jueves, 28 de febrero de 2019

CAPRAMANÍA 3

“JUAN NADIE” (1941) de Frank Capra

       

En “Juan Nadie”, el cineasta italoamericano, Frank Capra reflexiona, una vez más, sobre dos de las ideas más recurrentes de su filmografía: la exaltación de la gente sencilla como motor capaz de cambiar el mundo y la manipulación, por parte de los poderosos, del ciudadano medio con fines políticos. Capra tenía una fe absoluta en el individualismo como medio para alcanzar el éxito. Para él, una persona con empuje suficiente, trabajando duro y confiando en sí mismo podía alcanzar cualquier objetivo. “Juan Nadie”, en los años previos a la segunda guerra mundial, supone la defensa de la honestidad y generosidad de los hombres y mujeres sencillos frente al terrorífico egoísmo de la amenaza fascista. Capra se erige, así, en el valedor, en las pantallas, de todos aquellos que luchan y tienen esperanza. Esta es la historia del esfuerzo de todos ellos.

       El Juan Nadie al que se refiere el título de la película, es decir, John Doe, es un hombre ficticio creado por la periodista Ann Mitchell (Barbara Stanwyck), tras ser despedida por el señor Connell (James Gleason), el nuevo redactor jefe, “de alto voltaje”, del periódico para el que trabaja. Ann decide utilizar su último artículo para crear la carta falsa de un supuesto ciudadano, llamado John Doe, que dice estar dispuesto a suicidarse, saltando de la torre del ayuntamiento, para denunciar la situación de paro que atraviesa el país. La carta provoca un gran revuelo en toda la ciudad, de manera que el señor Connell readmite a Ann y acepta su idea de dar un rostro al tal John Doe para seguir sacándole partido, mediante una sección llamada “Yo protesto”, escrita por Ann y firmada por John Doe. La identidad de este hombre de papel terminará siendo asumida, ante el mundo, por el vagabundo “Long” John Willoughby, jugador de béisbol, retirado del campo de juego por una lesión, que, gracias a su genuina honestidad, conseguirá inspirar a las masas para luchar por un mundo mejor. Y así, comienzan a surgir, de manera espontánea, los llamados “clubes John Doe”, donde los ciudadanos sencillos se dedican a conocerse y a ayudarse los unos a los otros. D. B. Norton (Edward Arnold), magnate y nuevo dueño del periódico, decide financiar dichos clubes por todo el país con la intención, solapada, de conseguir los votos de todos sus miembros, cuando anuncie su candidatura a la presidencia, respaldado por el mismísimo John Doe. Pero cuando John Willoughby, a esas alturas perdidamente enamorado de Ann, descubre el verdadero propósito de Norton, se niega a colaborar. Entonces, Norton hace público que John Doe es un impostor llamado John Willoughby y todo el movimiento John Doe se derrumba de la noche a la mañana. Los clubs John Doe desaparecen y John Willoughby, despreciado por el pueblo y decepcionado por Ann, a la que cree cómplice de Norton, vuelve a dormir debajo de un puente. Hasta que el día de Nochebuena reaparece dispuesto a cumplir su promesa de saltar del ayuntamiento, para conseguir, con ese gesto, que el movimiento John Doe reviva de sus cenizas.


       John Doe supone la representación de un hombre perfecto, en su amor y bondad, dispuesto incluso a inmolarse por la salvación de los demás. Un hombre inspirado en el mismísimo Jesucristo. Así lo declara la propia Ann Mitchell en su discurso final.

       “Ann: John, mírame, quieres ser honesto, ¿verdad? Bien, pues no tienes que morir para que la idea de John siga viva. Ya ha muerto alguien por eso, el primer John Doe y Él ha hecho que esa idea siguiera viva durante dos mil años. Fue Él quien la mantuvo viva en ellos y Él la mantendrá viva para siempre. Por cada movimiento John Doe que estos hombres exterminen, nacerá uno nuevo, es la razón de que las campanas toquen. Están diciendo que no nos rindamos, que sigamos luchando, que sigamos trabajando.”

       Asimismo, el movimiento John Doe, nacido de forma espontánea por los seguidores de John Doe, simboliza la religión cristiana, nacida tras la muerte y resurrección de Cristo. Y por extensión, representa también cualquier movimiento que nazca espontáneamente del pueblo, a raíz de cualquier injusticia. Y el movimiento John Doe ―entiéndase la religión cristiana―, es imparable; así lo declara John Willoughby en un discurso pronunciado en la casa del magnate D. B. Norton, en la que irrumpe, sin ser invitado, al descubrir que los peces gordos de Nueva York planean utilizar el movimiento John Doe para influenciar al pueblo en su propio beneficio:


       “John: La idea de John Doe puede ser la respuesta. Puede que sea la única cosa capaz de salvar este mundo disparatado. Y ahora ustedes se sientan en sus armatostes y me dicen que van a acabar con ella si no pueden utilizarla. ¡Bien! ¡Pues, adelante, inténtenlo! ¡No podrían hacerlo ni en un millón de años, con todas sus emisoras y con todo su poder! ¡Porque es mayor que la cuestión de si soy o no un impostor, más que sus ambiciones y que todas las pulseras y abrigos del mundo!"

       Capra acostumbraba a reflejar en sus películas los problemas de la sociedad de su época, que tanto le preocupaban, la gran crisis y todo lo que dejó a su paso, depresión, desesperación, paro, pobreza, amenaza fascista, etc. Por eso la temática de sus films parecía apoyar el “New deal” (programa de reforma económica - social para combatir los efectos de la gran crisis del 29) del presidente F. Roosevelt. Pero lo cierto es que Capra, a pesar de apoyar la teoría del “New deal” estaba en contra del intervencionismo del Estado en todos los órdenes de la vida, que este programa defendía, pues el realizador creía, por encima de todo, en el valor del individuo frente a la masa y así lo demostraba en sus películas, donde defendía el esfuerzo del pueblo trabajando por superar la crisis, sin intervenciones políticas que lo estorbasen, pues Capra era más partidario de soluciones basadas en los valores humanos y en la fe religiosa.

       Quizás por esta preocupación de Capra en la situación de su país, “Juan Nadie” sea una película de grandes discursos, discursos de esos que tanto le gustaban a este director. Discursos humanitarios, llenos de fe y esperanza en un mundo mejor y también discursos que nos hablan del patriotismo e incluso de la amenaza del totalitarismo, tan real en la década de los cuarenta. Y así, todos los personajes principales que aparecen en el film, la gente sencilla, los poderosos, los canallas, los escépticos y desencantados y los que aman a su patria disponen de una parte del metraje para exponer sus convicciones sociales, sean acertadas o no. El primer discurso de John Doe en la radio, dirigido a todos los John Doe del mundo, es, probablemente, el más emotivo de todos los discursos de la película:

       “John: En nuestra lucha por la libertad, hemos sido derrotados, aunque siempre nos hemos recuperado, porque somos el pueblo y somos duros. Ellos han empezado con una charla sobre la gente libre que se ablanda, no podemos aceptarlo, es un montón de tonterías. La gente libre puede ganar al mundo por nada, desde la guerra hasta las competiciones, y todos vamos en la misma dirección.”

       También los poderosos tienen sus discursos en esta película, y es D. B. Norton quien los pronuncia, en nombre de todos ellos, un tipo poseedor de un cuerpo de guardia privado, con ambiciones de dominio y codicia, y capaz de invertir grandes fortunas en pos de su objetivo personal, alcanzar la presidencia.

       “Norton: Estos son tiempos atrevidos, señor Bennett, estamos llegando a un nuevo orden de cosas. Se está hablando demasiado por todo el país, se han hecho demasiadas concesiones. Lo que el pueblo necesita es una mano de hierro. ¡Disciplina!”

       El mensaje del señor Norton, a lo largo de la película, es maquiavélico, auto exculpatorio y manipulador. Y, tal y como acostumbran a hacer los políticos, casi nunca defiende una postura sino que se limita a atacar la postura del contrario. Un discurso negativo en su esencia, que persigue enmascarar, con loables intenciones, la más siniestra ambición:

       “D. B. Norton: Estos caballeros y yo sabemos qué es lo mejor para los John Doe de América, sin tener en cuenta lo que piensan vagabundos como usted. Bájese de ese caballo justo y piense con sentido. Usted es el falso, nosotros creemos en lo que hacemos, a usted le pagaron treinta monedas de plata, ¿lo ha olvidado? Pues yo no. Usted es el falso John Doe y puedo probarlo. Es el gran héroe que se supone que va a tirarse desde grandes edificios, ¿lo recuerda? ¿Qué piensa que dirán sus maravillosos John Doe cuando averigüen que nunca tuvo la menor intención de hacerlo, que le pagaron para que dijera eso? Tendrá suerte si no le echan del país.”

