viernes, 26 de junio de 2020

QUINEMANÍA 1

“LA MISTERIOSA DAMA DE NEGRO” (1962) de Richard Quine


       Richard Quine ilustra, a través de esta comedia policíaca de intriga —en la que un diplomático se enamora de una mujer sospechosa de asesinato—, ese natural instinto de protección del hombre, que le arrastra a ponerse en riesgo a sí mismo para defender, con todas las armas a su alcance, a las mujeres de su vida.

     
       William Gridley (Jack Lemmon), Bill, tras llegar a Londres para trabajar en la embajada americana, se enamora de su encantadora casera, Carlyle Hardwicke (Kim Novak). Pero su jefe, Franklyn Ambruster (Fred Astaire), le advierte que la Sra. Hardwicke es sospechosa del asesinato de su desaparecido esposo y le presiona para que colabore, en la investigación del crimen, con el inspector Oliphant de Scotland Yard (Lionel Jeffries). Bill está convencido de que ella no lo hizo y se propone demostrar su inocencia. El mismo Ambruster, después de conocer a Carlyle, se inclina a considerarla inocente y se alía con Gridley para investigar el caso. Por desgracia, el marido de Carlyle reaparece de improviso en busca del botín de joyas que había escondido en un candelabro, que Carlyle acaba de empeñar. La amenaza con una pistola, forcejean, el arma se dispara y el señor Hardwicke muere. Durante el juicio, Bill trata de proteger a Carlyle, pero no dice más que tonterías, tratando de cargar con la culpa. Finalmente, la declaración de una vecina, la Sra. Brown (Philippa Bevans), que dice haber presenciado el accidente, libera a Carlyle de todos los cargos. Sin embargo, la buena señora lo que pretende es hacerse con las joyas, para lo cual, no duda en asesinar al prestamista. Carlyle y Bill, convencidos de que fue la Sra. Dunhill (Estelle Winwood) quien presenció el accidente, salen en busca de ella, camino de Penzance, para hacerla testificar contra la Sra. Brown. La cual, adelantándose a ellos, pretende asesinar a la pobre Sra. Dunhill, pero Bill y Carlyle, a pesar de que el inspector los considera sospechosos del asesinato del prestamista, harán todo lo posible para impedírselo.
          
       El director realiza, en “La misteriosa dama de negro”, una hábil mezcla de géneros, logrando ambientar esta comedia, básicamente romántica, dentro de una trama policíaca, aderezada con unas gotas de humor negro, una pizca de suspense —algo tenebroso— y un final apoteósico de comedia física a ritmo de musical. Imposible olvidar esa panorámica, a contraluz, de los personajes corriendo, en fila india, tras la silla de ruedas de la señora Dunhill, que se precipita colina abajo, hacia el acantilado, al ritmo de “La canción del general mayor”, perteneciente al musical de Gilbert y Sullivan, “Los piratas de Penzance” —tema musical muy apropiado, puesto que la escena tiene lugar en el hotel Wessex de Penzance—.
  
       Esta mezcla de géneros, a primera vista, puede parecer un cóctel, algo cargado, pero, agitado con la maestría, de buen artesano, de Richard Quine, termina resultando perfecto para defender con elegancia el inteligente guión de Blake Edwards y Larry Gelbart, hasta convertirlo en una película de ritmo impecable, cuyo interés no decae en ningún momento, y cuyo visionado nos fascina y divierte a partes iguales, no sólo por la presencia de Kim Novak y la interpretación de Jack Lemmon, sino también, por la armoniosa coreografía de los movimientos de los personajes y de la propia cámara. Todo ello arropado por la misteriosa y sugerente fotografía en blanco y negro de Arthur Arling y la envolvente música jazzística de George Duning.
     
       Quine atrapa al espectador desde la misma obertura del film, recorriendo con el hábil manejo de su cámara, todo el vecindario de la señora Hardwicke, para presentarnos a los distintos personajes que tendrán cierta relevancia en la trama. Inmediatamente después, nos muestra la reacción de los residentes, desde cada una de las ventanas, al oír el disparo del supuesto crimen del señor Hardwicke. Esta presencia de curiosos espiando desde las ventanas se repite cuando Carlyle y Bill se disponen a cenar en la terraza, ante la expectación de todos sus vecinos, que celebran con gusto que la velada acabe en incendio. Quine, admirador del cine de Hitchcock, se deja influir por “La ventana indiscreta” (1958) para narrar la constante vigilancia a la que se ve sometida la señora Hardwicke, por parte de todos los que la consideran una asesina. Tal y como hacía el personaje de James Stewart con su vecino de enfrente, al que creía responsable de la muerte de su mujer. Si en el film de Hitchcock el protagonista se convertía en un voyeur, en “La misteriosa dama de negro”, Quine convierte en voyeurs a todos los vecinos, pasando a ser la protagonista, la víctima del voyeurismo del vecindario.

    
       Pero Quine no sólo era diestro a la hora de mover la cámara, también sabía dónde colocarla para conseguir planos interesantes, funcionales y de gran plasticidad. El plano en el que vemos a Bill escondido en el armario de Carlyle mientras ella habla por teléfono, tumbada sobre su cama, es una buena muestra de ello. En dicha escena, además, tiene lugar un gag muy divertido, cuando Carlyle se quita la blusa y, al ir a guardarla en el armario, cuelga la percha en la oreja de Bill.
     
       En cuanto a la excelente ambientación de la película, hay que destacar el acertado uso del blanco y negro, para acentuar la tenebrosa atmósfera, que la recreación de la niebla londinense proporciona al film, al tiempo que reviste la enigmática belleza de Kim Novak de un romanticismo embriagador, que invita al espectador a identificarse por completo con los sentimientos románticos de Gridley.
    
       El guión, escrito por dos comediógrafos de la talla de Blake Edwards y Larry Gelbart, posee unos diálogos inteligentes y divertidos, dotados, más que de un ingenio arrollador, de una fina ironía, que es precisamente lo que permite dar un mayor protagonismo a la tierna historia de amor que surge entre estos dos personajes, que cuando apenas acaban de encontrarse, se ven envueltos en una intriga policíaca, que, estorba el inicio de su relación. Los diálogos de la pareja protagonista están cargados de una simpatía y una sensualidad, que dibujan en el espectador una sonrisa cómplice, que los convierte en aliados incondicionales de ese amor que empieza entre los protagonistas, desde el primer encuentro de la pareja, hasta el mismo final.

    
       “Bill: Detrás de un triunfador, hay siempre    una mujer como usted, si es afortunado.
       Carlyle: ¿Qué es lo que sabe de mí? Podría ser su ruina.
       Bill: Estoy dispuesto a correr el riesgo, el compromiso es la piedra angular de la diplomacia. Dígame, ¿qué hay de peligroso en usted?
       Carlyle: Esta noche, nada.”
    
