sábado, 31 de octubre de 2020

SAKSMANÍA 2

“LA EXTRAÑA PAREJA” (1968) de Gene Saks
        

       El periodista deportivo Oscar Madison (Walter Matthau), divorciado desde hace 
unos seis meses, acoge en su apartamento a su amigo Félix Unger (Jack Lemmon), redactor de noticias, cuando éste intenta quitarse la vida, después de que su mujer le eche de casa. Oscar no tardará en descubrir que su amigo Félix tiene un montón de manías que le irritan profundamente y que interfieren en su rutina diaria de una forma insoportable. Félix es un maniático de la limpieza y el orden, y está obsesionado con la cocina mientras que Oscar es sucio y desordenado, y la buena comida le importa un bledo. A pesar de todo, Oscar trata de sobrellevar las diferencias con su amigo, tratando de entretenerse con él. Sin embargo, no tarda en descubrir que Félix es un “pupas” que no para de lastimarse, además de un aguafiestas, que siempre termina fastidiando cualquier intento, por parte de Oscar, de divertirse —incluidas las tradicionales partidas semanales de póker con los amigos—. La difícil relación llega al límite cuando Oscar, que hace tiempo que no se relaciona con mujeres, propone a Félix cenar con un par de hermanas inglesas muy simpáticas, que viven en su mismo edificio. Al principio, Félix se niega porque sigue enamorado de su mujer; pero Oscar logra convencerle y Félix se ofrece a preparar la cena en casa. La noche con las chicas empieza mal, cuando Oscar llega un poco tarde y Félix se enoja, temiendo que la comida se eche a perder. Cuando las chicas llegan, Félix apenas participa en la conversación y cuando lo hace mete la pata hablando del tiempo. Al final, aunque Oscar y las chicas —conocidas como las hermanas periquito, por ser muy habladoras— bromean y ríen tratando de pasarlo bien, Félix termina convirtiendo la velada en un melodrama poniéndose a hablar de su divorcio y de su amada familia; pero, por increíble que parezca, a ellas les encanta el lacrimógeno sentimentalismo de Félix, de manera que, cuando la cena se quema en el horno, ellas les invitan a su apartamento a cenar. Oscar se entusiasma ante la prometedora idea de subir a casa de las chicas, pero, en el último momento, Félix se niega a acompañarlo y, tras pelearse con él, tratando de convencerlo, Oscar sube solo, sabiendo que, siendo tres, la cosa no prosperará. A partir del momento en el que Félix le arruina la oportunidad de ligar con alguna de las chicas, Oscar le declara la guerra a su amigo y le pide que no salga de su habitación, pero el tocapelotas de Félix lo provoca hasta hacerlo estallar y cuando estalla, Oscar, que ya no puede más, lo expulsa del apartamento. Antes de irse, Félix le echa una especie de maldición, haciéndole responsable de lo que pudiera ocurrirle. Algo que deja muy preocupado a Oscar, después de que sus amigos de póker le atormenten con la idea de que Félix pudiera quitarse la vida.

       En esta segunda película, Gene Saks continúa profundizando en las infinitas dificultades de las relaciones humanas, trasladando el problema de la convivencia, de una pareja romántica —examinada por el director en “Descalzos por el parque”— a la convivencia entre un par de amigos divorciados, que comienzan a vivir juntos para hacerse compañía y ahorrar gastos. Con esta comedia, Saks parece querer transmitirnos la idea de que la vida en común es dura para todos los seres humanos, no sólo para las parejas. Y que dos personas que comparten domicilio, tarde o temprano, terminan comportándose lo mismo que un matrimonio; pero eso sí, sin la válvula de escape que supone el vínculo amoroso y sexual.


       El guión parte de la obra teatral del mismo nombre escrita por Neil Simon, obra estrenada en Broadway en 1965 y ganadora del premio Tony al mejor autor. Simon, al escribir el guión, se inspiró para la trama en la experiencia personal de Mel Brooks, que compartió piso con un amigo tras su divorcio. El éxito de “La extraña pareja” daría lugar en los años setenta a una comedia de situación emitida por televisión, dirigida por Mike Nichols e interpretada por Tony Randall y Jack Klugman. Y en 1998, treinta años después, Howard Deutch dirigiría la secuela de esta película de Gene Saks, bajo el título de “La extraña pareja, otra vez”, también con guión de Neil Simon y con Matthau y Lemmon repitiendo protagonismo.

       La banda sonora del film corre a cargo de Neal Hefti, que compuso una música, juguetona y sugerente, que Saks empleó, en la obertura de la película, como gag para poner de manifiesto lo absurdo de los ambientes psicodélico - eróticos de la vida nocturna de la ciudad de Nueva York, en los años sesenta, en los que Félix se siente abrumado y fuera de lugar.

       “La extraña pareja” es una comedia de personajes, en la que se establece una verdadera guerra emocional entre dos personas con formas de ser cómicamente contrapuestas, que al convivir en el mismo domicilio, terminan creando un infierno el uno para el otro. Oscar es un tipo desordenado, desaliñado y despreocupado mientras que Félix es metódico, limpio y miedoso. A los dos les une una verdadera amistad y les separan sus irreconciliables modos de ser y de concebir la vida. Oscar siempre hace y dice lo primero que se le ocurre, sin importarle lo que opinen los demás, mientras que Félix trata de ser siempre correcto en todo momento.


       “Oscar: ¿Por qué has de controlar siempre todas tus reacciones? Déjate llevar por tus impulsos. Haz lo que tú tengas ganas de hacer y no lo que supones que debes hacer. ¡Deja de controlarte siempre, Félix! ¡Suéltate, emborráchate, enfádate!”

       Walter Matthau vuelve a interpretar en el film de Gene Saks a Oscar Madison, personaje que ya encarnó en Broadway, un papel que parece hecho a su medida. “Un sujeto insociable, trapisondista e irresponsable”, en palabras de Félix, y un personaje mordazmente cómico. Las réplicas más ingeniosas y graciosas del guión siempre son las suyas, réplicas que Matthau supo acompañar de gestos oportunamente contenidos y cómicos. Pero este personaje difiere de los que Matthau solía interpretar en que es, a pesar de las apariencias, una buena persona. Algo que su amigo Félix es capaz de valorar incluso en mitad de una de sus peores peleas:

       “Oscar: ¡Si tienes algo guardado en el buche, te agradeceré que los sueltes de una vez!
       Félix: ¡De acuerdo! ¡Tú lo has querido! Eres un tipo maravilloso, Oscar. Y has hecho mucho por mí. De no intervenir tú, yo no sé cómo habría terminado. Me acogiste en tu casa, me diste un sitio donde vivir y me animaste a seguir viviendo. Y eso no podré olvidarlo nunca, Oscar. Has sido un hermano para mí.
       Oscar: Si ya lo has dicho todo, se me ha pasado algo por alto.”


       Pero la virtud de Oscar que le hace verdaderamente grande es su capacidad de comprensión. Oscar es tan tolerante con los demás como lo es consigo mismo, parece ser capaz de entender cualquier debilidad humana por irritante que resulte, pero al mismo tiempo hace gala de un despiadado egoísmo socarrón que le da esa apariencia de mala persona, sin serlo en realidad.

       “Oscar: … yo leo y tú hablas; intento trabajar y tú hablas; me voy a dormir y tú hablas. Has organizado muy bien tu vida, pero yo necesito un poco de distracción.
       Félix: ¿Insinúas que hablo demasiado?
       Oscar: Bah, no te lo reprocho, tienes muchas cosas que decir. Lo que me preocupa es que empiezo a escucharte.”

       Por el contrario, el personaje encarnado por Jack Lemmon es un hombre, aparentemente sensible y bueno, pero consigue sacar de quicio a todo el mundo con su pesadez, sus constantes manías y su llorón victimismo. Félix busca, todo el tiempo, la compasión de los demás y, cuando la gente se cansa de él, se las ingenia para que terminen sintiéndose culpables. ¡Es irritante su forma de manipular! Y por ello, el público empatiza con el sufrido Oscar, hasta el punto de que cuando éste pierde la paciencia y estalla, el público lo celebra, desternillándose de risa.

