miércoles, 6 de abril de 2022

MINNELLIMANÍA 2

CAUTIVOS DEL MAL (1952) de Vincente Minnelli
      


       
En 1952, Minnelli dirige esta fábula de la industria de Hollywood, que ensalza la importancia de la figura del productor como creador, al tiempo que nos presenta el mundo del cine con una crudeza y un realismo inquietantes. Su cinismo, su inmoralidad, su atmósfera asfixiante de competitividad y mercantilismo, y sobre todo, ese amor por el cine que sienten todos los que trabajan en él, quedan reflejados en esta apasionante historia de ascenso y caída de un gran hombre: El productor Jonathan Shields, interpretado por un soberbio y temperamental Kirk Douglas, rebosante de carisma.
        
       El productor de cine Harry Pebbel (Walter Pidgeon) reúne al director Fred Amiel (Barry Sullivan), a la actriz Georgia Lorrison (Lana Turner) y al escritor James Lee Bartlow (Dick Powell), en el cénit de sus carreras, para convencerles de que vuelvan a trabajar con el productor, en declive, Jonathan Shields (Kirk Douglas). Harry sabe que ninguno de ellos desea hacerlo y que los tres tienen buenos motivos para negarse, pero les recuerda que Shields contribuyó al éxito de todos en gran medida y que, por ello, están en deuda con él.

       Fred Amiel, el director, recuerda cómo conoció a Jonathan en el entierro de su 
padre, el productor Hugo Shields, y cómo, tras un primer desencuentro, no tardaron en hacerse buenos amigos. Fred deseaba ser director y Jonathan productor, así que, juntos, se pusieron manos a la obra y aprendieron el oficio haciendo películas de serie B para Harry Pebbel. Tras destacar con La maldición de los hombres pantera, Fred convence a Jonathan de que es el momento de hacer una película de verdad, le muestra su proyecto para llevar al cine La montaña lejana y logran que el actor de moda Víctor “Gaucho” Ribera (Gilbert Roland) se comprometa en el proyecto. Pebbel les entrega un millón de dólares de presupuesto, a condición de que la dirija el consagrado director Von Ellstein (Iván Triesault) en lugar de Fred. Jonathan acepta, gana un Oscar y funda su propio estudio contratando los servicios de Harry Pebbel. Fred, con el tiempo, se convierte en el director más solicitado de Hollywood. En cuanto a Georgia, alcoholizada y sin confianza en sí misma, vivía atormentada por los recuerdos de su difunto padre, el gran actor George Lorrison, cuando conoció a Jonathan y se enamoró de él. Jonathan consiguió que Georgia dejara la bebida y la convirtió en la protagonista de su próxima película, haciéndola creer que él también estaba enamorado de ella. Pero, tras el estreno de la película, Jonathan pone fin al romance de manera cruel, liándose con una mujer despreciable. Georgia jura no volver a trabajar con Jonathan y, después se convierte en una gran estrella trabajando para otras productoras. Por último, Shields, tras dos fracasos en taquilla, compra los derechos para el cine de la novela de James Lee Bartlow Tierra orgullosa y, aprovechándose de la fascinación que Hollywood ejerce sobre la frívola esposa del escritor, Rosemary (Gloria Grahame), convence a éste para que escriba el guión. Pero Rosemary distrae a su marido de la escritura, por lo que Jonathan pide a Gaucho que la seduzca para que los deje trabajar en paz. Gaucho y Rosemary, en pleno idilio, mueren en un accidente de avioneta, dejando a Jim totalmente hundido. Jonathan le ayuda a superarlo inundándolo de trabajo hasta que comienza el rodaje; pero, las diferencias con Von Ellstein, llevan a Jonathan a cometer el error de asumir la dirección, lo que se convierte en la ruina de Producciones Shields. Mientras Jim trata de animar a Jonathan, descubre que éste propició el romance entre Gaucho y Rosemary y rompe con Shields para siempre, ganando un Pulitzer.
       Harry, después de escuchar el relato de sus tres invitados, hace un último esfuerzo para convencerles de que ayuden a Jonathan a empezar de nuevo, y, aunque los tres se resisten a hacerlo, también parecen echar de menos ese entusiasmo con el que Jonathan abordaba cada proyecto.


       Basándose en el relato Tributo a un malvado de George Bradshaw, el guionista Charles Schnee, que también ejerció como productor en Hollywood, escribió el guión de esta historia formada por tres relatos diferentes, cuyas estructuras vertebran, a su vez, la historia del verdadero protagonista del film, un productor de cine déspota y manipulador, pero dotado de un magnetismo irresistible. Partiendo del presente, la película narra en flashback las peripecias del protagonista en Hollywood, a través de la mirada de tres personajes que le conocieron en profundidad (un director, una actriz y un escritor) y que juraron no volver a trabajar con él, después de que les arruinara la vida y les elevara a la cumbre del éxito. Se trata de una estructura similar a la empleada en la película de Orson Welles Ciudadano Kane (1941), cuyo guión, escrito por Herman J. Mankiewicz, con la colaboración de Orson Welles, narraba en flashback la vida de un magnate a través de los relatos de las personas que mejor le conocieron. Estructura que utilizaría también Akira Kurosawa para narrar, de forma análoga, en su película Rashomon (1950) las distintas versiones de una misma historia, a través de los diferentes personajes implicados en ella, poniendo de manifiesto, en este caso, la importancia de la subjetividad y la percepción personal a la hora de contar un hecho.
       Schnee ganaría, por su esmerado y riguroso guión, el Oscar al mejor guión adaptado. Guión, cuya historia fascinó a Minnelli por su despiadado cinismo y su extraño romanticismo, inspirándole para realizar esta obra maestra, acerca de la verdadera esencia del mundo del cine —con su luz y su oscuridad, su esplendor y su miseria—, que constituye uno de los mejores trabajos de Minnelli como director. Se puede decir que Minnelli logró con Cautivos del mal un retrato tan veraz de la industria cinematográfica, como el que había conseguido hacer Mankiewicz del mundo del teatro, con Eva al desnudo en 1950.


