viernes, 30 de abril de 2021

EDWARDSMANÍA 2
     
LA CARRERA DEL SIGLO (1965) de Blake Edwards
    
       En esta comedia, de metraje más extenso y presupuesto más elevado de lo habitual, Blake Edwards nos enseña que lo más esencial que se puede lograr en la vida es el amor, por encima incluso del prestigio de la propia valía profesional. Y lo hace en una comedia romántica de aventuras, que se mueve entre el homenaje al cine mudo y la parodia de géneros, como el western o el cine de capa y espada.

     
       En los inicios del siglo XIX, el Gran Leslie (Tony Curtis), héroe de acción, se propone organizar y ganar una carrera de Nueva York a París para demostrar que el automóvil americano es el mejor del mundo. Pero su eterno rival, el profesor Fate (Jack Lemmon), se propone boicotearle con todas las armas a su alcance, para cruzar la meta antes que él. También la sufragista Maggie Dubois (Natalie Wood) se las ingenia para participar en la carrera, financiada por El Centinela de Nueva York, periódico para el que Maggie ha conseguido trabajar como reportera, gracias al apoyo de Hester Goodbody (Vivian Vance), esposa del editor Henry Goodbody (Arthur O’Connell), con el que Maggie se ha comprometido a cubrir todo el evento. Maggie y Leslie se sienten atraídos desde el primer momento, pero debido a sus diferencias, respecto a los derechos y capacidades de la mujer, siempre terminan discutiendo. Fate y su mano derecha, Max (Peter Falk), se dedican a hacer trampas desde el comienzo de la carrera, por lo que la mayoría de los coches se ven obligados a abandonar la competición, quedando reducido el número de participantes a tres, Leslie, Fate y Maggie. Pero al llegar al desierto, el coche de Maggie sufre una avería que la deja también fuera de combate y aunque Leslie y su mecánico Hezequiah (Keenan Wynn) acceden a llevarla hasta la ciudad más cercana, ella se propone continuar informando de la carrera hasta el final. Para lo cual, está dispuesta a manipular, mentir, engañar, colarse de polizón en coches ajenos o librarse con engaños de cualquiera que pretenda impedírselo. A lo largo de la carrera, los automovilistas rivales atraviesan distintos países y comparten múltiples aventuras, en el transcurso de las cuales, Fate descubre que el talón de Aquiles de Leslie es Maggie Dubois.

Así que, 
asegurándose de que Maggie permanezca en la carrera, se propone sacar ventaja de esta debilidad de su adversario para alcanzar la victoria. Pero, antes de llegar a París, los participantes tienen que enfrentarse a su mayor aventura, cuando, al cruzar un reino perdido de la vieja Europa, en la víspera de la coronación de su futuro rey —el príncipe Frederick Hoepnick (Jack Lemmon)—, son secuestrados por el barón Rolfe von Stuppe (Ross Martin) y el general Kuhster (George Macready). Estos hombres de confianza del príncipe pretenden aprovechar el asombroso parecido entre el príncipe y el profesor Fate para hacerse con el poder, obligando a Fate a hacerse pasar por el príncipe durante la coronación y, una vez coronado, hacerle abdicar a favor del barón. Pero los intrépidos automovilistas logran escapar de su encierro y, tras liberar al príncipe heredero y devolverle su corona, saldan la conspiración con una cruenta batalla de tartas en las cocinas del palacio. Tras la cual, continúan la carrera hacía París, donde, en la recta final, Leslie y Fate se disputan el primer puesto mientras Maggie y Leslie, totalmente enamorados, no dejan de discutir durante todo el trayecto. Hasta que, ante la meta, Leslie decide demostrarle a Maggie que su amor es sincero, renunciando al triunfo. Pero Fate quiere vencer a Leslie a su manera… ¡Y nada más que a su manera!


       El film que nos ocupa es una de esas películas de carreras disparatadas, muy de moda en los sesenta —véase Aquéllos chalados en sus locos cacharros (1965) de Ken Annakin o El mundo está loco, loco, loco (1963) de Stanley Kramer—, en las que las peripecias de los participantes se suceden sin parar de principio a fin, con una rivalidad de fondo, que se hace cada vez más exacerbada a medida que los personajes se acercan a la meta final. La carrera de autos que recrea la película de Edwards se basa en la carrera automovilística de 1908, Nueva York - París, organizada por el periódico New York Times, que ganó el vehículo norteamericano Thomas Flyer. Este coche sirvió de inspiración para la construcción del Leslie Special, que conduce el Gran Leslie en la película, para cuyo rodaje, se realizaron cuatro modelos. Uno de ellos se volvería a utilizar en la película de Sam Peckinpah La balada de Cable Hogue (1970). Para el coche Hannibal Twin 8, del Profesor Fate, se necesitaron en total ocho modelos. Y tanto el Leslie Special como el Hannibal Twin 8 se pueden visitar en algún que otro museo norteamericano.


       Hay que señalar que este ambicioso film de Edwards no es apto para espectadores a los que no les guste el cine mudo o para aquéllos que detesten los dibujos animados, puesto que su comicidad se basa en ese humor físico (slapstick) tan propio de ambas disciplinas artísticas, donde los personajes son caricaturas exageradas de los estereotipos clásicos de ficción (el héroe, el villano, la sufragista fanática, el esbirro, el fiel ayudante, etc.). Estos personajes, casi planos, nunca se hacen daño, por muchos accidentes, explosiones o peleas en las que se vean envueltos y son personajes alocados, cuyos nombres y acciones suponen un símbolo del estereotipo que representan. Así, por ejemplo, el profesor Fate —Fate significa Destino, en españo —, parece destinado a fracasar frente al Gran Leslie, por ello, sus actos, que suelen ser malintencionados, ruines y tramposos, siempre acaban mal. Del mismo modo, el barón Rolfe von Stuppe —Stuppe significa estúpido en español— no puede menos que terminar su conspiración de una forma estúpida. Los villanos visten de negro riguroso, conducen un auto negro y son antipáticos, traicioneros y maleducados mientras que el bueno viste de un blanco tan inmaculado como el de su vehículo, posee un corazón leal, un carácter encantador y un atractivo irresistible. Y, por supuesto, todo le sale bien. La heroína del film es una mujer sufragista y, por tanto, todo lo que hace está relacionado con la liberación de la mujer, que constituye su tema favorito de conversación. Es una mujer obstinada, decidida, moderna y, como toda heroína cinematográfica que se precie, de gran belleza. Los personajes de la película son tan caricaturescos que terminaron convirtiéndose en auténticos dibujos animados, ya que La carrera del siglo inspiró la serie de dibujos animados Los autos locos (1968-1970), de la productora Hanna Barbera.