       Este tipo de diálogos elegantes y entretenidos era una de las constantes en las comedias de este director norteamericano, que llevó a cabo lo mejor de su cinematografía entre las décadas de los cincuenta y los sesenta. Años en los que colaboró con su amigo Blake Edwards y con su musa Kim Novak. Edwards y Quine se conocieron cuando ambos trataban de abrirse camino como actores, y terminaron escribiendo guiones juntos y dirigiendo películas por separado. Escribieron siete películas, de las cuales, Quine dirigió cinco y Edwards dos. Pero, ya fuera en solitario o en colaboración con otros escritores, la presencia de Edwards como guionista, imprimiendo su humor en las películas de Quine, era algo habitual. 
    
       Por su parte, Novak, de la que Quine se enamoró perdidamente, trabajaría con el director en cuatro de sus películas, “La casa 322” (1952), “Me enamoré de una bruja” (1958), “Un extraño en mi vida” (1960) y “La misteriosa dama de negro” (1962), última película en la que actriz y director trabajarían juntos. Novak encarna, en el film, a una mujer acorralada, que se ve envuelta en graves problemas a causa del sinvergüenza de su marido; una mujer extraña, que asume con dignidad las consecuencias de haber cometido el error de casarse con el hombre equivocado. La actriz aporta a este personaje, además de su distante atractivo, una cierta vulnerabilidad y una estoica resignación —pues pase lo que pase la Sra. Hardwicke nunca llora—, que se ganan el respeto del público.
   
       “Ambruster: Las fotografías no la hacen justicia.
       Carlyle: La iluminación no es buena en las comisarías.”
    
       Kim Novak demuestra, asimismo, estar a la altura del tono humorístico de la película, en la cómica pelea que su personaje mantiene con la Sra. Brown en Penzance. Una batalla, coreografiada con el humor propio del slapstick, en la que los golpes, las caídas y los porrazos se suceden. Y hay que decir que pocas mujeres se han caído con tanta gracia como Novak en esta secuencia, en la que finalmente, termina embistiendo a la mastodóntica Sra. Brown como una auténtica cabra montesa. Y aunque la belleza de Kim Novak, en esta cinta, es innegable, también lo es que Quine se encargó de fotografiarla de tal modo, que su imagen ejercía una irresistible fascinación en la pantalla. Kim Novak había trabajado junto a Jack Lemmon por primera vez en la película de Mark Robson “Y fueron felices” (1954), en la que interpretaba un papel secundario y donde ya podía apreciarse la extraña química que había entre ambos intérpretes. A pesar de la glamurosa imagen de ella y el aspecto sencillo de él, juntos, se complementaban, formando una pareja, de la cual emanaba una dulce y cálida pasión, que envolvía al espectador gratamente. Es lo que sucedía en “La misteriosa dama de negro”, comedia romántica de Quine, que Novak inundaba de misterio y Lemmon de simpatía. Era la segunda vez que trabajaban juntos para Quine, después de haber hecho de hermanos en “Me enamoré de una bruja”.

     
       Jack Lemmon fue uno de los actores favoritos de Quine, su gran expresividad, su incuestionable vis cómica y la credibilidad que aportaba a sus personajes hacía de cada una de sus interpretaciones verdaderas clases magistrales de cómo encarnar un personaje con absoluta sinceridad. En “La misteriosa dama de negro”, Lemmon soporta con ligereza el peso de la mayor parte del metraje, haciendo creíble su profesión de diplomático norteamericano y su condición de enamorado protector de la dama en apuros.
    
       “Ambruster: Escúcheme, la Sra. Hardwicke asesinó a su esposo.
       Bill: Entonces, hay motivo de divorcio… ¡¿Qué?! ¡¿Ella qué?!
       Ambruster: Digo, que esa mujer absolutamente maravillosa asesinó a su esposo. Separación definitiva.”
    
       La secuencia en la que, sugestionado por el inspector de Scotland Yard, llega a pensar que Carlyle quiere envenenarlo, resulta una de las más reveladoras del gran talento de Lemmon para hallar el punto medio de la gestualidad cómica, sin pasarse de la raya.
      
       Buena parte del humor de la película se basa en la sutil ironía con la que se expresan los personajes, siendo la de Ambruster (“Mr. Inoportuno”) la más inglesa de todas ellas, lo cual es muy apropiado, puesto que el personaje lleva tiempo viviendo en Londres y, como diplomático, se supone que debe haber aprendido a manejar el famoso humor inglés para desenvolverse entre los ingleses de una forma efectiva.
     
       “Ambruster: Cuando yo le ordené que mantuviera en el más estricto secreto su estancia en casa de la Sra. Hardwicke, ¿creyó que la mejor manera de obedecer mis órdenes era pegándole fuego a Londres?”

     
       Sorprende la fina socarronería de Fred Astaire al interpretar, con suma elegancia, a este americano flemático y desenfadado, para el que la llegada de Gridley, con su inapropiada relación con la Sra. Hardwicke, supone una pesadilla personal y un hándicap en su brillante carrera diplomática.
    
       “Inspector: ¿Ha dormido bien, señor? 
       Ambruster: He tenido un sueño maravilloso. Estaba en un campo de tiro y los blancos tenían la cara de Gridley.”
    
       Gridley le complica la vida y, aún así, le cae bien, porque, en el fondo, le gustaría estar en su lugar, él mismo está un poquito enamorado de Carlyle. Astaire dota a su personaje de una desenvoltura y una armonía de movimientos que delata su calidad de experto bailarín, hasta en los momentos en que permanece estático, como cuando se queda dormido en el sofá del despacho del inspector en Scotland Yard, en una postura de lo más distinguida. Hay un guiño, en la forma en la que Ambruster recorre con diligencia el pasillo de la embajada camino de su despacho, al McNamara de James Cagney, cuando hacía lo propio en el film “Uno, dos, tres” (1961) de Billy Wilder. Ambos llevan bombín, paraguas y maletín, y caminan con decisión y una aplastante seguridad en sí mismos. Quine utiliza esta acción habitual en el personaje de Fred Astaire para mostrar, al espectador, su estado de ánimo, en cada una de las ocasiones en que le vemos llegar a la embajada. Ambruster recorre el mismo pasillo con la misma energía; pero, según las circunstancias, unas veces, lo hace feliz y otras, enojado.
    
       En las escenas de acción de la película, Quine utiliza el recurso humorístico de hacer que dos o más personajes se crucen —ya sea en coche o a pie— sin llegar a verse, lo que siempre resulta divertido y aporta cierto dinamismo y suspense al desarrollo de los acontecimientos. Dentro del tren, camino de Penzance, Carlyle, al salir de su compartimento para ir al aseo, se cruza con la Sra. Brown que regresa del mismo, sin que ninguna de las dos llegue a ver a la otra. Todo este juego de cruces entre los personajes —en los que unos llegan, cuando otros se van o unos salen de un coche, cuando otros acaban de irse en un vehículo diferente— crea la sensación de que los personajes se mueven como si estuvieran ejecutando una danza de la que no son conscientes, y funciona, en esta comedia de Quine, con la misma eficacia y encanto que lo hacían las puertas en las comedias de Lubitsch.
     
       Otro técnica humorística empleado en el film es aquélla que consiste en cambiar bruscamente el tono de la conversación, ocurre cuando un personaje habla, por ejemplo, en un tono melancólico y el otro le contesta con un chiste, rompiendo el tono de la conversación y por ende, haciendo reír al público.
     