       En la cinta, el mundo del cine queda retratado como una profesión en la que el fin justifica los medios y el fin es siempre lograr la mejor película posible. Un mundo habitado por seres de grandes egos, que chocan y luchan entre sí de manera constante, hasta que el más grande de todos ellos, el ego dominante —que suele ser el del producto —, termina imponiéndose. Jonathan Shields sabe captar las debilidades y necesidades de los demás para utilizarlas a su favor. De ese modo, manipula y utiliza a todos los trabajadores que están bajo su mando, manejándolos con mano de hierro como a marionetas en un guiñol, exprimiéndoles para que den lo mejor de sí mismos, hasta dejarlos secos. Momento en que, si ya no les son útiles, no duda en deshacerse de ellos, sin ningún tipo de remordimiento, justificando su deslealtad con argumentos agresivos y crueles, pero de una capacidad de convicción tan grande, que les hace dudar de su propia valía, llegando incluso a sentirse responsables de la traición sufrida por parte del productor. Un mal bicho, un hijo de mala madre, con una capacidad de seducción y un encanto personal capaces de cautivar a todo aquel que le interesa, atrapándole en una trampa emocional, con la que les hace creer que le necesitan, tanto a nivel profesional como emocional. Este narcisista perverso, que sabe cómo seleccionar a sus víctimas porque es capaz de reconocer el talento incluso antes de que se manifieste, quiere imponer en Hollywood su marca, que no es otra cosa que él mismo, su orgullo y su soberbia. No en vano, el logo de Producciones Shields es un escudo de armas, con un yelmo —señal distintiva de nobleza— sobre el lema: «Non Sans Droict», «No sin derecho», que, curiosamente, también aparecía bajo el escudo de armas del mismísimo William Shakespeare.


       Kirk Douglas interpreta al productor Jonathan Shields con el desparpajo y la prestancia propias de su habitual manera de trabajar; pero sabiendo aportar, además, esa peligrosa dualidad, entre la calidez del hombre entregado a sus amigos y la impasibilidad del abyecto hombre de negocios, que conforma los dos extremos de comportamiento entre los que se balancea el protagonista a lo largo de todo el film. Hay momentos en los que nos conquista con su espontaneidad, llegando a parecernos el hombre más agradable del mundo, honesto consigo mismo y con los demás, para, al momento siguiente, pasar a dejarnos horrorizados con su gélido egoísmo y su cínica falsedad. Kirk Douglas, con detalles tan naturales como el acto de descalzarse en mitad de una reunión o sonreír con malicia ante las travesuras de un amigo, compone un personaje absolutamente natural y verosímil, haciéndolo tan cercano y auténtico que olvidamos al actor que le está dando vida. La apasionada energía de este genial intérprete transmite a la perfección esa dedicación incansable del productor creativo, que se ilusiona y cree en un proyecto hasta el punto de que todos los demás aspectos de su vida desaparecen para él hasta finalizarlo, momento en el que el personaje queda exhausto, lo mismo que si ya no le quedara nada dentro.

       «Jonathan: Mira, Fred, cuando trabajo en una película es como si cortejara a una chica. Te gusta, la necesitas, vas tras ella, el gran momento y luego, se acabó. Es lo mismo en cada película. Te sientes triste al terminarla.»

       El entusiasmo de ese tipo de personas seguras de sí mismas y capaces de cualquier cosa por conseguir lo que quieren es tan contagioso como una enfermedad y tan adictivo como una droga. Pero si, además, se trata de una persona sin escrúpulos, como Jonathan Shields, su poderoso influjo puede arrastrar a los que le siguen por la dudosa senda del camino torcido.


       «Fred: Jonathan es algo más que un hombre, es una experiencia y crea hábito. Si pudiesen embotellarlo, se vendería más que la cerveza.»

       Cautivos del mal homenajea diferentes personajes y películas de la historia de Hollywood. El mismo protagonista, el productor Jonathan Shields está inspirado en rasgos de tres productores de Hollywood diferentes, David O. Selznick, que como Jonathan estaba obsesionado con el recuerdo de su padre; Orson Welles, con un entusiasmo y una simpatía semejantes a las de Shields y Val Lewton, productor que demostró su gran imaginación en numerosos films de terror. La misma película que hace que Shields comience a destacar como productor es un claro homenaje a La mujer pantera (1942) de Jacques Tourneur, producida por Val Lewton, que utilizaba el sonido de los rugidos en la oscuridad para asustar al público sin mostrar nunca a la mujer pantera, lo mismo que hace Jonathan en su película La maldición de los hombres pantera.

El personaje de Georgia Lorrison, interpretado por Lana Turner hace referencia 
a la alcoholizada actriz Diana Barrymore, hija del mítico actor John Barrymore, apodado «el perfil» (en Cautivos del mal, Georgia tiene en la pared un dibujo de su padre pintado de perfil), que terminó sucumbiendo bajo el peso de la enorme sombra de su padre. También el actor, juerguista y mujeriego, Errol Flynn puede verse retratado en las maneras y gestos del personaje de Gaucho, con esa sonrisa burlona de sinvergüenza redomado, que tan bien le sale a Gilbert Roland. Asimismo, se habla en la película del «toque Shields», en clara alusión al llamado «toque Lubitsch» del director Ernst Lubitsch.