       “Oscar: Hazme un favor, ¿quieres, Félix? Acomódate en la cocina, vive con tus botes, tus sartenes, tus cacillos y termómetros, y cuando quieras salir, toca una campanilla y me esconderé en el cuarto de baño. Te lo ruego, Félix, te lo pido por nuestra amistad, quítate de mi vista.
       Félix: Oscar, anda por encima de los papeles que acabo de fregar el suelo.
(Oscar se vuelve hacia él con cara de loco y le persigue) ¿Qué te pasa ahora, Oscar? ¡Oscar! ¡Oscar! ¡Haz el favor de calmarte!
       Oscar: ¡No puedo más! ¡Este es el día en que te voy a matar!...”


       Félix se pasa la vida compadeciéndose de sí mismo, pero es incapaz de 
compadecerse de nadie, él siempre es la víctima y los demás son los “malos”.

       “Félix: Es que es algo insoportable, es que… me odio a mí mismo. No sabes cómo me odio.
       Oscar: Bah, no te odias, te adoras. Te figuras que tú eres el único que tiene problemas.
       Félix: Creí que eras amigo mío.
       Oscar: Lo soy, por eso te hablo así, porque te quiero casi tanto como tú a ti mismo.”

       Y no es que Félix sea mala persona, es que no puede evitar ser un pelmazo aguafiestas o, como dice Oscar, un chiflado. Incluso se lo certificó un psicólogo:

       “Félix: … no puedo evitarlo, pongo frenético a todo el mundo. Un consejero matrimonial me echó de su despacho y puso en mi ficha: lunático.”

       Jack Lemmon recrea con tanto acierto a este sujeto cargante y lleno de manías que logra resultarnos insoportable a todos y a cada uno de los espectadores que visionamos el film. Félix Unger es un auténtico plasta y alguien que siempre persigue sus objetivos, aunque no lo aparente, como señala Speed (uno de los cuatro amigos que acostumbran a jugar con ellos al póker):

       “Speed: ¿Qué os decía yo? Es un matalascallando.”


       Este grupo de amigos que se reúnen los viernes para jugar al póker en casa de Oscar constituye uno de los aciertos humorísticos más notables del film. Después del mítico dúo cómico formado por Lemmon – Matthau, los amigos del póker representan la segunda herramienta cómica de la trama. Esta singular pandilla, integrada por magníficos actores secundarios, apoya la acción de la trama principal, actuando de testigos objetivos de la convivencia de los dos amigos e interviniendo en ella cuando se tercia. El amable y sonriente Vinnie (John Fiedler), que siempre tiene que irse temprano, para madrugar y salir de viaje con su mujer; el irascible Speed (Larry Haines), siempre con un puro en la boca, que se queja constantemente de lo que hacen o dicen los demás; el responsable Murray (Herb Edelman), que no puede dejar de actuar como policía ni un solo segundo y, por último, el circunspecto Roy (David Sheiner), especialmente sensible a los ambientes cargados y los malos olores. Todo el conjunto de compañeros de póker forman un variopinto abanico de tipos cómicos que aportan humor a las pocas secuencias en las que aparecen, dando un gran dinamismo a los diálogos, pisándose los unos a los otros al hablar y, en ocasiones, hablando todos a la vez, creando un alboroto de lo más divertido. Tal es el caso de la secuencia en la que temiendo que Félix se quite la vida, tratan de impedirlo, todos juntos, protagonizando una escena de auténtico slapstick, en la que destaca el gag en el que entran todos en la habitación en la que Félix se ha encerrado y no encuentran a Félix por ninguna parte, hasta que se dan cuenta de que lo han aplastado con la puerta al entrar.

       Todos ellos forman, junto a Oscar, un grupo de típicos hombres norteamericanos 
fumando, bebiendo y pasándoselo en grande midiéndose con sus compañeros de juego, para evadirse de las preocupaciones familiares y laborales y sentirse libres, al menos un día a la semana. Hasta que Félix se separa y les arruina las partidas de póker con sus manías de “amo de casa”, que restan romanticismo al, tan deseado, ambiente tahúr de estas reuniones.

       “Roy: No sé… ¿A qué huele? ¿A desinfectante?... ¡Ha lavado las cartas!... Yo me largo de aquí. Esto ya no lo soporto.
       Oscar: Un momento, Roy, ¿adónde vas?
       Roy: He estado respirando aire purificado y amoniaco durante tres horas, mi naturaleza no está preparada para jugar así al póker.”


       La trama circular de la película empieza y termina con dos secuencias similares en las que esta pandilla de póker tiene gran protagonismo: Oscar está en su casa con todo el grupo y todos están preocupados por Félix, temiendo que vaya a quitarse la vida; hasta que éste se presenta en el apartamento y todos se ponen a disimular, haciendo como que juegan a las cartas como si no ocurriera nada. La situación es la misma, lo único que varía es que al principio el problema de Félix es que su mujer lo ha echado de casa mientras que, al final, es Oscar quien lo ha echado de su apartamento.



       La presencia femenina en la película recae sobre otro inolvidable dúo cómico, el formado por las hermanas Pigeon (que significa paloma en español), Cecily y Gwendolyn, dos chicas inglesas muy animadas, cuya comicidad se basa en la simplicidad intelectual de ambas y la frivolidad, algo picantona, de sus conversaciones. Una de ellas es divorciada y la otra viuda y no tienen ningún reparo a la hora de demostrar su interés por el sexo opuesto. Lo que alimenta, de inmediato, las expectativas de ligue de Oscar; que el sosaina de Félix no tardará en echar a perder con su manía de lloriquear y de hablar de forma lastimera de su ex mujer. La dos alegres y chispeantes chicas terminan llorando sobre el hombro de Félix, al que, para desesperación de Oscar, terminan considerando un hombre sensible y maravilloso. Interpretadas por las actrices Carole Shelley (Gwendolyn) y Monica Evans (Cecily) —ambas inglesas, como sus personajes, y ambas con la experiencia de haber interpretado en Broadway estos mismos personajes—, las hermanas periquito constituyen una representación de ese tipo de muchachas modernas, trabajadoras y alegres, que no han tenido éxito en sus matrimonios y ya sólo esperan de los hombres pasar un buen rato. Las dos actrices, de asombroso parecido físico, realizan una excelente interpretación cómica de estas chicas, siendo lo más destacable, la gran compenetración y complicidad entre ellas, con la que logran crear la ilusión de que son verdaderamente hermanas. Otro de sus logros lo constituyen, esas risas traviesas, tan contagiosas y tan chispeantes, que hacen sonreír al espectador, lo mismo que al pobre Oscar, hambriento de cariño. Estas hermanas serán el detonante que hará estallar al sufrido Oscar —al que Félix está destrozando lenta y machaconamente con sus manías—, cuando éste se niegue a acompañarle a casa de las chicas.

       “Oscar: Félix, Félix… pero si esas chicas están locas por ti, locas, te lo aseguro, me lo han confesado. Una de ellas quiere estrecharte amorosamente en sus brazos. Tienes más suerte que yo. Vamos, coge el cubo de hielo.
       Félix: ¿No lo comprendes? Lloraría y no quiero llorar delante de mujeres.
       Oscar: Eso les ha encantado, si hasta yo pienso echarme a llorar.”


       Desde el momento en que Félix le arruina a Oscar la oportunidad de ligar con una de las chicas periquito, se desata entre ambos amigos un mudo enfrentamiento, en el que no paran de hacerse la puñeta el uno al otro. Resulta tronchante el gag en el que Félix está pasando la aspiradora y Oscar la desenchufa, así que, Félix se lleva la aspiradora a la cocina arrastrando el cable tras de sí, entonces, Oscar pisa el cable y Félix lo ve y, con la intención de hacerle caer, se enrolla el cable en el brazo, preparándose para dar un fuerte tirón, pero, justo cuando lo da, Oscar levanta el pie y se oye a Félix caer rompiendo platos y derribando cacharos por el suelo.

