jueves, 31 de enero de 2019

CAPRAMANÍA 2

“ARSÉNICO POR COMPASIÓN” (1944) de Frank Capra


       Asistir a la manera en que “la locura hace presa, en la familia Brewster, a galope tendido” es una de las experiencias más hilarantes a la que un aficionado al cine puede entregarse. Siendo los momentos más desternillantes de esta película, aquéllos protagonizados por Cary Grant y su maníaco hermano en la ficción, Raymond Massey ―caracterizado, brillantemente, de Boris Karloff por Perc Westmore―. Sin olvidar las divertidas intervenciones de Jack Carson como el agente O’Hara.


       La historia transcurre en la noche de Halloween y en Brooklyn, “donde cualquier cosa puede ocurrir y ocurre con frecuencia” y constituye la aportación de Capra a esa larga tradición, tan americana, de las comedias de terror, ambientadas en Halloween, que se remonta a 1820, cuando Washington Irving escribió el relato, “La leyenda del jinete sin cabeza”, inspirada, precisamente, en la fiesta de Halloween.


Capra supo manejar con habilidad, en esta película, la mezcla de estos dos géneros tan dispares, pero que encajan tan bien, gracias a su larga experiencia en la dirección de comedias y a un acertado uso del claroscuro por parte de su director de fotografía Sol Polito, con el que consiguió transmitir un equilibrio perfecto entre la luz del humor y el tenebrismo del horror. 
Y todas esas luces y sombras, acompañadas de algún que otro encuadre anguloso, sobre todo, cuando aparece el personaje del maníaco Jonathan, nos retrotraen a la inquietante figura del vampiro de Murneau en la película “Nosferatu” (1922), una de las cumbres del expresionismo alemán.



       Capra compró los derechos de autor para el cine de la obra dramática “Arsénico y encaje antiguo” de Joseph Kesselring ―que, en aquellos momentos, triunfaba en Broadway―, convencido de que sería un éxito seguro y confió la escritura del guión a los hermanos Epstein. Contrató, además, a buena parte del reparto que estaba interpretando la obra en Broadway, y para el papel principal consiguió a Cary Grant, que lograría la mejor interpretación cómica de toda su carrera, aunque a él no se lo pareciera. En “Arsénico por compasión” nos encontramos con un Cary Grant desatado y entregado, con absoluta generosidad, a su oficio de caricato, brillando con una gracia inigualable. Dándolo todo, sin guardarse nada, sin ningún tipo de filtro y con la seguridad que proporciona saberse el mejor y estar arropado por un director curtido en la comedia y por un texto ingenioso e innovador, cuyo triunfo en Broadway garantizaba el éxito en las salas de cine y daba confianza a todo el reparto.

Capra dirigió la película en un espacio reducido de tiempo, consiguiendo que el tempo de la película oscilara de la comedia al terror, en un magistral manejo del ritmo de uno y otro género; rápido, en los momentos más hilarantes y pausado, en los de mayor tenebrismo. Y teniendo siempre presente que la historia es, ante todo, una comedia, jamás muestra ningún cadáver a plena luz, toda violencia, todo asesinato ocurre en la oscuridad o fuera de cámara, evitando así, cualquier obstáculo para la risa.

       Dejando constancia del origen teatral del relato, la historia transcurre, casi en su totalidad, en una única localización, la casa de las hermanas Brewster, en Brooklyn, lo cual facilitó mucho el rodaje. Y no es casualidad que la puerta de esa casa diera justo al cementerio, pues los muertos se multiplican en esa casa como hongos, debido a que los lunáticos Brewster (tía Abby, tía Marta y Jonathan, el criminal) coleccionan muertos como quien colecciona mariposas. Se trata de una familia de psicópatas o asesinos en serie que, ya sea por bondad, mal entendida, o por puro y duro sadismo constituyen una peligrosa amenaza para todos aquéllos que se cruzan en su camino.

       “Dr. Einstein: Esto es estupendo, Johnny, a nosotros nos han perseguido por todo el mundo y ellas, sin moverse de Brooklyn..., han empatado contigo.
       Jonathan: ¡¿Qué?!
       Dr. Einstein: Sí. Tú tienes doce y ellas tienen doce. Ellas valen tanto como tú. Je, je, je...”

       La película aborda, por la vía del humor, uno de los grandes temores del ser humano, el miedo a la locura, que nace, sobre todo, en aquéllas personas cuerdas que cuentan con algún episodio de demencia en su árbol genealógico. Para estas personas, que se ven obligadas a convivir con la posibilidad de llegar a volverse locos o de tener algún hijo o algún nieto con problemas mentales, semejante carga genética constituye una constante fuente de inquietud. La cinta refleja, también, la impotencia y la desesperación que sentimos al descubrir signos de locura en nuestros seres más queridos. Y esto es exactamente lo que le ocurre al protagonista, Mortimer Brewster (Cary Grant), afamado crítico teatral, cuando, al cruzar el puente de Brooklyn, el día de su boda, para visitar a sus dos queridas tías antes de partir con su flamante esposa hacia las cataratas del Niágara, descubre el terrorífico “secretillo” de las dos ancianas: Las buenas señoras tienen enterrados en el sótano a doce solitarios caballeros, a los que han asesinado por compasión, para liberarles del sufrimiento de la soledad. Y, aunque el público se lo pasa bomba viendo la reacción de Mortimer ante semejante descubrimiento, él casi se vuelve loco buscando una solución para librar a sus amadas tías de la cárcel. Y para colmo de males, la inesperada llegada del perturbado de su hermano Jonathan, que acaba de fugarse de la cárcel y busca donde ocultarse con su compinche el doctor Einstein, complica aún más los planes de Mortimer, que se enfrentará a la noche más loca y aterradora de toda su vida, poniendo a prueba su cordura, su integridad física y su recién estrenado matrimonio.


       “Tía Abby: Ese caballero murió porque bebió un vaso de vino que tenía veneno.
       Mortimer: Pero ¿y cómo tenía veneno el vaso?
       Tía Marta: Pues... se lo pusimos en el vino porque se nota menos. En el Té tiene un sabor muy especial.
       Mortimer: ¿Queréis decir que se lo pusisteis vosotras en el vino?
       Tía Abby: Sí.”

       El guión desarrolla el delicado tema de la locura a través de los aspectos más cómicos y parodiables de la misma. Por un lado, como no podía ser de otra manera siendo una película de Capra, se nos ofrece una visión maniqueísta de la locura, en la que el Bien está representado por las bondadosas hermanas Brewster, que matan por amor, y el Mal, está representado por el perverso Jonathan Brewster, que lo hace por puro odio a la raza humana. Pero, lo cierto, es que, salvo por lo indoloro o doloroso del método elegido para matar, la víctima queda igualmente muerta en ambos casos. Sin embargo, en la película, la luz ilumina la casa de las hermanas Brewster, como si allí todo fuera candor y buenas intenciones, de ésas de las que el cementerio está lleno, según dicen ―lo mismo que el sótano de las ancianitas...―. Para las tías de Mortimer, el crimen no es más que una travesura misericordiosa que las llena de orgullo y felicidad, a la par que las divierte, pues queda patente que su “secretillo” es también el pasatiempo que llena sus vidas de ilusión y que las hace sentirse realizadas de una manera enfermiza. Y tan orgullosas están de su obra de caridad que ni se avergüenzan ni la ocultan ni la niegan y, como cualquier artista, ellas también tienen sus manías, nada de extranjeros en su sótano, nada de mezclar cadáveres de distintas religiones y nada de cantar himnos por cualquier desconocido. Sin embargo, a pesar de sus personalidades dulces e infantiles, en sus rostros se adivina la locura que ha hecho presa en la familia, desde siglos atrás, en pequeños rasgos faciales. Tales como una boca grande, desagradable y negra (debido al blanco y negro de la fotografía), que recuerda a una calabaza de Halloween, en el caso de la tía Abby, o en unos ojos empequeñecidos por la miopía, como los de un murciélago, figura también recurrente de Halloween, en el caso de la tía Marta.