       “Carlyle: Hay algo en este instrumento que es como el sonido de la eternidad.
       Bill: Sí. ¿Sabe mi querida Clementine?”
    
       También la herramienta del humor físico es empleada, en el film, de una manera sutil, no sólo en la secuencia final, sino también en determinados momentos, en los que un tropezón, un resbalón o una caída —bien ejecutados— pueden romper una situación seria o dramática para arrancar una buena carcajada al público. Es lo que ocurre cuando Bill, en el juicio, hace un discurso muy elocuente en el que trata de inculparse para defender a Carlyle y al terminar de hablar se sienta muy digno, olvidando que no hay silla y cayéndose de culo. O cuando la cena en la terraza termina en un lamentable incendio y los bomberos al abrir la manguera riegan, sin querer, a Bill que cae de forma muy cómica sobre la hamaca.
     
       Los diferentes personajes de reparto, que aparecen en las sucesivas secuencias del film, son aprovechados por Quine no sólo para hacer avanzar la trama, sino también para adornar dichas secuencias con chistes, a fin de lograr que el tono humorístico no decaiga. Entre estos personajes, podemos citar al chico que está besándose con su novia en el callejón en el que Bill se esconde cuando está siguiendo a un extraño, que ha visto salir de casa de Carlyle. Al meterse en el callejón, Bill tropieza con unos cubos de basura, el extraño se vuelve y Bill, para disimular, maúlla como un gato. El extraño sigue andando y el chico, muy molesto le dice a Bill: “¡Lárgate, gatita!”. También es digno de mención el niño que siempre anda incordiando por el vecindario y que, justo cuando Bill acaba de enterarse que Carlyle es sospechosa de haber matado a su marido, le espeta: “Mi madre dice que usted es el siguiente”, provocando en Bill una inquietud, que se acentúa cuando, esa misma noche, el niño asoma la cabeza por el muro de la terraza para insistir: “Mi padre también dice lo mismo”.

       
       En cuanto al resto de actores secundarios, todos ellos británicos como los personajes que interpretan, hay que decir que realizan unas muy creíbles y divertidas composiciones, siendo la del inspector Oliphant (Lionel Jeffries) uno de las más entrañables, por la humanidad con la que este policía ejerce su profesión:
    
       “Inspector: Las mujeres no sólo pueden ser amantes esposas y madres abnegadas, sino también asesinas eficientes. Benditas sean.”
   
       Por su parte, Philippa Bevans, en su papel de la Sra. Brown, resulta una codiciosa e inquietante enfermera, que usa el fonendo para escuchar tras las puertas y no duda en asesinar a todo el que se interponga entre ella y una vida de opulencia. Y, aunque sus maneras nunca llegan a ser tan escalofriantes como las de la enfermera Ratched (Louise Fletcher) de “Alguien voló sobre el nido del cuco” (1975) de Milos Forman, la frialdad de su mirada no tiene nada que envidiarle a ésta.
       Por último, no podemos olvidar la presencia de la siempre efectiva y cómica Estelle Winwood, como la Sra. Dunhill, que, con su impagable manera de usar las interjecciones y sus cómicos gestos, consigue arrancar la risa del espectador cada vez que aparece en una secuencia, sin necesidad de levantarse de su silla de ruedas.
   
       La trama amorosa de la película delata el profundo romanticismo de Richard Quine, quien al no poder seguir dirigiendo películas, por haber caído en el olvido, se suicidó pegándose un tiro en la cabeza, en 1989, al más puro estilo de nuestro romántico Mariano José de Larra. Del mismo modo, el personaje de Jack Lemmon, William Gridley, también es un romántico incurable, que se enamora de una forma casi instantánea de Carlyle y desde ese instante la idea del matrimonio empieza a revolotear por su cabeza sin que ni él mismo lo aprecie. Es por eso que Bill siempre bromea con la idea de casarse con Carlyle o con el hecho de ser su esposo.


    
       “Bill: ¿Dónde está su esposo?
       Carlyle: La verdad, no lo sé.
       Bill: ¿Que no lo sabe? Si estuviera casada conmigo, siempre sabría dónde estoy.
       Carlyle: ¿De veras?
       Bill: Seguro. Y yo sabría dónde estaba usted.”
    
       Parece como si no pudiera evitar la cuestión del matrimonio, desde que, como él dice, “súbitamente, la vio”.
     
       Otro detalle que subraya el enamoramiento del protagonista es la manera en la que Bill siempre anda recogiendo del suelo las cosas que Carlyle va perdiendo, cuando las cosas se ponen feas. Tras el incendio en el jardín, Bill recoge del suelo el zapato de Carlyle, como un auténtico príncipe azul… “Carlyle, no quisiera que fuera usted un sueño. No se desvanezca en la noche.” Del mismo modo, Bill recoge, en la hierba de Penzance, el sombrero que se le cae a Carlyle cuando persigue a la Sra. Brown, y lo hace mientras empuja la silla de ruedas de la Sra. Dunhill, cuesta arriba. Y es que todos los objetos que pertenecen a Carlyle son tan preciados para él como su dueña y, como a ella, Bill no puede dejarlos escapar. 

       Pero la prueba de amor más evidente es el hecho de que Bill, por ayudarla, ponga en juego su carrera diplomática, justo en el momento en que su situación había empezado a mejorar, después de años marchitándose en Arabia Saudí, y justo después de que su jefe le advierta: “Cumpla con su trabajo, mantenga limpia su vida privada y puedo asegurarle una feliz estancia en Londres”. Al involucrarse con una mujer sospechosa de asesinato, que ha salido en todos los periódicos, y de la que vaya a donde vaya, todo el mundo murmura, la situación de Bill en la embajada peligra más y más. Carlyle también se siente atraída por Bill, desde el principio, pero su desafortunada experiencia matrimonial, la lleva a mostrarse cautelosa. Incluso trata de apartar a Bill de su lado para no perjudicarle en su carrera, pero él se queda, dispuesto a todo.
   
       “Bill: Bueno, creo que dije otras cosas. Entre ellas, que la adoro a usted. ¿No lo dije? Pues se lo diré ahora: La adoro. Aunque hubiera matado a tres esposos, la adoraría.
       Carlyle: Bill, eres un estúpido, eres un idiota. Por favor, márchate de aquí. No te necesito.”
   
       Se insiste mucho, en el film, sobre esta cuestión de la necesidad de la persona amada. Carlyle finge no necesitar a Bill, por el bien de éste, sin embargo, al final, terminará reconociendo que sí le necesita. Y Bill al escuchar las palabras “te necesito”, pronunciadas por Carlyle se derrite como si de la más tierna declaración de amor se tratara. A su vez, Carlyle que se niega a testificar en el juicio, sólo accede a hacerlo cuando Bill le dice que tiene que hacerlo porque “la necesita”, lo cual para los personajes del film equivale a decir te amo. Para ellos, como para Erich Fromm, “el amor maduro dice: te necesito, porque te amo”. Quine nos transmite su convicción de que el amor es, para un hombre, más importante que su carrera profesional y, por tanto, hace bien en anteponerlo a todo. El amor es unidad, es aceptación, es estar dispuesto a darse y a recibir al otro, sin reservas. Es renunciar a uno mismo como individuo para formar unión con el ser amado, dejar de ser Yo para ser Nosotros. Y a esto último todos nos resistimos un poquito, porque el pensamiento nos frena. El corazón nos impulsa en una dirección y la mente, en la opuesta.
   
