sábado, 25 de abril de 2020

LLOYDMANÍA 2
      
“EL HOMBRE MOSCA” (1923) de Harold Lloyd



       La dureza del camino que debe emprender todo ser humano para ascender en la escala social queda reflejada, de manera metafórica, por Harold Lloyd, en este film, en el que le vemos escalar doce plantas de un edificio, enfrentándose a un sinfín de obstáculos en su ascenso, hasta alcanzar la tan ansiada cumbre. Lloyd encarna al joven de origen humilde, que emigra a la gran ciudad en pos de sus sueños, dispuesto a trabajar duro, con energía y optimismo, haciendo frente, con diligencia, a todo lo que se interponga entre él y el éxito. El personaje de Lloyd camina, durante todo el film, por la fina línea que separa el éxito del fracaso, viéndose obligado a realizar verdaderas acrobacias de ingenio para conservar su empleo y, más adelante, —cuando el destino le ponga delante la tan ansiada oportunidad de medrar—deberá, además, llevar a cabo una auténtica proeza física para lograr la riqueza que tanto anhela.
          
       El sueño americano, encarnado con tesón por Harold Lloyd en esta película —dirigida por Fred Newmeyer y Sam Taylor— garantizaba el éxito final a su protagonista. Puesto que, en la mentalidad americana de la época, un hombre emprendedor, dispuesto a afrontarlo todo, con su incansable voluntad, no podía obtener más resultado que el triunfo. El mismo Lloyd afirmaba que “todo es posible para el que quiere emprenderlo”. Lloyd representaba a ese chico que todos hubieran querido ser en los años veinte, de ahí el enorme éxito del cómico entre el público americano de su tiempo.

       Harold (Harold Lloyd), joven pueblerino de Great Bend, marcha a New York con la esperanza de hacer fortuna para casarse con su novia Mildred (Mildred Davis). Pasados unos meses, Harold sólo ha conseguido un empleo de dependiente en unos grandes almacenes, que apenas le da para pagar el alquiler del apartamento que comparte con su amigo Bill (Bill Strother), un trabajador de la construcción, habituado a las alturas.   

Sin embargo, Harold, a pesar de las estrecheces económicas, gasta todo lo que gana en enviar regalos a su novia, haciéndola creer que está teniendo mucho éxito. Por lo que Mildred, convencida de que Harold tiene un buen puesto y gana bastante dinero, decide ir a la ciudad a reunirse con él. La inesperada llegada de Mildred sorprende a Harold, que tiene que servirse de todo su ingenio para que ella no se dé cuenta de que es un simple empleado, al que pueden despedir en cualquier momento. De manera que, cuando, por casualidad, escucha a su jefe decir que daría mil dólares a cualquiera que tuviera una idea para atraer a una gran muchedumbre a la tienda, piensa que podría conseguir los mil dólares, aprovechando la habilidad de Bill para trepar por los edificios, como reclamo publicitario. Harold ofrece a su amigo la mitad del dinero, por realizar la hazaña, y promete a Mildred que se casarán al día siguiente. Pero, antes de que Mildred llegara a la ciudad, Harold había gastado a Bill una broma que le había metido en problemas con un policía (Noah Young), del que Bill tuvo que huir trepando por la fachada de un edificio; así que el policía, en cuanto ve en el periódico el anuncio del evento, decide ir allí a comprobar si el hombre misterioso que va a realizar la proeza es el mismo tipo que se le escapó.
Cuando Bill ve al policía se esconde mientras Harold trata, inútilmente, de alejarlo del edificio. Finalmente, Harold deberá iniciar el ascenso, en lugar de Bill, con la intención de que éste le sustituya en la segunda planta. Por desgracia, el policía sigue a Bill, al interior del edificio, y, a partir de ese momento, ya no podrá despistarlo. Harold tendrá que continuar el ascenso, planta a planta, jugándose la vida una y otra vez, hasta lograr alcanzar la azotea, donde Mildred le estará esperando, vestida de blanco, para recibirle en sus brazos.
       
       El personaje de Harold Lloyd en “El hombre mosca” es un chico astuto con cierta habilidad y malicia para salir airoso de cualquier situación usando su ingenio. Si de Ulises se decía, en la Ilíada, que era rico en ardides, del personaje de Lloyd en el film se podría afirmar exactamente lo mismo, porque encarna, en todo su esplendor, al pícaro norteamericano, que no tiene nada que envidiar ni a nuestro Lázaro de Tormes ni a nuestro Buscón. Su veloz imaginación todo lo resuelve, haciéndole salir airoso de cualquier situación peliaguda. Y aunque es un buen tipo, también es algo bromista y un caradura redomado, que no duda en aprovechar todos los medios a su alcance para lograr sus objetivos, ya sea sirviéndose de los demás o engañando al prójimo con todo descaro. Incluso, en una ocasión, llega a fingirse enfermo para llegar a tiempo al trabajo en una ambulancia. Es un personaje algo egoísta y, podría decirse que, poco escrupuloso, éticamente hablando, pero al mismo tiempo inofensivo, ya que en él no hay ni un ápice de crueldad o cinismo, y, por encima de todo, es un personaje absolutamente tronchante, que es lo más importante en una comedia.
Las continuas invenciones de Lloyd, en la primera parte de la película, no tienen fin, y cada una de estas ideas, que se le ocurren al personaje, trae consigo un golpe de humor, que hace que las carcajadas se sucedan sin parar. El conjunto de gags que se disparan, por ejemplo, a raíz de la inesperada visita a los almacenes de su novia es toda una demostración de gracia e ingenio por parte de Lloyd y de su equipo de gagmen, que nos hacen reír con las continuas improvisaciones del protagonista para que su chica no descubra que las cosas no le van bien. Esa chica adorable, interpretada por Mildred Davis, encarna la ingenuidad y la inocencia de una mujer – niña, a la que el hombre de la época sentía que debía proteger de todas las preocupaciones del mundo:
      
       “Harold: Oh, amigo, ella sólo tiene que creer que he tenido éxito, sea como sea.”
    
