martes, 30 de julio de 2019

CUKORMANÍA 2

“NACIDA AYER” (1950) de George Cukor


       
     George Cukor profundiza, en este film, de la mano del guionista Albert Mannheimer, en el peligro que supone la ignorancia, tanto para una persona como para una nación, pues del desconocimiento de los demás, siempre están dispuestos a aprovecharse los egoístas sin escrúpulos, que pululan por las sociedades de todo el mundo. Por tanto, hay que instruirse para ser libre y, también, para ser un buen ciudadano.

       “Paul: La Historia del mundo es una lucha entre altruistas y egoístas.
       Billie: Sigue.
       Paul: Lo malo que nos rodea lo cría el egoísmo. A veces el egoísmo se transforma en una causa. Incluso en un gobierno. Entonces se llama fascismo.”

       De la ignorancia del pueblo, que se deja arrastrar sin ser consciente de estar siendo utilizado, se alimenta la corrupción, que representa la peor de las amenazas para la democracia. El film toca de pasada este problema político, de candente actualidad, para centrarse en la situación de vulnerabilidad de la gente ignorante, sobre todo en el caso de las mujeres, frente a la ambición desmedida de algunos desaprensivos, que no dudan en utilizar las relaciones personales para sacar partido.

       El empresario de la chatarra Harry Brock (Broderick Crawford) llega a Washington, en compañía de su amante Billie Dawn (Judy Holliday), con la intención de sobornar al congresista Norval Hedges (Larry Oliver) para conseguir una enmienda que le garantice la estabilidad del precio del hierro. Para ello, Harry debe codearse, de la mano de su abogado Jim Devery (Howard St. John), con la élite política de la ciudad. Y para que su amante, y ex corista, no desentone en sociedad, Harry contrata al periodista, especializado en política, Paul Verrall (William Holden), para que la instruya. Harry y Billie se sienten atraídos el uno por el otro desde el principio y, aunque Paul prefiere no complicar las cosas y mantener con ella una relación profesor-alumna, ambos comienzan a enamorarse. 


Pero Paul enseña a Billie mucho más que a comportarse en sociedad, la enseña a pensar por sí misma, y esto termina por causar problemas a Harry, que no tardará en arrepentirse de haber querido formar a Billie. A lo largo de los siete años que llevan juntos, Harry, aconsejado por Jim, ha puesto gran parte de sus negocios a nombre de Billie, a la que obliga a firmar, periódicamente, un montón de documentos, sin darle ninguna explicación sobre el contenido de los mismos. A medida que Billie va creciendo intelectualmente, comienza a interesarse por los papeles que firma y no tarda en darse cuenta de que Harry está creando un monopolio para acaparar el mercado del hierro. Cuando Billie se niega a formar parte de ello, Harry la obliga a firmar haciendo uso de la violencia. Entonces Billie recurre a Paul y entre los dos traman un plan, para hacerse con los documentos del monopolio y obligar a Harry a desistir del proyecto, bajo la amenaza de acudir con ellos a la prensa y a la policía. Por su parte, Billie, se compromete a devolver a Harry, cada año, el control de uno de los depósitos puestos a su nombre, pero sólo si “se porta bien”.

       David, una vez más, consigue tumbar a Goliat, tan sólo con su inteligencia. Y, lo mismo que Goliat, Harry no ve venir el golpe y, una vez recibido, tampoco alcanza a comprender cómo ha podido ocurrir.

       “Harry: No me hagan reír. ¿Un don nadie y una rubia estúpida van a detenerme?”

       Jim no sólo lo comprende, sino que, además, no puede evitar celebrarlo.

       “Jim: Brindo por todos los estúpidos, pasados, presentes y futuros. Sedientos de conocimientos y de la verdad. Que luchan por la justicia y se educan los unos a los otros, poniéndoselo difícil a los ladrones como tú y como yo.”

       Desde que se dejó arrastrar por el camino de la corrupción, Jim se ha sentido muerto como abogado. Y, desde que se dejó comprar y pisotear por Harry, se ha sentido muerto, también, como ser humano.

       “Harry: ¿Enfadado?
       Jim: Enfadado no, Harry.
       Harry: Te noto raro.
       Jim: Lo sé.
       Harry: ¿Una aspirina?
       Jim: No, estoy bien. Considerando que llevo muerto dieciséis años, mi salud es extraordinaria.”

       El personaje de Jim Devery representa uno de los típicos personajes del cine de Hollywood, el americano talentoso, que renunciando a un futuro prometedor, a cambio de poder y riquezas, cae en una espiral de degeneración física y moral; justo castigo por atreverse a atentar contra los ideales sagrados sobre los que se sustenta la democracia americana. Jim es casi más culpable que Harry, porque sin su inteligencia, el patán de Harry Brock nunca habría podido llegar tan lejos.

       “Jim: Aquí buscamos algo grande. Mira, Harry, aquí hace falta poder, y alguno tienes. Dinero, y tienes un montón. Pero por encima de todo, hace falta inteligencia, y para eso me pagas cien mil al año.”

       El actor Howard St. John encarna a este abogado sin escrúpulos, de manera harto convincente, cubriendo con un velo de amargura sus cínicos comentarios y su creciente alcoholismo, para mostrarnos su decadencia y su desprecio hacia lo que Harry y él mismo representan.


       El congresista Norval Hedges, lo mismo que Jim, se nos muestra en todo momento avergonzado y deprimido, por haberse dejado arrastrar por el mal camino, y en ambos se puede apreciar un arrepentimiento y un profundo deseo de redimirse para recuperar la dignidad perdida. Interpretado por Larry Oliver, el congresista tiene la apariencia de un venerable anciano, de rostro confiable, que transmite una imagen de integridad, que justifica con creces el apoyo de sus votantes, por lo que resulta aún más lamentable el hecho de que se haya vendido al vil metal. Es conmovedora la manera en la que este actor refleja, con cansancio, la honda impresión que causan en él los ingenuos comentarios de Billie sobre la importancia del cargo, que él ha traicionado.

       “Billie: ¿Por qué se deja pisotear por Harry? Usted es más importante, es un congresista.
       Norval: Sí, y como tal, tengo muchos deberes y responsabilidades. El funcionamiento del gobierno es muy complejo.

       Y es que Harry Brock contamina todo lo que toca, a Jim, al congresista Norval e incluso a Billie, todos caen bajo la perversa influencia de Harry, tentados por la riqueza que les ofrece. El mismo Paul Verrall accede a trabajar para Harry, aunque no se fía de él, por los doscientos dólares a la semana. Todos saben la clase de persona que es Harry, pero, aún así, caen en sus redes. Y todos terminan pagando un precio por ello. En el caso de Billie, el distanciamiento con su padre, que no quiere verla mientras siga viviendo con Harry sin estar casada. Algo, moralmente, inaceptable para la época.
       Broderick Crawford interpreta a este empresario sin escrúpulos de manera magistral, con un abanico de matices, que van desde la prepotencia, la zafiedad y los malos modales, hasta el infantilismo de sus pataletas y de sus conversaciones con Billie. Hay momentos soberbios en los que el actor nos muestra, en su rostro, la gran confusión que experimenta su personaje, cuando no comprende lo que los demás personajes dicen o sienten. Algo que le ocurre muy a menudo, porque, en el fondo, es un hombre simple, incluso primitivo, cuya única virtud consiste en saber aprovecharse de los demás para sacar tajada. Para Harry un hombre vale lo que gana, por eso no entiende los remordimientos de Jim ni los reproches de Paul y, por supuesto, es incapaz de entender lo que le está ocurriendo a Billie, no comprende que ella está creciendo como persona y trata de contentarla con regalos, que para Billie ya no significan nada.


       “Harry: ¿Qué te pasa?
       Billie: No lo sé. Sólo sé que odio mi vida. Hay algo mejor. Si leyeras algún libro lo sabrías. Quizás tengas razón y sea idiota, pero una cosa sé, hay otra vida mejor que la mía o la tuya.”

       Billie ha progresado, pero él sigue siendo un bruto. Cree que la quiere, pero sólo quiere poseerla y sacar provecho de ella. No se preocupa por su felicidad ni quiere que sea libre ni que piense por sí misma. Cree que Billie es tonta, pero, en realidad es más inteligente que él, al menos ella sabe lo ignorante que es, pero Harry, siendo tan ignorante o más que Billie, se cree muy listo, aunque sólo es listo haciendo trampas. Billie le conoce bien, y aunque antes de estudiar pensaba que era un hombre importante, al instruirse, se ha dado cuenta de que es un imbécil, que nunca será feliz, a pesar de ser rico y poderoso, porque nunca tendrá bastante.

       “Billie: Te tomaba por un hombre importante, Harry. Y veo, ahora, que no lo eres. En la Historia los hubo más grandes y mejores. También ahora.
       Harry: ¿Quién?
       Billie: Miles.
       Harry: Dime uno.
       Billie: Mi padre.
       Harry: ¡Veinticinco dólares a la semana!... No te pongas así sólo porque ojeaste un libro. Sigues siendo igual de estúpida.”