       Quine plantea, en el film, esta disyuntiva entre sentir o pensar. Gridley se deja arrastrar por sus sentimientos hacia Carlyle con una fuerza imparable y, no obstante, sus pensamientos le hacen dudar. Hay un momento, en la historia, cuando todo parece indicar que Carlyle es una asesina, en que a Gridley comienzan a pesarle las opiniones, de Ambruster y del inspector Oliphant, en contra de la inocencia de ella e incluso llega a temer que ella quiera envenenarlo. Pero sólo es un momento pasajero, que pasa en cuanto Gridley vuelve a tener a Carlyle frente a frente.
    
       “Gridley (Después de probar el whisky que ella le ha preparado): Es delicioso… ¿Cómo pude pensar…? Vamos a encender el fuego, ¿eh?
       Carlyle: De acuerdo.”
    
       Gridley comprende que su corazón no miente y que la mente analítica todo lo embrolla en cuestiones de amor, porque, como decía Pascal, “el corazón tiene razones que la razón no entiende”.

jueves, 28 de mayo de 2020

LLOYDMANÍA 3

“EL ESTUDIANTE NOVATO” (1925) de Harold Lloyd

       Considerada la película más taquillera de Harold Lloyd y una de las mejores de su filmografía —siempre por detrás de “El hombre mosca”—, “El estudiante novato”, dirigida por Sam Taylor y Fred Newmeyer, nos presenta, una vez más, al “chico de las gafas” encarnando a uno de los personajes favoritos de Lloyd, el chico tímido e ingenuo que termina convirtiéndose en héroe.

     
       El joven Harold Lamb (Harold Lloyd) consigue ahorrar dinero para ir a la universidad Tate, donde espera convertirse en el hombre más popular del campus. En el tren, camino de la universidad, simpatiza con Peggy (Jobyna Ralston), una chica que trabaja en el hotel de la universidad, al tiempo que ayuda a su madre en la pensión. Recién llegado al campus, Harold se convierte, debido a su exceso de entusiasmo, en el blanco de las bromas del matón de la universidad (Brooks Benedict), que se las ingenia para que Harold haga el mayor de los ridículos ante sus compañeros. Pero Harold ignora que se ha convertido en el tonto del campus y continúa con su empeño de ser popular, para lo cual, trata de entrar en el equipo de fútbol aunque sólo consigue ser aguador— y se ofrece como anfitrión en la fiesta de otoño de la universidad. Durante la que Harold será totalmente feliz, pensando que todos quieren ser sus amigos y descubriendo que Peggy le ama. Pero, antes de que acabe la noche, todas sus ilusiones se desmoronan cuando el matón se propasa con Peggy y Harold tiene que darle un puñetazo; entonces, furioso, el matón le hace ver a Harold que todos se están burlando de él. Harold se derrumba y Peggy le consuela, animándole a ser él mismo y a demostrarles lo que vale. Malinterpretando las palabras de Peggy, Harold se convence de que su única oportunidad, para redimirse ante sus compañeros, es jugar en el próximo partido. Así que, el día del encuentro, se desespera en el banquillo, esperando a que el entrenador le dé una oportunidad. Al final, contra todo pronóstico, Harold convence al entrenador y entra en el campo y a pesar de que mete la pata varias veces, consigue salvar el partido en el último minuto. Convirtiéndose en ese hombre tan popular que tanto ansiaba ser, ese hombre al que, ahora, todos quieren parecerse.
     
     
       Los creadores de la historia, Sam Taylor, Ted Wilde, John Grey y Tim Whelan, construyeron una serie de secuencias cómicas, basándose en la importancia que conceden los jóvenes a la popularidad en el ámbito universitario, donde, los estudiantes, a menudo, adoptan una personalidad que no les corresponde, con tal de ser aceptados por el grupo, para sentirse más seguros de sí mismos. Este deseo de encajar es, en el fondo, el deseo de gustar, de caer bien, de contar con las simpatías de los que nos rodean. Pero, si nos aceptan por lo que aparentamos, y no por lo que somos, de alguna forma, estamos viviendo una mentira. Además, al actuar de una determinada manera, sólo por complacer a los demás, en lugar de complacernos a nosotros mismos, corremos un doble peligro, el de terminar rechazando a la persona que somos en realidad y el de tener que seguir fingiendo esa personalidad falsa eternamente. Esto es precisamente lo que le sucede a Harold Lamb y lo que Peggy trata de hacerle comprender.
    
       “Peggy: Harold, no has sido honesto contigo mismo. Has pretendido ser lo que creías que querían que fueras. Deja de fingir, Harold. Sé tú mismo. Sal y gústales por lo que realmente eres y lo que puedes hacer.”

     
       Persiguiendo la aceptación social, Harold procura convertirse en un héroe deportivo, aunque no sepa nada de fútbol; vestir a la moda, aunque sus medios sean escasos y tener muchos amigos, aunque no conozca bien a nadie. Y así, termina parando los placajes de todo el equipo de fútbol, con tal de complacer al entrenador; vistiendo un traje impecable, que se le cae a pedazos o invitando a helado a un montón de gente a la que no conoce de nada. El mismo padre de Harold, al principio de la película, pronostica el batacazo que se va a dar su hijo, cuando advierte que está tratando de hacerse pasar por alguien que no es:
      
       “Me temo, ma, que si Harold imita a ese actor de cine en la universidad, le romperán el corazón o el cuello.”
      
       Los guionistas de la película construyeron la comicidad del personaje de Harold, basándose en la diferencia que existe entre cómo nos percibimos a nosotros mismos y cómo nos perciben los demás. Harold se reinventa a sí mismo, creando una personalidad, que él, en su ingenuidad considera atrayente, porque la ha visto retratada en el cine:

       “Harold: Sólo soy un tipo normal. Dad un paso al frente y llamadme Speedy.”
      
       Pero, como es natural, sus compañeros de la universidad, perciben esa personalidad como algo absolutamente ridículo, y lo toman como un completo idiota, burlándose de él. El problema de Harold es que, en su ingenuidad, ha confundido la vida con el cine y cree que si imita al protagonista de una película, le pasaran las mismas cosas buenas que a él. Y es tanta su ceguera, que, cada vez que su personaje va a estrechar la mano a alguien, ejecuta un bailecillo absurdo que ha visto en la pantalla. Hay que señalar que este bailecillo constituye uno de los mejores y más desternillantes rasgos de personaje cómico, que se hayan perfilado jamás en una comedia.

