domingo, 28 de febrero de 2021

DONENMANÍA 3

«CHARADA» (1963) de Stanley Donen
    
 

     
En esta obra maestra, de cine de intriga y comedia romántica a un tiempo, Donen reflexiona sobre uno de los aspectos más característicos de la idiosincrasia humana, la mentira. El director parece empeñado en demostrarnos, lo que sostenía el doctor House en la serie que lleva su nombre, que «todo el mundo miente». Y en línea con su personalidad indulgente, Donen nos expone, sin juicios ni condenas, el motivo principal que nos impulsa a mentir:
     
       «Regina: ¿Por qué las personas tienen que mentir tanto?
       Peter: Normalmente, porque desean algo y temen que con la verdad, no lo conseguirían.»

       Durante sus vacaciones en los Alpes franceses, Regina Lambert (Audrey Hepburn), que acaba de pedir el divorcio, conoce a Peter Joshua (Cary Grant) un atractivo norteamericano con el que planea encontrarse de nuevo en París. Pero cuando regresa a su apartamento, descubre que su marido lo ha vendido todo y ha desaparecido. El inspector, Edouard Grandpierre (Jacques Marin), la informa de que su marido ha muerto al ser arrojado del tren en el que viajaba hacia Burdeos y que el cuarto de millón de dólares, que obtuvo al subastar todo lo que había en su apartamento, no se ha encontrado. Durante el funeral, se presentan tres hombres de aspecto siniestro para asegurarse de que Charles Lambert está realmente muerto. Más tarde, en la embajada americana, el Sr. Bartholemew (Walter Matthau) informa a Regina de que, durante la guerra, su marido robó, junto a esos tres hombres y un tal Carson Dyle, un cuarto de millón de dólares al gobierno de los Estados Unidos y que esos tres hombres están convencidos de que ella lo tiene, por lo que su vida corre peligro. Regina ignora el paradero del dinero, lo único que tiene de su marido es el contenido de la bolsa de viaje que llevaba cuando le mataron y una carta para ella que nunca llegó a enviar. Peter Joshua, el atractivo desconocido, promete protegerla y ella comienza a enamorarse de él, al tiempo que los tres cómplices de su marido —Leopold Gideon (Ned Glass), Tex Panthollow (James Coburn) y Herman Scobie (George Kennedy)— comienzan a acosarla para que les entregue el dinero.

Regina, aterrorizada, se decide a abandonar 
París, al descubrir que Peter Joshua también va tras el dinero y que, en realidad, se llama Dyle. Pero el Sr. Bartholemew la convence de que sólo estará a salvo cuando encuentre el dinero, pues Carson Dyle murió durante el robo y, por tanto, ese desconocido podría ser el asesino de su marido. Sin embargo, el desconocido vuelve a ganarse la confianza de Regina, presentándose como Alexander Dyle, hermano de Carson Dyle, cuya única intención es probar que Lampert y sus tres cómplices mataron a su hermano.

A partir de 
ese momento, las cosas se ponen cada vez más feas para Regina, porque alguien comienza a asesinar a los implicados en el robo y, sospechosamente, todos los que mueren habían tenido algún tipo de altercado con Alex, antes de morir. Regina se entera por el Sr. Bartholemew de que Carson Dyle no tenía hermanos y vuelve a desconfiar de Alex; pero, una vez más, él vuelve a recuperar su confianza, reconociendo que no es más que un ladrón, llamado Adam Canfield, que persigue el botín. Por fin, Regina encuentra el cuarto de millón oculto en los valiosos sellos de la carta que su marido le escribió, pero Tex es asesinado y Regina huye de Adam, convencida de que él es el asesino. Adam la persigue hasta el patio de columnas del Palais Royal, donde la espera el Sr. Bartholemew para recoger los sellos. Ambos hombres sacan las armas y Adam advierte a Regina que el Sr. Bartholemew es Carson Dyle, que sobrevivió y ha matado a todos sus cómplices. Cuando, contra todo pronóstico, Regina decide confiar en Adam por última vez, el Sr. Bartholemew reacciona como el asesino que es y se produce un tiroteo, que Regina aprovecha para esconderse en el interior del teatro. Dyle la persigue, pero Adam piensa cumplir hasta el final, la promesa que le hizo de protegerla. Aunque tampoco Adam Canfield sea su verdadero nombre.

       Todos los personajes del film mienten, la misma protagonista, Regina Lampert, que dice detestar la mentira, termina mintiendo, por temor a ser asesinada. Y, a su vez, perdona, durante todo el film, las sucesivas mentiras del personaje masculino del que se ha enamorado, obstinándose en creerle y confiar en él.


       «Regina: ¿No fue Shakespeare quien dijo “Cuando dos desconocidos se encuentran en tierra extranjera, deberían volverse a ver”?
       Peter: Shakespeare nunca dijo eso.
       Regina: ¿Cómo lo sabe?
       Peter: Es horrible. Lo acaba usted de inventar.
       Regina: Sí, pero suena bien. ¿Me llamará usted?»

       Regina decide fiarse de Peter, Alex, Adam y Brian, sucesivamente, de la misma manera que confió en Charles Lampert cuando se casó, sin saber nada de él. En la personalidad romántica de Regina, que se lanza sin red en pos de sus sentimientos amorosos, se adivina el carácter del propio director, que llegó a casarse en cinco ocasiones, la última de ellas a los sesenta y seis años.


       Hay un aspecto de la mentira que también se muestra en el film, aunque no se hable de él, y es que mentir nos da cierta ventaja sobre los demás. La mayoría de los personajes de la película persiguen el cuarto de millón de dólares y mintiendo esperan evitar que los otros puedan obtenerlo antes que ellos. La información es poder y, en ese sentido, proporcionando al contrario una información falsa, podemos debilitarlo y ganar tiempo. Se miente en las relaciones sentimentales, tanto como en el espionaje o en las actividades delictivas, deteriorando la confianza de la pareja y generando inseguridad en ella, que es lo que le ocurre a Regina al enamorarse de un hombre tan acostumbrado a mentir.

       «Peter: Crees que trabajo con ellos, pero no es así. Estoy de tu parte y quiero que me creas.
       Regina: No puedo creerte, me mentiste, igual que Charles, después de prometerme que no lo harías. Aunque yo quiero creerte, Peter.»

       No obstante, como amar es un acto de fe en el otro —al fin y al cabo, al enamorarnos damos un salto al vacío poniendo nuestra felicidad en manos ajenas—, Regina decide creer a Adam y no al Sr. Bartholemew.

       «Regina: ¡Oh, no sé quién dice la verdad!
       Alex: Regi, te pido que confíes en mí sólo una vez más.
       Regina: ¡¿Por qué habría de hacerlo?!
       Alex: No se me ocurre nada para convencerte de que lo hagas.»


       Pero no sólo los personajes mienten en esta película, también Donen miente al espectador, jugando con la identidad del héroe (Grant) y con la del villano (Matthau), y despistando al público tanto con las interpretaciones ambiguas de los actores que los encarnan, como con los continuos giros de la trama, que nos llevan a sospechar del héroe hasta en tres ocasiones. Por otra parte, Donen también se sirve de determinados trucos, como realizador, que falsean la realidad, engañando al espectador. Al principio del film, en Suiza, una mano enguantada apunta a Regina con una pistola, es claramente la mano de una persona adulta, sin embargo, después, vemos que se trata de un niño jugando con una pistola de agua —clara anticipación del peligro que se va a cernir sobre Regina—. En definitiva, toda la película está llena de falsas apariencias y de mentiras —que, unas veces, confunden a Regina y otras, al público—, creando una Charada perfecta en torno a un cuarto de millón de dólares, cuyo paradero, todos tratan de averiguar.