       Es precisamente en la relación que mantiene con la dulce Mildred, donde este pícaro personaje de Lloyd se revela, al mismo tiempo, como un chico tierno, protector e incluso algo vergonzoso, puesto que, cada vez que ella le da un beso o le dedica alguna palabra cariñosa, le deja como atontado. Es lo que le ocurre, cuando le está enseñando el despacho del director y, después de que ella le bese, él se pone tontorrón y aprieta, sin darse cuenta, el botón para llamar al mozo. También apreciamos la ternura y la inocencia del personaje de Harold en su actitud cariñosa con las ancianitas, en medio de la vorágine de las rebajas, donde vemos a Harold atendiendo con esmero a una dulce viejecita, que no consigue llegar al mostrador para recoger su paquete, porque toda una barrera de mujeres histéricas se lo impide; entonces, Harold pregunta con malicia: “¿A quién se le ha caído un billete de cincuenta dólares?” y en el momento en que todas se agachan para buscar el billete, él le entrega su paquete a la anciana sin ninguna dificultad. La presencia de ancianas entrañables en el cine de Lloyd es  una constante, como herramienta para definir al protagonista como un hombre bueno y sensible. En “El mimado de la abuelita” (1922) queda patente esta debilidad de Lloyd por las ancianitas, resultando de lo más conmovedora y simpática la relación del protagonista con su abuela, que lo mima y, a su vez, es mimada por él.
      
       El humor de Lloyd suele surgir de los aspectos cotidianos de la vida de su protagonista y de su forma poco corriente de resolver los problemas. De manera que por sorprendente que pueda parecer cualquier situación en la que se encuentre el personaje, la forma de salir de esa situación siempre será más sorprendente aún. Estos desternillantes golpes de efecto constituyen uno de los rasgos más habituales en el cine de Lloyd. Hay un momento muy divertido en la película, cuando Harold llega tarde a los almacenes y se agacha, para ocultarse de su jefe (Westcott B. Clarke), detrás de una gran caja de cartón que un empleado está arrastrando por el pasillo, pero, de pronto, el empleado cambia de rumbo y deja a Harold a la vista de todo el mundo, caminando en una graciosísima postura que recuerda a una rana. Su jefe lo ve y le sigue para ver qué hace. Harold nota la presencia de su jefe a su lado y sigue andando en cuclillas, hasta que pasan junto al ascensor y las puertas se abren, en ese momento, reacciona de improviso, saltando como una rana y mandando a su jefe al interior del ascensor de una patada, antes de que se cierren las puertas.
     
       Es justo aclarar que la perfección de los gags, en el cine de este genial cómico, no era algo aleatorio, pues Lloyd era tan exigente a la hora de crear sus gags, que no dudaba en utilizar los preestrenos de sus películas con el fin de sustituir aquellos gags, con los que el público no se hubiera reído, por otros mejores y más divertidos. Según Lloyd: “Si las ideas que utilizamos provocan la risa, entonces son gags. Si no producen nada, se tratan simplemente de errores y busquemos otra cosa.”
      
       Son también frecuentes en el film, los gags visuales —uno desternillante es aquél en que Bill y Harold se esconden de la casera, poniéndose los abrigos y colgándose con ellos del perchero, encogiendo la cabeza y las piernas—; los gags basados en equívocos —Harold confunde la cola de un gato con la estola de una mujer— y los gags de suspense —como cuando Harold está a cuatro patas bajo el medidor de viento, que no para de girar sobre su cabeza, y todos anticipamos el momento en que se incorporará y recibirá el golpe fatal—. Incluso podríamos hablar de la existencia de un gag psicológico, que tiene lugar cuando el joyero judío se frota las manos, ansioso por venderle a Harold la cadena, y éste, ansioso, a su vez, por comprársela para su novia, termina por contagiarse, frotándose las manos también.
Pero es el gag acrobático el que se impone en la segunda parte de la película, a partir del momento en el que Harold comienza a trepar por el Bolton building. Y a pesar de que Harold Lloyd gustaba de realizar él mismo las escenas de acción de sus películas, en “El hombre mosca” utilizó dos especialistas.   

 Uno de ellos era Bill Strother, el verdadero “hombre mosca”, en el que Lloyd se inspiró para la película y que interpreta a su amigo Bill en el film. Y el otro era Harvey Parry, un especialista cuyo nombre ni siquiera aparece en los títulos de crédito. Lloyd contó con estos dos hombres para los planos más generales y realizó, él mismo, los planos medios, en los que se veía claramente su rostro, de modo que, aunque asumió grandes riesgos, lo hizo manteniendo una razonable seguridad, sirviéndose, para ello, de los recursos que el cine podía ofrecerle en aquellos momentos: trucajes ópticos, maquetas, diferentes ángulos de cámara, etc. Y es que, para la productora de Hal Roach, en contra de lo que se afirmaba en el título original de la película, “Safety Last!” (“Lo último la seguridad”), la seguridad de su estrella era lo primero.
     
       Estos gags acrobáticos de Lloyd colgado en las alturas, en realidad, comenzaron en su cortometraje “La caza del zorro” (1921) y tuvieron tanto éxito, que motivaron a su creador a perfeccionarlos para volver a utilizarlos en “El hombre mosca”, donde pasaron a ocupar gran parte del metraje del film. Tiempo después, volvería a emplearlos, de una forma mucho más angustiosa, en la película sonora de 1930 “¡Ay, que me caigo!”, donde Harold, metido dentro de un saco, vuelve a terminar colgado de la fachada de un rascacielos.
     
       En “El hombre mosca” esta impresionante escalada de los doce pisos de un edificio sirve a la narración para mostrar el penoso ascenso social del protagonista, al que vemos trepar, planta a planta, con un esfuerzo, un empuje y un valor inusitados, sorteando los obstáculos que se le presentan, sin prestar atención ni a las advertencias ni a las burlas ni a las críticas de todos aquellos que, desde las ventanas, observan su ascenso a la cumbre; al tiempo que se siente estimulado por todos los que aplauden y jalean su hazaña, animándole a continuar a pesar del peligro. Los creadores de la historia, Hal Roach, Sam Taylor y Tim Whelan, se aseguraron de que, tal y como sucede en la vida real, para progresar, el protagonista tuviera que hacer frente a un sinfín de dificultades que ponían en peligro su vida y le obligaban a frenar su ascenso, haciéndolo más y más difícil a medida que trataba de subir a una altura mayor. Un grupo de palomas picoteándole el cuello; una red que le cubre la cabeza; la tabla de unos pintores que asoma de improviso por una ventana haciéndole caer; un perro que le hace huir por un mástil; un ratón que se mete por la pernera de su pantalón haciéndole bailar sobre la cornisa—de forma hilarante—; un tipo que posa para un fotógrafo, revólver en mano, dándole un susto de muerte e incluso, un medidor de viento que le golpea en toda la cara, dejándole grogui. De todo ello, sale airoso Harold, cuyo destino era alcanzar el triunfo.
      