     
       El dilema de todo estudiante, en sus años de universidad, cuando debe elegir entre “Ser o Aprender” ni siquiera llega a plantearse en el film, porque todos, en la universidad Tate, desean Ser —entiéndase “Ser popular”—. El mismo Harold sueña con la universidad para ser popular, no para estudiar o aprender algo en concreto, ni siquiera se nos informa de qué disciplina estudia Harold, porque es irrelevante para la historia. De hecho, la película refleja la vida estudiantil en lugares como la estación, los jardines, el campo de fútbol, el hotel y el salón de actos, y jamás se ve a los estudiantes en un aula o estudiando en la biblioteca. Porque, en la universidad Tate, tal y como suele suceder en la mayoría de las universidades americanas —donde valen más los logros deportivos que los académicos—, nadie parece interesado en los estudios y todos admiran a los mejores deportistas, a los que quieren imitar en todo. El ídolo de Harold es Chet Trask (James Anderson), el capitán del equipo de fútbol, al que admira tanto, que tiene su foto pegada en la pared. Más tarde, Harold recorta con orgullo su propia foto del periódico de la universidad y la pega bajo la foto de Chet; después, al lograr entrar en el equipo de fútbol, Harold pone su foto a la misma altura que la de Chet y, por último, cuando se convierte en el anfitrión de la fiesta de otoño, incluso la pone por encima de la de Chet. En su fantasía, Harold cree estar superando a su ídolo, hasta que, finalmente, al sufrir el desengaño de saber que es el hazmerreir del campus, la foto es arrancada de la pared por una ráfaga de viento y termina en la papelera. Mediante este ascenso y caída de la foto de Harold, los directores nos muestran, de forma harto elegante y cómica, la evolución interna del personaje a su paso por la universidad.
     
       En la película de Buster Keaton, “El colegial” (1927), este dilema del que hablábamos, entre “Ser o Aprender”, sí que se plantea, al principio del film, cuando el protagonista, recién graduado con honores, pronuncia un discurso sobre “la maldición del atletismo”, afirmando que: “El estudiante que pierde su tiempo en el atletismo, en lugar de estudiar, solo evidencia ignorancia.” Aún así, este mismo personaje terminará claudicando y descuidará los estudios por el deporte, para conquistar a la chica que ama.

    
       Los directores de “El estudiante novato”, Sam Taylor y Fred Newmeyer, plantearon el conflicto del film, desde el primer instante en que Harold llega al campus y lo hicieron de una forma sencilla y desternillante. Harold quiere ser popular, así que ellos le ponen sobre un escenario ante una sala llena de estudiantes, para que tenga su oportunidad de deslumbrarles con su simpatía y su personalidad, pero el drama de Harold comienza cuando su timidez le traiciona y termina convirtiéndose en el tonto del campus, por obra y gracia del inevitable matón de turno, que le juega una mala pasada.
     
       Este matón —encarnado de forma convincente y socarrona por Brooks Benedict— es un personaje imprescindible en el film, es el vehículo a través del cual Harold termina dándose cuenta de lo importante que es ser uno mismo. Desde el momento en que aparece en pantalla, gastando novatadas a los nuevos estudiantes, este matón de clase alta se define como lo que es: “El peligro de los estudiantes de primer año”. El típico estudiante ocioso que fastidia y ridiculiza a los demás para hacerse el gracioso. Acosa a Harold por ser el novato más ingenuo y, por tanto, el más fácil de manipular. Y acosa a Peggy por ser una chica trabajadora, a la que considera que no tiene por qué respetar, al pertenecer a una clase inferior. Como todos los matones, es un cobarde, que en cuanto Harold le planta cara, tumbándolo de un puñetazo, se achanta, incapaz de devolverle el golpe. Demostrando que Peggy tenía razón:
     
       “Peggy: Harold Lamb tiene más agallas en su dedo meñique, de las que tienes tú en toda tu cara de engreído.”
      
       En realidad, el matón persigue lo mismo que Harold, ser popular y ganarse la simpatía de la gente, a costa de sus víctimas. Siempre aparece alegre y rodeado de sus amigos, pero también él está fingiendo ser un gallito para ser aceptado. En el fondo, Harold es alguien a quien el matón necesita para demostrar a los demás lo gracioso que es y lo mucho que vale, comparado con el tonto de Harold. Sin embargo, el “tonto de Harold”, durante la fiesta en el hotel, consigue engañarle cuando, tras prestarle diez dólares, se los quita del bolsillo sin que el matón se dé cuenta. Después, vemos al matón, muy extrañado buscándose los diez dólares por todos los rincones de su traje. En realidad, a Harold, el matón ni siquiera le cae bien, desde que, por su culpa, tuvo que invitar a helado a una muchedumbre de estudiantes. Invitación que le hizo ganarse el apodo de “Speedy, el espléndido”.
     
       Speedy era el apodo de Harold Lloyd cuando era joven, su padre se lo puso porque era un chico muy inquieto y a Lloyd debió gustarle, porque este apodo, que significa en español “relámpago”, no sólo aparece en “El estudiante novato”, sino que también vuelve a ser el apodo de Harold en la película llamada, precisamente, “Speedy” en 1928.
     
       Peggy representa a la única amiga verdadera de Harold, la que le conoce y le ama tal como es. Desde el principio, Peggy descubre que todos se están burlando de Harold y trata de advertirle, pero el entusiasmo y la ilusión de Harold terminan sellando sus labios. Frente a las alocadas y superficiales chicas del campus, que revolotean alrededor de Harold para pitorrearse y aprovecharse de su generosidad, Peggy encarna a la chica trabajadora, que no tiene tiempo para divertirse ni dinero para estudiar. Aún así, como cualquier chica joven, también tiene sus sueños. Es conmovedora la escena en la que Peggy observa, a través de un espejo, desde el mostrador del guardarropa, cómo se divierte la gente de su edad en la fiesta de otoño, a la que ella no puede acudir. Jobyna Ralston interpreta a esta chica sensata y dulce, con una sensibilidad y un romanticismo, que la hacen entrañable. En la escena en la que Harold se estremece al descubrir a Peggy besando con pasión el ramo, que él le ha regalado, la efusividad de Jobyna Ralston hace comprensible, para el espectador, que el inocente Harold quede completamente erotizado. La historia de amor, entre Peggy y Harold, es tratada en el film con mimo y dedicación, brindándonos momentos llenos de ternura y poesía. 

Cabe mencionar la escena en la que Peggy cose el botón de la camisa que Harold lleva puesta mientras él la mira extasiado y va cortando con unas tijeras los botones de su chaqueta, para retenerla a su lado un poco más. El personaje del sastre (Joseph Harrington), cuyo poderoso motor cómico consiste en que se desmaya cada dos por tres y hay que reanimarlo con brandy, se encariña con Harold, del mismo modo en que lo hace Peggy, porque ve en él a un chico de buen corazón, comprensivo y paciente, que confía en los demás y que, a su vez, es confiable. El sastre hace un traje a Harold, que, como el mismo Harold, tampoco es lo que parece. Con apariencia de traje impecable, es un traje hilvanado, sin terminar, cogido por los pelos, lo mismo que la personalidad que Harold adopta ante los demás. Un traje que, al igual que las imposturas de su dueño, se deshace, ante el menor contratiempo, demostrando lo temporal de sus hechuras. Los numerosos gags a que dan lugar las continuas roturas del traje, con el sastre escondido tras las cortinas para coserlo sin que nadie se dé cuenta, son a cada cual más hilarante. El mismo hecho de que Harold termine desnudo ante sus compañeros encierra un gran simbolismo, se trata de una clara anticipación del desnudo emocional al que tendrá que enfrentarse el personaje, al descubrir que todos se están burlando de él a escondidas.