Y ambas hermanas cuando se visten de luto para celebrar el funeral de uno de sus caballeros parecen dispuestas a recorrer el vecindario pidiendo caramelos con el clásico: ¿Truco o trato? Con las hermanas Brewster, Capra nos confirma en esta película su debilidad por el uso de ancianitas candorosas y completamente chifladas como herramienta cómica, que tan buenos resultados le diera en “El secreto de vivir” (1936). Imposible olvidar a aquéllas hermanas Faulkner de Mandrake Falls “poseídas por los duendes”.

       En el polo negativo de la locura familiar se sitúa el perverso Jonathan, el criminal más buscado de la familia Brewster, que inunda de maldad la pantalla, cada vez que aparece, oscureciendo todo lo que le rodea y mostrándonos la cara más desagradable y extrema de la demencia. Jonathan Brewster disfruta haciendo sufrir a sus víctimas y ejerciendo su poder sobre ellas. Es un maníaco peligroso e incansable, un monstruo iracundo y cabezota, que nos hace reír con su sensible susceptibilidad ante el menor comentario referente a su increíble parecido con Boris Karloff. Y aunque en la película sólo se hace referencia al parecido del rostro, también la expresión corporal de Raymond Massey está calcada en todo momento del Frankenstein de Karloff. El rostro de Jonathan Brewster es un rostro de ojos fríos, casi muertos, maravillosamente iluminados de maldad por un Raymond Massey, en el papel más escalofriante y gracioso de su carrera.


       “Dr. Einstein: No puedes contar al de South Bend, murió de pulmonía.
       Jonathan: No hubiera muerto de pulmonía si no le pego un tiro.”

       Pero, pese a que Jonathan Brewster es presentado en la película como símbolo de monstruosidad, las hermanas Brewster protagonizan un horror más estremecedor que el de Jonathan. Jonathan es un depredador al que se le ven los colmillos a una legua de distancia, pero ellas se te echan encima con un vasito de vino de bayas de saúco, que parece inofensivo, y te sesgan la vida sin que te des cuenta. Eso sí, mueres entre sonrisas encantadoras y palabras amables. Jonathan sabe que es un asesino, pero ellas creen ser unas buenas personas, cuando, en realidad, son tan asesinas como él. Las tías de Mortimer representan a ese tipo de personas que, en un acto de vanidad y endiosamiento, deciden el destino de los demás sin pedir su opinión. Olvidan, o ignoran, que ayudar a los demás no es decidir por ellos, sino apoyarles en sus decisiones. Mortimer trata, inútilmente, de que lo entiendan:

       “Mortimer: Escuchad, no podéis hacer estas cosas. Ya no sé cómo puedo explicároslo para que lo entendáis. Es que no solamente va contra la ley, es que ¡está mal! No está bien hacer eso. La gente no lo entendería. ¡Él no lo entendería! Lo que quiero decir... Bueno, es que esto ya se está convirtiendo en una mala costumbre.”

       Y en el punto medio entre las dos caras, positiva y negativa, de la locura homicida que se oculta en la casa de los Brewster, está el pobre Teddy ―el hermano de tía Martha y tía Abby que cree ser el presidente Theodore Roosevelt― que, aunque tiene a todos los vecinos del barrio atemorizados con su trompeta, es el más inofensivo de todos los locos Brewster.

       La película juega con el aspecto contagioso de la locura, creando momentos de gran comicidad, al mostrarnos que cualquier persona que visita la casa de las hermanas Brewster, termina por contaminarse de las chaladuras de Teddy. Como le ocurre al taxista que, tras esperar durante horas en la puerta de la casa de los Brewster, para llevar a Mortimer y a su esposa a la estación, comienza a comportarse como un maniático, incluso afirma ser una tetera. Es más, incluso los cuerdos Brewster muestran una peligrosa inclinación a perder la cabeza por contagio, tal es el caso de Mortimer, que al pasar un día entero entre maníacos termina adoptando un comportamiento algo desequilibrado, que hace dudar de su cordura, tanto al juez Cullman ―encargado de firmar el ingreso de Teddy en el sanatorio “Happy Day”―, como al señor Witherspoon ―director de dicho sanatorio―. Por eso Capra acertaba cuando le pedía a Grant que exagerara sus reacciones cómicas, sus gestos, sus alaridos y sus muecas, ya que, habiéndose criado, su personaje, entre los Brewster, debía sobreactuar, no había más remedio que parecer un chiflado. Y nadie sobreactuaba con tanta naturalidad y elegancia como Grant, al que nunca vimos tan graciosamente apurado como en esta película.


       “Mortimer: ¡¿Qué?! ¿La línea está ocupada? ¿Ocupada la línea? ¿Qué está ocupada? ¡Y usted atontada! No, no estoy borracho, pero acaba de darme una idea.”

       Por último, la película exhibe otro punto de vista bastante cómico de la locura, el de aquéllos que la consideran el estado de felicidad perfecta para el individuo. Esa es la postura del señor Witherspoon (Edward Everett Horton), un hombre sensible y romántico, que envidia, en secreto, la libertad y la felicidad de la que gozan los pacientes de su manicomio, que él prefiere llamar “casa de reposo”.

Según esta ingenua visión, los pacientes de “Happy Day” viven en un eterno parque de recreo, como niños libres jugando a crear sus propias vivencias, ajenos al sufrimiento y a las presiones de la vida cotidiana. Como Teddy Brewster que, creyendo ser el presidente Theodore Roosevelt, a quien se parece sospechosamente, es feliz excavando en el sótano el canal de Panamá, enterrando a las víctimas de la fiebre amarilla o subiendo las escaleras al grito de “¡Carguen!” como si estuviera en la famosa batalla de la colina de San Juan. Everett Horton, en su habitual papel de despistado adorable, interpreta al señor Witherspoon de forma entrañable, destacando el breve y divertido duelo de muecas que mantiene con Cary Grant, en un momento en que se dispone a subir las escaleras detrás de Teddy y Grant le advierte: “No cargue”.


       El guión, además de explorar la vía humorística de la locura, se deja llevar por la vía cómica que le proporciona la profesión del protagonista como crítico teatral y como autor de libros contra el matrimonio, logrando con ambas ocupaciones de Mortimer abrir productivas rutas para la risa. Para empezar, el hecho de que Mortimer sea un soltero empedernido y haga alarde de ello en títulos como, “La Biblia del soltero”, “Matrimonio, un fraude y un fracaso” o “Cuidado con el matrimonio” da pie a la primera situación cómica de la película: Mortimer se dispone a sacar, a hurtadillas, la licencia matrimonial para casarse con Elaine Harper (Priscilla Lane), cuando es sorprendido por dos periodistas a la caza de famosos y tiene que refugiarse en el interior de una cabina telefónica para evitar reconocer públicamente la fragilidad de sus convicciones anti - matrimoniales. Después, resulta paradójico que Mortimer escriba contra el matrimonio, tratando de alertar a todos los hombres solteros contra el peligro de las mujeres, y luego, nada más casarse, comience a tratar a su mujer de manera despótica. De hecho, salvo al principio y al final de la película, se pasa casi todo el metraje mandando callar a Elaine y echándola de su lado para que no le estorbe cuando está ocupado con sus problemas.

       “Elaine: No puedes casarte conmigo y un minuto después, echarme de casa.
       Mortimer: Cariño, yo no te estoy echando de casa. ¡¿Quieres irte ya de una vez?!”

       Parece como si él mismo adoptara ese comportamiento autoritario que tanto teme y desprecia en una esposa. Un comienzo de matrimonio muy poco alentador para la pobre y dulce Elaine, cuya única malicia consiste en haber planeado su boda, nada más conocer a Mortimer, lo cual dada la moral de la época, respecto a la decencia de las mujeres, y siendo hija de un reverendo, es comprensible.