       La defensa del ideal patriótico, en este film, a diferencia de lo que ocurre en otras películas del director italoamericano, en lugar de ser llevada a cabo por el protagonista del film, recae en un personaje secundario, que se define a sí mismo como “duro”. Se trata del señor Connell (James Gleason), jefe de redacción de “The bulletin”, periódico en el que trabaja Ann Mitchell y que él dirige con firmeza. Pero el “duro” señor Connell es un niño en lo que se refiere a su país.

       “Connell: Soy un niño para este país. Soy un niño para la bandera de la estrella brillante. Me gusta lo que tenemos aquí. Me gusta. Un tipo puede decir lo que quiera y hacer lo que quiera sin que tenga una bayoneta metida en su estómago. Y todo eso está bien.
       John: Ya lo creo.
       Connell: Sí, no queremos que venga nadie y cambie eso, ¿verdad?
       John: No, señor.
      Connell: Muy bien. Cuando lo hagan, me volveré loco, completamente loco. Y hoy, John, estoy que echo chispas. Estoy loco por un montón de tipos que quedaron detrás de mí. Estoy loco por un tipo llamado Washington y otro llamado Jefferson, y Lincoln. Son faros, John, faros en un mundo nebuloso.”


       Capra hace recaer el espíritu patriótico en un personaje diferente a su protagonista, tal vez, porque pensó que para defender un país se necesitaba alguien un poco más duro, o más veterano, que el bondadoso John Willoughby o, quizás, quiso quitar cualquier rasgo político de la figura de John Doe, como ya hiciera Jesucristo consigo mismo, cuando declaró que no había venido al mundo para liberar a los judíos del imperio romano. John Doe tampoco nace para liberar a los Estados Unidos de los políticos corruptos, sino para enseñar a la gente a amarse los unos a los otros, que es donde radica su verdadera fuerza.

       “John: Sí, amigos míos, los humildes podrán heredar la tierra cuando los John Doe empiecen a amar a sus vecinos. Es mejor empezar ahora mismo, no esperéis a que hoy se haga de noche. Despierta, John Doe, eres la esperanza del mundo.”

       Y por último, cabe destacar el discurso del Coronel ―mejor amigo de John―, interpretado con absoluta convicción por el genial Walter Brennan, en el que Capra nos enseña, en tono de humor, cómo la sociedad de consumo, que hemos ayudado a construir entre todos, nos termina convirtiendo en unos idiotas.

       “El coronel: Coja un puñado de pasta y ¿qué pasa? Esas personas encantadoras y maravillosas se convierten en unos idiotas. ¡Un montón de idiotas! Empiezan por acercarse a usted, intentan venderle algo. Tienen manos largas y quieren estrangularle. Usted se retuerce y los esquiva y grita e intenta quitárselos de encima, pero no tiene posibilidades. Lo primero que hace es poseer cosas, un coche, por ejemplo. Ahora toda su vida se complica con muchas cosas más, pagar derechos de licencia, la matrícula, gasolina y aceite e impuestos y seguros y documentos de identidad y cartas y facturas y neumáticos y abolladuras y multas y policías motorizados y audiencias y abogados y multas y un millón de cosas más. ¿Y qué pasa? Que no es el tipo feliz y libre que solía ser. Tiene que tener dinero para pagar todo. Así que va detrás de lo que otro consiguió. ¡Y ahí lo tiene, se ha convertido en un idiota!”


       Por otra parte, la película denuncia el uso de los medios de comunicación, por parte de algunos políticos corruptos, para conseguir votos, manipulando a los votantes sin ningún tipo de escrúpulo. Por eso, no es casualidad que, en la película, John Doe surja, precisamente, de las páginas de un periódico y alcance su fama a través de la radio. Al principio de la película, cuando Norton compra el periódico, Capra nos muestra cómo un operario taladra el antiguo eslogan del periódico en la fachada del edificio “Un periódico libre para un pueblo libre” para sustituirlo por el nuevo, “Un periódico moderno para una era moderna”. El cambio es toda una declaración de intenciones por parte del nuevo propietario.

       “Ann: Claro que es un pastel para mí, lo admito; pero también es una suerte para alguien como el señor Norton, que intenta cargarse la política nacional. Para eso quería un periódico, ¿no?, quería conectar con mucha gente. Bien, pues lleve al señor Doe a la radio y podrá conectar con ciento treinta millones. Puede decir lo que quiera que ellos le escucharan. Olvidemos al gobernador, al alcalde y a todos los pececillos como esos. Si da un golpe aquí, lo podrá hacer en cualquier parte del país. Y usted estará al mando, señor Norton.”

       El guión, basado en la historia “The life and death of John Doe” de Richard Connell y Robert Presnell, fue escrito por Robert Riskin, habitual guionista de Capra y autor también de “El secreto de vivir”, película de 1936 del director, en la que un hombre sencillo, bueno y libre, símbolo del americano medio, después de ser ridiculizado por una mujer en las primeras páginas de un periódico, para aumentar la tirada, llega a convertirse, gracias a su generosidad, en un símbolo para los más desfavorecidos. De la misma forma, John Doe es puesto en el candelero por Ann Mitchell, cuyos hilos maneja el poderoso B. D. Norton, que pretende usar a John Doe para hipnotizar al pueblo y llegar al poder. John Willoughby se estrella contra esta dura realidad, después de haber sido lanzado, por Ann, a un sueño de fraternidad.

Ambas películas narran la ascensión y caída de un hombre bueno, ambas se inspiran en la figura de Jesucristo y en ambas se nos muestra a la mujer como instigadora para que el hombre muerda la manzana. Sin embargo, Capra siempre termina redimiendo a sus “mujeres”, convirtiéndolas, al final, en las compañeras, fuertes y luchadoras, que el hombre honesto, que suele ser su protagonista, necesita a su lado para enfrentarse al mundo. Ann Mitchell, protagonista femenina muy del cine de Capra, es una mujer con empuje suficiente como para hacer que los hombres actúen. La mujer como fuerza impulsora de la sociedad es bastante frecuente en la cultura norteamericana y, como Ann, a veces, cegada por su propio entusiasmo, acaba perdiendo el norte. Ann, en su afán por conseguir la estabilidad económica que ella y su familia necesitan, cierra los ojos ante los posibles escrúpulos morales de haber hecho creer a los ciudadanos que John Doe era real.

       Barbara Stanwyck era la actriz perfecta para encarnar a este personaje de mujer decidida, apasionada y con carácter suficiente como para enfrentarse a los hombres tratándolos de igual a igual, por muy poderosos que fueran. Una actriz fogosa y sensible, de mirada indómita y llena de vida, con un desparpajo y un atractivo capaces de arrastrar a cualquier hombre hasta donde se propusiera. Su interpretación, al final de la película, de una mujer enfebrecida y desesperada, ante la idea de que el hombre que ama vaya a morir por su culpa, es conmovedora, llena de fuerza y vulnerabilidad al mismo tiempo.

       Del mismo modo, podemos afirmar que Cooper era el actor ideal para representar a John Doe, personaje capriano por excelencia. Héroe sencillo, líder de mujeres y hombres sencillos, la voz de todos aquéllos a los que nadie oye. Una voz que no puede callar porque es la voz de millones de gargantas que claman, en silencio, por sus derechos, por un mundo más humano y por la libertad. Cooper, excelente siempre en el papel de hombre honesto y típicamente americano, se gana la admiración de todas las mujeres, en cuanto aparece en pantalla, bajo el rol del irresistible vagabundo de atractivo rostro y grandes ojos serenos, desfallecido por el hambre.


       “Ann: Sabe que es usted guapo, ¿verdad?
       Carita de ángel: Sí, es precioso... Ja, ja, ja.”

       La apariencia confiable de Cooper le hacía idóneo para este personaje y él sabía sacarle partido mostrándose vulnerable, inocente y despistado, con ese aire tímido y amable que emanaba de su persona y que le hacía tan cautivador. El niño que Cooper nos presenta en la pantalla, tocando la armónica o jugando al béisbol con una pelota imaginaria, evoluciona, a lo largo de la historia, hasta convertirse en alguien muy parecido al verdadero John Doe de papel que Ann inventó, un hombre maduro, valiente, indignado con la política y decidido a todo por defender sus justos ideales, que son los de toda una nación. En la secuencia final, Cooper nos descubre a un hombre, desengañado, con la mirada sombría, el desencanto pintado en su cara, y con los labios apretados de pura determinación. Magnífica interpretación de un Gary Cooper en la cúspide de su carrera y a punto de ganar un Oscar por “El sargento York”.