       El magnífico guión de «Charada» supuso el estreno en la redacción cinematográfica del escritor Peter Stone, quien, tras sufrir el rechazo de todas las productoras, lo convirtió, con la colaboración de Marc Behm, en la novela «La esposa desprevenida», que fue publicada por entregas en la revista Redbook. Y resulta curioso que, entonces, todos los que habían rechazado el guión se pelearan por los derechos, siendo elegido, finalmente, Donen, por el mismo Stone, a pesar de no ser el mejor postor. Tras el estreno de «Charada», Stone firmaría un contrato con la Universal, para escribir cinco películas más. Y obtendría en 1964 el Premio Edgar de la Asociación de Escritores de Misterio de Estados Unidos, al mejor guión adaptado —adaptado, se entiende, del relato «La esposa desprevenida»—.



       Con la base de una estructura perfecta, el guión realiza con acierto una mezcolanza de géneros tan dispares como la intriga, el suspense, el romance y la comedia, para lograr un resultado final de puro entretenimiento. Con un ritmo ágil, que no decae ni un solo segundo, un repertorio de giros inesperados y bien construidos que enganchan al espectador hasta el final, una historia romántica salpicada de mentiras e identidades falsas y unos diálogos inteligentes que rebosan ingenio, el guión poseía todos los ingredientes necesarios para que un director sensible y experimentado, como Stanley Donen, tuviera la oportunidad de crear una gran película. Y no hay que olvidar que la banda sonora de Henry Mancini, cuya canción «Charada» fue nominada al Oscar, contribuyó notablemente a ello. Mancini envuelve todas las secuencias de la película de un sonido sugerente y dinámico, que proporciona la emoción adecuada a cada una de las situaciones en las que se ve inmersa la protagonista. El extraordinario soporte auditivo de Mancini arropa con maestría el esfuerzo del realizador por conmover al espectador con la cuidada apariencia visual de cada uno de sus planos. Algo que el lúcido romanticismo de Donen, con su talento  natural para alternar momentos dramáticos y cómicos en una sincronía perfecta de narración cinematográfica, siempre lograba con absoluta sencillez.


       De entre los muchos aciertos del film, cabe destacar la excelente caracterización de la forma de  ser de cada uno de los personajes que aparecen en pantalla, todos ellos perfilados con mimo artesanal a fin de que el espectador capte su esencia desde el mismo instante en que hacen su aparición. Claro ejemplo de ello es la presentación de los tres cómplices del difunto Charles Lampert —Guideon, Tex y Scobie— cuando entran al velatorio, dejando bien claro que son tres hombres sin escrúpulos, carentes de toda consideración hacia los demás; pero de muy diferentes temperamentos.

Mientras 
Guideon es un hombrecillo nervioso y alérgico; Tex, es un rudo vaquero con un malicioso sentido del humor que raya el sadismo y Scobie no es más que un hombretón brutal y sin modales, con un garfio por mano y un rostro amenazador.

       «Tex: ¿No estaremos buscando ese dinero en vano?
       Guideon: ¿Por qué dices eso?
       Tex: Supón que uno de nosotros lo tiene, como dijo Dyle. Eso sería muy desagradable, teniendo en cuenta que los cuatro somos compañeros.
       Guideon: Oh, vamos, Tex, tú sabes que si yo lo tuviera, te lo diría.
       Tex: Naturalmente. Y yo haría lo mismo.
       Guideon: Naturalmente. Y creo que Herman, también.
       Tex y Guideon: ¡Naturalmente!... —dicen los dos a la vez, riéndose con cinismo.»


       La tétrada de malos fascinantes que aparecen en el film se completa con Carson Dyle, o su alter ego el Sr. Bartholemew, interpretado por un Walter Matthau en una de sus composiciones más memorables, uno de los mejores malos del cine, por su apariencia de hombre normal y corriente, que inspira absoluta confianza —no sólo a la protagonista, sino también al espectador—. Donen nos lo presenta, durante todo el metraje, en situaciones de lo más cotidianas —almorzando en su despacho, haciendo gimnasia en pijama, afeitándose o durmiendo en su cama a una hora bien razonable—, que logran transmitirnos la sensación de que estamos ante un funcionario del gobierno eficiente y aburrido. La sutil interpretación de Matthau contribuye a ello, pues en las ocasiones en las que su rostro se endurece, durante sus conversaciones con Regina, parece más preocupado que malvado. Sólo en la secuencia final del desarrollo se nos muestra como el implacable asesino que es y ni siquiera entonces resulta repulsivo, sino que continúa convenciéndonos de que su reacción, tras la crueldad con la que fue tratado por sus compañeros, es terriblemente humana. Es un asesino que cae bien al público, porque demuestra haber sido más inteligente que todos los que perseguían el dinero, engañando a Regina con su aparente normalidad.


       La inusual pareja protagonista, formada por Audrey Hepburn (34 años) y Cary Grant (59 años), consiguió sendas candidaturas a los Globos de Oro, como mejor actor y mejor actriz de comedia respectivamente. Ganando Hepburn el Premio Bafta a mejor actriz del año. El triste destino de la estilizada actriz de cara angelical parecía arrastrarla, una y otra vez, a compartir cartel con los caballeros más veteranos de la pantalla, lo que, por otra parte, le brindó la oportunidad de trabajar con los más grandes galanes de Hollywood. Billy Wilder fue el primero en emparejarla con maduritos y lo hizo en dos ocasiones, en “Sabrina” (1954), con un Humphrey Bogart treinta años mayor que ella, y en “Ariane” (1957), con un Gary Cooper que le sacaba veintiocho años. Y, después de «Charada», George Cukor la inmortalizaría junto a Rex Harrison en “My fair lady” (1964), que sólo la aventajaba en veintiún años. Pero, sin duda, el galán más maduro con el que interpretó una historia de amor fue Cary Grant, en el film que nos ocupa. Aún así, gracias a la buena forma física de Grant, a su eterno aspecto jovial y a la impresionante química que había entre ambos intérpretes, el romance de los protagonistas resulta bastante verosímil, en parte por el cambio de guión sugerido por Grant, que no quería parecer un viejo verde y exigió que fuera Regina Lampert la que persiguiera a su personaje, tomando la iniciativa en la seducción, al tiempo que él se esforzaba por contenerse.

       «Regina: Ya sé que es difícil para ti, pero ¿no podrías pensar por un momento que tú eres un hombre y yo una mujer?
       Peter: Podrían detenerme por llevar a una menor de edad más arriba del primer piso.»

       Este cambio se amoldaba a la perfección con el tipo de heroína del cine de Donen, mujeres de apariencia frágil, pero de gran personalidad y determinación, movidas siempre por el afán de alcanzar el amor de sus sueños. Heroínas bellas y elegantes, dotadas de cierta comicidad y buen humor.


       Audrey Hepburn compone un personaje de mujer de recursos, que pese a su aspecto vulnerable es más fuerte y tiene más valor del que aparenta. Hepburn con sus miradas y sonrisas sabe convencernos de su enamoramiento y de los diferentes estados de ánimo de su personaje, que, al encontrarse en una situación de peligro constante, sabe conducirse de forma inteligente, al tiempo que se deja llevar por sus sentimientos y su intuición. La agilidad y elegancia de la actriz la hacen brillar en las escenas de acción, en las que se comporta como una auténtica parisina.


       Por su parte, Cary Grant nos brinda, como es su costumbre, todo un abanico de expresiones, gestos y muecas, que van desde la naturalidad, hasta la comicidad, pasando por un buen número de miradas y sonrisas ambiguas, que hacen más intrigante y desconcertante a un personaje, que va cambiando de identidad, a lo largo de la película, tantas veces como su compañera de atuendo, y del que nunca llegamos a saber sus verdaderas intenciones, hasta que se desvela su misión.