       En segundo lugar, la profesión de Mortimer como crítico teatral permite crear momentos realmente cómicos, en la trama, al toparse constantemente con autores aficionados, que quieren que Mortimer lea sus obras y les ayude a mejorarlas para lograr su estreno. El mismo policía del barrio, el agente O’Hara, no duda en mantenerlo maniatado y amordazado para conseguir que escuche su obra. Incluso el señor Witherspoon le pide su opinión sobre la comedia que ha escrito como aficionado.
       Otra manera de sacar partido humorístico a la profesión de Mortimer consiste en ridiculizar a aquellos críticos teatrales que, como Mortimer, se burlan sin piedad de las “estupideces” que ven en las comedias, por considerarlas inverosímiles, al tiempo que critican la poca inteligencia de los personajes y de los autores que los han creado. Así, en la película, vemos a Mortimer Brewster haciendo las mismas estupideces que consideraba poco creíbles en las comedias y comportándose, en la vida real, de una forma tan estúpida como la de los estúpidos personajes a los que criticaba. Por otra parte, el guión utiliza un juego tronchante que consiste en mostrarnos a Mortimer ―y más tarde al agente O’Hara― relatando escenas pertenecientes a una comedia, al tiempo que Jonathan y su esbirro, el doctor Einstein, reproducen a sus espaldas lo mismo que él está narrando, logrando momentos desternillantes para el público.


       “Dr. Einstein: ¿Es que todas esas obras que critica no le han enseñado nada?
       Mortimer: Basta ya, no me interesa nada de lo que dice. Tengo muchas cosas en qué pensar.
       Dr. Einstein: En esas obras los personajes se comportan como personas sensatas...
       Mortimer: ¿Ha visto comportarse a alguien en una comedia como si tuviera inteligencia?”

       Pero la película no solo se burla de los críticos teatrales, pues tampoco el departamento de policía de Brooklyn sale demasiado bien parado en las figuras del sargento Brophy (Edward McNamara) y el agente O’Hara (Jack Carson). El sargento Brophy es un veterano policía, comprensivo, paternalista y bonachón, que, a punto de jubilarse, más que un policía parece un amigo para todos los vecinos. Y es tan confiado que no tiene ningún reparo en recibir comida de las envenenadoras Brewster, a las que considera unas buenas personas El agente O’Hara, por su parte, es un joven policía, con aspiraciones dramáticas, que esperaba encontrar en Brooklyn un barrio tranquilo y, al final, termina enfrentándose a la fiera homicida de Jonathan. Ambos policías ejercen su profesión de una manera algo distendida, con la única preocupación de que Teddy no toque la trompeta por las noches. Incluso el teniente Rooney (James Gleason), que parece ejercer su trabajo con absoluta seriedad, pasa por alto la posible existencia de trece cadáveres en el sótano y deja que el doctor Einstein, cuya descripción acaba de recibir por teléfono, se le escape en sus propias narices. Y todo eso después de abroncar a sus subordinados por no haber reconocido al criminal Jonathan Brewster, cuya foto está colgada en Jefatura con la descripción “Se parece a Boris Karloff”.

       “Teniente: Si no se quieren molestar en leer los boletines que ponemos en la jefatura, al menos podrían leer las historietas de Dick Tracy.”


       En cuanto al resto de personajes secundarios, merece mención especial la intervención de Peter Lorre, como el doctor Einstein, el alcohólico, pelota y rastrero esbirro del psicópata Jonathan, ante el que se muestra como un ratoncillo asustado y sumiso, pero al que tuvo el coraje de hacerle la cara del monstruo de Frankenstein cuando, durante una de sus borracheras, le tuvo dormido bajo su bisturí de cirujano plástico. La interpretación de este actor, de inolvidable rostro, siempre encasillado en personajes hipócritas y sinvergüenzas, destaca por su magnífica composición de un personaje que despierta, al mismo tiempo, nuestra simpatía y nuestro desprecio, con una risilla ladina y nerviosa que nos transmite a la perfección su carácter desaprensivo y cobarde. Y hay que reconocer que nadie ha sabido sudar nunca en pantalla, de una manera tan convincente, como Peter Lorre.


       En la filmografía de Frank Capra, la pareja protagonista formada por Elaine Parker y Mortimer Brewster resulta algo atípica. Mortimer no es el típico protagonista de su cine, no representa ningún ejemplo de integridad, de generosidad, ni de patriotismo y tampoco es un héroe. Si no que es, más bien, un hombre que hace gala de su egocentrismo a todas horas, un caradura, simpático, despistado y ampliamente dotado para la resolución de problemas y la improvisación. Por su parte, Elaine es la típica buena chica norteamericana, cuya máxima aspiración consiste en casarse con el hombre que ama. Dulce, guapísima y un poquito curiosa, pero demasiado sumisa ante Mortimer, algo poco habitual en las mujeres del cine de Capra, que suelen ser mujeres fuertes y decididas, que saben hacerse oír. Comparándolas con ellas, observamos que Elaine es algo blandita.

       Por último, es justo admitir que los autores de “Arsénico por compasión” supieron encontrar el mejor de los finales para el verdadero conflicto interno de su protagonista. Mortimer no puede crear una familia con Elaine por miedo a que la locura asesina de los Brewster siga multiplicándose a través de él.

       “Mortimer: Elaine, cariño, te quiero tanto que nuestro matrimonio no puede continuar.
       Elaine: Pero ¿es que te has vuelto loco?
     Mortimer: No, creo que no, pero es sólo cuestión de tiempo. Mira, cariño, a ti no te gustaría tener niños con tres cabezas, ¿verdad? Quiero decir que no te gustaría vivir en un manicomio. ¡Oh, sería terrible...!”

       La solución de los guionistas para la joven pareja fue desarraigar a Mortimer, de cuajo, de esa familia de lunáticos. Y así, lo mismo que saberse miembro legítimo de una familia de locos, enloquece, saberse un intruso bastardo dentro de esa familia, libera. Pues cualquier cosa es preferible a ser descendiente de una familia de asesinos en serie. Al saber que no es un auténtico Brewster ―y después de ingresar a todos los Brewster chiflados en “Happy Day”―, Mortimer puede crear su propia familia con Elaine, partiendo de cero, como una auténtica “tabula rasa”. Un auténtico happy end con todas las de la ley.

       En definitiva, “Arsénico por compasión” supone un divertido cuento de Halloween, en el que el terror ocurre con toda naturalidad, y se enfoca el asesinato como la cosa más normal del mundo, convirtiéndolo en un acto de caridad, en el caso de las hermanas Brewster ―primeras defensoras de la eutanasia como alternativa al sufrimiento emocional que supone la soledad en la vejez―, o en un acto de sadismo, en el caso de Jonathan, uno de los primeros psicópatas del cine y el más divertido de todos los que han aparecido después.

lunes, 17 de diciembre de 2018

CAPRAMANÍA 1

“El SECRETO DE VIVIR” (1936) de Frank Capra



       En mitad de la Gran Depresión norteamericana, Frank Capra, el más moralista de los grandes comediógrafos de la época dorada de Hollywood, dirigió esta fábula acerca de una especie de Jesucristo de los años treinta, que realiza el milagro de emplear su fortuna en “ayudar a los que se están ahogando”. Parece ser que Capra, en el año 35, atravesaba una profunda crisis espiritual cuando un desconocido le reprochó no estar utilizando su talento cinematográfico para combatir el mal, encarnado, en esa época, en la figura de Hitler. Al protagonista de la película, Longfellow Deeds, le ocurre una experiencia similar con un granjero arruinado, que le acusa de estar derrochando su dinero mientras la gente se muere de hambre. Este encuentro supuso para Capra un punto de inflexión en su vida profesional y, a partir de ese momento, el realizador de la ingeniosa y alocada “Sucedió una noche” (1934) pasó a sermonearnos con sus mensajes de hermandad y humanidad. Y conste que yo no le quito la razón al contenido de sus sermones, es solo que convierten en demasiado lacrimógenas, para mi gusto, algunas de sus películas. No es el caso de ésta que nos ocupa, que sabe mantener, con acierto, el punto exacto de integridad moral dentro de una comicidad tierna e hilarante. Y aunque, para una mentalidad europea, alguna que otra escena de la película pueda resultar demasiado patriotera, ya se sabe que, para un público norteamericano, demasiado patriotismo nunca es suficiente.

       El protagonista de “El secreto de vivir”, Longfellow Deeds (Gary Cooper) ―nombre cuya traducción literal significa “hazañas largas”―, lleva una existencia sencilla en Mandrake Falls, escribiendo poemas para postales, hasta que hereda una fortuna de su tío y se traslada a Nueva York para hacerse cargo de ella. En la ciudad, todos tratan de aprovecharse y burlarse del inocente pueblerino, de manera que éste termina por desconfiar de todo el mundo, excepto de Mary Dawson (Jean Arthur), la chica sencilla y buena de la que se ha enamorado y con la que pretende casarse.