       Al principio de la película, Cukor nos muestra el comportamiento de la pareja Harry-Billie como el de dos niños malcriados, que sólo se preocupan por satisfacer sus propios deseos en cada momento. Harry se esfuerza por impresionar a Billie con el lujo, pero Billie se muestra indiferente, y enseguida averiguamos por qué. El despotismo con el que Harry la trata, despierta en ella un hastío y una indiferencia emocional, de la que ni ella misma es consciente. Más tarde Billie inicia un proceso de maduración, que la conducirá a la libertad, mientras Harry, empeñado en negarse a crecer, continuará siendo un esclavo de su propia ambición.


       George Cukor supo fotografiar a Judy Holliday, en sus visitas por Washington, en planos muy generales, con los que resaltaba la pequeñez de Billie frente a la grandiosidad de los monumentos y su importancia en la historia americana, transmitiéndonos a la perfección, con estos planos, la enorme impresión que causan en Billie, que parece fascinada y absorta ante todo lo que está descubriendo acerca de su país.


       El personaje de Billie Dawn experimenta una gran evolución desde el principio hasta el final de la película. Billie comienza siendo una ignorante que se cree feliz porque tiene todo lo que quiere. Sin embargo, no se la ve feliz, sino aburrida, como si la vida para ella no tuviera sentido. Vive como una niña, no toma decisiones, no asume responsabilidades y deja que Harry la domine en todos los aspectos de su vida. Al empezar a leer, se da cuenta de que hay otra vida mejor que la que ella lleva y de que ha estado como aletargada, sin usar su cerebro. Pasa por un proceso que la hace infeliz, porque se plantea cuestiones que nunca se había planteado, cuestiones que la inquietan.

       “Billie: Nunca creí que me pasara algo parecido.
       Paul: ¿Como qué?
       Billie: Semejante lío en la cabeza. Preocuparme, pensar y cosas así. Anoche tardé más de diez minutos en dormirme por estar pensando. Y no sé si es bueno aprender tanto y tan deprisa.”

       Empieza a pensar y empieza a sentirse descontenta consigo misma y con los que la rodean. Abre los ojos y despierta a su realidad y no le gusta lo que ve. En la parte final de la película, Billie aún no sabe muy bien qué es lo que quiere, pero sí ha descubierto lo que no quiere.

       “Billie: Todo lo que he estudiado y lo que Paul me ha enseñado me confundió, pero cuando me pegaste... todo encajó en mi cabeza y cobró sentido. De golpe vi lo que significaba. Unos siempre dan y otros siempre cobran. No es justo. No dejaré que vuelvas a hacérmelo. Ni tú ni nadie.”


       Para Cukor los sentimientos, deseos y frustraciones de Billie son el eje central de la historia, su transformación la hace atravesar por diferentes estados de ánimos, la chica simple maltratada por su amante se descubre a sí misma como una persona más compleja de lo que ella misma podía imaginar y capaz de tomar decisiones y desarrollar estrategias para perseguir sus objetivos y su propia felicidad. Pero antes debe pasar por un periodo de confusión y tristeza, en el que no termina de entender lo que está sucediendo dentro de su cabeza y de su espíritu, una etapa de metamorfosis que la convertirá en una mariposa capaz de volar por sus propios medios. El despertar de Billie Dawn contribuye a destruir el mito de la “rubia tonta”, demostrando que la ignorancia no es lo mismo que la estupidez. Es cierto que Paul la educa, pero su ingenio y su avispada capacidad para darse cuenta de las cosas ya estaban ahí antes de que Paul llegara. Él se limita a sembrar en una tierra fértil, que no tarda en dar frutos. Como alguien dijo una vez: “Ni el mejor mago puede sacar un conejo de su chistera, si el conejo no se encuentra allí.” Y, paradójicamente, la misma Judy Holliday poseía un alto coeficiente intelectual.

       Una vez más, en el cine de Cukor, la liberación de una mujer se produce a través de la mano de un hombre. Para Cukor el amor hace libre a las mujeres, las salva y las conduce a la felicidad. Billie se interesa por aprender para complacer a Paul, por el que siente una gran atracción y, luego, durante el proceso, descubre que le gusta aprender.


       “Billie: Sentí deseos por ti enseguida.
       Paul: ¿Le pasa a menudo?
       Billie: De vez en cuando.
       Paul: Entonces, ¿qué hace?
       Billie: Quédate aquí y lo sabrás.”

       Lo mismo que le ocurría a la protagonista de “La dama boba” de Lope de Vega, el amor despierta la inteligencia de Billie. Y así, al enamorarse, la ignorante ex corista consigue obstaculizar los planes corruptos de su amante, el magnate de la chatarra, poniendo freno a su intento de atentar contra la democracia americana. Antes de que el amor la despertara de su simpleza, Billie no era capaz de valorarse a sí misma como ser humano ni era valorada tampoco por los demás. El amor la hace estudiar y al ir aprendiendo se reviste de una dignidad, que procede directamente de la elevación de la propia estima.

       Y, también como en “La dama boba”, el amor despierta a Paul de su excesivo intelectualismo. Billie enseña a Paul que, a veces, la sencillez es la mejor manera de expresar las ideas, si se desea que el mensaje llegue a más gente.

       “Paul: No habrás leído mi artículo, supongo.
       Billie: ¿Qué dices? Claro que sí, dos veces.
       Paul: ¿Qué te pareció?
       Billie: Es lo mejor que he leído en mi vida. No entendí una sola palabra.”


       Cuando Paul le explica, con palabras más sencillas, su pedante artículo, ella le espeta con toda naturalidad: “¿Por qué no lo dijiste así?”
Aunque el film nos muestra, al final de la película, a una Billie plena y feliz, después de abandonar a Harry, no podemos olvidar aquel momento de la película en el que Billie hablaba con nostalgia y orgullo de su trabajo como corista, porque no sólo bailaba y cantaba sino que también tenía cinco frases. Incluso la oímos fantasear con la idea de que, quizás de haber seguido, ahora sería una estrella. Luego, hay otro momento en el que también habla con nostalgia de su padre, al que admira y echa de menos. Harry le arrebató las dos cosas que la hacían feliz, su trabajo y su padre. Y esperamos que Paul sea capaz de ayudarla a recuperar todo eso, de lo contrario, sería como si Billie hubiese cambiado de vida, únicamente, cambiando de hombre, lo cual sería un cambio muy poco sustancioso para ella; además de ser algo machista y decepcionante, eso de reducir el proceso de maduración de una mujer, exclusivamente, al matrimonio.

       Tras el éxito obtenido a las órdenes de George Cukor, en su papel secundario en “La costilla de Adán”, Judy Holliday repitió rodaje con el director, protagonizando esta comedia, con la que ganó el Oscar a la mejor interpretación femenina de ese año. Un merecido galardón, a la trabajadísima interpretación de la divertida y convincente actriz, que ya había interpretado el papel en Broadway, donde la obra de Garson Kanim ―quien también supervisó el guión de la película― había obtenido un gran éxito. La cómica interpretación de Judy Holliday consiguió hacer inolvidable el personaje de Billie Dawn, dotándola de una gran humanidad y una sincera espontaneidad, que nos conmueve y nos hace reír al mismo tiempo. ¿Quién puede olvidar a Billie respondiendo a Harry a voces, desde el otro extremo de la suite, o cantando alegremente las cancioncillas de la radio? Al tratarse de un personaje tan transparente, la actriz debió hacer un gran esfuerzo por encarnarse completamente en la piel de Billie, sintiendo sus sentimientos, haciendo suyos sus impulsos y componiendo una forma acorde con su personalidad y con el tono de la comedia, para después, hacerla evolucionar, al tiempo que Billie evolucionaba. El encanto de Billie reside en que ella es auténtica, no trata de fingir, no aparenta ser algo que no es, por eso, le resulta tan difícil, al principio de la película, reprimir su verdadera forma de ser ante el congresista Hedges y su esposa. Judy Holliday supo captar a la perfección a Billie Dawn y, por su ejemplar interpretación, permanecerá unida, para siempre, en nuestra memoria, al entrañable personaje de esta magnífica comedia.

       William Holden también sorprende, en esta interpretación del escritor culto que se enamora de la atractiva e ignorante amante de un acaudalado palurdo, por su sobriedad a la hora de abordar esta comedia, en la que su personaje es un hombre íntegro y tranquilo, que a pesar de saberse superior, intelectualmente, al resto de personajes que aparecen en ella, no demuestra ni un ápice de arrogancia. Tan solo se permite algún comentario irónico en su trato con Harry, cuando éste pisotea a alguien, en su presencia. Holden supo componer, con toda naturalidad, un personaje sencillo y sensible, bastante alejado del hombre de acción, que tan bien supo representar en otras películas. Paul Verrall es un hombre que mantiene la calma y que no utiliza la fuerza física, sino el intelecto para vencer a su rival. Un hombre que se divierte en compañía de Billie, por la que siente una gran ternura y a la que trata con respeto, porque es capaz de apreciar sus virtudes, más allá de su atractivo físico, algo a lo que ella no parece muy acostumbrada. Paul la confunde mucho más que los libros que lee, y él sabe apreciar el ingenio de Billie a pesar de su simpleza.