       Tras la guerra silenciosa, a la que por supuesto el charlatán de Félix pondrá fin, llega la guerra dialéctica, en la que Oscar dará rienda suelta a todo lo que ha estado callando; en esta secuencia Simon supo resumir en una sola frase lo que sentimos todos cuando ya no soportamos a alguien que ha agotado nuestra paciencia:

       “Oscar: Estoy deshecho, no puedo aguantar más, todo lo que tú haces me irrita, y cuando no estás, me irrita imaginar lo que harás cuando vengas.”

       Esta gran guerra, que constituye el clímax del desarrollo del film, es una explosión de sinceridad por parte de ambos personajes, de tal calibre y pasión desatada, que pone de manifiesto, de forma hilarante, la absoluta incompatibilidad de caracteres existentes entre Félix y Oscar. Y una vez desatado el infierno, no hay vuelta atrás, la ruptura es inminente. Los dos personajes son inmaduros, egoístas, difíciles para la convivencia y, cada uno a su manera, algo chiflados.

       “Félix: Estás loco. Yo soy un neurótico, pero tú estás loco.
       Oscar: ¿Conque estoy loco? Es muy gracioso que lo diga un chiflado como tú.”


       Los dos lo saben, saben las razones por las que sus esposas les abandonaron, pero no han hecho el esfuerzo de cambiar, por eso, han reproducido, al convivir juntos, los mismos errores que cometieron con sus mujeres. Tal vez, esa sea la razón por la que Félix suele equivocarse llamando a Oscar por el nombre de su ex mujer o por la que Oscar llama con el nombre de su mujer a la de Félix. Al menos, algo han aprendido de su fallido intento de compartir apartamento, han aprendido que deben hacer un esfuerzo por cambiar. Oscar debe ser menos caradura, más aseado y más responsable en el cumplimiento de sus obligaciones y Félix debe dejar de ser tan pelmazo y olvidarse ya de su mujer para mirar hacia el futuro. De toda relación humana se aprende algo y se sacan cosas buenas y malas.


       El ser humano está programado genéticamente para interactuar con los demás y, 
si esto no sucede demasiado a menudo, es normal que se experimenten ciertas emociones de intranquilidad y desasosiego. El miedo a la soledad es un temor ancestral, que nos hace tomar decisiones erróneas que, en el fondo, sabemos que son contrarias a nuestras aspiraciones, motivaciones y deseos. Es lo que les sucede a estos dos amigos cuando deciden vivir juntos. Oscar se siente “aislado, aburrido y desalentado” viviendo solo en su gran apartamento, de manera que, cuando Félix se separa y le confía que no se siente capaz de vivir solo, Oscar cree que puede ser una buena idea, para los dos, compartir apartamento. Así que, obviando la evidente diferencia de caracteres existente entre los dos y desoyendo la sincera advertencia del propio Félix, decide ponerla en práctica.

       “Oscar: Quiero que te vengas aquí.
       Félix: Pero si soy la peste.
       Oscar: Ya lo sé, no hace falta que lo digas.
       Félix: ¿Y por qué quieres que venga?
       Oscar: Por la sencilla razón de que también a mí me fastidia vivir solo.”



       Las consecuencias de esta precipitada, y generosa, decisión dan lugar a una serie de situaciones cómicas, de lo más dramáticas para los personajes, que estarán a punto de acabar con la amistad de ambos y con la salud mental del pobre Oscar. Sin embargo, aunque la convivencia fracasa, la amistad sobrevive. El problema entre Oscar y Félix se produce a causa de que cada uno de ellos cuestiona el sistema de creencias y valores del otro. La manía de controlarlo todo de Félix (la limpieza, la cocina, la salud, los gastos…) irrita a Oscar porque cuestiona su creencia de que un hombre debe hacer siempre lo que le apetezca y no lo que se supone que debe hacer. Y a su vez, la despreocupación y relajación en la que vive Oscar, molesta a Félix porque cuestiona su creencia de que hay que llevar una vida ordenada y cumplir con las obligaciones en todo momento. Ambas posturas son válidas al mismo tiempo, porque, aunque opuestas, forman parte de la  misma realidad que es la vida. Hay que aceptar la polaridad del universo, para poder aceptar a los demás y aceptarnos a nosotros mismos tal como somos. Este aprendizaje lo proporciona el infierno de la convivencia, y es por esto que la amistad entre Oscar y Félix perdura más allá de la batalla librada.

lunes, 28 de septiembre de 2020


SAKSMANÍA 1

“Descalzos por el parque” (1967) de Gene Saks
     

       La frustración que experimentan los jóvenes enamorados al estrellarse contra la dura realidad, en plena efervescencia del amor romántico, inspiró la primera película de Gene Saks, en un momento en el que el cine estaba sufriendo una gran transformación a  causa de la enorme competencia que suponía la televisión, como medio de  entretenimiento de masas. Las grandes producciones ya no eran rentables para los  estudios, por lo que los profesionales formados en Hollywood empezaron a ser sustituidos por los que procedían del teatro neoyorquino —como fue el caso de Saks—  y, posteriormente, por los que habían aprendido el oficio en la misma televisión. Los directores de la década de los sesenta, obligados a realizar películas de bajo presupuesto  para poder rivalizar con la televisión, gozaron, sin embargo, de una mayor libertad creativa, dando lugar a un nuevo cine con una nueva forma de narrar.
                 
              
       Corie (Jane Fonda) y Paul Bratters (Robert Redford) acaban de casarse y, tras pasar una apasionada luna de miel en el hotel Plaza de Nueva York, alquilan un pequeño apartamento para iniciar su vida matrimonial. A partir de ahí, comenzarán a surgir los primeros problemas en la pareja, a raíz de la diferencia de caracteres existente entre ellos. Para empezar, el apartamento es diminuto y está en un quinto piso sin ascensor; además, hay un agujero en el tragaluz y como el radiador no calienta, hace un frío de miedo y para terminar, aún no les han traído los muebles. Corie está muy ilusionada y todo le parece bien, pero Paul es abogado y necesita ponerse a trabajar enseguida, así que no para de quejarse. Para colmo, los vecinos del edificio son algo extraños, sobre todo el vecino del ático, Víctor Velasco (Charles Boyer), una especie de aventurero, un poco caradura, que irrumpe en sus vidas como un vendaval. Como a Corie le preocupa que su madre, Ethel Banks (Mildred Natwick), esté sola ahora que ella se ha casado,  organiza una cena para que conozca a Velasco, con la esperanza de que hagan buenas migas. Paul encuentra a Velasco demasiado excéntrico para su suegra, pero Corie no le hace caso y, tal y como él esperaba, la cena resulta ser una sucesión de despropósitos, en la que el anfitrión demuestra ser un auténtico chiflado. Corie se lo pasa en grande,  pero Paul y Ethel se sienten incómodos y fuera de lugar. De regreso al apartamento, Corie y Velasco rebosan energía y quieren continuar la velada, pero Ethel prefiere irse a casa y Velasco decide acompañarla. Cuando se quedan a solas, Paul y Corie tienen su primera pelea. Paul la acusa de haber arrojado a su madre a los brazos de un Barba azul y Corie lo acusa a él de ser un aburrido y un estirado. Paul trata de poner fin a la discusión para irse a dormir, pero Corie se pone furiosa y le pide el divorcio. Por la mañana, Paul regresa del trabajo con un bonito resfriado, por haber dormido en el sofá bajo la nieve que se colaba por el tragaluz, pero, aún así, Corie insiste en que se marche del apartamento. Paul, muy enojado, hace la maleta y se va al parque a emborracharse. Mientras tanto, Corie descubre, escandalizada, que su madre ha pasado la noche en casa de Velasco. Ethel trata de explicar a su hija que entre ella y Velasco no ha ocurrido nada, que sufrió un accidente al resbalar en el hielo y por eso tuvo que quedarse allí. Corie le anuncia a su madre que Paul y ella van a divorciarse y Ethel aconseja a su hija que se deje de tonterías y vaya en busca de su marido. Corie siguiendo el consejo de su madre recorre las calles del barrio, hasta que encuentra a Paul en el parque, descalzo, sin abrigo, completamente borracho y haciendo toda clase de locuras para demostrar a su  mujer que no es tan estirado como ella cree.