       Hay que destacar, dentro de ese ascenso, la famosa secuencia del reloj, que forma parte ya de la iconografía del séptimo arte y que representa al hombre moderno sometido a la dictadura del tiempo, esa terrible lucha contra reloj para alcanzar la estabilidad económica con la que fundar una familia. Ese hombre que pende de las agujas de un reloj simboliza también, de alguna manera, la mortalidad del ser humano. Nacemos con un tiempo limitado y vivimos, suspendidos del presente, sin saber cuánto futuro nos queda por delante. En ese gran reloj, que marca el tiempo de vida que se nos ha dado, el ser humano aparece como algo insignificante, el tiempo nos devora, nos consume, nos tiene atrapados. Y nos aferramos a él, como si no hubiera nada esperándonos en el más allá. No queremos soltarnos de él, porque supone un salto al vacío, a lo desconocido, a lo incierto. Quisiéramos detener el avance de esas manecillas para que nuestro tiempo se detuviera, pero no podemos hacerlo. Posiblemente, por eso, la imagen de ese hombrecillo suspendido en el aire, aferrándose con las dos manos a las agujas del reloj, logrando que el tiempo se detenga, siempre nos ha fascinado.
Y son muchos los directores que no han podido resistirse a repetir esa imagen, en sus películas, “Regreso al futuro” (1985) de Robert Zemeckis y “La invención de Hugo” (2011) de Martin Scorsese son algunas de ellas. El mismo Hitchcock se sirvió del reloj de una torre para acabar con la vida de su malvado protagonista en “El extraño” (1946), en el colmo del simbolismo de un reloj, para representar la mortalidad del ser humano.
      
       El personaje de Bill, compañero de fatigas de Harold en la ciudad, al verse impedido por el policía de realizar la proeza de trepar por el edificio, se convierte en el detonante que llevará a Harold a escalar esas doce plantas para publicitar los almacenes. Bill y el policía cumplen dentro de la historia, la función narrativa de obligar a Harold a emprender esa dura prueba, que tendrá que superar, para demostrar su valor, antes de obtener la recompensa económica y la chica. Cada vez que Bill anuncia a Harold que aún no puede reemplazarle y debe continuar subiendo, de alguna manera, se transforma en la voz de su destino, de Dios, del mundo o de su propio yo, gritándole que si quiere alcanzar el éxito tiene que seguir esforzándose, que aún no es suficiente, que tiene que darlo todo, sin guardarse nada para sí.
El policía, por su parte, se encarga de mantener a Bill apartado de Harold, para que éste, que siempre se ha servido de los demás para lograr sus fines, no reciba ninguna ayuda y tenga que hacerlo todo por sí mismo, demostrando que merece el premio. En esta segunda parte de la película, Harold ya no puede servirse de la picaresca, ha llegado la hora de la verdad, y ese ingenio, esa malicia y esa caradura, que le libraban de todos los apuros, en la primera parte del film, ya no le sirven para nada. Harold está solo y tiene que ascender con sus propias manos hasta la cima, enfrentándose a esa situación angustiosa y aterradora, en la que nadie puede auxiliarle, porque ya no puede seguir mintiendo a Mildred, tiene que demostrarle y demostrarse a sí mismo que es el hombre que ella necesita.
Y cuando Harold triunfa por sus propios medios y se halla a salvo en la cumbre, después de superar la prueba, se da cuenta de que ya no precisa de un compañero de fatigas para sobrevivir. Por eso, al oír a Bill a lo lejos, corriendo delante del policía por las azoteas colindantes, que le grita que va a regresar en cuanto se libre del poli, Harold sonríe y le dice adiós con la mano, porque ya no le necesita. Ahora puede afrontar lo que sea por sí mismo. 
       
       El gag final de la película, en el que Harold y a Mildred se alejan caminando, abrazados, por la azotea del edificio y, al pasar por encima de una capa de chapapote —que un operario está aplicando como impermeabilizante—, Harold pierde los zapatos y los calcetines, porque se le quedan pegados al suelo, es un gag que funciona, cómicamente, porque Harold está tan absorto en su novia, que no se entera de nada y sigue andando descalzo como si aún llevara los zapatos puestos. Sin embargo, si profundizamos un poco más en el significado de la escena, descubrimos que el acto de quedar descalzo es, en sí mismo, un símbolo de humildad, de pureza, de sumisión, de absoluta entrega; una renuncia al ego, que muestra la adoración que sentimos por el ser amado. Supongo que Lloyd y su equipo tan solo pretendían hacernos reír, pero el significado que implica el hecho de descalzarse está ahí, aunque sea de forma inconsciente, brilla con luz propia y constituye un hermoso final.
   


   

miércoles, 25 de marzo de 2020


LLOYDMANÍA 1
 
“¡VENGA ALEGRÍA!” (1923) de Harold Lloyd


     
   
      Después del enorme éxito obtenido con “El hombre mosca” (1923), Harold Lloyd estrena ese mismo año “¡Venga alegría!” —título poco afortunado en español del original “Why worry?” (“¿Por qué preocuparse?”)—, una película que narra la historia de un personaje tan obsesionado por su salud, que es incapaz de preocuparse por nada de lo que ocurre a su alrededor. Lloyd utiliza el trastorno hipocondríaco de su personaje para criticar, en clave de humor, el egocentrismo extremo de esa clase de millonarios ociosos, que centrados en sí mismos, permanecen totalmente ajenos al dolor o al sufrimiento de los demás.
     