       “Billie: ¿De qué te ríes? ¿De que estoy casi ciega?
       Paul: Casi ciega, sí.
       Billie: ¡¿Casi ciega?!
       Paul: Y maravillosa.
       Billie: Lamento parecerte graciosa.
       Paul: Estás más bella que nunca.
       Billie: Parece que estás anunciando una óptica.”

       Paul Verrall, en el film, también representa la figura del “cuarto poder”, al que se le atribuye el deber de informar al pueblo de lo que ocurre. Descubrir la corrupción y hacerla pública. Y, por tanto, es una amenaza para los planes de Harry.


       “Paul: ¡Presiones clandestinas, soborno, corrupción, gobierno entre compinches! Sí, sucede y cuesta eliminarlo. Llevo años intentándolo. Pero además de saberlo, se necesitan hechos, cifras y, sobre todo, nombres.
       Billie: Y ahora los tiene.”

       Jim supo, desde el principio, que Paul podría convertirse en un peligro para ellos y por eso aconsejó a Harry que intentara ganárselo, para no tenerlo en su contra. Pero Harry cometió el error de contratarle para que enseñara a Billie y, luego, no tardó en arrepentirse cuando comprendió que el periodista, al que había subestimado, se estaba convirtiendo en su rival, tanto en el plano sentimental, como en el político.

       “Harry: Diga que soy un patán. Es bueno, así la gente se asusta.
       Paul: No todos lo hacen.
       Harry: No puede dañarme. Elógieme o cierre el pico.”

       El guión divide la trama en tres claros bloques, que se corresponden a la perfección con el planteamiento (Billie se enamora del periodista que Harry contrata para que la instruya), el desarrollo (Billie descubre los valores del sistema americano y la amenaza que Harry supone para ellos) y la conclusión (Paul y Billie consiguen frenar los planes corruptos de Harry y se casan), dotando a la historia de una estructura firme sobre la que apoyar el peso de todo el metraje.

       Los diálogos son divertidos e inteligentes, capaces por sí solos de sostener el dinamismo de cualquier escena, pese al carácter fuertemente teatral de la historia ― obsérvese que, salvo las secuencias en las que Paul enseña a Billie la ciudad, la acción transcurre exclusivamente en las habitaciones del hotel―.

       Y junto a la solidez de la estructura y a la calidad de los diálogos, el tercer punto fuerte de la película lo constituyen los personajes y las interpretaciones que hicieron de ellos los actores y actrices que los encarnaron, y que supieron dar lo mejor de sí mismos bajo la dirección de Cukor. Entre todas estas brillantes interpretaciones destacan, como ya hemos dicho, la de Judy Holliday y la de Broderick Crawford. La primera consigue mostrarnos dos Billies distintas, la chica hastiada, que se relaciona con Harry, y la chica encantadora y llena de ilusión, que se enamora de Paul, y el segundo logra dar tanta credibilidad a su personaje, que consigue que lleguemos a comprender a un ser tan desagradable como Harry Brock, y seamos, incluso, capaces de reírnos con su brutalidad y compadecernos de su egoísmo.

       Pero “Nacida ayer” es mucho más que una comedia divertida, es una apología, en toda regla, del desarrollo del propio potencial y del empoderamiento de la mujer en la sociedad. Como dice el propio Jim:

       “Jim: Es un mundo nuevo. El poder ha cambiado de lugar.
       Harry: ¿Qué?
       Jim: El conocimiento es poder.”

       El único poder no lo constituye el dinero ―como cree Harry―, el conocimiento también es poder, y puesto que el amor engendra conocimientos, el amor es poder. Hay que amar y hay que formarse para mantener a salvo el control de la propia vida.


       Al conocer a Billie, tan ingenua, tan inculta y tan indefensa bajo el dominio de Harry, nadie podía imaginarse que terminaría siendo capaz de dar un cambio tan grande a su vida. Sin embargo, el guión ya nos iba dejando pistas, desde el principio, del carácter bien templado y de la férrea voluntad de Billie, en detalles, aparentemente insignificantes, pero que nos hacían sospechar que Billie era algo más que una “rubia tonta”. Por ejemplo, en algunas de sus réplicas a Harry:

       “Harry: ¿Quién eres tú para hablar?
       Billie: Yo soy yo.”

       “Harry: ¡Cierra el pico!
       Billie: ¿No puedo hablar?
       Harry: Vamos, sigue jugando.
       Billie: Este es un país libre.
       Harry: Eso es lo que tú te crees.”

       Cuando Harry trata mal a Jim o al congresista Hedges, éstos se muestran cabizbajos y adoptan una actitud sumisa. En cambio, cuando trata mal a Billie, ésta no baja la cabeza, no se muestra vencida ni humillada, sino desdeñosa y, con la cabeza muy alta, se da la vuelta con mucha dignidad y sale de la habitación sin decir una sola palabra. Aunque obedezca a Harry, jamás se muestra avergonzada, salvo en la escena en que la golpea para que firme los documentos, e incluso, entonces, lo que la avergüenza no es el golpe de Harry, sino haber firmado. Y también ahí le hace un desplante, antes de abandonar la habitación:


       “Harry: No tardes, si no quieres un ojo morado.
       Billie: ¿Me harías un favor, Harry?
       Harry: ¿Cuál?
       Billie: Muérete.”

       Y es justo en ese instante, cuando Harry desencadena su propia caída. Porque ese golpe hace que las palabras de Jefferson, “He jurado, ante el altar de Dios, lucha eterna ante toda forma de tiranía sobre la mente del hombre”, cobren sentido en la cabeza de Billie. ¿Rubia tonta, Billie? Ja, pues Harry, como muchos de los que menosprecian a las mujeres, acaba recibiendo una lección inolvidable de ella.

sábado, 29 de junio de 2019

CUKORMANÍA 1

“VIVIR PARA GOZAR” (1938) de George Cukor


       
    Anticipándose al pensamiento de Erich Fromm, expresado en sus libros “Tener o ser” (1976) o “El miedo a la libertad” (1941), George Cukor dirige en la década de los treinta esta comedia con tintes dramáticos ―o este drama en clave de humor―, que refleja la difícil elección a la que debe enfrentarse todo ser humano al llegar a la madurez: dedicarse a perseguir una seguridad económica, lo más lucrativa posible, o a desarrollar el verdadero ser para proyectarlo en el mundo.

       Tan alejada de las comedias alocadas de la época, a las que, sin embargo, parece querer emular en algunas aspectos, tales como el humor físico o el triángulo amoroso, “Vivir para gozar” trata, desde el marco del patriarcado más severo en el seno familiar, las dificultades a que se enfrenta el individuo que elige la opción de ser fiel a sí mismo, asumiendo el riesgo que supone seguir el camino de la libertad.

       Johnny Case (Cary Grant), joven de origen humilde dedicado al mundo financiero, se enamora, durante unas vacaciones, de Julia Seton (Doris Nolan), hija de uno de los hombres más ricos e influyentes de la ciudad, que necesita contar con la aprobación de su padre para casarse. El señor Seton (Henry Kolker) es un hombre intolerante, conservador y lleno de prejuicios, pero Johnny cuenta, para ablandarlo, con el apoyo de sus futuros cuñados, Ned Seton, músico frustrado forzado por su padre a trabajar de banquero, y Linda Seton (Katharine Hepburn), hermana mayor y oveja negra de la familia. Ésta última, gratamente impresionada por el hombre elegido por su hermana, entabla con él una sincera amistad. Johnny, a su vez, se encuentra tan a gusto con Linda que le confiesa que, después de trabajar sin descanso desde los diez años, aspira a reunir el dinero suficiente para tomarse unas vacaciones indefinidas, con el propósito de encontrarse a sí mismo y dar sentido a su existencia. Linda entiende y admira el proyecto de Johnny y le aconseja hablarlo con su hermana. Cuando, finalmente, el señor Seton da el visto bueno para la boda, se organiza una fiesta de etiqueta para anunciar el compromiso y Linda, a su vez, improvisa una fiesta más informal en el cuarto de juegos de la mansión, donde ella, Johnny, Ned y los Potter (mejores amigos de Johnny) se divierten a lo grande de una manera más alegre y desenfadada, hasta que el señor Seton y Julia hacen su aparición para exigirles que se reúnan abajo con el resto de invitados y les aguan la fiesta.