Cuando Longfellow descubre que Mary Dawson es, en realidad, Babe Bennett, la periodista que ha estado ridiculizándole en la prensa, desde su llegada a Nueva York, se derrumba y decide volver a su pueblo. Pero la visita de un hombre desesperado le da una idea acerca de lo que ha de hacer con su dinero: Invertirlo en ayudar a la gente que lo ha perdido todo en la gran crisis. Sin embargo, antes de que pueda llevar a cabo su generoso plan, Longfellow es acusado de “perturbación mental” por aquellos miembros de su familia que quieren declararle incapaz de administrar su fortuna. Al principio, Deeds, hundido, rehúsa defenderse en el juicio, pero, al saber que Babe está enamorada de él y tras recibir numerosas muestras de aliento de los granjeros, reacciona, haciendo frente a todos los que buscan perderle.

       Este Longfellow Deeds representa el tipo de protagonista masculino preferido por Capra: Un hombre sencillo y puro que encarna los valores típicamente norteamericanos de honestidad, patriotismo, perseverancia, libertad y responsabilidad, frente a los valores negativos de egoísmo, falsedad, avaricia y crueldad, encarnados, normalmente, en sus películas, por los más poderosos. En esta película, que, por su carácter moralizante, podríamos considerar “el evangelio según Capra”, encontramos numerosas escenas que guardan una curiosa similitud con algunos de los momentos más importantes de la vida de Cristo:

       La Anunciación. El señor Cedar, administrador de la fortuna del difunto señor Semple, tío de Longfellow, viaja al pueblo de Deeds, junto a Cornelius Cobb, periodista encargado de preservar la intimidad de Semple, para anunciar a Deeds que es el heredero absoluto de la fortuna de su tío. Ante tal anuncio, la reacción de Deeds es de una humildad semejante a la de la Virgen María:

       “Deeds: Veinte millones... Es mucho dinero, ¿verdad?
       Cobb: Sí, es un buen pellizco.
       Deeds: Ya lo creo. Me pregunto por qué me lo habrá dejado a mí. No lo necesito.”

       Pero los necesite o no los veinte millones de dólares son suyos y convierten a Deeds en el responsable de un poder que no sabe cómo ejercer, pero cuya carga acepta con sencillez, aún sabiendo que trastocará toda su vida.

       Entrada triunfal en Jerusalén. La noticia de la marcha de Deeds a Nueva York provoca en Mandrake Falls toda una avalancha de personas que se reúnen en la estación para despedirle, como si se tratara de toda una celebridad, colmándole de felicitaciones y de parabienes. Los niños se cuelgan de él, las mujeres le hacen regalos y la banda sale a despedirle mientras él mismo toca el trombón hasta que el tren se pone en marcha. La escena rememora la entrada de Jesús en Jerusalén cuando el pueblo salió para aclamarle portando hojas de palma y ramas de olivo.

       Bautismo. Una vez en Nueva York, Deeds es bautizado con el apodo de “Cenicienta masculina” por Babe Bennett, la periodista que le entregará con un beso, por unas vacaciones pagadas y que, al mismo tiempo, representa la figura de María Magdalena, la discípula a la que Jesús salvó de siete demonios. En la película, Deeds también cree estar salvando a Babe, al tomarla por Mary Dawson, una chica desgraciada y hambrienta. Y, al final, la verdadera Babe terminará por ser su más fiel adepta, cuando, con su bondad, Deeds logre salvarla de sí misma.


       Expulsión de los mercaderes del templo. Respecto a eso de poner la otra mejilla, supongo que Capra debió considerarlo poco norteamericano, porque, aunque Deeds es un hombre pacífico, se irrita con facilidad cuando se burlan de él y pega unos puñetazos bíblicos, que nos recuerdan al Jesucristo que expulsó a los mercaderes del templo. Muestra de ello, es la escena en la que Deeds golpea a los poetas que trataban de burlarse de él.

       “Morrow: ¡Qué magnífica escabechina de presuntuosos! Muchacho, me ha rejuvenecido usted diez años. Un poeta con una izquierda de hierro y una derecha fulminante. ¡Fantástico!

       Milagro de los panes y los peces. Deeds convoca en su mansión a unos dos mil granjeros desempleados, en los cuales piensa invertir su dinero, y, al observar que están hambrientos, ordena alimentarlos a todos, como hiciera Jesús en el desierto.


       El prendimiento. Inmediatamente después de que se haga público que Longfellow Deeds piensa desprenderse de su fortuna, éste es arrestado por los agentes de la oficina del sheriff, a instancias del señor Cedar, quien pretende demostrar que Deeds está loco, con la intención de arrebatarle su dinero.

       “Deeds: Vaya por Dios, sólo porque intento dar mi dinero a la gente que le hace falta, me acusan de loco. Es fantástico.”

       La pasión. Desde el momento de su arresto, Longfellow Deeds, al igual que Jesús, entra en un profundo mutismo, negándose a defenderse de las burlas y de las acusaciones con que está siendo atacado. La misma firma de abogados que pretendía defender los intereses de Deeds, “Cedar, Cedar, Cedar y Budingtong”, se vuelve ahora contra él, sirviéndose de los Semple; lo mismo que los judíos del sanedrín se volvieron contra Jesucristo, sirviéndose de Herodes. La figura de Pilatos, lavándose las manos, está reflejada en la película, por el juez del tribunal encargado de juzgar a Deeds, que no puede hacer nada por ayudarle, ante la negativa de éste a ser defendido.

       El sermón de la montaña. A diferencia de Jesús, Deeds reacciona a tiempo y, justo cuando está a punto de ser crucificado en el juicio, toma la palabra para defenderse con un largo monólogo, que nos recuerda el sermón de la montaña, en el que Jesús dio a conocer su doctrina y en la que Deeds nos presenta la suya. Y, siguiendo el ejemplo de Jesús, lo hace a través de parábolas:

       “Deeds: Es como si yo fuera en un yate y un hombre, desde una barca, cansado de remar, me pidiera que le remolcase y otro se estuviera ahogando. ¿A quién cree que debería ayudar? ¿Al señor Cedar, cansado de remar y que quiere una vida más cómoda o a esos hombres que se están ahogando? Cualquier niño de diez años daría la respuesta correcta.”

       Resurrección. Finalmente, Deeds resucita, renaciendo de sus propias cenizas, y consigue la libertad y la chica.

La celebración del resurgir de Deeds, triunfante, lleva a sus discípulos, los granjeros, a sacarle a hombros de la sala, lo mismo que a un torero, al que todos quieren tocar y llevarse un pedacito de sus ropas, como reliquia.

       Al margen de las similitudes con la vida de Jesús, “El secreto de vivir” contiene una estructura clásica de comedia, sencilla a la vez que sólida, en la que se narra la tradicional historia del pueblerino que se enfrenta a la gran ciudad por primera vez, y no consigue adaptarse, porque en la ciudad nada ni nadie es lo que parece.

       “Deeds: Un hombre debe reconocer cuando se adapta y cuando no. Yo no lo he logrado. Pensé que podría hacer algo con el dinero, pero, me han tenido tan ocupado que no se me ha ocurrido nada. Quizás cuando vuelva a casa...”

       Se trata, en definitiva, del choque de un hombre inocente contra una sociedad que ha olvidado los valores humanos que pueden proporcionar la verdadera felicidad. En la ciudad todos se creen más listos e intelectualmente superiores a Deeds, pero lo cierto es que Deeds pone en su sitio a todos los engreídos con los que se va tropezando.

       “Deeds: Es fácil reírse de alguien cuando no se sabe hasta qué punto se le puede herir. Creo que sus poemas son magníficos, señor Brookfield, pero no pienso lo mismo de usted.”

       Hasta la misma Babe Bennett, que está tan segura de sí misma, recuperará, gracias a Deeds, a aquélla chica honesta que se extravió por el camino del periodismo.

       “Babe: Está lleno de bondad, Mabel, ¿sabes qué es eso?
       Mabel: ¿Eh?
       Babe: No, claro que no lo sabes. Lo hemos olvidado. Estamos demasiado ocupados en una carrera loca y sin objeto.”