       Fred (off): Siempre creí que el primer tratamiento de La montaña lejana era perfecto, pero después de tres semanas de trabajo con Jonathan, era dos veces mejor. Kate nos mantenía en pie a fuerza de café. A medida que Jonathan le iba dando forma a nuestro material, pude ver como nacía lo que Hollywood llamaría más tarde “el toque de Shields”. Jonathan era un mago.»

       El director de cine Erich Von Stroheim es emulado por el director Von Ellstein, con el que Jonathan termina teniendo ciertas diferencias que le hacen plantearse el paso a la dirección. Y el mítico Alfred Hitchcock, junto con su inseparable esposa Alma Reville, son retratados en el film por el director británico Henry Witfield (Leo G. Carroll) y su devota asistente Miss March (Kathleen Freeman).


       Lana Turner y Gloria Grahame se disputan el protagonismo femenino del film; si bien, en un principio, se pensó que la estrella absoluta debía ser Lana Turner —de ahí el desafortunado título original The bad and the beautiful (El malo y la bella)—, finalmente, Gloria Grahame triunfaría con su magnífica composición de la tierna y caprichosa dama del Sur, Rosemary Bartlow, con la que conseguiría el Oscar a la mejor actriz de reparto, arrebatando a Turner la exclusividad de su estrellato. Grahame había destacado anteriormente en la película En un lugar solitario (1950) de Nicholas Ray y, tras su merecido Oscar, pasaría a protagonizar numerosas películas de género negro y policíaco, encarnando a mujeres peligrosas, con cierto destino trágico y una mirada turbia cargada de erotismo. Pero en la memoria de los espectadores siempre será —con permiso de la Escarlata O’Hara de Vivien Leigh— «Un retrato sensible e inolvidable de una dama del Sur de hoy. Alegre, tonta, ingenua, astuta y despiadada a la vez.», tal como se describe a su personaje en el film. Esta chica del Sur, deslumbrada por el lujo y la bohemia de Hollywood, fue interpretado por Grahame con una malévola ingenuidad, no exenta de ternura, con la que su personaje lograba mantener a su marido totalmente encandilado, en una mezcla enloquecedora de desdén y pasión.


       «Rosemary: Oh, James Lee Bartlow, contempla bien tu imagen en ese espejo: Has cambiado desde que llegaste a Hollywood y tengo que confesar que el cambio no ha sido muy favorable. ¿He cambiado yo también? Creo que Hollywood se me ha subido a la cabeza.
       Jim: Te quiero tal como eres.
       Rosemary: James Lee ten paciencia conmigo. La tendrás, ¿verdad? (Jim va a besarla pero ella aparta la cara con coquetería y se aleja de él. Después, se gira con una sonrisa traviesa, camina hacia él de forma provocativa y, tomando su cabeza entre las manos, le besa con pasión.)»


       El personaje de Lana Turner representa la típica historia de aspirante a actriz, 
hija de un astro de Hollywood, que llega a convertirse en una gran estrella, tras una serie de vicisitudes emocionales y de extenuante trabajo. El personaje de Georgia constituye uno de los mejores logros de la Turner, que se interpreta a sí misma en ese rol de estrella de aspecto siempre impecable, marcada por una dolorosa historia de infancia solitaria y por una azarosa vida amorosa. Lana Turner resulta convincente en los momentos en los que su personaje aparece en avanzado estado de embriaguez y también sabe traspasar al público, en cada una de sus miradas, ese profundo amor que su personaje siente por Jonathan. Su interpretación muestra la vulnerabilidad de su personaje, sus miedos, sus dudas y su terrible soledad, al tiempo que impone, en la pantalla, el tremendo carisma de su belleza y glamur, el sello Turner.

       «Jonathan: Yo no te he ayudado en nada, la prueba ha sido horrible, pero nos ha demostrado una cosa: En la pantalla, estés como estés, hagas lo que hagas, el público te mira a ti. Ese es el sello de una estrella. El sello Lorrison.»

       Todo estudio que se precie tiene una estrella y Georgia Lorrison es la arcilla defectuosa, elegida por Jonathan Shields, para moldear a su estrella. Georgia capta su atención desde el primer momento en que la ve y el hecho de que sea la hija del desaparecido actor George Lorrison, reafirma su convicción de que puede hacer de ella una gran estrella, una estrella a su medida.

       «Jonathan: Yo quería hacer una película con ella. Convertir en estrella a una chica que Hollywood había tirado a la basura...»


       Jonathan Shields ve en Georgia repetirse la misma historia de su padre, despreciado por Hollywood al final de su carrera. Él se propuso volver a llevar el nombre de su padre a lo más alto y se propone hacer lo mismo con Georgia. Que se traguen el apellido Lorrison, como han tenido que tragarse el apellido Shields.

       «Jonathan: Oh, los abogados me han aconsejado que cambie de nombre.
       Fred: Es que su padre tenía mala reputación.
       Jonathan: No sólo la tenía. Se la merecía. No había manera de convivir con él, pero yo le quería mucho. Hizo buenas películas. También yo las haré.
       Fred: Pues no tiene gran cosa para empezar.
       Jonathan: No, sólo me enseñó a empezar desde arriba. Así que, ¿cómo se empieza desde abajo?
       Fred: ¿Quiere hacerlo? ¿Va a cambiar de nombre?
       Jonathan: ¿Cambiar? Voy a hacer que todos se traguen el nombre de mi padre.»