       La importancia de los personajes en este tipo de comedias exige una selección de actores ampliamente dotados para el humor y capaces de ejercer un gran control sobre sus cuerpos. Hay que decir que, en este sentido, el reparto elegido para la disparatada comedia de Edwards constituye uno de sus más grandes aciertos. La excelente vis cómica de Jack Lemmon, la sensibilidad interpretativa de Natalie Wood, la galanura de Tony Curtis, la despistada naturalidad de Peter Falk y la cómica seriedad de Keenan Wynn hacen de esta comedia algo muy superior a un simple divertimento.


       Jack Lemmon asume un doble rol en esta trepidante historia; por una parte, encarna al Profesor Fate, villano del film —que se hace llamar a sí mismo «el magnífico»— y por otra, interpreta al infantil y borrachuzo príncipe Frederick Hoepnick, en la parodia que Edwards incluyó, dentro de la película, del clásico de aventuras El prisionero de Zenda. Encarnando al profesor Fate, Lemmon brilla con luz propia, logrando crear un malhumorado canalla, a medio camino entre el Coyote de la serie de dibujos animados El Correcaminos y el Coyote (1949), de la Warner Brothers, y Los hermanos Malasombra del programa infantil español Los Chiripitifláuticos (1966-1970). El único objetivo de Fate en la vida es superar al Gran Leslie y su manera de hacerlo es haciendo trampas. Sin embargo, a pesar de su carácter fullero, posee una dignidad que le impide aceptar una victoria, que no se haya ganado él saboteando a su rival. En su rol de príncipe Frederick, volvemos a encontrar al histriónico Lemmon que interpretaba a Daphne en Con faldas y a lo loco (1959) de Billy Wilder. Lo mismo que la locuela y risueña Daphne, el príncipe se ríe sin parar, habla con una voz estúpida y se mueve y corretea de la misma forma amanerada en que lo hacía ella. Por su trabajo en la película, Jack Lemmon fue candidato al Globo de oro al mejor actor e inspiraría uno de los malos de animación más inolvidables para los niños de nuestra generación, el malo malísimo Pierre Nodoyuna (Entiéndase, “No doy una”), que ve fracasar todas sus artimañas, lo mismo que Fate.



       Tony Curtis compone el personaje del Gran Leslie basándose en las cualidades que todo héroe de aventuras debe poseer, honestidad intachable, carácter afable, cuerpo atlético, encanto con la prensa, irresistible para las mujeres y cariñoso con los niños. Y, precisamente, la comicidad del personaje se logra al parodiar estas cualidades, exagerándolas; por ejemplo, Edwards subrayó su sonrisa perfecta añadiéndole un brillo artificial a sus blanquísimos dientes; caricaturizó su atractivo haciendo que, allá donde fuere, las mujeres se arrojaran a sus brazos para besarle y, por último, logró dar al personaje una identidad de ángel celestial, gracias a que el blanco inmaculado de su ropa, siempre permanecía inexplicablemente intacto, pasase lo que pasase. La versión de Leslie en Los autos locos sería Pedro Bello, un tipo muy cursi y algo repelente. Curtis cumplía todos los requisitos para asumir el personaje del Gran Leslie en la película —en la que se incluía un guiño al personaje que Curtis encarnó, diez años antes, en El gran Houdini (1953) dirigida por George Marshall— y el actor lo hizo a la perfección. La química entre Curtis y Natalie Wood, que ya había quedado más que demostrada en Cenizas bajo el sol (1958) de Delmer Davis y en La pícara soltera (1964) de Richard Quine, fue de lo más divertida en el film de Edwards, donde ambos formaban una pareja cómica, que resultaba romántica y sexi incluso cuando no dejaban de discutir.

       El personaje de Natalie Wood, la intrépida Maggie Dubois, es el único de estos estereotipados personajes que posee unas cuantas aristas. Maggie es la caricatura de una heroína sufragista, lo que se consigue en el film ridiculizando el movimiento sufragista y, por ende, a las sufragistas, a las que se representa como a fanáticas feministas que esgrimen argumentos absurdos para defender sus derechos y que, sin embargo, no dudan en usar sus armas de mujer para manipular a los hombres.

       «Maggie: Bien, ¿en qué está usted pensando? Vamos, no hay nada que un hombre y una mujer no puedan decirse si son civilizados, juiciosos y emancipados.
       Sr. Goodbody: ¿Nada?
       Maggie: No se atreve usted a hablar de eso y ese es el problema. Las mujeres han de emanciparse para poder emancipar a los hombres. Y para que ellos puedan emanciparse el uno del otro y de sus prejuicios.»


       Pero Maggie es mucho más que una feminista ridícula, es una mujer temperamental, inmune al desaliento, una mujer capaz de cualquier cosa para conseguir su objetivo y, al mismo tiempo, una mujer coqueta y encantadora, cuando le interesa. Y por si todo eso fuera poco, Maggie es tramposa, traicionera, celosa y vengativa. Es una heroína de aventuras como pocas, peligrosa, dulce, valiente y siempre, siempre, pase lo que pase, maravillosa. El mismo Hezequiah, que no se fía de ella, termina cogiéndole cariño y aceptando su compañía, después de verla interponerse entre él y el hierro candente de su torturador, entonando con valor el himno americano. Quizás por todo ello, pese a que el film se tomara a broma el tema de las sufragistas —como si fuera un chiste que las mujeres quisieran votar—, al final, la sufragista vence al héroe, consiguiendo que renuncie a todo por ella y demostrando que las mujeres son capaces de conseguir todo lo que se propongan. 

       Natalie Wood da vida a esta resuelta feminista con una gracia, cargante en algunos momentos y desternillante en otros, y con un absoluto dominio de su expresión corporal a lo largo de todas y cada unas de las secuencias de este extenso largometraje, algo imprescindible cuando se interpreta un personaje cómico en un film que pretende ser un homenaje al cine mudo.