       París, escenario romántico por excelencia, inunda la acción de cierta nostalgia, convirtiéndose en protagonista del film junto a la pareja de intérpretes, a los que proporciona una ambientación llena de belleza y de lugares comunes para el espectador de cine. La estupenda fotografía en color de Charles Lang, con su habilidad para usar el contraluz, las luces y las sombras, retrata a la perfección la capital francesa, realzando el atractivo de una Audrey Hepburn, espléndidamente vestida por Givenchy.

       Donen coreografía cada secuencia con la minuciosidad de un musical, algo que se aprecia especialmente en las escenas de acción. El movimiento de los actores es una danza, donde nada es fortuito, el espectador sabe en todo momento qué está pasando y cómo está teniendo lugar. Donen nos lleva de la mano por todo París, siguiendo el hilo de la acción con asombrosa claridad, haciendo que parezca fácil seguir todas las peripecias de los personajes, incluso durante las persecuciones y las peleas.


       La película cuenta con un buen número de escenas míticas e inolvidables, como resultado de una de las motivaciones más sencillas y al mismo tiempo más geniales que se han ideado para hacer avanzar la trama de una película de intriga: Encontrar un cuarto de millón de dólares que está escondido a la vista de todos. Entre estas escenas, las hay cómicas, románticas, dramáticas o de acción, y, no hace falta decir que, las dos escenas más divertidas del film están protagonizadas por Cary Grant. Una de ellas es el juego, en la sala de fiestas, en el que Grant, tratando de pasar la naranja, que lleva bajo el cuello, a la persona que tiene al lado, recorre, impúdicamente el cuerpo de una señora, algo gruesa y de aspecto respetable, que lo mira horrorizada mientras suena el Mambo Parisien de Mancini. La otra, es el momento en que Grant se ducha vestido en la habitación de Regina, enjabonándose por todo el cuerpo y tarareando una cancioncilla alegre mientras ella se ríe.
       El momento más romántico posiblemente sea la cena de la pareja en el Bateaux mouches, el barco restaurante que recorre el Sena, en el que Brian reconoce sentir algo por Regina. Y la escena más dramática, la protagoniza Regina al encontrarse entre dos hombres armados, en el patio de columnas del Palais Royal, sin saber cuál de ellos es el asesino.

       La extraordinaria huída de Regina en el metro, perseguida por Adam, al que ella 
cree el asesino, es la secuencia de acción más trepidante de toda la película y aquélla en la que Donen despliega todo su inmenso talento como director de actores en movimiento. Otra escena de acción inolvidable es la de la pelea de Peter, en la azotea del edificio American Express, con Scobie y su gancho mortal. En realidad, la escena nos hace pensar en una pelea entre Peter Pan y el capitán Garfio, sobre las vergas del barco de éste, por lo que situarla en lo alto de un edificio y bajo un enorme luminoso lleno de barras de hierro es todo un acierto. 

       Los asesinatos de la película están cargados de humor —todos los cadáveres aparecen en pijama, para desesperación del inspector Grandpierre— y hacen gala de una brutalidad, que, sin carecer de cierta violencia, resulta al mismo tiempo elegante. Lo mismo que la escena en la que Tex ataca a Regina echándole una lluvia de cerillas prendidas, sobre el regazo. Es un momento angustioso y cargado de sadismo que, sin embargo, resulta bonito, cinematográficamente hablando. Era una de las cualidades de este gran realizador, saber contar de una forma distinguida incluso lo más terrible.
       Por último, el final de Dyle, cayendo por la trampilla del escenario del Palais Royal, supone un remate contundente y teatral a un personaje que ha sabido desplegar, ante Regina, toda una puesta en escena para hacerse pasar por alguien de su absoluta confianza.

       En 2002 Johnathan Demme dirigió una interesante versión de «Charada», bajo el título «La verdad sobre Charlie» y también existe una versión de Boollywood, estrenada en 2003, «Chura Liyaa Hai Tumne» de Shangeeth Sivan. Ambas muy diferentes, pero tan llenas de mentiras como la película original. Sin embargo, en el film de Donen hay algo que prevalece sobre la mentira, y es el sentido del humor. La relación romántica se salva de toda esa montaña de mentiras, gracias al humor con que se relacionan los protagonistas desde que se conocen. El humor es una forma de mentir que nos libera de las consecuencias que puedan derivarse de la falta de sinceridad. Lo dicho con humor no compromete a nada, porque siempre parece que hablamos en broma. «La verdad os hará libres», dice la Biblia, luego, mentimos por miedo a esa libertad, pero si mentimos con humor, nadie nos toma en serio, por lo que no hay engaño, no hay esclavitud. En una mentira humorística se oculta siempre una verdad, de manera que, el humor nos hace tan libres como la verdad y, como Donen nos enseña, siempre resulta mejor.



       «Regina: ¿No puedes hablar en serio?
       Alex: Oh, has dicho una palabra horrible.
       Regina: ¿Ah, sí? ¿Qué he dicho?
       Alex: Serio. Cuando un hombre llega a mi edad, esa es la única palabra que jamás quiere oír. No me gusta hablar en serio ni oírte hablar en serio a ti tampoco.
       Regina: Está bien, nos pasaremos la vida siendo frívolos.»

jueves, 28 de enero de 2021

DONENMANÍA 2

“PÁGINA EN BLANCO” (1960) de Stanley Donen
    

       
Los condes de Rhyall, Víctor (Cary Grant) y Hilary (Deborah Kerr), aristócratas ingleses venidos a menos, se ven obligados a abrir al público parte de su palacio, situado en una población cercana a Londres, para poder mantener sus propiedades. Durante una de estas visitas turísticas, un turista norteamericano, Charles Delacro (Robert Mitchum), se cuela en las habitaciones privadas de la familia y queda prendado de Hilary, la bella condesa de Rhyall, a la que logra robarle un beso. Hilary, fascinada por la personalidad y el atractivo de Charles, que, además, es millonario, trata de disimular, ante su marido, la atracción que ejerce sobre ella, pero Víctor conoce demasiado bien a su mujer y nota enseguida que algo ha surgido entre los dos. Charles planea quedarse en Londres dos semanas y pide a Hilary volver a verla, ella se niega, pero, tras unos días en los que no ha podido dejar de pensar en él, se decide a ir a Londres, poniendo a su marido una excusa, que él finge creer. En Londres, Hilary se aloja en casa de su amiga y antigua novia de Víctor, Hattie Durant (Jane Simmons), aunque pasa todo el tiempo con Charles, con el que inicia un romance al poco de llegar. Hattie, por su parte, decide visitar a Víctor para saber cómo se ha tomado que su mujer se haya enamorado de otro hombre. Víctor no disimula que está destrozado y que se propone arrancar al americano del corazón de su mujer para salvar su matrimonio. Con este propósito, Víctor sorprende a todos invitando a Charles Delacro a pasar el fin de semana en palacio y pidiéndole, con toda desfachatez, que traiga en su coche a su mujer, que lleva toda la semana en Londres. Al día siguiente, cuando Hilary y Charles llegan, todos fingen que no ha pasado nada. Víctor se muestra genial, en su papel de perfecto anfitrión, pero las indirectas y las puyas salpican cada una de las conversaciones entre él y su invitado. El americano trata de convencer a Hilary de que a su marido no parece importarle mucho que ella se haya enamorado de otro, así que el divorcio no le afectaría demasiado. Sin embargo, Hilary no tiene tan claro que la aparente indiferencia de Víctor sea sincera y se siente confusa respecto a qué decisión tomar. Cuando las mujeres se retiran esa noche, Víctor reta a su rival a batirse en duelo con pistolas. Charles se resiste a aceptar, pero Víctor le asegura que si no acepta su desafío, no hablará del divorcio. Finalmente, el duelo tiene lugar y Víctor resulta herido en un brazo. Mientras Hattie y Charles se van al pueblo en busca del médico. Víctor y Hilary se quedan a solas, ella le cura la herida mientras beben champán y se sinceran el uno con el otro. Víctor le explica que el duelo era esencial para que su papel de marido complaciente no resultase tan innoble y para recordarle a ella que sigue enamorado y que la esperará el tiempo que sea necesario. Hilary, conmovida, se da cuenta de que, en realidad, lo que realmente quiere es quedarse con su marido y así se lo hace saber a Charles, en cuanto regresa. Delacro se lamenta de haber aceptado el duelo, porque cree que verle herido es lo que ha ablandado a Hilary y, convencido de que él no apuntó a Víctor, no tarda en comprender que, salir herido, era el plan de Víctor desde el principio y que debió ser el mayordomo, Sellers (Moray Watson), quien le hirió; por supuesto, obedeciendo las indicaciones de su señor.