       Como decíamos, “Juan Nadie” posee numerosos puntos en común con “El secreto de vivir”, pero está narrada con un tono menos humorístico, más sentimental y, en ocasiones, salpicada de esos toques melodramáticos, tan del gusto de Capra. Y es que si hay algún punto flaco en el cine de Capra, es su debilidad por el sentimentalismo y por el maniqueísmo congénito de alguno de sus personajes. Sin los momentos de melodrama extremo, la película ganaría en seriedad y su mensaje calaría más hondo. Puede que ese sea el fallo, el único fallo, del cine de tan gran realizador como Capra, su debilidad por los momentos lacrimógenos. Por fortuna, la mayoría de sus personajes principales tienen aristas, están bien construidos, son buenos reflejos de la complejidad del ser humano. John es un hombre honesto, pero está dispuesto a engañar a los lectores del periódico con tal de conseguir el dinero que necesita para operarse el brazo y volver al béisbol. Incluso, más tarde, arrepentido de haber firmado el contrato, está a punto de aceptar los cinco mil dólares que le ofrece el periódico de la competencia para contar que John Doe es un fraude. Eso le hace más creíble, como personaje, y no menos buena persona, ya que todos tenemos debilidades, admitámoslo. También Ann Mitchell está llena de contradicciones, mantiene a su madre y a sus hermanas pequeñas, y eso la honra, pero está dispuesta a cualquier cosa por mantener su empleo. Al fin y al cabo, las buenas personas son las que, al final, hacen lo correcto, aunque, a veces, se desvíen por el camino o tengan momentos de debilidad. Ambos se meten de lleno en el asunto John Doe por intereses personales, de carácter material, pero, se dejan cautivar por lo que ha surgido en el pueblo y están dispuesto a defenderlo hasta sus últimas consecuencias.


       Sin embargo, los personajes que de verdad hacen grande el cine de Capra son los personajes como el coronel, el más lúcido de todos los personajes ―a pesar de su machismo―, el más fiel a sí mismo y el que tiene un mayor conocimiento del género humano. Y aunque en la película se le tacha de huraño y se afirma que “odia a la gente”, es el mejor amigo de John, el único con el que siempre podrá contar y el único que sabe entrever el lío en el que se está metiendo.

       “Coronel: Por si me lo preguntas, este asunto de John Doe me parece un engaño.”

       Por el contrario, los personajes lacrimógenos y almibarados ―como los fundadores del primer club John Doe― son los que debilitan el cine de Capra y la razón por la que se le conocía con el apelativo de “la abuelita Capra”. Por eso no podemos dejar de sentirnos identificados con el coronel y su fiero escepticismo.

       “Coronel: Sí... “echad abajo las vallas”... ¡Ja!, porque si rompes un solo tablón, tu vecino te denunciará.”

       Es una lástima que, asimismo, el contenido religioso y sentimentaloide del cine de Capra distraiga la atención del espectador del extraordinario artesano cinematográfico que era. En “Juan Nadie”, Capra nos da una lección de cómo contar una historia en imágenes con la mayor emoción y la mayor belleza y dramatismo posibles en cada fotograma. Con planos de verdadero cine clásico, y encuadres de una belleza plástica que nos recuerdan las viñetas de los cómics. Con el plano de la silueta de John Doe, tras el cristal de la puerta de la azotea del ayuntamiento, Capra nos anuncia su presencia allí, anticipándonos su determinación a llevar a cabo el suicidio. Con las imágenes superpuestas de los pensamientos de John mientras éste pasea de noche por las solitarias calles de la ciudad nos transmite la soledad y la mortificación del personaje, tras ser abucheado y tachado de impostor por la multitud. Con la belleza de la lluvia, en la recepción del parque, cayendo sobre los paraguas de cientos y cientos de John Doe refuerza el dramatismo del momento en el que la cámara sigue al coronel abriéndose paso, entre la multitud, para ayudar a su amigo.


Con Ann tecleando, ávida de expresar con palabras los ideales de su difunto padre, junto a las imágenes de John dando conferencias en distintos lugares, nos informa, en una sencilla y eficaz elipsis, del tiempo que ella y John llevan de gira. Finalmente, con el primerísimo plano del pérfido D. B. Norton cuando comprende el increíble potencial de John Doe, después de ver el interés con que le escuchan los miembros de su personal de servicio, nos muestra con toda elocuencia el gesto malicioso del actor. Y con la excelente fotografía de George Barnes, en un romántico blanco y negro, nos deleita al tiempo que nos conmueve, porque hay que admitir que, aunque Capra tenga esa fastidiosa tendencia a ser melodramático por naturaleza, sabía cómo tocarnos la fibra sensible para hacernos soltar la lagrimita justo en el momento en que él quería y es que cuando el maestro Capra se proponía conmovernos, estábamos en sus manos.

       Pero ¿es “Juan Nadie” un drama o una comedia? Aunque el humor esté presente durante cada una de las secuencias del film y haya personajes cuya única función en la trama es hacernos reír ―como es el caso del divertido Beany (Irving Bacon), el hombre para todo de Connell―, el tono dramático prevalece sobre el cómico, porque la tragedia de los efectos devastadores de la gran crisis sobre la sociedad americana, junto a la inminente amenaza de la guerra y del totalitarismo en el mundo, se dejan sentir a lo largo de toda la película, ensombreciendo el tono humorístico tan característico del cine de Capra, convirtiendo, así, a “Juan Nadie” en un drama, de tono oscuro, con todas las de la ley. El drama de la soledad y el hambre de todos los John Doe y uno de los trabajos más sinceros y personales del realizador.


       “John: ¿Sabe? He estado observándolos y les he hablado. Puedo ver algo en sus rostros, puedo sentir que están hambrientos de algo. ¿Sabe lo que quiero decir? Quizás por eso vengan todos. Quizás estén solos y quieren que alguien les salude. Sé cómo se sienten. Yo he estado solo y hambriento prácticamente durante toda mi vida.”

       Capra parece querer despertar al pueblo para que luche por salir adelante con sus propios medios, desconfiando del apoyo y las promesas políticas. Este mensaje de Capra en 1941, cuando el mundo estaba amenazado por comunistas y fascistas, continúa siendo, hoy día, ante el desolador panorama de corrupción política internacional, un mensaje de plena actualidad. Defender la democracia y la libertad es lo que pretende hacer John Willoughby cuando decide suicidarse en Nochebuena, para enviar, con ese gesto, a todos aquellos que le han seguido, el mensaje de que ha sido engañado por D. B. Norton, para que abran los ojos y reaccionen. Pero este drama es un drama con final feliz. Y aunque Robert Riskin prefería el final original del suicidio, Capra se decidió por un final esperanzador, porque era su deseo apostar por el pueblo como fuerza capaz de levantarse y regenerarse ante cualquier adversidad. La frase final de la película, pronunciada por el coronel, así lo demuestra. Es una frase sencilla y rotunda:

       “Coronel: Ahí los tiene, Norton: ¡La gente! A ver si aprende.”

jueves, 31 de enero de 2019

CAPRAMANÍA 2

“ARSÉNICO POR COMPASIÓN” (1944) de Frank Capra


       Asistir a la manera en que “la locura hace presa, en la familia Brewster, a galope tendido” es una de las experiencias más hilarantes a la que un aficionado al cine puede entregarse. Siendo los momentos más desternillantes de esta película, aquéllos protagonizados por Cary Grant y su maníaco hermano en la ficción, Raymond Massey ―caracterizado, brillantemente, de Boris Karloff por Perc Westmore―. Sin olvidar las divertidas intervenciones de Jack Carson como el agente O’Hara.


       La historia transcurre en la noche de Halloween y en Brooklyn, “donde cualquier cosa puede ocurrir y ocurre con frecuencia” y constituye la aportación de Capra a esa larga tradición, tan americana, de las comedias de terror, ambientadas en Halloween, que se remonta a 1820, cuando Washington Irving escribió el relato, “La leyenda del jinete sin cabeza”, inspirada, precisamente, en la fiesta de Halloween.