     
       Otro personaje secundario de gran relevancia en la historia es el fiero entrenador del equipo de fútbol, que según el intertítulo: “… es tan duro que se afeita con un soplete”. Magníficamente interpretado por Pat Harmon, pasa a formar parte de esa larga tradición de apasionados entrenadores cinematográficos, que se tiran de los pelos y de la ropa con impotencia, al ver perder a su equipo, o que bailan como posesos cuando lo ven apuntarse un tanto.
       El entrenador, igual que Peggy y el sastre, reconoce las cualidades de Harold, pero, a diferencia de ellos, no sabe valorarlo, y lo único que hace es aprovecharse de toda esa energía para entrenar al resto del equipo.
     
       “Entrenador: Ese chico tiene un gran espíritu. Odio tener que decirle que no puede formar parte del equipo.”
     
       La sucesión de gags ideados por Lloyd y su equipo de gagmen para el partido de fútbol, fueron la idea matriz de la que brotó la historia de la película. Al parecer, la secuencia del partido fue lo que se grabó en primer lugar, incluso antes de que hubiera un protagonista bien definido o un argumento consolidado. Sin embargo, la secuencia tuvo que volver a rodarse, al carecer de emoción. Lloyd necesitaba conocer la motivación del personaje y el clímax de la historia para conseguir que la secuencia funcionara de forma cómica y tuviera interés para el público. Rodada por segunda vez, formando ya parte de una trama bien construida, la secuencia es emocionante, divertida y espectacular. Y, aunque el partido quedó relegado al tercer acto, no por eso deja de ser una de las secuencias más inolvidables del film. 
      
       Finalmente, convertido en un triunfador, gracias al fútbol, Harold comprende que lo importante son las relaciones sinceras y, por eso, lo único que desea es que le dejen en paz para poder leer la nota de Peggy. Buscando intimidad, se refugia en los baños, donde, se queda tan extasiado, leyendo la declaración de amor de su chica, que se apoya sobre la llave de la ducha y, con una sonrisa en el rostro, permanece impertérrito mientras el agua empapa su ropa. El agua, símbolo de vida, purificación y esperanza, supone para Harold un nuevo comienzo, el inicio del camino hacia la madurez, una vez superadas las inseguridades de la juventud.

    
       “El estudiante novato” termina sin que lleguemos a saber quién es el vyerdadero Harold Lamb. Sabemos que es un chico soñador y lleno de recursos, que tiene un corazón tierno y un gran empuje, pero no sabemos qué espera de la vida. Preston Sturges, admirador de Harold Lloyd y de otros genios del cine mudo, nos mostró, en su película de 1947 “El pecado de Harold Diddlebock”, su particular enfoque sobre la evolución del personaje de Harold Lamb en el futuro —aunque en su film, incomprensiblemente, se llamara Harold Diddlebock—. En la versión de Sturges, vemos a un Harold —interpretado por un Lloyd ya maduro, en su última aparición como actor de cine—, cuyo espíritu incombustible se ha marchitado, en una oficinucha, a la espera de una oportunidad para prosperar, pero aún podemos reconocer en él la misma bondad, el mismo brío y la misma inclinación a llamar la atención y a hacer el ridículo, que demostraba en “El estudiante novato”. De manera, que el personaje apodado “Speedy, el espléndido”, pasa a ser conocido como “el lunático del león”.

sábado, 25 de abril de 2020

LLOYDMANÍA 2
      
“EL HOMBRE MOSCA” (1923) de Harold Lloyd



       La dureza del camino que debe emprender todo ser humano para ascender en la escala social queda reflejada, de manera metafórica, por Harold Lloyd, en este film, en el que le vemos escalar doce plantas de un edificio, enfrentándose a un sinfín de obstáculos en su ascenso, hasta alcanzar la tan ansiada cumbre. Lloyd encarna al joven de origen humilde, que emigra a la gran ciudad en pos de sus sueños, dispuesto a trabajar duro, con energía y optimismo, haciendo frente, con diligencia, a todo lo que se interponga entre él y el éxito. El personaje de Lloyd camina, durante todo el film, por la fina línea que separa el éxito del fracaso, viéndose obligado a realizar verdaderas acrobacias de ingenio para conservar su empleo y, más adelante, —cuando el destino le ponga delante la tan ansiada oportunidad de medrar—deberá, además, llevar a cabo una auténtica proeza física para lograr la riqueza que tanto anhela.
          
       El sueño americano, encarnado con tesón por Harold Lloyd en esta película —dirigida por Fred Newmeyer y Sam Taylor— garantizaba el éxito final a su protagonista. Puesto que, en la mentalidad americana de la época, un hombre emprendedor, dispuesto a afrontarlo todo, con su incansable voluntad, no podía obtener más resultado que el triunfo. El mismo Lloyd afirmaba que “todo es posible para el que quiere emprenderlo”. Lloyd representaba a ese chico que todos hubieran querido ser en los años veinte, de ahí el enorme éxito del cómico entre el público americano de su tiempo.

       Harold (Harold Lloyd), joven pueblerino de Great Bend, marcha a New York con la esperanza de hacer fortuna para casarse con su novia Mildred (Mildred Davis). Pasados unos meses, Harold sólo ha conseguido un empleo de dependiente en unos grandes almacenes, que apenas le da para pagar el alquiler del apartamento que comparte con su amigo Bill (Bill Strother), un trabajador de la construcción, habituado a las alturas.   

Sin embargo, Harold, a pesar de las estrecheces económicas, gasta todo lo que gana en enviar regalos a su novia, haciéndola creer que está teniendo mucho éxito. Por lo que Mildred, convencida de que Harold tiene un buen puesto y gana bastante dinero, decide ir a la ciudad a reunirse con él. La inesperada llegada de Mildred sorprende a Harold, que tiene que servirse de todo su ingenio para que ella no se dé cuenta de que es un simple empleado, al que pueden despedir en cualquier momento. De manera que, cuando, por casualidad, escucha a su jefe decir que daría mil dólares a cualquiera que tuviera una idea para atraer a una gran muchedumbre a la tienda, piensa que podría conseguir los mil dólares, aprovechando la habilidad de Bill para trepar por los edificios, como reclamo publicitario. Harold ofrece a su amigo la mitad del dinero, por realizar la hazaña, y promete a Mildred que se casarán al día siguiente. Pero, antes de que Mildred llegara a la ciudad, Harold había gastado a Bill una broma que le había metido en problemas con un policía (Noah Young), del que Bill tuvo que huir trepando por la fachada de un edificio; así que el policía, en cuanto ve en el periódico el anuncio del evento, decide ir allí a comprobar si el hombre misterioso que va a realizar la proeza es el mismo tipo que se le escapó.
Cuando Bill ve al policía se esconde mientras Harold trata, inútilmente, de alejarlo del edificio. Finalmente, Harold deberá iniciar el ascenso, en lugar de Bill, con la intención de que éste le sustituya en la segunda planta. Por desgracia, el policía sigue a Bill, al interior del edificio, y, a partir de ese momento, ya no podrá despistarlo. Harold tendrá que continuar el ascenso, planta a planta, jugándose la vida una y otra vez, hasta lograr alcanzar la azotea, donde Mildred le estará esperando, vestida de blanco, para recibirle en sus brazos.
       