       Pero también ellos reciben un jarro de agua fría cuando Johnny les desvela sus planes de dejar de trabajar por un tiempo. Julia, que esperaba que Johnny se convirtiera en el rey de las finanzas, pide a Johnny que acepte el puesto que su padre le ofrece en el banco y espere un par de años para tomarse esas vacaciones. Johnny siente que Julia y su padre no le entienden y, por el contrario, se siente más en sintonía con Linda, por la que siente cada vez una mayor atracción. Linda, por su parte, está enamorada de Johnny desde el principio, pero adora a su hermana Julia y se avergüenza de sus sentimientos. Finalmente, Johnny decide aceptar los dos años de trabajo que le ofrece su suegro para complacer a Julia, pero en cuanto cede en este punto, su suegro comienza a organizarle toda la vida y Johnny no lo soporta. Explota y pide a Julia que se vaya con él, renunciando a todo lo que su padre les ofrece, pero Julia se niega y rompen el compromiso. Linda, una vez convencida de que Julia, en realidad, no está enamorada de Johnny, se siente libre de dar rienda a sus sentimientos y cuenta con Ned para escapar juntos de la opresiva mansión Seton; pero su hermano, completamente dominado por el padre, aún no está preparado para emprender el vuelo fuera del nido paterno.

       Basado en una comedia de Philip Barry, el guión de “Vivir para gozar” fue escrito para Cukor por el afamado dialoguista Donald Ogden Stewart y el prestigioso guionista Sidney Buchman. Y, aunque la película cuenta con momentos realmente divertidos, los diálogos son más representativos del drama que de la comedia, por estar diseñados, a pesar de su humor, para expresar el drama psicológico de la familia Seton, una familia dividida entre sus miembros más conservadores y los más liberales. Los primeros triunfan, tienen éxito en la sociedad y ejercen su poder sobre los segundos, que están condenados al ostracismo y en último término a la muerte por desesperación; caso de la difunta señora Seton, cuyo fantasma planea sobre el corazón de sus dos inadaptados hijos, Ned y Linda, que hablan de ella con nostalgia y con profundo dolor.

       “Ned: Brinda por mamá, Johnny, intentó ser una Seton una temporada, pero se dio por vencida y murió.”

       Identificándose con la figura de la madre, víctima del castrador patriarcado ejercido en el hogar por el señor Seton, Ned y Linda llevan una existencia acomodada pero infeliz, lo tienen todo pero les falta lo más importante, la libertad para ser ellos mismos. Atrapados en la fría mansión Seton, Ned se emborracha mientras Linda revolotea alocadamente, de un lado para otro, tratando de encontrar un agujero por el que escapar de esa jaula de oro en la que su padre los tiene encerrados.


       Julia, en cambio, es una chica feliz y encaja a la perfección en el modo de vida impuesto por el patriarca y por la alta sociedad a la que pertenecen. Julia quiere a sus hermanos, pero no es como ellos, ella ha salido a su padre. El drama está servido cuando se enamora de Johnny, un hombre que, aunque Julia no lo sepa, es como sus hermanos y completamente opuesto a su padre. Johnny está por encima de ese mundo de riquezas, de convencionalismos sociales y de hipocresía, en el que Julia se mueve como pez en el agua. Johnny es “un simple hombre del pueblo, empezando la vida con las manos vacías”, como él mismo se define o como lo describe su amigo Nick Potter (Edward Everett Horton), “Johnny, el campechano, el amigo del pueblo”. Julia es una mujer segura de sí misma, que sabe lo que quiere y está convencida de que Johnny, como su abuelo ―que también partió de la nada―, llegará a lo más alto, bajo su influencia y la de su padre. Sin embargo, su hermana Linda, que comprende mejor a Johnny, sabe que Johnny no cederá ante las presiones de Julia y del señor Seton para que entre a formar parte de ese mundo materialista y hueco.

       “Linda: Estáis convencidos de que al fin cederá, pues os equivocáis, no cederá ni un milímetro.
       Sr. Seton: ¿Obstinado?
       Linda: En absoluto. Sabe que tiene razón.”

       La película plantea el eterno dilema entre “tener o ser” y los personajes que aparecen en ella se dividen entre los que desean tener y los que desean ser. Y, curiosamente, los que se decantan por tener, se consideran a sí mismos personas maduras, realistas y responsables y están convencidos de que los del otro grupo son unos inmaduros, unos soñadores y unos inconscientes, que viven fuera de la realidad, negándose a crecer, bajo una especie de absurdo complejo de Peter Pan.

       “Sr. Seton: Linda, el otro día escuché atentamente a nuestro joven soñador y sigo confesando que vuestras opiniones me parecen las de un par de criaturas de quince años.
       Linda: Pues me alegro mucho. A los quince años todos somos sinceros, es después cuando nos contaminamos.
       Sr. Seton (Riéndose): Pues yo me encuentro muy bien...”

       Por el contrario, los que eligen la opción de ser se ven a sí mismos como individuos libres, idealistas y valientes, al tiempo que consideran a los del otro grupo unos aburridos, materialistas e hipócritas, aquejados de un complejo de rey Midas, que les obliga a llevar una vida vacía, centrada en la acumulación de riquezas y en el consumismo.


       Tal y como planteaba Aristóteles, en el punto medio está la virtud, pero el debate, entre los que piensan que caminar en pos del tener revela madurez frente a los que piensan que revela miedo a la libertad, nunca dejará de existir. En el caso de la película, los partidarios del tener aparentan ser muy felices, debe ser porque están siendo ellos mismos y han elegido ese camino en completa libertad.

       “Julia: No tienes ni idea de lo emocionantes que pueden ser los negocios. Por favor, inténtalo, te entusiasmará, estoy convencida. Hacer dinero es la mayor emoción del mundo.”

       Lo que no se entiende es por qué, entonces, hacen infelices a los demás imponiéndoles su modo de vida a la fuerza. El señor Seton necesita controlar la vida de todos los miembros de su familia, aun teniendo dinero suficiente como para dejar que cada uno siga su propio camino, parece tener miedo de que sus hijos elijan un camino diferente al suyo, como si hubieran nacido, no para ser ellos mismos, sino sólo para representar el rol de hijo o hija del señor Seton. Los partidarios del ser, en el film, sólo quieren ser libres, no pretenden controlar a los otros, sólo esperan de ellos que los dejen en paz. La libertad para el señor Seton es una ofensa, algo que no se puede tolerar, sobre todo en un hijo varón. Al menos Linda, a pesar de ser de naturaleza rebelde y sacar de quicio a su padre, al ser una chica en un mundo de hombres ―en el que el papel de la mujer se reducía al de esposa y madre―, disfruta de algo más de libertad que el pobre y sensible Ned, que se ve obligado a representar un papel que detesta, siendo una segunda versión de su padre y renunciando a su vocación musical para trabajar en algo que aborrece.

       Ned Seton es el personaje más interesante de la película, es como una sombra que se pasea por la mansión con una copa, siempre llena, en la mano, que parece indiferente a todo, pero que lo escucha todo, lo ve todo y lo comprende todo. Es el que mejor conoce y comprende a cada uno de sus familiares, el que ve con mayor lucidez lo que está ocurriendo entre las columnas de mármol de la casa familiar y por qué ocurre. Un joven elegante, solitario y amargado por el peso de ser el heredero Seton, destinado a continuar la saga familiar, amasando fortuna. Ned ha perdido el interés por la vida siendo aún demasiado joven, es el pequeño de la familia y el más triste, muy pocas veces sonríe, casi siempre cuando su padre no está presente o cuando está tocando algún instrumento. Ned protagoniza un diálogo escalofriante con su hermana Linda, en el que describe su alcoholismo como lo único que le hace soportable la vida.


       “Ned: ... entonces no te importa nada, nada en absoluto. Luego, te duermes.
       Linda: ¿Cuánto tiempo se puede estar así?
       Ned: Mucho tiempo, mientras lo resistas.
       Linda: ¡Oh, Ned, es horrible!
       Ned: ¿Tú crees? Hay cosas peores.
       Linda: ¿Cómo se termina?
       Ned: Como termina todo el mundo, muriéndose. Lo cual tampoco importa.”

       Probablemente el momento más triste de la película sea aquel en que Linda abre la puerta de la jaula y Ned es incapaz de salir por ella, como esos pájaros domesticados que tienen miedo a volar. Sabemos que Ned necesita salir de allí mucho más que Linda, pero se queda paralizado, algo le impide reaccionar, el miedo a la libertad. Su padre le ha arrebatado la fe en sí mismo que necesitaba para volar por su cuenta, se queda porque siente que es demasiado tarde para él. Ya no se ve capaz de dedicarse a la música, pero la huida de Linda le brinda nuevas esperanzas.