Capra supo manejar con habilidad, en esta película, la mezcla de estos dos géneros tan dispares, pero que encajan tan bien, gracias a su larga experiencia en la dirección de comedias y a un acertado uso del claroscuro por parte de su director de fotografía Sol Polito, con el que consiguió transmitir un equilibrio perfecto entre la luz del humor y el tenebrismo del horror. 
Y todas esas luces y sombras, acompañadas de algún que otro encuadre anguloso, sobre todo, cuando aparece el personaje del maníaco Jonathan, nos retrotraen a la inquietante figura del vampiro de Murneau en la película “Nosferatu” (1922), una de las cumbres del expresionismo alemán.



       Capra compró los derechos de autor para el cine de la obra dramática “Arsénico y encaje antiguo” de Joseph Kesselring ―que, en aquellos momentos, triunfaba en Broadway―, convencido de que sería un éxito seguro y confió la escritura del guión a los hermanos Epstein. Contrató, además, a buena parte del reparto que estaba interpretando la obra en Broadway, y para el papel principal consiguió a Cary Grant, que lograría la mejor interpretación cómica de toda su carrera, aunque a él no se lo pareciera. En “Arsénico por compasión” nos encontramos con un Cary Grant desatado y entregado, con absoluta generosidad, a su oficio de caricato, brillando con una gracia inigualable. Dándolo todo, sin guardarse nada, sin ningún tipo de filtro y con la seguridad que proporciona saberse el mejor y estar arropado por un director curtido en la comedia y por un texto ingenioso e innovador, cuyo triunfo en Broadway garantizaba el éxito en las salas de cine y daba confianza a todo el reparto.

Capra dirigió la película en un espacio reducido de tiempo, consiguiendo que el tempo de la película oscilara de la comedia al terror, en un magistral manejo del ritmo de uno y otro género; rápido, en los momentos más hilarantes y pausado, en los de mayor tenebrismo. Y teniendo siempre presente que la historia es, ante todo, una comedia, jamás muestra ningún cadáver a plena luz, toda violencia, todo asesinato ocurre en la oscuridad o fuera de cámara, evitando así, cualquier obstáculo para la risa.

       Dejando constancia del origen teatral del relato, la historia transcurre, casi en su totalidad, en una única localización, la casa de las hermanas Brewster, en Brooklyn, lo cual facilitó mucho el rodaje. Y no es casualidad que la puerta de esa casa diera justo al cementerio, pues los muertos se multiplican en esa casa como hongos, debido a que los lunáticos Brewster (tía Abby, tía Marta y Jonathan, el criminal) coleccionan muertos como quien colecciona mariposas. Se trata de una familia de psicópatas o asesinos en serie que, ya sea por bondad, mal entendida, o por puro y duro sadismo constituyen una peligrosa amenaza para todos aquéllos que se cruzan en su camino.

       “Dr. Einstein: Esto es estupendo, Johnny, a nosotros nos han perseguido por todo el mundo y ellas, sin moverse de Brooklyn..., han empatado contigo.
       Jonathan: ¡¿Qué?!
       Dr. Einstein: Sí. Tú tienes doce y ellas tienen doce. Ellas valen tanto como tú. Je, je, je...”

       La película aborda, por la vía del humor, uno de los grandes temores del ser humano, el miedo a la locura, que nace, sobre todo, en aquéllas personas cuerdas que cuentan con algún episodio de demencia en su árbol genealógico. Para estas personas, que se ven obligadas a convivir con la posibilidad de llegar a volverse locos o de tener algún hijo o algún nieto con problemas mentales, semejante carga genética constituye una constante fuente de inquietud. La cinta refleja, también, la impotencia y la desesperación que sentimos al descubrir signos de locura en nuestros seres más queridos. Y esto es exactamente lo que le ocurre al protagonista, Mortimer Brewster (Cary Grant), afamado crítico teatral, cuando, al cruzar el puente de Brooklyn, el día de su boda, para visitar a sus dos queridas tías antes de partir con su flamante esposa hacia las cataratas del Niágara, descubre el terrorífico “secretillo” de las dos ancianas: Las buenas señoras tienen enterrados en el sótano a doce solitarios caballeros, a los que han asesinado por compasión, para liberarles del sufrimiento de la soledad. Y, aunque el público se lo pasa bomba viendo la reacción de Mortimer ante semejante descubrimiento, él casi se vuelve loco buscando una solución para librar a sus amadas tías de la cárcel. Y para colmo de males, la inesperada llegada del perturbado de su hermano Jonathan, que acaba de fugarse de la cárcel y busca donde ocultarse con su compinche el doctor Einstein, complica aún más los planes de Mortimer, que se enfrentará a la noche más loca y aterradora de toda su vida, poniendo a prueba su cordura, su integridad física y su recién estrenado matrimonio.


       “Tía Abby: Ese caballero murió porque bebió un vaso de vino que tenía veneno.
       Mortimer: Pero ¿y cómo tenía veneno el vaso?
       Tía Marta: Pues... se lo pusimos en el vino porque se nota menos. En el Té tiene un sabor muy especial.
       Mortimer: ¿Queréis decir que se lo pusisteis vosotras en el vino?
       Tía Abby: Sí.”

       El guión desarrolla el delicado tema de la locura a través de los aspectos más cómicos y parodiables de la misma. Por un lado, como no podía ser de otra manera siendo una película de Capra, se nos ofrece una visión maniqueísta de la locura, en la que el Bien está representado por las bondadosas hermanas Brewster, que matan por amor, y el Mal, está representado por el perverso Jonathan Brewster, que lo hace por puro odio a la raza humana. Pero, lo cierto, es que, salvo por lo indoloro o doloroso del método elegido para matar, la víctima queda igualmente muerta en ambos casos. Sin embargo, en la película, la luz ilumina la casa de las hermanas Brewster, como si allí todo fuera candor y buenas intenciones, de ésas de las que el cementerio está lleno, según dicen ―lo mismo que el sótano de las ancianitas...―. Para las tías de Mortimer, el crimen no es más que una travesura misericordiosa que las llena de orgullo y felicidad, a la par que las divierte, pues queda patente que su “secretillo” es también el pasatiempo que llena sus vidas de ilusión y que las hace sentirse realizadas de una manera enfermiza. Y tan orgullosas están de su obra de caridad que ni se avergüenzan ni la ocultan ni la niegan y, como cualquier artista, ellas también tienen sus manías, nada de extranjeros en su sótano, nada de mezclar cadáveres de distintas religiones y nada de cantar himnos por cualquier desconocido. Sin embargo, a pesar de sus personalidades dulces e infantiles, en sus rostros se adivina la locura que ha hecho presa en la familia, desde siglos atrás, en pequeños rasgos faciales. Tales como una boca grande, desagradable y negra (debido al blanco y negro de la fotografía), que recuerda a una calabaza de Halloween, en el caso de la tía Abby, o en unos ojos empequeñecidos por la miopía, como los de un murciélago, figura también recurrente de Halloween, en el caso de la tía Marta.


Y ambas hermanas cuando se visten de luto para celebrar el funeral de uno de sus caballeros parecen dispuestas a recorrer el vecindario pidiendo caramelos con el clásico: ¿Truco o trato? Con las hermanas Brewster, Capra nos confirma en esta película su debilidad por el uso de ancianitas candorosas y completamente chifladas como herramienta cómica, que tan buenos resultados le diera en “El secreto de vivir” (1936). Imposible olvidar a aquéllas hermanas Faulkner de Mandrake Falls “poseídas por los duendes”.

       En el polo negativo de la locura familiar se sitúa el perverso Jonathan, el criminal más buscado de la familia Brewster, que inunda de maldad la pantalla, cada vez que aparece, oscureciendo todo lo que le rodea y mostrándonos la cara más desagradable y extrema de la demencia. Jonathan Brewster disfruta haciendo sufrir a sus víctimas y ejerciendo su poder sobre ellas. Es un maníaco peligroso e incansable, un monstruo iracundo y cabezota, que nos hace reír con su sensible susceptibilidad ante el menor comentario referente a su increíble parecido con Boris Karloff. Y aunque en la película sólo se hace referencia al parecido del rostro, también la expresión corporal de Raymond Massey está calcada en todo momento del Frankenstein de Karloff. El rostro de Jonathan Brewster es un rostro de ojos fríos, casi muertos, maravillosamente iluminados de maldad por un Raymond Massey, en el papel más escalofriante y gracioso de su carrera.


       “Dr. Einstein: No puedes contar al de South Bend, murió de pulmonía.
       Jonathan: No hubiera muerto de pulmonía si no le pego un tiro.”