       El personaje de Harold Lloyd en “El hombre mosca” es un chico astuto con cierta habilidad y malicia para salir airoso de cualquier situación usando su ingenio. Si de Ulises se decía, en la Ilíada, que era rico en ardides, del personaje de Lloyd en el film se podría afirmar exactamente lo mismo, porque encarna, en todo su esplendor, al pícaro norteamericano, que no tiene nada que envidiar ni a nuestro Lázaro de Tormes ni a nuestro Buscón. Su veloz imaginación todo lo resuelve, haciéndole salir airoso de cualquier situación peliaguda. Y aunque es un buen tipo, también es algo bromista y un caradura redomado, que no duda en aprovechar todos los medios a su alcance para lograr sus objetivos, ya sea sirviéndose de los demás o engañando al prójimo con todo descaro. Incluso, en una ocasión, llega a fingirse enfermo para llegar a tiempo al trabajo en una ambulancia. Es un personaje algo egoísta y, podría decirse que, poco escrupuloso, éticamente hablando, pero al mismo tiempo inofensivo, ya que en él no hay ni un ápice de crueldad o cinismo, y, por encima de todo, es un personaje absolutamente tronchante, que es lo más importante en una comedia.
Las continuas invenciones de Lloyd, en la primera parte de la película, no tienen fin, y cada una de estas ideas, que se le ocurren al personaje, trae consigo un golpe de humor, que hace que las carcajadas se sucedan sin parar. El conjunto de gags que se disparan, por ejemplo, a raíz de la inesperada visita a los almacenes de su novia es toda una demostración de gracia e ingenio por parte de Lloyd y de su equipo de gagmen, que nos hacen reír con las continuas improvisaciones del protagonista para que su chica no descubra que las cosas no le van bien. Esa chica adorable, interpretada por Mildred Davis, encarna la ingenuidad y la inocencia de una mujer – niña, a la que el hombre de la época sentía que debía proteger de todas las preocupaciones del mundo:
      
       “Harold: Oh, amigo, ella sólo tiene que creer que he tenido éxito, sea como sea.”
    
       Es precisamente en la relación que mantiene con la dulce Mildred, donde este pícaro personaje de Lloyd se revela, al mismo tiempo, como un chico tierno, protector e incluso algo vergonzoso, puesto que, cada vez que ella le da un beso o le dedica alguna palabra cariñosa, le deja como atontado. Es lo que le ocurre, cuando le está enseñando el despacho del director y, después de que ella le bese, él se pone tontorrón y aprieta, sin darse cuenta, el botón para llamar al mozo. También apreciamos la ternura y la inocencia del personaje de Harold en su actitud cariñosa con las ancianitas, en medio de la vorágine de las rebajas, donde vemos a Harold atendiendo con esmero a una dulce viejecita, que no consigue llegar al mostrador para recoger su paquete, porque toda una barrera de mujeres histéricas se lo impide; entonces, Harold pregunta con malicia: “¿A quién se le ha caído un billete de cincuenta dólares?” y en el momento en que todas se agachan para buscar el billete, él le entrega su paquete a la anciana sin ninguna dificultad. La presencia de ancianas entrañables en el cine de Lloyd es  una constante, como herramienta para definir al protagonista como un hombre bueno y sensible. En “El mimado de la abuelita” (1922) queda patente esta debilidad de Lloyd por las ancianitas, resultando de lo más conmovedora y simpática la relación del protagonista con su abuela, que lo mima y, a su vez, es mimada por él.
      
       El humor de Lloyd suele surgir de los aspectos cotidianos de la vida de su protagonista y de su forma poco corriente de resolver los problemas. De manera que por sorprendente que pueda parecer cualquier situación en la que se encuentre el personaje, la forma de salir de esa situación siempre será más sorprendente aún. Estos desternillantes golpes de efecto constituyen uno de los rasgos más habituales en el cine de Lloyd. Hay un momento muy divertido en la película, cuando Harold llega tarde a los almacenes y se agacha, para ocultarse de su jefe (Westcott B. Clarke), detrás de una gran caja de cartón que un empleado está arrastrando por el pasillo, pero, de pronto, el empleado cambia de rumbo y deja a Harold a la vista de todo el mundo, caminando en una graciosísima postura que recuerda a una rana. Su jefe lo ve y le sigue para ver qué hace. Harold nota la presencia de su jefe a su lado y sigue andando en cuclillas, hasta que pasan junto al ascensor y las puertas se abren, en ese momento, reacciona de improviso, saltando como una rana y mandando a su jefe al interior del ascensor de una patada, antes de que se cierren las puertas.
     
       Es justo aclarar que la perfección de los gags, en el cine de este genial cómico, no era algo aleatorio, pues Lloyd era tan exigente a la hora de crear sus gags, que no dudaba en utilizar los preestrenos de sus películas con el fin de sustituir aquellos gags, con los que el público no se hubiera reído, por otros mejores y más divertidos. Según Lloyd: “Si las ideas que utilizamos provocan la risa, entonces son gags. Si no producen nada, se tratan simplemente de errores y busquemos otra cosa.”
      
       Son también frecuentes en el film, los gags visuales —uno desternillante es aquél en que Bill y Harold se esconden de la casera, poniéndose los abrigos y colgándose con ellos del perchero, encogiendo la cabeza y las piernas—; los gags basados en equívocos —Harold confunde la cola de un gato con la estola de una mujer— y los gags de suspense —como cuando Harold está a cuatro patas bajo el medidor de viento, que no para de girar sobre su cabeza, y todos anticipamos el momento en que se incorporará y recibirá el golpe fatal—. Incluso podríamos hablar de la existencia de un gag psicológico, que tiene lugar cuando el joyero judío se frota las manos, ansioso por venderle a Harold la cadena, y éste, ansioso, a su vez, por comprársela para su novia, termina por contagiarse, frotándose las manos también.
Pero es el gag acrobático el que se impone en la segunda parte de la película, a partir del momento en el que Harold comienza a trepar por el Bolton building. Y a pesar de que Harold Lloyd gustaba de realizar él mismo las escenas de acción de sus películas, en “El hombre mosca” utilizó dos especialistas.   