    
       En “Página en blanco” —“The grass is greener” (La hierba es más verde) en original—, Stanley Donen vuelve a abordar el tema del adulterio, en una comedia sobre la crisis matrimonial de una pareja, felizmente casada, cuya plácida convivencia se ve alterada cuando uno de sus miembros cae en la tentación de dejarse deslumbrar por el brillo de la hierba que crece al otro lado de la valla. Para Donen la infidelidad, dentro de una relación estable, surge en el instante en que se deja de apreciar lo que se tiene y se empieza a pensar que se podría tener algo mejor, perdiendo así la perspectiva de lo que realmente se necesita para ser feliz. “Aprende a valorar lo que tienes”, parece aconsejarnos esta historia, basada en la obra teatral del matrimonio de dramaturgos formado por Hugh Williams y Margaret Vyner, que ellos mismos adaptaron para el cine.

       El tándem de escritores Williams – Vyner construyó unos diálogos elegantes y divertidos, que hacen avanzar la historia con un ritmo sosegado, al tiempo que nos transmiten las respectivas formas de concebir la vida y las relaciones de pareja de los protagonistas. Hay que señalar, sin ánimo de menospreciar la acertada composición musical de Noël Coward, que los diálogos son la verdadera banda sonora de esta película. Y es una banda sonora que una no se cansa de oír; sofisticada, ingeniosa y tierna, sabiendo aprovechar esa ironía y esa flema tan inglesas, que se han hecho famosas en el mundo entero, para componer un héroe romántico admirable y divertido, el conde de Rhyall, que se enfrenta a su rival enarbolando su arma más poderosa, la inteligencia.


       «Víctor: Y la carrera es para el rápido y la lucha para el fuerte, ¿eh?
       Charles: Seguro.
       Víctor: No estoy yo tan seguro. En teoría debo discrepar de usted. En la práctica puede que usted tenga razón. Es un poco primitivo, pero ¿qué tiene de malo?
       Hattie: ¿Qué es primitivo?
       Víctor: Tú, por ejemplo.
       Hattie: Oh, ¿lo dices en serio? ¿O es un insulto?
       Charles: Al contrario, yo diría que es el mejor cumplido.
       Víctor: Dice eso porque él también lo es.»

       Encarnar al protagonista dio la oportunidad a Cary Grant, británico de nacimiento, de mostrar ese caballero inglés que llevaba dentro y que le permitió, a lo largo de toda su carrera, abordar la comedia física con una elegancia y una naturalidad incomparables. También en este film protagoniza un momento slapstick, al caerse dentro de una poza del río en el que están pescando. Grant compone, en “Página en blanco” el personaje más flemático de toda su filmografía, un aristócrata despistado, educado y mordaz, que jamás pierde la compostura —ni siquiera en presencia del amante de su muje —, a pesar del ingrato papel de marido ultrajado que le ha tocado representar. Víctor Rhyall hace gala de un control absoluto sobre sus emociones, lo que obligó a Grant a realizar una interpretación contenida de este hombre enamorado que se está muriendo por dentro, aunque por fuera sepa dar la impresión, con su eterna sonrisa, de que todo le importa un bledo.


       «Víctor: Te diré cómo he reaccionado, me siento disgustado, muy disgustado, muy desdichado, estoy como perdido y muy solo.»

       La reacción de este marido ante la infidelidad de su esposa es sincera y conmovedora por la honestidad de sus convicciones y la desolación de sus sentimientos. En lugar de una respuesta violenta, vengativa u orgullosa, el conde de Rhyall nos da una lección de lucidez, al aceptar su desagradable situación, para sorprender a su rival con un contraataque inesperado y brillante, con el que reduce la traición de su esposa a un deslumbramiento pasajero y vacío, del que la pareja sabrá reponerse y dejar atrás.

       La relación laboral y amistosa de Cary Grant con Stanley Donen se prolongó a lo largo de los años dando como fruto cuatro películas y una productora, la Grandon productions, con la que Donen y Grant producirían dos de estos films, “Indiscreta” (1958) y “Página en blanco” (1960). Siendo “Bésalas por mí” (1957) y “Charada” (1963) la primera y última colaboración, respectivamente, entre actor y director. Relación que sería beneficiosa para ambos y que ayudaría a Donen a dar el salto del musical a la comedia.


       Donen fue un director humilde que nunca presumió de sus éxitos y que nunca estaba satisfecho de sus films, sin embargo, era un gran realizador capaz de crear instantes cinematográficos llenos de magia, ingenio y elegancia. Muestra de ello son los magníficos títulos de crédito, que Donen consiguió del diseñador gráfico Maurice Binder, donde, vemos, jugando sobre la hierba, a unos bebés que representan a cada uno de los profesionales que participaron en la película. Y es que Donen era un narrador meticuloso, siempre con el ojo puesto en los detalles que pudieran aportar humanismo a la película y ayudaran a contar el mensaje que se quería transmitir al público. Desde el planteamiento del film, Donen va anticipándonos, de forma sutil, el conflicto que se avecina, dejando que algo flote en el aire y que sean los mismos personajes, sin proponérselo, los que nos hagan sentir lo que se está cociendo. Por ejemplo, los versos de Henley que Hilary lee a su marido, antes de conocer a Charles, son toda una anticipación de la tormenta que se cierne sobre la pareja:


       «Hilary: Y es que nace la fuerte primavera, despertando los sueños. Corre la savia… Oh, esa agradable, impaciente y sedienta inquietud. Toda la vida brota y mi corazón, lleno de abril, brinca en mi pecho.»

       La respuesta a este poema parece toda una corazonada por parte del marido:

       «Víctor: Nace la primavera, ¿eh? Una turbulenta estación, todo un renacimiento…
       Hilary: Nidos nuevos, hierba reciente, qué poderosa inquietud…
       Víctor: Sí. Te advierto una cosa, cuanto mayor eres, mayor es la inquietud. Una época muy peligrosa. Ten cuidado.»

       Asimismo, las primeras palabras que Hilary dirige a Charles, cuando se cuela en su salón, son una anticipación de la intromisión, por parte de éste, en la privacidad de su matrimonio:


       «Hilary: Bueno, entrar por una puerta donde dice “privado” no es equivocación sino intrusión.»

       El mismo duelo se anticipa al espectador en una alusión del propio Víctor a Charles cuando le está hablando de un antepasado suyo que se batió en duelo con el amante de su mujer.

       «Víctor: Descubrió que su esposa estaba a punto de fugarse con un rico terrateniente de Carolina del Sur. Tengo entendido que es un territorio estupendo, pero usted no es del Sur, ¿verdad?
       Charles: No, del estado de Nueva York. ¿Y no le ahorcaron?
       Víctor: No, no, fue un duelo a pistola.»