De regreso al apartamento, Corie descubre que Paul tiene mucha fiebre y le pide que se vaya a la cama, confesándole que prefiere al Paul serio y responsable de siempre, al que quiere mucho. Pero Paul ya no la escucha, ha salido por la ventana del dormitorio y se ha subido al tejado. Cuando Corie lo ve en el tejado, a través del tragaluz, tambaleándose por la borrachera, se lleva un susto de muerte y sube a buscarlo. Desde la calle, Ethel y Velasco, al salir para ir a cenar, los ven juntos en el tejado y se alegran de que se estén reconciliando.
       
       “Descalzos por el parque” fue la primera película que dirigió Gene Saks y el primer guión cinematográfico escrito por Neil Simon, basado en una obra suya, homónima, estrenada en Broadway, donde también fue interpretada por Robert Redford y por Mildred Natwick. Saks supo airear la película, de su formato claramente teatral, sacando la cámara a la calle siempre que el guión lo permitía, aún así su origen escénico se hace evidente, sobre todo por el protagonismo del mismo apartamento en el que los jóvenes recién casados descubrirán que el matrimonio no es de color de rosa, sino que está repleto de claroscuros que lo convierten en un aprendizaje idóneo para madurar y templar el carácter. El concepto romántico del amor se desvanece en los primeros meses de la convivencia, poniendo a prueba el amor de la pareja, que debe superar la decepción inicial y estar dispuesta a sortear los obstáculos tratando de entender al otro, sin renunciar a uno mismo. Difícil equilibrio que no muchos saben alcanzar.

       “Ethel: Todo lo que tienes que hacer es olvidarte un poco de ti para ocuparte de él. No lo tomes todo a juego, sólo cuando sea la ocasión y entre vosotros dos. Cuídate de él, haz que se sienta importante. Si lo consigues, tu matrimonio será feliz y maravilloso, como el de dos de cada diez parejas. Vosotros seréis una de esas dos.”

       Lo que Ethel no dice a su hija es que para que su matrimonio funcione, también Paul debe olvidarse un poco de sí mismo y ocuparse de ella, haciendo que se sienta importante. Pero, en fin, es una película del año sesenta y siete y ya se sabe que, en esa época, se consideraba obligación de toda esposa hacer feliz al marido mientras que lo único que se esperaba del marido era que ganara dinero y no se comportara como un crápula.

       Los diálogos veloces y cargados de ironía de Simon imponen un ritmo ágil a esta romántica comedia, que junto a la hábil dirección de Saks que supo mantener a sus actores en una continua actividad mientras hablaban— logran dotar a la acción de un gran dinamismo, que impide que las secuencias que transcurren en el apartamento resulten estáticas.

       “Corie: ¿Por qué ese pánico, madre? Es sólo un hombre.
       Ethel: ¿Conque mi pareja es sólo un hombre? Oyéndote a ti parecía Douglas Fairbanks.
       Corie: No se parece en nada a Douglas Fairbanks, ¿verdad, Paul?
       Paul: Sólo salta como él.”


       Saks demostró a lo largo de su carrera ser un excelente director de actores y esto es algo que se aprecia en el film, en el que todos los intérpretes están fabulosos, destacando, por encima de sus compañeros, las interpretaciones tanto de un ya maduro Charles Boyer, que nos sorprende con un rol divertidísimo en el que nos demuestra una vez más sus dotes de elegante seductor, como de una veterana Mildred Natwick, que derrocha encanto en esta encarnación de una viuda algo despistada y, totalmente, desconcertada ante la irresistible personalidad de Velasco. Interpretación por la que la actriz ganaría un merecidísimo Oscar a la mejor interpretación de reparto.

       “Ethel: He tenido que aparcar a tres manzanas de aquí. Entonces, se ha puesto a llover y he venido corriendo desde allí. Después, se me ha hundido el tacón en una rejilla del suelo. Cuando he podido sacar el pie, lo he metido en un charco. Pasa un coche y me salpica las medias. Si hubiera estado abierta la ferretería hubiese comprado un cuchillo para degollarme.”


       Charles Boyer encarna a la perfección a este despreocupado y caradura vecino, que trabaja en casa, no se sabe muy bien en qué, y que, aunque al principio parece interesado en la hija, termina decantándose por la madre, tras pasar una disparatada noche en compañía de los tres. Boyer aportaba su infinita elegancia a este locuaz y divertido personaje, que ejerce como maestro de ceremonias en cada una de las secuencias en las que aparece, eclipsando con su carisma a todos los demás personajes.

       “Velasco: Oiga, ¿su marido trabaja durante las horas del día?
       Corie: Sí.
       Velasco: ¿En una oficina?
       Corie: Sí.
       Velasco: Bien. Yo trabajo en casa durante el día y predigo interesantes complicaciones. ¿La estoy poniendo nerviosa?
       Corie: Mucho.
       Velasco: ¡Ajá! ¡Estupendo! Una vez al mes trato de poner nerviosas a las jovencitas, sólo para evitar que mi personalidad desaparezca.”

       Si hay algo que el espectador siempre recuerda después de haber visto esta película, por muchos años que transcurran, es el personaje de Víctor Velasco, por su particular carisma y por su inagotable amor por la vida. También la secuencia en la que Velasco lleva a los Bratters y a Ethel a cenar a un restaurante albanés —tan estrafalario como él mismo— se convierte en inolvidable para el espectador, con esos platos incomibles, esos licores mareantes y esos propietarios de edad avanzada que se comportan como jovencitos, bailando una sugerente danza albanesa, con claras reminiscencias de la danza del vientre. Dicha pieza albanesa es otro de los elementos cómicos del film que uno no puede olvidar: “Shama, shama…” se convierte como en una especie de palabra comodín que Corie y Velasco utilizan a modo de saludo, incluso Paul llega a repetirla como un mantra cuando, tras subirse al tejado borracho, comienza a sentir vértigo. La canción fue compuesta para la película por Neal Hefti, autor de la divertida banda sonora del film; una composición musical desenfadada, con cierto aire romántico y cómico a la vez, que aúna influencias del jazz y del pop en sus melodías. El trabajo de Hefti, en este film, encaja a la perfección con los diálogos de Simon, fundiéndose con ellos para recrear las emociones y el ritmo adecuados para cada secuencia.

       La fructífera colaboración entre Gene Saks y Neil Simon comenzó en Broadway, donde Saks llegó a dirigir ocho obras de Simon, con dos de las cuales ganaría el premio Tony a la mejor dirección. En el cine, dirigiría, además de “Descalzos por el parque”, otras cuatro películas escritas por Simon, siendo “La extraña pareja” (1968), la más famosa de todas ellas. Sin embargo, la relación entre ambos creadores fue siempre profesional y distante, y no sólo no llegaron a ser amigos, sino que, incluso, terminaron enfrentados cuando Simon, insatisfecho con la dirección de Saks en la versión teatral de “La chica del adiós”, se empeñó en que fuera sustituido por otro director.