       Pero, pese a que Jonathan Brewster es presentado en la película como símbolo de monstruosidad, las hermanas Brewster protagonizan un horror más estremecedor que el de Jonathan. Jonathan es un depredador al que se le ven los colmillos a una legua de distancia, pero ellas se te echan encima con un vasito de vino de bayas de saúco, que parece inofensivo, y te sesgan la vida sin que te des cuenta. Eso sí, mueres entre sonrisas encantadoras y palabras amables. Jonathan sabe que es un asesino, pero ellas creen ser unas buenas personas, cuando, en realidad, son tan asesinas como él. Las tías de Mortimer representan a ese tipo de personas que, en un acto de vanidad y endiosamiento, deciden el destino de los demás sin pedir su opinión. Olvidan, o ignoran, que ayudar a los demás no es decidir por ellos, sino apoyarles en sus decisiones. Mortimer trata, inútilmente, de que lo entiendan:

       “Mortimer: Escuchad, no podéis hacer estas cosas. Ya no sé cómo puedo explicároslo para que lo entendáis. Es que no solamente va contra la ley, es que ¡está mal! No está bien hacer eso. La gente no lo entendería. ¡Él no lo entendería! Lo que quiero decir... Bueno, es que esto ya se está convirtiendo en una mala costumbre.”

       Y en el punto medio entre las dos caras, positiva y negativa, de la locura homicida que se oculta en la casa de los Brewster, está el pobre Teddy ―el hermano de tía Martha y tía Abby que cree ser el presidente Theodore Roosevelt― que, aunque tiene a todos los vecinos del barrio atemorizados con su trompeta, es el más inofensivo de todos los locos Brewster.

       La película juega con el aspecto contagioso de la locura, creando momentos de gran comicidad, al mostrarnos que cualquier persona que visita la casa de las hermanas Brewster, termina por contaminarse de las chaladuras de Teddy. Como le ocurre al taxista que, tras esperar durante horas en la puerta de la casa de los Brewster, para llevar a Mortimer y a su esposa a la estación, comienza a comportarse como un maniático, incluso afirma ser una tetera. Es más, incluso los cuerdos Brewster muestran una peligrosa inclinación a perder la cabeza por contagio, tal es el caso de Mortimer, que al pasar un día entero entre maníacos termina adoptando un comportamiento algo desequilibrado, que hace dudar de su cordura, tanto al juez Cullman ―encargado de firmar el ingreso de Teddy en el sanatorio “Happy Day”―, como al señor Witherspoon ―director de dicho sanatorio―. Por eso Capra acertaba cuando le pedía a Grant que exagerara sus reacciones cómicas, sus gestos, sus alaridos y sus muecas, ya que, habiéndose criado, su personaje, entre los Brewster, debía sobreactuar, no había más remedio que parecer un chiflado. Y nadie sobreactuaba con tanta naturalidad y elegancia como Grant, al que nunca vimos tan graciosamente apurado como en esta película.


       “Mortimer: ¡¿Qué?! ¿La línea está ocupada? ¿Ocupada la línea? ¿Qué está ocupada? ¡Y usted atontada! No, no estoy borracho, pero acaba de darme una idea.”

       Por último, la película exhibe otro punto de vista bastante cómico de la locura, el de aquéllos que la consideran el estado de felicidad perfecta para el individuo. Esa es la postura del señor Witherspoon (Edward Everett Horton), un hombre sensible y romántico, que envidia, en secreto, la libertad y la felicidad de la que gozan los pacientes de su manicomio, que él prefiere llamar “casa de reposo”.

Según esta ingenua visión, los pacientes de “Happy Day” viven en un eterno parque de recreo, como niños libres jugando a crear sus propias vivencias, ajenos al sufrimiento y a las presiones de la vida cotidiana. Como Teddy Brewster que, creyendo ser el presidente Theodore Roosevelt, a quien se parece sospechosamente, es feliz excavando en el sótano el canal de Panamá, enterrando a las víctimas de la fiebre amarilla o subiendo las escaleras al grito de “¡Carguen!” como si estuviera en la famosa batalla de la colina de San Juan. Everett Horton, en su habitual papel de despistado adorable, interpreta al señor Witherspoon de forma entrañable, destacando el breve y divertido duelo de muecas que mantiene con Cary Grant, en un momento en que se dispone a subir las escaleras detrás de Teddy y Grant le advierte: “No cargue”.


       El guión, además de explorar la vía humorística de la locura, se deja llevar por la vía cómica que le proporciona la profesión del protagonista como crítico teatral y como autor de libros contra el matrimonio, logrando con ambas ocupaciones de Mortimer abrir productivas rutas para la risa. Para empezar, el hecho de que Mortimer sea un soltero empedernido y haga alarde de ello en títulos como, “La Biblia del soltero”, “Matrimonio, un fraude y un fracaso” o “Cuidado con el matrimonio” da pie a la primera situación cómica de la película: Mortimer se dispone a sacar, a hurtadillas, la licencia matrimonial para casarse con Elaine Harper (Priscilla Lane), cuando es sorprendido por dos periodistas a la caza de famosos y tiene que refugiarse en el interior de una cabina telefónica para evitar reconocer públicamente la fragilidad de sus convicciones anti - matrimoniales. Después, resulta paradójico que Mortimer escriba contra el matrimonio, tratando de alertar a todos los hombres solteros contra el peligro de las mujeres, y luego, nada más casarse, comience a tratar a su mujer de manera despótica. De hecho, salvo al principio y al final de la película, se pasa casi todo el metraje mandando callar a Elaine y echándola de su lado para que no le estorbe cuando está ocupado con sus problemas.

       “Elaine: No puedes casarte conmigo y un minuto después, echarme de casa.
       Mortimer: Cariño, yo no te estoy echando de casa. ¡¿Quieres irte ya de una vez?!”

       Parece como si él mismo adoptara ese comportamiento autoritario que tanto teme y desprecia en una esposa. Un comienzo de matrimonio muy poco alentador para la pobre y dulce Elaine, cuya única malicia consiste en haber planeado su boda, nada más conocer a Mortimer, lo cual dada la moral de la época, respecto a la decencia de las mujeres, y siendo hija de un reverendo, es comprensible.

       En segundo lugar, la profesión de Mortimer como crítico teatral permite crear momentos realmente cómicos, en la trama, al toparse constantemente con autores aficionados, que quieren que Mortimer lea sus obras y les ayude a mejorarlas para lograr su estreno. El mismo policía del barrio, el agente O’Hara, no duda en mantenerlo maniatado y amordazado para conseguir que escuche su obra. Incluso el señor Witherspoon le pide su opinión sobre la comedia que ha escrito como aficionado.
       Otra manera de sacar partido humorístico a la profesión de Mortimer consiste en ridiculizar a aquellos críticos teatrales que, como Mortimer, se burlan sin piedad de las “estupideces” que ven en las comedias, por considerarlas inverosímiles, al tiempo que critican la poca inteligencia de los personajes y de los autores que los han creado. Así, en la película, vemos a Mortimer Brewster haciendo las mismas estupideces que consideraba poco creíbles en las comedias y comportándose, en la vida real, de una forma tan estúpida como la de los estúpidos personajes a los que criticaba. Por otra parte, el guión utiliza un juego tronchante que consiste en mostrarnos a Mortimer ―y más tarde al agente O’Hara― relatando escenas pertenecientes a una comedia, al tiempo que Jonathan y su esbirro, el doctor Einstein, reproducen a sus espaldas lo mismo que él está narrando, logrando momentos desternillantes para el público.


       “Dr. Einstein: ¿Es que todas esas obras que critica no le han enseñado nada?
       Mortimer: Basta ya, no me interesa nada de lo que dice. Tengo muchas cosas en qué pensar.
       Dr. Einstein: En esas obras los personajes se comportan como personas sensatas...
       Mortimer: ¿Ha visto comportarse a alguien en una comedia como si tuviera inteligencia?”

       Pero la película no solo se burla de los críticos teatrales, pues tampoco el departamento de policía de Brooklyn sale demasiado bien parado en las figuras del sargento Brophy (Edward McNamara) y el agente O’Hara (Jack Carson). El sargento Brophy es un veterano policía, comprensivo, paternalista y bonachón, que, a punto de jubilarse, más que un policía parece un amigo para todos los vecinos. Y es tan confiado que no tiene ningún reparo en recibir comida de las envenenadoras Brewster, a las que considera unas buenas personas El agente O’Hara, por su parte, es un joven policía, con aspiraciones dramáticas, que esperaba encontrar en Brooklyn un barrio tranquilo y, al final, termina enfrentándose a la fiera homicida de Jonathan. Ambos policías ejercen su profesión de una manera algo distendida, con la única preocupación de que Teddy no toque la trompeta por las noches. Incluso el teniente Rooney (James Gleason), que parece ejercer su trabajo con absoluta seriedad, pasa por alto la posible existencia de trece cadáveres en el sótano y deja que el doctor Einstein, cuya descripción acaba de recibir por teléfono, se le escape en sus propias narices. Y todo eso después de abroncar a sus subordinados por no haber reconocido al criminal Jonathan Brewster, cuya foto está colgada en Jefatura con la descripción “Se parece a Boris Karloff”.