      Hay que mencionar también la inestimable importancia, en la trama, de los dos fieles ayudantes de los rivales del film; el mencionado Hezequiah, interpretado por el eficiente Keenan Wynn, y el esbirro de Fate, Max, al que da vida el gran Peter Falk. La complicidad entre héroe y mecánico y entre villano y esbirro viene a ser de la misma naturaleza, una relación basada en la lealtad, la admiración y la confabulación más descabellada. Tan compenetrados están Leslie y Fate con sus respectivos ayudantes que la camaradería llega a rozar lo conyugal cuando ambas «parejas» discuten lo mismo que lo haría un matrimonio.


      «Revisor: Si no firma, no se le dará la gasolina, Srta. 
       Maggie: Bien, Sr. Leslie, usted desea continuar la carrera y yo también. ¿Me lleva hasta la costa del Oeste?
       Hezequiah: ¡Si ella va con usted, yo me quedo!
       Leslie: ¡Hezequiah!...»

       O cuando presumen de conocer al otro como lo haría un matrimonio:

       «Max: Profesor, ya es hora de levantarse. Vamos, profesor, levántese y sonría.
       Fate: ¿Que me levante y sonría?
       Max: Son las siete y media.
       Fate: ¡Entonces, levántate tú y sonríe tú!
       Max: Siempre está así por la mañana.
       Fate: ¡No estoy así siempre por las mañanas! ¡Da la casualidad de que, esta mañana, tengo la cabeza muy espesa!»


       Hay una escena, al final de la película, que nos hace sospechar que la devoción de Max por el profesor pudiera esconder algo más que camaradería, me refiero a aquélla en la que el ramo de novia de Maggie cae en manos de Max y éste, muy ilusionado, se vuelve con una sonrisa hacia el profesor, que, malhumorado, le amenaza con el codo.

       El guión de Blake Edwards y Arthur A. Ross posee un humor, eminentemente, clásico, basado en situaciones cómicas demasiado previsibles quizás, pero que nos hacen reír a carcajadas, porque es un humor cuya comicidad no reside en lo inesperado, sino en la forma en que se cumplen las expectativas que se abren en el público. Lo gracioso no es lo que ocurre, sino cómo ocurre. Tengamos en cuenta que los gags de las comedias del cine mudo se han convertido, a lo largo de los años y gracias a los dibujos animados, en parte del imaginario colectivo de los espectadores de todo el mundo. Lo que Edwards persigue en este proyecto no es sorprender con nuevos gags —aunque también los hay— sino homenajear los gags clásicos que han hecho reír a generaciones enteras, esos mismos gags que ayudaron al propio realizador a soportar una infancia difícil: «Descubrí que la única forma de subsistir era buscar el lado cómico de la tragedia».

       Para Edwards la comedia tenía el poder de mantener la salud mental en un mundo disparatado, y eso es lo que nos presenta en esta historia, un mundo loco y absurdo, con personajes irracionales que se comportan de la forma menos razonable posible, ya sea en el lejano Oeste, en Alaska o en un país inventado de la vieja Europa. Y dentro de toda esta locura, dos jóvenes se enamoran y son capaces de mantener la cordura suficiente como para darse cuenta de que, a pesar de sus diferencias, lo que está pasando entre ellos es la mejor de todas las aventuras.


       En La carrera del siglo encontramos una miscelánea de secuencias en las que se parodian distintos géneros cinematográficos, destacando dos de estas parodias por encima de las demás. Una de ellas es la secuencia de la pelea en el salón de la ciudad de Boracho, parodia del western que nos recuerda la que ya hiciera, al estilo español, Berlanga en su Bienvenido Mr. Marshall (1953). La parodia de Edwards al western cuenta con todos los elementos propios del género, el pistolero, la cantante ligera de cascos, el sheriff, la pelea en el salón, el duelo entre el héroe y el pistolero, la tendencia de los ciudadanos a linchar forasteros y el ataque de los indios. A propósito de los indios, hay que mencionar que protagonizan un gag desternillante, basado en el gag clásico de hacer que algo parezca lo que no es, para luego sorprender al espectador: Fate y Max son perseguidos por los indios cuando están a punto de entrar en Boracho, por lo que irrumpen en la ciudad alertando a la población a grito pelado:


       «Max: ¡Indios!
       Fate: ¡Salvajes!
       Alcalde: ¡Bienvenidos a Boracho!
       Fate: Gracias. Los indios les van a atacar de un momento a otro.
       Max: ¡Nos están persiguiendo! ¡Un grupo de indios nos atacan! ¡Nos atacan!
       (El alcalde y todos los ciudadanos se parten de risa)
       Fate: ¿De qué se ríe?
       Alcalde (Riéndose): Los que han visto ustedes son el sheriff y algunos de sus hombres disfrazados de indios. Han salido a darles la bienvenida.»

       Otra de las parodias destacables del film es la dedicada a la mítica película de aventuras de Richard Thorpe, El prisionero de Zenda (1958), remake de la película homónima de 1937, dirigida por John Cromwell. Edwards caricaturiza esta historia dando rienda suelta al alocado y magistral histrionismo de Jack Lemmon, por un lado, y recreando, por otro, de forma humorística las escenas más recordadas del famoso film, tales como la secuencia del duelo de espadas entre el barón y Leslie, claro homenaje al icónico duelo entre Stewart Granger y James Mason en el film de Thorpe, que terminaba con Mason arrojándose al agua desde una almena del castillo. Edwards también arroja al barón von Stuppe de la almena, pero, en lugar de hacerlo caer al agua, lo estrella contra la barca que lo estaba esperando abajo. Edwards finaliza la parodia de El prisionero de Zenda con un broche final, al más puro estilo del cine mudo, una gran batalla de tartas, en las cocinas del palacio real. Durante el rodaje de esta apoteosis de tartazos, que duró varios días, los actores tuvieron que sufrir en sus carnes —y lo que es peor en sus caras— la repetición de esta irritante practica, que resulta harto divertida para el que la contempla, pero molesta e incluso humillante para el que la recibe. Al final del rodaje, sin embargo, pudieron resarcirse de este calvario, acribillando a Blake Edwards a traición, con numerosas tartas, reservadas, para este propósito, por el equipo.