       Harold Van Pelham (Harold Lloyd), joven millonario hipocondríaco, se retira a Paradiso, una tranquila república en el trópico, convencido de que está gravemente enfermo y necesita descansar. Le acompañan su enfermera (Jobyna Ralston), secretamente enamorada de él, y su mayordomo, el señor Pipps (Wallace Howe). Nada más llegar a la isla estalla una revolución, liderada por el renegado americano Jim Blake (Jim Mason), quien, secundado por su lugarteniente Hercúleo “el poderoso” (Leo White), ha conseguido rodearse de todo un ejército rebelde para derrocar al gobierno de la república y hacerse con el poder de la isla, con la única intención de lucrarse. Los “Banqueros Aliados del Mundo” advierten a Blake de que piensan defender sus intereses comerciales en Paradiso, enviando a un representante autorizado para controlar sus actividades. Cuando Blake se topa, en la isla, con el despreocupado Harold le toma por el representante de los banqueros y decide meterlo en prisión, donde conoce a Colosso (Johan Aasen), un gigantesco ermitaño de las montañas que se opone al ejército rebelde.
Con la ayuda de este imponente hombretón, Harold escapa de la cárcel y, una vez fuera, se gana el incondicional apoyo de Colosso para poner fin a una revolución que le está negando el descanso que tanto cree necesitar. Mientras la enfermera, huyendo del acoso sexual de los rebeldes y del propio Blake, se refugia en una casa, disfrazándose de hombre, y el pobre mayordomo se las arregla como puede para sobrevivir, Harold, sirviéndose de la increíble fuerza bruta de su fiel Colosso, consigue dispersar, él solito, al ejército rebelde. Y, después, preocupándose por su salud, se afana en buscar a su enfermera para que le cuide. Pero, cuando la encuentra, descubre que Blake se está propasando con ella y, entonces, se vuelve loco de furia y da al renegado la paliza de su vida, dejándolo completamente fuera de combate. Acto seguido, Harold, Colosso y la enfermera se enfrentan juntos a un nuevo ataque de los rebeldes, al tiempo que la chica obliga a Harold a tomar sus píldoras cada dos minutos, con la intención de que las aborrezca. Finalmente, Harold no sólo supera su hipocondría sino que descubre que está enamorado.
      
       “¡Venga alegría!” fue la última película que Harold Lloyd filmó para su amigo y productor Hal Roach, poniendo punto y final a años de fructífera colaboración, en el transcurso de los cuales Lloyd crearía su personaje de “el chico de las gafas”, tras experimentar antes con los personajes cómicos Willie Work y Lonesome Luke, inspirados en Chaplin. Con el personaje de Willie Work, Harold alcanzó su primer éxito como actor cómico, llamando la atención de Mack Sennet, que le contrató para trabajar a sus órdenes en los estudios Keystone. Junto a Sennet, Lloyd aprendió a caerse de forma cómica, tal y como lo demuestra en “¡Venga alegría!”; pero no se sentía satisfecho, por lo que terminó volviendo junto a Roach. Para el cual, crearía su segundo personaje de inspiración chaplinesca, Lonesome Luke, con el que obtendría cierto éxito para la productora de su amigo. Pero fue “el chico de las gafas” el personaje que le hizo inmortal, un personaje de inspiración propia, con el que Lloyd se sentiría totalmente identificado y con el que daría forma a su particular universo creativo, integrado por unos films llenos de optimismo y vitalidad, que constituían un fiel reflejo de los alegres años veinte. Este personaje, con gafas de concha y sombrero de paja —que empezó siendo una especie de versión cómica de Douglas Fairbanks— tenía una personalidad llena de contrastes, era tímido pero vivaz; solitario a la par que aventurero y encarnaba al tipo corriente, al americano medio, con cierto aspecto de intelectual, aunque no lo era en absoluto. Su éxito en la taquilla fue inmediato, ganándose el corazón del público con su optimismo, su valentía y su dinamismo. “El chico de las gafas” representaba a la perfección el personaje favorito de Lloyd, el hombre tímido que se convierte en héroe, a pesar de que, en casi todas sus películas, padece algún tipo de defecto físico o emocional. Defecto que siempre terminaba superando en el transcurso del film.

     
       En el caso de “¡Venga alegría!” el personaje es un hipocondríaco, que cree estar muy enfermo y no puede pensar en otra cosa que en su salud, así que va por la vida sin enterarse de nada. Este despiste del personaje da lugar a numerosas situaciones cómicas. Como cuando estalla la revolución en la isla y Harold se pasea por las calles, tan tranquilo, sin darse cuenta de que ha comenzado una sublevación, hasta que su mayordomo se lo advierte:
                

       “Mr. Pipps: ¡Ha estallado una revolución, señor! ¡Una revolución terrible, señor!
       Harold: Pues dígales que cesen inmediatamente. He venido aquí a descansar.”
     
       Pero, sin duda, el despiste más exagerado que comete Harold en el film es cuando entra en la cárcel, pensando que es el hotel, y él mismo anota su nombre en la lista de los prisioneros que deben ser fusilados al amanecer, creyendo que se trata del libro de registros.
      
       Lloyd siempre empezaba sus films sin un guión propiamente dicho, partiendo de una idea sencilla, sobre la cual construía una situación cómica. Las películas eran desarrolladas por Harold y su equipo de gagmen, formado por expertos comediógrafos, como Fred Newmeyer, Tim Whelan, Clyde Bruckman (colaborador habitual de Buster Keaton), Ted Wilde y Sam Taylor —el favorito de Lloyd—. Estos gagmen calculaban minuciosamente las escenas, planeando minuto a minuto cada una de las acciones, sin dejar nada al azar. Sin embargo, como el estilo de cine de Lloyd era rápido, caótico y la acción de la película solía ir en crescendo, daba la impresión de que todo estaba improvisado. Nada más lejos de la realidad, pues Lloyd era un perfeccionista, que se esforzaba en hacer las cosas lo mejor posible y que, incluso, terminaba dirigiendo a sus directores, que, a menudo, salían de las mismas filas de su equipo de gagmen —“¡Venga alegría!”, por ejemplo, fue codirigida por Fred Newmeyer y San Taylor—, pero, en realidad, era Lloyd quien manejaba los hilos, por lo que, en el equipo de rodaje, todo el mundo tenía claro que el que tenía la última palabra era Lloyd.
     
       La historia se desarrolla en una isla imaginaria de Sudamérica, aunque su sospechoso parecido con Méjico es evidente para todo aquél que vea la película. De hecho, en la idea original, estaba previsto que Harold Van Pelham viajara a Méjico, pero Lloyd decidió utilizar un lugar ficticio para evitar una injusta parodia de los estereotipos mejicanos, que pudiera herir sensibilidades. La pereza del pueblo mejicano, por ejemplo, es uno de estos tópicos que se caricaturizan en el film:
     
       “Paradiso, una ciudad somnolienta, en una tierra de ensueño. Los veinte años de
sueño de Rip Van Winkle’s se considerarían aquí, sólo una corta siesta.”
     