       La breve filmografía de Saks consta de menos de una decena de películas, todas ellas comedias, género en el que desarrolló su gran talento para la dirección de actores y su armoniosa forma de narrar historias. Los actores y actrices que trabajaban con él solían desplegar bajo su batuta una gestualidad precisa y natural y una emotividad, a menudo, cargada de humor, que hacía que sus películas fueran siempre divertidas y entrañables. La pareja protagonista de la cinta, formada por Jane Fonda y Robert Redford, derrocha juventud y Belleza y ambos intérpretes emanan simpatía y hacen gala de una vis cómica muy divertida. Fonda, nominada al premio BAFTA por su interpretación de Corie Bratter, emana vitalidad y determinación al encarnar a esta enamoradísima recién casada llena de ilusiones. Inolvidable su sexi aparición en el pasillo del hotel Plaza, vestida únicamente con la chaqueta del pijama de su marido. Por su parte Redford demuestra su enorme talento interpretativo transmitiendo la contención emocional de este personaje que trata de llevar una vida ordenada, pese a su alocada esposa, y que en un momento dado de la película explota, haciendo que toda esa contención se desborde. La química entre ellos funcionaba a la perfección, proporcionando al film momentos de una graciosa sensualidad y de una, casi inocente, pasión juvenil. Sobre todo, antes y después de la luna de miel, cuando aún no han surgido dentro de la pareja roces de ningún tipo, aunque ya se adivine en el horizonte que las diferentes formas de ser de cada uno darán lugar, tarde o temprano, a algún que otro conflicto marital.

       “Corie: Paul, ¿te arrepientes de haberte casado?
       Paul: ¿A los cuarenta minutos? Dejemos pasar un par de horas.
       Corie: Paul, si esto no sale bien, no nos divorciemos, matémonos.”


       La pareja Fonda - Redford ya había coincidido antes en el reparto de la comedia 
romántica “Me casaré contigo” (1960) de Joshua Logan y en el drama de Arthur Penn “La jauría humana” (1966), donde interpretaban también a un matrimonio. Después de “Descalzos por el parque”, volverían a coincidir en 1979 en la aventura romántica “El jinete eléctrico” de Sidney Pollack y, más recientemente, en “Nosotros en la noche” (2017) de Ritesh Batra. Y en cada uno de estos trabajos, ambos intérpretes, han demostrado saber comunicarse en la ficción con una naturalidad y una autenticidad que traspasa la pantalla, logrando emocionar al espectador con su sinceridad.

       Gene Saks comenzó su carrera trabajando como actor de teatro y televisión, después se pasó a la dirección teatral y, finalmente, debutó como director con la película que nos ocupa, sin embargo, durante toda su vida continuó trabajando de forma esporádica como actor. Algunos de sus últimos trabajos como actor los realizó a las órdenes de su amigo Woody Allen, en “Desmontando a Harry” (1997) y en “Melinda y Melinda” (2004). Como director, además de interesarse por la comedia y el musical, Saks gustaba de abordar historias cuya temática profundizara en las relaciones humanas y en los lazos, a veces inesperados, que surgen entre personajes que no parecen tener nada en común, al menos en apariencia. No es de extrañar, por tanto, que muchas de sus películas pertenezcan al género de la comedia romántica ni que su última película, como director, fuera una historia de amor otoñal, “Cin Cin” (1992), protagonizada por Julie Andrews y Marcello Mastroianni.

       Respecto al gusto de Saks por abordar relaciones humanas insólitas o poco habituales, hay que señalar que la brillante subtrama de la relación entre Ethel, madre de Corie, y el señor Velasco es una buena muestra de ello y uno de los mayores aciertos del guión, ya que, estos dos personajes aportan, juntos y cada uno por su lado, una fuente inagotable de situaciones cómicas, al tiempo que contribuyen a poner a prueba la relación de los jóvenes enamorados, haciendo que afloren las diferencias existentes entre ellos.


       La llegada de Velasco introduce un elemento perturbador en la relación de “los enamorados Bratters” —como a Corie le gusta llamar a su matrimonio—. Velasco es un hombre de mundo, jovial y excéntrico, poseedor de una energía insólita para sus 58 años, y también es un incorregible donjuán. Paul observa con preocupación el efecto que Velasco causa en su joven esposa, que parece divertirse tanto con sus extravagancias que Paul llega a sentirse desplazado. Paul es un joven abogado que necesita abrirse paso en su profesión y para ello, necesita llevar una vida ordenada, pero Velasco les arrastra, a él y a su mujer, a una existencia caótica, donde lo único que importa es la diversión. A Corie, que es una chica romántica a la que le gusta vivir la vida intensamente, le apasiona la existencia bohemia de su nuevo vecino, tan diferente a la responsable y aburrida rutina de Paul. Y a éste le molesta y le preocupa que su mujer le compare con Velasco y le encuentre soso. Víctor Velasco hace que afloren y choquen los diferentes caracteres de los jóvenes esposos, que se cuestionan, por primera vez, la compatibilidad de sus opuestos temperamentos. Corie es impulsiva, decidida y algo alocada mientras que Paul es responsable, serio y muy convencional. Y ambos temen que todas esas diferencias puedan poner en peligro su matrimonio.

       “Corie: ¿Sabes qué eres, Paul? Eres un mirón. Sí, un mirón. En este mundo hay los que miran y los que actúan. Y los que miran se sientan a ver qué hacen los activos. Esta noche, tú has mirado y yo he actuado.
       Paul: Y fue más penoso mirar lo que tú hacías, que para ti hacer lo que yo miraba.”

       De la misma manera que Velasco siembra el caos en la relación de los jóvenes, la señora Banks es la que logra volver a equilibrarla, con su sensatez. Ambos personajes maduros, también de personalidades totalmente contrarias, son una muestra de que los opuestos se atraen y se estabilizan el uno al otro, enriqueciéndose mutuamente. Ethel Banks aprende de Velasco a ser más espontánea, más despreocupada y a sentirse más ilusionada por la vida. Y Velasco comprende, gracias a Ethel, que debe tomarse la vida con más calma y asumir que ya no es un jovencito. La madre convencional y el vecino chiflado se complementan, lo mismo que la alocada Corie y el responsable Paul.


       Cuando dos personas opuestas sienten una profunda atracción suele ser porque buscan a alguien que les ayude a conocer una forma de vida diferente. Las diferencias enriquecen, pero pueden pasar factura si la pareja carece de unos valores y unos intereses comunes que les hagan afrontar la vida de una forma parecida. La cuestión es saber combinarse y no cerrarse a nuevas experiencias. En el caso de la pareja protagonista, tanto Corie como Paul, hacen un gran esfuerzo por adaptarse a la manera de ser del otro para que su unión funcione. Paul comienza a hacer locuras cuando Corie le acusa de ser demasiado serio y estirado, y Corie se termina comportando con cordura cuando ve a Paul perder el control. La película refleja de una forma humorística cómo ambos jóvenes se están conociendo y adaptando el uno al otro, en esos primeros meses de convivencia, en los que las discusiones y los enfrentamientos son algo natural. La secuencia de la primera pelea de los enamorados resulta sumamente cómica por lo absurdo de la disputa. Corie está irritada y se empeña en discutir con Paul a toda costa, a pesar de que él trata de evitar la pelea.

       “Paul: Quiero saber por qué quieres divorciarte. ¿Por qué?
       Corie: Porque tú y yo no tenemos nada en común.
       Paul: ¿Nada en común?… ¿Y qué me dices de los seis días en el Plaza?
       Corie: Seis días no hacen una semana.
       Paul: ¿Qué significa eso?
       Corie: ¡No lo sé! No sé lo que significa. Lo único que sé es que quiero el divorcio.”