       Lew Ayres realiza un sentido y soberbio trabajo de interpretación dando vida a este desengañado y alcoholizado chico rico que busca su propia destrucción. A pesar de la amargura de su personaje, Ayres logra que Ned sea siempre un tipo simpático, cuya presencia anima la escena con sus desengañados e irónicos comentarios, o tocando alguna alegre pieza al piano o al banjo, y suele estar tan serio que cuando sonríe la pantalla se ilumina de esperanza. Ayres transmite al espectador la sensibilidad y la vulnerabilidad de su personaje, su inteligencia y su buen corazón. Si hay en “Vivir para gozar” un personaje al que el público coja cariño ese es Ned Seton, todos queremos salvarle de su padre y todos queremos verle terminar su “concierto Seton en fa mayor”. Lew Ayres representa al perfecto caballero, desengañado de la vida, que incluso estando borracho resulta elegante. Ayres capta el alma de Ned y nos la muestra para que podamos sentirla en todo su dolor, en toda su frustración y en toda su soledad.

       Las diferencias y enfrentamientos entre aquellos que asumen las normas impuestas por las sociedad y aquellos que se rebelan a acatar dichas normas, se plantea, en el film, a través del drama de dos enamorados, que pertenecen a mundos opuestos y cometen el error de esperar que el otro cambie. El problema que comparten Johnny y Julia es haberse enamorado de una persona a la que no comprenden ni les comprende. Nick Potter, mejor amigo de Johnny, es el que entiende con mayor lucidez la cuestión:

       “Nick: ¿No crees que a lo mejor las cosas que a nosotros nos gustan de Johnny son, precisamente, las que ella no puede soportar? ¿Y no crees, también, que la vida de la que él quiere arrancarla es, precisamente, la que ella prefiere?”


       Los dos tienen un problema de difícil solución, y ninguno de ellos tiene la culpa de ser como es, y los dos tienen derecho a vivir su vida como mejor les parezca. Sin embargo, la película ―que pretende ser liberal―, parece culpar a Julia, de su resistencia a renunciar a lo que ella desea para seguir ciegamente los planes de su novio, tachándola de egoísta y de ser incapaz de amar a nadie que no sea ella misma, cuando lo cierto es que tampoco Johnny está dispuesto a hacer lo propio por ella, y a todo el mundo le parece que hace muy bien. Incluso en la secuencia en que Johnny está a punto de ceder, tanto Linda como los Potter lo consideran un terrible error y se alegran cuando recapacita y cambia de opinión.

       “Nick: Es que no puedo, Susan, no puedo, me da mucha rabia cuando pienso que ha vuelto a esa casa arrastrándose.”

       El machismo de la época, que consideraba que el colmo de la felicidad, para una mujer, pasaba por apoyar a su hombre en todo, se impone en el film y por eso, a pesar de que Julia sea una mujer fría y apegada a lo material, nos indigna esa actitud de Linda, de los Potter y del mismo Johnny, al dar por sentado que Julia debe ser la que ceda, porque, claro, la obligación de toda mujercita que se precie es la de complacer a su hombre. Pues no, y Julia será una repelente pero está en su derecho. Qué demonios, ¿por qué si Johnny cede comete un error, pero si la que cede es ella es estupendo? Bien por Julia. Nadie tiene la culpa de nada, ambos se han equivocado al elegir pareja, eso es todo. Ned es el único que sabe que su hermana Julia es como su padre y nunca aceptará la forma de ser de Johnny:

       “Ned: La mayoría de la gente, entre ellos Johnny y tú misma, os equivocáis respecto a Julia. Os fiáis de las apariencias. En el fondo, es una mujer vacía y la vida a la que aspira es la que se merece.”

       Esta claro que los autores toman partido por los miembros del “club anti camisas almidonadas y del trapecio volante de la quinta avenida”, como llama Nick a ese grupo fundado por Linda en el cuarto de juegos, junto a Ned, Johnny y los Potter, el club de los que eligen vivir la vida para gozar.

Cukor también nos muestra su simpatía por la autenticidad y el valor humano de este grupo de personas, que ríen, discuten, se enfadan, se enamoran y se emborrachan con pasión, sin miedo a mostrar sus debilidades, personas que no se avergüenzan de su propia humanidad, frente a ese otro grupo formado por la gente importante de la ciudad, que haciendo alarde de su buena educación, siempre actúan con decoro, como robots, que ni sienten ni padecen. Julia y el señor Seton nunca pierden la compostura, pase lo que pase, porque los arrebatos emocionales son para ellos una debilidad y ésa es la razón de que Linda y Ned sean la pesadilla de su padre, con sus habituales salidas de tono y sus “escenitas”.

       El director, que siempre tuvo fama de dirigir bien a los actores, logra sacar de todos y cada uno de sus intérpretes una profunda y sincera actuación. Katharine Hepburn, que era muy amiga del director, logra una magnífica interpretación, fusionando sus grandes dotes para el drama con su simpática vis cómica; y Cary Grant, que siempre brillaba en la comedia, demuestra, en esta película, que también era capaz, como intérprete, de asumir con corrección los momento de mayor tensión dramática.


       Cukor parece disfrutar dirigiendo este complicado triángulo amoroso, cargado de connotaciones morales, entre las dos hermanas Seton y Johnny. Pero ¿hasta qué punto es lícito fugarse con el novio de una hermana, aunque ella haya roto con él? La película justifica a Linda, dando a entender que ella es mejor compañera que su hermana para Johnny, pero qué duda cabe de que esta decisión arruinará la relación de ambas hermanas de por vida. “Horizontes de grandeza” (1958) de William Wyler planteaba un triángulo similar entre dos amigas y el prometido de una de ellas. Y también se exoneraba a la usurpadora, por ser la novia ―como Julia en “Vivir para gozar”― una mujer superficial y caprichosa, indigna de un hombre tan honesto y noble como el protagonista. De cualquier modo, sea lícito o no, hacer eso a una hermana es feo. Para justificar la elección final de Johnny, el campechano, por la oveja negra de la familia, Cukor nos muestra las enormes diferencias entre las hermanas Seton, mientras Julia ve a Johnny como un hombre capaz de llegar a lo más alto; Linda se siente atraída por su forma de ser, que para ella es como la primavera, la luz y el aire fresco. Y mientras Julia toma partido por su padre, frente a Johnny, Linda se rebela y planta cara a su progenitor. Cukor nos presenta la relación de Linda con Johnny como la de dos almas gemelas que se sienten felices de haberse encontrado, dejando fuera de la ecuación a Julia.


       “Johnny: Hay una conspiración contra ti y contra mi, Linda.
       Linda: ¿De quiénes?
       Johnny: Intereses e inversiones. No nos dejan divertirnos ni nos dan tiempo para pensar.”

       Otra cuestión, planteada por Cukor a través de este triángulo amoroso, es la de la liberación de la mujer por el amor. Linda siempre ha llevado dentro de sí una gran rebeldía, pero nunca ha tenido el valor necesario para escapar de su padre, hasta enamorarse de Johnny. Sólo inspirada por él, consigue sacar fuera todas esas ansias de libertad que lleva dentro. La historia parece decirnos que el amor libera a la mujer y, al mismo tiempo, puede suponer un peligro para libertad de cualquier hombre que se equivoque al elegir esposa. O viceversa.

       Existe, además, un segundo triángulo amoroso en el film, el formado por Johnny, Julia y el señor Seton. Cuando Johnny comprende que al casarse con Julia, también se casa con el señor Seton, es cuando decide salir huyendo. Cukor trata aquí un tema eterno, el de las intromisiones de la familia política en nuestras relaciones personales y, lo mismo que sucede en la vida real, todos tenemos un límite para este tipo de interferencias. El director nos presenta la relación de Julia con su padre como la de dos enamorados, se cogen de la mano, se hacen confidencias al final del día, hacen planes de futuro y se compenetran a la perfección; así queda patente que el tercero en discordia no es otro que Johnny.


       La gran influencia del mundo del teatro, del cual procede la historia original, se deja sentir en la película por la escasez de exteriores y por transcurrir gran parte del metraje en el cuarto de juegos, donde los hermanos Seton pasaban el tiempo con su difunta madre. Lugar, con gran significado dramático para Linda y Ned, en el que ambos renacen, se sienten felices y son capaces de comportarse de manera espontánea.

       “Linda: ... esta habitación es mi hogar. Es el único hogar que he tenido, aquí hay algo que yo comprendo, y que me comprende. Tal vez sea mamá.”

       Es el sitio en el que Linda se enfrenta a su padre, reprochándole la muerte de su madre, y el lugar en el que toma la decisión de marcharse lejos para enfrentarse al mundo, como pretende hacer Johnny. En el cuarto de juegos, Linda vuelve a jugar, se enamora, y recupera las ganas de vivir y Ned vuelve a la música.