       Además de estas dos grandes parodias, el film contiene algunos homenajes dignos de mención. Uno de ellos, tiene lugar en Alaska cuando los autos quedan atrapados en la nieve, en medio de una ventisca, y un oso se refugia en el coche de Fate. Claro homenaje al episodio del oso que se cuela en la cabaña en La quimera del oro (1925) de Chaplin. El film también contiene un pequeño homenaje a El fantasma de la ópera en la escena en que Fate está interpretando, al órgano, la Tocata y fuga en re menor de Bach y cuando Max lo llama para cenar, se levanta y el órgano sigue tocando solo.

       Pero el homenaje más entrañable de todos es el dedicado a Laurel y Hardy, en las personas de Fate y Max. Homenaje que no podía faltar, puesto que Edwards les dedica su película. Max, con su despiste, su sumisión, su forma de meter la pata y su irritante machaconería a la hora de expresar sus opiniones, representa la personalidad, inolvidablemente, cómica del gran Stan Laurel. Asimismo, la malhumorada forma de hablar de Fate, sus cara de circunstancia cuando Max mete la pata o dice tonterías— o su forma de darle un puñetazo en la cabeza, aplastándole el sombrero, cada vez que le saca de quicio, son claras alusiones a Oliver Hardy. Fate y Max son personajes diferentes a Laurel y Hardy, es cierto, pero la relación entre ambos, sus diálogos de besugo y las reacciones de cada uno ante las molestas conductas del otro, es la misma. Fate y Max no pueden pasar el uno sin el otro, pero todo el tiempo discuten y se agreden, lo mismo que Laurel y Hardy.

       «Max: El cielo está rojo.
       Fate: ¿Y qué?
       Max: Va a haber tormenta.
       Fate: Pero ¿de qué estás hablando?
       Max: Si el cielo está rojo, marino abre el ojo.
       Fate: No seas cabezota. ¿Sabes las posibilidades de tormenta que hay en esta parte del océano, en esta época del año?
       Max: No, ¿cuántas?
       Fate: Una contra cien (Suena un trueno y estalla una tormenta).»

       Hay una escena en el film que contiene un momento muy Laurel y Hardy, y muy del gusto de los hermanos Cohen, en la que el profesor y Max, montados en un cohete, surcan el cielo a toda velocidad; de repente, el cohete se para en seco, Fate y Max miran a cámara, se abrazan y, gritando como posesos, caen empicados.


       La amistad y relación profesional entre Henry Mancini y Blake Edwards ha sido una de las más envidiadas y admiradas, entre compositor y realizador, dentro del mundo del cine. Su colaboración, a lo largo de los años, ha dado lugar a auténticas obras de arte cinematográficas, en las que música e imagen se funden a la perfección. La carrera del siglo es una de ellas. Su banda sonora es una heterogénea y divertida mezcla de estilos musicales, que van desde el jazz, el pop y la música clásica, hasta el vals «The Sweetheart Tree», interpretado por Natalie Wood con la voz de Jackie Ward, que fue nominado al Oscar a la mejor canción, y candidato al Globo de oro y al Golden Laurel. También la bonita fotografía en color de Russell Harlan fue candidata al Oscar, así como el montaje de Ralph E. Winters y el sonido de George Groves; pero el film sólo fue premiado con el Oscar a los mejores efectos de sonido para Treg Brown. Aún así, la gran labor de realización de Blake Edwards fue reconocida con una nominación al mejor director en el Festival Internacional de Cine de Moscú. Y el guionista Arthur A. Ross obtuvo también su reconocimiento siendo candidato al mejor escritor estadounidense de comedias en los Premios WGA por este film.

       A principios del siglo XIX, época en la que se ambienta la película, los espectáculos de acrobacias realizados al aire libre ejercían una gran fascinación sobre la gente, hasta el punto de convertir a los hombres que las ejecutaban en auténticos héroes del pueblo. El protagonista de la comedia es uno de estos hombres, acróbatas, atletas, escapistas o lo que fueran, ídolos de masas, a los que se les concedía apelativos grandilocuentes que le definían como hombres extraordinarios, capaces de las hazañas más peligrosas y de mayor dificultad.

       «Príncipe: ¿Por qué le llaman el Gran Leslie, Sr. Leslie?
       Leslie: El Gran es un título que, en mi país, se estila para espectáculos públicos o una definición que se concede a los hombres que murieron mucho antes de que les fuera concedido. Yo soy simplemente Leslie y vuestro humilde servidor, alteza.»
       
       Este tipo de hombres, como es natural, despertaban la rivalidad de aquéllos que aspiraban a superar sus proezas y la envidia corrosiva de los que no lo conseguían. El profesor Fate representa al mayor de todos estos envidiosos, que al compararse con el Gran Leslie, sufre la frustración y el dolor del fracaso más espantoso. Según Unamuno, «La envidia es mil veces más terrible que el hambre, porque es hambre espiritual.» De este modo, si lo que empujaba al Coyote a perseguir al Correcaminos era el hambre, podemos afirmar que a Fate le ocurre lo mismo, sólo que su hambre es de una naturaleza más visceral. Edwards aborda el controvertido tema de la envidia a través del sarcasmo y nos hace reír con los continuos fracasos del profesor, porque, como Fate, todos hemos sentimos, en alguna ocasión, cierta envidia al contemplar como otros disfrutan de aquello que nuestro corazón anhela. La comicidad del personaje de Fate reside, precisamente, en la exagerada encarnación de la envidia llevada hasta los límites más destructivos. Fate es un ser amargado, que está tan obsesionado con las cualidades del Gran Leslie, que es incapaz de apreciar sus propias cualidades o de aceptar sus limitaciones.

       «Fate: ¡Ha hecho trampas! ¡Ha hecho trampas! ¡Lo he oído! ¡Me niego a aceptar el trofeo! ¡No quiero ganar de ninguna otra forma más que de la mía! ¡Ha arruinado mi reputación! ¡¿Me oye?! ¡Le odio! ¡Con su cabello siempre tan bien peinado y su traje tan blanco y su coche siempre tan limpio…!»