       Después de estas palabras, aparecen los ciudadanos de la isla durmiendo la siesta por todas partes, incluso aparece un asno que se echa a dormir la siesta en plena faena. Asimismo, el tópico de la afición del pueblo mejicano por pasarse el día de fiesta queda reflejado al principio de dicha secuencia, donde se muestra a los habitantes bailando y tocando diversos instrumentos en medio de la calle, sin motivo aparente. Y también hay una escena en la que una mujer trata de sostener a un hombre que se tambalea, después de ser apaleado por los rebeldes, y cuando Harold Van Pelham se cruza con ellos, les aplaude creyendo que están interpretando un apasionado baile español.

   
       Los gags de Lloyd eran extraordinarios y solían provocar la risa del público jugando con equívocos visuales o de la propia trama, siendo el gag de suspense uno de los más celebrados en su cine. En el gag de suspense se ofrece una información al público que el personaje no posee, anticipando, así, su risa. Como cuando Harold, con una cuerda atada a la cintura, cuyo extremo ha sujetado a la muela picada de Colosso, está a punto de tirarse al vacío desde una azotea, sujetando una enorme maceta a modo de contrapeso; pero lo que él ignora —y el público sabe— es que la muela ya ha salido y, por tanto, al saltar, se estrella contra el suelo, dándose un tremendo porrazo. El gag físico que termina de forma sorpresiva es también una constante en el mundo cómico de Lloyd. Cuando Harold Van Pelham, sentado en una silla de ruedas, se precipita por la rampa del embarcadero a toda velocidad, nadie espera que termine deteniéndose, con toda delicadeza, ante la mesa donde están conspirando los oficiales rebeldes. Este gag de la silla de ruedas fuera de control terminaría convirtiéndose en todo un clásico en el mundo de la comedia. En “La misteriosa dama de negro” (1962) de Richard Quine, sería llevado hasta el extremo, en una divertida persecución en la que los protagonistas corren tras la silla de ruedas de una anciana, que se precipita colina abajo hacia un acantilado. Además de sus originales gags, Lloyd gustaba de introducir pequeños chistes en sus intertítulos, a modo de diálogos cómicos, adelantándose, así, a lo que serían las comedias sonoras que él mismo no tardaría en interpretar.
    
       “Harold: Sí, ya lo creo, tengo un médico excelente. Dice que lo tengo todo, menos la
viruela.
       Viejecillo: Vaya, no se preocupe. Eso lo tengo yo.”
      
       Harold Lloyd fue un actor cómico muy atlético, que, a pesar de no contar con un pasado en el mundo de vodevil, como Chaplin o Keaton, demostró en sus películas gozar de una excelente preparación física, fruto de su pasión por el teatro, el boxeo y los trucos de magia.
         
Por eso no es de extrañar que las caídas, los golpes y las persecuciones cómicas se sucedan en el film, al más puro estilo del slapstick. Buena muestra de su excelente agilidad son las dos palizas que Harold propina a los dos personajes malvados de la película, Blake y Hercúleo. Las coreografías cómicas de estas dos palizas son espectaculares y de lo más ingeniosas, constituyendo dos de los mejores momentos del film. La primera de estas palizas es la más violenta y también la más dinámica; en ella, Harold golpea a Blake con furia, por haberse atrevido a acosar a su chica, y lo hace en una sucesión de ataques sin tregua, en los que le golpea, le patea, le rompe objetos en la cabeza, le embiste, le salta encima y así sucesivamente. Siendo el momento más hilarante de todos, aquél en el que Blake, como resultado de un golpe, cae sobre una mecedora y Harold le da un puñetazo tras otro, aprovechando el vaivén de la mecedora.
      
       Para la segunda paliza, Harold usa la misma técnica de esconderse y golpear al último de la fila, que después usaría Cooper en “El sargento York” (1941) de Howard Hawks. Con la diferencia de que Lloyd golpea siempre al mismo hombre, el repelente Hercúleo, que cada vez está más maltrecho, hasta que finalmente hace con él un paquetillo humano, anudándole los pies detrás de la cabeza en una postura imposible, propia de un contorsionista. Gag que usaría Javier Fesser en su película “Mortadelo y Filemón contra Jimmy el Cachondo” (2014) cuando el Tronchamulas retuerce a Filemón haciendo con él un amasijo de brazos y piernas.

  
       Blake, el villano de la cinta, fue encarnado por Jim Mason siguiendo los estereotipos de la época a la perfección, personaje siniestro con rasgos afilados, sonrisa malvada y un arrogante exceso de confianza en sí mismo, que le hace sentirse superior a los demás. La manera en la que Blake imagina tener la isla de Paradiso en la palma de su mano para estrujarla, resulta de lo más reveladora a la hora de presentarnos al personaje como un ser malvado, ambicioso y ávido de poder. Asimismo, la forma perversa en la que mira a la enfermera es suficiente para que ésta comprenda que se haya en peligro y huya, despavorida.
     
       Por el contrario, el esbirro de Blake, Hercúleo “el poderoso”, es un personaje repelente, rastrero y ridículo —no sólo en el nombre—, que siempre aparece maltratando a algún ser indefenso, de forma vil y cobarde. Leo White interpreta a este desagradable personaje de una forma divertida y algo caricaturesca, más propia del vodevil que del cine, que nos recuerda al personaje Pierre Nodoyuna de los dibujos animados de Hanna – Barbera. Ambos actores supieron recrear con acierto a los dos malos de la película, haciéndolos tan antipáticos al espectador, que, éste, no puede evitar alegrarse cuando Harold les da su merecido o cuando Colosso los arroja a la calle, como si sacara la basura.
     
       La relación del gigante Colosso y Harold Van Pelham, que sostiene el humor de buena parte del metraje, representa una versión cómica de la fábula de Androcles y el león. Harold libera a Colosso de su dolor de muelas y éste se convierte en su perro fiel, lo mismo que Androcles arrancaba la espina de la pata del león, ganándose su eterna lealtad. Colosso, interpretado de manera tronchante por Johan Aasen, se convierte bajo las órdenes del enérgico millonario en un arma de destrucción masiva, totalmente natural y espontánea, capaz de lanzar los cañones rebeldes por los aires sin ningún esfuerzo, de jugar a los bolos con el ejército rebelde arrojándoles bolas de cañón a los pies o de azotar a los guerrilleros con una palmera como si fueran un enjambre de moscas molestas, y todo eso, cuando no está acabando con toda una guarnición a puñetazo limpio. La asociación simbiótica entre un gigante fortachón y simple, que aporta a la relación su extraordinaria fuerza física, y un personaje pequeño, inteligente y decidido, que toma las decisiones y piensa por los dos, ha dado siempre excelentes resultados en la comedia cinematográfica. Buena muestra de ello son “La princesa prometida” (1987) de Rob Reiner o “Aquí, mi gigante” (1998) de Michael Lehmann, entre otras muchas.
       