       Y Víctor anticipa a Hilary que no piensa dejar que Charles le robe a su esposa, improvisando una cancioncilla con la melodía de la famosa canción americana «Yanquee Doodle»:

       «Víctor: “… Quería conquistar a todas las mujeres… Un yanqui vino a Londres, montado en un pollino, con plumas en el gorro y una libra de tocino. Era un yanqui muy audaz, un yanqui ladino, más se tuvo que marchar, corrido y mohíno…”»


       Pero el film no sólo está lleno de anticipaciones sino también de metáforas. Donen utiliza el canto de un cuco que merodea por los alrededores del palacio como analogía de la humillante posición de Víctor ante el romance de su esposa con otro hombre.

       «Víctor: ¡Ese pájaro es para volverse loco!
       Sellers: Por eso dice el refrán: está loco como un cuco.
       Víctor: ¿Quién está como un cuco?
       Sellers: Nadie, Milord. Usted ha dicho que era para volverse loco, imagino que así se originaría ese refrán.
       Víctor: Ah, ya, ya.»

       Incluso Hattie utiliza el canto del cuco para pinchar a Víctor:

       «Hattie: Ese pájaro es un tanto enfático, ¿no? ¿No dijo Shakespeare: “El cuco en cada árbol se burla de los casados?”»


       Y, después, justo antes de que llegue al palacio la pareja de adúlteros, vemos a Víctor con una escopeta tratando de cazar al cuco.

       Otro objeto dramático, empleado por Donen en el film como metáfora para representar la posición y la lucha interna librada por cada uno de los miembros de este triángulo amoroso, es el abrigo de visón que Charles regala a Hilary. Para Charles, el visón supone un símbolo de la maravillosa vida que podría proporcionarle a Hilary, gracias a su condición de millonario; para Hilary, es el símbolo de la atracción que Charles y sus millones ejercen sobre ella, significa la tentación de lo prohibido y para Víctor, es una humillación más, el objeto que representa todo lo que él hubiera querido ofrecer a su amada esposa, de haber podido.

       «Víctor: ¡He deseado regalarle un abrigo de visón desde que nos casamos y la próxima Navidad ya podría haberlo hecho! ¡Debería matarlo!
       Hattie: Creo que hemos de evitar el derramamiento de sangre. Está algo anticuado.
       Víctor: ¡Pues ya va siendo hora de actualizarlo!»

       En “Página en blanco”, Donen nos hace toda una demostración de cómo la alta sociedad hace de la hipocresía un arte. Para ello, nos muestra a los cuatro personajes principales comportándose como si ninguno de ellos estuviese al tanto de este secreto a voces que es el adulterio de la condesa, del que nadie habla directamente cuando están todos juntos, pero que todos comentan por separado. Quizás el momento más falso de todos sea aquel en el que Víctor invita a Charles a pasar el fin de semana a palacio, fingiendo que no sabe que él y su mujer están juntos. Donen se sirve de la técnica de la pantalla partida para mostrar las reacciones de Charles y de Hilary, ante la invitación de Víctor, al tiempo que muestra a Víctor y a Hattie, escuchando la respuesta de Charles, al otro lado del teléfono. Es una de las escenas más graciosas del film, por la sincronía de los movimientos y la coincidencia de las frases de ambas parejas, magníficamente interpretados por estos cuatro grandes intérpretes.


       La interpretación del romance adúltero recayó sobre la pareja formada por Deborah Kerr y Robert Mitchum, que ya habían coincidido antes en el film de John Huston “Sólo Dios lo sabe” (1957), dejando constancia de la química existente entre ellos, y que volverían a formar pareja cinematográfica un año después en “Tres vidas errantes” (1961) de Fred Zinnemann, en la que ambos nos sorprendían con una gran versatilidad, en este drama narrado en clave de humor. La crudeza que emanaba de Mitchum contrastaba a la perfección con la delicadeza y elegancia de Kerr, creando una mezcla extraña e interesante de pasión y fragilidad que daba excelentes resultados en la pantalla. El papel de Mitchum en este film es, sin embargo, algo ingrato. El actor borda la primera parte de la película, cuando seduce a Hilary con su firmeza y su enorme seguridad en sí mismo, pero cuando ha de medirse con Grant —el rey de la comedia— parece tan perdido y fuera de lugar como su personaje, Charles Delacro, en el palacio del aristócrata inglés. Pero Charles y Víctor no sólo rivalizan por el amor de Hilary, sino que Donen los hace ir más allá, estableciendo una divertida batalla de orgullo patriótico entre ingleses y americanos. El inglés, representa la educación, la cultura y la inteligencia y el americano, la fuerza, el dinero y la testarudez. Víctor lucha por conservar a su esposa y por expulsar al prepotente norteamericano que se ha colado en su hogar comportándose como si el mundo entero fuera su jardín de recreo. Asimismo, Hilary y Charles, en la secuencia en la que se enamoran, bromean sobre las diferencias existentes entre ambas culturas.


       «Charles: Soy norteamericano, digo lo que pienso.
       Hilary: Y vacila antes de decirlo. Un francés no hubiera vacilado.
       Charles: ¿Y un inglés?
       Hilary: Un inglés jamás lo hubiera dicho.
       Charles: ¿Dice que un inglés jamás le diría a una mujer casada que es muy guapa?
       Hilary: No, no quiero decir eso, pero, normalmente, se lo dice primero al marido.
       Charles: ¿Y con qué objeto?
       Hilary: Sabe que el marido se lo dirá a la esposa.»


       Por su parte, Deborah Kerr compone un personaje con tanta clase y tanta sensibilidad, que consigue que resulte normal que su marido esté dispuesto a tomarse su infidelidad con deportividad, sin perder ni un ápice de la devoción que siente por ella. La Kerr se pasea por el adulterio, desprovista de cualquier viso de inmoralidad; inmaculada, como si su personaje estuviese por encima de las pulsiones sexuales mundanas y sólo estuviese reaccionando ante un sentimiento elevado y puro, que nadie le puede reprochar. Sólo se permite un arrebato pasional cuando ve que Hattie lleva puesto el abrigo de visón que le ha regalado Charles y la obliga a quitárselo a punta de pistola, pero, eso sí, sin despeinarse. Se podría decir que Hilary, a su manera también termina batiéndose en duelo con Hattie, por andar siempre mariposeando alrededor de su marido, algo que la pone muy celosa.



       «Hilary: No me fío cuando estás con Víctor. ¿Por qué no cenasteis aquí?
       Hattie: Dijo que le gustaría tomar el aire.
       Hilary: ¿Dijo eso? ¿A qué hora volvisteis?
       Hattie: Pues a eso de las doce y media, creo.
       Hilary: ¿Bebió mucho, Víctor?
       Hattie: Muy poco, si no recuerdo mal.
       Hilary: Pero sólo jugando a las cartas os aburriríais muchísimo…
       Hattie: No, porque yo hago trampas.»

       El cuarto personaje de este tour de force interpretativo, recae sobre una bellísima Jane Simmons, en un personaje cómico, que equilibra con su presencia humorística el tenso triángulo amoroso formado por los condes de Rhyall y Charles Delacro. Simmons está graciosa y sexi en este rol de divorciada inglesa de clase alta, superficial y cínica, que finge fantasear con la idea de recuperar a Víctor Rhyall, su antiguo novio, aunque, en el fondo, sabe perfectamente que eso no va a ocurrir. Simmons aporta con sus simpáticas réplicas el toque de humor a una situación, tensa y dolorosa para el resto de los personajes, pero que a ella la saca de la rutina y la divierte en extremo. Hattie Durant se pasa todo el tiempo que aparece ante la cámara bebiendo sin parar, quien sabe si por puro hedonismo o en un intento de silenciar su soledad tras un matrimonio fallido.


       «Hattie: Todo es la suerte. Recuerda la mala suerte que tuve el día que te presenté a Hilary en las carreras. Conseguí la doble y te perdí a ti. Y si tú te hubieses casado conmigo en vez de con Hilary, yo no me hubiera casado con ese enano con el que me casé ni me habría gastado tanto para divorciarme. Y encima se pagó muy poco la doble.»