       Sin embargo, el amor de Georgia termina siendo para Shields un obstáculo en sus ansias de poder, algo que puede debilitarle y apartarle de su objetivo, por lo que, debe ser sacrificado.


       «Jonathan: ¿Quién eres tú para meterte en mi interior, volverme del revés y decidir cómo he de ser? ¿Cómo puedes saber lo que siento por ti y hasta dónde llega? ¡Puede que no quiera pertenecer a nadie! ¡Ni a ti ni a nadie! ¡Fuera! ¡Fuera! ¡¡Fuera!!»


       Como contrapunto al personaje de Georgia, hay que mencionar a la arribista Lila 
(Elaine Stewart), que representa a ese otro tipo de aspirante a actriz que trata de abrirse camino en el cine comerciando con sus encantos. Elaine Stewart realiza un magnífico, aunque breve, trabajo encarnando a esta deslenguada y explosiva morena sin escrúpulos, que envidia y desprecia a Georgia por tener, lo que ella tanto ansía.

       «Lila: Creo que todo depende de con quién vaya a cenar una chica por ahí, ¿no crees?
       Gaucho: Shhh… Bombón…
       Lila: Je, ella va a ser una estrella, y yo voy a aparcar descapotables.
       Gaucho: No hables así de Georgia. Ni de Jonathan, es un gran hombre.
       Lila: Je, no existen grandes hombres, amigo. Solamente, hombres.»

       El actor Barry Sullivan protagoniza con corrección la primera de las historias, interpretando al director Fred Amiel, amigo y cómplice de Jonathan Shields en sus comienzos. Y también será el primero al que Shields traicionará para sacar adelante el proyecto que sabe que le abrirá todas las puertas, demostrando que, para Shields, la amistad tiene menos valor que la ambición.

       «Jonathan: Fred, prefiero herirte ahora a hundirte para siempre. No estás preparado para dirigir una película de un millón.
       Fred: Y en cambio, tú si lo estás para producirla.
       Jonathan: Con Von Ellstein, desde luego.
       Fred: Me estás robando la película. Fue idea mía, yo te la di.
       Jonathan: Sin mí, seguiría siendo una idea.»


       Por último, Dick Powell encarna con una calma envidiable al tranquilo, irónico y 
enamorado escritor, James Lee Bartlow, que supone la víctima más terrible de todas, porque Jonathan no sólo le utiliza a él, sino que también manipula a su esposa, arrojándola en brazos del mujeriego Gaucho, interpretado con perfección milimétrica por un inspirado Gilbert Roland. Powell realiza una sobria composición de este escritor paciente, sincero y de pocas palabras, con una sonrisa satisfecha y beatífica que nos informa de su envidiable actitud contemplativa ante la vida. Razón por la que sorprende que sea él, precisamente, el único que le propina a Jonathan ese puñetazo que nadie le ha dado y que se ha estado ganando desde el principio de la película.

       «Jonathan: Jim… Yo no maté a Rose Mary. Gaucho no la mató. Se mató a sí misma. (Jim le da un puñetazo.) ¡Te guste o no, sin ella estás mejor! ¡Era una estúpida! ¡Se interponía en tu camino, en tu trabajo! ¡Te hacía perder el tiempo, te estropeaba! ¡Estás mejor sin ella!»


       Minnelli, fascinado por la estética del cine de Max Ophüls y su habilidad en el 
manejo de la cámara, consigue, en Cautivos del mal, la elegancia formal de una puesta en escena, cargada de miles de detalles, que recuerda ese barroquismo europeo de principios del siglo XX del que estaba repleto el cine de Ophüls. Asimismo, emula el glorioso trabajo de cámara de su admirado director, haciendo que la cámara se deslice con delicadeza por cada uno de los rincones de los suntuosos decorados de su película y por cada uno de los aspectos sentimentales de sus personajes, captando hasta los detalles más insignificantes de la historia. Minnelli utiliza el travelling, la grúa y el movimiento de cámara, a lo largo de toda la película, para alcanzar una disposición espacial totalmente eficaz, a la hora de conseguir el máximo de emoción en cada escena, sobre todo, en las secuencias en que aparecen escenas de rodaje —no olvidemos que se trata de una historia de cine dentro del cine—. El director, acostumbrado a los musicales, supo situar con inteligencia, en un mismo plano, a los personajes que interpretaban una escena y al equipo que los estaba filmando. Resulta conmovedor el momento en que todo el equipo de filmación se queda fascinado y absorto contemplando la sentida interpretación de Georgia Lorrison, convertida ya en una auténtica actriz.

Minnelli hace un barrido por las emocionadas caras de todos los 
miembros del equipo hasta terminar en el operario de un enorme foco; y de ahí, realiza una bella elipsis pasando del foco que está iluminando a Georgia en el rodaje, al foco que la ilumina la noche del estreno, cuando es aclamada por el público. También destaca el plano secuencia de la fiesta de Harry Pebbel, con la cámara siguiendo a Jonathan y a Fred en su recorrido por el gran salón mientras caminan entre los invitados, cuyas conversaciones sobre la industria vamos escuchando a medida que los dos personajes atraviesan la estancia. Otro recurso muy empleado por Minnelli, en el film, consiste en enfocar una acción mientras un personaje habla fuera de plano, poniendo, así, el foco de atención en lo que realmente le interesa para hacer avanzar la historia. También, en lo que se refiere al guión, Minnelli aportó al personaje de Shields, colaborando con Douglas, un mayor encanto y algo de integridad, para que no resultara tan odioso, haciéndolo más humano y por tanto más cercano al espectador. Todos estos aciertos hacen de Cautivos del mal la obra maestra que su humilde director supo construir plano a plano, reflejando con maestría la época dorada del cine norteamericano.