       Capra disfruta ensalzando la bondad y la honestidad del hombre de campo, frente al envanecimiento y el cinismo que proporcionan al hombre de la ciudad, los logros profesionales y económicos. Y, siguiendo este patrón del pueblerino que llega a la ciudad ―que ya se refleja en el título original de la película: “Mr. Deeds goes to town”―, hace una clara defensa de las ventajas de la vida en una pequeña ciudad, donde todos los habitantes forman una gran familia, basada en los tradicionales principios de patriotismo, solidaridad y respeto.

       “Deeds: Puede que les parezca divertido o incluso ridículo, pero si, algún día, fueran ustedes a Mandrake falls, también nos parecerían divertidos, aunque no los pondríamos en ridículo, porque no es de buena educación.”

       La película contiene todos los ingredientes habituales de este tipo de historias: las burlas y las trampas a la que es sometido este inocente personaje por parte de los habitantes de la ciudad, la gran humanidad del pueblerino en cuestión, que va repartiendo lecciones de honestidad y sensatez a los ciudadanos:

       “Deeds: Su cara no me gusta. Además, quien se conforma con un millón, pudiendo tener siete millones, algo oculta. Y me sorprende que el señor Cedar, a quien se supone un hombre inteligente, no se de cuenta de eso.”

       Y, por último, el enamoramiento del pueblerino hacía una chica de la ciudad, con la que tiene una gran afinidad, pero de la que le separa un abismo de engaño y falsedad. En la película, hay un plano muy romántico y chaplinesco de la pareja, fotografiada en la oscuridad de la noche, de espaldas a la cámara, mirando, desde el puente, las luces de Times Square. El plano nos transmite la sensación de que ambos están mirando hacia un futuro luminoso, pero artificial.

       Al final, de este tipo de historias, el pueblerino suele ganarse el cariño y el respeto de la gente de la ciudad, ayudándoles con sus problemas y demostrándoles su valía y su capacidad para desenvolverse en cualquier ambiente, por hostil que pueda resultar. Y aunque su paso por la ciudad termine espabilándole y haciéndole perder parte de su inocencia, pase lo que pase, este personaje, jamás perderá su honradez.

       “Deeds: Lo que me molesta es por qué la gente se divierte hiriendo a los demás. ¿Por qué no intentan vivir en paz y respetarse entre sí?”

       El guión, basado en el relato “Opera Hat” de Clarence Budington Kelland ―sí, Budington, lo mismo que el socio de los tres Cedar de la firma de abogados, ja, ja, ja―, fue elaborado por Robert Riskin, logrando una comedia repleta de momentos divertidos y conmovedores. Siendo la secuencia del juicio la más emotiva y cómica de toda la película. Emotiva, gracias a la pasión con la que Babe Bennett sale en defensa de Deeds:


       “Babe: ¡Si este hombre está loco, señoría, a todos nos deberían poner una camisa de fuerza!”

       Y cómica, por el largo desfile de testigos de la acusación que pasan por el banquillo para relatar las supuestas locuras de Deeds:

       “Cochero: Quiero mucho a Clara, señoría. Es una yegua estupenda. Cuando ese chalado se empeñó en darle buñuelos, yo le dije: “Cuidado con lo que hace, amigo, cuidado con lo que hace.” Y debía tener cuidado, porque, ahora, Clara sólo quiere buñuelos.”

       Pero si hay un momento desternillante de verdad en el juicio, es la declaración de las hermanas Faulkner. Dos entrañables ancianitas de Mandrake falls que, basándose en las excentricidades de Deeds, como caminar bajo la lluvia sin sombrero, tocar el trombón o darle una paliza a alguien sin motivo, afirman que el protagonista está “poseído por los duendes”. Más tarde, Deeds, defendiéndose a sí mismo, vuelve a interrogar a las dos ancianas, y a la pregunta de si alguien más, en Mandrake falls, está poseído por los duendes, una de ellas contesta:

       “Jane: En Mandrake falls todo el mundo está poseído por los duendes, excepto nosotras.”

       La carcajada de la audiencia es estruendosa y la broma incluso va más allá, cuando las ancianas declaran que el juez, sin duda, también está poseído por los duendes.

       Después de escuchar a estas dos ancianitas, se podría decir que para los habitantes de Mandrake Falls, “estar poseído por los duendes” equivale a ser un hombre de grandes ideales, romántico, espontáneo e inocente como un niño ―lo que en Nueva York se considera un loco de remate―. También como un niño pequeño, Deeds atiza a los demás cuando se enfada y siente fascinación por la vida y por descubrir el mundo. Y ahí radica su encanto. Semejante rol le iba a Gary Cooper como un guante y le valió su primera nominación al Oscar, aunque no lo ganara en esa ocasión. Magníficamente favorecido por la fotografía en blanco y negro de Joseph Walter ―director de fotografía habitual de Capra―, Cooper interpreta de manera encantadora y adorable a este hombre de corazón puro, al que todos querríamos parecernos, con una dignidad y una credibilidad tales, que le salvan de la cursilería, en la que corría el peligro de caer, al encarnar a un personaje capaz de escribir poemas como éste: “Cuando en la noche oscura no sepas adónde ir y navegues sin rumbo en un mar de dudas... Recuerda que el dulce corazón de tu madre grita: Te espero, hijo, te espero.” Longfellow Deeds representa ese tipo de personajes con los que el actor se identificaba y se fundía a la perfección, ese tipo valiente, honesto y decidido que siempre hacía lo correcto, y que era, sobre todo, un caballero y un patriota, como se desprende de sus palabras ante la tumba de Grant:

       “Deeds: Yo veo a un modesto granjero de Ohio convertido en soldado. Todo un pueblo en marcha. Al general Lee rindiéndose con el corazón hecho pedazos. El principio de una nueva nación como predijo Abraham Lincoln y un muchacho de Ohio convertido en hombre y presidente de esta nación. Estas cosas sólo pueden ocurrir en un país como América.”

       El americanismo que defiende Deeds en la película era la gran obsesión de Cooper, un patriotismo mal entendido que le llevó a manchar su leyenda, para siempre, con la marca del delator, a causa de su lamentable comportamiento durante la “caza de brujas” del macartismo. Delatar a sus compañeros de trabajo es algo que Longfellow Deeds nunca habría hecho, ni siquiera para combatir el comunismo. Y es que por mucho que, a Cooper, le gustaran este tipo de personajes, él no era uno de ellos.


       El personaje de Babe Bennett, interpretado de manera muy acertada por Jean Arthur, es un claro ejemplo del habitual rol de la mujer en el cine de Capra, la buena chica, a la que la lucha por sobrevivir en una sociedad hostil ha endurecido, convirtiéndola en una farsante. Las “buenas” chicas de Capra, a menudo, se comportan como si hubieran olvidado que lo son, han estado tan preocupadas por salir adelante que han perdido su alma por el camino. En el caso de Babe, las palabras de su padre: “Ocurra lo que ocurra, cariño, no te compadezcas jamás”, han hecho de ella la gran luchadora que es, dispuesta a todo por vender ejemplares. Jean Arthur interpretó a esta chica moderna e independiente ―pero mucho más dulce que las chicas modernas e independientes de Hawks― con una veracidad y una magia que la convirtieron en la actriz favorita de Capra, justo en el momento en el que su carrera empezaba a remontar hacia lo más alto, gracias a “Pasaporte a la fama” (1935) de John Ford. El paso a la comedia supuso, para Arthur, en la década de los treinta, el encuentro con el género que más éxitos le haría cosechar en toda su carrera. Ella supo aprovechar la oportunidad de trabajar con los más grandes comediógrafos, Hawks, Wilder y Capra, y estuvo a punto de ganar un Oscar por su interpretación en la comedia de George Stevens “El amor llamó dos veces” (1943), primera versión de la posterior “Apartamento para tres” (1966) de Charles Walters.

       Otro de los fuertes pilares de la película lo constituye el personaje de Cornelius Cobb (Lionel Stander), un buen tipo, irónico e incrédulo, pero íntegro como una roca, que termina por encariñarse de Deeds, al que llega a considerar un amigo.