       Las largas conversaciones son asimismo herederas del origen teatral de “Vivir para gozar”, diálogos de gran belleza, ingenio y emoción, que dibujan a la perfección el carácter de cada personaje, proporcionando a cada uno de ellos su momento de absoluta sinceridad, el momento de la verdad, en el que se expresan mostrando su ser más íntimo y desvelando el papel que juega en la historia, ya sea a favor o en contra de perseguir la realización personal, sin miedo a equivocarse. Se podría decir que el mensaje final de la película es animar al espectador a perseguir los sueños, viviendo la vida con intensidad y alegría, y respondiendo, como Johnny, ante las preocupaciones, con una cabriola.



viernes, 31 de mayo de 2019

STURGESMANÍA 3

“UN MARIDO RICO” (1942) de Preston Sturges

       La película comienza con una obertura brillante en la que Sturges nos narra la precipitada carrera de sus dos protagonistas hasta el altar, y lo hace a través de una de esas secuencias tan características de su cine, que consisten en una serie de escenas mudas, intercaladas entre sí, que transcurren a un ritmo vertiginoso y que hacen las veces de una elipsis veloz de aquellos acontecimientos del relato de los que Sturges quiere informarnos, pero en los cuales no le interesa detenerse demasiado. En este caso, al tratarse de la obertura del film, esta desenfrenada secuencia nos mete de lleno en el ritmo y en el tono de la película, dejando claro al espectador que se trata de una comedia alocada y fuera de lo común, sello de la casa Sturges, y, además, nos presenta a los protagonistas como a dos intrépidos enamorados, capaces de todo por alcanzar la plena realización de su amor. La novia corre hacia la iglesia dejando a su paso a una doncella desmayada en el suelo y a su propia gemela, maniatada y en combinación, encerrada en un armario, y el novio, igualmente esforzado, sale corriendo del edificio para terminar de vestirse dentro del coche, camino del templo. Después de esta insólita boda, aparece un letrero, superpuesto sobre la imagen de los novios, con la tradicional frase de los finales felices “Y vivieron felices para siempre”, pero enseguida se oye un sonido de cristales rotos y se abre un interrogante, “¿O no lo hicieron?” y, con esta incógnita, Sturges comienza su historia, donde otros acostumbran a terminar las suyas ―esto es, después de la boda―, no sin antes haber despertado en los espectadores el deseo de saber más acerca de esta singular pareja, que inicia su vida en común de una manera tan poco convencional, como divertida.

       Tras cinco años de matrimonio, los Jeffers atraviesan importantes dificultades económicas. Tom (Joel McCrea), arquitecto con mucha imaginación, trata, sin suerte, de conseguir que alguien financie la construcción de un aeropuerto de su invención mientras Jerry (Claudette Colbert), su mujer, cansada de esperar a que las cosas mejoren, está decidida a pedir el divorcio para casarse con un hombre rico, que la saque a ella de la miseria y, de paso, financie el proyecto de su marido. Como es natural, Tom no está de acuerdo con esta fría resolución de su mujer y hace todo lo posible para impedir que lo abandone y se sirva de su atractivo físico para conseguir dinero para los dos. Pero, aún así, Jerry se marcha a Palm beach para conseguir el divorcio. Al estar sin blanca, Jerry recurre a sus armas de mujer para viajar gratis entre los miembros de un club de caza y, una vez en el tren, el destino la hace coincidir con el millonario John D. Hackensacker III (Rudy Vallée), que se prenda de ella, corre con todos sus gastos y la invita a alojarse con él en Palm beach, en casa de su hermana, la princesa Centimillia (Mary Astor). Mientras tanto, Tom, con la ayuda de su nuevo vecino, el rey de las salchichas (Robert Dudley), un excéntrico y rico viejecito que quiere ayudar a la pareja a salir adelante, consigue coger un avión y llegar antes que Jerry a Palm beach, donde la recibe con un ramo de flores para pedirle que vuelva con él. Jerry, contrariada por la presencia de Tom, le presenta a sus nuevos amigos como su hermano, el capitán McGlue, y ellos, encantados, le invitan también a quedarse en casa de la princesa, que se ha encaprichado con Tom, nada más verle. Una vez instalados, los enredos se suceden entre las dos parejas de hermanos, los verdaderos y los falsos. Jerry se esfuerza por conseguir la financiación de Hackensacker para el aeropuerto de Tom y éste trata de seducir a Jerry para que abandone la idea del divorcio y regrese al hogar. Finalmente, vence el amor y Jerry se rinde a sus sentimientos, confesando al millonario que Tom no es su hermano sino su marido. Para sorpresa de todos, el millonario, a pesar del desengaño sufrido, continúa dispuesto a financiar el aeropuerto, y por su buen corazón, recibe como premio de consolación la noticia de que Jerry tiene una hermana gemela, que está soltera. Y por si esto fuera poco, también Tom tiene un hermano gemelo para compensar a la princesa, el final feliz de la historia enlaza así con la obertura, terminando la película con otra boda; múltiple, en este caso.


       En “Un marido rico” Sturges desarrolla toda una historia en torno a la idea que John Hessin Clarke (abogado y juez norteamericano) expuso en su famosa frase: “Cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana”, al tiempo que denuncia la injusticia que comete la sociedad al tratar a las personas creativas y emprendedoras como a soñadores, negándoles la oportunidad de sacar sus proyectos adelante.

       Si Tom Jeffers, en lugar de ser un tipo creativo, hubiese sido un empleado al uso, es decir, un trabajador por cuenta ajena, es muy posible que Jerry y él nunca hubieran tenido el más mínimo problema en su relación, pero, al ser un hombre de gran inventiva y condenado, por tanto, a la inestabilidad económica, su matrimonio se ve resentido por la incertidumbre de un futuro incierto. Jerry tiene miedo, vive en un continuo estado de preocupación viendo cómo se escapa su juventud sin poder disfrutar de la vida. Tom es más idealista y más paciente, confía en que van a salir adelante y que las cosas mejorarán cuando consiga construir su aeropuerto y se gane un prestigio como arquitecto.

       “Jerry: Es maravilloso haber pagado el alquiler y haber pagado las facturas, se siente uno libre y limpio. Ojalá se pudiera uno sentir siempre así.
       Tom: Es lo que quisiera yo.
     Jerry: Ya casi se me había olvidado cómo era. No me apetece volver a estar entrampada y tener que esconderme de la gente. Me da miedo.
       Tom: No va a ser siempre igual. Todo el mundo fracasa hasta que tiene éxito.”

       Jerry es más convencional e impaciente, no quiere seguir viviendo sin dinero. Siente que no puede ayudar a su marido, por ser una pésima ama de casa y porque él no la deja sacar partido a su atractivo físico para conseguirle contactos con gente importante, que podrían impulsar su carrera.

       “Jerry: ... estoy cansada de ser pobre y estoy cansada de sentirme con las manos atadas, te he podido ayudar en muchas ocasiones, pero siempre que lo he intentado, le has dado al hombre un puñetazo en la boca.”

       Y es que Tom, además de ser creativo, es una persona noble, que gusta de hacer lo correcto, es por eso que, según Jerry, las cosas nunca mejorarán para ellos. Sturges critica la rigidez de la sociedad a la hora de apostar sobre seguro, apoyando a aquellos que siguen un camino trillado y desmotivando a los que eligen un camino diferente. El director parece gritarnos que quien no arriesga, no gana, y por eso ―como defendía Capra―, hay que creer en el individuo como valor seguro para hacer que las cosas mejoren. Sturges se niega a creer en una sociedad que corta las alas al individuo, aborregándolo. Él apuesta por una comunidad que sepa aprovechar al máximo el potencial humano que posee, para alcanzar, así, el progreso y la riqueza.


       En esta guerra de sexos, que además es una batalla entre la estabilidad económica y la realización personal, Sturges parece estar del lado de Tom, decantándose por el amor y por ser fiel a uno mismo, pero sabe posicionarse en ambos puntos de vista para comprender la postura de Jerry, sus motivaciones y sus sentimientos. Ella está cansada de que Tom la proteja y la deje al margen de su carrera profesional, quiere formar un equipo con su esposo y ve como algo natural explotar su atractivo físico, de manera inocente, para ayudar a su marido en los negocios, es más, lo considera su deber de esposa. Y ya que él no le permite hacerlo, se propone abandonarle para poder así buscar un “proveedor” para ambos. Tom, por su parte, cree que su mujer se ha vuelto loca y se propone protegerla de sí misma.

       “Jerry: ¿Se puede saber por qué me has seguido hasta aquí?
     Tom: ¿Cómo que por qué te he seguido hasta aquí? Eres mi mujer, ¿no? Estás haciendo imbecilidades y exponiéndote a todos los peligros de los que yo prometí apartarte y protegerte.”

       En definitiva, cada uno está pensando en el otro, esto es lo que Sturges nos narra, entre chiste y chiste o entre gag y gag, transmitiéndonos la idea de que la pobreza no acaba con el amor, sino que sólo lo pone a prueba. Cuando la pobreza entra por la puerta, lo que sí salta por la ventana es la felicidad, la paz familiar, pero no el amor. “El amor todo lo vence”, decía Virgilio, “todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”, dice la Biblia. Quizás por estar de acuerdo con estas afirmaciones sobre el amor, Sturges hace que estas dos posturas, representadas por la pareja (la realista - materialista de Jerry, frente a la soñadora - idealista de Tom), se complementen para, juntos, hallar una solución a sus problemas. Los dos tienen razón y los dos se equivocan, por ello, juntos consiguen lo que necesitan para salir adelante. La pareja permanece unida, Tom consigue su objetivo de conservar a su esposa y ella consigue el suyo de ayudar a su marido a triunfar.