       «Von Ellstein: Los grandes momentos hay que construirlos y, a veces, muy lentamente.
       Jonathan: Mire, cuando quiera que me dé una conferencia sobre la estética del cine, se la pediré. Y no será durante mi trabajo ni será para disimular una pobre e inepta interpretación de una gran escena. Para ser director hay que tener imaginación.
       Von Ellstein: ¿Qué imaginación, Sr. Shields? ¿La suya o la mía? A eso no se puede contestar más que de una forma, usted ve esta película de un modo y yo de otro. Se puede rodar como usted quiere, pero no lo haré yo, ni ningún otro director que se respete a sí mismo. ¿Sabe lo que debe hacer para conseguir exactamente lo que quiere, Sr. Shields? Debe dirigir la película usted mismo. Para dirigir una película hay que tener humildad. ¿Es usted humilde, Sr. Shields?»


       Con este Tributo a un malvado, Minnelli parece empeñado en defender, ante la audiencia, la parte humana de este tipo de personas capaces de cualquier cosa por imponer su voluntad a los demás, con tal de alcanzar sus metas. Para lo cual, están dispuestos a sacrificar la amistad, el amor o cualquier otro vínculo socio-emocional que pueda constituir una rémora en la realización de ese objetivo que se han propuesto y que consideran superior a todo lo demás —en el caso de Shields la creación de una película—. Estos sujetos sólo se guardan lealtad a sí mismos, se aceptan como son —con sus defectos y sus virtudes— y, libres de la necesidad de complacer a otros, se realizan en el mundo en absoluta plenitud.

       «Jonathan: En este momento, la verdad está penetrando en tu mente: “Nunca me ha querido, me estaba mintiendo. Todos esos momentos agradables, esas dulces palabras eran mentira. Es malvado y cruel. Y con esa mujer rastrera, con Lila.” ¡Bueno, puede que me gusten las mujeres como ella, puede que algunas veces me guste ser rastrero!»

       Shields demuestra vivir entregado completamente al cine y Minnelli justifica la conducta del protagonista como un mal necesario para el funcionamiento de Hollywood o, quizás, se trate simplemente de reconocer que los malos también son capaces de hacer cosas buenas. El modo de alcanzar sus objetivos seguramente no es el correcto, pero el objetivo se cumple. Luego, el fin —según Hollywood— justifica los medios. 

miércoles, 2 de febrero de 2022

MINNELLIMANÍA 1

Mi DESCONFIADA ESPOSA (1957) de Vincente Minnelli
    


       
Tras la exitosa El loco del pelo rojo (1956), Minnelli asume la dirección de esta divertida comedia romántica, que explora el aspecto cómico de esas pequeñas inseguridades que arrastran a los miembros de una pareja a mentirse y a desconfiar el uno del otro, arruinando de ese modo la relación que tanto ansían proteger. Descubrir las enormes diferencias que nos separan del ser amado nos provoca cierta incertidumbre respecto a las posibilidades que tenemos de preservar, en el futuro, esa relación. Y ese miedo, como todos los miedos del ser humano, nos conduce a tomar decisiones equivocadas y a hacer tonterías. Tonterías que, vistas en una película, nos resultan desternillantes, pero que en la vida real pueden llegar a amargarnos la existencia. Minnelli se burla de ese miedo enfermizo que tienen los enamorados a decepcionar o a perder al ser amado, llevándolo con brillantez y elegancia a unos extremos tan ridículos como hilarantes.
      
       Mike Hagen (Gregory Peck) es un cronista deportivo, ocupado en desenmascarar las prácticas mafiosas del promotor de boxeo Mart Daylor (Edward Platt). Durante su estancia en California, cubriendo el campeonato de golf, Mike conoce, en el bar del hotel, a la diseñadora de modas Marilla Brown (Lauren Bacall) y, tras una alocada noche, ambos se hacen inseparables, se enamoran y deciden casarse. De regreso a Nueva York, la idílica relación comienza a enturbiarse al estrellarse cada uno contra la realidad del otro. Mike se siente herido en su ego al descubrir que Marilla disfruta de una posición económica más desahogada que la suya. Y Marilla, a su vez, se siente amenazada al encontrar la foto de Lori Shannon (Dolores Gray), antigua novia de Mike, en el apartamento de éste. Además, el jefe de Mike, Ned Hammerstine (Sam Levene), le recibe con la noticia de que su último artículo ha hecho enfadar tanto a Mart Daylor que teme por su vida. Sin embargo, pese a todas las complicaciones y a pertenecer a mundos incompatibles, Marilla y Mike logran vivir felices, durante un mes. Hasta que Marilla acepta diseñar los figurines de la nueva comedia de Zachary Wilde (Tom Helmore), promotor teatral y antiguo pretendiente suyo, que va a protagonizar la mismísima Lori Shannon. Mike decidido a ocultar a Marilla su pasada relación con Lori, finge no conocerla, lo que hace sospechar a su mujer que aún hay algo entre ellos. Para colmo, Mart Daylor envía a Johnnie “O” (Chuck Connors), jefe de sus matones, a hacerle una demostración a Mike de lo que podría ocurrirle si no deja de escribir esos dichosos artículos. El jefe de Mike, muy preocupado, le concede sólo tres semanas para terminar de desenmascarar a Mart Daylor. Y le obliga a hacerlo escondido en un hotel, con Maxie Stultz de guardaespaldas, mientras finge estar de gira siguiendo a los Yankees. Maxie Stultz (Mickey Shaughnessy) es un boxeador sonado, amigo de Mike, de terrible aspecto e incoherente conversación. Durante dos semanas, Mike continúa escribiendo sobre Mart Daylor desde el hotel telefoneando a Marilla como si estuviera viajando de ciudad en ciudad. Hasta que los celos de Marilla le hacen salir, al comunicarle ésta su resolución de sonsacar a Lori Shannon la verdad sobre ellos.