 Uno de ellos era Bill Strother, el verdadero “hombre mosca”, en el que Lloyd se inspiró para la película y que interpreta a su amigo Bill en el film. Y el otro era Harvey Parry, un especialista cuyo nombre ni siquiera aparece en los títulos de crédito. Lloyd contó con estos dos hombres para los planos más generales y realizó, él mismo, los planos medios, en los que se veía claramente su rostro, de modo que, aunque asumió grandes riesgos, lo hizo manteniendo una razonable seguridad, sirviéndose, para ello, de los recursos que el cine podía ofrecerle en aquellos momentos: trucajes ópticos, maquetas, diferentes ángulos de cámara, etc. Y es que, para la productora de Hal Roach, en contra de lo que se afirmaba en el título original de la película, “Safety Last!” (“Lo último la seguridad”), la seguridad de su estrella era lo primero.
     
       Estos gags acrobáticos de Lloyd colgado en las alturas, en realidad, comenzaron en su cortometraje “La caza del zorro” (1921) y tuvieron tanto éxito, que motivaron a su creador a perfeccionarlos para volver a utilizarlos en “El hombre mosca”, donde pasaron a ocupar gran parte del metraje del film. Tiempo después, volvería a emplearlos, de una forma mucho más angustiosa, en la película sonora de 1930 “¡Ay, que me caigo!”, donde Harold, metido dentro de un saco, vuelve a terminar colgado de la fachada de un rascacielos.
     
       En “El hombre mosca” esta impresionante escalada de los doce pisos de un edificio sirve a la narración para mostrar el penoso ascenso social del protagonista, al que vemos trepar, planta a planta, con un esfuerzo, un empuje y un valor inusitados, sorteando los obstáculos que se le presentan, sin prestar atención ni a las advertencias ni a las burlas ni a las críticas de todos aquellos que, desde las ventanas, observan su ascenso a la cumbre; al tiempo que se siente estimulado por todos los que aplauden y jalean su hazaña, animándole a continuar a pesar del peligro. Los creadores de la historia, Hal Roach, Sam Taylor y Tim Whelan, se aseguraron de que, tal y como sucede en la vida real, para progresar, el protagonista tuviera que hacer frente a un sinfín de dificultades que ponían en peligro su vida y le obligaban a frenar su ascenso, haciéndolo más y más difícil a medida que trataba de subir a una altura mayor. Un grupo de palomas picoteándole el cuello; una red que le cubre la cabeza; la tabla de unos pintores que asoma de improviso por una ventana haciéndole caer; un perro que le hace huir por un mástil; un ratón que se mete por la pernera de su pantalón haciéndole bailar sobre la cornisa—de forma hilarante—; un tipo que posa para un fotógrafo, revólver en mano, dándole un susto de muerte e incluso, un medidor de viento que le golpea en toda la cara, dejándole grogui. De todo ello, sale airoso Harold, cuyo destino era alcanzar el triunfo.
      
       Hay que destacar, dentro de ese ascenso, la famosa secuencia del reloj, que forma parte ya de la iconografía del séptimo arte y que representa al hombre moderno sometido a la dictadura del tiempo, esa terrible lucha contra reloj para alcanzar la estabilidad económica con la que fundar una familia. Ese hombre que pende de las agujas de un reloj simboliza también, de alguna manera, la mortalidad del ser humano. Nacemos con un tiempo limitado y vivimos, suspendidos del presente, sin saber cuánto futuro nos queda por delante. En ese gran reloj, que marca el tiempo de vida que se nos ha dado, el ser humano aparece como algo insignificante, el tiempo nos devora, nos consume, nos tiene atrapados. Y nos aferramos a él, como si no hubiera nada esperándonos en el más allá. No queremos soltarnos de él, porque supone un salto al vacío, a lo desconocido, a lo incierto. Quisiéramos detener el avance de esas manecillas para que nuestro tiempo se detuviera, pero no podemos hacerlo. Posiblemente, por eso, la imagen de ese hombrecillo suspendido en el aire, aferrándose con las dos manos a las agujas del reloj, logrando que el tiempo se detenga, siempre nos ha fascinado.
Y son muchos los directores que no han podido resistirse a repetir esa imagen, en sus películas, “Regreso al futuro” (1985) de Robert Zemeckis y “La invención de Hugo” (2011) de Martin Scorsese son algunas de ellas. El mismo Hitchcock se sirvió del reloj de una torre para acabar con la vida de su malvado protagonista en “El extraño” (1946), en el colmo del simbolismo de un reloj, para representar la mortalidad del ser humano.
      
       El personaje de Bill, compañero de fatigas de Harold en la ciudad, al verse impedido por el policía de realizar la proeza de trepar por el edificio, se convierte en el detonante que llevará a Harold a escalar esas doce plantas para publicitar los almacenes. Bill y el policía cumplen dentro de la historia, la función narrativa de obligar a Harold a emprender esa dura prueba, que tendrá que superar, para demostrar su valor, antes de obtener la recompensa económica y la chica. Cada vez que Bill anuncia a Harold que aún no puede reemplazarle y debe continuar subiendo, de alguna manera, se transforma en la voz de su destino, de Dios, del mundo o de su propio yo, gritándole que si quiere alcanzar el éxito tiene que seguir esforzándose, que aún no es suficiente, que tiene que darlo todo, sin guardarse nada para sí.
El policía, por su parte, se encarga de mantener a Bill apartado de Harold, para que éste, que siempre se ha servido de los demás para lograr sus fines, no reciba ninguna ayuda y tenga que hacerlo todo por sí mismo, demostrando que merece el premio. En esta segunda parte de la película, Harold ya no puede servirse de la picaresca, ha llegado la hora de la verdad, y ese ingenio, esa malicia y esa caradura, que le libraban de todos los apuros, en la primera parte del film, ya no le sirven para nada. Harold está solo y tiene que ascender con sus propias manos hasta la cima, enfrentándose a esa situación angustiosa y aterradora, en la que nadie puede auxiliarle, porque ya no puede seguir mintiendo a Mildred, tiene que demostrarle y demostrarse a sí mismo que es el hombre que ella necesita.
Y cuando Harold triunfa por sus propios medios y se halla a salvo en la cumbre, después de superar la prueba, se da cuenta de que ya no precisa de un compañero de fatigas para sobrevivir. Por eso, al oír a Bill a lo lejos, corriendo delante del policía por las azoteas colindantes, que le grita que va a regresar en cuanto se libre del poli, Harold sonríe y le dice adiós con la mano, porque ya no le necesita. Ahora puede afrontar lo que sea por sí mismo. 
       
       El gag final de la película, en el que Harold y a Mildred se alejan caminando, abrazados, por la azotea del edificio y, al pasar por encima de una capa de chapapote —que un operario está aplicando como impermeabilizante—, Harold pierde los zapatos y los calcetines, porque se le quedan pegados al suelo, es un gag que funciona, cómicamente, porque Harold está tan absorto en su novia, que no se entera de nada y sigue andando descalzo como si aún llevara los zapatos puestos. Sin embargo, si profundizamos un poco más en el significado de la escena, descubrimos que el acto de quedar descalzo es, en sí mismo, un símbolo de humildad, de pureza, de sumisión, de absoluta entrega; una renuncia al ego, que muestra la adoración que sentimos por el ser amado. Supongo que Lloyd y su equipo tan solo pretendían hacernos reír, pero el significado que implica el hecho de descalzarse está ahí, aunque sea de forma inconsciente, brilla con luz propia y constituye un hermoso final.