       El matrimonio aparece, en el film, como un lugar de desencuentro entre dos personas que se aman pero que son muy diferentes y, también, como un vínculo muy difícil de romper, a pesar de la rutina y a pesar de no satisfacer, con demasiada frecuencia, las expectativas que se tenían en el momento de contraerlo. Desde este enfoque del matrimonio, la guerra de sexos, ingrediente principal de la screwball comedy, está servida.

       En el cine de Sturges, las mujeres suelen ser como Jerry, más prácticas, racionales y realistas que el varón, que es un ser más idealista, inteligente, poco práctico y algo irracional en sus creencias. Es un hombre que puede parecer ingenuo, en su nobleza, en su fe en sí mismo y en su irreflexiva creencia de que alcanzará el objetivo que persigue, por muy difícil que pueda parecer, pero lo cierto es que, al final, termina logrando su propósito. La confianza es el rasgo más destacado de este hombre, confianza ciega en sí mismo, en la mujer que ama y en la vida en general. La mujer Sturges es algo más complicada y contradictoria, porque tiene los pies en el suelo, la cabeza en la economía doméstica y el corazón en las nubes; el hombre Sturges, por el contrario, es absolutamente coherente, pues todo él está en las nubes, y no se sabe cómo, suele contagiar a la mujer Sturges de su idealismo, hasta que ambos terminan levantando el vuelo.

       Y, en todo este proceso, por el que atraviesa el joven matrimonio hasta alcanzar la felicidad, Sturges nos muestra a los diferentes millonarios, con los que se van tropezando por el camino, como a auténticos protectores de la pareja, concediendo deseos e impulsando a los protagonistas a perseguir sus fines y a ser fieles a sí mismos. Esta visión idealizada del multimillonario generoso, caprichoso y excéntrico resulta frecuente en las comedias de la época y constituye una inagotable fuente de comicidad, potenciadora, además, de situaciones originales y tronchantes. Tal es el caso del personaje del primer acto de la película, el rey de las salchichas, graciosamente interpretado por Robert Dudley, actor de carácter habitual en el cine de Sturges, que realiza aquí un papel desternillante y entrañable, un vejete sordo y sin pelos en la lengua, que se ha hecho rico vendiendo salchichas y es todo un compendio de sabiduría vital.


       “Rey de las salchichas: Eso es lo malo de las mujeres, siempre fijándose en si hay una moto de polvo... Nunca están satisfechas con las cosas como las ha hecho Dios. La porquería es tan natural, en este mundo, como el pecado, la enfermedad, las tormentas, la inundaciones y los ciclones.”

       Representa la figura de una especie de hado padrino, que aparece en el momento oportuno, con un fajo de billetes en el bolsillo ―en lugar de varita mágica―, que saca a pasear en cuanto se le antoja ayudar a alguien con quien simpatiza.
       Por su parte, la pareja de hermanos, formada por John D. Hackensacker III y la princesa Centimilla, representan, en el film, a esa clase de ricos ociosos que, al no tener que trabajar para ganarse la vida, emplean su tiempo en diversiones y en rodearse de gente que les haga la existencia más amena. Son los que avivan la llama del amor en el matrimonio Jeffers, al interesarse por ellos sentimentalmente. Cuando Jerry ve el interés de la princesa por Tom, se siente celosa y siente debilitarse su determinación de seguir adelante con el divorcio. Por su parte, Tom, que siempre siente celos de cualquiera que se acerque a Jerry, no puede evitar sentir unas terribles ganas de agredir a su rival cada vez que se acerca a su mujer.
       Por último, están los millonarios del club de caza que viajan en el tren con Jerry, a la que pagan el billete y convierten en su mascota, estos constituyen los típicos ricos excéntricos y gamberros, capaces de cualquier barbaridad que se les ocurra, con tal de matar el aburrimiento. Los borrachuzos miembros de este singular club protagonizan la parte más divertida de toda la película con su improvisada partida de caza en el interior del tren, con perros incluidos. Imagínense la que montan para que el revisor termine tomando la decisión de desenganchar el vagón en el que viajan.


       Y como alrededor de toda esta caterva de gente rica revolotean siempre diferentes profesionales del sector servicios y gorrones de poca monta con ganas de darse la buena vida a costa de otros, Sturges nutre a los secundarios de su película de estas dos inagotables fuentes, haciendo las delicias del público con secundarios que, encarnan estos dos roles, aportando pinceladas sumamente cómicas a la acción. Así, podemos destacar, entre los trabajadores, a los dos empleados de color del tren; el camarero del bar (Fred Toones), que protagoniza una divertida secuencia en la que pasa un mal rato con los chiflados cazadores del club cuando a éstos les da por disparar a las ventanillas, y al encargado del coche cama (Charles R. Moore), con su particular manera de convertir cualquier conversación en un galimatías y su hondo rencor hacia los pasajeros que dejan poca propina.

       “Tom: Entonces, ¿está en Jacksonville?
       Encargado: Sí, señor. Mejor dicho, no, señor. La señora dijo que él iba a llevarla en el barco. Supongo que significa yate, pero yo no sé cómo un señor, que me da diez centavos de Nueva York a Jacksonville, puede tener un yate. Será una canoa o una bicicleta, sí, señor.”

       Y, entre los parásitos, tenemos a Totó (Sig Arno), relamido petimetre mantenido de la princesa, que la sigue a todas partes como un perrito faldero ―de hecho se llama como un perrito faldero―, y que pase lo que pase jamás ceja en su empeño de seguir al lado de la princesa. Esta especie de Mortadelo, que siempre aparece disfrazado con ropa deportiva, es el personaje más ridículo, el que menos sentido de la dignidad tiene y el que sufre mayor número de caídas y golpes, en una película en la que el humor físico es una constante durante todo el metraje.

       Pero en “Un marido rico” no sólo los millonarios son divertidos, también los personajes que representan a la autoridad resultan, sin proponérselo, de lo más chistosos cuando pretenden cumplir con su deber de manera escrupulosa. Sturges explora este aspecto de las autoridades como herramienta cómica y así, Tom se sirve del policía para que retenga a Jerry, haciéndole creer que le ha robado la maleta, y, a su vez, Jerry se sirve del guardia de seguridad de la estación para impedir que Tom la siga, diciéndole que la está molestando. Ambos manipulan a las autoridades, en su propio beneficio, sirviéndose de la eficiencia con que tratan de cumplir con su deber, y esto es sencillamente hilarante. Por otra parte, Sturges, conocedor de que, para el público, ver a un personaje desafiando a la autoridad siempre resulta divertido (debe ser algo que arrastramos desde la infancia, época en la que siempre estábamos obligados a obedecer), nos hace pasar un buen rato con la secuencia en la que los miembros del club de cazadores desafían a los representantes de la autoridad del tren, montando una cacería y destrozando a tiros el vagón. Y luego, nos hace reír con la reacción del revisor del tren cuando decide dar un escarmiento a los millonarios cazadores, abandonándolos en la vía. 


     Este jefe de los empleados del tren está interpretado, de forma harto eficiente y graciosa, por Al Bridge, ese actor, de tan asombroso parecido con Preston Sturges, que me hizo pensar, en el artículo anterior (“Las tres noches de Eva”), que, tal vez, Sturges, como otros directores famosos, gustaba de hacer pequeños papeles en sus películas; pero no, se trataba de Al Bridge, un eficiente actor de carácter que acostumbraba a formar parte del grupo de secundarios que solían aparecer en sus films.


       Sturges construye el guión de esta original comedia sobre tres sólidos pilares, el humor verbal, el humor físico y la sátira, logrando, con ésta última, pasar revista al matrimonio, a los prejuicios con los que la sociedad trata a los emprendedores, a la vida estéril e infantil de los multimillonarios, al desmedido culto al dinero y al lujo, que trae consigo el sistema capitalista, y a todos esos aspectos de la vida que se suponen componen nuestra verdadera felicidad. ¿O no lo hacen?
       El humor verbal está presente en cada una de las secuencias de la película, con diálogos capaces de dotar de un gran dinamismo a cualquier escena, gracias a la ironía, al ingenio y al sarcasmo de su autor. Estas brillantes y emocionantes conversaciones siempre logran mantener el interés del público, con independencia del argumento, del ritmo y de la acción.

       “Hackensacker: En primer lugar, todavía no está libre, y en segundo lugar, no se casa uno con la persona que se ha conocido el día antes. Por lo menos, yo.
       Princesa: Pues ese es el único sistema. Si se le conoce demasiado, nunca llega uno a casarse.”