       “Teniente: Si no se quieren molestar en leer los boletines que ponemos en la jefatura, al menos podrían leer las historietas de Dick Tracy.”


       En cuanto al resto de personajes secundarios, merece mención especial la intervención de Peter Lorre, como el doctor Einstein, el alcohólico, pelota y rastrero esbirro del psicópata Jonathan, ante el que se muestra como un ratoncillo asustado y sumiso, pero al que tuvo el coraje de hacerle la cara del monstruo de Frankenstein cuando, durante una de sus borracheras, le tuvo dormido bajo su bisturí de cirujano plástico. La interpretación de este actor, de inolvidable rostro, siempre encasillado en personajes hipócritas y sinvergüenzas, destaca por su magnífica composición de un personaje que despierta, al mismo tiempo, nuestra simpatía y nuestro desprecio, con una risilla ladina y nerviosa que nos transmite a la perfección su carácter desaprensivo y cobarde. Y hay que reconocer que nadie ha sabido sudar nunca en pantalla, de una manera tan convincente, como Peter Lorre.


       En la filmografía de Frank Capra, la pareja protagonista formada por Elaine Parker y Mortimer Brewster resulta algo atípica. Mortimer no es el típico protagonista de su cine, no representa ningún ejemplo de integridad, de generosidad, ni de patriotismo y tampoco es un héroe. Si no que es, más bien, un hombre que hace gala de su egocentrismo a todas horas, un caradura, simpático, despistado y ampliamente dotado para la resolución de problemas y la improvisación. Por su parte, Elaine es la típica buena chica norteamericana, cuya máxima aspiración consiste en casarse con el hombre que ama. Dulce, guapísima y un poquito curiosa, pero demasiado sumisa ante Mortimer, algo poco habitual en las mujeres del cine de Capra, que suelen ser mujeres fuertes y decididas, que saben hacerse oír. Comparándolas con ellas, observamos que Elaine es algo blandita.

       Por último, es justo admitir que los autores de “Arsénico por compasión” supieron encontrar el mejor de los finales para el verdadero conflicto interno de su protagonista. Mortimer no puede crear una familia con Elaine por miedo a que la locura asesina de los Brewster siga multiplicándose a través de él.

       “Mortimer: Elaine, cariño, te quiero tanto que nuestro matrimonio no puede continuar.
       Elaine: Pero ¿es que te has vuelto loco?
     Mortimer: No, creo que no, pero es sólo cuestión de tiempo. Mira, cariño, a ti no te gustaría tener niños con tres cabezas, ¿verdad? Quiero decir que no te gustaría vivir en un manicomio. ¡Oh, sería terrible...!”

       La solución de los guionistas para la joven pareja fue desarraigar a Mortimer, de cuajo, de esa familia de lunáticos. Y así, lo mismo que saberse miembro legítimo de una familia de locos, enloquece, saberse un intruso bastardo dentro de esa familia, libera. Pues cualquier cosa es preferible a ser descendiente de una familia de asesinos en serie. Al saber que no es un auténtico Brewster ―y después de ingresar a todos los Brewster chiflados en “Happy Day”―, Mortimer puede crear su propia familia con Elaine, partiendo de cero, como una auténtica “tabula rasa”. Un auténtico happy end con todas las de la ley.

       En definitiva, “Arsénico por compasión” supone un divertido cuento de Halloween, en el que el terror ocurre con toda naturalidad, y se enfoca el asesinato como la cosa más normal del mundo, convirtiéndolo en un acto de caridad, en el caso de las hermanas Brewster ―primeras defensoras de la eutanasia como alternativa al sufrimiento emocional que supone la soledad en la vejez―, o en un acto de sadismo, en el caso de Jonathan, uno de los primeros psicópatas del cine y el más divertido de todos los que han aparecido después.

lunes, 17 de diciembre de 2018

CAPRAMANÍA 1

“El SECRETO DE VIVIR” (1936) de Frank Capra



       En mitad de la Gran Depresión norteamericana, Frank Capra, el más moralista de los grandes comediógrafos de la época dorada de Hollywood, dirigió esta fábula acerca de una especie de Jesucristo de los años treinta, que realiza el milagro de emplear su fortuna en “ayudar a los que se están ahogando”. Parece ser que Capra, en el año 35, atravesaba una profunda crisis espiritual cuando un desconocido le reprochó no estar utilizando su talento cinematográfico para combatir el mal, encarnado, en esa época, en la figura de Hitler. Al protagonista de la película, Longfellow Deeds, le ocurre una experiencia similar con un granjero arruinado, que le acusa de estar derrochando su dinero mientras la gente se muere de hambre. Este encuentro supuso para Capra un punto de inflexión en su vida profesional y, a partir de ese momento, el realizador de la ingeniosa y alocada “Sucedió una noche” (1934) pasó a sermonearnos con sus mensajes de hermandad y humanidad. Y conste que yo no le quito la razón al contenido de sus sermones, es solo que convierten en demasiado lacrimógenas, para mi gusto, algunas de sus películas. No es el caso de ésta que nos ocupa, que sabe mantener, con acierto, el punto exacto de integridad moral dentro de una comicidad tierna e hilarante. Y aunque, para una mentalidad europea, alguna que otra escena de la película pueda resultar demasiado patriotera, ya se sabe que, para un público norteamericano, demasiado patriotismo nunca es suficiente.

       El protagonista de “El secreto de vivir”, Longfellow Deeds (Gary Cooper) ―nombre cuya traducción literal significa “hazañas largas”―, lleva una existencia sencilla en Mandrake Falls, escribiendo poemas para postales, hasta que hereda una fortuna de su tío y se traslada a Nueva York para hacerse cargo de ella. En la ciudad, todos tratan de aprovecharse y burlarse del inocente pueblerino, de manera que éste termina por desconfiar de todo el mundo, excepto de Mary Dawson (Jean Arthur), la chica sencilla y buena de la que se ha enamorado y con la que pretende casarse.


Cuando Longfellow descubre que Mary Dawson es, en realidad, Babe Bennett, la periodista que ha estado ridiculizándole en la prensa, desde su llegada a Nueva York, se derrumba y decide volver a su pueblo. Pero la visita de un hombre desesperado le da una idea acerca de lo que ha de hacer con su dinero: Invertirlo en ayudar a la gente que lo ha perdido todo en la gran crisis. Sin embargo, antes de que pueda llevar a cabo su generoso plan, Longfellow es acusado de “perturbación mental” por aquellos miembros de su familia que quieren declararle incapaz de administrar su fortuna. Al principio, Deeds, hundido, rehúsa defenderse en el juicio, pero, al saber que Babe está enamorada de él y tras recibir numerosas muestras de aliento de los granjeros, reacciona, haciendo frente a todos los que buscan perderle.

       Este Longfellow Deeds representa el tipo de protagonista masculino preferido por Capra: Un hombre sencillo y puro que encarna los valores típicamente norteamericanos de honestidad, patriotismo, perseverancia, libertad y responsabilidad, frente a los valores negativos de egoísmo, falsedad, avaricia y crueldad, encarnados, normalmente, en sus películas, por los más poderosos. En esta película, que, por su carácter moralizante, podríamos considerar “el evangelio según Capra”, encontramos numerosas escenas que guardan una curiosa similitud con algunos de los momentos más importantes de la vida de Cristo:

       La Anunciación. El señor Cedar, administrador de la fortuna del difunto señor Semple, tío de Longfellow, viaja al pueblo de Deeds, junto a Cornelius Cobb, periodista encargado de preservar la intimidad de Semple, para anunciar a Deeds que es el heredero absoluto de la fortuna de su tío. Ante tal anuncio, la reacción de Deeds es de una humildad semejante a la de la Virgen María:

       “Deeds: Veinte millones... Es mucho dinero, ¿verdad?
       Cobb: Sí, es un buen pellizco.
       Deeds: Ya lo creo. Me pregunto por qué me lo habrá dejado a mí. No lo necesito.”

       Pero los necesite o no los veinte millones de dólares son suyos y convierten a Deeds en el responsable de un poder que no sabe cómo ejercer, pero cuya carga acepta con sencillez, aún sabiendo que trastocará toda su vida.