       Fate desea el fracaso del Gran Leslie, por encima de su propio éxito, para él no es suficiente ganar la carrera, lo que quiere es ver a Leslie humillado, pero si dejara de compararse con Leslie, valoraría sus propias cualidades y se daría cuenta de que, mientras Leslie se limita a conducir el auto que otros han creado, él ha sido capaz de fabricar un automóvil, cargado con múltiples artilugios con los que hacer frente a todos los posibles obstáculos que puedan surgir a lo largo de la carrera.

       «Fate: La naturaleza nos será adversa, pero la venceremos. Los bandidos y ladrones de todas las naciones pueden hostigarnos, pero estamos preparados. ¡Los haremos volar en mil pedazos! ¡Bordearemos la nieve, volaremos, cañonearemos, seremos invencibles!»

       Como vemos, Edwards —al tiempo que nos alecciona para que sepamos valorar el amor por encima de todos los demás logros— nos alerta del peligro que supone dejarnos arrastrar por la envidia, con el fin de destruir a la persona que envidiamos, porque, al final, sólo conseguiremos nuestra propia destrucción.

martes, 30 de marzo de 2021

EDWARDSMANÍA 1

«DESAYUNO CON DIAMANTES» (1961) de Blake Edwards
    
       
A principios de la década de los sesenta, Blake Edwards dirigió la adaptación al cine, escrita por George Axelrod, de la novela de Truman Capote Desayuno en Tiffany’s, la comedia romántica más triste y melancólica de la historia del cine. La comprensión, la mutua simpatía y la enorme atracción que surge entre la pareja protagonista, dos jóvenes que viven de sus favores sexuales en la fría ciudad de Nueva York, trastocará las vidas de ambos, con un amor, que ninguno de los dos esperaba y que les obligará a replantearse su modo de vida.
       
       Holly Golightly (Audrey Hepburn) es una chica sofisticada y excéntrica que sobrevive gracias a la generosidad de hombres adinerados, cuya compañía frecuenta por las noches. Holly sueña con reunir dinero para comprar un rancho donde vivir con su adorado hermano Fred. Pero, aunque también cuenta con una asignación semanal del mafioso Sally Tomato (Alan Reed), al que visita en la cárcel para transmitirle a su abogado “el parte meteorológico” —instrucciones en clave con las que continúa dirigiendo sus negocios—, Holly no consigue ahorrar. La soledad de Holly se verá aligerada con la llegada al edificio de un nuevo vecino, Paul Varjak (George Peppard), un joven aspirante a escritor, que es mantenido por su amante, la Sra. Emily Eustace “2-E” (Patricia Neal), una mujer de gran fortuna, que se ha encaprichado del chico. En cuanto se conocen, Holly y Paul, a pesar de sus diferentes caracteres, enseguida se hacen amigos.

Paul se enamora de Holly desde el principio, convirtiéndose en espectador de su 
alocada existencia y Holly introduce a Paul en su círculo de amistades invitándole a una fiesta, a la que acuden —entre toda una representación de la fauna neoyorquina— O. J. Berman (Martin Balsam), famoso representante de artistas que pretendía lanzar a Holly en el cine, y dos prometedores millonarios, Rusty Trawler (Stanley Adams) y el brasileño José da Silva Pereira (José Luis de Vilallonga), candidatos perfectos para las aspiraciones de Holly de casarse con un millonario. Sin embargo, Paul descubre que Holly ya estuvo casada, cuando su marido, el veterinario Doc Golightly (Buddy Ebsen), aparece para llevársela con él. Pero Holly ya no es aquella chiquilla de catorce años, sin hogar, llamada Lulame Barnes, a quien ese hombre hizo su esposa; ahora, es una mujer libre, cuyo matrimonio fue anulado. Pero Doc no quiere aceptarlo y amenaza a Holly con no admitir en su casa a su hermano Fred, cuando regrese del ejército. A partir de ese momento, Holly, a pesar de la desaprobación de Paul, se esfuerza, inútilmente, por convertirse en la señora de Rusty Trawler. Para animar a Holly, Paul la invita a salir para celebrar que acaba de vender un cuento y, de regreso a casa, hacen el amor. Al día siguiente, Paul rompe su relación con su protectora, la Sra. Eustace. Sin embargo, Holly le anuncia que su nuevo objetivo es casarse con el Sr. José da Silva Pereira.

Decepcionado, Paul decide apartarse de ella, pero antes de que se mude, Holly recibe un telegrama del ejército 
anunciándole la muerte de Fred y, enloquecida por el dolor, destroza su apartamento. Paul ayuda, al horrorizado Da Silva, a calmarla y, tras pedirle al brasileño, que cuide de ella, sale de su vida. Meses después, Holly invita a Paul a cenar para despedirse de él antes de irse con Pereira a Brasil; pero, tras la cena, la policía del departamento de narcóticos los detiene. Acusada de colaborar con el gánster Sally Tomato, la foto de Sally es portada en todos los periódicos. Paul se pone en contacto con O. J. Berman para que la ayude y éste lo tranquiliza, asegurándole que ya tiene a sus abogados trabajando en ello. Por el contrario, Da Silva, temiendo que el escándalo le salpique, rompe con Holly. A pesar de todo, Holly se empeña en ir a Brasil, rechazando el amor de Paul, una vez más; pero él la hará comprender que por muy lejos que vaya, nunca podrá huir de sí misma.




       Holly finge una frívola alegría y una despreocupación vital con la que trata de ocultar su miedo, su soledad y su sensible corazón, ante una ciudad hostil, que la fascina y la oprime al mismo tiempo. Decía Cervantes que «uno de los efectos del miedo es turbar los sentidos y hacer que las cosas no parezcan lo que son», Holly, tras una infancia de sufrimiento y privaciones, vive presa del miedo, ocultando al mundo, bajo una personalidad banal y bohemia, su enorme fragilidad. Holly percibe el amor como una amenaza y huye de él, por temor a ser controlada o a desaparecer en la relación. Este miedo la hace asumir un disfraz de persona fuerte e independiente, con el que distanciarse del ser amado.

       «Holly: No dejaré que nadie me ponga en una jaula.
       Paul: ¡Yo no quiero ponerte en una jaula! Sólo quiero quererte.
       Holly: ¡Es lo mismo!
       Paul: ¡No, no lo es!»