       A pesar del carácter superficial de Hattie, ésta nos sorprende, en ocasiones, con comentarios que denotan una gran claridad mental e incluso cierto viso de feminismo muy interesante para la época:

       «Hattie: Como la mayoría de los hombres que tienen éxito con las mujeres, tú te jactas de que las conoces. No seas imbécil, cariño, no tienes ni idea.»

       La frivolidad de Hattie es tan chispeante que resulta contagiosa y su pueril malicia contrasta con la madura honestidad de sus amigos los Rhyall, que afrontan el adulterio de uno de ellos con una calma absoluta, considerándolo un sencillo traspié emocional, algo bastante natural en una relación de doce años.


       «Víctor: La fórmula actual de casi todos es decir, bien, la mejor parte ya ha pasado y nos queda la peor, despidámonos, querida, gracias por todo, ha sido muy divertido. Vete con tu amigo, recupero mi libertad y estaré en la Riviera antes que tú. Yo creo que eso está mal. Si tu amante te es infiel, debes rechazarla, si lo es tu mujer debes acogerla.»

       El estoicismo del conde de Rhyall ante el hecho de que su mujer se haya enamorado de otro hombre es irritante y envidiable al mismo tiempo, puesto que donde otros se desesperan, gritan, insultan e incluso golpean, él charla educadamente, maldice un poquito y reta en duelo. Desde luego, no se puede ser más inglés ni más caballero. Y como a todo buen caballero inglés que se precie, no podía faltarle su leal mayordomo, Trevor Sellers (Moray Watson), que acompaña a su señoría en todas sus tareas diarias, sean de la clase que sean, compartiendo con él su Biblia y el crucigrama del Times. El excéntrico y aburrido mayordomo Sellers es el secundario cómico que revolotea por el film, aportando humor, y se pasea por el palacio, proporcionando abolengo. Sellers ayuda a dibujar el temperamento distraído y tradicional del conde de Rhyall, al que sirve de escudero en sus momentos más duros y solitarios y, lo mismo que un Sancho Panza británico, secunda a su señor en todas sus locas ideas —como la de batirse en duel —, al tiempo que mantiene con él conversaciones de lo más absurdas. Como cuando comparte con su señor el descubrimiento de que carece de lo esencial para triunfar como escritor.


       «Sellers: Creo que el problema básico soy yo mismo. Estoy demasiado feliz y contento, y, por si esto fuera poco, presumo que soy normal. Eso es fatal.
       Víctor: ¿Debo entender que prefiere ser desventurado y anormal?
    Sellers: Pues claro. Mire, yo deseo triunfar y para triunfar es preciso por lo menos ser moderno. Y, al igual que milord, no lo soy. No tengo esa sensación de inseguridad o desesperación o angustia.
       Víctor: ¿Y es esencial?
   Sellers: Lo más esencial. Y yo me siento dichoso, nada me remueve, no tengo ningún resentimiento.
       Víctor: Se encuentra en un aprieto, ¿eh?»

       Uno de los temas recurrentes en la filmografía de Stanley Donen era su creencia de que aunque las relaciones de pareja pierdan su brillo y se deterioren con el transcurso de los años, si hay verdadero amor, la unión resiste todos los obstáculos. Es el tema central de su película “Dos en la carretera” (1967), considerada por muchos como su obra maestra, y es la idea que subyace en la historia de “Página en blanco”, aunque en este film, Donen, romántico por excelencia, parece, como el cuco, reírse de los casados, siempre expuestos al temor de la infidelidad. El canto del cuco como precursor de la primavera, llevaba a afirmar a Shakespeare: “¡Oh, mundo de miedo, desagradable para un oído casado!”. Donen se burla, sí, pero desde la convicción, que comparte con Víctor, de que una infidelidad es sólo un error de perspectiva —ya que el infiel cae en la trampa de creer que lo que desea es mejor que lo que posee—, y por tanto, no es motivo suficiente para acabar con una pareja.

       «Víctor: A no ser que sea propensa a ello, en cuyo caso la situación queda fuera de control.»


      

miércoles, 30 de diciembre de 2020

DONENMANÍA 1

“INDISCRETA” (1958) de Stanley Donen
   
     
       Cuando, al aproximarse la década de los sesenta, el público empezó a perder el interés por el género musical, Stanley Donen —conocido por entonces como “el rey del musical”—, se reinventó a sí mismo en director de comedias románticas, entre las que destaca, por su tierno romanticismo, “Indiscreta”, una comedia en la que dos personajes, emocionalmente fuertes, se enamoran perdidamente, con un amor puro, que enturbia la mentira de uno de ellos, creando un enredo de mil pares de narices. Para Donen, el cine representaba un nivel de verdad más profundo que el del mundo real, el de los sentimientos, y es justo de eso de lo que trata esta comedia, de unos sentimientos profundos, donde el miedo a entregarse al otro, sin reservas, no supone más que un estorbo hacia la felicidad.
   
       Anna Kalman (Ingrid Bergman), famosa actriz, decepcionada con el amor y con los hombres, se enamora al primer vistazo de Philip Adams (Cary Grant), un hombre de negocios al que su cuñado, el ministro Alfred Munson (Cecil Parker), quiere captar para la OTAN. Philip siente lo mismo que Anna, pero, al ver el interés de ella, la advierte, como un caballero, de que está casado, aunque está tramitando el divorcio. Ella decide confiar en él e inician un romance que los hace tan felices, que Philip acepta el trabajo en la OTAN sólo para quedarse en Europa y poder ver a Anna los fines de semana. Todo va sobre ruedas hasta que a Philip le envían a Nueva York en una misión que le ocupará unos cinco meses. Anna se desespera ante la inminente separación y, en un momento de debilidad, le pide que trate de acelerar el divorcio para poder casarse y viajar juntos, pero enseguida se arrepiente de haberle presionado así y le suplica, entre lágrimas, que la perdone. Aún así, incapaz de resignarse con su partida, Anna proyecta sorprender a Philip, llegando antes que él a Nueva York para recibirle allí. Ante la resolución de su cuñada, Alfred no tiene más remedio que ponerla al tanto de que Philip, a su vez, planea sorprenderla a ella, apareciendo en su apartamento el día de su cumpleaños, cuando se suponía que ya debía estar en Nueva York. Anna llora de emoción y su hermana Margaret (Phyllis Calvert), indignada por la ciega confianza que su hermanita tiene depositada en el Sr. Adams, le desvela que Philip no es tan maravilloso como ella cree, porque, en realidad, es soltero y ha mentido para evitar el matrimonio. Anna enloquece de rabia y decide vengarse de él por haberse burlado de ella. Primero, le pone celoso con David, un antiguo admirador suyo, que continúa asediándola y después, cita a éste en su apartamento, para que cuando Philip aparezca, en su cumpleaños, los descubra juntos. En el último momento, el plan de Anna está a punto de irse al garete cuando David sufre un ataque de apendicitis, pero Anna, con ayuda de su ama de llaves, Doris Banks (Megs Jenkins), convence a su chófer Carl Banks (David Kossoff), marido de Doris, de que interprete el papel de admirador y se esconda en su dormitorio, para que Philip crea que es David. Sin embargo, la farsa ideada por Anna termina volviéndose contra ella, cuando Philip aparece anunciando que ya tiene el divorcio y pidiéndole que se case con él. Antes de que Anna pueda impedirlo, su chófer aparece para representar el papel de amante y Philip, picando el anzuelo, se marcha muy indignado. Destrozada, Anna se arrepiente de haber arruinado su felicidad por su loco afán de venganza; pero Philip aún no ha dicho la última palabra… Y Anna, tampoco.