       Entrada triunfal en Jerusalén. La noticia de la marcha de Deeds a Nueva York provoca en Mandrake Falls toda una avalancha de personas que se reúnen en la estación para despedirle, como si se tratara de toda una celebridad, colmándole de felicitaciones y de parabienes. Los niños se cuelgan de él, las mujeres le hacen regalos y la banda sale a despedirle mientras él mismo toca el trombón hasta que el tren se pone en marcha. La escena rememora la entrada de Jesús en Jerusalén cuando el pueblo salió para aclamarle portando hojas de palma y ramas de olivo.

       Bautismo. Una vez en Nueva York, Deeds es bautizado con el apodo de “Cenicienta masculina” por Babe Bennett, la periodista que le entregará con un beso, por unas vacaciones pagadas y que, al mismo tiempo, representa la figura de María Magdalena, la discípula a la que Jesús salvó de siete demonios. En la película, Deeds también cree estar salvando a Babe, al tomarla por Mary Dawson, una chica desgraciada y hambrienta. Y, al final, la verdadera Babe terminará por ser su más fiel adepta, cuando, con su bondad, Deeds logre salvarla de sí misma.


       Expulsión de los mercaderes del templo. Respecto a eso de poner la otra mejilla, supongo que Capra debió considerarlo poco norteamericano, porque, aunque Deeds es un hombre pacífico, se irrita con facilidad cuando se burlan de él y pega unos puñetazos bíblicos, que nos recuerdan al Jesucristo que expulsó a los mercaderes del templo. Muestra de ello, es la escena en la que Deeds golpea a los poetas que trataban de burlarse de él.

       “Morrow: ¡Qué magnífica escabechina de presuntuosos! Muchacho, me ha rejuvenecido usted diez años. Un poeta con una izquierda de hierro y una derecha fulminante. ¡Fantástico!

       Milagro de los panes y los peces. Deeds convoca en su mansión a unos dos mil granjeros desempleados, en los cuales piensa invertir su dinero, y, al observar que están hambrientos, ordena alimentarlos a todos, como hiciera Jesús en el desierto.


       El prendimiento. Inmediatamente después de que se haga público que Longfellow Deeds piensa desprenderse de su fortuna, éste es arrestado por los agentes de la oficina del sheriff, a instancias del señor Cedar, quien pretende demostrar que Deeds está loco, con la intención de arrebatarle su dinero.

       “Deeds: Vaya por Dios, sólo porque intento dar mi dinero a la gente que le hace falta, me acusan de loco. Es fantástico.”

       La pasión. Desde el momento de su arresto, Longfellow Deeds, al igual que Jesús, entra en un profundo mutismo, negándose a defenderse de las burlas y de las acusaciones con que está siendo atacado. La misma firma de abogados que pretendía defender los intereses de Deeds, “Cedar, Cedar, Cedar y Budingtong”, se vuelve ahora contra él, sirviéndose de los Semple; lo mismo que los judíos del sanedrín se volvieron contra Jesucristo, sirviéndose de Herodes. La figura de Pilatos, lavándose las manos, está reflejada en la película, por el juez del tribunal encargado de juzgar a Deeds, que no puede hacer nada por ayudarle, ante la negativa de éste a ser defendido.

       El sermón de la montaña. A diferencia de Jesús, Deeds reacciona a tiempo y, justo cuando está a punto de ser crucificado en el juicio, toma la palabra para defenderse con un largo monólogo, que nos recuerda el sermón de la montaña, en el que Jesús dio a conocer su doctrina y en la que Deeds nos presenta la suya. Y, siguiendo el ejemplo de Jesús, lo hace a través de parábolas:

       “Deeds: Es como si yo fuera en un yate y un hombre, desde una barca, cansado de remar, me pidiera que le remolcase y otro se estuviera ahogando. ¿A quién cree que debería ayudar? ¿Al señor Cedar, cansado de remar y que quiere una vida más cómoda o a esos hombres que se están ahogando? Cualquier niño de diez años daría la respuesta correcta.”

       Resurrección. Finalmente, Deeds resucita, renaciendo de sus propias cenizas, y consigue la libertad y la chica.

La celebración del resurgir de Deeds, triunfante, lleva a sus discípulos, los granjeros, a sacarle a hombros de la sala, lo mismo que a un torero, al que todos quieren tocar y llevarse un pedacito de sus ropas, como reliquia.

       Al margen de las similitudes con la vida de Jesús, “El secreto de vivir” contiene una estructura clásica de comedia, sencilla a la vez que sólida, en la que se narra la tradicional historia del pueblerino que se enfrenta a la gran ciudad por primera vez, y no consigue adaptarse, porque en la ciudad nada ni nadie es lo que parece.

       “Deeds: Un hombre debe reconocer cuando se adapta y cuando no. Yo no lo he logrado. Pensé que podría hacer algo con el dinero, pero, me han tenido tan ocupado que no se me ha ocurrido nada. Quizás cuando vuelva a casa...”

       Se trata, en definitiva, del choque de un hombre inocente contra una sociedad que ha olvidado los valores humanos que pueden proporcionar la verdadera felicidad. En la ciudad todos se creen más listos e intelectualmente superiores a Deeds, pero lo cierto es que Deeds pone en su sitio a todos los engreídos con los que se va tropezando.

       “Deeds: Es fácil reírse de alguien cuando no se sabe hasta qué punto se le puede herir. Creo que sus poemas son magníficos, señor Brookfield, pero no pienso lo mismo de usted.”

       Hasta la misma Babe Bennett, que está tan segura de sí misma, recuperará, gracias a Deeds, a aquélla chica honesta que se extravió por el camino del periodismo.

       “Babe: Está lleno de bondad, Mabel, ¿sabes qué es eso?
       Mabel: ¿Eh?
       Babe: No, claro que no lo sabes. Lo hemos olvidado. Estamos demasiado ocupados en una carrera loca y sin objeto.”

       Capra disfruta ensalzando la bondad y la honestidad del hombre de campo, frente al envanecimiento y el cinismo que proporcionan al hombre de la ciudad, los logros profesionales y económicos. Y, siguiendo este patrón del pueblerino que llega a la ciudad ―que ya se refleja en el título original de la película: “Mr. Deeds goes to town”―, hace una clara defensa de las ventajas de la vida en una pequeña ciudad, donde todos los habitantes forman una gran familia, basada en los tradicionales principios de patriotismo, solidaridad y respeto.

       “Deeds: Puede que les parezca divertido o incluso ridículo, pero si, algún día, fueran ustedes a Mandrake falls, también nos parecerían divertidos, aunque no los pondríamos en ridículo, porque no es de buena educación.”

       La película contiene todos los ingredientes habituales de este tipo de historias: las burlas y las trampas a la que es sometido este inocente personaje por parte de los habitantes de la ciudad, la gran humanidad del pueblerino en cuestión, que va repartiendo lecciones de honestidad y sensatez a los ciudadanos:

       “Deeds: Su cara no me gusta. Además, quien se conforma con un millón, pudiendo tener siete millones, algo oculta. Y me sorprende que el señor Cedar, a quien se supone un hombre inteligente, no se de cuenta de eso.”

       Y, por último, el enamoramiento del pueblerino hacía una chica de la ciudad, con la que tiene una gran afinidad, pero de la que le separa un abismo de engaño y falsedad. En la película, hay un plano muy romántico y chaplinesco de la pareja, fotografiada en la oscuridad de la noche, de espaldas a la cámara, mirando, desde el puente, las luces de Times Square. El plano nos transmite la sensación de que ambos están mirando hacia un futuro luminoso, pero artificial.

       Al final, de este tipo de historias, el pueblerino suele ganarse el cariño y el respeto de la gente de la ciudad, ayudándoles con sus problemas y demostrándoles su valía y su capacidad para desenvolverse en cualquier ambiente, por hostil que pueda resultar. Y aunque su paso por la ciudad termine espabilándole y haciéndole perder parte de su inocencia, pase lo que pase, este personaje, jamás perderá su honradez.

       “Deeds: Lo que me molesta es por qué la gente se divierte hiriendo a los demás. ¿Por qué no intentan vivir en paz y respetarse entre sí?”

       El guión, basado en el relato “Opera Hat” de Clarence Budington Kelland ―sí, Budington, lo mismo que el socio de los tres Cedar de la firma de abogados, ja, ja, ja―, fue elaborado por Robert Riskin, logrando una comedia repleta de momentos divertidos y conmovedores. Siendo la secuencia del juicio la más emotiva y cómica de toda la película. Emotiva, gracias a la pasión con la que Babe Bennett sale en defensa de Deeds:


       “Babe: ¡Si este hombre está loco, señoría, a todos nos deberían poner una camisa de fuerza!”