        
       En “¡Venga alegría!”, la fuerza bruta de Colosso bajo la imaginativa capacidad para el mando de Harold da lugar a una sucesión de divertidísimos gags, de entre los que cabe destacar aquél en el que Harold convierte a Colosso en un cañón humano o aquél otro en que Colosso arranca de la pared el balcón en el que está asomado Harold, para llevarlo hasta el balcón de enfrente en volandas. Y es justo decir que, de entre todos estos gigantes divertidos y algo entrañables que ha dado el cine, ninguno ha conseguido aún resultar más gracioso que Colosso, que con sus movimientos descontrolados, sus primitivas reacciones y la curiosa manera en la que sigue a Harold a todas partes, da la impresión de ser tan solo un bebé de enormes proporciones.

                       
       La actriz Jobyna Ralston, perteneciente al grupo de las Wampas Baby Stars (premio que otorgaba cada año la industria del cine a las actrices más prometedoras), encarna a la enfermera de Harold Van Pelham, en su primera colaboración con Harold Lloyd, con el que trabajaría en un total de siete películas. Esta expresiva actriz aportaba a sus personajes una ingenuidad algo pícara, que llenaba de encanto y gracia sus interpretaciones, en las que conseguía transmitir al público todas y cada una de las emociones de sus personajes, formando una gran pareja con el simpático Lloyd, con el que conseguía compenetrarse a la perfección. En “¡Venga alegría!” Jobyna protagoniza momentos conmovedores y muy graciosos, siendo en todo momento muy femenina. Cuando se enfada con Harold y le regaña de una forma en la que nunca nadie había regañado antes al millonario, resulta de lo más encantadora, por lo que no nos sorprende la reacción de Harold:

              

       “Harold: ¡Estoy sorprendido de ti! ¡Jugando así con ropas de hombre cuando deberías
estar cuidando de mi salud!
       Enfermera: ¡Pastillas, pastillas, pastillas! ¡Estoy harta y enferma de sus tontas
pastillas!...
       Harold: ¡Dios, tienes ojos hermosos!”
      
       También resulta adorable cuando sale en defensa de una anciana a la que está maltratando Blake y, tras darle a éste una bofetada, le golpea en el pecho con sus puñitos, como si fuera una niña pequeña con una rabieta, despertando en Harold un instinto de protección que él ignoraba poseer hacia ella.
     
       “Harold: No entiendo. ¿No es extraño cómo quise pelear apenas él te tocó? ¿Sabes?,
ahora que lo pienso, disfruté mucho protegiéndote.”
     

       Y es que el miedo y el hastío vital nos paralizan, nos convierten en seres insignificantes y egoístas, reduciéndonos a nuestra más mínima potencia y anulando nuestras capacidades. Sólo una revolución es capaz de despertar a Harold Van Pelham de su letargo de aprensión y manías, volviéndole osado y logrando que se descubra a sí
mismo como un hombre enamorado y un hombre de acción, capaz de afrontar cualquier dificultad con decisión. Harold descubre que posee una determinación enérgica, una gran capacidad para el mando y unos nervios de acero, que le permiten mantener la cabeza fría en medio de cualquier situación, ya sea una revolución, o los caprichosos altibajos de la bolsa. Así, el hipocondríaco e inútil millonario, después de su aventura en la isla, da paso a un eficiente y brillante hombre de negocios, que tiene claras sus prioridades familiares. Harold Van Pelham, al superar su hipocondría, se convierte en la mejor versión de sí mismo, en ese héroe que su enamorada enfermera siempre supo que dormía dentro de él.

jueves, 27 de febrero de 2020

KEATONMANÍA 3
  
“EL MAQUINISTA DE LA GENERAL” (1926) de Buster Keaton y Clyde Bruck


       La enorme presión que la sociedad suele ejercer sobre el varón, en tiempos de guerra, para que demuestre su coraje en el frente, sirve a Keaton para construir una comedia de acción, con escenas de gran realismo bélico, en la que ridiculizando el patriotismo, mal entendido e irracional, reduce el acto heroico a mero capricho del azar.
  
       Johnnie Gray (Buster Keaton), maquinista de la locomotora “La General”, corre a alistarse en el ejército confederado al estallar la guerra de secesión, para complacer a su novia Annabelle Lee (Marion Mack); pero al ser rechazado, pues resulta más útil a la causa sudista al frente de su tren, la novia le retira la palabra, por considerarlo un cobarde. Un año más tarde, cuando Annabelle viaja en “La General” para reunirse con su padre,  herido en el frente, un grupo de soldados de la unión al mando del capitán Anderson —jefe de los espías del general Thatcher—, penetra en el sur y secuestra la locomotora de Johnnie, haciendo prisionera a Annabelle.
Johnnie persigue sin descanso
a los secuestradores a bordo de otra locomotora, que consigue en Kingston, hasta que, al penetrar en territorio unionista, los secuestradores descubren que les sigue un solo hombre. Johnnie, al verse descubierto, abandona la locomotora y huye campo a través. Desesperado por el hambre y muerto de frío, se cuela en una casa a robar comida, ignorando que se trata del lugar elegido por el general Thatcher y el capitán Anderson para reunirse con sus oficiales. Escondido, dentro de la casa, Johnnie descubre que sus enemigos tienen a Annabelle en su poder y que planean una ofensiva contra el flanco izquierdo del ejército confederado, llevando dos trenes de abastecimiento al puente de Rock River, para apoyar al ejército del general Parker. Tras rescatar a Annabelle, Johnnie, decidido a alertar al ejército confederado de los planes del enemigo, consigue recuperar La General y huye con su chica rumbo a Rock River. Anderson y sus hombres persiguen a Johnnie en dos locomotoras de abastecimiento, pero Johnnie y Annabelle logran llegar a Rock River a tiempo de incendiar el puente y alertar al ejército del general Lee del inminente ataque. Al atravesar el puente quemado, uno de los trenes de abastecimiento de los unionistas cae al río y éstos son sorprendidos por el ejército sureño. Durante el combate, Johnnie se comporta como un inepto total, pero, el destino le convierte en héroe cuando, por azar, hace que el río se desborde sobre el ejército norteño y captura al general Thatcher.
     