       Paul Varjak es capaz de reconocer a la verdadera Holly, esa chica solitaria y muerta de miedo, que no confía en sí misma, porque está convencida de que lo único valioso que puede ofrecer a los demás es su belleza y simpatía. Paul puede ver el interior de Holly, por la sencilla razón de que él es igual que ella. También él se menosprecia y teme que le menosprecien los demás; su carrera de escritor se estancó, cuando no había hecho más que empezar, y eso le hizo dudar de su propia valía, dejando que la Sra. Eustace asumiera el control de su existencia. La diferencia entre Paul y Holly, es que Paul no tiene miedo al amor, sino al fracaso y, desde que se enamora de Holly, está dispuesto a empezar de nuevo, entregándose a ella en cuerpo y alma, cambiando su vida para salvarla y salvarse.

       «Paul: Aunque parezca extraño, es una chica que no puede ayudar a nadie, ni siquiera a sí misma; pero lo importante es que yo puedo ayudarla y, para mí, esto es una sensación agradable.»

       A Paul, el amor le proporciona el valor que necesita para replantearse su vida y reconciliarse consigo mismo; sin embargo, a Holly la impulsa a una huída constante, que le impide resolver su principal problema, el miedo a ser domesticada. Tras una infancia traumática, en Tulip, Texas, el matrimonio de Holly cuando aún era una niña, con un veterinario mucho mayor que ella, la hizo sentirse atrapada y escapó como pudo. Y aunque el matrimonio fue anulado —posiblemente a causa de su minoría de edad—, dejó en la joven Holly un miedo cerval a caer de nuevo en la trampa del amor. Sin embargo, la película nos presenta al veterinario Doc Golightly como a un pobre hombre destrozado por el abandono de su esposa adolescente; aunque resulta evidente, para cualquier espectador actual, que el mayor “súper canalla” de toda la cinta es este lobo con piel de cordero, que acogió en su casa a una chiquilla, que malvivía en la calle, robando comida junto a su hermano Fred, para luego, aprovecharse de ella, haciéndola su esposa, cuando lo que Holly necesitaba era un padre, no un marido. Este Doc Golightly fue el que enseñó a Holly lo que los hombres esperaban de ella y lo que podía conseguir de ellos, a través de sus encantos. Pone los pelos de punta oír cómo Doc justifica su debilidad, ante Paul, tratando de culpar a la niña:


       «Doc: Cuando me casé con Lulame, tenía catorce años. Claro que, por lo general, una persona de catorce años no sabe lo que quiere; pero Lulame era un caso excepcional.»

       Después, se hace la víctima contando que lloró al declararse a Holly, como si el hecho de estar enamorado lo justificara todo.

       «Doc: La noche que me declaré, lloré como un niño. Ella me dijo, “¿Por qué lloras, Doc? Claro que nos casaremos. Nunca me he casado antes.” Tuve que reírme, besarla y estrecharla entre mis brazos.»

       La pobre niña debió sentirse obligada a casarse, después de que les acogiera en su casa, a ella y a su hermano. Pero cuando este aparente buen hombre se muestra realmente despreciable es en el momento en que chantajea a Holly para que vuelva a casa, amenazándola con echar a Fred a la calle si no lo hace. El tipo sabe muy bien que Holly haría cualquier cosa por su hermano y no duda en usarlo como moneda de cambio, para obtener lo que quiere de ella mientras no cesa de repetir que «su lugar está al lado de su marido, sus hijos y su hermano», aunque, sabe de sobra que son hijos suyos y de su primera mujer, no de Holly.


       «Doc: No quiero que pienses que trato de obligarte, pero, he de hacerlo. Si no vienes conmigo, escribiré a Fred para decirle que si tú no vuelves a casa, tendrá que buscarse otro sitio donde vivir.
       Holly: ¡Doc, no hagas eso! ¡No le escribas eso! Yo misma le escribiré y le rogaré que venga aquí conmigo. Yo le cuidaré, no te preocupes.
       Doc: No digas tonterías, Lulame.
       Holly: ¡Doc, deja de llamarme así! ¡Ya no soy Lulame!»

       Duele ver a Holly hablando siempre bien de Doc y mostrándose agradecida con él. Recordemos que la película se filmó a principios de los sesenta, cuando el matrimonio con menores de edad, siempre y cuando dicho menor fuera de sexo femenino, se aceptaba, aunque no se viera con buenos ojos. La misma película presenta a este manipulador sin escrúpulos como a un buen hombre, que inspira compasión a Paul y a la misma Holly; sin embargo, sea intencionadamente o no, antes de que sepamos quién es este personaje, Edwards le filma como a una presencia amenazante, que vigila el edificio en el que viven los protagonistas y se cierne sobre Paul, en el parque, de forma intimidante. De hecho, Doc ya se cernió sobre Holly cuando apenas era una niña hambrienta y salvaje, llamada Lulame. Años después, en Nueva York, Holly se ha cambiado el nombre, pero sigue hambrienta y salvaje.

       «Holly: ¿Quiere que le diga una cosa terrible, Fred? Sigo siendo Lulame, de catorce años de edad, la que robaba huevos de pavo y corría a través de la maleza. La única diferencia es que ahora lo llamo tener un día rojo.»

       Y, lo que es peor, sigue estando muerta de miedo.

       «Holly: ¿Conoce usted esos días en que se ve todo de color rojo?
       Paul: ¿Color rojo? Querrá decir negro.
       Holly: No. Se tiene un día negro, porque una se engorda o porque ha llovido demasiado, estás triste y nada más. Pero los días rojos son terribles. De repente, se tiene miedo y no se sabe por qué.»


       Después de que Doc tratara de domesticar a Holly, su supuesto “descubridor”, O. J. Berman, trató de hacer lo mismo, convirtiéndola en actriz; pero Holly le dejó plantado y se fue a Nueva York. De ambos hombres se escapó Holly, y tanto Doc, como O. J. siguen queriendo a Holly, cada uno a su manera. Es conmovedor que O. J. sea, entre tantos amigos, el único, exceptuando a Paul, que se preocupa por ayudar a Holly a salir de la cárcel. Y es que, según O. J., Holly despierta amor en los hombres con «rasgo de poeta», hombres capaces de apreciar que ella «es farsante, pero es sincera». Este O. J. Berman —que el gran actor Martin Balsam supo componer con gran habilidad cómica— es un tipo desenvuelto, un poco chiflado y algo caradura, que continúa apreciando a Holly, aunque le dejara plantado.