       Situación ésta que recuerda el entremés de los hermanos Álvarez Quintero “Ganas de reñir”, en el que una chica está esperando a su novio con el que planea discutir por cualquier motivo, simplemente, porque le apetece y, cuando él llega, no para de provocar la discusión hasta conseguirla. Claro ejemplo de cómo muchas de las peleas de enamorados están relacionadas con la lucha de poder. Corie —lo mismo que la novia del entremés mencionado— desea discutir con Paul para ejercitar su poder sobre él. Y, como es natural, Paul se resiste a ser dominado por su alocada esposa y lucha para establecer unos límites a los caprichos de ésta. Por su parte, Corie se niega a que la rutina laboral de su marido ponga freno a sus ansias juveniles de sacar el máximo partido a la vida. La película muestra con gran acierto el modo en que estos dos jóvenes enamorados se esfuerzan por encontrar un equilibrio entre sus propios deseos y los de su pareja, para tratar de alcanzar juntos una relación que satisfaga a ambos. Esfuerzo conmovedor y tierno, debido a la juventud y a la inocencia de la pareja protagonista, que cree, por encima de todo, en su mutuo amor.

       “Corie: Yo quiero a mi Paul de antes.
       Paul: ¿Aquel mequetrefe?
       Corie: No es un mequetrefe. Es fuerte y seguro de sí. Él sabe cuidarme y protegerme de individuos como tú. Sólo deseo hacerle saber lo mucho que le quiero. Y voy a hacer exactamente todo lo que él desee. Repararé el agujero del tragaluz y el gotear del lavabo, e instalaré una bañera, y hasta lo subiré por la escalera todas las noches, porque le quiero mucho.”

       “Paul: Yo también te quiero, Corie. Y hasta cuando me odiabas te quería.”


viernes, 28 de agosto de 2020

QUINEMANÍA 3

“CÓMO MATAR A LA PROPIA ESPOSA” (1965) de Richard Quine



       
En 1965, Richard Quine dirige esta sátira sobre la visión misógina de la vida matrimonial, según la población masculina norteamericana de los años sesenta. Esta divertida caricaturización de la misoginia con momentos extremadamente incorrectos —políticamente hablando— critica, con sorna, el victimismo infantil adoptado por este tipo de hombres, que usan a sus esposas como chivos expiatorios sobre las que descargar todas las frustraciones que se derivan de la vida en pareja. Sin embargo, más allá de este irracional odio a las mujeres, la película logra exponer con acierto y de manera hilarante los diferentes problemas de convivencia, a los que se expone cualquier matrimonio.

       Stanley Ford (Jack Lemmon), famoso dibujante de las historietas de “Bash Brannigan - agente secreto”, es un soltero empedernido que lleva una excéntrica y plácida vida junto a su misógino mayordomo Charles (Terry - Thomas), que además de atender todas sus necesidades con esmero, le ayuda a escenificar y a fotografiar las aventuras de su personaje, para que él pueda, posteriormente, plasmarlas sobre el papel. Hasta que durante la despedida de soltero de su amigo Tobey Rawlins (Max Showalter), Stanley se emborracha y termina casándose con la despampanante chica que sale del interior de la tarta (Virna Lisi).

Al día siguiente, Stanley, muy angustiado, trata por todos los medios de librarse de su esposa, pero su abogado y amigo, Harold Lampson (Eddie Mayehoff), le aclara que el matrimonio no tiene marcha atrás, a menos que su esposa le conceda el divorcio, cosa harto difícil, siendo ella italiana, pues en Italia no existe el divorcio. Stanley se resigna a su nueva vida matrimonial mientras su mayordomo, que se niega a trabajar para hombres casados, le abandona. Durante las primeras semanas de convivencia, la Sra. Ford somete a Stanley a una devastadora transformación de su hogar y de sus costumbres. Stanley, agobiado, comienza a plasmar en sus dibujos las frustraciones de su vida conyugal, casando a Bash Brannigan y haciéndole vivir todas sus traumáticas experiencias matrimoniales. Las tiras cómicas de “Los Brannigan” alcanzan un gran éxito, pero Stanley no está satisfecho de haber convertido a su agente secreto en un imbécil calzonazos; así que, decide que Bash Brannigan asesine a su mujer. Con esta idea, Stanley elabora un plan perfecto para eliminar a la Sra. Brannigan y, como es su costumbre, Charles y él se ponen manos a la obra para escenificar el crimen con la intención de fotografiarlo. Cuando, más tarde, Stanley dibuja todo el material fotografiado, la Sra. Ford, al ver la historieta, comprende que su marido desea librarse de ella y se marcha sin dejar rastro. Al descubrir la ausencia de su mujer, Stanley trata de denunciar su desaparición, pero la policía no le toma en serio, hasta que se publica la historieta del asesinato de la Sra. Brannigan en los periódicos y, entonces, Stanley es detenido bajo la acusación de haber matado a su esposa. Durante el juicio, las cosas se ponen muy mal para Stanley, ya que su abogado, Harold Lampson, se muestra completamente incapaz de defenderle. Desesperado, Stanley decide defenderse a sí mismo, declarándose culpable y convenciendo al jurado de que fue un homicidio justificado, cometido en nombre de la libertad de todos los pobres maridos de América. Los miembros del jurado, todos masculinos, le absuelven y le sacan a hombros de la sala, ante el estupor de las mujeres presentes. A pesar de su liberación, Stanley se encuentra muy apesadumbrado por la ausencia de su esposa; al contrario que Charles, que, pletórico de satisfacción, regresa a casa del Sr. Ford con la intención de recuperar su vida anterior. Sin embargo, ya nada será lo mismo, pues la Sra. Ford regresa a casa de forma inesperada, en compañía de su bellísima madre italiana…

       El guión de esta farsa sobre el matrimonio de un soltero empedernido fue escrito y producido por George Axelrod. Su director, Richard Quine, siguiendo el ejemplo del protagonista —que convierte su vida en una historieta—, transforma la película en un cómic en movimiento, donde la importancia visual de cada plano adquiere una trascendencia especial y donde la ambientación, el color y la expresión física de los personajes están cuidados al detalle. El propio Axelrod usó onomatopeyas en los diálogos, a fin de lograr una estética global de conjunto similar a la del cómic. 

       “Fiscal: ¿Sería tan amable de describir los efectos de estas píldoras cuando se toman con alcohol? 

       Dr. Bentley: Encantado. ¡Brrrup! Sube hasta el techo. Y luego, ¡Blaaap! Abajo otra vez.”

       Del mismo modo, la sencillez de la trama, unida al minucioso desarrollo de la acción y a la personalidad plana de los personajes, contribuye a crear una narración en la que lo importante son las peripecias vitales de los protagonistas y cómo se enfrentan a ellas de una manera gráfica.

       El agente secreto Bash Brannigan, protagonista de las historietas que dibuja Stanley, está inspirado en el detective neoyorquino Rip Kirby del dibujante norteamericano Alex Raymond, que estuvo publicándose en las tiras de los periódicos norteamericanos durante décadas. Los dibujos de Bash Brannigan para la película fueron encargados al dibujante Alex Toth, sin embargo, por diversas razones, finalmente, serían realizados por Mel Keefer. Reduciéndose la colaboración de Alex Toth a la creación de un cómic, con el personaje de Brannigan, para promocionar la película.

       Richard Quine demuestra una vez más su hábil manejo de la cámara para seguir a los personajes, con brillantez, por un elaborado decorado que les permite moverse con libertad ejecutando una coreografía perfecta de movimientos, captados por unos estilosos planos, en los que el director parece estar danzando con sus intérpretes al ritmo de la banda sonora de Neal Hefti. La composición jazzística, dinámica y alegre, creada por este músico contiene instantes de una gran sensibilidad, que se repiten en los momentos de intimidad de la pareja, apoyando esos primeros planos con los que Richard Quine solía transmitir los sentimientos de sus personajes. La mirada romántica y melancólica, tan propia de este director, se deja sentir en la película a pesar del tono sarcástico de esta demencial comedia, que puede presumir de una impecable puesta en escena y de un excelente tratamiento del color.