       El humor físico, constituido por el clásico slapstick, adorna las sucesivas secuencias del film, siendo especialmente relevante en la primera parte de la película, donde se suceden las carreras, las persecuciones, las caídas, los golpes y el destrozo en general. Y aunque todo esto era una constante en este tipo de comedias, Sturges logra sorprender al espectador con inesperados y cómicos golpes de efecto, que generan unas desternillantes e inadecuadas reacciones físicas en los personajes.
       La banda sonora de la película, obra de Víctor Young, arropa la acción en todo momento, sorprendiéndonos con la capacidad del compositor para bromear con la música al tiempo que Sturges lo hace con la acción o con los diálogos. La vitalidad que su música aporta en algunas secuencias nos hace sonreír y la versatilidad de sus sonidos para dotar de significado cada instante nos sorprende y admira. Todo esto convierte la música de Víctor Young en el cuarto pilar sobre el que se apoya toda la estructura del guión de esta comedia.


       Otro recurso, usado de manera frecuente por Sturges, que aparece en esta película, es el de la identidad falsa que adoptan sus personajes para perseguir sus objetivos. Técnica, ésta, siempre festiva cuando se emplea en una comedia. Jerry finge ser una mujer maltratada por el canalla de su marido para conseguir despertar la compasión de Hackensacker y, por ende, su deseo de protegerla.

       “Hackensacker: Esa es una de las tragedias de esta vida, los hombres que más necesitan una paliza son casi siempre enormes.”

       Tom finge ser el hermano de Jerry para poder permanecer a su lado y convencerla de que deje de hacer locuras. Lo divertido para el público es saber que son marido y mujer mientras que Hackensacker y su hermana la princesa lo ignoran, de manera que el espectador puede reír a placer con cada sarcasmo o ironía del malhumorado Tom o con cada gesto de desconcierto de la atribulada Jerry. También resulta entretenido observar los celos de uno y otro cónyuge ante las atenciones que les dispensan, respectivamente, sus anfitriones. La princesa, más desinhibida, es particularmente atrevida en sus aproximaciones al atractivo Tom Jeffers, sin que el apocado de su hermano se quede atrás en ningún momento. Además, la princesa y Hackensacker se hacen de alcahuetes el uno al otro, decididos a emparentar con los atractivos hermanos a toda costa.


       A pesar de ser una comedia alocada y tronchante, los momentos de pesadumbre, siempre presentes en las comedias de Sturges, también se ciernen sobre Jerry y Tom Jeffers; pesadumbre por el fracaso, por la ausencia del ser amado, por el dolor de los celos, por la impotencia ante la imposibilidad de hacerse comprender por el otro... 
Como vemos, Sturges no cae en la tentación de idealizar el matrimonio o de idealizar a sus enamorados como a héroes, el director nos muestra el amor tal como es, con sus debilidades, con sus defectos y con sus aciertos. Ese amor del que hablaba nuestro Lope de Vega, que tanto sabía de él:

“Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;
no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;
huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor suave,
olvidar el provecho, amar el daño;
creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor, quien lo probó lo sabe.”

       Claudette Colbert, como Jerry Jeffers, rompe con el prototipo de mujer hacendosa, ama de casa abnegada y madre de familia. Sturges no nos cuenta por qué tras cinco años de matrimonio, la pareja no ha tenido hijos, pero ese detalle hace a Jerry más moderna, más independiente e incluso más interesante. Jerry quiere divertirse mientras sea joven, quiere salir a cenar, al teatro y por qué no decirlo a tomar unas copas. La borrachera de Jerry, a diferencia de otras borracheras femeninas en el cine de la primera mitad del siglo XX, es premeditada y nos muestra a una Jerry sincera, expresando sus frustraciones en voz alta, sin ningún tipo de pudor.


       “Tom: No quiero se descortés, nena, pero...
     Jerry: No estás siendo descortés, estás siendo como eres tú. Estás casado conmigo y eso significa que eres ciego, respecto a mí. Durante mucho tiempo, he formado parte de ti, no era más que algo a lo que podías arrimarte para no pasar frío, como una manta, pero no me ves, lo mismo que no puedes ver tu propia nuca.”

       Los borrachos dicen la verdad y Jerry esa noche se sincera con Tom y reivindica su derecho de mujer hermosa a tener una vida mejor. Por lo visto, en la mentalidad machista de la época, si Jerry hubiese sido menos agraciada hubiera debido conformarse con la miseria sin rechistar, sin embargo, al ser atractiva, todo el mundo parece estar de acuerdo en que se merece mejor suerte. En realidad lo que le fastidia a Jerry es no poder desplegar todo su talento para ayudar a Tom a prosperar, eso la haría sentirse orgullosa de sí misma, en ese sentido, Jerry representa una mujer que ansía la realización personal en el mundo, aunque todavía lo pretenda a través de la realización de su esposo. En ningún momento, Jerry se plantea labrar ella misma su propio futuro trabajando, en esto es diferente de la mujer de Hawks, siempre capaz, independiente y talentosa. Aún así, es un paso adelante en la liberación de la mujer, porque se trata de una mujer que actúa, que persigue su propio destino, que toma sus propias decisiones, incluso aunque tenga que renunciar al hombre que ama. Jerry Jeffers persigue la libertad que las penalidades le han impedido alcanzar. Es una mujer con algunos prejuicios todavía, pero ya se ha levantado y se ha puesto en marcha. Claudette Colbert encarna con gracia y picardía a esta resuelta mujercita, que parece muy segura de sí misma, pero que basta con que su marido le baje la cremallera del vestido, con alguna que otra caricia, para que ella pierda la cabeza y olvide sus propósitos. Jerry es una mujer enamorada de su marido, por el que siente una gran pasión, aunque se empeñe en negarlo, y Claudette Colbert sabe hacérnoslo sentir con su interpretación. Notamos el tremendo disgusto que se lleva, cuando cree que Tom ha intimado con la princesa, antes de que lo muestre verbalmente y sabemos que le duele el fracaso de Tom, porque a la actriz se le ponen los ojos húmedos cada vez que su marido habla de sí mismo como de un fracasado. Su manera de retorcer las muñecas o los tobillos cuando está excitada resulta encantadora y sutil y su manera de morderse el labio inferior cuando teme estar metiendo la pata o despertando la ira de su marido es de lo más divertida.

       Pero Joel McCrea no se queda atrás en encarnar con gracia la personalidad noble e idealista de su personaje. McCrea sabe hacernos sentir, con mesura, la frustración de Tom al no poder darle a su esposa todo lo que ella desea. Le vemos avergonzado de su fracaso, pero sin perder su orgullo y su dignidad de hombre convencido de su propia valía.


       “Tom: Cada uno es como es, cariño, y yo estoy hecho así, si eso supone ser un fracasado...
       Jerry: ¡No vas a ser un fracasado! ¡Nadie que haya estado casado conmigo, cinco años, va a ser un fracasado!”

       Notamos las ganas que tiene Tom de agredir al hombre rico con el que su mujer se propone reemplazarlo y la frustración que siente cada vez que ella se niega a volver con él. La desolación y angustia de su rostro cuando la ve alejarse en el tren, camino de Palm beach, es de lo más conmovedora, siempre con esa serenidad que transmitía McCrea a sus personajes, dándoles ese aspecto de honestidad que siempre le caracterizó en el cine. Y si Claudette Colbert resulta graciosa atravesando el vagón restaurante con la cabeza bien alta para disimular que va en pijama, Joel McCrea está divertidísimo al perder los pantalones del pijama persiguiendo a su mujer o al quedarse con el trasero al aire ante todos sus vecinos, sin mostrar ningún tipo de pudor. Ambos actores transitan por situaciones de lo más ridículas manteniendo su dignidad a prueba de bombas, y eso nos hace reír y querer ser como ellos.

       Y esto último es lo que se propone Sturges con sus personajes, sobre todo, con el personaje de Tom Jeffers, de quien se sirve el director para hacernos llegar un mensaje subliminal, que, sin ser el tema central de la película, sí parece ser su moraleja final: Nada es imposible. Esta es la razón por la que el proyecto de Tom, de construir un aeropuerto extendido sobre la ciudad como una raqueta de tenis, es tan poco realista. Ese aeropuerto, que parece una broma, un chiste del director para hacernos reír con los sueños de su personaje, permite a Sturges, precisamente por lo fantasioso del proyecto, hacernos llegar su esperanzador mensaje de que todo es posible, cuando Tom, por fin, encuentra un inversor dispuesto a financiar su aeropuerto. Y no es un mensaje baladí, en un momento de la historia en el que estados unidos, que aún sufría las consecuencias de la gran crisis, acababa de entrar en la segunda guerra mundial, y tantas parejas jóvenes luchaban por abrirse camino en la vida. Un mensaje dirigido a hombres y mujeres, un mensaje de enaltecimiento del individuo que con su esfuerzo y constancia consigue salir adelante, con el respaldo de su pareja. Un mensaje por el que no pasa el tiempo, un mensaje de ilusión y coraje.