       «O. J.: Mire, yo la aprecio, la aprecio de verdad; es decir, soy muy sensible. Quiero decir que hay que ser muy sensible para apreciarla. ¿Sabe lo que quiero decir? Pues… es lo que se llama un rasgo, un rasgo de poeta, ¿comprende?»

       Los personajes del film tienen una profundidad psicológica que no suele verse en una comedia romántica, están llenos de aspectos sin resolver, que los hacen interesantes, atractivos y simpáticos para el espectador. Holly y Paul son dos jóvenes sensibles e inadaptados, que se entienden y se necesitan el uno al otro, para aliviar el mutuo dolor de ser unos fracasados en una ciudad llena de triunfadores de oropel, en la que los sentimientos son considerados algo carente de sofisticación. Holly persigue la riqueza, esperando alcanzar con ella una tranquilidad y una seguridad que proporcione paz a su vida, pero este mundo de lujos, que ella tanto ansía, se le escapa una y otra vez. Del mismo modo, Paul busca el éxito como escritor, para conseguir la autoestima que le falta, y tampoco lo obtiene. Ambos se sienten unos perdedores. Paul Varjak vive de una mujer, como Holly Golightly vive de los hombres, aunque en la película se tienda a suavizar este aspecto del personaje femenino, diciendo que los hombres le dan cincuenta dólares para ir al tocador. Incluso hay varias escenas en las que vemos a Holly escabulléndose de algún hombre que, tras haberle dado los cincuenta dólares de rigor, le reclama sus favores.


       «Sid Arbuck (Claude Stroud): Espera un momento, nena… Yo soy muy simpático y te gusto, nena, tú lo dijiste. ¿No pagué la cuenta de cinco personas? Tus amigos… Jamás los había visto. Y cuando me pediste suelto para el tocador, ¿eh? Te di un billete de cincuenta dólares. ¿No crees que eso me da algún derecho?»


       Precisamente, Paul siente deseos de proteger a Holly, porque sabe lo duro que es ser “mantenido”, los dos sienten ternura el uno por el otro y se encuentran cómodos cuando están juntos, porque saben que están con alguien que les acepta tal como son. Y pese a esta aceptación, no pueden evitar sentir celos, el uno del otro, por la manera en la que ambos se ganan la vida. Resulta enternecedor asistir a sus mutuos reproches, de los que enseguida se arrepienten.

       «Holly: (Entregándole un billete a Paul) No acepto ninguna bebida de un caballero que me mire con desaprobación, especialmente, cuando dicho caballero recibe dinero de otra chica. Debiera estar acostumbrado a aceptar el dinero de las mujeres.
       Paul: Si yo fuera usted, tendría más cuidado con mi dinero. Rusty Trawler le va a dar trabajo para ganarlo.»


       La ciudad de Nueva York es el escenario elegido por el creador de la historia, Truman Capote, para situar a sus dos antihéroes en un mundo sin sentimientos, donde sólo el sexo y el interés tienen cabida. Un ambiente opresivo de glamur y falsas apariencias, cuya sombra planea sobre sus cabezas, como los rascacielos sobre las calles de la ciudad. Un ambiente enloquecedor, que atrapa a los personajes y los arrastra a sumergirse en una vorágine de relaciones superficiales y excéntricas que termina desquiciándolos, como al resto de los habitantes de la gran ciudad.

       «Holly: Supongo que usted cree que soy muy descarada o que estoy loca.
       Paul: No la creo más loca que cualquier otra persona.
       Holly: Usted y todo el mundo lo cree; pero no me importa. Todos vivimos en el manicomio.»


       La secuencia de la fiesta en el diminuto apartamento de Holly es una muestra de este “manicomio” neoyorquino en el que transcurren las vidas de los protagonistas. Es una secuencia que Edwards filmó con todo el realismo posible, para lo cual, hizo beber a los actores y montó una fiesta de verdad. La secuencia muestra todo un zoológico de seres extravagantes y pasados de copas que terminan, como no podía ser de otro modo, desalojados por la policía. Hay una mujer en esta secuencia que protagoniza uno de los momentos más hilarantes y, al mismo tiempo, más dramáticos de la fiesta, y que demuestra que todos los asistentes a esa fiesta viven en un manicomio, llamado Nueva York. Es una mujer que está, completamente ebria, contemplando su rostro en un espejo y partiéndose de risa; instantes después, volvemos a verla, sigue delante del mismo espejo, pero, ahora, llora desconsoladamente. Se divierte, pero sufre, como Holly cuando sale cada noche a cenar con un caballero distinto. La soberbia filmación de esta fiesta serviría a Blake Edwards como entrenamiento para la mayor fiesta jamás filmada que vendría después, la de su película «El guateque» (1968), extraordinario ejercicio de slapstick cinematográfico, orquestado por Edwards e interpretado por un Peter Sellers en estado de gracia.

       George Axelrod fue nominado al Oscar al mejor guión adaptado y ganó el Premio WGA del sindicato de guionistas de Estados Unidos, por el magnífico trabajo de adaptación que realizó sobre la novela de Capote, quien, sin embargo, no quedó satisfecho ni con la película ni con Audrey Hepburn y mucho menos con el final feliz de la cinta, tan diferente al de su novela. Aún así, el gran éxito alcanzado por la película a lo largo de los años lograría que el escritor cambiara de parecer respecto al film y empezara a verlo con mejores ojos.


       Sin embargo, Truman Capote jamás superaría el desagrado que le producía el personaje del vecino japonés, pese a que fuera interpretado por el gran actor Mickey Rooney. Algo totalmente comprensible, teniendo en cuenta que el tal Mr. Yunioshi es uno de los personajes cómicos con menos gracia y más repelente, que se han visto nunca en una pantalla. Tanto es así, que somos muchos los que opinamos que su presencia estropea el film, pero a Edwards le encantaba y con eso basta. La razón por la que resulta tan antipático, quizás sea que un occidental haciendo de oriental siempre resulta poco creíble o que alguien, en el departamento de caracterización, se extralimitó poniéndole a Rooney unos dientes tan exagerados que terminaron acaparando todo el protagonismo. De cualquier forma, es un personaje, este Yunioshi, que, por lo que sea, cae mal y cada vez que aparece en pantalla nos arruina la diversión. Particularmente, pienso que el tipo de humor que aporta este personaje —basado en un histrionismo exagerado por parte de Rooney— desentona con el elegante tono humorístico del film, provocando una ruptura en la comicidad general que es percibida por el espectador como una molesta interferencia, que nos saca de la cautivadora ilusión creada por el director para esta magnífica historia.