Este secundario que observa, a cierta distancia, las andanzas del protagonista, al que guarda una gran lealtad y admiración, es muy habitual en el cine de Capra. Es el secundario que nos subraya la valía del protagonista con sus comentarios de aliento o de reproche a cada una de sus acciones. Cobb es el amigo incondicional que no tiene pelos en la lengua, el único que es franco con Deeds desde el principio. El Fiel y escéptico compañero que también aparece en “Juan Nadie”, interpretado por Walter Brennan, y en “Un gánster para un milagro”, encarnado por Peter Falk.

       “Cobb: Escuche, amigo, sé cómo se siente, pero no es usted el primero a quien le ocurre una cosa así. Tiene que reaccionar y atacarles con sus mismas armas. Ánimo. No deje que le hundan.”

       El mayor antagonista de Longfellow Deeds, el señor Cedar, obsesionado en seguir administrando la fortuna del difunto Semple a toda costa, es un tramposo y avaricioso abogado, que representa la clara encarnación del mal frente a la honestidad casi inmaculada de Deeds, al que trata de tentar, inútilmente, desde el principio.

       “Deeds: Hasta sus manos son viscosas.”

       Aliados incondicionales del señor Cedar, los parientes codiciosos de Longfellow Deeds, constituyen un matrimonio casi siniestro y, desde luego, de lo más ridículo. Él, sobrino del difunto Semple, es un tipo débil, nervioso y repelente, y su pérfida mujer es una insufrible harpía, que tiene a su marido completamente dominado. Ambos forman una pareja tan desagradable que todo el mundo disfruta viendo cómo Longfellow los pone en evidencia durante el juicio.

       “El secreto de vivir” da respuesta a la eterna pregunta con la que todos hemos fantaseado alguna vez, ¿qué harías si te tocaran 20 millones? La respuesta de Capra es clara y tajante, compartirlo con aquéllos que más lo necesiten. Es una respuesta con un claro mensaje de amor al prójimo, que el cineasta ilustra a través del comportamiento de su protagonista, Longfellow Deeds. Y, a pesar de que el plan de Deeds, para donar su fortuna, parezca tan contrario al sistema capitalista y tan próximo a los ideales comunistas de igualdad y de reparto equitativo de bienes, llama la atención el hecho de que “El secreto de vivir” fuera una película tan bien acogida en estados unidos, donde todo lo que “apeste” a comunismo es demonizado. Tal vez, el público norteamericano, hipnotizado por las muestras de patriotismo de Deeds, no lo advirtiera.

       “Cedar: El gobierno es capaz de afrontar los problemas del país sin ayuda de Deeds o de ningún otro loco inconsciente. Los desvaríos de su mente enferma han creado sus iniciativas económicas, con delirios de grandeza y una inmensa obsesión por convertirse en el bienhechor público.”

       De cualquier modo, la polémica, sobre la generosidad de Longfellow Deeds, está servida; para algunos, es una fantasía, que nunca podría ocurrir; para otros, un atentado contra la estabilidad del aparato financiero y para todos los que tenemos esperanza en la humanidad, un sueño ejemplarizante, que nos devuelve la fe en el género humano. Ojalá hubiera un Longfellow Deeds en todos nosotros. Eso, sí, un poco menos cursi y patriotero, por favor.

viernes, 9 de noviembre de 2018

HAWKSMANÍA 3

“BOLA DE FUEGO” (1941) de Howard Hawks



       Erase una vez, en la ciudad de Nueva York, un lingüista llamado Bertram Potts (Gary Cooper), que trabajaba, junto a otros siete profesores, en la fundación Totten. Una noche, en el transcurso de una investigación sobre el argot, Potts conoció a Sugarpuss O’Shea (Barbara Stanwyck), una cantante, en busca y captura por la posible implicación de su novio, Joe Lilac (Dana Andrews), en un crimen. Sugarpuss aprovechó la bondad del profesor para ocultarse dentro de la fundación y, con su atractiva presencia, terminó perturbando a todos los profesores. Sobre todo a Potts, que, después de que ella le enseñara a hacer “ñam-ñam”, ya nunca volvió a ser el mismo. Y aunque Sugarpuss era una chica muy dura, también el cariño de los profesores y el amor de Potts terminaron calando hondo en ella, y eso iba a terminar desbaratando todos los planes de su novio, el gánster, malo malísimo, Joe Lilac.

       En el año 1941, Hawks dirigió este cuento, pícaro y divertido, inspirado en la película de Disney “Blancanieves y los siete enanitos” (1937), con guión de Billy Wilder y Charles Brackett, en colaboración con Thomas Monroe y con el propio Howard Hawks. Con semejante equipo de guionistas, no es de extrañar que el almibarado cuento de Disney se convirtiera en una comedia con grandes dosis de erotismo y unos diálogos cargados de malicia y ternura a partes iguales. El dulce y ácido romanticismo de Wilder impregna toda la película, de principio a fin, transformando el habitual romanticismo distante y duro de Hawks en pura poesía.

       La película cuenta, además, con una Barbara Stanwyck, resplandeciente, encarnando a un personaje que parece el resultado de haber mezclado, en un crisol, a Blancanieves y a la malvada reina, haberlas agitado a ritmo de Boogie y haberlas aderezado con unas gotas de sabiduría callejera; con un Gary Cooper, haciendo de príncipe-enanito, inocentón y bueno, que compite en candor con la Blancanieves del cuento original, pero que, al mismo tiempo, derrocha atractivo y encanto por los cuatro costados y, por último, con unos enanitos salidos, pero de buen corazón, que, a pesar de su sapiencia, cuando se hallan ante una mujer atractiva, dan la impresión de oscilar entre la torpe lascivia y la castidad más recatada.

       “Potts: Estos cuatro últimos días, hemos ido a la deriva. La brújula ya no apunta al norte magnético, apunta, si me permite, a sus tobillos.
       Sugarpuss: Oh, vamos, almirante, son un grupo de hombres adultos, ya han visto tobillos.
       Potts: No, en nueve años. Excepto, las pocas inspiradoras extremidades de la señorita Bragg.”


       Y por si todo eso fuera poco, en el lado oscuro del relato, nos tropezamos con un Dana Andrews, adorable, haciendo de gánster malo malísimo, que podríamos identificar con el cazador del cuento original, pues, en lugar de deshacerse de Blancanieves, pretende casarse con ella. Un auténtico malo de manual, acompañado siempre de sus dos esbirros, Pastrami y Ashma, interpretados, respectivamente, por el siempre cínico y desagradable Dan Duryea y el sabiondo Ralph Peters. Y como la Blancanieves del cuento, o sea, Sugarpuss O’Shea, no es una mujer hacendosa (“Sugarpuss: Soy de visón, no de delantal y faena. Al que cazo, es rico. Buena caza para quien siempre ha sido pobre.”), alguien tenía que cuidar de los enanitos, pues para eso está la señorita Bragg (Kathleen Howard), una especie de ama de llaves, cascarrabias, puritana y controladora, que hace las veces de madre y maneja a los enanitos con mano de hierro y que, cuando se dispone a hacer lo mismo con Sugarpuss, termina más trasquilada que una oveja en verano.

       “Srta. Bragg: Profesor Potts, el taxi para la joven.
       Potts: ¿El taxi?... ¿Qué taxi?
       Srta. Bragg: El de la señorita O’Shea, o el mío.
       Potts: Es todo suyo, meapilas.”

       Incluso la simpática tortuga del cuento de Disney encuentra su alter ego en la película de Hawks, hablamos de la pobre y feucha señorita Totten (Mary Field), que, encerrada en el caparazón de seriedad y de obligaciones que supone estar al frente de la Fundación (herencia de su padre, el vanidoso inventor de la tostadora eléctrica), se esconde una mujer romántica que sueña con el amor del guapísimo profesor Potts. Podemos decir que la señorita Totten es uno de esos secundarios muy del gusto de Hawks: personajes formalitos y anticuados, que llevan una existencia anodina y que, en un momento dado de la película, se desmelenan, divirtiéndose por primera vez en sus vidas. El tipo de personaje que, como Hawks sabía muy bien, siempre resulta hilarante para el público.