       “Hacer cine es como enamorarse”, afirmaba Donen, y puesto que él era un maestro en eso de hacer cine, no es de extrañar que supiera narrar con tanta delicadeza y credibilidad el proceso de enamoramiento de los dos protagonistas de esta película. Los detalles constituían el arma más poderosa de este director, a la hora de transmitir al público lo que la película quería contar, por ello, esta historia de amor está plagada de trocitos de realidad, que logran conmovernos, sin caer nunca en el sentimentalismo, a pesar de rezumar una infinita ternura. Un ejemplo de ello es el detalle del color de las rosas que aparecen en la película. Las rosas amarillas, que simbolizan la alegría de vivir, el optimismo y la celebración de un encuentro, son precisamente las favoritas de Philip y representan la presencia de éste en el apartamento de Anna, mientras que las rosas rojas, símbolo de fuego y de pasión, son las que Anna emplea para poner celoso a Philip, porque representan la presencia de David en el apartamento de ella. Y es que Donen se identificaba al cien por cien con la conocida frase de Flaubert “Dios está en los detalles” o, en versión patria, también podríamos recurrir a la famosa “entre los pucheros, anda Dios” de nuestra Santa Teresa de Jesús. De esa forma, mezclando unos detalles sencillos y otros ampulosos, de la vida cotidiana de la pareja, tanto en privado como en sociedad, Donen dota a la trama de una gran veracidad. Y, asimismo, intercalando drama y comedia, proporciona una gran profundidad a la historia romántica, logrando que todo lo ajeno a dicha relación resulte superfluo, lejano y gris.


       El secreto para que una comedia funcione —al margen del ingenio y la comicidad— es el dominio del tempo, y nadie puede poseer un sentido más completo y desarrollado del ritmo que un director de musicales. Si, además, éste cuenta con un reparto de la calidad interpretativa de Grant y Bergman, la categoría del film está garantizada. Cary Grant, amigo personal de Donen e imbatible actor de comedias, borda su rol de hombre perfecto, atractivo, encantador y adinerado que, por ser absolutamente contrario al matrimonio, no es del todo sincero con la mujer amada.

       “Philip: Aunque te parezca mentira, quiero a Anna, la quiero como no había querido a ninguna mujer, pero no me casaría, aunque me apuntaras con una pistola.
       Alfred: Aquí no tengo pistola. Además, un cuñado no debe mezclarse en eso. No somos de la misma sangre.”

       Las sonrisas de Philip, al contemplar con arrobo el objeto de su amor, esconden cierta falsedad en la mirada, con la que Grant anticipa al espectador su falta de sinceridad con Anna. Ingrid Bergman, la actriz que supo transmitir cualquier emoción femenina en la pantalla con extremada sensibilidad, compone un personaje inteligente, sensible y de una fortaleza impetuosa, que conquista al público de inmediato con su elegante presencia y su férrea determinación.

       “Margaret: Anna, quiero hablarte en serio. Siempre te he querido como una madre, pero hay algo en tu carácter que no me gusta. Eres muy vehemente.”


       Desde la película “Encadenados” (1946) de Hitchcock, Grant y Bergman no habían 
vuelto a coincidir en un film, y fue por expreso deseo de Cary Grant, que Donen contara con Ingrid Bergman para encarnar a su partenaire. El director dudaba de si la actriz aceptaría, pero ésta lo hizo de inmediato, deseosa de volver al cine, tras su matrimonio con Rossellini. Stanley Donen no podía imaginar una pareja de amantes adultos más románticos que la formada por Bergman y Grant, quienes demostraron, una vez más, su gran complicidad interpretativa y esa química magnética y sugerente, con la que inundaban la pantalla de sensualidad. Para cumplir su deseo de mostrar a la pareja en la cama, Donen tuvo que ingeniárselas para burlar la censura, usando la técnica de la pantalla partida, de manera que los dos personajes, cada uno en su cama y en lugares distintos, charlaban por teléfono, dando la impresión de estar acostados en el mismo lecho, a pesar de la distancia que los separaba. Donen dirigía sus comedias dando libertad a sus actores, sin interponerse en su camino, pero dejándose ver, es decir, haciendo sentir a los actores su presencia vigilante sobre ellos. Y el resultado, en cualquiera de sus films, demuestra que, con el método de “no intervención”, el director sabía sacar de sus intérpretes todo lo que esperaba de ellos.


       La trascendencia de los personajes protagonistas en la historia era de tal envergadura, que exigía un tratamiento dramático y al mismo tiempo cómico de los mismos, que el guionista Norman Krasna supo construir con inteligencia y sofisticación. El guión es una adaptación de la obra teatral “Kind sir” del propio Krasna, que éste ya había estrenado con éxito en Broadway. Y que, a finales de los ochenta, volvería a reescribir para un remake de “Indiscreta” que Richard Michaels dirigiría para la televisión, con Robert Wagner y Leslie-Anne Down en el reparto.

       Es cierto que el romanticismo prima, en el film, sobre el humor durante todo el metraje, pero la agudeza de los diálogos y la comicidad de algunas secuencias hacen de “Indiscreta” una película sumamente simpática y conmovedora a partes iguales, en la que podemos apreciar el inconfundible estilo de Stanley Donen en cada plano —destacando los expresivos primeros  planos de los protagonistas—. El maestro del musical no pudo resistirse a incluir una divertida danza escocesa, para lucimiento del humor físico de Cary Grant y de su propio talento a la hora de filmar un baile de la mejor manera posible, algo que aprendió en sus tiempos de bailarín y coreógrafo.


       Aunque los diálogos de Krasna son más lentos de los que solemos encontrar habitualmente en una comedia, resultan idóneos para el ritmo pausado que Donen eligió para esta comedia romántica y fastuosa, que se desarrolla en una recreación hollywoodiense del Londres de finales de los cincuenta. Aún así, las conversaciones son interesantes, sofisticadas al tiempo que sencillas e inteligentes a la par que tiernas. El origen teatral de la historia se deja sentir, a lo largo de todo el film, en el hecho de que sean las palabras, en lugar de las imágenes, las que hagan avanzar la trama, es decir que, los hechos básicos de la historia se nos dan a conocer mediante los diálogos de los personajes. Por ejemplo, Margaret cuenta como averiguó que Philip era soltero leyendo el informe sobre Philip que Alfred tenía en su despacho, cuando, cinematográficamente hablando, habría sido más efectivo mostrar al espectador ese momento en imágenes. Sin embargo, los irónicos comentarios de Alfred, entrometiéndose en la conversación de las dos hermanas, proporcionan a la escena el dinamismo perdido al prescindir de la acción, para sustituirla por palabras.

       “Margaret: ¡Es soltero! ¡Soltero! Ha mentido.
       Alfred: ¡Canastos! Sí que va a ser un gran día, sí.
       Anna: ¿Por qué dices eso?
       Margaret: ¡Porque es cierto! Estoy segura.
       Anna: ¿Cómo lo sabes?
       Margaret: Vi el informe de Scotland Yard en el despacho de Alfred.
       Alfred: ¡¿Quién te ha autorizado a fisgar los papeles de mi despacho?! ¡No tienes derecho a aprovecharte de tu condición de esposa para jugar con la seguridad del gobierno! ¡Te prohíbo que entres en mi despacho, si no te anuncias y estoy yo presente!
       Margaret: ¡Cállate, Alfred!”

       Este hábil manejo de los diálogos, junto a la brillante reacción de Ingrid Bergman, poniéndose como una furia, gritando y gesticulando encolerizada, sin atender a razones, hasta encerrarse en su habitación con un portazo, hacen que la secuencia funcione a la perfección como punto medio del desarrollo.