       Por fortuna para Edwards, estaba Henry Mancini para sumergirnos de nuevo en la magia de su ficción, a través de una bellísima y melancólica banda sonora, que recibiría sendos Oscar a la mejor música y a la mejor canción, Moon River, que Mancini compuso junto a Johnny Mercer. Además, la música del film recibiría el Grammy a la mejor música de cine, y Moon River obtendría el Golden Laurel a la mejor canción, convirtiéndose en una de las canciones cinematográficas más famosa de todos los tiempos. La canción fue compuesta con mimo para la voz de Audrey Hepburn, teniendo en cuenta sus limitaciones como cantante y logrando que la actriz conmoviera a los espectadores con su interpretación, pasando a formar parte de una de las escenas más inolvidables del film.

Junto a aquélla en la que Holly, con vestido de noche y gafas de sol, 
desayuna café y bollos mientras se pasea, ante los escaparates de la joyería Tiffany’s, por la Quinta Avenida. Y junto a la secuencia del robo de las caretas en la tienda de artículos de fiesta; tras la cual, los jóvenes se quitan las máscaras, no sólo literal, sino también metafóricamente, para dejar de fingir que son sólo amigos y reconocer que se aman. Sin olvidar, por supuesto, el conmovedor final de los amantes bajo la lluvia, junto al gato.


       El personaje de Holly Golightly en Desayuno con diamantes posiblemente sea la mejor actuación de toda la carrera de Audrey Hepburn o, por lo menos, la más recordada a nivel mundial. La actriz asumió un doble riesgo con este trabajo; el de interpretar a una prostituta, algo que siempre podía dañar la imagen de una actriz en Hollywood, y el de interpretar a un personaje extrovertido y excéntrico, siendo ella tan tímida y natural. Por todo ello, Audrey Hepburn se sintió muy insegura durante todo el rodaje y, por si esto fuera poco, el autor Truman Capote no aprobaba su elección, lo que aún le provocó mayor incertidumbre. Pero todos sus esfuerzos se vieron recompensados  con un éxito que la lanzaría definitivamente como estrella internacional, ganando, además, el prestigio de ser nominada al Oscar a la mejor actriz, por su interpretación.


       También George Peppard obtendría un gran éxito gracias a este film, encarnando al introvertido y sensible escritor Paul Varjak, cuyo amor por Holly, Peppard supo transmitirnos en cada una de las silenciosas miradas que le dedicaba mientras ella hablaba sin parar. Asimismo, el actor nos hizo sentir; por una parte, la fortaleza de este aparente perdedor, que con su nobleza consigue que Holly se quite la máscara que siempre lleva puesta y acepte que su corazón le pertenece y, por otra parte, la dignidad con la que responde a los intentos de su amante, la Sra. Eustace, de humillarle, tras saber que va a dejarla, porque se ha enamorado de otra.

       «Sra. Eustace: Llévala a algún sitio durante una semana. Tienes derecho a unas vacaciones pagadas. Es una simple cuestión de bases de trabajo. Naturalmente, si fueses realmente listo reunirías a algunos de los de tu oficio para organizar un sindicato. Así, tendríais servicio médico y un seguro de paro forzoso para cuando estéis, ¿cómo lo diré?... descansando entre trabajo y trabajo.
       Paul: Gracias por haberme facilitado el camino.»


       La impúdica Sra. Eustace, interpretada con cinismo por una veterana Patricia Neal, cuyas miradas al joven escritor rebosan de libido insatisfecha, representa ese tipo de mujer de mundo, dispuesta a comprar los servicios de un joven atractivo, que satisfaga ese apetito que su marido ya no puede o no quiere satisfacer y que la haga sentir de nuevo esa ilusión, aunque sea fingida, que proporciona un nuevo romance. Patricia Neal interpreta cada una de las pocas escenas en las que aparece su personaje, de una forma tan ejemplar, que sólo percibimos al personaje, sin que veamos en ningún momento a la actriz.


       El padre de Blake Edwards, Jack McEdwards, era ayudante de dirección y actor, y su abuelo, J. Gordon Edwards, fue un director de cine mudo muy respetado, con semejante árbol genealógico no es de extrañar que Edwards terminara trabajando en la industria del cine, donde empezó como actor, después, fue guionista —junto al director Richard Quine— y, finalmente, terminó dirigiendo sus propias películas. Toda esa experiencia cinematográfica le convertiría en un director sobresaliente, sobre todo en el género de la comedia, en el que siempre destacó y supo ganarse una enorme y merecidísima reputación. Sin embargo, también dejó constancia de su gran talento a la hora de dirigir relatos de corte dramático. Esta gran versatilidad como realizador de ambos géneros cinematográficos hizo posible esta comedia romántica protagonizada por una antiheroína tan melancólica y, al mismo tiempo, tan divertida y salvaje como Holly Golightly. Desayuno con diamantes, no sería lo que es sin esta chica extrovertida y desdichada, que huye de la realidad para no enfrentarse a sí misma.

       «Paul: Holly…
       Holly: ¡No soy Holly! ¡Ni siquiera Lulame, no sé quién soy! Soy como este gato, somos un par de infelices sin nombre, no pertenecemos a nadie y nadie nos pertenece. Ni siquiera el uno al otro.»

       A Holly le asusta el amor, porque nunca lo ha conocido, y porque teme que alguien pueda llegar a conocerla tal como es, por eso, lucha por permanecer indómita y ajena a su propia existencia.

       «Holly: No entregues nunca tu corazón a un ser salvaje, porque, si lo haces, más fuerte se vuelve, hasta que tiene la suficiente fuerza para volver al bosque o volar hacía un árbol y luego a otro más alto, hasta que desaparece.»


       Este salvaje miedo al amor nos aleja del ser amado impidiéndonos crecer junto a él; pero Edwards, al aportar a la historia un final feliz lleno de esperanza para los jóvenes enamorados, nos anima a hacer frente al dolor y al miedo para superarlos y poder alcanzar la felicidad.