       Mediante el uso de dos matrimonios opuestos, el guión permite a Quine mostrar dos puntos de vista diferentes sobre el matrimonio. El de una pareja que lleva once años casada, y cuya relación se ha deteriorado por la convivencia, y la de unos recién casados, cuya relación, pese a los roces de la vida en común, está basada en la pasión y el cariño. Stanley Ford se arrepiente de su boda y reniega de ella, pero, siempre le vemos tratar con respeto a su mujer, incluso en los momentos en los que está más furioso con ella. Tanto es así, que la Sra. Ford, ajena al descontento de Stanley, vive en una nube de felicidad, encantada con su marido y con su matrimonio. Lo único que le disgusta es el impertinente mayordomo, pero como éste dimite, para ella todo es perfecto. Al mostrarnos dos matrimonios similares en la forma, pero muy diferentes en los sentimientos, Quine parece darnos a entender que el tiempo, la convivencia y la rutina sólo hacen estragos en aquellas relaciones en las que los cónyuges se han perdido el respeto, arrastrados por una lucha de poder destructiva, que les ha hecho olvidar que son un equipo.

       En los diálogos de Axelrod abundan los parlamentos largos que, como en el teatro, sirven a los personajes para presentarse a sí mismos, exponer una filosofía de vida o expresar una opinión personal. Uno de estos parlamentos sirve a Quine, en la obertura de la película, para introducirnos, de una forma elegante y eficaz, en la vida del dibujante Stanley Ford, a través de su mayordomo Charles, que suelta la primera bomba incendiaria contra las mujeres en la primera frase del film:

       “Charles: Bienvenidos, caballeros. Supongo que sus esposas no estarán con ustedes, ya que el solo título de nuestra obra habrá sido suficiente para llenarlas de terror y que todas se hayan quedado en la cocina, que es donde deben estar.”

       ¡BUUUM…! El guión va directo al meollo de la misoginia más extrema, sin ningún tipo de reparo ni de paños calientes. Es toda una declaración de intenciones, que deja claro al espectador de qué va la historia, y el que avisa, no es traidor. Claro que, al final de la trama, Axelrod cuestiona todo lo expuesto a lo largo del film, con una conclusión que reduce a mera palabrería todos los argumentos machistas defendidos en la película por sus protagonistas, tanto masculinos, como femeninos…

       “Edna: … nosotras somos distintas, porque una mujer no es verdaderamente libre hasta que se casa. Entonces es libre para disfrutar de las cosas buenas de la vida, puede gastar mucho dinero, mucho dinero…, puede pasarlo bien sin perder la protección del marido. Por eso, a los hombres hay que controlarlos.”

       La pobre e insoportable Edna, en su afán de dominar al marido, vive tan agobiada como él. Tiene tanto miedo de que su marido se le vaya de las manos, que no baja la guardia ni un solo segundo. Para ella, la libertad de su marido es sinónimo de la propia perdición. Y busca aliadas en todas las mujeres casadas, a las que alecciona — perversamente— en la manera en la que deben someter a sus maridos. ¿Les suena? Sí, eso es, también hay maltratadoras psicológicas femeninas, como Edna, cuyo miedo convierte su matrimonio en una relación opresiva en la que los cónyuges ya no se respetan, algo que en la ficción resulta muy cómico, pero en la vida real es una verdadera tragedia.

       Hay que señalar que el guión cómico está estructurado de una forma harto inteligente, sin que la inverosímil absolución del protagonista por parte del jurado —tras confesar el asesinato de su esposa— menoscabe un ápice la brillante presentación en la pantalla de esta historia de odio cerval a las mujeres. Ese momento en el que Stanley Ford no solo es absuelto sino que, además, es sacado a hombros por la puerta grande —como un torero tras cortar las dos orejas y el rabo—, no hace sino reafirmar la postura, que defienden los hombres del film: que la mujer es una amenaza para el hombre y por tanto, debe ser eliminada, sin piedad. Y el hombre que ose hacerlo, en realidad, debe ser considerado un héroe, pues lo que hace es llevar a cabo una “hazaña deslumbrante”.

       “Stanley: ¿Se dan cuenta del poder que tienen ustedes hoy en sus manos? Si un hombre, un solo hombre, puede enterrar a su mujer amparado por el “glopita”, “glopita” de una máquina y conseguir salvarse, seremos los amos. Nosotros seremos los amos.”

       Admitámoslo, esta apoteosis misógina es el clímax perfecto para el tratamiento de una película que se jacta de machista sin reparo. Y he de reconocer, aunque me duela, que, pese a lo repelente que resulta para una mujer escuchar las burradas que se dicen en ese juicio y la forma brutal en la que se expresan, la película es una comedia divertida e hilarante, que no hace sino ridiculizar el comportamiento infantil de un puñado de hombres hechos y derechos que confunden a sus mujeres con el enemigo. Llámenme poco feminista, pero me siento incapaz de sentirme ofendida ante semejante pandilla de idiotas. Además, durante la disparatada defensa de sí mismo realizada por el protagonista durante el juicio, éste se venga de Edna, por haber envenenado a su mujer, consiguiendo que Harold Lampson se rebele, públicamente, contra ella e incluso la asesine de forma metafórica. En un acto de verdadera justicia poética, que es algo que el público siempre celebra en una película.

       Por otra parte, el verdadero conflicto que se le presenta al protagonista, en el film, es el de la convivencia y la comunicación con su pareja, que es algo tan difícil para los hombres como para las mujeres. Esa postura victimista, egocéntrica y cicatera que adoptan los hombres de la película, ante el matrimonio, es pueril y reduccionista; y es tan exagerada, que hoy en día, nadie se la podría tomar en serio. A todos nos es fácil señalar aquellos aspectos de la pareja que nos resultan odiosos y achacarlos a su género, pero lo cierto es que todos tenemos costumbres que sacan de quicio a los demás. La convivencia es dura para todos los sexos, pero para tener compañía, hay que adaptarse, y eso es justamente lo que termina entendiendo el protagonista del film. Stanley considera su matrimonio un error, porque sólo es capaz de fijarse en lo que ha perdido, las juergas, las aventuras amorosas, una forma física perfecta, un hogar hecho a su medida y un mayordomo que vela por él; pero, en cuanto se da cuenta de lo mucho que ha ganado, comprende que ese error es lo mejor que le ha pasado en la vida, porque le ha hecho descubrir el amor.

       “Charles: Perdóneme, pero si usted no la asesinó, ¿dónde está ella?                                                                         Stanley: No lo sé, probablemente, con su madre. Se habrá ido a Italia, no lo sé.                                       Charles: Pero, señor, eso significa que cualquier día puede volver aquí otra vez.                                      Stanley: Eso espero.”

       La comedia tiene un ritmo ágil y las situaciones cómicas funcionan a la perfección, haciendo destacar la habilidad de Richard Quine para orquestar grupos de actores, tanto en el juicio, como en las dos fiestas que tienen lugar en la película. En la primera, donde Stanley Ford se emborracha y termina casándose con una desconocida —algo muy frecuente en las comedias Hollywoodiense—, Quine sabe transmitir a la perfección que se trata de una despedida de solteros, de clase alta, donde un montón de hombres descontrolados, que no piensan más que en beber hasta reventar, se comportan como un puñado de niños traviesos fuera de la vigilancia paterna. 



En la segunda, en casa de Stanley, la fiesta es una reunión de amigos animada y muy realista, hasta el punto de dar la impresión de ser invitados reales que se están divirtiendo de verdad y no actores interpretando una escena. Ambas fiestas recuerdan a otras dos fiestas cinematográficas, inolvidables e insuperables, filmadas por Blake Edwards, amigo y colaborador de Quine, con el mismo desenfado y la misma naturalidad; una, la fiesta de la película “El guateque” de 1969, posterior a la película de Quine que nos ocupa. Y la otra, anterior, de 1961, la mítica fiesta de “Desayuno con diamantes”.