       Y cómica, por el largo desfile de testigos de la acusación que pasan por el banquillo para relatar las supuestas locuras de Deeds:

       “Cochero: Quiero mucho a Clara, señoría. Es una yegua estupenda. Cuando ese chalado se empeñó en darle buñuelos, yo le dije: “Cuidado con lo que hace, amigo, cuidado con lo que hace.” Y debía tener cuidado, porque, ahora, Clara sólo quiere buñuelos.”

       Pero si hay un momento desternillante de verdad en el juicio, es la declaración de las hermanas Faulkner. Dos entrañables ancianitas de Mandrake falls que, basándose en las excentricidades de Deeds, como caminar bajo la lluvia sin sombrero, tocar el trombón o darle una paliza a alguien sin motivo, afirman que el protagonista está “poseído por los duendes”. Más tarde, Deeds, defendiéndose a sí mismo, vuelve a interrogar a las dos ancianas, y a la pregunta de si alguien más, en Mandrake falls, está poseído por los duendes, una de ellas contesta:

       “Jane: En Mandrake falls todo el mundo está poseído por los duendes, excepto nosotras.”

       La carcajada de la audiencia es estruendosa y la broma incluso va más allá, cuando las ancianas declaran que el juez, sin duda, también está poseído por los duendes.

       Después de escuchar a estas dos ancianitas, se podría decir que para los habitantes de Mandrake Falls, “estar poseído por los duendes” equivale a ser un hombre de grandes ideales, romántico, espontáneo e inocente como un niño ―lo que en Nueva York se considera un loco de remate―. También como un niño pequeño, Deeds atiza a los demás cuando se enfada y siente fascinación por la vida y por descubrir el mundo. Y ahí radica su encanto. Semejante rol le iba a Gary Cooper como un guante y le valió su primera nominación al Oscar, aunque no lo ganara en esa ocasión. Magníficamente favorecido por la fotografía en blanco y negro de Joseph Walter ―director de fotografía habitual de Capra―, Cooper interpreta de manera encantadora y adorable a este hombre de corazón puro, al que todos querríamos parecernos, con una dignidad y una credibilidad tales, que le salvan de la cursilería, en la que corría el peligro de caer, al encarnar a un personaje capaz de escribir poemas como éste: “Cuando en la noche oscura no sepas adónde ir y navegues sin rumbo en un mar de dudas... Recuerda que el dulce corazón de tu madre grita: Te espero, hijo, te espero.” Longfellow Deeds representa ese tipo de personajes con los que el actor se identificaba y se fundía a la perfección, ese tipo valiente, honesto y decidido que siempre hacía lo correcto, y que era, sobre todo, un caballero y un patriota, como se desprende de sus palabras ante la tumba de Grant:

       “Deeds: Yo veo a un modesto granjero de Ohio convertido en soldado. Todo un pueblo en marcha. Al general Lee rindiéndose con el corazón hecho pedazos. El principio de una nueva nación como predijo Abraham Lincoln y un muchacho de Ohio convertido en hombre y presidente de esta nación. Estas cosas sólo pueden ocurrir en un país como América.”

       El americanismo que defiende Deeds en la película era la gran obsesión de Cooper, un patriotismo mal entendido que le llevó a manchar su leyenda, para siempre, con la marca del delator, a causa de su lamentable comportamiento durante la “caza de brujas” del macartismo. Delatar a sus compañeros de trabajo es algo que Longfellow Deeds nunca habría hecho, ni siquiera para combatir el comunismo. Y es que por mucho que, a Cooper, le gustaran este tipo de personajes, él no era uno de ellos.


       El personaje de Babe Bennett, interpretado de manera muy acertada por Jean Arthur, es un claro ejemplo del habitual rol de la mujer en el cine de Capra, la buena chica, a la que la lucha por sobrevivir en una sociedad hostil ha endurecido, convirtiéndola en una farsante. Las “buenas” chicas de Capra, a menudo, se comportan como si hubieran olvidado que lo son, han estado tan preocupadas por salir adelante que han perdido su alma por el camino. En el caso de Babe, las palabras de su padre: “Ocurra lo que ocurra, cariño, no te compadezcas jamás”, han hecho de ella la gran luchadora que es, dispuesta a todo por vender ejemplares. Jean Arthur interpretó a esta chica moderna e independiente ―pero mucho más dulce que las chicas modernas e independientes de Hawks― con una veracidad y una magia que la convirtieron en la actriz favorita de Capra, justo en el momento en el que su carrera empezaba a remontar hacia lo más alto, gracias a “Pasaporte a la fama” (1935) de John Ford. El paso a la comedia supuso, para Arthur, en la década de los treinta, el encuentro con el género que más éxitos le haría cosechar en toda su carrera. Ella supo aprovechar la oportunidad de trabajar con los más grandes comediógrafos, Hawks, Wilder y Capra, y estuvo a punto de ganar un Oscar por su interpretación en la comedia de George Stevens “El amor llamó dos veces” (1943), primera versión de la posterior “Apartamento para tres” (1966) de Charles Walters.

       Otro de los fuertes pilares de la película lo constituye el personaje de Cornelius Cobb (Lionel Stander), un buen tipo, irónico e incrédulo, pero íntegro como una roca, que termina por encariñarse de Deeds, al que llega a considerar un amigo.

Este secundario que observa, a cierta distancia, las andanzas del protagonista, al que guarda una gran lealtad y admiración, es muy habitual en el cine de Capra. Es el secundario que nos subraya la valía del protagonista con sus comentarios de aliento o de reproche a cada una de sus acciones. Cobb es el amigo incondicional que no tiene pelos en la lengua, el único que es franco con Deeds desde el principio. El Fiel y escéptico compañero que también aparece en “Juan Nadie”, interpretado por Walter Brennan, y en “Un gánster para un milagro”, encarnado por Peter Falk.

       “Cobb: Escuche, amigo, sé cómo se siente, pero no es usted el primero a quien le ocurre una cosa así. Tiene que reaccionar y atacarles con sus mismas armas. Ánimo. No deje que le hundan.”

       El mayor antagonista de Longfellow Deeds, el señor Cedar, obsesionado en seguir administrando la fortuna del difunto Semple a toda costa, es un tramposo y avaricioso abogado, que representa la clara encarnación del mal frente a la honestidad casi inmaculada de Deeds, al que trata de tentar, inútilmente, desde el principio.

       “Deeds: Hasta sus manos son viscosas.”

       Aliados incondicionales del señor Cedar, los parientes codiciosos de Longfellow Deeds, constituyen un matrimonio casi siniestro y, desde luego, de lo más ridículo. Él, sobrino del difunto Semple, es un tipo débil, nervioso y repelente, y su pérfida mujer es una insufrible harpía, que tiene a su marido completamente dominado. Ambos forman una pareja tan desagradable que todo el mundo disfruta viendo cómo Longfellow los pone en evidencia durante el juicio.

       “El secreto de vivir” da respuesta a la eterna pregunta con la que todos hemos fantaseado alguna vez, ¿qué harías si te tocaran 20 millones? La respuesta de Capra es clara y tajante, compartirlo con aquéllos que más lo necesiten. Es una respuesta con un claro mensaje de amor al prójimo, que el cineasta ilustra a través del comportamiento de su protagonista, Longfellow Deeds. Y, a pesar de que el plan de Deeds, para donar su fortuna, parezca tan contrario al sistema capitalista y tan próximo a los ideales comunistas de igualdad y de reparto equitativo de bienes, llama la atención el hecho de que “El secreto de vivir” fuera una película tan bien acogida en estados unidos, donde todo lo que “apeste” a comunismo es demonizado. Tal vez, el público norteamericano, hipnotizado por las muestras de patriotismo de Deeds, no lo advirtiera.

       “Cedar: El gobierno es capaz de afrontar los problemas del país sin ayuda de Deeds o de ningún otro loco inconsciente. Los desvaríos de su mente enferma han creado sus iniciativas económicas, con delirios de grandeza y una inmensa obsesión por convertirse en el bienhechor público.”

       De cualquier modo, la polémica, sobre la generosidad de Longfellow Deeds, está servida; para algunos, es una fantasía, que nunca podría ocurrir; para otros, un atentado contra la estabilidad del aparato financiero y para todos los que tenemos esperanza en la humanidad, un sueño ejemplarizante, que nos devuelve la fe en el género humano. Ojalá hubiera un Longfellow Deeds en todos nosotros. Eso, sí, un poco menos cursi y patriotero, por favor.