Mike decide ir a casa de Lori para 
convencerla de que mantenga ante Marilla sus mentiras, pero Marilla le sorprende allí y, hecha una fiera, rompe con Mike, marchándose a Boston para el estreno de la revista. De regreso al hotel, Mike descubre, a través de Charlie «el chivato» (Jesse White), que Mart Daylor sospecha que sigue en Nueva York y planea secuestrar a Marilla para hacerle salir de su escondite, así que, coge el primer avión que sale para Boston, en compañía de Maxi. Durante el estreno, Marilla, aliviada, tras una sincera conversación con Lori, ha perdonado a Mike y decide regresar a Nueva York. Pero al salir del teatro, Johnny “O” y sus matones tratan de secuestrarla. Mike y Maxie llegan a tiempo de impedírselo y se desata una verdadera batalla campal entre los matones, los artistas de la revista y Maxie Stultz que, incapaz de distinguir a los unos de los otros, noquea a todo el que se le pone por delante. Por fortuna, las poderosas piernas del coreógrafo y bailarín de la revista Randy Owen (Jack Cole) demostrarán ser mucho más útiles que los descontrolados puños de Maxi.


       Partiendo de un argumento que la diseñadora de vestuario Helen Rose ideó basándose en su propio matrimonio, George Wells escribió un guión de estructura perfectamente articulada, con diálogos desbordantes de ingenio y frescura y con unos gags tan graciosos como distinguidos. Wells fue premiado por su excelente trabajo con el Oscar al mejor guión original de 1958 (única estatuilla lograda por el film).

       El guión de Wells destaca por su espectacular uso de la voz en off, y nos ofrece toda una lección magistral de cómo jugar con el punto de vista para alcanzar la máxima comicidad posible en un relato humorístico. Mediante la voz en off, los cinco personajes protagonistas relatan, de forma subjetiva y en flash-back, su versión de lo ocurrido, al tiempo que presenciamos la acción física de aquello que nos están narrando, acentuando de ese modo, con la personalidad cómica de cada personaje, el humor de las sucesivas peripecias que componen la historia.

       «Mike (off): Lori fingía que no nos conocíamos, menos mal. Yo miraba de reojo a Marilla para ver si se había dado cuenta de algo, pero no. No había advertido nada.
       Marilla (off): Inmediatamente, pensé, “estos dos se conocen”. No acostumbro a ser suspicaz, pero aquello no dejaba lugar a dudas.»


       Estas narraciones subjetivas, que salpican el desarrollo de la historia, se usan también para abrir y cerrar el relato, pero sustituyendo, en ambos casos, la voz en off, por las declaraciones que hacen los personajes mirando directamente a cámara. Los personajes comienzan presentándose a sí mismos en sus diferentes ambientes y finalizan el film despidiéndose de los espectadores con una especie de personal epílogo. 

       «Maxi (mirando a cámara): Sí, yo les diré a ustedes todo lo que sé de la cosa esa. Y clarito, porque yo no he hecho nunca tongos. Soy un boxeador honrado y noblote, campeón durante tres años, y ahora me preparo para volver al ring. Así que, les voy a decir todo lo que sé, pero todo, todo. Déjenme pensar… ¡Si resulta que no sé nada!»


       La sencillez de la trama principal de la cinta fue apuntalada por Wells con dos divertidas y rotundas subtramas, que sostienen la línea argumental hasta el final, con solidez y eficacia, multiplicando las situaciones cómicas y los enredos de manera ininterrumpida. Una de ellas es la que se refiere a la ya mencionada Lori Shannon, antigua novia de Mike, y la otra, se trata de la trama relacionada con el mafioso Mart Daylor a quien Mike lleva tiempo tratando de desenmascarar. Esta genial subtrama parece transcurrir como una amenazadora corriente subterránea por todo el guión, propiciando la separación de los protagonistas con el consecuente descalabro para su relación, hasta que, por último, brota como un manantial arrastrando a todos los personajes al caos de la pelea en el callejón del teatro. Hay que señalar, como curiosidad, que el matón de Mart Daylor, llamado Johnny “O” —un inquietante Chuck Connors en un rol mafioso que defiende con divertida convicción— aparece en sus diferentes intervenciones jugueteando con una naranja entre sus dedos, fruta que Coppola utilizaría, años más tarde, para simbolizar la traición, la muerte o el peligro, en su trilogía de El padrino.


       La película desborda buen gusto, humor y un ritmo diligente y armonioso con el que la historia avanza sin prisas, pero sin detenerse jamás, en una especie de danza jocosa que se acelera o se ralentiza en función de la acción, coreografiada a la perfección por la cámara de Minnelli, que parece ejecutar un baile visual, a través de suaves travelling y juegos de grúa, que potencian la agudeza de la trama. La experiencia del director en comedias y en musicales brilla en esta gran producción de los años cincuenta, que llegó a ser una de las más taquilleras del año, dejando patente el hábil dominio de Minnelli en el uso del color y del Cinemascope, gracias a su maestría a la hora de organizar con elegancia los volúmenes y las formas en el espacio de una pantalla de cine. Todo ello realzado por la impactante fotografía de John Alton, que ya había colaborado con Minnelli en Un americano en París (1951) —ganando el Oscar a la Mejor Fotografía— y mecido por la hechizante composición musical de André Previn.


