le hirieron parando una bala que dispararon contra mí. Pero lo más valiente que hizo Hank fue dejar de beber. Era un borracho empedernido, ¿sabe? Pero mírelo ahora. No ha dormido y sigue en pie. Nunca se rinde».
En efecto, como afirma Menzies, Hank Quinlan nunca se rinde. Ni para lo bueno ni para lo malo. Y esa misma fuerza que le ayudó a superar la muerte de su esposa y su alcoholismo es la que le impide detenerse en su cruzada personal contra Vargas, que pretende destruir su reputación y que, además, le recuerda lo que él mismo fue en otro tiempo y ya nunca podrá volver a ser, un policía honrado.
«Vargas: Bueno, capitán, me temo que ésta sea una cosa definitiva de la que no podrá escapar.
Quinlan: ¿Quiere verlo? Usted le ha matado.
Vargas: Vamos, devuélvame mi revólver.
Quinlan: No me entiende. Usted ha matado a Pete. La bala es de su revólver.
Vargas: ¿Piensa que alguien le iba a creer?
Quinlan: A mí siempre me creen. Y jamás sospecharán que he sido yo.
Vargas: ¡El revólver!
Quinlan (Apuntando a Vargas): ¿Se resiste a ser detenido?
Vargas: ¿Cómo va a detenerme aquí? Estoy en mi país.
Quinlan: Y aquí es dónde va a morir».
Quinlan se siente frustrado, por lo mucho que le ha dado al departamento y lo poco que ha recibido a cambio. Y también por tener que rebajarse a trabajar junto a un mexicano como Vargas, que cuestiona sus métodos, a diferencia de todos los que le rodean que le bailan el agua y confían en él ciegamente. La ambición de Quinlan por ganar más dinero y su racismo, a causa de que fuera un mestizo el que asesinó a su mujer, hacen del capitán un símbolo del tipo de hombres que habitan en la frontera, hombres racistas, codiciosos, sin escrúpulos y enfermos de nostalgia por la clase de hombres que les hubiera gustado ser, de haber podido vivir en otro lugar.
«Quinlan: Mira, mira allí arriba. ¿Ves? ¿Ves esa bomba de petróleo? Bombeando dinero. Dinero… ¿No crees que podría haberme hecho rico? Un policía de mi posición. ¿Y qué tengo?
Menzies: Hábleme de Grandi.
Quinlan: Después de treinta años, un rancho, es todo lo que tengo. Unos acres.
Menzies: Tenemos que hablar sobre Grandi.
Quinlan: Soy un policía honesto y de repente, aparece ese mexicano y me pone en tela de juicio».
También Welles se sentía frustrado y sentía nostalgia por el director que hubiera podido ser de haber contado con el apoyo de los estudios. Como ya le había sucedido con otras películas, una vez finalizado el rodaje y pese a todas las grandes estrellas que aparecían en Sed de mal, a las grandes interpretaciones y a todos los logros artísticos de su director, la Universal destrozó el trabajo de Welles recortando la película en la sala de montaje, de tal modo que algunas secuencias terminaron resultando confusas, lo que provocó que el estreno fuera un fracaso comercial en Estados Unidos. Sin embargo, al estrenarse en Europa, en la Exposición Universal de Bruselas de 1958, obtuvo el premio a la mejor película del festival de cine de dicha Exposición, entre cuyos miembros del jurado se encontraban Jean-Luc Godard y Francoise Truffaut. Welles escribió un memorándum de cincuenta y ocho páginas a los productores con indicaciones de cómo debía montarse la película, pero no le hicieron caso. Sólo en 1998 (más de una década después de la muerte de Welles), Walter Murch editó y restauró de nuevo el film siguiendo las instrucciones dejadas por Welles en ese memorándum, que Charlton Heston había conservado. El resultado final se presentó en festivales internacionales convirtiéndose en un gran éxito. El mismo Welles era consciente cuando escribió ese memorándum de que su cine estaba diseñado para ser editado a su manera: «Buenas o malas, mis películas solo tienen sentido si se las deja intactas y si su progresión rítmica sigue las ideas que yo he puesto en el montaje».
A lo largo de toda su carrera, Welles tuvo que lidiar siempre con la incomprensión y la falta de respeto de los estudios de Hollywood hacia su modo de hacer cine, lo que le llevó a rodar en Europa muchas de sus películas. En una ocasión, el director mostró la amargura y la profunda frustración que le causaba pensar en el trato que había recibido por parte de la industria del cine en su país a lo largo de toda su carrera como director: «Repaso mis veinte años en el cine y veo que sólo me han dejado terminar un par de películas. Estoy harto». Se refería a «Ciudadano Kane» (1941) y a «Fraude» (1973).
«Schwartz: No hay duda de que Hank era un gran detective.
Tanya: Y un mal policía.
Schwartz: ¿Es todo lo que piensa de él?
Tanya: Era un hombre fuera de lo común. ¿Qué importa lo que se diga de la gente?».
Quizás ese fuera el problema que siempre tuvo Orson Welles con los estudios, que era un gran director y un pésimo empleado.
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