      Las interpretaciones de la película son espontáneas, graciosas y de gran fuerza expresiva. Por supuesto, Jack Lemmon brilla encarnando a este personaje de costumbres extravagantes, cuya ordenada vida se ve alterada por la llegada de una irresistible mujer, que le hace renunciar de un plumazo a su idolatrada soltería. Lemmon nos muestra con su interpretación la transformación que sufre su personaje al casarse, pasando de un gesto de plácida felicidad y autocomplacencia, a otro de continua incomodidad y fastidio; y de una actitud corporal de confianza en sí mismo, a una rápida decadencia física, que le hace parecer diez años mayor. Y lo hace tan bien, que logra que nos identifiquemos con su hastío vital, que comprendamos su drama personal. La angustia que refleja la cara de Lemmon, a la mañana siguiente a la boda, mientras observa, desde el sofá, a su bella esposa durmiendo desnuda sobre la cama, es suficiente para que comprendamos su problema, no hacen falta palabras. Su grandeza como actor y su dominio absoluto de la gestualidad y de la expresión corporal consiguen, además, que olvidemos su falta de atractivo físico y le percibamos como un auténtico galán, con el carisma suficiente para seducir mujeres y despertar admiración en los hombres. Cuando Stanley Ford escenifica sus historietas antes de dibujarlas, Lemmon nos convence, con su interpretación, de que el agente secreto Bash Brannigan no puede ser otro que él. 

También hay que mencionar que la forma en la que Lemmon representa la terrible borrachera de su personaje, en el momento en que conoce a su futura mujer, es tan perfecta y tan cómica que, observándole, parece que todo nos dé vueltas. Y, asimismo, la maquiavélica expresión de su rostro mientras observa a su mujer, esperando a que la droga surta su efecto, es sencillamente impagable.

       Quine sabe sacar partido a la interpretación de Lemmon para mostrarnos los sentimientos de Stanley por su esposa, aun en los momentos en que desea librarse de ella, cómo sonríe, cómo la mira, cómo la besa y como la tapa con una manta para que no se enfríe. Y sobre todo, la enorme tristeza que le causa la ausencia de ella y la radiante felicidad que experimenta a su regreso.

       Jack Lemmon trabajó en seis películas de Richard Quine, siendo “Cómo matar a la propia esposa”, la última colaboración entre actor y director, que el intérprete supo cerrar con broche de oro. Toda la película gira en torno a su personaje, al que el actor aporta una personalidad tan atrayente que incluso en los momentos en que permanece en silencio, mientras su amigo y abogado habla sin parar, resulta tan magnético que nadie puede dejar de atender a sus gestos. Por su trabajo en este film, Lemmon fue, justamente, nominado a los premios Bafta, como mejor actor extranjero.

       La presencia de Virna Lisi en la película no se deja eclipsar por el talento de Lemmon, la actriz italiana compone un personaje encantador que resulta adorable, a pesar del empeño de los personajes masculinos en hacernos creer que es una bruja. La Sra. Ford, de la que nunca llegamos a saber su nombre, se esfuerza tanto por ser una buena esposa, que logra conmovernos y conmover al mismo Sr. Ford, incluso a su pesar. La actriz interpreta con gran eficacia el desconcierto de su personaje, una mujer extranjera enamorada de un marido con el que no puede comunicarse. La Lisi brilla con luz propia no sólo por su evidente atractivo y belleza sino por la eficacia con la que sabe transmitirnos las emociones de su personaje, pese a no contar con demasiado diálogo. 

La forma en la que mira a su marido antes de abandonarle es enternecedora y de una gran expresividad; su arrolladora e imparable intromisión en el club masculino, para averiguar qué está haciendo su esposo, es de una gran comicidad y, por último, el inolvidable baile que ejecuta durante la fiesta, cuando está bajo los efectos del alcohol y de un calmante que su marido le ha echado en la copa, es de una gracia, una voluptuosidad y una fuerza visual, que no tiene nada que envidiar a los sugerentes bailes que sus compatriotas, Sofía Loren o Silvana Mangano, realizaron en otras películas. Aún así, el lanzamiento de Virna Lisis en Estados Unidos, que pretendía lograr esta película, fracasaría y la actriz regresaría a Italia, donde desarrollaría, con éxito, el resto de su carrera.

       La película, como todas las comedias de Quine, cuenta con unos personajes secundarios diseñados de forma excelente para arropar con una esmerada ironía y comicidad la interpretación de los protagonistas. Y, aunque todos los actores secundarios del film aportan su granito de humor a las secuencias en las que aparecen, es justo destacar el trabajo de tres de ellos por la importancia de sus personajes en la trama. En primer lugar, el excelente cómico inglés Terry – Thomas —que entabló una gran amistad con Jack Lemmon durante el rodaje— interpreta al chiflado y devoto mayordomo Charles Furbank, con una cara de canalla, una sonrisa de pillo y unos guiños al público, que le hacen parecer, más que un mayordomo, un cómplice de las francachelas de su señor. Este estirado mayordomo, que incluso lleva un pañuelo en el bolsillo de la chaqueta del pijama, es como una madre celosa, que se niega a compartir la casa con la esposa de su señor, a la que ve como a una amenaza, una rival de la que hay que librarse. Charles representa para Stanley la misma mala influencia que Edna para la Sra. Ford, ambos tratan de aleccionarlos en la manera en la que deben comportarse con sus parejas y ambos son devastadores e implacables.

       “Charles: Señor, según la ley americana, no pueden juzgarle dos veces por el mismo crimen. Ya le han absuelto de su asesinato, así es que si volviese, podría legalmente asesinarla. Han levantado la veda, sólo aparecer en nuestra casa y… ¡Zas! Entre ceja y ceja. Ja, ja, ja… “

       Charles, finalmente, comprenderá a su señor y se adaptará al nuevo estado civil de éste, gracias a otra atractiva italiana, madura e irresistible, de la que Charles se prendará al primer vistazo de un diastema dental, que asoma en la boca de la señora, idéntico al suyo.

       La despótica Edna, de la que ya hemos hablado, es encarnada a la perfección por Claire Trevor, la llamada “reina del cine negro” por sus habituales papeles de malvada, que en este rol cómico, poco habitual en ella, se nos muestra igual de mala e igual de eficiente como actriz, aprovechando cada segundo que aparece en pantalla para hacer gala de su vis cómica. Mostrándose especialmente divertida al bailar encima del piano, tratando de imitar la voluptuosa forma de moverse de Virna Lisi, pero resultando una patética parodia de la misma.

       “Harold: ¡Vamos, deja ya eso, imbécil! —Me aprovecho porque mañana no se acordará de nada. Puedo insultarla sin ningún reparo—. ¡Borracha idiota! ¡Vejestorio! ¡Imbécil! ¡Sí, imbécil he dicho y lo repito, imbécil!”

       Y, por último, Harold Lampson, abogado y amigo de Stanley y marido de Edna, cuya interpretación recayó sobre Eddie Mayehoff, actor habitual en comedias televisivas, que realiza un divertido trabajo en esta película, en la que se muestra como un hombre infantil y tontorrón, que completamente dominado por su esposa, disfruta viendo a su amigo caer en las redes del matrimonio, esperando, con ansia, el momento en que su esposa lo convierta en el mismo imbécil que es él.

       Después de esta película, la carrera cinematográfica de Richard Quine comenzaría un declive imparable. Realizaría algunos films más, cada vez más espaciados en el tiempo, dirigiría algunos episodios de televisión para series como Colombo y una última comedia, para lucimiento de Peter Sellers, pero ya nunca volvería a disfrutar de la libertad creativa y del éxito que tuvo durante los años cincuenta y sesenta. Realizó 29 largometrajes, fue un realizador elegante, talentoso y un gran maestro a la hora de mover la cámara; demostró tener un sentido del ritmo único para la comedia, un gusto exquisito para los ambientes y para el color, y un estilo narrativo romántico e inteligente. Aún así, continua siendo uno de los grandes olvidados del cine americano. Puede que no fuera un genio ni sus películas fueran obras maestras, pero sí que fue un gran director con una personalidad propia dentro del séptimo arte, cuya filmografía merecería ser revisada más a menudo.