       Vincente Minnelli, siguiendo esa costumbre de las comedias norteamericanas de los cincuenta y sesenta —décadas en las que Minnelli reinó en Hollywood—, de mostrar a las esposas como mujeres controladoras y desconfiadas, y a los maridos reaccionando, ante esta vigilancia, con torpe nerviosismo y falsedad, desarrolla una divertida sátira de ese matriarcado norteamericano del que parece burlarse.

       «Marilla: No obstante, quería decírtelo, porque me tenía preocupada y siempre he creído que hay que ser sinceros y hablar abiertamente.
       Mike (off): Si alguna cosa he aprendido en este mundo es el momento oportuno en que no conviene ser sincero ni hablar abiertamente.
       Mike: Me parece muy bien. ¿Qué hay para cenar?
       Marilla: ¡Lori Shannon!
       Mike: ¡¿Para cenar?!»


       Esta guerra de sexos, narrada en el film, que se podría entender también como 
una lucha de contrarios, entre la brusquedad del hombre y la delicadeza de la mujer, es expresada por el director como una confrontación de ambientes opuestos, de relaciones sociales incompatibles e incluso de vestuarios irreconciliables enfocados hacia la consecución del gag más desternillante. Minnelli, una vez más, pone de manifiesto su engrasada capacidad para hacer funcionar un gag con eficacia, llegando incluso a encadenar sucesivos gags en el transcurso de la trama. Tal es el caso del gag del plato de raviolis que Lori vuelca sobre los pantalones de Mike, y cuyo rastro intriga a Marilla.

       «Camarero: Ya tengo los pantalones para usted en el lavabo.
       Marilla: Hubiera jurado que saliste con pantalones. ¿Qué es eso?
       Mike: ¿Qué? Ah, esto. Raviolis.
       Marilla: Ah, sí, claro, debí haberlos reconocido. ¿Y los tomas siempre así?
       Mike: Oh, sí, sí, están riquísimos.»

       El gag se concluye en la escena en la que Lori vuelve a coincidir con Mike, en el pase de modelos, y éste, al verla coger la tetera, salta de su asiento creyendo que va a volcarle el té encima.

       «Marilla (off): Empecé a atar cabos y el nudo salió perfecto. Uno de los cabos, era la mujer que Mike temía que le volcara encima el té y el otro, la mujer que le volcó encima los raviolis. Y atados los dos, daba por resultado un nudo sospechoso.»


       Pero, además, el gag del plato de raviolis sirve para preparar el gag de los pantalones que le prestan a Mike para cambiarse y que le quedan demasiado cortos. Mike llega con ellos al lujoso apartamento de Marilla, donde es presentado, con esa ridícula facha, a todos los elegantes amigos de su mujer. Las enormes diferencias entre la forma desastrada de vestir de Mike y la extrema sofisticación de Marilla, en el vestir, subrayan durante todo el film los diferentes caracteres de los protagonistas, por obra y gracia de la diseñadora Helen Rose, que ideó para Bacall una cantidad ingente de vestidos.

       «Mike (off): Aquél fue el primero de una serie de cambios de indumentaria que nunca han dejado de sorprenderme. En serio, Marilla se cambia de vestido… ¡Nueve veces al día!»

       Otro de los gags memorables del film es el que tiene lugar cuando Mike ve a Maxi tumbado en la cama del hotel con los ojos abiertos y cree que ha muerto, lo zarandea y Maxi se despierta, sobresaltado, poniéndose a boxear como un loco. Minnelli da otra vuelta de tuerca a este divertidísimo gag, haciendo que Mike, con muy mala intención, telefonee a su jefe en mitad de la noche.

       «Ned: ¿Diga?
       Mike: ¿Ned?
       Ned: Sí. ¡Mike!
       Mike: Tengo que decirte una cosa, Maxi Stultz duerme con los ojos abiertos.
       Ned: ¡Pero, ¿tú eres imbécil?! ¡Levantarme para…!
       (Mike cuelga el teléfono con una maliciosa sonrisa.)»

       Citaremos también un efectivo gag de larga duración, que parte de la manía del perro de Lori Shannon de morder los zapatos de los hombres y llevárselos como trofeos, esta aparente pincelada cómica terminará revelándose como un gag cuando el perro, hacia el final de la película, descubra a Marilla la presencia de Mike en el dormitorio de Lori, presentándose ante ella con su zapato en la boca. Son tantas las veces que el espectador ha visto al perro jugando con zapatos masculinos, que cuando Mike se esconde de Marilla en el dormitorio y el perro lo sigue, el espectador ya anticipa lo que va a ocurrir y Minnelli lo alarga y lo alarga… hasta que finalmente sucede.


       Por último, mencionar el divertido despliegue acústico-visual para exagerar con humor la resaca de Mike en California. Todos los sonidos cotidianos son engrandecidos por Minnelli de forma desternillante y los colores reales son sustituidos por otros mucho más chillones. Este gag de la resaca será utilizado más tarde por Jerry Lewis en El profesor chiflado (1963) llevando la deformación de los sonidos hasta unos extremos de exageración, imposibles de superar.