       Todos estos ingredientes hacen de “Bola de fuego” un cuento magistral, cuya moraleja nos enseña que, en el amor, todos somos unos ignorantes, porque todo aquel que se enamora se convierte, sin remedio, en un idiota. Pero es que esa idiotez nos sale tan bien...

       El mismo profesor Potts, protagonista del film, es un ejemplo de esa idiotez congénita, un hombre que cree que todo se puede aprender en los libros, que ha pasado toda su vida dentro del mundo académico y que siempre está rodeado de personas mayores, pertenecientes a una generación anterior a la suya, lo que le ha terminado convirtiendo en, lo que podríamos llamar, un joven “viejuno”, el más responsable y estricto de todos los profesores de la fundación. 


El “incorruptible” le llaman sus compañeros, un joven ingenuo que cree poder dominar sus pasiones, gracias a su juventud. El infeliz no se da cuenta de que precisamente es esa juventud, junto a su falta de experiencia en el amor, las que le hacen más vulnerable a cualquier tentación. Será Sugarpuss quien le abra los ojos, cuando se cruce en su camino, desempolvando su adormecido corazón y le haga perder el control de sus emociones. Pero también a Sugarpuss el amor le juega una mala pasada, al ponerle delante a ese atractivo y anticuado profesor, que le va a dar la lección de su vida, enseñándole lo que es amar de verdad y haciéndole ver que lo que ella tanto deseaba ―casarse con Lilac―, no era lo que, en realidad, necesitaba. Sugarpuss tampoco estaba preparada para tratar con un hombre sincero, honesto y bueno, que se dirigiera a ella con respeto y cariño, en lugar de tratarla a patadas. Acostumbrada a pasarlo mal y a valerse por sí misma, en un ambiente de hombres duros, el ángel protector que cree ver en Potts, la desarma y la cautiva. De la misma manera que la conmueve, el verse rodeada por siete hombrecillos que, como una familia, la colman de atenciones y de cariño, aceptándola tal como es.


       “Sugarpuss: Me gustaría llevarlos a todos en un medallón. Ocho estrafalarios querubines, ajenos a este mundo.”

       Todo lo contrario que su novio, Joe Lilac, rival de Potts, un hombre posesivo, autoritario y déspota, que con sus malos modales consigue que Sugarpuss aprecie, aún más, las buenas cualidades de Potts, cuyas muestras de ternura la deslumbran tanto, como las lentejuelas de su traje de noche le deslumbraron a él, cuando se quitó el abrigo al llegar a la fundación. Potts queda atontado con la sexualidad que emana de ella y Sugarpuss queda fascinada por la bondad y honestidad que emanan de él. Son dos polos opuestos que se atraen, por lo mucho que necesitan aprender el uno del otro.

       Y es que el amor nos sacude como un terremoto, derriba todos nuestros mecanismos de defensa, nos lanza a un mundo nuevo de experiencias y sensaciones desconocidas, echando abajo todas nuestras convicciones más arraigadas, incluso aquéllas que constituían la base de nuestra identidad y de nuestra existencia. El amor pone patas arriba nuestra realidad cotidiana y nos deja con los pies en el aire, empujándonos a cualquier insensatez, cualquier humillación, cualquier renuncia, con tal de conservar a la persona amada. No importa lo sabios o lo espabilados que seamos, el amor nos desarma y nos convierte en unos pardillos.

       “Potts: Ya no me sé ni los tiempos verbales. Me he vuelto chalado, pirado, un hombre locatis.”

       Pero la película no sólo nos habla de los peligros y ventajas de enamorarse, sino también, de la equivocación que cometen estos siete sabios al querer aprenderlo todo de manera teórica, olvidándose de la práctica, es decir, olvidándose de vivir. Y ya se sabe que para experimentar la vida en profundidad, no hay más remedio que salir al mundo y mojarse. El momento en que Potts, tras ser noqueado por Lilac, arroja al suelo el libro de boxeo ―con el que ha estado entrenándose―, supone el momento en que Potts despierta y comprende que, en las cuestiones prácticas, la teoría, no sirve para nada.


       Potts, como experto lingüista, ya intuyó este error en su trabajo, al principio de la película, cuando escuchó el argot en boca de un basurero. Y, aunque no supo ver que ese error también estaba afectando a su vida privada, decidió pasar a la acción:

       “Potts: Viviendo aquí, apartado del mundo, he perdido el contacto. Y es inexcusable. Ese hombre hablaba una lengua viva. Yo embalsamé frases muertas.”

       Y en su deseo de descubrir el mundo, Potts arrastra con él al resto de profesores, esos entrañables y sabios ancianos de buen corazón, que son los siete enanitos creados por Wilder y Hawks, ingenuos como niños y lúcidos como genios. Representantes todos ellos del típico profesor académico, que poseedor de una mente brillante, continúa siendo, emocionalmente, analfabeto. Faltaba Sugarpuss para espabilarles a todos.

       “Potts: Nos has dado un buen curso teórico-práctico sobre cómo ser pardillos y la matrícula nos ha salido muy barata. Puede que no fuéramos dignos de ti, para que nos escogieras como sujetos de tu demostración. Ocho incautos... Como pescar en un barril.”

       Es inexorable mencionar que Barbara Stanwyck brilla, en esta película, como una auténtica “bola de fuego”, apodo de su personaje y título del film, realizando una composición perfecta de la desenvuelta y deslenguada cantante de sala de fiestas, que bajo una capa de dureza y cinismo, posee un buen corazón. La Stanwyck se mete al público en el bolsillo mostrándose divertida, insolente, irreverente, magnética, seductora y cariñosa.

       “Sugarpuss: ¿Quién ha decorado la casa? ¿El tipo que mató a Lincoln?

       Cautivando a los espectadores, lo mismo que a todos los miembros de la fundación, con su encanto, belleza y simpatía, además de hacernos reír, al mantener a raya, tan solo con chasquear la lengua, a la marimandona señorita Bragg (“Braga”, la llama ella) o al seducir a Potts, únicamente, con la ayuda de un rayo de sol y de unos cuantos libros en los que auparse para besarle.


Desde el primer minuto en que aparece en pantalla, bailando y haciendo como que canta el pegadizo “Drum Boogie” ―que en realidad, cantaba Martha Tilton―, al ritmo de la batería de Gene Krupa y su orquesta, la actriz se muestra tan segura de sí misma, en este papel, que ni siquiera el atractivo de Gary Cooper ni la veteranía interpretativa de los actores que interpretan a los “siete enanitos” logran hacerle sombra. Su interpretación le valió una merecidísima nominación al Óscar, en un año (1941) en el que demostró con creces su gran talento para la comedia, realizando otras dos magníficas interpretaciones en “Las tres noches de Eva” (Preston Sturges) y en “Juan nadie” (Frank Capra). Lo cierto es que Barbara Stanwyck se lo puso muy difícil a Virginia Mayo a la hora de interpretar este mismo personaje en “Nace una canción”, remake musical de la historia que el mismo Hawks rodó, en 1948, para lucimiento de Danny Kaye y de un grupo sublime de músicos de jazz, como Benny Goodman, Louis Amstrong o Tommy Dorsey, entre otros.


       En cuanto a Gary Cooper compone un personaje sensible y conmovedor, de esa forma en la que sólo él sabía hacerlo, para lograr resultar encantador a todos los espectadores, independientemente de la orientación sexual que tuvieran. Su interpretación es enternecedora y consigue convencer, pero lo cierto es que Stanwyck, en esta película consigue eclipsarle. Sin embargo, eso no nos impide disfrutar de la siempre atractiva presencia de Cooper en la pantalla, lo cual constituye uno de los alicientes más importantes a la hora de visionar, una y otra vez, este clásico de la comedia. Y aunque en esta ocasión, no brillara tanto como Stanwyck, no tuvo motivos para quejarse, ya que no hay que olvidar que ese mismo año ganó el Oscar por su interpretación en “El sargento York”, también a las órdenes de Hawks. Personaje, cuyo gesto de mojar la mirilla de su rifle antes de disparar, es homenajeado en “Bola de fuego” en un simpático guiño protagonizado por el personaje de Dan Duryea.


       “Pastrami: Lo vi en el cine, la semana pasada.”