       Basándose en una historia real, sucedida durante la guerra de secesión norteamericana y novelada por uno de sus protagonistas, en el libro: “Audacia y sufrimiento: Una historia de la gran aventura ferroviaria”, Clyde Bruckman y Buster Keaton elaboraron el primer tratamiento de lo que sería una versión, en clave de humor, del secuestro de la locomotora La General y de la reacción de su maquinista, William Fuller, que, tomándose el robo como una afrenta personal, salió en persecución de los secuestradores.
  
  
       En la época en la que estos hechos históricos tuvieron lugar, la hazaña de estos espías unionistas fue muy celebrada, una vez terminada la guerra, elevando a la categoría de héroes a sus protagonistas. Sin embargo, el héroe que interesó a Keaton y a Bruckman para protagonizar su película fue ese audaz maquinista que se negó a dejar su locomotora en manos de los secuestradores. De manera que, contaron la historia desde el punto de vista del bando confederado, al que pertenecía dicho maquinista. Y, de forma muy inteligente, Bruckman y Keaton supieron reforzar la motivación de este personaje, añadiendo al secuestro de su locomotora, el rapto de Annabelle, quien con su sola presencia impulsa a Gray a superarse a sí mismo para poner a salvo a la mujer que ama y demostrarle su valor. Ese valor que ella y sus parientes habían cuestionado sin motivo. Y es que, ante la sociedad sureña, no bastaba con ser valiente, sino que, también, había que parecerlo.
     
       Según la filosofía, este maquinista, interpretado por Keaton y llamado en la ficción Johnnie Gray, posee todas las cualidades que acompañan al verdadero héroe, es decir, a aquella persona capaz de arriesgar su vida por una causa noble. Para empezar, Johnnie demuestra una gran fortaleza de ánimo ante el peligro —característica que siempre acompañó a todos los personajes encarnados por Buster Keaton a lo largo de su filmografía—, que le lleva a tomar la resolución de avisar al ejército sureño de la ofensiva que los nordistas piensan lanzar sobre ellos:
    
       “Johnnie: Debemos conseguir reunirnos con los nuestros y avisarles de que van a atacar.”
    
       Y, a pesar del riesgo que supone vestir el uniforme enemigo, Johnnie demuestra una gran generosidad al asumir este papel de espía, que el destino le ha deparado y que él acepta por poseer un profundo sentido de la responsabilidad. Por otra parte, su fuerza de voluntad a prueba de bombas, le impulsa a perseguir el objetivo que se ha marcado, incluso en momentos en los que la esperanza de salir con vida es casi nula. Así, sin pensar en la posibilidad de rendirse, se refugia en la cabina de “La General” abrazando a Annabelle para protegerla de la lluvia de balas, que los unionistas están descargando sobre ellos. Pero Johnnie también sabe elegir la huida con la misma firmeza de ánimo con la que asume el combate, por ello, no duda en abandonar la locomotora, para escapar, a pie, por el bosque cuando los secuestradores de La General descubren la inferioridad numérica de su perseguidor:
   
       “¡Sólo queda un hombre en la locomotora!”
 
   
       Sin embargo, al tratarse de una comedia, nuestro héroe, además de todas esas cualidades positivas, asociadas al valor, también posee cualidades negativas —tales como la torpeza, el despiste y la incompetencia más absoluta— capaces de convertir todas y cada una de sus gestas, en el fruto de auténticas e hilarantes patochadas.
    
       Así, por ejemplo, logra poner en retirada al ejército nordista, gracias a la torpeza con la que al disparar un cañón, lanza la bala al aire y ésta cae de forma fortuita sobre una presa. El destino, siempre presente en el cine de Keaton, parece favorecer siempre a su personaje, proporcionándole todo lo que precisa en cada momento para sobrevivir y salir airoso de cualquier situación por desesperada que parezca. De esa forma, logra matar a un francotirador unionista, que estaba eliminando uno a uno a todos los artilleros confederados, cuando al sacar su sable de la funda con energía, la hoja se desprende del mango y va a caer por azar sobre el francotirador. Podríamos decir que Johnnie Gray termina convertido en héroe, no sólo por su valor, sino también por pura chiripa.
    
       Aunque, en principio, la idea de realizar una comedia sobre la guerra civil no fue muy bien acogida por parte del público, que no comprendió que Keaton bromeara sobre cuestiones tan serias como el patriotismo, el ejército o la muerte de los soldados en el frente, con el paso del tiempo, “El maquinista de La General” se ha convertido en una comedia de culto, considerada, por muchos, la obra maestra de Keaton. Pero hay que señalar que el patriotismo del que Keaton se burla en el film se refiere, exclusivamente, a ese tipo de patriotismo que, confundiendo valor con temeridad, arrastra a los hombres a una muerte innecesaria. Tal es el caso del general unionista que, en la película, provoca la muerte de muchos de sus hombres, al ordenarles cruzar el tren por un puente en mal estado, que termina derrumbándose sobre el río:

    
       “General Parker: ¡Este puente aguantará a pesar de estar quemado! ¡Mis hombres vadearán el río!”
     
       Keaton se burla, también, de la ceremoniosidad con la que los militares ejecutan cada uno de sus actos protocolarios; pero lo hace sin ninguna inquina, como un niño que se limpia las manos sucias en el mantel. Ejemplo de este tipo de gags es la escena en que Johnnie pincha, sin querer, con su sable, el trasero de un oficial que está recibiendo órdenes del general Lee o aquélla en la que se le dispara su pistola de forma accidental en el momento en el que el general Parker está entregando su sable para rendirse o cuando, ya convertido en teniente, saluda de forma mecánica con la mano a todos los soldados que pasan junto a él mientras besa a Annabelle.
 