       Pero uno de los mayores aciertos, tanto del guión como de la película, es contar 
con unos personajes magníficamente diseñados y encarnados, a su vez, por unos intérpretes de excepción. Empezando por la pareja protagonista, Gregory Peck y Lauren Bacall, que a pesar de parecer, en principio, una pareja algo chocante para una comedia, resultaron de lo más divertido, logrando crear juntos la ilusión de esos dos enamorados que no paran de meter la pata al tratar de adaptarse a su nueva vida en pareja. Aunque la película, en principio, fue pensada para Grace Kelly y James Stewart a fin de repetir el éxito que obtuvieron como pareja en La ventana indiscreta (1954) de Hitchcock, hay que decir que el reparto final no sólo no decepciona, sino que, nadie que haya visto Mi desconfiada esposa desearía imaginar la película sin Peck o Bacall.


       Gregory Peck logró, en el film, su mayor éxito como comediante, conservando al mismo tiempo su imagen de hombre tranquilo y noble, aún en los momentos de slapstick que protagoniza su personaje. Su gestualidad contenida en los momentos en los que Mike hace el ridículo es de lo más divertida, al igual que su manera infantil de expresar la rabia cuando no consigue que Marilla le escuche. La seductora composición de Peck del rudo cronista deportivo, lleno de carisma y dignidad, se gana de inmediato, las simpatías del público, que sabe disculpar sus mentiras y hasta su brusquedad.


       Lauren Bacall, apodada «la flaca», por su estilizada figura, o «la mirada», por sus 
ojos felinos e insolentes que desprendían inteligencia y seguridad en sí misma, había sido una de las estrellas del cine negro de los años cuarenta, y había debutado, con buenos resultados, en la comedia Cómo casarse con un millonario (1953) de Jean Negulesco, pero logró superar con creces este debut en Mi desconfiada esposa, donde aparece divertida y seductora, en un rol de mujer sofisticada y suspicaz que le iba como anillo al dedo, por su aspecto magnético y distinguido, y por la profundidad de su penetrante mirada, capaz de desarmar al más valiente.

       La otra pareja de la película, formada por los secundarios Dolores Gray y Tom Helmore —en sus respectivos roles de Lori Shannon y Zachary Wild — proporcionan a los protagonistas un excelente apoyo para su lucimiento, llenando de elegancia y gracia sus intervenciones. Es justo destacar el trabajo de una Dolores Gray arrogantemente sexi, que afronta con total dignidad el ingrato papel de mujer descartada, dándonos una lección de cómo asumir, con clase, un abandono. El rostro de Dolores Gray, con esa cara impagable de no haber roto un plato, tras volcarle a Mike encima los raviolis, garantiza la carcajada hasta del espectador menos risueño.


       Pero si hay un personaje que de verdad nos haga reír en Mi desconfiada esposa ese es Maxi Stultz, tronchante personaje, de una efectividad cómica inversamente proporcional a la sencillez de su perfil. Interpretado con un realismo asombroso por un Mickey Shaughnessy en verdadero estado de gracia a lo largo de todo el metraje, consigue que cada vez que aparece en pantalla, anticipemos la risa y, en efecto, la risa llega. Maxi Stultz aporta al film una carga humorística imprescindible, no sólo nos hace reír, sino que logra que nos riamos con todos los personajes que interactúan con él.


       «Maxi: Yo le protejo a usted, ¿eh, Sr. Hagen? No le dejaré ni un momento. ¿No es eso?
       Mike: Eso.
       Maxi: Y cualquiera que lo mire mal… (Se golpea con el puño la palma de la mano) ¿No es eso?
       Mike: Eso es.
       Maxi: A cualquiera que le mire mal. A cualquiera. (Se da otro puñetazo en la mano) ¿No? (…) ¡¿No?!
       Mike: ¡Sí!»

       El colérico jefe de Mike aporta la comicidad de un hombre rudo y sensible al mismo tiempo, alguien que aprecia a Mike, pero que lo trata a patadas. Sam Levene lo encarna con gran naturalidad resultando de lo más convincente en ese rol de jefe eternamente irritado, que, como en el fondo es un blando, tiene que hacerse el duro para imponer disciplina. Este hombre irascible es el único en proporcionar a Mike la clave para mantener a salvo su matrimonio. Claro que, Mike no le presta atención.

       «Mike: Pero ¿qué le digo a mi mujer?
       Ned: Dile la verdad.
       Mike: ¿Que estoy amenazado por esa banda? Sólo de oírlo se desmayaría.
       Ned: ¡No me expongas tus problemas! ¡No soy un consejero matrimonial!»


       Por último, Minnelli se burla de sí mismo, como coreógrafo, al tiempo que reivindica la masculinidad de éstos, con la presencia en la película del coreógrafo Randy Owens —al que Mike ridiculiza por su aparente amaneramiento—. Randy zanja la cuestión de su ambigua virilidad, a patada limpia y a ritmo de una chispeante melodía, en la escena de la pelea en el callejón, dejando claro que un artista, cuando hace falta, puede ser tan duro, o más, que un boxeador. Encarnado por un divertidísimo y atractivo Jack Cole, Randy se convierte en una especie de referente del propio Minnelli, que se sirve del personaje para transmitirnos la inspiración de su extraordinario método de trabajo:


       «Zachary: No puedes meter el ballet acuático en esta escena.
       Randy: ¿Por qué no?
       Zachary: ¿Por qué? Porque esa escena se desarrolla en el salón.
       Randy: Tiene puertas, ¿verdad?
       Zachary: Sí, tiene puertas, pero…
       Randy: Con eso basta. Detrás de una puerta cerrada todas las cosas pueden ocurrir, esa es la base de todo mi trabajo, la irrupción de lo inesperado. Una puerta cerrada… Cuando esa puerta se abre, cualquier cosa puede entrar.»