       El matrimonio formado por los Munson, Margaret y Alfred, prestan un doble servicio a la estructura del film; por una parte, funcionan como contrapunto a la pareja protagonista, el romance de Anna y Philip acaba de empezar y se están descubriendo el uno al otro, mientras que los Munson son un matrimonio veterano, acomodado en su rutina diaria y en la complicidad que proporcionan los años de convivencia; por otra parte, los Munson también permiten mostrar al espectador los sentimientos, los miedos y las convicciones de los protagonistas, al ejercer, con ellos, sus roles de confidentes. Anna comparte confidencias con Margaret mientras Philip lo hace con Alfred, ello permite mostrar al público de una forma más profunda cómo son los dos protagonistas en realidad. Algo que también sucede cuando Anna y Philip se cuentan, el uno al otro, en su primera cita, episodios de sus respectivas infancias que les marcaron y prepararon para la vida adulta.

       “Philip: Salí con un traje azul nuevo, me acerqué el violín a la barbilla y todos empezaron a reír. Al principio, sonrisas y después, carcajadas.
       Anna: ¿Se reían antes de que empezaras a tocar?
       Philip: Sí, antes.
       Anna: ¿Por qué?
       Philip: Porque soy zurdo. Parece ser que un violinista zurdo provoca la risa.”

       Posteriormente, Donen nos muestra una divertida escena en la que Anna regala a Philip un violín por Navidad y cuando éste se pone a tocarlo, ella se parte de risa.


       En la película aparece una tercera pareja, formada por los sirvientes de Anna, Doris y Carl Banks, ama de llaves y chófer, respectivamente. Los dos parecen respetar y sentir tanto cariño por su jefa, que no dudan en colaborar en la farsa que ella prepara para vengarse de Philip. Aunque ellos creen que se trata sólo de una broma inocente, el pobre Carl protagoniza un divertido momento, al resistirse a participar en la burla por miedo a que el Sr. Adams reaccione de forma violenta.

       “Carl: En mi juventud, he visto muchas comedias y los enamorados, en las escenas de celos, llevan un cuchillo o un revólver o un hierro de atizar el fuego. Al final, el más infeliz queda tendido en el suelo.
       Doris: Carl, eres un cobarde.
       Carl: Lo sé, siempre he sido cobarde.
       Doris: Yo me avergonzaría de confesarlo.
       Carl: Y me avergüenzo…”

       La relación entre Philip y Anna permite a Donen abordar con entera libertad la cuestión del adulterio —tema tabú en la Norteamérica de finales de los cincuenta—, porque, como en realidad Philip es soltero, dicho adulterio es falso, por lo tanto, no está teniendo lugar. De esa manera, el film puede hacernos llegar el mensaje de que, si el matrimonio está muerto y en vías de extinción, o sea, en proceso de divorcio, el adulterio es lícito. Postura que supondría un escándalo, si Philip estuviera verdaderamente casado. Cuando la película se estrenó en España, la censura no admitió este subterfugio y algunas escenas del romance de la pareja fueron directamente eliminadas, algo fácilmente reconocible, hoy en día, gracias a las diferencias en el doblaje.


       Respecto al tema del falso adulterio, hay que decir que resulta despreciable y cobarde la manera en la que Philip manipula a Anna desde el comienzo de sus relaciones.

       “Philip: Puesto que no tengo la menor intención de casarme, creo que lo más correcto es hacérselo saber desde el principio.
       Alfred: ¿Antes de que se enamoren?
       Philip: Sí, naturalmente, antes. Lo contrario no estaría bien. ¿Y cómo se lo hago saber? Si digo: no me casaré nunca. ¿Qué mujer cree que eso es verdad? Al contrario, es un desafío para ellas.
       Alfred: Entonces, ¿qué haces?
       Philip: Les digo que soy casado, aunque estoy tramitando el divorcio. Queda aclarada la situación y no puede haber ningún malentendido.”

       Poniendo de manifiesto que la aparente integridad de la que el personaje masculino presume es pura fachada, sólo los sentimientos de Anna son absolutamente sinceros. Además, Alfred tiene razón, el sistema de Philip es poco acertado para burlar el matrimonio, pues tarde o temprano el engaño terminará saliendo a la luz y no necesariamente cuando a él le convenga.

       “Alfred: Tiene que haber algún fallo en tu sistema, no acabo de saber qué es, pero, forzosamente, tiene que haberlo.
       Philip: ¿Por qué tiene que haberlo?
       Alfred: Puedes equivocarte. Crees que eres una excepción y la mayoría de los hombres se casan.”


       De hecho, en cuanto Philip cree tener un rival, no duda en rectificar y proponerle matrimonio a Anna. En la secuencia en la que Anna lo pone celoso, hablándole de David, y luego, lo rechaza sexualmente con la típica excusa del dolor de cabeza, el desconcierto, la confusión y la irritación del listillo de Philip, seguro que hacen reír a todas las mujeres del mundo y, en general, a todas aquellas personas que hayan sido burladas, como Anna, alguna vez.

       “Philip: Y demuestra poca delicadeza llamar a estas horas de la noche.
       Anna: Él sabe que no me acuesto hasta más tarde. ¡Uh!, perdona, he dicho una tontería, ¿verdad? Debes olvidarlo. Bórralo de tu mente.
       Philip: ¡Una noche que empezó tan bien y se ha convertido, de repente, en la más exasperante de mi vida!
       Anna: Tu vida no ha acabado aún.”

       Anna juega con él usando todas sus armas de mujer de mundo y de actriz consagrada, y lo hace con todo el derecho, puesto que fue él quien empezó a mentir. En realidad, si la historia se llama “Indiscreta” es por estar contada desde un punto de vista masculino, que hace responsable a Margaret de la crisis de la pareja, por haber fisgado en los papeles de su marido; cuando, lo cierto es que, si hubiera sido contada desde un punto de vista femenino, la cinta se habría llamado, algo así como, “Embustero”, y habría responsabilizado a Philip de haber puesto en peligro la relación. Aunque, hay que reconocer, en descargo de Philip, que el descarado empeño de Margaret en que su hermana y él se quedaran a solas, cuando acababan de conocerse, podría haber despertado en Philip el recelo de estar ante una “caza-maridos” y haber mentido para protegerse. Pero, aún así, es jugar sucio, puesto que no es justo culpar a Anna de las indiscreciones de su hermana.

       A pesar de que fuese realizado a finales de los cincuenta, el único aspecto del film que da la impresión de haber quedado demasiado obsoleto, en la actualidad, quizás sea la renuncia de Anna, por casarse con Philip, a todo aquello que conforma su vida —su trabajo en el teatro y su residencia en Londres—. Es difícil creer que una actriz famosa, admirada y envidiada por todos los que la conocen y que, como dice su hermana, es mucho más feliz cuando está trabajando, vaya a ser capaz de tomar una decisión tan drástica e injusta para ella, como es la de abandonarlo todo. Pero, claro, a finales de los cincuenta era algo natural y muy habitual que una mujer renunciara a su vida laboral para casarse. La misma Anna reconoce, en un momento del film, que casarse con Philip es la ilusión de su vida.

       En última instancia, la historia de amor narrada por Donen en “Indiscreta” parece querer alertarnos de que el amor es delicado como un bebé y, puesto que es lo único que nos hacer realmente felices, hay que cuidarlo con esmero. En un momento del film, Anna resume dicho mensaje, al afirmar: “… la felicidad es difícil de alcanzar”. Al enamorarnos, sentimos miedo a que nos rompan el corazón y tratamos de protegernos por todos los medios a nuestro alcance. Es una reacción natural, pero hay que tener cuidado y saber controlarla, porque supone jugar con fuego y poner en riesgo la relación. Los protagonistas románticos de esta película juegan al ratón y al gato durante toda la segunda parte del film, hasta que, por fortuna, logran que el éxito de sus recíprocos sentimientos, se imponga a todos los obstáculos que sus mutuos mecanismos de defensa han ido creando, ante un amor tan profundo que les desarma. El triunfo de los protagonistas es el triunfo de los sentimientos, algo inexorable tratándose de una comedia de Donen, y supone, además, el final más deseado por el público, en toda comedia romántica.