       Entre los siete enanitos del film, sobresalen, por su especial relevancia en la historia, el profesor Gurkakoff, interpretado por Oscar Homolka, quien protagoniza un divertido accidente de coche:

       “Prof. Gurkakoff: Por la ley de la relatividad, no fui yo quien chocó con la señal, sino que fue la señal la que chocó conmigo. Déjenme explicarme.
       Prof. Jerome: Si lo hace, por la misma ley, su cabeza chocará contra esta botella.”

       Y, también, el profesor Oddly (Richard Haydn), el único de los profesores que tiene experiencia con las mujeres, por ser viudo, y que resulta de lo más cómico cuando pretende orientar a Potts con sus, algo ñoños y anticuados, consejos sexuales. Y aunque los siete actores que interpretaron a los siete profesores realizaron un impecable trabajo, podemos destacar al profesor Magenbruch, magníficamente encarnado por S. Z. Sakall, conocido actor apodado “Cuddles” (Abrazos), que, años después, interpretaría al inolvidable tendero de la hilarante comedia “Un hombre fenómeno” (1945), donde volvería a repetir ese gesto, tan suyo, de llevarse las dos manos a los mofletes ante cualquier sorpresa o contrariedad.

       Respecto al guión, el ingenio y el brillante estilo del tándem Wilder-Brackett, en la escritura, se hace patente en numerosos diálogos del film, entre ellos, cabe resaltar aquellos en los que algún personaje habla de sí mismo con absoluta sinceridad. Por ejemplo, en la conmovedora declaración de Potts a Sugarpuss:

       “Potts: Verás, he tenido una vida muy curiosa. Me gradué en Princeton cuando tenía sólo 13 años. Recitaba “tigre, tigre, ardiendo, brillante” cuando tenía un año. Antes de los dos, leía con total fluidez. A las personas así... Pues... Verás... Es que el polvo se te oxida en el corazón. Hacías falta tú, para soplarlo.
       Sugarpuss: Ya, pero yo no pretendía soplártelo y que te entrara en los ojos.”

       O cuando Sugarpuss le confiesa a Lilac que se ha enamorado de Potts:

       “Sugarpuss: Parece una jirafa y le quiero. Le quiero porque es capaz de emborracharse con un vaso de leche merengada. Y me encanta cómo se le ponen rojas las orejas. Le quiero porque no sabe besar, el muy idiota. Le quiero, Joe, es lo que intento decirte. No volveré a verle, pero no me casaré contigo.”

       También podemos reconocer el sello de Wilder, sobre el guión, en pequeños detalles, tales como el hecho de que Joe Lilac siempre use pijamas de color lila, que nos recuerdan al gánster de “Con faldas y a lo loco” al que llamaban “Botines”, porque siempre llevaba botines. O las divertidas referencias a la matanza de San Valentín, que ya aparecen en otras comedias de Wilder, como “Primera plana” o “Con faldas y a lo loco” y que, en “Bola de fuego”, protagoniza el profesor Magenbruch al ver a los gánsteres entrar en la fundación con las metralletas:

       “Prof. Magenbruch: ¡Es la matanza de San Valentín!”


       La película, enriquecida con el talento de dos artesanos del cine de la talla de Wilder y Hawks, ―sin desdeñar, por supuesto, la pluma de Brackett―, consigue componer una espléndida comedia, menos alocada de lo que solían ser las de Hawks, pero también menos cáustica de lo que acostumbraban a ser las de Wilder y, desde luego, con un equilibrio perfecto entre la locura de uno y el sarcasmo del otro. Wilder decía no haber aprendido nada de Hawks, pero habiendo podido presenciar en el plató su labor de dirección, y siendo Wilder un hombrecillo más listo que el hambre, resulta difícil de creer que no sacara ninguna enseñanza de ello. Y seguro que Hawks también supo aprender alguna que otra cosa del Wilder guionista. De cualquier modo, ambos cineastas tenían en común, junto a un exquisito sentido del humor, su gusto por la ironía y su hábil manejo a la hora de medir el tempo, el tono y el ritmo de una comedia. Y, tanto uno como otro, coincidían en el experto uso de unos secundarios poseedores de un potente motor cómico, ya fuera por su excentricidad o por aspectos exagerados de su personalidad, con los que conseguían aportar a la trama principal momentos realmente tronchantes. Por todo ello, y a pesar de sus diferentes estilos, ambos creadores demostraron complementarse a la perfección, en esta película, consiguiendo una divertida y entrañable comedia de elevada calidad.

       Aunque, en el guión de “Bola de fuego”, el cuento de Disney quedara irreconocible, podemos citar algunas claras coincidencias con la película de animación:

       1 El regreso, en fila india, de los enanitos al hogar, después de una dura jornada de trabajo, se convierte, en “Bola de fuego” en un paseo matutino por el parque, en fila de a dos.
       2 La primera vez que Blancanieves aparece en la película de Disney, lo hace cantando. Lo mismo que Sugarpuss en “Bola de fuego”.


       3 Los enanitos se esconden de Blancanieves, la primera vez que la ven, creyendo que es un fantasma, mientras que los profesores se esconden, por pudor, de Sugarpuss, cuando ella les sorprende en camisón al llegar en plena noche.
       4 Los enanitos de Disney consienten en lavarse, sólo para complacer a Blancanieves y los profesores se acicalan para impresionar a Sugarpuss.
       5 Sugarpuss enseña a los profesores a bailar la conga, protagonizando con ellos un animado baile. Tal como hiciera Blancanieves en la película de Disney.
       6 Al despedirse de los enanitos, Blancanieves les besa, uno por uno, de una forma de lo más recatada y Sugarpuss hace lo propio, cuando, tras anunciar su compromiso de bodas, los profesores expresan su deseo de besar a la novia.
       7 Los enanitos se enfrentan a la malvada reina usando como armas sus herramientas de trabajo, los profesores echan mano de sus conocimientos, sus libros o la lupa de un microscopio para plantar cara a los enemigos de Sugarpuss. Y, al igual que la malvada reina se despeña alcanzada por un rayo, el gánster de “Bola de fuego” cae desde cierta altura al interior del camión de la basura, alcanzado por el rayo del puñetazo, algo burdo, del profesor Potts, “enanito azul” de la película.

       Quizás, lo único que se eche de menos, en la versión de Hawks, respecto al cuento de Disney, sea la tenebrosa transformación de la malvada reina en una horripilante bruja, porque lo más horripilante que hay en “Bola de fuego” es la manera en la que Joe Lilac golpea y se burla de los sentimientos del pobre y desengañado Potts.


       “Lilac: Profesor, ¿de verdad creía que se casaría con usted? ¿Con 3000 dólares al año? Eso lo gasta en pintarse las uñas de los pies. Detesta usar las pieles del año pasado.”

       Pero la mayor diferencia, entre ambas versiones del cuento, es, sin lugar a dudas, que mientras, en el cuento de Disney, Blancanieves abandona a los enanitos para marcharse con el príncipe azul, a su lejano castillo de ensueño, en “Bola de fuego”, Sugarpuss se queda con el “enanito” Pottsi, en la fundación. ¡Es el triunfo de los enanitos sobre el príncipe azul! Y, tras ese malicioso triunfo, se puede adivinar, con facilidad, la sombra del tándem Wilder-Brackett.

       Lo que no podía faltar en la película de Hawks, ni en ninguna otra versión del cuento, es el famoso beso de amor con el que el príncipe despierta a Blancanieves. Un beso que también supone, para Sugarpuss, un verdadero despertar, el despertar al amor verdadero. Y una vez encontrado, ¿cómo resistirse a él? Sería interesante averiguar si Sugarpuss habría sido capaz de abandonar a Pottsi, después de ese beso, de no haber aparecido Lilac con sus matones en el hostal para llevársela. Es muy posible que no, puesto que también ella, después del beso, tuvo que mojarse la nuca, como ya hiciera Pottsi después de que ella le besara por primera vez. Y es que el amor, como hemos dicho, nos vuelve a todos idiotas, pero también nos enriquece y nos hace crecer, como seres humanos, hasta alcanzar límites con los que nunca hubiéramos soñado. ¿Y acaso no es esa la razón, por la que se dice que el amor mueve el mundo?