  
       En “El maquinista de La General”, Keaton pasa la mayor parte del metraje subido a un tren, manejando la locomotora —réplica exacta de la auténtica La General— con la pericia propia de un verdadero profesional del ferrocarril, gracias a la preparación como maquinista y fogonero a la que se sometió antes de comenzar el rodaje. Conocida la afición de Keaton por los trenes, debió disfrutar de lo lindo manejando la locomotora y convirtiéndola en un personaje más de la película. Keaton consigue humanizar la máquina, al integrarse en ella como un engranaje más, y así, hombre y máquina, fundidos como un todo, atraviesan una guerra, como si el peligro que les rodeara no pudiera alcanzarles.
    
Es todo un espectáculo verle saltar de un vagón a otro a toda velocidad con la agilidad de un acróbata, observarle otear el horizonte sobre el techo de un vagón en movimiento o contemplarle mientras se sienta o se tumba sobre el “apartavacas” con toda naturalidad. Keaton logra crear la ilusión de que su personaje se mueve por la locomotora con una desenvoltura absoluta, que la conoce palmo a palmo y que sabe cómo utilizarla para sacar el máximo partido de ella. Todo lo que Johnnie Gray necesita lo obtiene de su máquina y él le proporciona a ella todo lo que requiere para seguir su avance hacia la victoria. Johnnie termina convertido en un héroe, pero él sabe que solo es un maquinista y que su sitio está junto a su tren. Tanto es así que, cuando el ejército sureño, al mando del general Lee, tras ganar la batalla en Rock River, regresa victorioso a la ciudad, Johnnie, que camina junto al caballo del general Lee, abandona la comitiva con toda humildad, para sentarse en la parte trasera de su locomotora a ver pasar el desfile.
    
       En cuanto al personaje de Annabelle Lee, parodia de las heroínas de los seriales de la época, comienza siendo todo un ejemplo de una verdadera dama sureña, para terminar por convertirse en una réplica en femenino de la ineptitud y el despiste de Johnnie Gray; hasta el punto de que, en algunos momentos, ambos parecen competir en estupidez cuando viajan en La General al encuentro de los suyos, perseguidos por los unionistas. Y, aunque Annabelle se esfuerza por ayudar a Johnnie en todo lo que puede, parece que la mayoría de las veces no consigue más que estorbarle con sus tonterías. Resulta especialmente divertido el momento en el que pone en marcha la locomotora dejando a Johnnie en tierra y, luego, siendo incapaz de detener la máquina, Johnnie se ve obligado a correr colina abajo para tratar de alcanzar el tren en la siguiente curva, pero, cuando está a punto de hacerlo, Annabelle logra detener la locomotora y la hace andar marcha atrás para recoger a Johnnie, que tiene que desandar lo andado, trepando por la colina a toda prisa para volver al lugar en el que la chica le dejó tirado.
    
También es hilarante ver a Johnnie desesperarse por la manera en la que Annabelle alimenta el fogón con trozos ridículamente pequeños de madera, en lugar de hacerlo con buenos troncos, o ver cómo ella se pone a barrer la cabina de la locomotora cuando ambos se están jugando la vida. De cualquier forma, Annabelle, como toda buena heroína de acción que se precie, sabe convertirse en una intrépida compañera para Johnnie en su misión de espía accidental y, olvidándose de sus maneras de damisela, termina siendo capaz de trepar a la cabina de la locomotora casi con la misma rapidez que Johnnie.
     
       Las dos persecuciones ferroviarias protagonizadas por Johnnie Gray, una persiguiendo a Anderson y otra siendo perseguido por éste, ocupan la mayor parte de la película con una sucesión interminable de originales y divertidos gags, relacionados con el manejo de la locomotora de vapor y con la guerra civil. Siendo, quizás, el del vagón que aparece y desaparece, como un fantasma, ante la locomotora con la que Johnnie persigue a La General, el gag que mejor muestra ese típico y desternillante desconcierto que solía expresar el rostro de Keaton, en sus films, ante hechos que él no puede explicarse, porque no sabe lo que estaba pasando. Y el gag más famoso, posiblemente, sea el del cañón que, debido a su ineptitud, Johnnie está a punto de dispararse a sí mismo. Hay otro gag destacable, que demuestra la gran habilidad de Keaton a la hora de elaborar un número físico, casi circense, y ejecutarlo con gran precisión; se trata de una escena en la que los secuestradores arrojan dos enormes troncos a las vías para frenar el avance de la locomotora de Johnnie y, entonces, éste reduce la velocidad, se baja del tren y corre a retirar el primero de los maderos, pero se le atasca y su locomotora le alcanza por detrás, quedando Johnnie sentado en el “apartavacas” con el madero sobre las rodillas.
   
   
Entonces, antes de que la locomotora choque con el segundo madero, Johnnie lanza, en vertical, el que tiene en sus rodillas sobre el extremo del segundo tronco, que, al estar apoyado sobre los rieles, salta fuera de las vías. Otro de los gags digno de mención, aunque no suceda en el tren, es aquel en que Johnnie, escondido debajo de una enorme mesa de comedor, escucha los planes del enemigo mientras soporta sus patadas, golpes y quemaduras de cigarrillo, sin rechistar. Escena hartamente utilizada, con posterioridad, en la ficción humorística. El mismo Billy Wilder la utilizaría en “Con faldas y a lo loco” (1959), escondiendo a Toni Curtis y a Jack Lemmon bajo la mesa donde están cenando los gánsteres que quieren asesinarles.
    
       Keaton supo transmitirnos, a través de esta película, que un hombre valiente es aquel que demuestra dedicación exclusiva y constante en situaciones difíciles que exigen esfuerzo y capacidad de adaptación, y lo hace por propia convicción, no por vestir un uniforme, que es algo que puede hacer cualquiera. Annabelle le espeta, al principio del film: “No vuelvas a hablarme mientras no lleves uniforme.” Y Johnnie termina vistiendo no sólo el uniforme confederado, sino también el de la unión, demostrando a su amada ser más valiente que nadie. Y es que, “El maquinista de La General”, parece confirmar la opinión expresada por Virgilio de que: “La fortuna favorece a los valientes”; aunque, tratándose de una película de Keaton, habría que añadir… “por muy tontos que éstos sean”. El mismo Keaton afirmó en una ocasión, refiriéndose al rol que solía encarnar en sus películas: “Yo era un incompetente, pero nunca cejaba. Siempre intentaba hacer las cosas, aunque no supiera hacerlas… Naturalmente, armaba un jaleo enorme, pero quería hacerlo y lo hacía.” Su personaje en “El maquinista de La General” representa el triunfo de un incompetente, gracias a su determinación y, sobre todo, a su buena suerte.